Pluto - Aristophanes - E-Book

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- Aristophanes

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Beschreibung

El dios de la riqueza recupera la vista gracias a la intervención de un ciudadano justo, permitiendo que el dinero se distribuya finalmente entre los virtuosos y no entre los malvados. Esta fábula social examina las desigualdades económicas con un tono optimista, planteando qué sucedería si el destino financiero de los hombres dependiera exclusivamente de su integridad moral.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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PLUTO.

NOTICIA PRELIMINAR.

Después de haber combatido en Las Junteras los absurdos de ciertas teorías comunistas, vuelve Aristófanes en el Pluto a tratar por medio de una ingeniosa alegoría la gran cuestión del pauperismo y de la desigual e injusta distribución de las riquezas.

Pluto, el dios del oro, está ciego y distribuye sus bienes al azar, enriqueciendo a todos los bribones e intrigantes, y dejando en la miseria a los hombres virtuosos y trabajadores. Cremilo, honrado labrador, le encuentra en tan lastimoso estado, y, obedeciendo a un oráculo de Apolo, trata de devolverle la vista venciendo la resistencia del dios, a quien tiene atemorizado una amenaza de Júpiter. Después de sostener Cremilo una violenta discusión con la Pobreza, en que esta se presenta como la causa de todos los bienes y la fuente de toda felicidad, lleva a Pluto al templo de Esculapio, donde recobra la vista. Una multitud inmensa se agolpa en derredor del dios, deseosa de conseguir sus favores, pero él los reserva para los hombres de bien, hasta entonces desdeñados. Un delator, una vieja verde, Mercurio y el sacerdote de Júpiter aparecen sucesivamente lamentando la situación a que les ha reducido la curación de Pluto, y la comedia acaba con una procesión para instalar al dios en su antiguo puesto, detrás del templo de Minerva.

Aunque velado por la multitud de sofismas, alegorías, narraciones burlescas, alusiones satíricas y discusiones y chistosos incidentes que constituyen la trama de esta comedia, se ve que el remedio eficaz, en concepto de Aristófanes, para la pobreza pública no era el dejar a todos los ciudadanos en una holgazanería llena de abundancia, ideal de los pueblos antiguos, sino el trabajo, condición necesaria de nuestra naturaleza y cuya conveniente utilidad sostiene la Pobreza para llegar al quod satis est y a la aurea mediocritas, que constituyen nuestra felicidad relativa, demostrando que el oro por sí mismo no constituye la riqueza.

Lo que más llama la atención en el Pluto y le distingue de las otras comedias de Aristófanes, es su lenguaje comedido y casi limpio de las obscenidades y bufonadas que afean el de otras piezas; la sátira es además mucho menos cáustica y mordaz, y el sangriento sarcasmo está sustituido casi siempre por una agradable ironía. El coro desempeña un papel menos importante, y las alusiones personales escasean: falta además la Parábasis, característica, como hemos visto, de la comedia antigua, por lo cual muchos escritores consideran el Pluto como perteneciente a la llamada media. Por esto mismo, hallándose desprovista del interés político, el poeta puso sin duda mayor cuidado en el desarrollo de su plan, desenvolviéndolo con un arte parecido al de Las Nubes, y embelleciéndole con chistes espirituales y de buen gusto.

El Pluto se representó en dos épocas distintas: la primera vez en el año 408 o el 409 antes de Jesucristo; y la segunda en 390, aunque entonces con el nombre de Araros, hijo de nuestro poeta.

La edición que hasta nosotros ha llegado no es, según todas las apariencias, ni la primera ni la segunda, sino una refundición de ambas, hecha quizá por algún gramático, tomando trozos de una y otra. Pues la falta de Parábasis y diferentes alusiones a sucesos políticos posteriores al 409 demuestran que no puede ser la representada en esta fecha, al paso que aquellos pasajes en que se ataca personalmente a varios ciudadanos influyentes no pertenecen a la de 390, en cuya época los Treinta habían prohibido a los cómicos el satirizar a nadie por su nombre.

PERSONAJES.

Carión.

Cremilo.

Pluto.

Coro de Labradores.

Blepsidemo.

La Pobreza.

La mujer de Cremilo.

Un hombre honrado.

Un Delator.

Una Vieja.

Un Joven.

Mercurio.

Un Sacerdote de Júpiter.

La acción pasa delante de la casa de Cremilo.

 

PLUTO.

CARIÓN.

¡Oh Júpiter! ¡Oh dioses! ¡Qué terrible cosa es servir a un amo demente! Si el esclavo da los mejores consejos y al dueño no se le antoja seguirlos, no por eso deja de participar de su desgracia. Porque la fortuna no nos permite disponer de este cuerpo que es nuestro y muy nuestro, y se lo da al que lo ha comprado. ¡Así anda el mundo! Tengo que dirigir a Apolo, al dios cuya pitonisa profetiza desde el áureo trípode, una justa acusación: siendo médico y hábil adivino, según se asegura, ha dejado salir de su templo a mi amo loco, obstinado en seguir a un ciego y empeñado en oponerse al buen sentido, según el cual quien tiene buenos ojos debe guiar al que carece de ellos; pero a mi señor no hay medio de hacérselo comprender, y se va detrás del ciego, y por añadidura me obliga a ir también, sin responder a mis preguntas. No, dueño mío, yo no puedo callar si no me dices por qué seguimos a ese hombre; te atormentaré, ya que gracias a mi corona[542] no puedes castigarme.

CREMILO.

Pero si me fastidias mucho, te quitaré la corona y te sacudiré de lo lindo.

CARIÓN.

¡Como si callaras! No pienso dejarte en paz hasta que me digas quién es ese. Ten presente que te lo pregunto por tu propio interés.

CREMILO.

Bueno, no te lo ocultaré, aunque solo sea porque eres el más fiel y el más ladrón de mis criados.[543] Yo, siendo piadoso y justo, era pobre y desgraciado.

CARIÓN.

Lo sé.

CREMILO.

Y otros, sacrílegos, oradores, delatores[544] y malvados, se enriquecían.

CARIÓN.

Lo creo.

CREMILO.

En vista de esto fui a consultar al dios, no por mí, que veo ya agotarse mi triste vida, sino por mi único hijo, si convendría que, cambiando de conducta, se hiciese canalla, injusto y malvado, puesto que este parece ser el camino de la fortuna.

CARIÓN.

¿Y qué ha respondido Apolo en medio de sus coronas?

CREMILO.

Vas a saberlo. En términos claros y precisos me mandó seguir al primero que me encontrase al salir del templo, y que no me separase de él hasta llevarlo a mi casa.

CARIÓN.

¿Quién fue el primero que encontraste?

CREMILO.

Ese.

CARIÓN.

¡Imbécil! ¿No has comprendido el espíritu del oráculo que te ordena educar a tu hijo a la usanza del país?

CREMILO.

¿De qué lo infieres?

CARIÓN.

Está claro, hasta para un ciego, que hoy día lo más provechoso es prescindir de todo honrado pensamiento.