Playa de escombros - Lucas Costa - E-Book

Playa de escombros E-Book

Lucas Costa

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Playa de escombros, segundo libro de Lucas Costa, es señalado por la escritora Elvira Hernández como "un lugar donde se desperdicia un universo pleno o en ciernes: exceso de vida humana, irrupción de accidentes y catástrofes naturales, adhesión de un lenguaje abigarrado que persigue calzar hechos con desechos; un paisaje nunca ajustado sino en desbarajuste. Son estos poemas una estación de llegada de un mundo descoyuntado y en cuenta regresiva, cuyo movimiento de arrastre manotea en la ciencia y en cuyo borde Costa le hace registro. Y lo hace con escritura residual". "Alguna vez leí un libro que decía: solo lo roto habla –anota el poeta peruano Mario Montalbetti–. Estaba escrito con los despojos de la resaca del lenguaje, que habían varado sobre nuestras playas. Descubrí que el mar es uno de esos despojos, como las gaviotas, algunos recuerdos, la geografía, la lluvia y ciertos silencios impronunciables. Cuando volví a mirar no había nada sobre las playas. Solo unas marcas que bien pudieron haber sido las huellas de algún ave pasajera. Ése libro es Playa de escombros, un verdadero prodigio poético".

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Seitenzahl: 36

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Lucas Costa

Playa de escombros

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Playa de escombros

Lucas Costa

Playa de escombros

Lucas Costa

De esta Edición © Alquimia Ediciones, 2017

Colección: Ensayos con la Ceniza

Coordinación de colección y edición: Guido Arroyo González

Coordinación editorial: Felipe Reyes F. Ilustración de portada y Diseño editorial: Nicolás Sagredo

LA SECA LLUVIA VERTICAL CONTINUABA O PARECÍA NO TERMINAR

En el sonido del líquido al caer sentía

la expansión de ondas –distendidos balbuceos del sismógrafo–. Me extraña esta nieve, un sonido

nulo absorbe cuanto rodea: el crujir del liquidámbar a piso, un zorzal que tirita de frío

genera una nueva medida. Quedé en salir de esa brecha

antes de escribir en vuelo todo se muevemenos quien vuela. Por eso el damero visto desde un helicóptero forma un plano laberinto vuelto rompecabezas. El polvo cae osamentas sostenidas en trazos de vista. Cae ceniza, volutas de chimenea y el humus se palpa en el paladar luego de haber visto que no se trataba de un volcán en erupción. Dicen que después siempre nevará. Es verano y no debiéramos tener este clima. La materia llevada a un punto intacto donde los hombres transmigran y la fauna

retoma su dominio. Nos conocimos lejos de estos bosques, tenías mi edad cuando nevó en el desierto y eso te dejó una huella esquimal. Las mantarayas del Golfo vuelan sin saber por qué. En el mirador tu abuela vio ballenas (madre e hija) y pintó este lema de la santa: el mar en su inmensidad me hace pensar en Dios. El mar de Aral fue drenado y ahora es un salar. El destierro, una errata en los tildes del paisaje. Al caminar sobre la arena

miramos el horizonte sin expectativas. Hace años ahí tiraron cuerpos, los carroñeros conocen bien la diferencia entre recovecos y llanuras. Tomas distancia: ¿cómo saber si en escasez no sacri caron a uno de ellos? No tenemos el zoom dentro para identi car nuestra lejanía.

Relampaguea una luz (centrales colapsando, dicen).

Se agota la energía. Se arquean edificios indelebles en algún lugar. El abuelo trabajó en una hidroeléctrica, la vio crecer

como a un nieto. La planta nuclear de Fukushima

estuvo por convertirlos en chispas. Sombras de piel, tambaleos y el estómago se revuelve en la exhibición de cataratas de pelo, cerros

de anteojos, maletas con iniciales o zapatos separados por vitrinas. Las galerías no soportan el recuerdo del sismo. Para traerlo aflote proyecciones de materia orgánica tatuadas en el piso a manera de parches y la puntuación hace su cartografía. Abres el paréntesis: humedales donde descansan millones de especies, fisonomías nuevas

del lugar entre las contracciones del agua. Alguien anotó en su libreta algo que parecía un lago y alzó la cabeza. Los helicópteros sobrevuelan la catástrofe no en el ojo del huracán. Dicen que en el derrumbe los rescatistas escriben sus nombres en varias partes del cuerpo por si los encuentran –entre fierros estos recorridos mentales–. Una guagua cabía por la rendija más acá de las puertas cerradas o el ahogo (era cosa de esperar suelo propicio). Pensar una vida

fuera de nosotros, la diferencia entre ver desde el vuelo que estando acá abajo. De arriba se ven cirros como rebaños disgregados, desde acá el desierto que apenas notas está en plena fronda. Buscas en el suelo para ver si cae alguna miga y nadie la ha visto. Como el maná importa la necesidad y no sus derivados o esto es un derivado de esa necesidad más clara. No todo queda en el escombro. Quien rearma el descampado necesita los añicos

de un cimiento irregular, que el espacio

no encaje entre las piezas de una ruina.

¿Desde qué distancia se miran

las cosas para poder verlas dentro de uno?

Cuando estuve ahí no aterrizó

el zorzal de la entrada y un abanico mudo

me empujaba a orar sin detenerme. En el aire yace su cuerpo, el crisol se proyecta por el agua.

La lluvia no para pero la dejamos de mirar.

Esto forma parte del conjunto.

SOLE ¿TE ACUERDAS DÓNDE NOS TOCÓ? Cómo voy a hablar de esto si estábamos arriba

de ese camión de luces altas cruzando una loma cerca de Chañaral y pasó en el sur. Nos dijeron que habían sentido un derrumbe piedrecillas en la ladera. Nada grave. Veníamos derrotados de estar toda la tarde con el sol dale que brilla sobre el asfalto pidiendo recogida afuera de Antofa y de tanto dar pena nos llevaron.