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En el Valladolid de 1974, un año antes de la muerte de Franco, Amalia no responde a ninguno de los parámetros del éxito social o personal. Belleza, juventud, inteligencia… Pero descubre la droga más poderosa: el poder. Y el poder es el poder sobre la vida y la muerte. Así, se convierte en la dueña del destino de los que la rodean. Poder y destino combina la ambigüedad moral de los personajes con una sucesión de giros sorpresivos del argumento. Con escenas cortas, su estética cinematográfica logra gran fuerza dramática.
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Seitenzahl: 293
Veröffentlichungsjahr: 2021
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poder y destino
Javier González Sanzol
© Javier González Sanzol
© Poder y destino
Agosto de 2021
ISBN papel: 978-84-685-6038-0
ISBN ePub: 978-84-685-6037-3
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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Para Mª Jesús, mi mujer, mi amiga, mi compañera.
Para mis hijos Pablo y Carlos.
Índice
NACIMIENTO DE UNA DIOSA
ANTES DE SER DIOSA
EL CLUB DE LOS CORAZONES SOLITARIOS
¡JODER, PACHECO!
CECILIA
JOSE, MARIANA Y LAURA
UNA CENA
BEETHOVEN
RECAPITULACIÓN
LUNES. UN DÍA MARAVILLOSO
UN ENCUENTRO FORTUITO
DE LUNES
LOS PADRES
MARTES
CENA DEL MARTES
UNA PAUSA
SÁBADO SABADETE
DE LUNES
CENA DE LUNES CON RAMIRO
UN POCO DE PSICOLOGÍA
reflexiones
¿QUEDAMOS?
NO PUEDE SER REAL
LA RONDILLA
LA CITA
ESFUERZOS POR COMPRENDER
EXTRAÑA AUSENCIA
MARTES DE COMISARÍA
SENTIRSE CULPABLE
¿QUÉ SE HABÍA CREIDO?
SOLAMENTE LA CERTEZA DE LA MUERTE
COTILLA
RAMIRO
NADA
CASI NADA
NADA DE NADA, NADA
DE VISITA
ENTREVISTA FALLIDA
OTRO HALLAZGO MÁS
PACHECO
UN RETROCESO
EN MISA
DE CENAR EL LUNES
AL BAR DE ALTERNE EL MARTES
INVESTIGACIÓN
ADIOS, SUSI
ADELANTARSE
PREOCUPACIONES DE SILVIA
PREPARAR EL FIN DE SEMANA
LAS CUEVAS
JUEVES DE CHURRERÍA
A LAS DIEZ
UN CADÁVER OLVIDADO EN LUNES
TOMAR UN CAFÉ
UNA VISITA POR LA TARDE
RECAPITULACIÓN Y SORPRESA
JULIÁN Y PEPE
INTUICIÓN
UNA VISITA MÁS
POBRE TINA
UNA VISITA ARRIESGADA
QUÉ PENA
RENDIR CUENTAS
MÁS PREOCUPACIONES PARA RODRIGO
SIN FIN DE SEMANA
¡LA CABEZA PERDERÉIS!
SÁBADO NOCHE
CHURRERÍA KISS PUB
QUÉ FÁCIL ES MATAR
RAMÓN RESUCITADO
EL TRABAJO SE AMONTONA
BONITO LUGAR
AL FIN SOLOS
LA AMBICIÓN DESMEDIDA
COMPLEJO Y OSCURO
TRABAJAR PARA BLAS
INDISCRETA
YO NO PUEDO
TODO OSCURO
LA CEGUERA DE UN PADRE
LA MALDAD
SIN MIRARSE
ESCENA FAMILIAR
PLANIFICANDO
DISCRETAMENTE
LA DETENCIÓN
ERA DE NOCHE
DE MADRUGADA
UNA MADRE
EL FUTURO
COMPROMETIDO
HACER POLÍTICA CON LA VERDAD
NACIMIENTO DE UNA DIOSA
Veía algo en él más patético aún que su fracaso sin fin. Se besaron. Caminaban y se besaban. Ella sabía que era una locura. Y, sin embargo, había algo de ternura que inundaba su interior. El era tan joven, tan idealista…
Estaban en las afueras. No sabía cómo habían llegado hasta allí. El le obligó a tumbarse en un descampado con algo de hierba y mucha tierra. Se puso sobre ella y comenzó a tocarla de una manera torpe, zafia. Ella le besaba y procuraba ayudarle. El le quitó los pantalones y se bajó los suyos.
Amalia no quería algo así, tan prosaico, tan animal. Decidió ponerse encima, ralentizarlo todo. Pedro se echó a reír y se dejó hacer. Y cuando casi se había acomodado, pasó. Al levantar la vista, vio detrás un auténtico basurero, escombros de obra, alguna bolsa de basura y otras porquerías. Y casi tocando la cabeza del chico, un pañal sucio de bebé.
Algo se movió en su interior. Tomó un ladrillo que había al lado y golpeó a Pedro en la cabeza, una sola vez, con todas sus fuerzas. Pedro no se movió. Puso cara de espanto, con los ojos muy abiertos, y soltó las manos. Ella creía que iba a devolverle el golpe, pero no se movía. Y a un lado de la cabeza se veía, a la luz de una farola cercana, una horrible brecha sangrante. Tenía los ojos muy abiertos y, de repente, al cabo de un instante que parecía un siglo, empezó a convulsionar y súbitamente quedó rígido, con una cara rara, contraída, que todavía conservaba un rictus de dolor y extrañeza.
Ella estaba de pie, desnuda de cintura para abajo. Todavía tenía el ladrillo en su mano derecha. Y de repente se dio cuenta de que estaba muerto. Había sido algo tan rápido, tan inocente, que le asombró lo fácil que se puede acabar una vida. Sin pensarlo, sin esfuerzo, había cambiado el rumbo de una existencia, había irrumpido en el destino de un chico joven, con todo el tiempo por delante. Y no sentía nada, quizás orgullo, no sabía bien por qué. Posiblemente por haberse sentido, por una vez en su vida, importante.
ANTES DE SER DIOSA
Odiaba su nombre. Amalia. Unos le llamaban Amelia, otros según el día, Amalia o Amelia. A veces, hasta ella misma dudaba, como cuando le nombraba la señora Juliana, que siempre le llamaba Amelia, hasta cien veces al día, a veces Amèlie, en francés, para presumir de que su madre había trabajado veinte años como cocinera en un hotel en Marsella. Incluso llegó a pensar que se llamaba de las dos maneras, de la misma forma que estaba convencida de que dentro de ella había muchas personas, Amalias, Amelias, Amèlies, algunas terribles, otras tiernas, otras envaradas y espantosamente educadas y corteses.
No era su nombre lo único que no le gustaba en ella. De hecho, había muy poco que apreciara de sí misma, o, por lo menos, de lo que se encontrara satisfecha.
No era guapa ni fea, alta ni baja, gorda ni flaca. Su forma de vestir era vulgar, odiaba llamar la atención, así que escogía siempre la ropa más neutra, siempre pantalones, siempre ropa que no pasa de moda, blusas que no decían nada. Casi siempre vestía de negro. Le gustaba vestir de negro.
En el instituto intentó pasar desapercibida. Pero se reían de ella. Era un poco torpe, más que nada debido a su timidez. Susana, la mala de la clase, repetidora, parecía una fulana. Presumía de ligar con todo el que se le pusiera delante. Hasta los profesores le tenían miedo. Siempre, a la salida de clase, respaldada por sus fieles, tenía alguna bromita para ella. Le llamaba “la virgen”, “virginia”, “bollera”, y todo lo que se le ocurría. Un día puso en la pizarra que en clase había una marimacho. Toda la clase se partía de risa y le miraban. Entró el nuevo profesor de química, muy jovencito, tímido, y al ver la pintada en la pizarra preguntó quién había puesto eso. Carcajada general, y miradas hacia ella, que había enrojecido hasta las orejas.
Su única amiga que mereciese tal nombre era Carmen. Como ella, era tímida y apocada. La conocía del instituto, donde también había sido víctima de los insultos y desprecios de Susana y sus seguidoras. Tenía otras amigas, por supuesto, pero nunca nadie a quien pudiera hacer confidencias. Amistades superficiales. Carmen había estudiado la carrera de Filosofía y Letras y estaba haciendo el doctorado con una tesis sobre mitología griega y romana. Tenía un trabajo en la cátedra de filosofía antigua, un trabajo eventual como PNN. Con ella podía hablar de temas no tan superficiales como con la mayoría de la gente de su edad. Y sus conversaciones resultaban siempre enriquecedoras.
Sus padres estaban obsesionados con que hiciese una carrera. Estudió derecho, se limitó a ir aprobando las asignaturas entre junio y septiembre. Era mediocre en todos los trabajos relacionados. De hecho, encontró muy pocos trabajos, todos aburridos y rutinarios. Lo de rutinarios le convenía, no le gustaba esforzarse en algo que no le atraía. Pero ninguno le duraba más de unas pocas semanas. Por fin encontró una ocupación a su gusto, en una gestoría de mala muerte, con muy poco trabajo y un pobre sueldo. Solo tenía que soportar a la señora Juliana, la dueña de la gestoría por herencia de su marido, que había muerto joven. Una persona entrometida y de carácter agrio, que la acogió como haciendo un favor a sus padres, con los que tenía una cierta amistad. La ventaja es que la señora Juliana no la agobiaba, y le daba libertad para ausentarse del trabajo siempre que quería. Quería ser independiente, llevar su propia vida sin que nadie se tomara la libertad de opinar. En realidad, no tenía ni idea de qué hacer con su vida.
Ella no era como su hermana. Lucía era guapa, provocadora y muy, muy alegre. No había querido estudiar, odiaba la rutina, levantarse pronto por las mañanas y llegar a casa antes de la puesta del sol. Era la pesadilla de su madre, hasta que se casó, pero sabía camelar a su padre, que le consentía todo. Eso era lo que más le extrañaba, porque su padre era el adalid del orden y la rutina. Pero con una mirada, y poniendo la voz de pobrecita niña pequeña, era capaz de dejar a su padre babeando. Así fue hasta que se casó con Roberto, un tipo con dinero, deportista, dedicado en cuerpo y alma a sus negocios, no siempre claros, y un poco amanerado, que había conseguido cambiarla y hacer de ella una reina de la casa, que se dedicaba básicamente al “dolce far niente” que diría un italiano.
Con todos estos pensamientos, sus pies le llevaban de manera autónoma, sin un rumbo fijo. Era jueves. Con el frío de febrero, no había casi nadie por la calle. Pero no quería ir a casa todavía. Su madre, siempre tan invasiva, recordándole sin nombrarlo su fracaso vital. Cuando quería imponerle su forma de ver la vida, sus esperanzas de que cambiara, le hablaba de su hermana. Lo bien que les iba, su maravilloso marido, sus hijos preciosos, su casa en la playa. Era repugnante.
Vio un pub con unas mortecinas luces encendidas y entró. No fue nada premeditado. De hecho, no le gustaba beber alcohol y habitualmente no lo hacía más que por compromiso. Pero sospechaba que hoy era un día distinto.
EL CLUB DE LOS CORAZONES SOLITARIOS
La ruptura había sorprendido a Pedro. No se esperaba algo así, casi sin explicaciones. Cuatro frases, cuatro puñaladas que dejaban translucir un rencor sordo. Luego, Cecilia se levantó de la mesa sin prisas, dejó las 25 pesetas de su caña en la mesa y se alejó de la terraza del Cartablanca bamboleando las caderas un poco provocativamente.
Pedro se sintió vacío, desolado. Las palabras de Cecilia le habían hecho mella. Era injusto. El mundo mejoraba cuando una minoría, más soñadora, más generosa, y también más consciente, decidía cambiarlo todo y hacer avanzar el mundo buscando la justicia. Pero, sobre todo, había sido un mazazo terrible perderla. Llevaban poco tiempo y se estaba quedando ya colgado de su figura maravillosa, de su belleza, de su inteligencia, de su carácter, de su forma apasionada y generosa de entregarse.
El había sido pretencioso, se había pavoneado de su carrera, de sus escarceos en la política universitaria, de sus lecturas, de sus opiniones sobre todas las cosas. Y ella había comprendido que se había liado con un fantoche aburrido. Así se sentía en ese momento. Eran ya las once de la noche, y no tenía ganas de ir al piso. Jose y Mariana estarían haciendo la cena, tortilla de patatas como casi siempre, y no tenía ganas de dar explicaciones. Estaba mal, muy mal. ¿Estaría enamorado? El no creía en el amor, una invención burguesa para disfrazar las pulsiones, emociones, vivencias que se amalgaman en torno al instinto reproductor. Y sin embargo…Algo había removido Cecilia en su interior.
Hacía frío en la noche, a pesar de ir muy abrigado, así que entró al local para tomar algo. Se pidió un pincho de tortilla con unos torreznos que comió con avidez, pagó y salió a la calle sin saber a dónde dirigirse. Vagó sin destino por la ciudad vacía. Cuando veía un bar, entraba y tomaba una copa. No era consciente de las calles que atravesaba, hasta que se encontró en las afueras de un barrio que no conocía, a un lado la tapia de un cuartel de ladrillos sucios, al otro, casas bajas, de dos o tres pisos, con rejas en las ventanas.
Volvió por sus pasos buscando calles menos deprimentes. Entonces vio el letrero luminoso de un local nocturno. Entró y se sentó a una mesa en el rincón más oscuro del bar más oscuro. Estaba un poco borracho, pero todavía no había conseguido quitarse de la cabeza las palabras de Cecilia. Así que estaba dispuesto a seguir bebiendo hasta borrar ese mazazo de su cerebro. El bar parecía vacío, la música sonaba alta, y el camarero servía las copas sin levantar la vista de un comic erótico de Manara.
A la tercera copa, la vio. No sabía cuándo había entrado, antes o después que él. Vio que tenía la copa casi vacía y le dijo al camarero que le llevara a la mesa otra igual, junto con la suya. Ella puso cara de extrañeza y miró a Pedro, que tenía una sonrisa bobalicona en la cara y se acercaba tambaleándose.
—Si piensas que soy una puta, estás muy equivocado, así que ya te puedes largar con tus copas por donde has venido.
—Si hubiera pensado que eras una puta, no te habría invitado. Te he visto tan sola, y yo estoy tan solo, que he pensado que no era mala idea hacernos un poco de compañía.
—Claro, el club de los corazones solitarios, no te jode.
—¡Así se llama una canción de los Beatles, ja, ja, ja!
—¿Cómo? ¿Elclubdeloscorazonessolitariosnotejode? ¡ja, ja, ja!
—Sí, y le sigue en el mismo disco “con una pequeña ayuda de mis amigos”. Pero eso es difícil, porque los amigos nunca están cuando los necesitas.
—Yo eso no lo sé, porque nunca he necesitado a mis amigos.
Y así siguieron, hablando y tomando copas durante un buen rato. Y mezclaban las ocurrencias más superficiales con comentarios llenos de la melancolía que los había llevado hasta allí. Cuando ya estaban bastante borrachos, comenzaron a besarse, protegidos por la oscuridad casi absoluta del local.
Salieron del pub. Caminaban y se besaban. Ella sabía que era una locura. Y sin embargo…
¡JODER, PACHECO!
—¡Joder Pacheco, qué envidia!
—Mira, Ramiro, no me toques los cojones. Para un lío que hay en esta mierda de ciudad, y nos tiene que tocar a mí y a los míos un marrón como este.
—Ni marrón ni leches, no te quejes. Por fin han matado a uno de los suyos, y a nosotros nos toca descojonarnos vivos. Mira que si, además, os toca pillar a un pez gordo, sería la leche.
—No digas chorradas. Apareció en un descampado, con los pantalones bajados y un ladrillazo en la cabeza. Seguro que es un problema entre maricas. Pero claro, como habló tres veces en la asamblea de la facultad, y se le vio repartir cuatro folletos de los troskos, y a pesar de eso nos han endilgado el caso a nosotros. ¡Manda huevos! Estos son un grupo de pirados, y nada más.
—Pues por el tema de los sarasas tampoco creo que tengas mucha suerte. Fíjate la novieta que se había echado el mozo.
—Eso a mí no me dice nada. No será la primera vez que un marica lleva una doble vida y come carne o pescado según le vaya en el mercado. O que se saca unas pesetillas de putón. En fin, empezaremos por la novia, a ver qué nos dice. Desde luego, semejante ladrillazo no lo da una tía finita como esa. La brecha se la hizo alguien con mucha fuerza. Pero algo sabrá.
Por cierto, quiero que los tuyos participen. No tengo claro todavía el rumbo que tomará esto, y no quiero descartar nada. Tampoco los vicios, incluidas las drogas.
—A tus órdenes siempre, señor inspector.
—¡Vete a tomar por culo!
—Siempre detrás de ti. ¡Ja, ja, ja!
CECILIA
Cecilia se derrumbó al saber por qué le habían llamado. Estuvo llorando un buen rato. Pacheco le dejó desahogarse. Luego, comenzó a interrogarla.
El día de los hechos, Cecilia había quedado con su novio a las siete de la tarde. La razón: quería romper con él. Le dio las razones, quizás demasiado rápidamente, porque nunca le habían gustado los numeritos del pobre novio abandonado. Y no, no tenía miedo de una reacción demasiado airada. Pedro no era violento, en absoluto. Lo que más le gustaba de él era su tranquilidad, su aplomo en todas las situaciones.
¿Qué por qué rompió con él? Porque solo le gustaba estar metido en casa, estudiar, charlar, leer, y todas esas cosas. A ella le gustaba salir por ahí, con amigos, ir al cine, bailar, divertirse. Y él siempre encontraba alguna excusa para no salir. Muchos fines de semana salía ella sola con sus amigas para no aburrirse con él en el piso.
Ese día, después de hablar con Pedro, Se fue directa al Colegio Mayor. Estuvo estudiando un rato, vio un poco la tele, cenó y se acostó. Claro que podía demostrarlo. En la puerta del Colegio Mayor una monja anotaba sistemáticamente las entradas y salidas. Tardó mucho en dormirse. Esas situaciones eran desagradables, y la verdad es que apreciaba mucho a Pedro.
Si, sabía que le interesaba mucho la política, leía libros de todo tipo, sobre todo novelas, pero también alguno de Lenin, Trotski y de ese estilo. Alguna vez le había prestado algún libro de esos, pero nunca había conseguido pasar de la tercera página. Eran un rollo.
No, él no era de la otra acera, qué tontería. No le había visto amigos “raritos” ni nada parecido. Tampoco era consumidor habitual de drogas. Solamente un par de veces le había visto fumando un porro con sus amigos del piso. Ella no, no le gustaba ese rollo.
El inspector siguió interrogando a Cecilia durante más de media hora, sin conseguir que cayera en contradicciones. Cecilia era una persona inteligente y a la vez superficial. Buena estudiante, nunca había intervenido en política, que se supiera. Tampoco en partidos medio tolerados, como PSOE, o más conservadores, como AP. Iba regularmente a las asambleas, pero no intervenía. Vivía en un Colegio Mayor femenino, sus amigas eran también buenas estudiantes. Había tenido varias parejas, y Pedro parecía ser el más interesante. El resto, jóvenes de buena familia, compañeros de clase que había conocido en la comisión de apuntes o bailando en una discoteca. Relaciones de dos o tres meses, normalmente rotas por ella, que no quería comprometerse tan pronto ni tanto.
Sus padres, gente sencilla, comerciantes con una zapatería en Burgos, ganaban lo suficiente para que su hija estudiara enfermería en una ciudad como Valladolid y fuera a un Colegio Mayor como Dios manda, regentado por monjas. Su única hija, su orgullo en la vida.
El inspector le advirtió que no debía comentar esto con nadie, ni salir de la ciudad, y la dejó marchar.
JOSE, MARIANA Y LAURA
El trío fantástico. Los tenía a los tres aislados, cada uno en una celda, más de dos días sin ver a nadie, excepto a un policía que les llevaba un bocadillo de tarde en tarde. Sin permitirles ver la luz del sol, sin un ritmo de comidas. Haciendo que perdieran la percepción del tiempo, del día y la noche. Estaban aislados y solos, el resto del mundo había desaparecido. No tenían ni idea de por qué estaban allí.
Habían irrumpido en el piso a las siete de la mañana, justo antes de levantarse para ir a clase. Se habían llevado panfletos, libros y hasta una vietnamita. La vietnamita era una multicopista casera que había fabricado Pedro y servía para hacer panfletos, unos cincuenta por calco. La noche anterior habían estado hablando de la situación política, del salto cualitativo en la lucha por el socialismo revolucionario, en fin, de todo lo que les preocupaba y la interpretación que Jose les hacía, era el intelectual del piso y de la célula. Terminaron discutiendo por lo de siempre, Jose no había fregado los cacharros, y mañana le tocaba hacer la comida, etc., etc.
Jose tenía miedo. Siempre había oído hablar de las palizas de la policía, de los interrogatorios, de las torturas. Y eso no era todo. Podía ser el fin de sus carreras, la pérdida de confianza de sus compañeros de partido, el aislamiento de todo lo que disfrutaba, compañerismo, amistades, acción política. A medida que pasaban las horas, su confianza en sí mismo, sus convicciones, hasta su amor propio se tambaleaban. Eran unos estúpidos que no habían tomado ni las más elementales precauciones de clandestinidad.
Por otra parte, se preguntaba si alguien se habría ido de la lengua, si tenían un topo dentro, o algún conocido de otro partido que hubiera cantado. Desde luego, no eran tan importantes como para que la policía se preocupase de meterles a alguien infiltrado, ni nada parecido. Pensó de todo, un golpe de mano de las fuerzas más reaccionarias del régimen, un atentado contra Franco o un empeoramiento de su salud, la muerte del “caudillo”…
Estaba verdaderamente asustado. Dos noches sin dormir. El silencio más absoluto. Se habían llevado también a Mariana y a Laura, pero no oía gritos ni golpes, ni ninguna voz. En un momento de la noche permanente en la que le habían sumergido, le pareció escuchar un llanto muy apagado, pero pudo ser también fruto de su imaginación. De repente, se abrió la puerta de la celda y un guardia con cara de pocos amigos le gritó: —¡acompáñeme!—
UNA CENA
Sentía una ligereza que no había sentido desde la infancia. Ayer había sufrido el interrogatorio de su padre, tercer grado, y el chantaje sentimental de su madre, que no había podido dormir, o eso dijo. Pero nada le afectaba, como si un escudo invisible le protegiera de las cosas habituales, vulgares, de la vida diaria. Había pasado el día como flotando, con una sensación de libertad y sosiego que no había sentido nunca. Y por la noche durmió de un tirón. Trabajó todo el día sin tener ni un solo roce con la señora Juliana. Fue a casa y estuvo un rato viendo la tele hasta la hora de cenar.
La cena era en muchas ocasiones el momento del análisis familiar del trabajo de su padre. Su madre era a la vez la consejera en la que descansaban todas sus preocupaciones.
—Dime, Pacheco, ¿qué tal han ido hoy las cosas?
Su madre le llamaba Pacheco o cariño. Nunca por su nombre de pila. Se llamaba Dionisio, y nunca le había gustado su nombre. Sin embargo, al llamarle Pacheco cuando iban a hablar de su trabajo, le colocaba en el nivel de inspector de policía que le podía corresponder.
Normalmente, Amelia no le daba demasiada importancia a estas conversaciones, que siempre versaban sobre los mismos temas. Generalmente conflictos sindicales, huelgas estudiantiles, manifestaciones, o prevención en torno a los partidos políticos. Sazonado todo con las protestas de Pacheco hacia el comisario, amigo suyo, pero que ocupaba un puesto para el que no estaba capacitado, según el criterio del inspector.
Amalia estaba aparentemente tan indiferente como siempre, escuchar, enterarse de todo y callar. Su padre decía que podría ser una buena policía de la secreta. Pero ese día, Amelia escuchaba atentamente.
—Tenemos el cadáver de un muchacho joven, estudiante de medicina, que ha aparecido en un descampado muerto de un ladrillazo en la cabeza. Y es un caso que no hay por dónde cogerlo, por lo menos por ahora. Estaba en un grupo de extrema izquierda, la LCR. Pero sería raro que, si es una venganza política, le maten con un ladrillazo. Además, es un grupo muy marginal que solo se dedica a lanzar panfletos y a tocar las narices en las manifestaciones. Son niños de papá queriendo hacerse los salvadores de la humanidad.
—Siempre os cargan el muerto de la política. Tal como están las cosas, nadie quiere meterse en esos líos. Y luego, cuando habéis hecho el trabajo sucio, vienen de Madrid a llevarse las medallas.
—Lola, nuestra policía es una policía política, no nos equivoquemos. El caudillo nos encomendó proteger a la patria de la amenaza liberal y marxista que quiere destruirla. Aunque, en esta ocasión, no parece que la política haya tenido que ver con esto, pero seguro que meten baza los de la BPS, la Brigada Político-Social. Yo no me creo nada. Habría que buscar por otro lado.
—¡Cherchez la femme!
—Por lo visto, acababa de romper con su novia, una cría muy mona y muy pija que estudia enfermería. Yo la descartaría de principio. No parece tener fuerza suficiente para abrirle la cabeza casi de parte a parte. Además, según la chica, fue ella la que le dejó. Y tiene coartada. Pero nunca se sabe.
—¿Y otro lío de faldas?
—Otro dato es que el cadáver tenía los pantalones bajados. Ramiro piensa que el chico podía ser un bujarrón muy tapado y haber tenido un mal encuentro con un puto. Pero, de ser así, le habrían quitado la cartera, el reloj y el dinero.
La madre se quedó pensativa. Pantalones bajados, altas horas, en una zona tan retirada, y próxima a una zona donde vivían muchos gitanos…
—Otra posibilidad, que no hay que descartar, son los celos. ¿Habéis pensado la posibilidad de que ligara esa noche y les sorprendiera un novio celoso en plena faena?
—Bueno, no podemos descartarlo, pero para eso se habría llevado a la chica a su casa, no a un descampado. De todas formas, era un descampado donde termina el barrio, y cerca solo había un cuartel de artillería y las últimas casas, habitadas por familias gitanas. No sé. De todas formas, buscaremos información por ahí y veremos si hay alguna pista, si alguien vio algo fuera de lo habitual.
En fin, que el caso está muy difícil en espera de la autopsia. Y mañana llamaremos a los padres para que vengan, vascos y de mucho dinero, nacionalistas, supongo. Así que nos van a dar por los cuatro costados. Como siempre, echarán la culpa a la policía, aliada con los fachas. Es posible que, en cuanto se sepa, tengamos jaleo en la universidad, asambleas, manifestaciones. Y, por supuesto, la presión mediática y de las autoridades al comisario, y este a mí, y yo a mis subordinados, como no puede ser de otra manera.
—¿Habéis pensado en sus propios compañeros de partido? Esta gente se toma cualquier discrepancia, cualquier idea alternativa, como un delito contra el pueblo, o cosa parecida. Y cabe la posibilidad de que hayan sospechado un chivatazo. Tampoco descartaría a los de Fuerza Nueva, que son capaces de cualquier barbaridad.
—Mª Dolores, con los de Fuerza Nueva, ni mirarlos. Tienen todas las simpatías del Gobernador Civil, y posiblemente no hacen nada sin consultarlo con él, y una insinuación al respecto me costaría el puesto. Además, esos están obsesionados con el PC y los sindicatos. Los grupos marginales de izquierda les vienen bien para provocarse alguna vez si se encuentran y hacerse los valientes enseñando las pistolitas de tapadillo. Pero nunca matarían a un rojo de un ladrillazo, y menos aún después de bajarle los pantalones.
En cuanto a sus compañeros de partido, no creo que sean capaces de semejante cosa. Son los maestros de la elucubración política. Son capaces de pasarse horas discutiendo sobre la estrategia y la táctica a seguir por los trotskistas en Angola, y no llegar a un acuerdo en una conversación entre ellos sobre si hay que declarar la “Huelga General Revolucionaria” mañana, o dentro de tres días. Pero coger un ladrillo y partirle la cabeza a uno, eso les llevaría cien años de discusiones para no llegar nunca a ninguna conclusión.
—Entonces, ¿Qué pensáis hacer? Porque si os quedáis quietos, a verlas venir, os van a caer palos por todos los lados. Tenéis que empezar a detener a gente, aunque no tenga nada que ver. Yo detendría primero a los de su partido, y aunque no podáis cargarles el muerto, nunca mejor dicho, siempre podéis decir que habéis desarticulado una célula comunista.
—Eso ya lo hemos pensado. De hecho, esta madrugada hemos detenido a sus compañeros de piso, que también son compinches de célula, antes de que corra la noticia, y los tendremos aislados un par de días, hasta que estén blanditos, sin decirles ni mu de lo que pasa. Con esta gente, basta muy poca presión para que confiesen hasta el asesinato de Kennedy. Así, por lo menos, vamos a tener un as en la manga mientras investigamos con algo más de tranquilidad.
—Incluso, con un poco de suerte, podríais tener ya algún culpable definitivo en caso de que haya sido un crimen ocasional que no se llegue a solucionar nunca. Y, total, esos estúpidos son carne de cañón manipulables por unos o por otros.
Amelia escuchaba todo esto con verdadero interés y una sonrisa en la boca. Su madre llevaba la voz cantante. Nunca había visto a su padre contradecirla en nada. Los esfuerzos para llegar a conclusiones lógicas de sus padres le daban un poco de pena. Resonaba en su cabeza la palabra destino, la llave maestra que podía explicarlo todo. El destino del que ella había sido la mano ejecutora, la Moira, cumpliendo los designios de la Parca.
—Hija, te has quedado pensativa, y con una sonrisa que parece como si estuvieras a la vuelta de todo lo que estamos hablando. Dime, ¿qué piensa mi investigadora favorita de todo esto?
—Papá, sabes que no serviría para investigar asesinatos, ni crímenes truculentos, ni nada parecido. Me horroriza la sangre y la violencia en general. Soy pacifista por naturaleza, y siento horror por la miseria humana. Pero, si quieres saber mi opinión, alguien ha sido la mano ejecutora de un destino que estaba escrito en el firmamento. Y ese alguien u otro seguirá haciendo girar la rueda que marca el futuro de algunos hombres privilegiados.
—¿Pero, te estás riendo de mí? A este chico le arreó un ladrillazo en todo lo alto de su cabeza alguien que no quería sino romperle la crisma de la manera más bruta, y a fe mía que lo consiguió. Y seguro que tenía alguna buena razón para hacerlo, que es lo que tendremos que averiguar. Y lo de gente privilegiada, a no ser que el ladrillazo se lo asestara el Papa, no consigo verlo claro. En fin, un ejecutor del destino, como has dicho, si que ha sido el asesino del ladrillo, pero eso no me dice nada del quién y el porqué.
Su madre le miraba con verdadera furia en los ojos. Por un momento, Amalia pensó que estaba leyendo sus pensamientos, así que bajó la mirada y se propuso no hablar más, aunque realmente le asombraba con qué tranquilidad inmisericorde su madre había considerado algo encomiable destrozar la vida de esos muchachos jóvenes cuyo futuro se discutía entre bocado y bocado sin perder el apetito.
BEETHOVEN
Amalia terminó de cenar, recogió los platos y pretextando que estaba cansada, se retiró a su cuarto. Su gran pasión, la música. Desde pequeña, llevaba más de veinte años escuchando siempre música con delirio, casi siempre Beethoven, sin cansarse nunca. Cuando ella tenía catorce años, su padre compró un tocadiscos de maleta, de los que se abren y la tapa es el altavoz, nada sofisticado, por supuesto no estéreo, y con tres velocidades: 33 rpm. para los LP, 45 rpm. para los singles y 78 rpm. para los discos de gramófono. Para estrenarlo, su padre le dejó comprar un disco, y compró la 9ª de Beethoven, después de haber estado en la tienda casi una hora probando discos. El dependiente ponía cara de odio cada vez que le sacaba uno y se lo daba para escuchar fragmentos. Pero la cara le cambió cuando eligió la novena. Desde entonces casi siempre oía a Beethoven. Cuando entraba en un bar y se oía la música muy alta, muy comercial, sentía una sensación de desagrado, como si estuviera en un sitio que le resultaba ajeno, con gente que le resultaba extraña. Como si viera todo desde una altura. La sensación de ver las cosas desde fuera, las personas, las conversaciones. Participaba, pero como si estuviera representando un papel, como si la gente que conocía, compañeros de facultad, supuestos amigos, fueran personajes de una película, y ella una mera espectadora. Todo le parecía falso, impostado. Falso, como sus padres.
Se puso los auriculares, y, sin saber por qué, puso la quinta. Nunca había sido su preferida, aunque la apreciaba, pero esa noche algo le pedía explorar la llamada del destino que Beethoven reflejaba con los cuatro aldabonazos sobre la consciencia de los hombres: ¡Po-po-po-pooo! ¡Po-po-po-pooo! Entonces apretó los dientes, y comprendió que no había sido un episodio aislado. Que era maravilloso ser la dueña del destino.
RECAPITULACIÓN
Entró en comisaría de muy mal humor. Ayer por la mañana le llamó el comisario jefe dando evidentes muestras de nerviosismo. Le había llamado el Gobernador Civil, y a este el Secretario de Interior, cada cual echando todos los demonios contra su inmediato inferior responsable. Le dio veinticuatro horas para presentar un informe de los avances conseguidos sobre el caso del muchacho muerto.
Pero no tenía nada, nada fiable. Reunió al equipo en la sala de juntas. Ramón y Alberto entraron riéndose con un refresco en la mano.
—¿Se puede saber qué es lo que os hace tanta gracia? Ayer os pasasteis cuatro pueblos en los interrogatorios de los tres estudiantes. Habéis dejado al chico tan cubierto de moratones que parece un cofrade de Semana Santa. Ahora viajan camino de Madrid, y seguro que allí nos ponen a parir. Hasta para dar ostias hay que ser cuidadosos y no llamar mucho la atención.
—Bueno, jefe, tampoco lo hemos hecho tan mal. Al único que dimos un poco de estopa es al chico, al tal José. Con las chicas no ha sido necesario. Solo cuatro bofetadas. Estaban muertas de miedo. Las dos han confesado. Una de las chicas le provocó y el chico le estampó el ladrillazo en todo lo alto. Y fue por discrepancias políticas. Además, con esto hemos desarticulado una célula comunista muy violenta en la Universidad.
—Estos suelen ser muchas veces hijos de familias influyentes y yo no voy a dar la cara por vosotros. Así que, si os preguntan, lo negaréis todo. Yo os guardaré las espaldas en lo que pueda. ¿Entendido? Los de la BPS (Brigada Político-Social) ya nos los han reclamado, y posiblemente querrán investigar mejor lo que parece ser una célula de base de la LCR. Querrán ver conexiones, responsables, coordinadores, y todo el aparato. Así que es posible que nos estén dando la tabarra una buena temporada. Y más con el ambiente agitado que hay en la universidad estos últimos meses.
Entraron Pepe y Julián. Nada más entrar, Julián preguntó:
—¿Es cierto que violasteis a una de las chicas?
—Julián, ¿Son esas maneras de entrar en los sitios? Primero se dice buenos días, y luego se espera a que el que dirige la reunión plantee el orden del día. Y no, nadie violó a nadie. Eso es un delito muy grave, y más en un subinspector de policía. Así que lo único que hicieron Ramón y Alberto fue amenazarles con una somanta de ostias, y, solo con eso y paciencia, consiguieron que los muchachos cantaran la Traviata.
—Perdón, inspector, es que no me imaginaba yo a Ramón y Alberto con tanta sutileza en un interrogatorio.
—Pues es lo que dirás a cualquier chismoso de la comisaría que te pregunte. Y tú, Pepe, cuando dejes esa sonrisa bobalicona, ¿tienes alguna pregunta interesante que hacer sobre este tema, o pasamos a otra cosa?
El inspector comenzó el análisis de la situación y los ánimos se serenaron.
—La autopsia y el examen del cadáver no revelan gran cosa. El cadáver tenía una tasa de alcohol en sangre muy alta. En el pene había algo de líquido lubricante, que se segrega cuando se ha estado un tiempo sometido a una excitación sexual. No había restos de fluidos vaginales ni trazas de semen. La región anal no estaba irritada.
La herida de la cabeza era la causa de su muerte inmediata. En la herida, había restos del ladrillo, que debería considerarse el arma del crimen. El ladrillo tenía restos de pelos y de sangre por el tremendo golpe. La herida era una herida inciso-contusa que había provocado la fractura del hueso parietal y había penetrado en la masa encefálica. Era una herida, por tanto, mortal de necesidad, que había provocado posiblemente la muerte instantánea. La víctima no tenía ninguna otra lesión, señal o marca de violencia. La muerte debió producirse hacia la una de la madrugada, media hora arriba o abajo.
