Poder y supervivencia en Kenia - José Garrido Palacios - E-Book

Poder y supervivencia en Kenia E-Book

José Garrido Palacios

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Beschreibung

A finales del siglo XX numerosos kikuyus del valle del Rift fueron expulsados de su tierra por etnias rivales que ocupaban el Gobierno en Kenia. Maluc sufrió la persecución desde sus primeros años y tuvo que luchar denodadamente por salir adelante en la vida. El protagonista queda envuelto por el ambiente poscolonial en el que se mueven los jóvenes del país. Por un lado están presentes las diferencias entre los nativos y los colonos ingleses tras la Independencia de 1963; y por otro, las luchas tribales.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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José Garrido Palacios

 

Poder y supervivenciaen Kenia

 

Primera edición: marzo de 2017

 

© Grupo editorial Áltera

© José Garrido Palacios

 

ISBN: 978-84-17029-16-6

ISBN Digital: 978-84-17029-17-3

 

Depósito Legal: M-9031-2017

 

Difundia Ediciones

Monte Esquinza, 37

28010 Madrid

[email protected]

www.difundiaediciones.com

 

IMPRESO EN ESPAÑA - UNIÓN EUROPEA

 

Para mi amigo José Arguedas,

excelente dibujante y mejor persona

 

Primera parteKenia

 

1. Expulsión del valle del Rift

Kenia, 1980.

Unos ruidos ensordecedores de máquinas y voces humanas despertaron a Maluc de sus sueños infantiles en la granja de Njoro. Sus fantasías nocturnas se mezclaban con recuerdos del día anterior, cuando estuvo en el mercado de Nakuru acompañado de su hermana comprando algunas chucherías.

La vuelta a la hacienda de sus padres resultó muy agradable. Con una temperatura media de veinte grados y el verdor de las plantas, todavía húmedas a causa de las abundantes lluvias primaverales, el paisaje tenía un aspecto refulgente y tranquilo, con un mar de bosques y lagos ocupando buena parte del valle del Rift. El día había sido espléndido y el sol vespertino les permitió disfrutar del panorama que se ofrecía generoso a la vista de los dos hermanos. Durante su paseo observaron las escarpadas laderas de Aberdares y Mau que flanqueaban la inmensa depresión del terreno, salpicada de volcanes extintos.

Maluc y Melea caminaban y brincaban por el camino que los conducía a la granja familiar; se reían de las pequeñas cosas ocurridas durante la jornada y de los detalles que les llamaba la atención. De vez en cuando Melea se detenía para contemplar el paso de las aves.

–¡Mira, ya vuelven los flamencos rosados al lago Nakuru! –exclamó ella, sorprendida por la bandada de aves que surcaba el cielo de norte a sur.

–¡Sí, es un bonito espectáculo! Hay miles –contestó su hermano.

Una nube de aves se interponía entre los rayos solares y la tierra. En el suelo se reflejaban sombras extensas y deformes en continuo movimiento. Parecían fantasmas andantes dotados de largos miembros y en disposición de atrapar a los seres terrícolas del valle.

–¡Vamos a seguir a los flamencos! –apuntó ella.

Tras unas carreras por los prados en dirección a Njoro, Melea quedó rendida por el esfuerzo y se tumbó en la hierba.

Mientras esos recuerdos pasaban por la mente de Maluc, unos fuertes golpes resonaron en la puerta de la casa familiar.

¡Toc, toc, toc!

–¡Salgan fuera! –gritó una voz varonil con acritud.

La madre se despertó de golpe, aturdida por el escándalo y sorprendida porque nunca habían llamado de esa manera. Los hijos salieron al salón con los ojos entornados y una gran congoja. Sus cuerpos se arrugaron sin saber qué hacer.

–¡No os mováis de aquí! –dijo Wangiru–. Yo lo resolveré.

Se asomó por una ventana e increpó a los askaris que golpearon la puerta:

–¿Qué pasa? ¿Por qué llamáis de este modo? ¿Acaso ha ocurrido algo grave?

–Tenemos una orden de desalojo de estas tierras firmada por el Gobierno. Vamos a cercar la granja con una tapia y alambre de espino –explicó el jefe de policía.

–¡Son nuestras! –replicó Wangiru.

–¡Ya no son suyas, sino del Gobierno! Dentro de poco las venderán por lotes a otros propietarios.

–¡Las compramos con nuestro dinero! –voceó.

–Ahora han dejado de ser de su propiedad.

–¡Eso ya lo veremos!

Wangiru era consciente de que algo así podría pasarles algún día, pues de hecho ya tenía noticias de que en otros lugares habían actuado de la misma forma. Sabía que lo mejor en esos casos era no ofrecer excesiva resistencia a la voluntad de las autoridades, y aún menos a los askaris. Ellos cumplían órdenes concretas de sus superiores.

–¿Dónde está su marido? –preguntó el jefe de policía.

–No está en casa. ¿Y para qué lo necesitan? –inquirió ella.

–Tenemos orden de detenerlo. ¿Adónde ha ido?

–No lo sé.

La policía no insistió. Los soldados penetraron en la vivienda y comenzaron a registrarla. Primero se limitaron a los espacios que podían ocultar al padre de familia y luego, tras su búsqueda infructuosa, empezaron a romper muebles y a robar objetos de valor. Los niños estaban aterrorizados. Se agarraban al cuerpo de su madre con todas sus fuerzas.

El jefe de policía, orondo y con una cicatriz en la nariz, exigió de nuevo a la mujer:

–Por última vez, ¿dónde está su marido?

–No lo sé –respondió ella, con tono altivo.

El policía golpeó su cara con una mano y la empujó con dureza. Wangiru cayó al suelo y Melea se abrazó a su cuello llorando desconsoladamente.

Maluc, que contaba ocho años recién cumplidos, se interpuso entre el policía y su madre y le hizo frente. Cogió un palo del hogar y el extremo quemado lo dirigió hacia su cara. El policía se reía de él y a puntapiés le apartó del escenario.

–¡Me vengaré si hacéis daño a mi madre! –gruñó. Le salió del alma y se comprometió como un adulto.

Cuando el policía intentó capturarlo para darle un escarmiento, el niño se levantó del suelo y echó a correr. Era más rápido. Maluc salió de la casa y se escondió detrás de unos matorrales que bordeaban la granja. Desde allí observaba lo que sucedía en el exterior de la vivienda, la iglesia y las tierras colindantes.

Los soldados salieron del edificio principal y detuvieron a los empleados de la granja. Algunos trabajaban en el campo y otros en un taller de artesanía que dirigía el padre, Kipchoge. Veinte personas, alojadas en una nave, fueron trasladadas en dos furgonetas al puesto de policía de una localidad limítrofe a Njoro. La madre y la niña quedaron en libertad con la condición de que no salieran del recinto.

Realmente a las autoridades les interesaba la detención del padre y, en ese sentido, los policías pensaron en capturarlo cuando regresara a su casa o intentara reunir a la familia. Para ello apostaron a dos vigilantes en los accesos a la granja.

 

Todos los movimientos eran observados por Maluc desde su puesto en los matorrales. Localizó a los dos soldados que permanecían en los alrededores: uno estaba situado cerca de la entrada principal y el otro en el cruce del camino de Molo con el apeadero del ferrocarril.

El chico estaba escondido y de cuando en cuando se ponía en cuclillas para controlar las acciones de los soldados. Al cabo de dos horas salió de su escondite y se desplazó por el interior, a veces gateando, a veces reptando para no delatar su silueta. Rebasó la nave donde se alojaban los empleados y la iglesia; luego accedió a la vivienda por una puerta falsa.

–¿Qué haces aquí? –indagó su madre, sorprendida. Lo abrazó con efusión y sus lágrimas de alegría acudieron a los ojos.

–Quería saber cómo estabais. Os han golpeado y podríais estar atadas a una cama o a un mueble.

–Estamos bien, hijo mío. Es posible que pronto nos detengan a todos, incluido tu padre.

El chico expuso todo lo que había observado desde los matorrales, así como la vigilancia montada por el jefe de policía.

–Me gustaría avisar a los tíos de Nakuru –dijo Maluc.

–Es peligroso, te pueden coger y…

Omitió la palabra torturar.

–¡No me cogerán! Conozco el camino mejor que los soldados. Los tíos Asbel y Vivian pueden ayudarnos.

Wangiru se quedó pensando. Conocía el riesgo que entrañaba aquella salida de la finca y el aviso a sus parientes, pero no había alternativa.

–Está bien. ¡Ten mucho cuidado, hijo!

La vida campestre había sido el hábitat natural de la familia Ngensai desde tiempos pretéritos. Pertenecía a la etnia kikuyu y se movía con soltura de día y de noche por caminos descarnados y campos ondulantes, carreteras y raíles del tren. Los kikuyus tenían un instinto natural para detectar los peligros del medio ambiente, en particular de la fauna silvestre, las tribus hostiles y los cazadores furtivos que merodeaban por el entorno. La vigilancia de los parques y espacios libres era muy laxa y los cazadores aprovechaban esa situación para conseguir trofeos que reportaban pingües beneficios.

Los tiempos habían cambiado después de que el presidente Daniel Arap Moi, de la etnia kalenjin, ocupara la presidencia del país en 1978. Antes, desde la proclamación de la Independencia de Kenia en 1963, ejerció ese cargo el kikuyu Jomo Kenyatta, etnia mayoritaria del país con apenas el veinte por ciento de la población total. En todo el país había más de cuarenta etnias. Durante la presidencia de Kenyatta se favoreció la ocupación de las fértiles tierras del valle del Rift a muchas familias de la misma comunidad, que se consideraban legítimas herederas de esos privilegios porque habían luchado por la libertad, integradas en el movimiento Mau-Mau. Gran parte de ese movimiento era kikuyu, muy castigado por las bajas, miles de muertos.

En la etapa poscolonial muchos kikuyus abandonaron sus tierras poco productivas, o dejaron de servir a colonos extranjeros, y se instalaron en el Rift mediante la compra de haciendas. La mayoría prosperó con el laboreo de los campos y los menos impulsaron actividades comerciales y artesanales, de gran aceptación por el creciente turismo de Kenia.

En esas estaban cuando a finales de los setenta los nuevos gobernantes del país, apoyados por las comunidades kalenjin y masái, que habían sido desplazadas del valle y embargadas sus tierras en tiempos coloniales, revertían el proceso. Aquellos expulsaban a los últimos propietarios y ocupaban su lugar de forma ventajosa. Esos cambios, radicales y arbitrarios, estaban provocando luchas étnicas de violencia inusitada en el centro y sur del país keniano.

 

Maluc se despidió de su familia en la granja y corrió hasta llegar a Nakuru. Partió de su casa por la puerta trasera, superó la iglesia y se dirigió al oeste pasando por el hueco que dejaban los edificios de los aperos de labranza y el taller de artesanía. Tras dar una amplia vuelta alrededor de la hacienda, en sentido contrario a las agujas del reloj, se desplazó por atajos hasta la ciudad de Nakuru. Llegó agotado por el esfuerzo y por la angustia sobre lo que podría ocurrirle a sus seres queridos.

Estaba pálido.

–¿Qué pasa, Maluc? ¿Hay problemas en tu casa? –dijo Asbel, tratando de adivinar sus pensamientos.

Su tía Vivian le secó el sudor del rostro y los brazos y le dio un vaso de agua. Su congestión era patente.

–Han… lle… ga… do… los… sol… dados –silabeó.

–¡Diablos! –chilló Vivian.

–Se han lle… vado… a los… traba… jadores.

–¿Y tu madre y tu hermana? –se interesó su tío.

–Están… en casa.

Poco a poco Maluc fue recuperando su estado normal y les explicó lo acaecido. Su padre estaba en Nairobi, de negocios, visitando a unos comerciantes. El chico no comentó el incidente del jefe de policía con su madre ni su amenaza. Le dio vergüenza confesarlo.

Los tíos se quedaron pensativos. La actitud de las autoridades era muy clara y no había otra solución que irse de la granja lo antes posible, sin pérdidas humanas, pues la resistencia y la lucha contra los soldados conducirían a la cárcel o a la muerte.

¡Tenían que abandonar la casa de Njoro!

Los askaris habían entregado a los obreros detenidos y regresado a la granja. Manipulaban la maquinaria que llevaron por la mañana temprano y con ella destruían parte de los edificios, salvo el principal, y levantaban un muro y vallas con alambre de espino en el perímetro de la finca de los Ngensai. Una vez cumplido ese trámite, se disponían a dividir el recinto en parcelas con el fin de que los nuevos inquilinos las adquirieran a bajo precio.

Esas operaciones fueron observadas por Wangiru y su hija Melea desde una ventana, ocultas por una cortina oscura. Se temían lo peor y les preocupaba el estado de Maluc y qué pasaría cuando llegara Kipchoge: ¿Le cogerían prisionero o bien lograría evadirse ante la presencia de las máquinas y los soldados en su casa? ¿Le habrían advertido de lo sucedido? Esas y otras preguntas se hacían constantemente sin respuesta alguna.

El tío Asbel conducía una furgoneta todoterreno acompañado de su mujer y Maluc. Detuvo el vehículo en las inmediaciones de la granja. La tía Vivian se encargó de vigilar el acceso por las vías del ferrocarril, Maluc controló el paso por el taller y Asbel, la entrada. Todos escondidos y alejados de los soldados, con la misión de avisar a Kipchoge del peligro extremo que corría si se acercaba a su casa.

El cielo estaba precioso, límpido, con los rayos de sol encendidos y cubriendo sus cabezas. Expectantes y temerosos permanecieron los tres vigilantes kikuyus hasta el anochecer, cuando el sol se perdía por el horizonte y dejaba bandas azafranadas y púrpuras sobre el escarpado Mau y un bosque de cedros. Una pequeña manada de búfalos pasó cerca del puesto de Maluc, a unos cincuenta metros; la impresión de fuerza y poderío era descomunal. El chico se sobrecogió y se quedó tan paralizado que dejó de respirar. El olor humano no llegó a los animales salvajes, dotados de un agudo sentido del olfato. El grupo de bóvidos continuó su marcha en grupo.

A lo lejos, un Land Rover blanco se perfilaba por el camino de tierra compacta que enlazaba Narok con el núcleo de Njoro.

«¡Ahí está mi hermano!», pensó Asbel.

En efecto, Asbel se colocó en la margen del camino y levantó una mano para que Kipchoge detuviera su vehículo.

Se alarmó el recién llegado.

–Los askaris han entrado en tu granja y han detenido a los empleados. Wangiru y tus hijos están bien. Melea se encuentra dentro con tu mujer y el chico se ha escapado y ha ido a Nakuru para avisarnos –explicó Asbel.

–¿Y ahora…?

–Maluc está vigilando la entrada oeste, el sector del taller, porque no queríamos que entraras dentro de la finca, y mi mujer controla el acceso del apeadero ferroviario.

–No les habrán maltratado, ¿verdad? –insistió Kipchoge, preocupado.

–No creo. Maluc no me ha dicho nada. De cualquier forma, pronto lo sabremos.

–¿Pronto?..., dime qué has pensado hacer.

Su hermano le reveló que tenía previsto sacar a las dos mujeres de la granja por la noche, cuando oscureciera más y se relajara la vigilancia de los soldados. Entonces entrarían por la zona del ferrocarril y llegarían al edificio principal por la trasera; luego, ya con Wangiru y Melea libres, regresarían todos por el mismo lugar y en dos vehículos se trasladarían por una pista de tierra hasta Rongai y Nakuru. De esa manera, si los soldados siguieran la pista de las rodadas, llegarían a un destino distinto del definitivo y se despistarían.

–¿Has pensado en los niños?

–Todos son necesarios, tanto mi mujer como tu chico son imprescindibles. Unos vigilan y otros actúan –confirmó Asbel–. En todo caso, si tú quieres cambiar algo....

–Me parece bien.

Visitaron a los dos centinelas de la familia y ambos se encontraban en sus puestos y atentos a la misión encomendada. Se alegraron de la presencia del padre y se informaron del nuevo plan.

–En el local de los empleados hay muchos soldados. Al menos diez –alegó Maluc, que vigilaba ese lado.

–Seguramente se quedarán a dormir esta noche. No han terminado el trabajo y mañana continuarán su faena –afirmó Asbel.

Se repartieron los alimentos que el tío había recogido de su casa antes de partir y aliviaron la angustia y la hambruna.

La noche de luna nueva cubría el techo celeste de Njoro. La oscuridad era casi absoluta. Unos pájaros trinaban desde las acacias próximas y el barrito de los elefantes se perdía en la lejanía. Los dos hermanos habían escondido los vehículos detrás del apeadero del ferrocarril y desde hacía tiempo vigilaban los movimientos de un soldado que se movía por el exterior de la casa en donde dormían Melea y su madre. El askari daba vueltas por la zona y, a veces, se sentaba en un banco de la entrada.

Esperaron.

Pasada la medianoche el soldado se tumbó encima del banco de piedra. Asbel y Kipchoge entraron por detrás de la casa y despertaron a las mujeres.

–Chist, chist –puso Asbel el dedo en los labios.

Con sigilo, cogieron ropas y enseres.

–¡Id rápido y en silencio! Yo me quedo. En unos minutos me reuniré con vosotros –dijo Kipchoge gravemente.

Obedecieron.

Kipchoge regresó a la casa con el fin de recoger algo. Se dirigió al desván y trató de abrir un baúl oculto entre escombros, maderos viejos y telas raídas. Intentó abrirlo, mas no pudo porque le faltaba la llave. Golpeó la cerradura con un martillo y abrió el interior. Cogió una bolsa que contenía dinero y la introdujo en un bolsillo. Al salir de la casa escuchó una voz enérgica:

–¡Alto. No se mueva o le mato aquí mismo! –intimidó el soldado que se había despertado por los ruidos.

Levantó los brazos y Kipchoge le insinuó que podría entregarle algo muy valioso. Lo tenía en el bolsillo del pantalón.

–¿De qué se trata?

–Dinero, joyas…

–¡Tíralo al suelo! –ordenó.

El padre sacó la bolsa y la arrojó sobre la tierra.

Se acercó el soldado sin dejar de apuntar con el arma al corazón de Kipchoge, y con un pie arrastró la bolsa para alejarla y revisar su contenido. Cuando la abrió, los ojos le brillaron y la codicia le hizo olvidar otras tareas prioritarias. Al levantar con su mano un montón de chelines kenianos y observarlos de cerca, recibió un fuerte golpe en la cabeza.

–¡Ay, ay, ay…! –un grito de dolor rasgó el aire de la noche.

Cayó al suelo con una profunda herida en la nuca.

El padre cogió el arma y la bolsa y corrió todo lo que pudo antes de que otros soldados acudieran al lugar de los hechos al escuchar los ayes del lesionado. En unos segundos estaba conduciendo su vehículo por un camino de la sabana africana en dirección a Rongai.

 

La familia Ngensai estuvo escondida varios días en una casa agrícola que disponían los tíos Asbel y Vivian en el campo. Estaba situada al norte del núcleo de Gilgil y del lago Naivasha. Allí estuvieron recluidos sin otras visitas que la de su parentela cada dos o tres días. Les llevaban comida y noticias que surgían en la zona respecto a las expropiaciones de los kikuyus de las tierras del valle del Rift. Su caso obedecía a una política agresiva de los nuevos gobernantes y sus clanes por controlar todo el país. Se habían producido varias muertes de personas que negaron su cooperación y los autores siempre quedaban impunes.

Los tíos avisaron asimismo de que en dos ocasiones los soldados habían registrado su casa de Nakuru con la intención de dar con el paradero de Kipchoge o la de conseguir alguna prueba que les implicara en su fuga.

–¿Encontraron algo? –preguntó el perseguido.

–Nada. Nos hicieron varias preguntas y nos amenazaron; sin embargo, negamos todo y, como sabéis, allí no quedó rastro alguno de vuestra presencia.

–¿Saben algo de esta casa?

–Creo que no. Preguntaron si tenía otras propiedades y les dije que no. Solo la casa de Nakuru. Me dio la impresión de que se lo creyeron.

A todos los componentes de la familia les entró cierta duda de si algún día los soldados podrían aparecer por allí y detenerles.

–No os fieis –sugirió Asbel–. Es mejor que esperéis más tiempo antes de que los vecinos os vean por los alrededores, y deberíais tener respuestas preparadas por si alguien os pregunta acerca de la procedencia y el motivo de vuestra estancia en esta casa.

–Sí, nunca se sabe dónde está el enemigo –admitió Wangiru.

Los niños estaban cohibidos por todo lo que oían. Maluc prestaba más atención y anotaba mentalmente todos los pasajes que relataban sus tíos. Sus grandes ojos negros se movían con rapidez, observando cada detalle de sus progenitores y parientes. Cada gesto, mirada, movimiento de las manos o acción era registrada en su memoria cual si fuera una clase magistral en su vida. El chico sabía que los años venideros eran vitales para su supervivencia y la mejor enseñanza era la de sus ancestros, sus padres y abuelos. Era la academia de la vida: el respeto a la edad y a la experiencia, unido al afecto de aquellos que nunca te engañan, que desean lo mejor a sus descendientes. Ellos eran el ejemplo que Maluc debía imitar.

El valor de ese conocimiento adquirido era uno de los pilares de la cultura de Kenia y de manera especial de la comunidad kikuyu. La cultura gozaba de larga tradición, transmitida de generación en generación y se remontaba al origen de la creación del hombre y la tierra. Así lo creía la familia Ngensai, en cualquier caso.

–Padre, ¿qué haremos luego? –indagó Maluc.

–Llevo varios días pensando en nuestro futuro y, sobre todo, en el vuestro, el de tu hermana y el tuyo. Debéis continuar yendo a la escuela para seguir vuestra formación. Yo debo trabajar. Tengo que continuar con nuestra actividad en Nairobi, lo único que nos queda de lo anterior.

–¿Y la granja? –expuso Melea con inocencia.

–Eso pertenece al pasado. Ya no tenemos granja. Y desconozco si algún día lejano podremos recuperarla.

La niña, que contaba seis años, se quedó apesadumbrada.

–¿Y cuándo podremos ir a la escuela, padre?

–Dentro de poco. A lo mejor en dos o tres semanas. ¡Ya veremos!

Kipchoge comentó a su hermano que había decidido viajar a Nairobi y abrir una tienda de artesanía. Pensaba potenciar ese cometido en la capital porque la demanda era elevada y el mejor lugar para pasar desapercibido. Cambiaría de nombre y se movería por un barrio distinto del habitual. También se relacionaría con clientes y proveedores diferentes de la etapa pasada.

–Eso me parece bien. Debes ser prudente y adoptar muchas medidas de seguridad. La situación política es confusa y afecta a la economía, a la vida social y a la propia vida. Es mejor pasar desapercibido –confirmó Asbel. Y añadió–: No olvides que eres un personaje que goza de cierta popularidad y te conoce mucha gente, pues de hecho tu función de pastor era apreciada por los feligreses.

–Sí, es un inconveniente que trataré de superar. Me pelaré la cabeza y llevaré gafas oscuras, además de cambiar mi ropaje y mi sombrero. Poco más puedo hacer.

–Te deseo mucha suerte, hermano.

–Gracias. ¡Ah!, una cosa quería preguntarte, Asbel. ¿Podemos seguir ocupando esta casa durante un tiempo? Te podría pagar algo…

–El tiempo que quieras y gratis. Tengo otra, suficiente para mi mujer y para mí.

Sellaron el acuerdo con un abrazo.

 

A Maluc le quedaban dos años para terminar la educación primaria y a su hermana Melea algunos más cuando tuvieron que interrumpir sus estudios por la huida de la granja. Habían perdido varias semanas de escolarización con ese episodio y los padres no cejaban en el empeño de que la formación constituía un factor esencial en el desarrollo de sus hijos. Decidieron, por tanto, que continuaran esa primera etapa educativa en un colegio de Gilgil, cercano a su nueva casa.

El centro formativo era privado aunque recibía alguna ayuda estatal, de modo que los padres tenían que abonar los costes de los libros, la comida, el uniforme y las actividades extraescolares. En general, la formación era onerosa para una familia kikuyu de extracción humilde. No obstante, la familia Ngensai disponía de dinero, no excesivo, merced a la bolsa que recuperó Kipchoge de la granja en el último momento. Eso les permitiría comer y emprender alguna iniciativa familiar, tales como la educación de los hijos y algún negocio en Nairobi.

Un día visitaron el colegio de Gilgil.

La fisonomía del centro formativo se asemejaba a la de los ingleses, más sencilla. Alrededor de un prado verde se distribuían varios espacios: la iglesia, el refectorio, las aulas, los dormitorios, la cocina, las oficinas… Todo en planta baja, con edificios rectangulares construidos con ladrillos revestidos de blanco; sobrios y limpios, ¡sí!, todo muy limpio y formal.

–¿Qué tipo de educación se imparte aquí? –interpeló el padre al director del centro.

–Se combina lo tradicional con lo británico y se habla en los dos idiomas oficiales: el suajili y el inglés. La cultura es mixta y hay profesores nativos y extranjeros.

–¿Mixta?

–El Gobierno quiere que todos los kenianos conozcan su tierra y sus costumbres, al igual que la lengua y la literatura inglesas. Esto último lo necesitan para comprender muchas cosas del mundo y para entenderse con otros países africanos. Así se ha establecido desde mucho antes de la Independencia de Kenia y se ha respetado.

–¿Qué tal son los estudiantes?, ¿son buenos?

–Por supuesto. Las familias y ellos mismos hacen un gran esfuerzo para estar aquí. Lo consideran un honor porque otros no pueden acceder a esta formación; es obligatoria por otro lado para los estudios superiores. Por ello trabajan mucho y algunos llegarán a ser personas ilustres.

–Entiendo –asentó el padre.

El director era rudo y de complexión fuerte. Muy pesado. Caminaba con dificultad, ya que arrastraba levemente la pierna derecha, y el puente de las gafas se apoyaba en la raíz de su nariz. Los gruesos dedos de sus manos sujetaban dos libros: Hamlet de William Shakespeare y David Copperfield de Charles Dickens.

–También enseñamos la religión cristiana –completó.

Esa observación fue determinante para la decisión última, pues no en vano Kipchoge era pastor protestante.

Rellenaron unos documentos y en ellos el padre escribió el nombre de Wambe, natural de Nairobi.

–De acuerdo. Mis hijos comenzarán mañana, si no hay inconveniente –afirmó el padre.

–Hasta mañana, entonces.

Los padres tenían previsto que, pasada la educación primaria, Maluc continuara los estudios en un instituto. En principio les gustaba uno de Nakuru, de promoción agraria, que facilitaba a los buenos estudiantes su acceso a la Universidad de Egerton, en la misma localidad. El chico estaría cerca de sus tíos, protegido.

–De este modo yo podré atender el negocio de Nairobi –apuntó el padre.

–Me parece una buena idea –respondió su esposa.

La madre atendía la pequeña granja de Gilgil, y en su interior había un pequeño espacio dedicado a huerto y jardín. Una floresta colmada de árboles, plantas y flores. A Wangiru le encantaban las acacias, gardenias, jacarandás, hibiscos...; todo tipo de vegetación, con la que ornamentaba su casa y los alrededores. Una explosión de color y de olores en un reducido terreno de la sabana africana, visitado a veces por animales salvajes durante la noche para satisfacer el hambre y la curiosidad.

La vida en Gilgil era tranquila. La madre cuidaba la casa, el padre viajaba a la capital a diario para sus negocios y los niños permanecían en el colegio. Todo funcionaba normal.

 

A los pocos días de asistir a clase, Maluc estaba encantado con lo aprendido en el colegio. Le entusiasmaba todo y especialmente lo relacionado con su origen kikuyu. La historia y la geografía de su tierra le atraían como un imán endulzado y le estimulaba a descubrir nuevos mundos día tras día.

Una mañana los alumnos salieron al campo con el profesor de Geografía, natural de Nyahururu, al norte de Aderdares, y describió el medio natural. Situado el grupo en una atalaya del monte Kipipiri, próxima al colegio, el docente les fue explicando el entorno.

–¡Mirad bien todo lo que tenemos a la vista! Observad el valle que se extiende de norte a sur, la depresión formada hace unos diez millones de años por la apertura de una gran grieta entre dos placas de la Tierra. Unos bloques se juntaron y elevaron el terreno configurando las montañas y otros, en cambio, se separaron y dieron lugar a valles. Uno de ellos es el Rift.

–¿Es muy grande la grieta? –preguntó Maluc.

–Enorme. Se prolonga desde el Mar Muerto, en Oriente Medio, hasta Mozambique; o sea, cruza todo el continente africano. Tiene unos seis mil kilómetros de longitud y una anchura que oscila de treinta a ciento cincuenta kilómetros. En el interior hay varios lagos, por ejemplo los de Nakuru, Elmenteita y Naivasha, que podéis ver al frente de norte a sur, cráteres formados por volcanes apagados y montañas en los extremos. Al oeste de los lagos tenéis el escarpe de Mau, a nuestra espalda se encuentra la cordillera de Aberdares y al sur el monte Longonot.

–¿Y cómo se llama la montaña que está al final, pasado el lago Nakuru? –preguntó otro alumno de pelo corto y rizado.

Maluc se fijó en él. Era algo mayor y se interesaba mucho por las explicaciones del profesor.

–Bueno, no es exactamente una montaña, sino que es una pequeña elevación generada por un volcán que estuvo en erupción hace varios miles de años, después de la formación de este valle. Ahora está inactivo y en su interior se encuentra el cráter de Menengai, de gran belleza. Si tenéis oportunidad de conocerlo, os lo recomiendo. Lo mismo ocurre con el monte Longonot, que corresponde a otro volcán de singular atractivo. Ambas formaciones no están muy lejos de acá –el profesor siguió explicando–: En el interior del valle se han encontrado huesos de hombres primitivos y fósiles orgánicos. Esos restos arqueológicos son de gran trascendencia porque nos revelan el origen de la vida humana, de las plantas y los animales.

El joven Maluc anotaba todo en su mente y soñaba con aquel paisaje. Se imaginaba en medio de aquel movimiento de tierras, con animales y bosques por todas partes, correteando por el suelo y tratando de evitar la caída a una gran grieta que se abría bajo sus pies. A su lado, otros seres gritaban por el ruido de las rocas y la caída de los árboles. En sus sueños esquivaba aquí y allá los peligros de la naturaleza. Todo ello bajo una gran tormenta, con truenos y relámpagos por doquier. Y él, agarrado a la mano de sus padres, con su hermana al lado, corriendo, salvando rocas, árboles, animales, ríos de agua y barro… Por último…, el sol, la paz, el silencio y el valle, ¡sí!, el gran valle del Rift. El maravilloso valle que se contemplaba desde el monte Kipipiri.

–¡Vámonos ya! –dijo el profesor.

Mientras descendían del monte, zigzagueando por un sendero abierto en medio de la masa forestal, Maluc se acercó al chico mayor que antes le impresionó. Se interesó por su lugar de procedencia, su familia y sus inquietudes.

–Soy de Othaya, cerca de Nyeri –habló él en suajili– y mi nombre es Githai. Mis padres me han enviado a este colegio interno porque dicen que es muy bueno. Solo voy a casa tres veces al año y el resto del tiempo permanezco en Gilgil. Me interesa la naturaleza. Los animales, las plantas, las montañas… son para mí seres mágicos.

–¿Eres kikuyu?

–Sí, ¿por qué?

–Porque somos de la misma etnia. Me llamo Maluc y vivo en una granja cerca de aquí. Tengo una hermana que también estudia.

Los dos conocidos caminaron dentro del grupo y a la menor oportunidad se acercaban y charlaban de sus experiencias infantiles, de los profesores, juegos, deportes.

–¿Te gusta el fútbol? –interpeló Githai.

–¡Oh, sí! Juego de defensa.

–A mí me gusta jugar de delantero para marcar goles. Algunos marco de cabeza porque soy más alto que la mayoría.

–Creo que eres mayor que nosotros…

–Tengo doce años. Comencé a estudiar un poco tarde debido a que mis padres son pobres y no tenían dinero para pagar los estudios.

Bordearon unos campos de cultivo, coronados por plantas de patata, caña de azúcar, sorgo, maíz y demás. Y en ellos se apreciaba la fertilidad de la tierra por la disponibilidad de agua, la bondad del clima y los nutrientes que aportaban las cenizas volcánicas del valle. Muchos hombres y mujeres se afanaban en las labores del campo; unos recogiendo las cosechas y otros sembrando o plantando. Todos entregados a la tarea cotidiana.

De regreso al colegio, unas gacelas ramoneaban arbustos y hierbas en las inmediaciones de un bosque.

–Son muy bonitas –dijo Maluc.

–Sí. Me atraen más las gacelas de Thompson, las que tienen una franja negra a cada lado. Parecen niños pequeños, juguetones, inquietos, que mueven constantemente la cola y la cabeza. Estos antílopes miran a todos lados, algo desconfiados, pero son muy simpáticos. Las otras gacelas, las de Grant, son de mayor tamaño y tienen los cuernos muy altos, sin manchas negras; su color es más homogéneo, ocre –explicó Githai.

–Me gusta cuando son perseguidas por otros animales, leones y leopardos; sin embargo, cuando son atrapadas me da mucha pena.

–La ley de la naturaleza, Maluc.

 

El padre de Maluc se trasladaba todos los días a la capital. Mientras que antes de la llegada de los askaris a su granja él se encargaba de vender al por mayor los objetos elaborados en su taller de artesanía, después tuvo que modificar su rutina. Deseaba continuar trabajando en la misma actividad y dar un salto hacia atrás; es decir, decidió expender directamente los productos que otros fabricaban.

Se instaló fuera del centro de Nairobi para evitar ser reconocido, e inició una nueva etapa en uno de los barrios comerciales ya consolidados y ocupados por asiáticos y africanos de distintas procedencias. Eligió la zona de River Road, el primer barrio indio de la urbe keniata, al sureste. Estaba lleno de dukas: ferreterías, carnicerías, ultramarinos, textiles e infusiones. Un cúmulo de puestos, apretados unos contra otros, que exponían múltiples artículos al paso de los viandantes.

Las oscuras tiendas de ese barrio contrastaban con los rótulos luminosos, amarillos y blancos, que atraían la vista de los clientes. Eso mismo sucedía con los vendedores, pues los colores negro y tostado de los africanos e indios, respectivamente, se compensaban con las telas rojizas y albinas con que se cubrían. Un abanico de colores sobresalía con destellos brillantes en un mundo sórdido, plagado de dukas apagadas, construidas con ladrillos o maderas y techumbres de paja, hojalata o uralita.

Allí Wambe se puso en contacto con un señor que deseaba cerrar su negocio a causa de su avanzada edad. El precio no era muy elevado y el trabajo le gustaba. Al fin y a la postre, se trataba de vender figuras de madera alusivas a la fauna de Kenia, telas regionales, kangas y shukas, y collares de cuentas, abalorios y un sinfín de objetos destinados al turismo, dado que los visitantes extranjeros eran sus principales clientes.

Wambe pagó al señor mayor los chelines que le pidió y se estableció en la tienda de River Road, lindando al río Nairobi. Pese a la ilusión que depositó en el negocio, pasaron los días y las semanas y aquello no prosperaba. Algunos clientes se detuvieron en su tienda y pocos adquirieron artículos. El padre observaba el movimiento de otras tiendas, con perfumes baratos, maíz cocido, frutas y verduras; y el resultado era dispar. Si bien en algunas ocurría algo parecido, en otras más afortunadas se aglomeraba la gente y necesitaban dependientes para atender a la multitud. Algunos autobuses se detenían en sus inmediaciones y la gente en tropel se dirigía a unos comercios concretos.

Eso le creaba desazón.

Por la noche, muy tarde, el padre regresaba a la granja de Gilgil cabizbajo y meditabundo. Su mujer lo miraba con pena y observaba que envejecía con celeridad. Las arrugas se acentuaron en su rostro y los ojos perdieron el brillo de antaño. Se adormecía en el salón de la casa y no quería hablar con nadie. Era un fantasma viviente en el hogar y perdido en el desierto de la vida.

La caída de su estatus y de su prestigio social como comerciante y pastor religioso había sido grande. Antes era una persona orgullosa de sí misma y de su influencia en los demás. Los negocios le habían ido bien y los veinte empleados de su granja, la mayoría mujeres, le proporcionaban una gran satisfacción. Lo mismo se podría decir de su iglesia y de los fieles que acudían todas las semanas a escuchar sus consejos espirituales. Su elevada ascendencia entre la gente le había aportado confianza, autoestima y una categoría social en el complejo mundo de Kenia.

Después de la ocupación de su granja, todo se había ido al traste. Tenía que ocultarse de la policía y de otras personas, y hasta su nombre era distinto del primitivo. No le importaba nada ni nadie.

Su mujer lo veía mohíno y no estaba segura de cómo actuar para ayudarle a salir de su estado. Recordó que el día de la firma de los papeles en el colegio había escrito un nombre diferente al de pila. Preguntó:

–Querido, me gustaría saber por qué elegiste el nombre de Wambe. No corresponde a ningún familiar vivo y, según la tradición, debería coincidir con alguno.

–Perdona, no te lo he explicado. Ese nombre es de un tío abuelo fallecido hace muchos años. Tú sabes que el nombre de Kipchoge era el de un hermano de mi abuelo paterno, el tercero en concreto, y conoces que mi abuelo tuvo cinco hermanos. Pues bien, el quinto hermano falleció y nadie tiene esa identificación registrada. Por consiguiente, la he elegido con el fin de continuar con nuestra tradición y, de paso, despistar a aquellos que intenten localizarme.

–En mi familia kikuyu se hace lo mismo –afirmó ella–. Mi nombre corresponde al de una tía abuela por parte de mi madre.

–Me consta que estás al corriente de que la costumbre ha continuado con nuestros hijos. Y, por la misma razón, ellos podrían cambiar el suyo por uno de sus antecesores fallecidos.

La conversación sobre la tradición y las costumbres de su comunidad kikuyu animó al padre y no pasó desapercibida a los hijos, presentes en el salón familiar.

 

Los dos hermanos y Githai charlaban a menudo en el colegio. El tiempo libre que disponían lo dedicaban a intercambiar experiencias y a contarse historias infantiles; y siempre Maluc y Melea tenían la precaución de no delatar su casa anterior en Njoro ni hablar del incidente con los askaris.

Parte de sus pláticas fueron escuchadas por un compañero de clase de los mayores, Maluc y Githai, y descubrió que hablaban de su origen kikuyu y de un dios llamado Ngai. Eso le suscitó curiosidad y siempre que era posible se colocaba cerca de ellos con el propósito de conocer sus secretos.

Fuera como fuese, no le gustaba lo que hablaban.

En julio de 1980 tuvieron un día libre de clases y los tres amigos disfrutaron de un paseo por los alrededores de Gilgil. Decidieron ir a un lago cercano, camino de Nakuru. A pocos kilómetros del colegio, y a la izquierda de la carretera que llevaba a dicha ciudad, se toparon con el lago Elmenteita, el humedal nombrado por su profesor de Geografía. Había una vasta mancha rosa en la orilla del lago, configurada por miles de flamencos que se alimentaban de algas marinas. A la entrada del lago un rótulo les indicaba que la zona era privada, propiedad de Delamere, y de paso restringido.

Penetraron en su interior y descubrieron a los flamencos sumergiendo constantemente su cabeza en las aguas del lago.

–¡Seguro que pescan algún manjar! –dijo Melea entusiasmada.

–Es su comida favorita –terció Githai–. Los pequeños se comen las algas y los mayores los crustáceos que habitan en ellas.

–También hay peces pequeños –apuntó Maluc.

–Bueno, esos se alimentan de larvas de los insectos.

–¿Y el olor del agua, procede de las algas? –indagó ella.

–No sé el motivo. Se lo preguntaremos al profesor.

Otros animales, garzas y garcetas, picoteaban el barro.

Decidieron recorrer todo el perímetro acuático. Cuando llegaron a la altura de una masa boscosa de acacias de corteza amarilla, unas piedras lanzadas desde la carretera estuvieron a punto de alcanzarles. Se alejaron del lugar y aprovecharon los troncos de los árboles para refugiarse.

Al rato vieron correr a alguien por la carretera en dirección a Gilgil. De una oreja colgaban algunos objetos, sobresalían de su cabeza y se balanceaban al compás de sus pasos.

–Han estado a punto de darme en la cara –señaló Melea.

–Creo que no debes preocuparte. Ha debido ser algún gamberro que tenía ganas de jugar –concretó Githai.

Maluc, a pesar de las explicaciones de su nuevo amigo, no se había quedado tranquilo. Por un lado quería saber algo más de ese lago y quién era el señor Delamere y, por otro, las piedras no se arrojaban solas. ¿Quién y por qué las habían tirado? Normalmente obedecen a un fin determinado, de divertimento por lo común.

O tal vez no.

De regreso a Gilgil los amigos conversaron en orden a la naturaleza, el monte Kenia y el dios Ngai. A Maluc le interesaba ese tema.

–El monte Kenia es la sede del dios Ngai, el rey de la creación y de nuestro pueblo agrícola –detalló Githai–. Se ocupa del pueblo en general y no atiende las peticiones individuales. Está muy preocupado por la tribu kikuyu en su conjunto, las cosechas y el ganado. Atiende la salud de los habitantes y de que los hijos nazcan sin dificultades y sean numerosos.

–Entonces… es el dios de los campesinos y de los ganaderos –enfatizó Maluc.

–Efectivamente. Es un dios pagano que cuida de la familia, la tribu y los trabajos cotidianos.

Algunas palabras fueron escuchadas por un joven escondido detrás de un cerrado bosque de árboles y matojos. Estaba agachado entre la vegetación, vigilante y atento a cualquier movimiento, gesto o palabra del grupo de amigos.

–¿Y qué hace ese dios en el monte Kenia? –preguntó Melea.

–El monte es Kera Nyaga o Kirinyaga para los kikuyus, esto es, la «montaña del esplendor». Tiene formas suaves y amplias, con planos inclinados que permiten el fácil acceso hasta las inmediaciones de la cumbre. Las laderas están cubiertas por bosques negros que le dan un aspecto fantasmagórico. Así hasta la altura máxima, de roca madre, desnuda y majestuosa como una reina. El monte Kenia se parece a un embozado hasta la nariz, tapado con una capa oscura y ojos brillantes cuando reflejan los rayos del sol, blancos cuando se tiñen de copos nivosos. En ocasiones el embozado da la sensación de que desea abrir su manto y abrazar al mismo tiempo a la tierra y al cielo. El monte Kenia cobija a Ngai, dios protector de nuestro pueblo.

–¡Anda, majo! ¿Y cómo sabes tanto de esa montaña?

–Recuerda, Melea, que he nacido al pie de la montaña y que en mi tierra hay una creencia muy fuerte de la tradición. Ahora bien, ese dios también se encuentra en otros montes, no solo en el de Kenia. En muchos lugares creen en él y le dedican sacrificios y ritos. Sacrificios de animales y ritos iniciáticos de hombres. El dios se alimenta de ofrendas, sacrificios, en correspondencia a lo que él hace por la tribu. Es el compromiso de los hombres con el dios. Controla la naturaleza y se dice que los truenos son la expresión de su cuerpo, generados por los huesos al estirar las piernas.

–¡Huy, qué miedo! –exclamó ella.

Los amigos estaban llegando a Gilgil y la tertulia había sido muy agradable. Sin duda, el paseo por el lago y los conocimientos de Githai despertaron gran expectación. A los dos hermanos se les abrió un mundo desconocido, mágico, del que casi no se hablaba en la casa familiar.

«¿Por qué no se lo había explicado antes su padre», pensó Maluc. «¿Qué esconde ese ocultamiento?» Los comentarios de su amigo le dejaron meditabundo durante unos minutos y estuvo divagando sobre la religión, el dios pagano, la naturaleza, los hombres, las tribus… Todo estaba muy confuso.

Por su parte, Melea sentía una atracción especial por su amigo. Era una niña y no pensaba en otra cosa que en jugar y en el efecto que le había causado la última conversación. Las explicaciones estaban llenas de misterio, que sin darse cuenta la transportaron a un mundo más serio, más adulto.

 

Un día Melea se cayó en el colegio mientras jugaba con otras compañeras y se hizo una fuerte incisión en el muslo derecho. Se clavó una astilla punzante. Le dolió mucho y en el mismo centro le aplicaron medidas profilácticas para calmar el dolor y evitar que se produjera una infección. Transcurrieron varios días y la herida, en lugar de curarse y remitir los dolores, empeoró. Melea soportaba a duras penas las molestias y empezó a tener fiebre, escalofríos, temblores y malestar general.

–¡Quiero estar con mi madre! –exclamaba ella a punto de llorar.

Los profesores habían pensado trasladarla a un hospital de Nairobi, pero se resistían ante la insistencia de la niña.

–¡Nuestra madre curará la herida! –dijo Maluc con gravedad–. Ella siempre lo ha solucionado y sabe qué hacer en estos casos.

Los facultativos del centro se miraron sorprendidos. Dudaban entre el traslado al hospital o a su domicilio. En cualquier caso, pensaron que su madre podría ser una curandera con capacidad de sanar a los enfermos.

–Solo quiero que me cure mi madre –alzó Melea la voz en tono de súplica.

–Está bien, te llevaremos a tu casa –decidió el director del colegio.

Una sonrisa afloró a los labios de los dos hermanos.

Wangiru era hija de una hechicera y desde pequeña fue enseñada en las artes curativas mediante la aplicación de productos obtenidos de la naturaleza. Recogía raíces, hierbas, cortezas y bayas de las plantas; preparaba mezclas y las guardaba en frascos de vidrio. Durante su estancia en Gilgil se había preocupado de reponer la reserva medicinal que disponía en Njoro y, pese a que pocas veces necesitaba recurrir a ellas, Wangiru era consciente de que siempre había que estar preparada.

Esa ocupación de la madre era una de tantas que tenía que atender en su vida cotidiana. Se encargaba de la casa y de los niños, sobre todo en los primeros años, y cultivaba algunos productos en el huerto de la shamba de Gilgil. De allí obtenía hortalizas, patatas, frutas y algo de maíz, que servían de alimento a la familia.

–¡Traemos a su hija! –anunció un hombre que acompañaba a dos camilleros encargados de trasladar a Melea.

–¿Qué le ocurre? –levantó la voz Wangiru, alarmada.

–No es nada grave. Sus hijos han preferido traerla aquí antes que llevarla a un hospital.

–Así es, mamá –intervino Maluc.

El hombre explicó a Wangiru todo lo sucedido.

–¡Yo la curaré! –sentenció ella.

Después de acostarla en una cama, lo primero que hizo la madre de Melea fue preparar un brebaje de jengibre, limón, ajos y azúcar de caña. Esa bebida, hervida y tomada bien caliente, era un reconstituyente muy eficaz y una medicina que curaba buena parte de las dolencias.

En cuanto a la herida del muslo, Wangiru lavó bien la herida con agua y un desinfectante; preparó un emplasto con hierbas, raíces y una sustancia pastosa. Calentó esa mezcla y la colocó en el envés de una hoja palmeada. La aplicó en la herida y encima situó un trozo de tela limpio, atado con cintas para que el emplasto no resbalara.

Dejó descansar a Melea y cada media hora ponía trapos calientes en su frente. Así permaneció varias horas.

Wangiru realizaba esas tareas y no dejaba de pensar en su madre durante los últimos momentos de su vida. La recordaba en el interior de una cabaña, encogida y arrugada, con el pelo encrespado y recogido en el cogote. Los ojos estaban hundidos, ojos negros y profundos, avellanados, dotados de una gran dignidad. Miraba con fijeza a los demás, y en los ojos leía su alma, su vida escrita en un cristal bruñido. Tenía la virtud de conocer el fondo de las personas, de absorber el interior a través de esa mirada directa, casi inquisitiva.

Wangiru aprendió de su madre el empleo de las plantas medicinales y las obligaciones que conllevaban la vida familiar y su etnia, ayudando siempre que se lo pedían. A veces alternaba la medicina tradicional con la praxis moderna, la científica, decían los colonos; y si no quedaba otro remedio se apoyaba en ella, solo en casos de extrema necesidad. Como norma general, ella se encargaba de curar a su familia, a sus amigos y a su pueblo.

Melea fue mejorando con el transcurso de los días. La fiebre remitió y el malestar dio paso a un estado de sosiego. Quedaba la herida de la pierna, ya sin infección, y a punto de cerrar la cicatriz. Con una aguja e hilos naturales había conseguido unir los extremos del corte producido por la astilla, sin supurar, y la madre esperaba que la sutura quedara perfecta, sin huella alguna.

–¿Cómo te encuentras, hija?

–Estoy mucho mejor. Espero poder saltar y correr dentro de unos días.

–Lo harás.

Además de esos quehaceres Wangiru realizaba trabajos de artesanía. Construía utensilios para la casa, confeccionaba ropa para la familia y elaboraba adornos con madera, pieles, hojas y productos del campo. Le gustaba esa actividad, practicada con agrado en el taller de la granja de Njoro.

Maluc estaba muy pendiente de su hermana y de su madre. Observaba con atención los pasos de ambas: primero la enferma, comprobando su mejoría notable con las medicinas naturales; y segundo su madre, la hechicera, que curaba con sabiduría y conocimiento. Adoraba a su madre; tranquila, silenciosa, trabajadora, siempre cariñosa y presta a ayudar.

–Tu hermana está curada –opinó ella pasados unos días.

–Gracias, mamá. Mañana podremos ir juntos al colegio. Se llevarán una gran alegría todos sus compañeros, incluido Githai.

Su amigo Githai había visitado a la enferma en varias ocasiones. Era su amiga, su compañera de paseos y tertulias. Era la entusiasta del grupo y la alegría de la reunión. Siempre tenía unas dulces palabras para hacer sonreír a los demás con sus ocurrencias o sus dichos más o menos infantiles.

Así era Melea.

 

Cuando la niña se reincorporó al colegio, sus compañeros la rodearon y todos querían saber cómo había logrado curar su herida sin necesidad de pasar por el hospital. Ella no aportó muchas nuevas por cuanto los temas familiares había que reservarlos en gran medida; sin embargo, no omitió que la medicina tradicional había sido suficiente para sanarla.

Aun cuando los compañeros mostraban su alegría, alguien la miraba a distancia con recelo. No se atrevía a acercarse demasiado aunque su verdadero deseo era el de tocarla y compartir su entusiasmo juvenil. Reaccionaba de forma muy diferente al resto para llamar su atención.

El profesor de Biología llegó a clase y analizó algunos conceptos de las aves del entorno. Habló de los pelícanos, marabúes, cormoranes, flamencos y otros; destacó que en Kenia había más de mil especies distintas, el segundo país en importancia de África. Y enfatizaba el hecho de que el valle del Rift albergaba más de un centenar.

–¿Quién conoce las especies que he citado? –preguntó el profesor.

Maluc levantó la mano.

–Bien, explica a tus compañeros algunas diferencias y dónde has visto esas aves.

Expuso algunas características de dichas especies y se detuvo en el flamenco rosa. Comentó que había visitado el lago Elmenteita hacía un tiempo y que le pareció precioso.

–Eso está muy bien, Maluc.

–¿Profesor, podría explicarnos por qué ese lago tiene un olor tan fuerte?

–Sí –respondió él, agradecido–. Son aguas alcalinas condicionadas por los compuestos minerales de los volcanes cercanos, por ejemplo el Menengai. Se trata de espacios acuáticos sin salida al exterior, endorreicos, con gran cantidad de sosa debido a la evaporación, que facilita la formación de algas microscópicas verde azuladas. Estas plantas constituyen el alimento principal de los flamencos y cuando las condiciones del lago se modifican, las aves migran a otro lugar. Una vez que las algas se han regenerado, los flamencos regresan de nuevo al lago... ¿Otra pregunta?

–Sí, me gustaría saber quién fue Delamere. En dicho lago hay un cartel con ese nombre –interrogó Githai.

–Lord Delamere fue uno de los primeros colonos británicos que llegó a Kenia con el nacimiento del nuevo siglo. Compró grandes extensiones de tierra en el valle del Rift y construyó una mansión. Residió muchos años en esa zona. En honor a este personaje, el lago y el valle se pueden admirar desde el mirador denominado por los colonos «Nariz de Delamere».

Mientras el profesor impartía su clase, el compañero de las orejas horadadas no perdía ripio de las preguntas y respuestas de sus compañeros. Al citar el mirador de la carretera en dirección a Nakuru, él se sobrecogió y miró con timidez al suelo, toda vez que estuvo allí y desde ese sector arrojó piedras al grupo de amigos.

Githai estaba sentado en clase detrás de él y se dio cuenta de los gestos de su compañero. Recordó que al muchacho de la carretera le colgaban unos objetos de las orejas y precisamente su compañero de delante tenía esa particularidad. «Podría ser el autor del lanzamiento de piedras en el lago», susurró en su interior.

Se acordaba de que la etnia kalenjin tenía la costumbre de agujerearse las orejas, tanto los hombres como las mujeres. El proceso consistía en abrir huecos en los lóbulos de las orejas y colgar ramitas dentro de ellos con el objeto de estirarlos. Eso les permitía colgar cuentas, aros y todo tipo de adornos.

Era una tradición muy antigua, abandonada por buena parte de los componentes de esa comunidad. Con la llegada al poder de Daniel Arap Moi, de la misma etnia, esa costumbre se había recuperado y era practicada por algunos jóvenes.

En un descanso de la clase, y coincidiendo con la ausencia de los amigos de Maluc, el chico de las orejas perforadas se dirigió al profesor de Biología:

–Me han dicho que vieron al grupo que visitó el lago Elmenteita tirar palos y piedras a las aves. Retorcían sus cuellos y mataron a varias.

–¿Estás seguro de eso? –contestó el profesor.

–Eso me han dicho. Es información de un kalenjin.

–¡Ya veo! –soltó él con resignación.

Con el devenir del tiempo, en otra clase de la misma materia, el profesor continuó hablando de la fauna keniata y de la trascendencia de su conservación. Enfatizó el trato a los animales y su cuidado para evitar la extinción. «Constituyen un valor cultural, social y económico –decía–. En consecuencia, jamás hay que maltratarlos.»

–Os prohíbo arrojar palos y piedras y cortar cuellos a las aves. Es un acto indigno de nuestra cultura –el profesor elevó la voz y su mirada se quedó fija en los del grupo que habían visitado el lago.

»Tengo noticias de que algunos han tratado muy mal a las aves del lago que citamos el otro día y eso me parece imperdonable. Pienso que habría que castigarlos para evitar que esa acción se repita.

Volvió a mirar al grupo con ira y los ojos de los compañeros apuntaban hacia ellos en tono acusador.

Los amigos se quedaron sorprendidos y acobardados por aquella actitud.

Githai levantó la mano.

–¿Qué pasa, Githai? Acaso quieres disculparte por lo que hiciste.

–No hicimos nada de lo que dice. No maltratamos a las aves, sino al revés. Los maltratados fuimos nosotros porque alguien nos tiró…

Interrumpió el profesor.

–¡Vale, no sigas! Ya entiendo que deseas eludir tu acción y la de tus compañeros de viaje. No quiero escuchar más mentiras.

–¡Dice la verdad! –vociferó Maluc–. Nos tiraron piedras desde la carretera.

–¡Vale, vale, vale! ¡Se ha terminado el asunto! –gritó–. Confío en que no se repita.

Terminó la clase.

Una luz de triunfo apareció en el semblante del chico con las orejas agujereadas, Monone. En su interior emitió una risa contenida: «Ji, ji, ji».

 

En la siguiente visita de los dos hermanos a la shamba de Gilgil, conversaron con sus padres de los estudios y de las actividades escolares. En general los niños estaban contentos y aprendían muchas cosas. La madre puso el acento en las relaciones de sus hijos con el resto de los alumnos.

–Mi relación con los compañeros no está mal del todo –dijo Maluc.

–¿Cómo dices, hijo? –objetó Wambe, que parecía distraído–. ¿Qué es eso de que no está mal? ¿Hay algún problema?

Los dos hermanos se miraron apurados por las interrogaciones de su padre.

–Bueno…, sí…, no –dudó Maluc.

–¡Venga, hijo, explica qué ha ocurrido! ¡Te ayudaremos!

Maluc detalló todo lo acaecido durante la visita al lago, las primeras opiniones en el aula con el profesor de Biología, su acusación días más tarde y el diálogo suscitado en público, delante de todos los alumnos de clase.

–¿Lo pasaste mal? –se interesó la madre.

–Sí. Muy mal porque era mentira lo que decía el profesor. Habló de castigarnos.

Todos se quedaron en silencio unos segundos, meditando lo sucedido. Melea estaba muy afligida.

–¿Y qué tal vuestro amigo Githai? –intervino el padre.

–Muy bien. En clase rebatió lo del profesor y siempre nos ha ayudado.

–Githai no nos engaña, padre. Él no lo haría –terció Melea.

Los padres intentaban relacionar los hechos del colegio con algo o alguien. Buscaban algún argumento que los explicara. Dudaban y recelaban. Algo había cambiado en poco tiempo y los adversarios estaban cerca, al acecho, con el deseo de perjudicarles.

–¿Sospecháis de algún compañero, kikuyu o de otra comunidad? –indagó el padre.

–No. En mi clase hay de varias etnias y no hay complicaciones. Este tema no se habla. Al fin y al cabo todos somos kenianos, ¿no es suficiente? –expresó el hijo.

–¡Pues no! –repuso el padre con energía–. Si todos fuéramos iguales no hubiésemos tenido que huir de Njoro. Esta acción ha sido promovida por el poder político vinculado con las etnias dominantes.

–Siendo así…, ese podría ser el motivo de lo que pasó –apuntó Wangiru.

–Podría ser. Es lo único que conocemos –afirmó su marido–. Mi opinión es que hay que ser cautelosos, en la granja y en el colegio, y en las tiendas debemos ser prudentes y no desvelar nuestro pasado. Hay mucha envidia, ambición y deseos… –vaciló– de venganza en las personas; por tanto, ¡tened cuidado, por favor!, y ¡estad muy atentos a todo! Este es el mejor consejo que se me ocurre.

La familia en pleno asintió las palabras del padre. Eran consejos de un padre y de mucho más: del conocimiento de la vida y del valor de los años, que servían tanto o más que las propias leyes aprobadas en los parlamentos.

–Lo tendré en cuenta –dijo Maluc, y solicitó otra explicación–: Para entender el problema de las etnias, me gustaría saber cosas de nuestro pasado, de los kikuyus, y cómo hemos llegado a la situación actual.

–¡Yo también quiero saberlo! –añadió Melea.

El padre se tomó su tiempo para ordenar las ideas y se arrellanó en la silla estirando las piernas, pues sabía que el discurso podría alargarse.

–La leyenda dice que el dios Ngai creó al primer hombre, Kikuyu o Gikuyu, y lo envió a las tierras altas, con el mismo nombre de Kikuyu, para gobernarlas. Allí el hombre construyó su casa, cultivó los campos y ofreció sacrificios a su dios bajo los árboles mugumo. Ngai le dio una mujer, Mumbi, para procrear. Tuvieron nueve hijas.

»Los nombres de las hijas son Achera, Agachiku, Airimu, Ambui, Angare, Anjiru, Angui, Aithaga y Aitherandu. Estas hijas constituyen el origen de los nueve clanes de la etnia kikuyu. Cuando las hijas se hicieron mayores no había hombres para casarse ni manera de que continuara la descendencia. Así, Ngai ordenó a Kikuyu que matara un gran carnero y lo sacrificase en un bosque sagrado. Cumplió la orden y al lado de cada una de las hijas apareció un bello varón.

»Esas mujeres gobernaron las tierras altas en régimen de matriarcado, en tanto que los hombres solo servían para satisfacer las necesidades y los caprichos de aquellas. Según la tradición oral los hombres tenían otra función: la de servir de asiento a sus esposas cuando celebraban Consejo. Se ponían a cuatro patas y ellas colocaban las nalgas sobre las espaldas masculinas.

»Los hombres se cansaron de ese tratamiento vejatorio. Aprovecharon la ausencia de las mujeres a causa de su intervención en una guerra y convocaron una reunión. Urdieron un plan secreto con el fin de recuperar la libertad. Tras arduos debates entre ellos, pensaron que a la vuelta de los combates sus esposas llegarían deseosas de amor y sexo. ¿Y entonces…, quiénes se lo podrían proporcionar? Ellos, por supuesto.

»Lo aprobaron por unanimidad.

»Todas las mujeres se quedaron embarazadas y, ante la imposibilidad de atender las obligaciones de la tribu, ellos las sustituyeron y tomaron el poder. A partir de ese momento el matriarcado pasó a manos de los hombres, similar a otros pueblos de raíz bantú.

–¿Eso es todo, padre? –preguntó Maluc.

–¡No! Es solo el principio. Pasados unos años, una hermosa mujer gobernó estas tierras. Era una señora especial, con grandes dotes exhibicionistas. Tenía el pelo ensortijado y de color azabache que le cubría su espalda desnuda. Ella se deslizaba al ritmo de su cuerpo, con movimientos suaves, muy suaves y sensuales. Movía las caderas, bien torneadas, con gracia y soltura. Los ojos oscuros y profundos de la ninfa miraban al cielo, y a los hombres, besados con sus rayos dulces e imantados. La sonrisa apareció en sus labios carnosos y dejaba visibles sus perfectos dientes blancos. Los hombres la rondaban y lamían su deseo incontrolado. Todos la deseaban con pensamientos lascivos que ocultaban, y ella elegía siempre a los guerreros más esculturales; mientras tanto, el resto esperaba su oportunidad con envidia. Una noche ella se desnudó, arrastrada por el frenesí o quizá como culmen de su vanidad; lo cierto es que quedó iluminada por la luna llena. Los hombres gritaron y aplaudieron formando una gran algarabía alrededor de la musa...

–¿Qué pasó al final? –interpeló Melea, ansiosa.

–Fue expulsada de su trono por escandalosa.

–¡Bah!, ese final no me gusta.

–Pero todavía hay más –siguió hablando–: Algunos ancianos cuentan que cuando los hombres se rebelaron contra las mujeres que mandaban en las tierras de los kikuyus o los agikuyus, nació un nuevo hijo, el décimo, constituyendo un nuevo clan, rechazado por aquellas. Desde ese tiempo el número diez es sinónimo de mala suerte, desafortunado, heredado del décimo clan. Todos evitamos citarlo. Nuestros antepasados lo sustituyeron por el «nueve completo», otra forma de nombrarlo.

–¡Anda, mira! Por eso nos habéis dicho siempre que no pronunciemos ese número –dijo Melea.

–En efecto, hija. Lo que ocurre es que cuando sois muy niños no podemos explicaros todo porque no lo podéis entender.

–Una cosa más, padre –apuntó Maluc–. ¿Puedes decirnos el significado de «clan», y a cuál pertenecemos y por qué?

–Con mucho gusto. Los kikuyus, del mismo modo que muchos pueblos bantúes, basan su organización social en la unidad familiar, y la reunión de varias familias conforman un clan. El nuestro procede de Ambui, una de las hijas de Gikuyu y su esposa Mumbi. El nombre del clan es el apellido de cada uno, y es habitual decir «soy del clan Ambui u otro», con un significado análogo a «la Casa de…».

»El clan tiene connotaciones afectivas muy estrechas, que incluye a las familias, las tierras, los animales, todos los bienes y la historia de los antepasados. Una «patria» para nosotros, heredada de los padres y los abuelos; es el lugar sagrado que debe defenderse por encima de todo y nunca se debe profanar.

»No obstante lo anterior, algunos carecen de clan, y esto significa que no tienen familia, equivalente a que no tienen arraigo, ascendientes de prestigio, ni raíces sólidas familiares. Por eso, aquellos son «pobres». Este caso es más corriente en Nairobi debido a la masificación, mezcla de etnias y la impersonalidad de la vida urbana.

»Para terminar os diré que nuestros ancestros llegaron a Kenia entre los siglos XIII-XVI procedentes de las tribus bantúes de África. Se instalaron en la zona central de Kenia y se mezclaron con los primeros colonos ya asentados. Podemos hablar de kikuyu con identidad propia a partir del siglo XVII; y nunca hay que olvidar que siempre ha habido mezclas de etnias, y que tanto las costumbres como el idioma han sido permeables y han evolucionado con el paso del tiempo.

–Bue… no, padre. Nos has dejado de una pieza –admitió Melea, con un soplo de aire fresco–. Yo que pensaba que sabía todo de mi pueblo y de mi tierra y, ¡mira por dónde!, soy una ignorante.