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Siempre supe que toda piscina generaba un campo magnético de ligereza y alegría, y me he pasado toda la vida persiguiéndolo. Todo el mundo sonríe en el bordillo de una piscina, mira al sol con los ojos guiñados, o piensa si saltar o no al agua. Todo eso es contemplativo e inútil, todo eso es sabio. Hay, también, orden en el agua domesticada; orden que no tengo dentro y busco fuera. No conozco a nadie que viaje persiguiendo piscinas, madrugue, trasnoche, salte vallas, renuncie a planes, se desvíe de rutas o se clave astillas en el dedo para mirarlas. No deseo poseerlas, tampoco lo deseaba la Didion, a quien su padre dijo que si quería una piscina, debía cavarla ella y se negó con sabiduría. Tampoco nadarlas, solo espero tenerlas cerca. Ya iré averiguando si eso es amor, obsesión o refugio.
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Seitenzahl: 415
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Anabel Vázquez
PISCINOSOFÍA
Tratado acuático de piscinas imaginadas y reales
primera edición: mayo de 2023
© Ana Isabel Vázquez Casco, 2023
© Libros del K.O., S.L.L., 2023
Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8
28015 Madrid
isbn: 978-84-19119-33-9
código ibic: JHBS, WJF
imagen de cubierta:Michele Poirier Mozzone, The Lookout
maquetación y artes finales: María O’Shea
corrección: Melina Grinberg e Isabel Bolaños
Para Andrés y Julieta, criaturas luminosas
como una tarde de junio en una piscina.
—Ben, ¿qué estás haciendo?
—Yo diría que estoy flotando a la deriva en la piscina.
—¿Por qué?
—Es agradable dejarse llevar.
El graduado, 1967
[…] las tardes de verano amarillas y
celestes en la pileta del Golf, haciendo
la plancha boca arriba, encandilada por
el sol, sintiéndome tan feliz que,
en el fondo, era como estar triste.
Leila Guerriero
La pelotaque arrojé cuando jugaba en
el parque aún no ha tocado el suelo.
Dylan Thomas
Prólogo. Esto no es un libro de piscinas
Mi primera piscina fue un juego. La segunda, una preocupación. Cuenta la crónica familiar que a los cuatro o cinco años, hay dudas sobre la fecha exacta, me regalaron un Exin Castillos, un juego de construcción muy popular en los años setenta compuesto por piezas de color beige. Esa misma crónica habla de que, al poco tiempo de estar jugando con él, descubrieron que estaba pintándolas de azul. «¿Qué haces, Anabel?». «Una piscina», respondí yo, dice la leyenda. En esa declaración de intenciones me apoyaría en el futuro: preferiría las piscinas a los castillos, la diversión a la solemnidad. Y si no existían, las inventaría.
En aquel pueblo de Huelva, en la frontera entre España y Portugal, y en esos años, las escasas piscinas que había pertenecían a las familias de mis amigos. Mi casa era grande, tenía la forma de las de los dibujos infantiles y dos patios, pero no tenía piscina. En los meses de verano, yo esperaba durante toda la semana la llamada que anunciaba la invitación para pasar el domingo chapoteando en una de esas casas de campo. Deseaba la piscina, no el campo, la casa ni el domingo; todo era placentero y ligero alrededor de ella. Yo aún no sabía explicarlo, pero era el único lugar en el que una niña se sentía, a la vez, libre y cuidada. Podía zambullirme y jugar durante horas como una salvaje, sabiendo que mis padres me miraban de reojo, lejos pero cerca.
Esa sensación era tan formidable que me inquietaba no recibir la llamada que me acercaba a ella. Dependía de otras personas para sentirla, y ahí supe que quien posee una piscina también guarda en el bolsillo la llave de la alegría de otras personas. Cuando el teléfono sonaba para invitarme, respiraba aliviada por dos razones: mis amigos me querían y había domingo de piscina. Así, buscando ser aceptada, pasé muchos años. No había razones para no serlo, pero era muy pequeña para entender que lo que pensamos es tan cierto como lo que vivimos. Yo tenía gafas, era forastera, no tenía piscina; esa era la historia que yo me contaba y la única que me importaba. Me gustaba compensar las invitaciones a esos baños contando películas e historias en voz alta (Quince años recién cumplidos, Footloose, Poltergeist) y portándome bien. Llevo casi medio siglo sin dejar de hacerlo.
No he vuelto allí, pero compenso su recuerdo merodeando por los alrededores. Como una detective acuática, he viajado por cinco continentes persiguiendo piscinas, aunque ninguna me emociona tanto como aquellas que tienen una casa encalada y encinas y olivos cerca. La única alerta que tengo en los portales inmobiliarios es la que incluye las palabras «Sierra de Huelva».
Este no es un libro sobre piscinas. Si esto fuera un cuadro de Magritte, aparecería en él un libro con una piscina en la portada y este texto sobrescrito. Una cosa es lo que es y otra lo que parece. Este es un libro sobre una relación: la mía con esas construcciones. También es una celebración de su naturaleza y de sus buenas intenciones. Joan Didion escribió en su ensayo Agua bendita: «Siempre quise una piscina y nunca tuve una». A ella se le ha concedido el título de ideóloga clorofílica cuando su auténtica obsesión, como buena criatura del desierto, era el agua. Apenas escribió unos párrafos sobre piscinas, pero qué párrafos. Ojalá yo hubiera redactado esa frase, tan precisa, tan desapasionada, tan didionesca. Quizás, entonces, no tendría que escribir este libro, que será lo contrario: impreciso y apasionado. Este tampoco es un libro sobre la infancia ni los paraísos perdidos: quiero hablar de piscinas. Y quiero hablar de mí, sentada en el bordillo de una de ellas, en ese lugar en el que todo el mundo sonríe.
1. Una astilla en el dedo
Como si me impulsara un trampolín, salto desde la década de los ochenta hasta 2019, año en el que solicité una plaza en una residencia de artistas de un lugar de la Toscana llamado Villa Lena, que no tenía una, sino dos piscinas. Pensé que escribiría mejor un libro, un librito, sobre ellas estando cerca de una. Qué inocente era.
Villa Lena es una fundación cultural creada por Lena Evstafieva,Jerôme Hadley y Lionel Bensemoun, que premia a personas con una estancia en una villa del siglo xix para desarrollar un proyecto artístico o creativo. El lugar tiene hasta un fantasma llamado Elvira, bastante amable, por cierto. En la solicitud que envié para ser elegida en esta residencia de artistas redacté: «Este es un proyecto sencillo. Mi intención es escribir un libro sobre la anatomía emocional de la piscina». Era pretencioso y no era sencillo, como ya intuía entonces. A Lena le gustó mi idea y su fundación me invitó a formar parte de este programa. La estancia de una semana en Villa Lena fue pospuesta en dos ocasiones por culpa del covid, que nos dejó sin brillo y con los trajes de baño guardados en un cajón. Dos años después de lograr ese premio, en octubre de 2021, viajé a una colina entre Pisa y Florencia con la intención de dar forma a algo que, en mi cabeza, era aún líquido como el agua. Me conformaba con escribir algunas páginas, animada por una serie de artículos que había publicado ese verano en el El País y pensé que hacerlo con esta coartada vanidosa lo facilitaría. Guardé en mi equipaje un solo libro: Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, en el que había leído una frase que me llenaba de energía: «Las cosas que deseamos son transformadoras». Yo estaba allí, movida por el deseo, para encontrar algo y pensaba que la manera de lograrlo era perderme y sentirme bien estando perdida. De aquella estancia salieron veinte líneas. Las he contado.
El día que llegué a Villa Lena, aún con la maleta sin deshacer, fui a presentar mis respetos a sus dos piscinas. A una de ellas, a la que llamaré «la piscina fría», se llegaba por un camino flanqueado por cipreses, porque la Toscana contemporánea está diseñada al milímetro para no traicionar la imagen que traemos construida desde casa. Apareció en un valle, rodeada de colinas; era la piscina que dibujaría un niño. La rodeaban unos columpios y unas tumbonas sin montar porque era temporada baja y pocas personas se atrevían a usarla. Días después, vería a Gina Soden, una fotógrafa inglesa obsesionada con los edificios abandonados y en decadencia (y también con alguna otra piscina), nadar cada día al caer la tarde mientras el resto nos envolvíamos en mantas y mendigábamos calefactores. Tras esa primera inspección, continué mi paseo hacia la segunda piscina, que era también otra piscina normativa: rectangular y azul; la llamaré, en un alarde de imaginación, «la piscina caliente», porque estaba climatizada. Esta era usada por los artistas residentes para sesiones fotográficas o como escenario para vídeos, porque toda piscina es un plató y un estudio fotográfico. Era irreprochable, pero no tanto como «la piscina fría», que desprendía un cierto sentido dramático al llegarse a ella poco a poco. Como la criatura barroca que soy, esa piscina me interesaba más.
Al regresar a mi habitación, tras dar la bendición a las dos piscinas, reparé en un cartel que había colgado de un árbol. Era un poema titulado «There was no dipping into the pool», que había escrito Haydée Touitou, una escritora que también había formado parte de ese programa de residencia de artistas. Estos eran los versos que aparecían manuscritos junto a una fotografía de un pie tanteando la temperatura de una piscina:
Looking for glue across
The shells or yogurt
Ice cream for breakfast
The jug empty for
Several days agrees.
The sun sets on our Tshirts
Soon the cookies
Integral and perished
Will be melting in
Burning hot cups.*
«Dipping in the pool» tiene, además del significado literal de «darse un chapuzón», otro usado en el slang británico. Según el diccionario Macmillan, describe «una actividad por la cual un grupo de personas localizan una piscina privada y la invaden para nadar sin permiso aprovechando que su propietario está ausente». En 2008 se popularizó en Inglaterra una forma de vandalismo que consistía en colarse en piscinas ajenas, y a quienes la practicaban les llamaban «dippers». Esta moda se desvaneció, pero que exista esa expresión dice mucho y bueno de una lengua y de la necesidad de dar forma a un acto razonable: el de desear una piscina y hacer lo posible por bañarse en ella. Quizás la Toscana no fuera un paraíso acuático, como lo son Miami, París o Marrakech, pero yo había encontrado un poema en un árbol sobre una piscina cuando andaba buscando una. Esa casualidad confirmó algo que llevaba rumiando algún tiempo: en la sociedad occidental es fácil tener un recuerdo ligado a una piscina.
Hay muchas, nos empapan, están por todas partes. A todos nos interpela alguna, incluso a esa gente que dice que prefiere el mar, ese huracán desmelenado.
Al día siguiente quise volver a visitar «la piscina fría», pero no recordaba el código de la verja de entrada. Decidí saltar la valla, con tan mala suerte que me clavé una astilla en un dedo y empecé a sangrar. Al volver a España, me encontré el dedo hinchado y dolorido. En Urgencias me dijeron que el cuerpo absorbería la astilla o la expulsaría, y no me la extrajeron. Dipping in the pool de aquella manera me había regalado una historia que no hizo ninguna gracia a la enfermera a la que se la conté, y sí a todas las demás personas que la fueron escuchando. Escribo estas líneas, meses después, con esa astilla aún dentro del dedo. La toco, a veces, como quien acaricia una travesura.
En Villa Lena tuve que explicar en varias ocasiones en qué consistía ese libro tan extravagante que estaba escribiendo. No pronuncié jamás las palabras «anatomía emocional de las piscinas» y, en cambio, encontré una nueva forma de explicarlo: «se trata de un libro sobre una obsesión». Pronto entendí que esa era una manera de captar la atención de la audiencia, puesto que nadie se resiste a alimentar una. Siempre supe que toda piscina generaba un campo magnético de ligereza y alegría, y me he pasado toda la vida persiguiéndolo. Todo el mundo sonríe en el bordillo de una piscina, mira al sol con los ojos guiñados, o piensa si saltar o no al agua. Todo eso es contemplativo e inútil, todo eso es sabio. Hay, también, orden en el agua domesticada; orden que no tengo dentro y busco fuera. No conozco a nadie que viaje persiguiendo piscinas, madrugue, trasnoche, salte vallas, renuncie a planes, se desvíe de rutas o se clave astillas en el dedo para mirarlas. No deseo poseerlas, tampoco lo deseaba la Didion, a quien su padre dijo que si quería una piscina, debía cavarla ella y se negó con sabiduría. Tampoco nadarlas, solo espero tenerlas cerca. Ya iré averiguando si eso es amor, obsesión o refugio; y no olvido que antes que un libro y una ocupación, las piscinas fueron juego y pre-ocupación.
*Buscamos pegamento entre las cáscaras / o desayunamos helado de yogurt. / La jarra vacía desde hace días / nos da la razón. / Y el sol se nos pone en la camiseta / Y pronto las galletas /ya echadas a perder / se derretirán en tazas calientes.
2. Nadie, excepto Mastroianni, viaja a la Toscana para bañarse en una piscina
Mi viaje a Villa Lena no era el primero que hacía a la Toscana: fui de viaje de fin de curso con el instituto. Tenía trece años, una cámara con dos carretes de treinta y seis fotos, tres o cuatro polos de Benetton, mucho colágeno en la piel y ganas de un rito de paso, pero aquí terminan mis recuerdos; todas nuestras adolescencias son parecidas. En esa excursión a Italia apareció mi primera piscina adulta.
Montecatini Terme era una parada común en los viajes de la época. Ignoro el interés que podía tener para unos adolescentes rebosantes de salud una ciudad termal a la que se acudía desde principios del siglo xx para «tomar los baños». Apenas recuerdo ese viaje, pero conservo una imagen de la piscina del hotel, la primera que visitaba sin vigilancia paterna. La tengo bordada en la memoria. Ahí podría bañarme todo el tiempo que quisiera y sin guardar las tres horas de digestión impuestas. A cambio, era responsable de mi vida, nadie estaría cuidando de mí. En la piscina de Montecatini, al contrario de las que yo conocía, no había juegos ni risas. Las personas entraban y salían en silencio; recuerdo el cuidado con el que andaban y los albornoces blancos. Toda ciudad termal tiende a aferrarse más al pasado que al futuro, y así estaba este lugar, suspendido en otra era.
O, quizás, yo lo he idealizado y me gusta recordarlo así, como aparece en Ojos negros. Nikita Mijalkov rodó esta película, basada en La dama del perrito y en otros cuentos de Chéjov, en Montecatini Terme. Cuando se estrenó en 1985 la reconocí: Marcello Mastroianni se había enamorado en el mismo lugar donde yo había estado de viaje de fin de curso. En Ojos negros, que está envuelta en melancolía, hay bailes en silla de ruedas y baños en piscinas llenas de barro. En una de sus escenas, el actor, que ya tenía sesenta y tres años, se introduce con parsimonia en una de ellas vestido con un traje blanco de tres piezas y apoyándose en un bastón. Desciende por la escalera y camina dentro del agua negra hasta recoger una flor, para volver a salir con el pantalón manchado, sin despeinarse, para entregársela a la mujer de la que se enamora. Yo quería ser ella y quería ser él: quien busca una flor en una piscina y quien la recibe.
Si mi primera piscina fue un juego y la segunda una preocupación, la de Montecatini fue un cortocircuito. Fue la revelación de que el vínculo con las piscinas no tenía que estar mediatizado por mis padres, ni tampoco dependía de una invitación. Aunque no las poseyera, podría tener mis propias piscinas y ahí quedaba dinamitada el ansia por querer ser aceptada por otros. En ese viaje a la Toscana también entendí que las piscinas estaban repartidas por todo el mundo; el mío era aún pequeño, pero supe que, si las buscaba, las encontraría allá donde fuera. La vida me lo ha confirmado: hay piscinas en el Sahara y en Alaska, en las cubiertas de los barcos, en los palacios de los dictadores, en lo alto de un árbol en Sierra Morena, en el edificio del Senado de Madrid, en un pueblo de treinta y dos habitantes de Soria, sobre yacimientos romanos, y hay piscinas hinchables en los barrios más pobres y tristes. También comprendí que podrías bañarte en muchos lugares, pero una vez dentro del agua, todas las piscinas eran la misma piscina. Todos los fuegos, el fuego; todas las piscinas, las piscinas. Puede sumergirse en ellas una estrella de cine o una joven miope, pero todas las personas sienten lo mismo al mojar sus pies o al bucear. El agua iguala.
Quizás en el pasado se viajaba a Montecatini Terme buscando baños terapéuticos y remedios contra el reúma, pero hoy nadie viaja a la Toscana para bañarse en una piscina; parecería que le está robando el tiempo a la Trinidad de Masaccio de Santa Maria Novella o al Ghirlandaio de Ognissanti. Nunca lo he hecho, y he viajado con frecuencia allí: hay cierto pudor en ello. Las películas, reflejo de la vida, lo confirman. Repaso títulos en todas mis plataformas: Una villa en la Toscana, Un atardecer en la Toscana, Bajo el sol de la Toscana. No hay ni una con las palabras «piscina» y «Toscana» juntas, y no pasa absolutamente nada. Sin embargo, como en cualquier lugar de la cuenca mediterránea, las piscinas encuentran su espacio y tienen presencia, aunque no se sepan las estrellas de la fiesta y sean solo un agujero rectangular en el suelo lleno de agua fresca. Sin embargo, yo no dejo de buscarlas.
Cuando viajé a Italia por primera vez, era tan pequeña que no me había dado tiempo a componer mi Toscana mental, pero tras algunos libros y películas, lo conseguí. Cuando llegué a La Foce, muchos años después, ya la tenía, construida en piedra y enmarcada en cipreses. Allí, a 54 kilómetros de Villa Lena y a 180 kilómetros de Montecatini, en el Val d’Orcia, encontré una piscina que no esperaba. La Foce es una finca del siglo xv que servía como albergue para los viajeros y peregrinos que hacían la ruta entre Florencia y Roma. En 1924, la compraron Antonio e Iris Origo; él era el hijo ilegítimo del marqués Clemente Origo, y ella una mujer inglesa con mucho dinero y conexiones. El lugar estaba abandonado, pero ellos le devolvieron la vida. Lo convirtieron en una granja, construyeron una escuela, un hospital y dieron trabajo y educación a las personas de la zona. Hicieron algo más: el matrimonio refugió a niños judíos y antifascistas, e, incluso, los acompañaron a la frontera para alejarlos de líneas enemigas. Iris, que comenzó a escribir tras la muerte de su hijo, lo cuenta en La guerra en Val d’Orcia,un diario que relata la vida en la finca durante la Segunda Guerra Mundial. Ella fue quien contrató a Cecil Pinsent, un arquitecto y paisajista cotizado en la zona entre los expatriados anglosajones de la época, para diseñar un jardín en el que «leer y pensar», según contó su hija Benedetta en la revista Flower. Leer y pensar son dos actividades privilegiadas que se desempeñan muy bien junto a una piscina. El resultado del trabajo de Pinsent en La Foce es una extravagancia y una de las fotografías más perseguidas de la Toscana. Yo tomé decenas. Cuando visité este lugar, nada presagiaba que allí hubiera una piscina, pero la había y era como las de Villa Lena: canónica. El día era antipático y, aun así, había personas sentadas a su alrededor. Cuánto debes necesitar la energía que desprende una piscina para olvidar que tienes encima nubes negras. Una piscina no es un pasatiempo, es un imán.
Tenía tantas ganas de que mi cuadro toscano encajara, que di por sentado que la piscina formaba parte del proyecto de Pinsent. Escribí a Benedetta para preguntarle por su origen, porque quería que se correspondiera con la imagen que había dibujado en mi cabeza. Me respondió a vuelta de correo: «La piscina es una adición reciente y no tiene relación con el proyecto de Pinsent. No hay ninguna anécdota específica relacionada con ella». Plof. «Nada interesante», terminaba diciendo el e-mail. No era una piscina de los años veinte ni tenía pedigrí, como yo pensaba, sino que había sido construida para refrescar a la familia Origo y a sus invitados. Eran ellos quienes estaban en las tumbonas bajo el cielo gris. No dejes que la realidad arruine una fantasía. Las mejores piscinas que conozco son las que ha construido mi imaginación.
3. Un agujero en el suelo lleno de agua
Las piscinas toscanas, tan clásicas ellas, me invitan a pensar qué es una piscina. Una piscina es un agujero en el suelo lleno de agua y, en la mayoría de los casos, de forma rectangular. La piscina media española mide cuatro metros por ocho, según la revista Piscinas Hoy, la autoridad en el tema. Si tuviéramos que dibujar una, hay muchas posibilidades de que lo hagamos de esa manera. Pido a mis sobrinos pequeños que lo hagan, esperando confirmar mi teoría: me entregan dos dibujos con piscinas redondas. No me doy por vencida en confirmar mi teoría de que la silueta natural de la piscina es un rectángulo, aunque pienso que quizás debería escalar ese experimento social y no conformarme con una muestra de dos elementos.
Al fin y al cabo, así llevan siendo las piscinas desde hace cinco mil años. De esa fecha data la primera de la historia construida como tal: como un hueco que alguien cavó en la tierra y quiso llenar de agua. Quizás haya otra anterior, porque la arqueología nos ha demostrado que siempre hay algo más antiguo en algún lugar, a la espera de ser encontrado, pero esta es la piscina que conocemos. La llaman «la Gran Bañera» o «el Gran Baño» y está en Mohenjo-Daro, actual Pakistán, una de las ciudades más importantes de la antigua civilización del Valle del Indo (2500-1800 a. C.). Su aspecto es similar a cualquier piscina que podamos ver en una urbanización o un polideportivo municipal: mide doce metros por siete, tiene una profundidad de dos metros y cuarenta centímetros y dos escaleras de acceso. Ya no se construyen piscinas tan hondas, aunque la ley las permita, pero, en esencia, las de hoy son iguales que esa primera. No hay nada moderno en ellas. El día que diseñaron esa piscina, diseñaron todas las demás.
A Mohenjo-Daro se la considera la primera ciudad planificada de la historia; es decir, un lugar que alguien pensó y dibujó antes de construir. Estaba en un sitio estratégico para dominar las rutas comerciales y se sabe que sus habitantes tenían conocimiento de ingeniería hidráulica, algo clave para sobrevivir, porque la ciudad estaba situada cerca del río Indo, cercano al Himalaya y bastante caudaloso. Sus habitantes idearon un asentamiento capaz de contener las avalanchas e inundaciones, así como de aprovechar el agua, y ahí aparece «la Gran Bañera». Miro las fotografías y veo un agujero rectangular en un paisaje desértico. Se descubrió en los años veinte del siglo pasado y es una ruina bien cuidada, un hueco de ladrillos que hay que imaginar con agua, rodeado de columnas y como parte de un complejo arquitectónico. Cuesta hacerlo, es demasiado lejana en el tiempo y el espacio. Quien se bañase allí descendería por las escaleras hasta el agua, como lo hacía Mastroianni en Montecatini, pero me pregunto cómo se mantendría a flote, porque la piscina es honda y nadar como lo hacemos ahora es un acto reciente.
Esta cultura no dejó muchos materiales escritos y es difícil saber con certeza cómo vivían en Mohenjo-Daro. Existe una película llamada así, Mohenjo Daro (Gowariker, 2016), que cuenta la vida, en tono Bollywood, de esa civilización: en ella veo la piscina como escenario de una ceremonia. ¿Qué fin tendría una piscina hace cinco mil años? Hay varias teorías y la más extendida afirma que podría ser parte de una escuela de sacerdotes y se usaría para rituales de purificación, comunes en el hinduismo. No suena raro porque el agua siempre ha limpiado. La historiadora Wendy Moneger lanza otra tesis y en ella afirma que el edificio del que forma parte la piscina podría haber sido un hotel o un burdel. Es decir, Mohenjo-Daro podría haber sido el primer hotel con piscina del mundo. Me interesa. Lo leo en Strokes of genius, libro que repasa la historia de la natación y se plantea que en esa piscina tan honda las personas tendrían, por pura supervivencia, que saber nadar. He buscado cómo llegar a Mohenjo-Daro, que es patrimonio de la Unesco y se puede visitar. Está a seis horas de Karachi y solo hay un hotel: el Archaeology Resthouse, que no tiene encanto ni piscina. Una investigadora seria se animaría a conocer esa protopiscina, tan parecida a la de La Foce, las de Villa Lena y a la del edificio que veo desde mi ventana en Madrid. Por ahora, descarto el viaje: está muy lejos, demasiado.
Aquí alguien puede levantar la mano y decir que la piscina de Bethesda o piscina probática es también muy antigua. Y yo repetiré que sí, que es del siglo viii antes de Cristo y que se menciona en el Nuevo Testamento, pero este no es un libro histórico ni enciclopédico, líbreme Poseidón de ello, y voy saltando de milenio en milenio y de siglo en siglo según me place, con la soltura con la que saltan los niños antes de lanzarse al agua. Siglos después de que construyeran la piscina de Bethesda (donde se lavaba a las reses antes de ser sacrificadas en el templo de Salomón), los romanos cavaron muchos agujeros más y también los llenaron de agua. Formaban parte de las termas (thermae) o baños públicos, un cruce entre gimnasio, plaza de pueblo y Netflix que encapsulaba todo lo que hoy buscamos en las piscinas: socialización, ejercicio y diversión. Las termas eran complejos con varios espacios (frigidarium, tepidarium, caldarium o natatio) en los que los hombres romanos libres se sumergían. Las romanas también, pero menos. Ella solo podía disfrutarlas unas horas al comenzar el día. El prime time se reservaba para los hombres.La natatio es el antecedente directo de la piscina: era rectangular, estaba al aire libre y se usaba para el ejercicio físico. Hay ejemplos en las termas de Diocleciano y Caracalla en Roma, en las Stabianas de Pompeya y también en las de Cesar Augusta, en Zaragoza, y las de Itálica, en Sevilla, por donde he paseado muchas veces. En la Antigua Roma gustaba estar a remojo. Quizás hayamos visto estas piscinas en alguna visita turística y no las hayamos reconocido, porque una piscina sin agua no es una piscina. El nombre de «piscina» procede también de la Antigua Roma, de unos estanques llamados piscinae, que se encontraban en algunas casas y que tenían un doble uso: para nadar y como estanque para peces. No sé si me encanta la idea de pensar en los humanos como lubinas. El nombre ha llegado así hasta el castellano, catalán, portugués e italiano, y otras lenguas romances como el rumano, en el que se dice piscină. En Argentina, las piscinas se llaman «piletas» y en México «albercas». Yo las llamo «piscis», que me suena muy romano.
La historia de las piscinas corre, nada, en paralelo a la de la natación, una actividad física que permite a las personas, qué tontería, salvar su vida. Tras la caída del Imperio romano de Occidente, hubo más de mil años sin piscinas y aquí me impulso, doy otro salto de varios siglos y aparezco en 1876. Fue entonces cuando a un profesor de natación llamado Barthélémy Turquin se le ocurrió abrir una «École de Natation» en una piscina flotante del río Sena. Llamarla así es mirarla con nuestros ojos de hoy: era una zona del río delimitada por tablones de madera con un sistema de filtraje precario, pero funcionaba. La escuela de Turquin se convirtió, diez años más tarde, en los Bains Deligny, el apellido de su yerno. Los Deligny, a los que llamaron el Saint-Tropez del Sena, fueron durante dos siglos un lugar de reunión y faranduleo en París: Esther Williams, el príncipe Rainiero y Audrey Hepburn los visitaban. Cartier-Bresson se paseó por allí con su cámara fotografiando bañistas. Pero para eso aún faltaba tiempo porque los parisinos necesitaban aún aprender a no temer al agua. Antes del siglo xix, si no eras soldado, nadar era una actividad extraña. En esa época, las piscinas flotantes se extendieron por los ríos del norte de Europa, en paralelo al poder de los ejércitos napoleónicos. En estas aprendían a nadar los militares y, en ocasiones, mujeres y caballos. Su forma era rectangular, porque se había comprobado que era la más eficiente para entrenar el nado. La piscina cubierta en la que doy brazadas algunas mañanas es heredera directa de Napoleón.
La humanidad empezó a nadar por diversión muy tarde, en el siglo xx, y yo aún más tarde, en el xxi, pero ese es otro capítulo.
4. Un ornitorrinco en Oporto
Recorro el mundo persiguiendo agujeros en el suelo llenos de agua, parecidos al de Mohenjo-Daro. Hay quien viaja a París a hacerse una foto ante la pirámide del Louvre: yo voy a la Piscine Molitor. Soy una somelier acuática y esta es una actividad solitaria o de acompañantes pacientes que me sujetan las piernas cuando me subo a un muro para hacer la foto de una piscina vacía. No me preocupa que no entiendan esta afición, tampoco que me miren con condescendencia o como se mira a un ornitorrinco. Tuve un novio que decía, como cumplido, que si yo fuera un animal sería un ornitorrinco. No creo que él supiera que era un animal semiacuático.
Un día, el ornitorrinco decidió que iba a reservar un billete de avión a Oporto para conocer la Piscina das Marés de Álvaro Siza, que no son un agujero en el suelo, sino en el mar. Volé allí en agosto, en una de las últimas olas de calor en España. Todo el viaje giraba en torno a ellas, pero ese objetivo estaba camuflado entre otras visitas: aún hay algo de pudor en decir que se viaja a atrapar piscinas. Todas las rutas por la ciudad, las francesinhas y los vinos eran la guarnición del plato principal: conocer Leça da Palmeira, la playa de Matosinhos, el pueblo donde en 1933 nació Álvaro Siza. Por fin llegó el día, pedí un taxi y me monté en él con mi toalla en una bolsa, sin saber qué iba a encontrarme, qué iba a ocurrir allí. No podía llegar, hacer cien fotografías e irme, porque estas piscinas eran demasiado importantes; llevaba años fantaseando con ellas, había que honrarlas con la visita que merecían.
Tras veinte minutos de viaje, llegué a Matosinhos y el cielo había cambiado, el sol había dado paso a una niebla tan densa que no se veía a unos metros de distancia. Las piscinas no se distinguían desde el paseo marítimo, que era uno de tantos, con sus parejas paseando, sus corredores y sus edificios idénticos a los de otro lugar de playa. Pagué los nueve euros de entrada y comencé a caminar por la rampa que conduce a los vestuarios. No entendía el espacio: ¿qué era aquello tan bruto, tan umbrío? Cuánto hormigón y cuánta confusión. Esa oscuridad era la antesala de la luz, que fue apareciendo poco a poco, como el olor a sal del mar. De pronto, entre la niebla, surgieron las piscinas y el mar, y no supe dónde empezaban uno y otro, ni si las rocas eran inventadas o reales. Eran más naturales que el océano, que rompía sobre ellas. Era agosto y no era agosto, y no recuerdo si hacía frío o calor. Parecía un sueño. Apenas había gente, porque mi ansiedad me había hecho querer llegar a las nueve de la mañana, antes que nadie. Mi hermana pintó una acuarela en la que se me ve, en ese preciso momento, con mi vestido azul, mirando las piscinas. Me lo quité, me lancé al agua y nadé. El agua filtrada del océano era de color turquesa, el mar estaba formando su escándalo habitual, pero había una sensación de refugio dentro de esa piscina. Empecé a llorar dentro del agua. En Grand Central Station me senté y lloré, se titula un libro de Elizabeth Smart. Yo podría haber titulado este: En Matosinhos nadé y lloré. Qué cursi, pero qué cierto. No soy la primera persona que siente esto ni que lo escribe; de hecho, toda persona que lo visita cae en los mismos lugares comunes. No soy original, ni tampoco creo que sea demasiado sensible. Hay que ser una estatua de escayola para que ese lugar no te agarre por el traje de baño y te zarandee.
Las piscinas de Siza forman parte de la categoría de oceánicas o rocosas, que son siempre piscinas con mucha chulería. Se atreven a competir con el mar y ofrecen algo que él no tiene: límites. Son un agujero en la arena, en las rocas; son agua dentro de agua. Se construyen aprovechando el paisaje y el agua del océano se cuela dentro, armando mucho escándalo; cambian de forma y de color al segundo. La de Bondi Beach, en Australia, se parece a las piscinas de Matoshinos en esa voluntad de querer ser y no ser océano, de ser civilizada y salvaje. A diferencia de las de Siza, a ella se va a nadar, como a tantas otras piscinas que rozan el mar. Eso es lo que pueden ofrecer: seguridad y la garantía de que las brazadas no se verán interrumpidas por un tiburón; no hay que temer por los ornitorrincos, porque, aunque son una especie endémica australiana, prefieren los ríos. Esta piscina, que se inauguró en 1929 y forma parte de un club deportivo, The Icebergs Swimming Club, es solo una de las decenas de piscinas oceánicas o rocosas que hay en Nueva Gales del Sur, la región de Australia que incluye Sídney, Camberra y Melbourne. Es la más fotografiada de todas ellas, pero no la más espectacular: todas lo son. De nuevo, como las de Mohenjo-Daro, me resultan ajenas. Admiro su diálogo con el mar, pero no son mis piscinas. No sé cuáles son, pero estas no: están demasiado lejos, son demasiado bestias. En cambio, las de Siza, aun siendo oceánicas, me conectan con algo profundo porque el Atlántico sí es mi océano y entiendo su poesía.
Álvaro Siza cobró 200.000 escudos (unos 1000 euros de hoy) por construir las piscinas de su pueblo. Fue uno de sus primeros encargos como arquitecto independiente: era 1961 y tenía veintiocho años. La Câmara Municipal de Matosinhos le pidió unas piscinas naturales en la playa, buscando un cierto aire de pueblo balneario, algo que llevaba varios años rondando a la municipalidad. Él inventó otra cosa que parecía que llevaba allí toda la vida y, a la vez, que venía del futuro. Con estas piscinas Siza quiso rematar un trabajo que ya había comenzado el océano, son, a la vez, naturales y artificiales. El arquitecto escribió así lo que hizo en Matosinhos: «Mi proyecto pretendía optimizar las condiciones creadas por la naturaleza, que ya había iniciado por su parte el diseño de una piscina en aquel mismo sitio». El mar allí es bravo y pronto supo que no podría competir con él, que tenía que plegarse a esa fuerza y, con mucha humildad y mucha seguridad, construyó unas piscinas que aún hoy siguen siendo parte de la vida del pueblo. La obra se terminó en 1966 y su diseño incluía dos piscinas (una para adultos, otra para niños), los vestuarios donde me había quitado el vestido azul y puesto el traje de baño y una cafetería que no pisé. Este lugar fue declarado en 2011 Monumento Nacional en Portugal, junto al restaurante Casa de Chá da Boa Nova, también de Álvaro Siza, situado muy cerca. No fui, no me interesaba. Estaba como borracha.
Lo que vi aquella mañana en Matosinhos lo conservo en mi mejor estantería mental. Aquello estaba entre dos mundos: el del hombre y el de la naturaleza. Era también un ornitorrinco, algo desconcertante, aunque estos animales son feúchos y este lugar, uno de los más hermosos que hay sobre la tierra. Las piscinas comenzaron a llenarse, los niños extendieron sus toallas de Star Wars, el cielo comenzó a abrirse y yo supe que era la hora de irse. Salí aún temblorosa, tanto que no me importó saber que no había taxis para volver a Oporto y que al autobús le costaría unas treinta paradas llegar al hotel; hubiera vuelto andando. El retrogusto de ese baño duró casi un día. No quise ducharme.
5. Las piscinas imaginadas
Silvina Ocampo fue otro ornitorrinco. Mariana Enríquez escribe en La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, su biografía sobre ella:«En 1943, los Bioy se mudaron al edificio de la avenida Santa Fe 2606, en el barrio de la Recoleta. Todo el edificio, de nueve pisos, era propiedad de la familia Ocampo. En el primer piso había una pileta olímpica, donde Silvina tomaba clases de un profesor particular…». Me detengo en este párrafo. Me asusta que, entre todo el material valioso que aporta Enríquez, esto sea lo que me interesa. Cierro el libro. Abro Google. Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo vivieron hasta 1953 en un tríplex de 300 metros de un edificio de diez plantas en el barrio de la Recoleta, que pertenecía a la familia de la escritora. Joaquín Sánchez Mariño, un periodista argentino, encontró en 2015 el anuncio inmobiliario de la venta del apartamento de Bioy Casares; a Silvina, pese a ser la dueña de la casa, ni la mencionaba. Pedían 340.000 dólares por él. Poco me parece para toda la épica que arrastraba. Sánchez fingió ser un comprador y concertó una cita con un agente inmobiliario. Le impresionó tanto, que desveló al propietario que era periodista para volver a visitarlo y poder narrar esa historia. En su relato de aquella situación, que tituló «Bioy, Silvina y el museo que no fue», dice: «Allí, según cuenta Jovita Iglesias, colaboradora de la familia por casi cincuenta años, Silvina tenía una pileta de natación privada en el primer piso, un atelier para ella sola, y un jardín con árboles y hamacas en la terraza». Así pasa de largo sobre la piscina. Yo no pienso hacerlo. Debo buscarla.
Una pileta-piscina olímpica en el centro de Buenos Aires era un desfase digno de una familia como la de los Ocampo, con mucho dinero y con poca timidez. La búsqueda en Google Earth me devuelve un edificio más o menos convencional, camuflado en medio de la ciudad. La piscina era interior y no aparece. En el edificio vecino, en el número 2630, sí hay una exterior, parece reciente y está en la azotea, por eso la foto del satélite la desvela. No es la que busco. Continúo investigando y no encuentro ninguna imagen de ella, ningún comentario más allá del que menciona su existencia como una excentricidad. La piscina se diluye frente a la gran biblioteca de la pareja superstar de las vanguardias literarias argentinas, frente a su fama, frente a las cenas y fiestas que celebraban en su apartamento. Ni siquiera Silvina Ocampo, que dicen las escasas crónicas que recibía lecciones de natación en ella, nombra su piscina en sus cuentos. La palabra aparece, sin darle importancia, en«La Divina» o «La fiesta de hielo». Pareciera que le estoy prestando más atención a la piscina de Silvina que la propia Silvina.
Que no haya rastro en internet de la piscina de los Bioy-Ocampo es el certificado de su no-existencia. Pregunto al periodista Martín Bianchi Tasso, porteño y poseedor de un archivo mental de los datos que me suelen interesar, si tiene conocimiento de ella. «Parece ser que Silvina tenía una piscina en el primer piso, pero me suena raro», me dice. Suena a comienzo de un cuento de Cortázar, de quien no hay constancia de que frecuentara el tríplex. A Martín esta búsqueda le parece, sin embargo, un cuento muy borgiano, algo que cierra la historia, porque Borges sí frecuentaba el apartamento; hasta improvisa un título para él: «La piscina que no existe». La piscina de los Bioy es solo una línea en un libro y en un par de artículos, y la pregunta que me interesa es por qué me detengo en esa línea y por qué le dejo ese espacio en mi cabeza, cuando hay tanto material sobre el que rumiar en la biografía que escribió Mariana Enríquez. Pienso en Silvina Ocampo aprendiendo a nadar en la piscina de su edificio. Pienso en la vida que tendría una piscina en una familia de intelectuales acomodados. Pienso en la decisión de construirla, en las dificultades que encontrarían para hacerlo en el centro de Buenos Aires. Pienso en que su Bioy bajaría de vez en cuando. Pienso que quizás ya no exista. Pienso que qué más da.
Los mejores libros son los que abren otros libros. La hermana menor abrió todos los libros de Silvina Ocampo que yo no había leído. Fui a comprar alguno, sin prisa, paseando por Madrid. Caminé hasta la librería Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes y terminé allí porque la fui buscando: esa librería está en el preciso lugar donde hubo, una vez, una piscina. Allí construyeron los autores del edificio, Antonio Palacios y Otamendi, una para los socios. Qué extravagancia, una piscina a principios del siglo xx en plena calle Alcalá. Estos dos arquitectos comenzaron en 1919 la obra del Círculo al que añadieron en el sótano varios servicios que conectaban con la nueva afición del deporte y el cuidado físico. Palacios, en la memoria del proyecto, así lo reconoce: «La forma de plantear esta planta hubiera sido exótica en este país hace solo quince años». De ahí que se incluyera un espacio con zona de baños de vapor, peluquería, salón de manicura y masaje y un gimnasio con una sala de esgrima y patinadero (sic) que se convertía en piscina. «Esta disposición permite que pueda ser utilizado en verano como piscina de natación, muy usadas en los Clubs Extranjeros y de las cuales solo existen en Madrid dos de carácter público, muy deficitariamente dispuestas» describe el arquitecto. El diario ABC publicó el 23 de junio de 1927 una viñeta de Xaudaró titulada «Una piscina seria». La imagen muestra a un socio bañándose en ella y a otro que se dirige a él diciendo: «¡No se fíe…! Para los socios del Bellas Artes, esto tiene cuatro metros de profundidad; pero para el Instituto Geográfico más de 600 sobre la que tenga el Mediterráneo». El humor de la época. Si hoy entramos en el Círculo de Bellas Artes, veremos que en el suelo del vestíbulo hay una línea negra marcando el perímetro de la zona central de la entrada. Ese era el tamaño de la piscina y bajo ese suelo estaba su vaso. En los años cincuenta, se decidió alquilar el sótano y la piscina se transformó en un restaurante argentino, que estuvo construido y decorado durante tres años sin llegar a abrirse; después fue una bolera con acceso desde la calle y «una Barra Americana abierta hasta altas horas de madrugada y de biografía (1949-1954) asaz controvertida». Tiempo después, se integró en el espacio del Teatro Bellas Artes. Paseo por el espacio, que hay que imaginar con agua cerca y gente bañándose en ella. Me pregunto si los socios la usarían con frecuencia o si solo sería un gesto del edificio y sus autores para demostrar a Madrid que eran modernos. Si me concentro, logro que la librería me huela a cloro.
La piscina de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares y la del Círculo de Bellas Artes existen más en mi imaginación que en los documentos. Ahí las guardo y mimo, ahí las recreo y recuerdo. No necesito que sean reales para que sean verdaderas. Me interesa más el constructo mental que el físico, porque el físico se llena de agua, pero el mental lo puedo llenar de lo que quiera: de intelectuales madrileños, de escritoras argentinas aprendiendo a nadar… Hay un cierto placer en no encontrar imágenes de ellas, las deja sin asidero real y eso no me importa. Así puedo poseerlas, así son solo mías.
Me gusta la idea de comprar un libro de cuentos de Silvina Ocampo, quien tenía en casa una piscina que no sé cómo es, en una librería situada en una piscina que no sé cómo es. Estos hilos invisibles alegran mi vida. Este puede ser todo lo largo que yo desee y puede unir lo que quiera, puedo extenderlo hasta Washington, si me apetece. Allí se construyó otra piscina que ya no existe, otra que también se vació de agua y se llenó de personas. Es la piscina interior de la Casa Blanca, que se cubrió para colocar sobre ella la Sala de Prensa, The James S. Brady Press Briefing Room. Desde esta habitación del Ala Oeste se comparece cada día para informar acerca de las novedades del Gobierno. Es la sala en la que aparecía C. J. Cregg en The West Wing, con su traje de chaqueta gris y su retranca, para contarnos los líos en los que se metía el presidente Bartlet. Esta piscina, a diferencia de la de los Bioy-Ocampo y la del Círculo de Bellas Artes, sí está documentada, así que se lo pone fácil a mi imaginación; no como otras.
Fue construida durante el mandato de Franklin Roosevelt, que sufría de poliomielitis y necesitaba hacer rehabilitación. El New York Daily News lanzó una campaña para recaudar fondos para poder llevarla a cabo en la propia Casa Blanca bajo el titular: «Help build a pool for Roosevelt». Como era lógico, los consiguió: cómo iban a permitir que el pobre presidente tuviera que salir de su propia casa para nadar. La piscina subterránea se inauguró el 2 de junio de 1933, con la tecnología más avanzada del momento: iluminación subacuática, sistema de esterilización de vanguardia, etc. La piscina fue disfrutada por los presidentes que le sucedieron: Harry Truman nadaba en ella sin quitarse las gafas, John Fitzgerald Kennedy la usaba con frecuencia, unos dicen que para aliviar sus dolores crónicos de espalda y otros que para encontrarse con sus infinitas conquistas. Su padre, Joseph, siempre metomentodo, encargó un mural a Bernard Lamotte de un paisaje de las Islas Vírgenes para decorar sus paredes. La piscina fue utilizada como tal hasta 1970, momento en el que Nixon la convirtió en sala de prensa, porque la importancia de la televisión aumentaba y había de concederle más espacio a las cámaras y porque Nixon odiaba la ligereza y la alegría. La piscina se cubrió, se llenó de periodistas y así continúa funcionando. El personal de la Casa Blanca y las visitas importantes tienen derecho a visitar la piscina y se les invita a dejar sus mensajes en los azulejos. Uno de los lugares más tensos del mundo, la Sala de Prensa de la Casa Blanca, está encima de una piscina, uno de los lugares más relajantes del mundo. Pienso en por qué unas piscinas son polémicas y por qué otras son inofensivas. Las de la Casa Blanca no solo no despiertan controversia, sino que son conocidas por los ciudadanos. En España, en cambio, la piscina del Palacio de la Moncloa, construida por Adolfo Suárez aprovechando un estanque, pertenece al terreno del secreto. Una piscina es una construcción que aún arrastra un pasado burgués y decadente y se usa como dardo, con frecuencia, para acusar a algunos líderes políticos y a sus familias de no se sabe qué. ¿De querer nadar unos largos al final del día, de querer esconderse del mundo durante unos minutos? Nada que no busque cualquier habitante de un PAU.
Escribo esto días después de que Rusia invada Ucrania, tras nadar unos largos en la piscina que se encuentra a cinco minutos de mi casa. Conozco de memoria las palabras, tan manoseadas, que Kafka escribió en su diario el 2 de agosto de 1914: «Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Yo me meto bajo el agua para no pensar, pero sí lo hago: este hilo acuático invisible no tiene fin.
6. Matisse también quería su piscina
«Me voy a construir mi propia piscina». Esa frase ha sido pronunciada cientos de miles de veces desde finales del siglo xix, momento en que las personas quisieron poder darse un chapuzón en su casa. La familia Ocampo debió decirla en algún momento, los padres de mis amigos de la infancia, también. Yo lo pienso un par de veces al mes y otro par de veces lo descarto. Para qué quiero poseer una piscina, si a mí lo que me gusta es imaginarla, visitarla, atraparla, ir y volver, caminar hacia otra diferente. Hay quien llama a esto miedo al compromiso, pero ya lo averiguaré en alguna sesión de terapia.
El coleccionista de arte y übermillonario norteamericano George Washington Vanderbilt II no tuvo mis conflictos y sí el antojo de tener una piscina propia. Las primeras piscinas privadas de Estados Unidos fueron interiores y así fue la que él se construyó en 1895 en Biltmore, su finca de Carolina del Norte. Cuando se proyectó, en la mayoría de las casas del país no había agua corriente ni electricidad; en cambio, Vanderbilt, con su fortuna, pudo llenar su piscina interior iluminada con 300.000 litros de agua. Richard Morris Hunt la diseñó, al igual que el resto de la mansión, un lugar excesivo que parece un château del Loira, y Rafael Guastavino, el español que cubrió Nueva York de sus bóvedas de cerámica, se encargó de las cubiertas. La piscina tuvo una vida corta, porque en esa época no existían los sistemas de limpieza y circulación del agua adecuados para mantenerla limpia y terminó abandonándose. Cuando necesitemos una imagen para ilustrar una historia de ostentación y decadencia podemos recurrir a esta.
