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Se abre el telón y se ve a un tipo llamado Germán García cuyas ideas para una futura novela han sido copiadas por un antiguo compañero de taller de escritura. Y se ve a una dramaturga de prestigio llamada Pat Montesiamna que recibe por error la carta de despido de una tal Patrícia Font. Y se ve, más allá del telón y del escenario, el micromundo de un pequeño teatro. Y se ven puñaladas traperas. Y se ven vampiros. Y se ve gente poseída por el espíritu de David Foster Wallace. Y se ven partidos de la Champions del Barça. ¿Cómo se llama esta novelaza? Plagio es una obra original (toma contradicción) que reflexiona sobre el éxito y la decepción, sobre el anonimato y la celebridad, que recibió en 2019 la Beca Montserrat Roig.
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Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Patrícia Font (Barcelona, 1972) es Licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y ha completado su formación en el Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y participando en diversos talleres literarios. No se impuso internacionalmente con su primera novela publicada, Inundación (Sloper, 2017), aunque el texto fue escogido en el Festival Eñe para ser presentado en la actividad «Cuatro editores en busca de autor» (2016).
Como dramaturga, tres cuartos de lo mismo. Escribió 111bis y no ganó nada, pero fue finalista del Premi Born de Teatre en 2008. Esta obra fue estrenada en lectura dramatizada en la Sala Beckett, donde también trabajó. Su debut como dramaturga coincidió con el partido del Barça del famoso gol de Andrés Iniesta que llevó al equipo culé a la final de la Champions. En 2010 estrenó, también en lectura dramatizada en la Sala Ivanow, L’home immediat.
Luego está la faceta periodística: redactora especializada en cultura para Europa Press, reseñas literarias en la revista Benzina y redactora y guionista del programa de continuidad de un canal especializado en cine (canal Palomitas) con una palomita parlante gigante.
La parte más seria, o no, son sus trabajos en diferentes gabinetes de prensa de instituciones públicas y equipamientos culturales de Barcelona y colaboradora externa en TVC (Televisió de Catalunya).
Plagio, como proyecto, recibió en 2019 una Beca Montserrat Roig que otorga el Ayuntamiento de Barcelona.
María Cañas (Sevilla, 1972). María Coñas, La Archivera de Sevilla, La Virgen Terrorista del Archivo, iconoclasta audiovisual, agitadora cultural y pirómana de mentes. Practica una videoguerrilla que se introduce en los tópicos y géneros para dinamitarlos. Dirige Animalario TV Producciones, un espacio de creación dedicado al pensamiento crítico, a la cultura libre del reciclaje, al apropiacionismo y a la experimentación artística. Su trabajo es una resistencia a la distracción, en pos del crecimiento personal y del cultivo del fuego interno.
Su trabajo, ha sido exhibido y premiado en multitud de festivales, ferias, eventos, espacios y centros de arte, museos, universidades, y galerías nacionales e internacionales, como Kino Palais (Buenos Aires), DUOLUM MOCA (Shanghai), Lincoln Center (Nueva York), Centre D´Art Contemporain Genéve (Suiza), LOOP, La Virreina, Art Futura, BAC (Barcelona), ARCO, Círculo de Bellas Artes, CA2M, Casa Encendida (Madrid), CAC (Málaga), CAAC (Sevilla), Bòlit, VAD (Girona) o Transmediale 03 (Berlín).
En 2017 presentó a los organizadores de la 14ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, varias propuestas para el cartel que le habían encargado. Escogieron una que homenajeaba la estética de las revistas pulp, reutilizando —con varios retoques— una imagen preexistente bajada legalmente de un banco de imágenes. Algunas personas (presumiblemente desconocedoras de la trayectoria artística de María Cañas), la acusaron de plagio, a pesar de que ella en ningún momento afirmó que la ilustración fuese propia, sino que se enmarcaba en la tendencia estética bautizada como «apropiacionismo». Nadie mejor que ella para hacer frente al diseño de la cubierta de este libro.
Título original: Plagio
Primera edición: marzo de 2023
Corrección y maquetación: Editorial Barrett
© del texto: Patrícia Font
Agradecimiento especial a Isabel Font García
© de la foto de la biografía de Patrícia Font: David Campos
© imagen de cubierta: María Cañas | animalario.tv
© de la foto de la biografía de María Cañas: Lola Montiel
© de la edición: Editorial Barrett | editorialbarrett.org
Comunicación y prensa: Belén García | [email protected]
ISBN: 978-84-18690-39-6
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Somos buenas personas, así que, si necesitas algo, escríbenos. No nos va a sacar de pobres prohibirte hacer unas cuantas fotocopias.
Para redondear, la señora Manresa añadió:
—Es un artista.
Y William Dodge la corrigió:
—Soy escribano en una oficina.
Entre actos — VIRGINIA WOOLF
Por lo general, los plagiarios no son tan holgazanes como un tanto inseguros navegacionalmente. Les cuesta navegar sin un mapa detallado que les asegure que alguien ha pasado antes por allí.
La broma infinita — DAVID FOSTER WALLACE
Prueba de su liderazgo era el espionaje que se generaba en torno a su persona, no solo por la información privilegiada que poseía, o por los procesos de producción patentados y confidenciales que manejaba, sino más bien por su buen olfato para detectar las nuevas tendencias, su intuición para vaticinar el giro de las cosas. Invertía la mayor parte de su vitalidad en esquivar esos intentos de intercepción de información. Esto hacía que su trabajo fuera en parte clandestino, a menudo tortuoso, lento, tan difícil de definir como los planes de un general, en el que los factores psicológicos se atenúan poniendo el acento en una mera suma de éxitos y fracasos.
El último magnate — FRANCIS SCOTT FITZGERALD
Las personas:
Pat Montesiamna
Patrícia Font
Los personajes:
Germán García
Andrés Andreas
Aquiles Julià
Matías Zambrano
Álvaro García
Natalia, novia de Álvaro
Ana Folguerola
Silvana Kózlov
Ricard Roca
Ramon Roca
Reetta Giménez
Sonia Esteve
Toni Sanz
Eduardo Barba
Juan Pérez Aira
Natalia inversora (¿la misma que la novia?)
Philippe Antonio Morató
Orestes Folch
Vecina de Juan López Aira
Daniel Font
Maite Bruch
El estreno
Roma
Germán García está a punto de acabar de leer Flotación, el plagio de su Inundación, un sábado al mediodía desde la última fila de butacas. El director, al fondo, en el escenario, está pasando notas y los actores, mientras le atienden, relajan los músculos estirando los brazos hacia arriba, al cielo, y hacen girar sus cabezas (cada uno la suya) con tal perfección y lentitud que desde el punto de vista del público es como si no fueran humanos: como si fueran seres de otros mundos que hubieran decidido invadir la Tierra y tratasen de dar a entender a los terrícolas, a través de determinados autores teatrales —Shakespeare, Pinter, Ionesco— que esto se ha acabado, que el planeta ya no les (nos) pertenece; seres del inframundo, de eso que hay debajo de la vida normal y corriente, la que uno denomina como suya y en la que vierte frases que empezarán siempre igual: yo... y el verbo que sea; o más bien seres poseídos por el demonio, con una flexibilidad antinatural tan típica del anticristo. De todo el elenco no humano, Germán acaba decidiéndose por los vampiros. Los actores, vampiros, por lo de la oscuridad consanguínea al arte dramático y porque, si bien es verdad que existe el teatro de calle (de día) y que también muchas obras contemporáneas prescinden de diseño de luces, el teatro-teatro se mueve a oscuras: en la oscuridad, diría Germán.
Philippe Antonio y su ayudante —cómo se llamaba— dan por acabada la sesión con un par de felicitaciones a los actores [Aquiles Julià y Andreas Andrés (se les tiene que nombrar por el nombre y el apellido. Los dos actores lo exigen a todas horas y en cualquier circunstancia. Ponte que les llamas así: «¡Eh! Aquiles…». Pues Aquiles ni caso. Ni se gira ni te mira; te convierte en eso que denominan un don nadie. Y uno a sí mismo se ve como una especie de personaje contemporáneo, alienado, fofo: lo contrario de Aquiles, tan alto y delgado, con la tez tan blanca que parece una figura de porcelana. Una especie de Adonis, un héroe de telenovela —nota: apuntar si hay diferencia entre un héroe de ficción y un trabajador al que se le exige ser proactivo. Por el tema de que el héroe siempre está haciendo cosas. Germán es trabajador. ¿También un héroe?—)].
Los cuatro, al fondo, sobre la tarima prefabricada que es el escenario, miran por un instante a Germán: «Perdón». Se le ha caído el móvil, que utilizaba como linterna para acabar de leer. Germán les asegura que lo estaba manipulando para escribir el texto sobre el ensayo de hoy, el de aquí y ahora, y que en breve colgará en redes, les dice.
Las notas de Philippe no han sido muy duras; los actores están más sonrientes que preocupados y Germán aprovecha esas sonrisas para tomar un par de fotos, que acto seguido retoca con los filtros preasignados, muestra a sus protagonistas y, al final, las adjunta al texto que sube. Pling, ching, fiú… y otros sonidos que imitan pajaritos, perritos o el motor de un coche —de los contaminantes—. Los actores, en su versión virtual, simularán que no han dado su visto bueno previo y añadirán caras sonrientes y pulgares alzados y dará la impresión de que todo tiene que ir bien solo por el hecho de que se hace lo que a uno le gusta. Que sí, que es imposible fallar. A las fotos se le escriben los conceptos genéricos de #ensayos #teatro #talento y el título concreto de la obra.
Afuera, en el mundo, es mediodía y el sol de septiembre se ha desparramado por encima de todas las cosas friéndolas y engulléndolas —qué calor todavía—, igual que los agujeros negros se tragan la materia y el tiempo y es imposible convivir con ellos: parece que esté orgulloso de ello, este sol, como si fuera una acción heroica. Alguien tendría que avisarle de que no; de que a veces uno cuando ejerce de uno mismo hace daño. Solo por ser. Nepotismo solar. Se escucha el portazo de la puerta de entrada. Más solo que la una, Germán llega al Fin de la novela plagiadora. La compañía ya se ha largado porque la parte artística del teatro no está para recoger toallas sucias de camerinos (Germán las pone a lavar), comprobar que el grifo de la ducha no gotee (no gotea) o apagar las luces de maquillaje; todas esas bombillitas encima de los espejos que a Germán le evocan una dentadura demasiado blanca y sonriente. Una alegría falsa por artificial y artificial por industrial: todo demasiado parecido. Germán las desenchufa palpando el interruptor que está puesto en el mismo aplique. Para realizar esa acción hay que alzarse, sin el sentido metafórico de revolución. Se emparra a una silla y todo él queda a dos centímetros del espejo. Joder. Piensa en Matías. Germán es diferente a Matías, el puto Matías, a partir de ahora. Dos mundos separados: uno que está pero que no; uno que es el suyo y que solo es un reflejo; es mientras no es, mientras no te gires, deduce Germán, y mires a las cosas reales, las físicas, las que cuentan. Las que se pueden contabilizar. Pega la cara al espejo a ver qué pasa. Nada. No ve el otro lado. No hay nada, solo el vaho de su aliento contra el espejo. Germán teme, por un momento, que se agriete, quiebre y se haga añicos (y con él, el espejo).
Luego sale al vestíbulo —la compañía tampoco le ha propuesto esperarle en el bar de afuera para tomar algo. Aquí se ha quedado— y deduce: fracasar viene de la palabra romper. Pero en francés. Hay que imponer el concepto inteligencia de calidad, igual que la gente habla de tiempo de calidad y que Germán sabe que viene del mundo anglosajón. Para qué sirve ser listo a ratos, se dice: para qué si no se traduce en nada. Así se ve Germán.
Y aun así, leída entera. Y a pesar de todo y sumado y restado todo, Flotación. A Germán le parece que la copia es mucho mejor que el original: las ideas son eficaces, hay una concatenación de acciones tan sencilla y natural que le recuerda al confort temporal de cuando te compras algo de Ikea y dura hasta que se estropea. Allí donde Germán García, el legítimo, había fracasado —se había roto—, el bastardo ganaba de calle. No ha sido casualidad. Germán ve que el plagiador es tan consciente de su éxito, que incluso en esa primera lectura ha descifrado acrónimos secretos: b-o-b-o; g-i-l-i-p-o-l-l-a-s…; y peores. Van dirigidos a él. Tiene que cubrir la contraportada para no ver la foto. Pero ni así. Se le queda, como dicen, el retrato del autor de Flotación —blanco y negro, gafas a la moda y mirada perdida en un infinito conquistado, del estilo «¿ves todos esos éxitos? Siempre serán míos»— impreso en la retina; y más adentro: se le incrusta tan hondo en la cabeza que le provoca un sudor helado, un escalofrío con epicentro en la nuca que supura por toda la piel. Y ahora, ¿qué? ¿Continuaba siendo original el original si era peor que la copia? Puto Matías Zambrano y su puto Flotación. Qué puede hacer. Es imposible: Inundación no llegó nunca a publicarse. Ni tan solo la acabó. Inundación es un ejercicio mientras que Flotación... Eso sí. Eso es. ¿Qué es algo que no es?
Justo al cruzar el semáforo que hay delante del teatro, reflejado en la cristalería de la entrada de una cadena de pizzerías, se da cuenta de que no ha cerrado las luces del cartel de la entrada* y el nombre del lugar queda iluminado: Teatro K, con especial intensidad de bombilla led en la letra k mayúscula, un subrayado lumínico que Germán no pretende enmendar. Que gasten luz y se jodan. Podía haber dejado las de dentro también encendidas. Tiene que subir hasta el Passeig de Gràcia y tomar el tren que le llevará a su piso, en las afueras de la ciudad. Reconoce que hay mucha gente que puede ser el objeto del verbo «jodan». Qué se es cuando no se es: esa es la cuestión. Ríe su broma mala, chapucera y metateatral. No se cree listo ni a ratos. Y sin embargo.
Todo el convoy va hasta los topes y en su vagón solo están libres los asientos dispuestos de cuatro en cuatro alrededor de una mesa central. Se sienta en uno y va al revés, en el sentido opuesto al del tren, de manera que las cosas reales —los edificios, los árboles, las personas, las farolas, el humo de los coches junto con el polvo en suspensión, las maletas, las papeleras, la torre Collserola y los cables de la luz— se alejan de él, le abandonan cuando él lo que quisiera es dejarlo todo atrás para, como se suele expresar, empezar de cero; o, si se prescinde de exageraciones, ir al menos a su bola. Estar por encima de la ciudad. Pero eso no puede ser: uno flota, de Flotación, o se hunde. Lo demás es hacerse el muerto. Cierra los ojos, pero no por mucho tiempo; una señora le tira del brazo de la camisa que lleva medio arremangada. «El teléfono», avisa. Está sonando. Germán no lo ha escuchado porque lleva tapones de espuma en los oídos; a veces también se ha llegado a poner el antifaz que venden en pack como si el trayecto en tren de media hora —oficial— fuera un viaje transoceánico hacia su éxito. Germán se disculpa y silencia el móvil. Otra vez el mismo número. Y van siete. Sospecha que ese número tiene que ver con el correo recibido hace una semana. Seguro que los aficionados al esoterismo sabrían leer la combinación de dígitos y descifrar el mensaje. Pero él no. Germán lo vuelve a leer: «Estimado Germán…» y bla, bla, bla. Para qué coño le necesita. Qué rayos quiere. Matías. Después de tanto tiempo. Tanto, tampoco. Un año y medio y ya tiene su novelita publicada. Presupone que será para alguna invitación. ¿Es Matías el reflejo en el espejo de Germán? Matías es y Germán no es.
En su huida, el tren se adentra en pueblos que son de montaña, pero sin cordilleras altas, sin una sierra decente y con casas que no necesitarían chimeneas porque nunca hace frío. Si recorriera la costa pasaría lo mismo pero con mar; colectores hasta la playa y cemento gris que se confunde con el gris del mar. El azul ha quedado relegado a la lona de las tumbonas de alquiler. Germán se levanta de su contraasiento, se prepara para bajar y de la bolsa, al cruzarla en bandolera, se le cae Flotación, accidente que es relatado a grito pelado por la misma señora de antes, un tono y timbre que a Germán se le hacen insoportables por el contenido al que se refiere: el libro. El libro, que sí. El libro. La señora no lo expresa, pero Germán cree escuchar «el libro de Matías», afirmación imposible porque esta mujer ya me dirás tú qué sabe de Matías y de su periplo profesional.
Recoge el libro, el tren para, Germán baja de un saltito, pasa por el torno de salida —todavía no está robotizada y casi todo es mecánico— y en la calle fea, con socavones y coches aparcados a ambos lados y farolas anaranjadas y contenedores de basura de hierro, de los antiguos, y montículos construidos con ramas y hojas secas que provienen de los terrenos adyacentes a cada casita adosada del pueblo, que como tal solo tiene ayuntamiento, ni iglesia ni farmacia ni colmado, aquí, en esta calle, mientras camina hacia su piso, vuelve a sonar el teléfono y entonces Germán lo descuelga. ¿Sí? Y sabe quién va a salir por el otro lado y piensa, mientras escucha la respuesta, si con las voces ocurre lo mismo que con las imágenes. Si también se reflejan o solo saben mantenerse en el eco de la realidad. Es Matías. Querrá saber si le ha llegado el libro. Matías le ha regalado una copia de Flotación. Sí. Querrá saber si le ha gustado. Cómo no le iba a gustar. Flotación es la materialización del genio de Germán. Claro que le ha gustado. Sí. Querrá saber si todavía trabaja de segundón en el K. Sí. No sabe cómo Matías definirá o calificará o maquillará el trabajo de mierda de Germán. Tampoco pronunciará la palabra mierda.
Cuando Matías se explique, a Germán le vendrán a la cabeza sus propios recuerdos, no los de Matías. Eso es así, igual que la gente que afirma estar de acuerdo con sus propias afirmaciones. Es más, mientras le escuche, Germán pensará en todas las ideas que Matías copió. También irá cogiendo ramitas y las irá rompiendo hasta que encuentre una rama más gruesa que no pueda partir y con la que poder golpear las cosas. «¿Me oyes? ¿Germán?». Sí. Claro que le oye. Y claro que le escucha, pero no al de ahora, sino al Matías de hace escasos dos años.
Germán en su recuerdo: el curso de escritura y la aparición de Matías.
Germán y aquel profesor hijo de un padre militar que no preparaba las clases y que para disimular creaba un sistema cerrado de preferencias y odios del que nadie podía escapar y ante el cual cada uno espabiló como pudo. Un teatro, pero sin guion ni notas del director ni marcas en el escenario. Un papel sin letra. Germán García, o sea, él, no iba a ser la niña bonita de la clase. Atribuyó la preferencia del profe por Matías al hecho tangible y demostrable de que el chico era millonario, condición de la que el propio Matías no se había escondido: por eso toda la clase solía aguantar la carcajada cuando Germán tarareaba por lo bajinis Money makes the world go round… como banda sonora de cada peloteo del profe a Matías. Por qué no decía nada sobre la continua y progresiva copia que Matías hacía de las ideas de Germán. Quizás porque el profe era de la misma ralea que Matías. Hechos de la misma pasta copiona.
El último día de clase, Germán envió por mail un cuadro comparativo para demostrar el crimen plagiador, pero la clase, una vez finalizado el taller, quedó desactivada y todo el mundo se dispersó igual que las células durmientes de un comando terrorista.
MATÍAS
Personajes: Daniel y Daniela.
Desencadenante/ inicio de la historia:
Daniel muere, pero nadie lo sabe.
Historia: Daniel se convierte en actor en un teatro, pero nadie sabe que está muerto.
Trama: Daniela tiene que mantenerlo vivo hasta el estreno.
Referencias:Romeo y Julieta, Balzac en general.
Título provisional:Flotación.
GERMÁN
Personajes: Andrés y Andrea.
Desencadenante/ inicio de la historia: Andrés muere.
Historia: Andrés vuelve resucitado para ayudar a Andrea.
Trama: Andrea es cantante en un musical de Las Vegas.
Referencias:El quimérico inquilino*.
Título provisional:Inundación.
*Se le olvidó escribir el nombre del autor.
Sí. Claro que Germán le oye. Sí. Claro que le escucha, pero no al de ahora, al Matías de aquí y ahora, porque hacerlo va a ser doloroso. «Hacerlo en el teatro». Silencio. «¿Germán?». Vaya. El Matías de ahora está vivo y coleando. Germán descubre una lagartija entre las ramas. Coloca un palito en el trayecto del bicho, pero el animal no pica y se va en sentido contrario. «¿Germán?». «Perdona, es que voy en tren», miente. «Ah… es verdad. Se me olvida la hora. Aquí son las siete de la mañana. ¿Has visto mis fotos? Te digo que el rollo de Hollywood con el sol y las sombras de las letras… que es una horterada». Germán le deja continuar y no le escucha y va emitiendo síes y noes al tuntún y le ocurre lo típico, que tenía que haber dicho «no» en vez de «sí». Entonces opta por onomatopeyas varias, tipo mmmm, ah, oh, nnnn.
—¿Cómo lo verías? Dime. Haríamos la promo de Flotación en el K. Qué te parece.
—No.
—¿No?
—No he visto las fotos. No tengo Instagram.
—Ah… ya ves. No te pierdes nada. Entonces, ¿qué? Qué fuerte, ¿no?
—Perdona, Matías. ¿Qué estás diciendo?
—… que la productora…
—Qué productora.
—Joder, Germán. Pues la tele, que me va a hacer una serie de Flotación.
—… ¿De la tele? —repite Germán.
—Sí. De la tele, pues claro. Te lo puse en el mail. Te llamo para saber cómo está la cosa. Con quién tendríamos que hablar…
Germán busca el mail en el móvil sin colgar a Matías. Ya. Ahí está contado. La novelita de Matías será ahora una serie. Escribió Matías en su correo que a los productores les «encantó» su idea literaria de mezclar una historia fantástica (un resucitado) con un mundo tan «prosaico» y lleno de «egos» y «rivalidades» como el teatro. Y que entonces Matías sugirió el tema del K porque le vino a la cabeza Germán y su trabajo.
—Sí. Sí. Ya me acuerdo. Lo que pasa, no sé, lo que ocurre… —Germán ha perdido de vista a la lagartija—. A ver, es una mierda de teatro —responde—. La tele puede conseguir lo que quiera.
—¿Una mierda? Pero qué dices. —Matías tiene razón. En el K han estrenado muchos directores que luego fueron eso que se dice famosos, reconocidos, álguienes. También actores que han sido vistos en el K por directores de casting que los han introducido en series de televisión internacionales y que, como ahora hace Matías, pueden vivir una semana en Los Ángeles y otra en casa. A veces se cambian de casa y se quedan allí toda la vida.
Y luego hay un silencio no-tenso, no-incidental, no-inconveniente: un silencio dramático. Así:
(…)
Ese silencio es diferente a una pausa dramática, que vendría a ser esto:
( )
Se despiden, pero el teléfono no corta el rencor de Germán ¿contra Matías? Ojalá. De Germán ¿contra la lagartija? Anda ya. De Germán contra Germán. Germán deshecho igual que la amalgama de hojas y ramitas; una naturaleza alterada, desordenada y estéril. No sabe si es más doloroso que no le haya preguntado por él y sus éxitos o que lo hubiera hecho. En el primer caso, oye, tú, lagartija que te arrastras por el suelo, ¿tú puedes decirme qué le hubiera dicho? Germán se gira y ve la realidad de un coche que se acerca y que le pita porque está en cuclillas en medio de la calzada, haciendo el bobo con un palo que fue, antes, una parte viva de un árbol.
Qué le hubiera dicho. La verdad. Que nunca logró acabar su historia. Que Matías escribió Flotación pero que él, Germán, no tiene Inundación. Que no logró escribir nada. Que no tiene novelita. En el teatro un refuerzo muy agradecido es el lenguaje audiovisual; una pantalla con el siguiente texto: Matías 1 - Germán 0. Si no hay presupuesto para el proyector, un actor con un cartel.
Flotación 1 - Inundación 0
Como en algunas obras de Beckett y de Mamet.
De qué se puede quejar. Qué puede hacer si no ha hecho nada. Notas de ideas y veinte páginas. Es la farsa de un plagio. Él, Germán, no tiene nada. Si hubiera sido capaz de acabar un libro, su novela, entonces podría denunciar a Matías. Pero allí, en medio de una tarde estándar, una de tantas, una de más, Germán no puede hacer nada. Ahí está. La lagartija trepa por el tronco de un árbol y luego pasa al siguiente por la copa. Son pinos de vivero que el ayuntamiento tuvo que plantar después de que una plaga bacteriana los secara. Y ahora todos los árboles de la calle —con contenedores y coches aparcados a ambos lados— son réplicas unos de otros: un árbol que copia a otro árbol que copia a otro árbol. Artificial por perfecto; exacto el grosor del tronco y, si uno pudiera cavar, descubriría que todas las raíces tienen la misma longitud. La naturaleza como gran fábrica con turnos non-stop. Por su parte, la lagartija, la muy tonta, se acerca a los pies de Germán y entonces él le clava el palo de madera y la empala con una técnica rápida e invisible al ojo humano parecida a la que emplean ciertos pescadores del sudeste asiático. La muerte le recuerda a su hermano. Recordando a su hermano pierde de vista a Matías.
El tutor hace pasar a Germán a la sala de los profesores. Álvaro se queda fuera. Aunque es bonito, a los ojos de Germán niño, todo tiene una pátina de color verde manzana —la Golden, no la ácida— que Germán supone que se le ha quedado clavada en el cerebro de tanta mesa y silla de las clases. Todas del mismo color. También huele a albóndigas. Germán no sabe de dónde procede el olor porque en el menú del día toca pollo rebozado. El tutor se arrodilla frente a él. A Germán le marea ver a un adulto a su misma altura. El tutor: «¿Te acuerdas, Germán, de la última vez que estuviste malito?». Germán supone que el tutor lo ve más pequeño de lo que es. Un momento. El tutor sabe qué edad tiene Germán. «No soy pequeño». «No, por supuesto que no. Lo que te quiero decir es que cuando estás malito te duele algo, ¿verdad?». Germán alucina. Vaya colegio de tontos. Saldrá tonto él y más tonto todavía su hermano pequeño porque los hermanos son, por naturaleza, peores que uno. «Te duele, por ejemplo, la barriguita o la cabecita». Germán es lo bastante mayor para responderle «la pollita» pero ya le mandaron a casa dos días por pegar a otro niño así que no se la juega. Dice que sí: «Sí». «Bien, pues a veces duelen cosas que no se ven. Duelen partes del cuerpo que no son una parte; están en todas partes. ¿Me entiendes?». Germán niega con la cabeza. El tutor se levanta. Busca en un cajón. Encuentra unos caramelos, pero no se los ofrece al niño —está prohibido dar azúcares refinados a menores—. «Vale. Mira. Estamos esperando a que un familiar vuestro venga a buscaros». Pero si no ha hecho nada. No lo entiende. Sobre la mesa del aula de profesores hay libros abiertos y papeles, quizás, piensa Germán, sean exámenes. Se imagina robándolos y sacando todo sobresalientes; y más. Matrícula de Honor. Por la ventana se cuela el griterío de los críos que salen desbocados a su cuarto de hora de recreo. «Tu papá se ha puesto enfermo de una parte que no se ve. Tu mamá quiere que vayáis a casa». Germán se levanta: «No se preocupe. Ya sabemos que mi padre está loco. Muchas noches tira cosas y luego dice que se tirará él». El tutor echa mano de sus nociones de psicología infantil —es licenciado en matemáticas, lo que de verdad le va— y antes de que responda, Germán le añade: «Es que vivimos en una casa. Por eso sabemos que no carbura».
El tutor invita a Germán a esperarse en la salita con su hermano. Cuando el tutor vuelve a su despacho, Germán espera unos minutos, que es capaz de calcular porque desde las últimas Navidades tiene un reloj digital con luz, y ordena: «Vámonos. Tira». Germán y Álvaro bajan a saltos la escalera principal del colegio, pero, a instancias de Álvaro, salen a la calle por la puerta de entrada de los pequeños —menos de seis años— en vez de por la puerta a donde desembocan las escaleras principales y que es, de lógica, la puerta principal. Nadie los sigue. Buen plan. «El papá está en el hache blanco y azul» resume Germán a Álvaro para que su hermano pequeño le entienda. Álvaro es enano y cree que todos los hospitales son el mismo, pero Germán es otra cosa. Germán ya sabe que en la ciudad uno se lo pasa mejor que en su casa por mucha piscina y sótano para los juegos. El jaleo con lo de su padre le puede regalar un par de horas libres, suficientes para dar una vuelta y entrar en una tienda de videojuegos, si la encontrara, o quizás tomar un autobús. A él lo llevan en coche al colegio, a este colegio que parece un castillo con rejas y jardín; vaya rollo de sitio.
