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Una profesora de danza se sienta ante su escritorio de madrugada para trazar su última coreografía, aquella que le permita no bailar nunca más. Ha abandonado una relación, su profesión, su posible maternidad. Propone una aventura a su madre, una mujer que una tarde decidió dejar de caminar. Un baile en forma de paseo. Ambas recorren su ciudad de provincias en dirección a oriente, hacia la luz. Conforme el viaje avanza, el trayecto se convierte en el protagonista. Un camino en línea recta que atraviesa la ciudad. Que cruza este libro. Que sigue más allá. Un libro íntimo y poético que a través de este peregrinaje nos introduce en los deseos, ausencias y penas, muchas veces no desveladas, de una madre y su hija. De trasfondo, la ciudad, el trayecto compartido, personajes que las acompañan, una historia de la danza y coreografías icónicas. Pómulo y lejanía, de movimientos suaves, es el brillante debut novelesco de la periodista y docente Stefanía Caro.
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Seitenzahl: 225
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Pómulo y lejanía
Stefanía Caro. Pamplona, 1981. Periodista, amante de la danza y educadora. Le interesa el camino que une dos mundos: el cuerpo y la palabra. En realidad, le fascina todo lo que se mueve y habla.
La pasión por las letras le lleva al periodismo. Licenciada en Comunicación, comienza a trabajar en 2005 para periódicos de Barcelona, Granada y Pamplona. Más tarde se traslada a Berlín, donde produce reportajes para la cadena de radio Hessischer Rundfunk y colabora con la agencia de noticias Deutsche Presse Agentur (DPA). En 2011 se distancia de la prensa para dedicarse a las artes escénicas y al estudio del movimiento.
El interés por el cuerpo le conduce al aprendizaje de danza contemporánea. Bailando comprende las dimensiones de la felicidad. Indaga en la historia de esta disciplina, se adentra en las biografías de intérpretes memorables, de las grandes creadoras del gesto. Viaja a Egipto, Líbano y Turquía para entender el movimiento desde otra perspectiva. Le gustaría transmitir toda la poesía que siente al contemplar lo efímero del baile sobre un papel. En 2022 se propone contar todo esto en un libro, quizás uno que hable de un camino hacia oriente. Pero ese proyecto tardará años en tomar vida. En 2023 publica un relato en la antología Veinte aullidos del pianista (Ed. Demipage). A estos dos ámbitos, palabra y cuerpo, se une la supervivencia económica y el amor por la enseñanza. Actualmente combina su labor como escritora con la docencia.
Autoría Stefanía Caro
Corrección Gemma Deza Guil y Sonia Berger
Diseño de colección Rosa Llop
Imagen de cubierta Andreas Embirikos y Matsi Hadzilazarou
Producción del ePub: booqlab
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición:
septiembre de 2024, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-33-9
Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.
Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.
Imagen de cubierta: Andreas Embirikos y Matsi Hadzilazarou, Atenas 1939.
Archivo de Matsi Hadzilazarou en el libro: O Fotofraktis, Las fotografías de Andreas Embirikos, Ediciones Agra, Atenas 2001.
© Archivo Histórico del Museo Benaki Leonidas Embirikos, Ediciones Agra
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
A Pilar
A Javier
«Vivir es una caída horizontal».
—Jean Cocteau
El salón permanece en penumbra, apenas lo alcanza la luz tenue de la calle. El parpadeo verde de la farmacia alumbra algunos rincones y me permite distinguir mis manos. Sé que no debería pasar la noche sola, pero esta madrugada necesito escribir y recordar. No hay tiempo. Es preciso que ahora trace los pasos de una danza definitiva, el trayecto hacia mi propia caída. Tengo que ser fiel al descenso, dibujar una coreografía con rotulador rojo, dejar que nazca como un tachón, como un fracaso. Que muera nada más ser arrojada al papel. Me moveré con ignorancia. Hubo un tiempo de delicadeza y ensayos, donde marqué las pausas y acepté la cadencia inalterable del metrónomo. Pasó. Ahora hay que bailar a destajo, como quien descarga una pistola con los ojos vendados. Viene a mi memoria la imagen de una labriega a la que vi aniquilar una plaga de topos. Encañonaba un rifle y disparaba a ciegas contra la tierra. Después quise imitarla, pero me faltó fuerza. Hasta hoy. Esta noche trazaré la coreografía que me permita no bailar nunca más.
Debería comenzar por una esquina para definir un trayecto. Procuraré que esta composición tome la forma de un camino entre dos mundos, mi cuerpo pasado y su espejo en el tiempo. Pero la tarea me supera, apenas puedo respirar. Observo a mi alrededor y percibo cómo el reflector de la farmacia de la calle se intensifica y su haz atraviesa la ventana del salón. Del exterior se desprende una conversación lejana, dos hombres compran medicamentos en el servicio de guardia. Mi salón se ilumina gracias al dolor de otros. Acepto esta lumbre nacida de úlceras y analgésicos, suficiente para dar vida a un manuscrito.
//
Comenzaré hablando del vacío. Lo conozco, lo habito. Lentamente voy derramando mi vida en cafeterías y dejándola sin contenido, inaugurando espacios donde antes existían ambiciones. He abandonado la escuela de danza, la amistad, todos los esfuerzos. Me dedico a pasear por la ciudad y atravesar las tardes en silencio. Mis días se asemejan a un extenso papel de pared donde la figura de un pájaro exótico se repite hasta el infinito.
Aun así, la danza. He pasado años trabajando en academias. El baile me ha llevado al movimiento y con este he alcanzado la insania, una rebeldía personal por desmontar el orden de los acontecimientos, empezar siempre por el medio, olvidarme del comienzo y no terminar nada. Bailar solo las primeras notas. Cada día me preocupo por torcer algo que esté recto o traicionar lo que aguardaba en paz. Ahora, vacía como nunca, he decidido buscar el cuerpo cero, mi carne previa y abandonar las escuelas. Quiero construir una coreografía y dedicarla a una única persona.
Mi madre, llamémosla T. Me pregunto por qué la he elegido para esta aventura. Quizás precisamente porque teme el movimiento y sufre pavor cerval ante el suelo, o acaso por otra razón inconfesable: necesito indagar en su piel. Realmente desconozco la materia de mis intenciones, pero sé que hay un razonamiento amniótico, mojado de algo oscuro, que me empuja a citarla y proponerle participar en una coreografía, una danza que tomará la forma de un camino. Fuera de este trayecto quedará muy poco de nosotras.
//
Mi vista se agota en la penumbra. Los clientes de la farmacia marcharon hace un rato, se llevaron sus muelas tumefactas y sus infecciones hasta otros rincones de la ciudad. Ahora la noche ha quedado en silencio. Enciendo el flexo de mi escritorio, pero pronto reconozco su criminalidad, la bombilla es vieja, derrocha energía y emite luz con desmesura. Ha atraído una polilla, que enloquecerá seducida por su fuerza y sin duda morirá pronto. Mi universo en este momento consiste en una mesa, una pila de cuartillas blancas y una lámpara. El resto del cuarto fue devorado por la oscuridad. Es momento de trazar el punto de inicio, lanzar una flecha hacia el porvenir.
Desconozco a dónde me dirijo, pero hay que empezar por algo. Recurro en mi búsqueda a la historia de la danza. ¿Por qué bailamos? ¿Qué sentido guarda una coreografía? Una pista. En 1920 nacieron en París los Ballets Suecos con la intención de renovar los escenarios de la época, demasiados atados a las convenciones clásicas. En su fundación, sus creadores lanzaron un manifiesto provocador. Transcribo su mensaje bajo el resplandor fluorescente.
« Los Ballets Suecos no dependen de nadie ni siguen a nadie. Aman el futuro».
La compañía fracasó, pero su declaración inicial condensa el propósito de esta locura que hoy planeo: amar el futuro. Parece idóneo, pero nadie es capaz de hacerlo. Quizás hace más de un siglo fuera posible, pero ahora resulta una tarea estéril, una invención. Todo apunta a vivir el momento, a dejar de pensar y formular estrategias. La vida es ferozmente actual. Yo misma eludo el porvenir. Evito el azúcar, los lácteos, el esperma, los sufrimientos. Y sin embargo, me gustaría ser una amante del mañana, como los Ballets Suecos, como mi madre, como todas las madres del mundo. Ellas se esforzaron por generar otras vidas, por entregar algo al tiempo. Pero yo nunca deseé crecer. Quizás deba escribir una novela, suscribirme a un curso de maquillaje para que alguien extraiga algo de mí. ¿Qué he hecho durante estos años? Me he entretenido. Dejé los compromisos para dedicarme a caminar, a bailar los martes, a fingir que mi persona es la misma cada día. Quise creer que no estoy sometida a los cambios. Y llega un día como el de hoy que lo desbarata todo. Escucho las conversaciones de los clientes de una farmacia de guardia, desesperados por el sufrimiento y la neumonía y pienso que no estoy tan enferma. Me engaño. Ya no hay ninguna promesa en mí. Donde hubo ilusiones, ahora queda vacío. Mi cuerpo de hoy es la incógnita de mi cuerpo futuro.
Quizás deba recurrir también a la medicina. En estos momentos la polilla vuela en círculos estrechos. La infeliz no puede evitar el frenesí y se agota. Si sus alas llegaran a rozar la bombilla, moriría como Ícaro. Hubo un momento de la madrugada en que me pareció comestible, incluso una buena compañera nocturna, pero ahora necesito que encuentre la ventana y huya todavía con vida. Apago el flexo, el salón vuelve a latir en verde. Espero hasta divisarla aleteando hacia el exterior y abro el balcón para facilitar su salida.
Dentro de unas horas llamaré a T. De alguna manera intuyo que el pasado es mi última certidumbre. Envejezco y es preciso buscar el cuerpo cero, el punto de inicio. Debemos regresar a los vientres que nos precedieron, estudiarlos y quedarnos dentro.
//
Nosotras nunca hablamos de nosotras. Mucho menos de nuestro cuerpo. Aproximarme a T. con palabras hechas de piel supone cruzar una frontera que espanta y fascina al mismo tiempo. Desconfiará de mis intenciones, buscará excusas para permanecer en su quietud. Yo la invitaré a un viaje, pero temo que ella lo rechace. La postración la alimenta.
Debo contar en estas notas que T., mi madre, apenas se mueve. Una tarde dejó de caminar. Paseaba por una calle bautizada con nombre de payaso y se detuvo ante el escaparate de una papelería. Observó la realidad que sucedía más allá del cristal y alejó la mirada para analizar su reflejo. Después quedó clavada sobre la acera. No halló ninguna razón para dar un nuevo paso. Hubo que acudir en coche para transportarla a casa, donde se sentó rápidamente en el sofá y permaneció inmóvil durante el resto del día. Cuando le preguntaron qué había ocurrido, explicó que aquella vitrina no reflejaba el suelo. Lo buscó, pero había desaparecido. «No había un lugar para pisar». Después de aquello, se atrincheró en su sofá durante meses. Cuando por fin se puso en pie, emprendió sus paseos con lentitud. A partir de entonces, inauguró una época en la que se desplazaba en trayectos cortos, por calles oscuras, presa de temor al cemento. Mi madre no me imagina componiendo esta coreografía. Un camino, una línea. Tras la noche viene la alborada y la espero aún despierta. Al apagar la luz me doy cuenta de que el salón ha dejado de parpadear.
París, Etiopía, Grecia
En 1976, la bailarina norteamericana Susan Buirge soñó con una danza que reflejara la magnitud del espacio que sentía bajo su piel. Admiraba las caligrafías primitivas y se fijó en aquellas, como en la escritura amhárica de Etiopía, trazadas «como un buey dibuja el surco del campo, de derecha a izquierda hasta el final de la línea, luego de izquierda a derecha y nuevamente de derecha a izquierda». Buirge entendía que el animal sigue una orientación instintiva para desplazarse, diseña el esfuerzo de forma natural para prepararse a la tracción y la carga. En cambio se encontraba incómoda en el orden de la alineación occidental. El sentido de las puertas de los ascensores, la lectura de los manuales y la publicidad no correspondía con la dirección espontánea de sus gestos.
Ese mismo año presentó en la Casa de la Cultura de La Rochelle una de sus obras más íntimas, «From West to East» («Del oeste al este»). En ella, Susane Buirge caminaba durante algo más de una hora en línea recta por el escenario e interpretaba las diferentes etapas de su itinerario. La bailarina partía del lado occidental, a la izquierda de la escena, y pisaba sobre una misma hilera hasta el este, en busca del nacimiento de la luz, el sol naciente. Podría haber trazado su viaje al revés, pero quiso reflejar su propia búsqueda, la trayectoria vital que la había llevado desde su ciudad natal, Minneapolis, a Francia y más adelante hasta Japón.
La pieza de Buirge desvestía la composición escénica para reducirla a un impulso, suponía una danza amenazadoramente sencilla. Una mujer que pasea en línea transversal por el escenario oculta al público un lado de su cuerpo, viaja de perfil y reduce la capacidad de expresión al gesto mínimo. Cuenta con la mitad de su anatomía para revelar su búsqueda y conmover al público. No hay detalle sin importancia, nada gratuito, cada movimiento es el resultado de un pálpito. Buirge se desplazaba con lentitud como si respondiera a una llamada distinta, tensa como una funambulista. En su interpretación, regalaba al público un fragmento de juventud. Salía de las bambalinas envejecida y radiante.
Hacia el este. Allí es donde quiero ir y llevarme a T. conmigo. Es preciso deshacernos de la costra de silencio que se ha cimentado entre mi madre y yo. Ya no esperamos una vida mejor, T. debe salir de su sofá, yo debo saltar hacia el futuro. Hay que caminar sacudidas por un instinto, en línea recta hacia la luz. Quizás porque necesito alumbrar algo, ya sea un organismo vivo, una cabaña o un libro y lanzarme al porvenir con una ilusión, como mis antiguas alumnas de ballet. Es hora de borrar la sombra tras la partida de Bruno y aceptar mi soledad. Tomaremos el ejemplo de Susan Buirge y marcharemos desnudas entre ruinas, cegadas por la luz del mediodía. Pero antes hay que empezar una acción, ponernos las zapatillas y lanzarnos a caminar.
//
Hoy he encontrado mi propio reflejo en el cristal de una cafetería. Mis dedos tomaban notas en los márgenes de un cuaderno y de vez en cuando se alzaban para atrapar una taza y contagiarse de su blancura. Definitivamente mi rostro reflejado en un cristal tiene un halo de monolito funerario. El vidrio proyectaba mis frases al revés, como si hubieran sido trazadas en pleno delirio, un adelanto de esta locura que vengo tramando. Este cuaderno no ha hecho sino empezar y ya me abrasa. Nació como el bosquejo de una composición para dos intérpretes, pero en cada paso que dibujo se despiertan los recuerdos. Me esfuerzo inútilmente por crear un baile nuevo entre T. y yo. Algo absurdo, nuestra danza es vieja, recurrimos una y otra vez a los mismos gestos para relacionarnos. Para nosotras no existe una coreografía sin memoria.
Mi madre estaba a punto de llegar, pero por un momento la he olvidado para concentrarme en mi dibujo. El momento más crítico ha sido el de trazar una línea recta sobre el papel, mis manos no sostenían el trazo. A las doce y media T. se ha asomado a la cafetería. No se ha detenido junto al mostrador, ha cerrado la puerta y ha estirado las mangas de la gabardina para ocultar las muñecas. Mi madre camina en escorzo, normalmente sortea los espejos, y hoy ha descrito un trayecto en zigzag para dirigirse hasta mi mesa, evitando su imagen en la cristalera. Hemos pedido café con leche —muy caliente—, que ella ha bebido distraída, con la gabardina puesta. Mientras yo lanzaba mi soliloquio, se ha entretenido en aplastar los sobres de azúcar que permanecían sin usar. Le he recordado nuestra cita, el viernes comenzaremos una pieza de danza. La coreografía consistirá en un paseo en línea recta. Mi estrategia para convencerla ha consistido en mencionar la mitad de la verdad. Ella me escuchaba, no se atrevía a preguntar para qué hago todo esto. Supongo que piensa que este es otro de mis caprichos, cree que así seré feliz y eso es todo lo que necesita saber. Haría cualquier despropósito por mí.
De soslayo miraba mis manos. T. es la única que percibe cómo ha disminuido la extensión de mis palmas. Efectivamente, he dejado de tocar las superficies, olvidé las caricias, evito dejar mis huellas en los vasos y sujeto los cuadernos por sus cantos. Me falta un mapa humano al que dedicarme, Bruno se marchó llevándose toda su piel y en el desuso mi dermis se atrofia. T. se lamenta con discreción por la frialdad con la que vivo. Supongo que guarda una sabiduría maternal, construida en el sacrificio y la crianza, que nunca llegaré a alcanzar. Quizás a T. le gustaría sostener conmigo un diálogo sólido, de una madre a otra madre, alguien que comprendiera sus penurias. Pero yo no he alcanzado ese lugar. Me he quedado en el punto de salida, soy una hija sin hermanos y ella cree que nunca captaré su preocupación por completo. Envejece mientras atestigua cómo me entusiasmo con proyectos estériles. Seguramente opina que debería preocuparme por asuntos importantes, pero ha decidido no pensar demasiado. De hacerlo, caería en el riesgo de buscar culpables, mirarse en un espejo y creer que su hija es el resultado de una receta mal llevada. Podría analizar las causas, pensar que un gesto fallido ha desencadenado mi vida actual, aislada y sin porvenir.
T. ha guardado los sobres en su bolso y ha vuelto a mi propuesta. ¿Por qué caminar hacia el este? He contestado que lo entenderá cuando avancemos, pero he advertido su resistencia, el dolor prematuro que siente en los muslos al concebir la idea de avanzar más allá de su barrio. Para T. salir de casa supone abandonar el hábitat que la ha mantenido segura durante años. Así que he mentido. «Necesito que nos dirijamos al punto más luminoso de la ciudad, un espacio que guarda algo único». Allá el suelo no se aleja de la mirada, es cercano, caer es lo mismo que sostenerse. Se trata del único vértice de la tierra donde el cielo y el suelo se tocan. «No tendrás miedo al asfalto».
T. estaba a punto de rechazar mis ideas, de soltar con qué derecho se puede usar a una madre como conejillo de indias, pero nuestra conversación se ha interrumpido cuando una mujer y un niño han empujado la puerta del café. Llegaban de la calle mojados por la lluvia, acostumbrados a hablar en voz alta bajo el viento. Todavía creían estar en el exterior y gritaban. Al pasar junto al mostrador, el chico, de unos diez años, ha pedido dos bollos de crema, pero su acompañante le ha explicado que aquello era demasiado para él, estaban llenos de azúcar y mantequilla. El pequeño ha insistido gimoteando. Amenazaba con una rabieta larga y pronto ha logrado su botín. La dependienta ha dispuesto los pastelillos con forma de fantasma en un plato que el chico cargaba sonriente hasta una mesa próxima. Al pasar a nuestro lado, me ha mirado sin pudor. Una vez sentados, la mujer movía los labios y hablaba a la nuca del niño, que permanecía dedicado a sus dulces, ensimismado en las formas de azúcar glas. T. me ha confesado una duda, quiere saber si grabaré nuestros encuentros en vídeo. Aquí he sido sincera y he revelado mi propósito. No filmaré nuestras figuras, pero deberé relatar lo incómodo. T. ha estirado las mangas de su gabardina, me ha mostrado varias heridas, y con los ojos dedicados a sus manos, me ha lanzado una petición extraña.
—Entonces miente.
He prometido hacerlo. Nadie distinguirá en estas notas qué es realidad y qué inventado. Haré de nuestro viaje una ficción. Después nos hemos quedado calladas. La madre del niño ha aliviado nuestro mutismo con un grito repentino. Reprochaba a su hijo haber enterrado juguetes dentro del bollo de nata. Con un tenedor, ha extraído la miniatura de un coche azul, pero no ha podido con la segunda pieza. Una figurilla vestida con un tutú se ahogaba en el fango blanco. El niño insistía en comerse a una bailarina de plástico junto al bizcocho, como si fuera el trofeo de un rosco de reyes. No quería entender las limitaciones de la alimentación humana y se negaba a obedecer. Ha dado un bocado a su delicatessen, que retenía bajo los carrillos. He apartado la mirada para concentrarme en mi madre y romper el silencio. Pero mi retina ha guardado la imagen de aquella bailarina de plástico sepultada en crema, a punto de ser devorada. Una natilla grumosa se ha mudado invisible hasta mi boca y ha tapado mis futuras palabras.
//
Andar me calma. Me proporciona un bálsamo contra el juego de espejos que me asalta en casa. Los objetos se han multiplicado desde mi separación de Bruno. Primero fue la vajilla, luego los libros. Su huida desató una avalancha, los platos empezaron a reproducirse como conejos y lentamente fueron ocupando espacio, conquistaron las habitaciones. Temo que un día me arrinconen en la despensa, bajo una sepultura de porcelana. La ausencia ha sido eso, demasiada vajilla para una sola. Presiento que algo ocurrirá pronto. Quizás, el camino.
//
Nuestro escenario será esta ciudad. Cuando T. y yo desfilamos por las aceras proyectamos sombras pequeñas. Esto tiene que ver con el lugar donde vivimos, una capital de provincia tranquila y fría. Hemos crecido sobre el paralelo 42 latitud norte y un grado de longitud, apenas sobrepasamos el meridiano de Greenwich en dirección este. A partir de septiembre el cielo se nubla y no se despeja hasta junio. Siempre llevamos una chaqueta en el bolso. Normalmente el firmamento es tan opaco que resulta difícil distinguir a través de nuestras sombras el caminar mismo de la Tierra y del Sol. Si queremos imitar a Susan Buirge y conducir nuestros pasos hasta oriente tenemos que definir el trayecto. Elegimos el portal de mi madre como punto de partida, salimos entre las once y las doce de la mañana y describimos el camino más recto hacia el este, al igual que lo hace el río. Es un paseo nuevo para nosotras. Ni T. ni yo visitamos ese costado de la ciudad, barrios simétricos de casas pardas. Fueron fabricados en línea con jardines de césped artificial para que los niños se lancen a los columpios e ignoren el asfalto. Soy consciente de la fatiga que sufre T. Se sofoca con el esfuerzo. Preveo que si el camino se prolonga, buscará los bancos o, peor aún, entrará en una cafetería y se negará a continuar. Nuestro trayecto se acerca al punto crítico en el que una vez T. se negó a seguir caminando, aquel día fatídico que perdió el suelo. Tendré que estar atenta y buscar los posibles lugares de apoyo, bancos, estatuas. Buscar suelos verticales que alejen el temor de escapar a la gravedad y nos permitan detenernos para observar la calle. La contemplación formará parte del viaje.
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Así lo pensó Susan Buirge cuando decidió vivir su propia pieza escénica. Trece años más tarde de aquel «From West to East» emprendió una travesía por África y Oriente Medio hasta llegar a Japón. En cada lugar se dedicó a visitar teatros y charlar con lugareños, pero sobre todo se entregó a la tarea de analizar los movimientos de las personas, incluidos los gestos de su escritura. En aquella expedición se desmarcó de la rigidez que se había impuesto en la coreografía de 1976 y transgredió la línea recta. Los continentes suponían un escenario más suculento que la tarima de un teatro y no pudo evitar desviarse de su ruta para saltar a Etiopía, Siria o Taipéi.
T. y yo procuramos entrar en su juego y mantenernos fieles a una línea continua, aunque en la ciudad resulta difícil. Siempre surgen muros inesperados, excavadoras y obras municipales que nos obligan a desviarnos de la ruta. ¿Por qué elegir una línea recta? Supongo que se trata de la expresión más simple del espacio. Al mismo tiempo, un envoltorio difícil, abrigo incómodo. Un escenario es una caja negra rectangular, trazable de muchas maneras. La apuesta de Susan Buirge suponía un retroceso, volver al arcaísmo de los primeros ballets. Hasta el siglo XVIII las compañías se desplazaban únicamente en cuatro direcciones, cubrían las perpendiculares a los lados de la sala. La danza sucedía frente al espectador o buscaba la profundidad desde el fondo hasta la primera línea. Pero las composiciones resultaban artificiales. El propio ímpetu del movimiento exigía correr e imitar el desplazamiento real que sucedía fuera de las bambalinas. Los niños juegan en corro, las mujeres se dirigen de su casa al mercado en zigzag, los campesinos abrevian los caminos por atajos. Los coreógrafos del Barroco entendieron que un escenario no puede ser un espacio ajeno a la vida y decidieron usar las diagonales. A partir del siglo XVIII se comenzó a bailar en ocho direcciones y la caja negra se transformó en un espacio vibrante donde las compañías jugaban con nuevas posibilidades.
La danza palpitaba si sorprendía a la retina. A finales del siglo XX se experimentaba con casi todo, bailar en silencio, imitar lo grotesco, se buscaba superar cualquier expresión conocida, pero nadie se planteaba reducir las composiciones a líneas laterales o transversales. Aquello suponía un riesgo, empobrecer el movimiento. De ahí la irreverencia de Buirge. Su decisión de describir la senda de un hilo conducía al público hasta un rincón angustioso, demasiado austero para espectadores habituados a un espacio flexible. Quienes, no obstante, pudieron sostener la tensión a la que invitaba la coreógrafa, comprendieron la relevancia de aquel viaje, el anhelo de hallar la luz. El foco de la escena quedaba a la derecha y la recta marcaba el camino más directo. También el más doloroso.
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En nuestra antigua casa nunca colgábamos fotografías en la pared. Manteníamos los muros intactos por si alguna vez dejaban de ser nuestros. Vivíamos dispuestas a lo imprevisto, con cuidado de no manchar, bajando la voz por las noches, colocando recortes de terciopelo bajo las patas de las sillas para enmudecerlas. Diez veces al día murmurábamos «puede». Y así vivíamos. Por si acaso. Mi madre y yo, únicas habitantes de aquel universo apaisado en el que imperaba la gravedad. Cada vez que abríamos los armarios nos saludaban dos maletas de cuero, dispuestas con mudas y calcetines suficientes para salir disparadas en caso de encontrar una vida mejor. Antes de dormir, comprobábamos que el equipaje seguía en su lugar. Por esa razón nunca llegamos a hacer agujeros en los muros y nos maravillábamos de rodearnos de unas verticales limpias y sin imágenes. El diseño ya fue aconsejado por la abuela, que tras haber descubierto a su marido colgado del techo de una cabaña del monte, prohibió enganchar cualquier objeto en las paredes. Seguimos las instrucciones de aquella mujer a quien recuerdo a menudo tendida sobre la cama, revelándose contra la gravedad. Desde su aposento, entretenida en los pasatiempos o en la merienda, proclamaba que en su estirpe todo el mundo debía nacer y morir tumbado.
