¿Por qué Dios? - Silvia Araceli Rojas Velázquez - E-Book

¿Por qué Dios? E-Book

Silvia Araceli Rojas Velázquez

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Beschreibung

De la autora de Al final de la puerta llega una nueva obra que invita a mirar la vida con los ojos del alma. Este libro no solo cuenta una historia, sino que ofrece un encuentro entre la fe y la duda, el dolor y la esperanza. Sus páginas recorren esos momentos en los que todo parece perder sentido hasta que comprendemos que siempre hubo un propósito mayor esperándonos. Cada palabra fue escrita desde la experiencia, desde la búsqueda de entender por qué suceden las cosas y desde la certeza de que, aun en medio del silencio, Dios sigue hablando. Es una invitación a recordar que no hay heridas sin redención ni caminos sin destino cuando la mirada se levanta hacia lo eterno.

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Seitenzahl: 115

Veröffentlichungsjahr: 2025

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SILVIA ARACELI ROJAS VELÁZQUEZ

¿Por qué Dios?

Ahora lo sé

Rojas Velázquez, Silvia Araceli¿Por qué Dios? : ahora lo sé / Silvia Araceli Rojas Velázquez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-7215-8

1. Psicología. I. Título.CDD 150

EDITORIAL AUTORES DE [email protected]

Tabla de contenido

Prólogo

Prólogo

Introducción

Capítulo 1 - Aturdidos del silencio

Capítulo 2 - Somos su mejor creación

Capítulo 3 - El poder de levantarse solo se entiende al caer

Capítulo 4 - La mujer que iba a ser apedreada: la gracia que libera

Capítulo 5 - El precio de la libertad

Capítulo 6 - Venciendo gigantes

Capítulo 7 - El arte de discernir

Capítulo 8 - ¿Hasta cuándo Dios?

Capítulo 9 - El amor de Dios en el Nuevo Testamento

Capítulo 10 - Caminar con el Espíritu

Capítulo 11 - El Primer Amor

Capítulo 12 - Morir para vivir

Capítulo 13 - Entre Barrabás y Jesús: las decisiones que marcan la vida

Capítulo 14 - La traición de Judas y el perdón que restaura

Capítulo 15 - La esperanza eterna

Este libro es una invitación a mirar el dolor desde la fe, la mente desde el espíritu y la vida desde el propósito. Porque, aunque no siempre lo entendamos, siempre hay un propósito en el plan de Dios.

Gracias Espíritu Santo por ministrarme en cada palabra de estas páginas.

Este libro está especialmente dedicado a mi esposo, Ale Velázquez.

Gracias, mi amor por creer en mí incluso cuando yo dudé, por ser mi fuerza silenciosa y mi risa cómplice.

Caminar este camino de fe con vos, hace que soñar siempre valga la pena.

Prólogo

Hay preguntas que nacen en lo profundo del alma. Preguntas que no siempre se animan a decirse en voz alta, pero que todos, en algún momento, llevamos dentro: ¿Por qué, Dios? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? Este libro nace justamente allí, en ese espacio donde la fe se encuentra con las dudas, y donde la vida real –con sus golpes, sus silencios y sus sorpresas– nos invita a mirar más hondo.

Silvia escribe desde un lugar sincero, humano, accesible. No pretende dar respuestas fáciles ni fórmulas mágicas. Su voz acompaña, abraza y esclarece. Con sensibilidad y una sólida base de psicología cristiana, nos muestra que cuestionar no es falta de fe, sino parte del camino. Que Dios no se ofende por nuestras preguntas; al contrario, se acerca, nos escucha y nos forma a través de ellas.

Estas páginas no buscan convencer, sino comprender. No buscan imponer, sino iluminar. Son un recordatorio de que, aun en los momentos en los que nada parece tener sentido, Dios sigue obrando con un propósito más grande que nuestra mirada limitada puede captar.

Invito al lector a entrar con el corazón abierto. A permitirse sentir, pensar, llorar si hace falta y, sobre todo, reencontrarse con la verdad de un Dios que camina con nosotros incluso cuando no lo entendemos.

Karina Marcela Capdevila

Pastora Iglesia Revivir

Posadas, Misiones

Prólogo

A lo largo de los años he acompañado a muchas personas que, en los momentos más difíciles de su vida, han levantado la mirada al cielo con una sola pregunta en los labios: ¿Por qué, Dios?

Es una pregunta honesta. Dolorosa. Profunda.

Una pregunta que, lejos de alejarnos de Él, suele ser el primer paso para encontrarnos verdaderamente con Su corazón.

Este libro de Silvia toca justamente ese lugar donde la fe se mezcla con la fragilidad humana. No se trata de un manual de respuestas rápidas, ni de un discurso religioso vacío. Aquí hay verdad, hay lucha, hay procesos reales y hay un enfoque cristiano que entiende la vida tal cual es: hermosa, compleja y a veces desconcertante.

Mientras lo leía, me encontré pensando en cuántas veces los cristianos sentimos que cuestionar es fallar. Pero lo cierto es que, en la Biblia, los hombres y mujeres más usados por Dios fueron precisamente los que se atrevieron a preguntar, a llorar, a expresar su límite.

Y Dios no los rechazó.

Los formó.

Eso mismo logra este libro: acompañar al lector en sus preguntas, sin juzgarlo. Guiarlo hacia Dios, sin presión. Mostrar que la psicología cristiana no es un enemigo de la fe, sino un recurso que ilumina el alma y fortalece el espíritu.

Mi deseo es que, mientras recorras estas páginas, puedas encontrarte con un Dios que no se intimida ante tus dudas, que no se aleja cuando vos no entendés, y que sigue obrando incluso cuando el panorama parece nublado.

Silvia nos regala un mensaje simple pero poderoso: las preguntas no nos debilitan; nos profundizan.

Y si las traemos a los pies del Señor, pueden convertirse en el punto de partida de una fe mucho más fuerte.

Que este libro sea una herramienta para tu vida espiritual y emocional.

Y que, en medio de cada pregunta, puedas escuchar la voz suave pero firme de Dios recordándote: “Estoy con vos”.

Gabriel Fernández

Pastor Iglesia Revivir

Posadas, Misiones

Introducción

¿Por qué Dios?

Esta pregunta me acompañó durante años: en mis silencios, en mis noches más largas, en mis dudas más profundas. Llegué al camino de la fe ya de adulta, cuando la vida me había mostrado muchas caras, pero todavía no me había revelado su sentido. Convertirme fue, a la vez, una entrega y un despojo: dejar atrás aquello que creía indispensable para descubrir que sólo Cristo podía darme una vida nueva.

En este trayecto no faltaron las incertidumbres. Hubo momentos en los que sentí que caminaba sola, que las pruebas eran demasiado pesadas, que la justicia parecía inclinada hacia el lado equivocado, donde los malos parecían ganar y los que buscaban hacer el bien cargaban con el peso del dolor. Recuerdo cuánto impacto me causó la historia de Job. ¿Cómo podía un hombre íntegro sufrir tanto? ¿Por qué Dios lo permitiría?

Con el tiempo entendí algo que cambió mi mirada: Dios ve más allá de la curva, y yo sólo veía el tramo que tenía delante. Aprendí que mirar por el retrovisor muchas veces solo nos llama a la nostalgia de volver atrás, y que la invitación de Dios siempre es hacia adelante, hacia el aquí y el ahora donde Él camina con nosotros.

También comprendí esto desde mi profesión, como psicóloga –y hoy, psicóloga cristiana– sigo formándome para adquirir más herramientas y acompañar mejor a quienes buscan ayuda. En este camino descubrí una verdad profunda: la psicología y la teología pueden caminar juntas, pueden complementarse, dialogar y brindar luz. Pero también aprendí que hay algo que ninguna técnica, teoría o intervención humana puede suplir: la sanación real, esa que sólo Dios puede entregar. Esa que no solo ordena la mente, sino que transforma el corazón.

Escribí este libro desde ese lugar: desde mi vida real, desde mis preguntas, mis caídas, mis errores y también de los aciertos y desde la certeza que hoy puedo decir en voz alta: ¡nunca estuve sola! En cada detalle, en cada lágrima, en cada sorpresa y en cada proceso, Dios estuvo. Aun cuando yo no podía verlo. Aun cuando no entendía.

Yo sé que al principio no es fácil comprender, pero a partir de tu inevitable encuentro con Él, hay un velo que cae y nunca más las cosas vuelven a ser como antes.

Espero que este libro sea un paso a tu vida nueva.

Silvia

Capítulo 1

Aturdidos del silencio

El tren fantasma no tenía nada que envidiar aquel pasillo de hospital que olía a desinfectante y cansancio. Las luces frías dibujaban sombras en las paredes, la gente con pasos apresurados iba y venía sin detenerse a mirar a los que lloraban por algún rincón. A veces me detengo a pensar ¿Cuándo la humanidad perdió la sensibilidad?

La angustia en ese lugar se volvía moneda corriente, la insensibilidad ante el dolor ajeno era naturalizado.

En la inmensidad del edificio, en un rinconcito estaba María, una mujer sencilla, de mirada serena, de ojos enrojecidos por el cansancio, llevaba días sin dormir, horas sentada frente a una puerta cerrada que a veces se abría un poquito permitiendo divisar un piso blanco con enfermeras y médicos que entre risas y charlas parecían vivir en un mundo paralelo al de ella. De ese lado, ellos intentaban salvar la vida de su hijo. Aunque ella en el fondo sabía que el momento más temido estaba a un paso suyo, no obstante, su fe seguía firme, apretaba entre sus manos una Biblia gastada por los años mientras clamaba, imploraba una oración que se confundía entre sus sollozos.

“Por favor, Dios… no me lo quites”. Susurraba con desesperación.

El reloj indistinto siguió su andar, hasta que al fin la puerta se abrió, trayendo consigo el dolor insoportable que ninguna madre quiere siquiera imaginar, un grito desgarrador hizo eco en el pasillo, sus oraciones, su fe, su Dios había callado solo trajo silencio. Un silencio sin explicación que deja el alma suspendida entre la fe y la sensación de la nada misma.

Esa noche después de varias semanas sin dormir, volvió a su casa con los brazos y el alma vacía. Llena de dolor se tiró a la cama con la ropa de su hijo, envuelta en un llanto descontrolado con la voz quebrada, gritando una y mil veces las palabras que muchos hemos dicho alguna vez sin entender del todo su peso:

“¿Por qué, Dios?”

Y el silencio abrumador la inundaba aún más de preguntas. Durante días, su fe se volvió un desierto, dentro de ella todo se había detenido. Por horas se dedicaba a mirar la pared, su mente en blanco, sus manos desganadas, todo había perdido el sentido. No había explicación para lo que había pasado: su único hijo, tomado por una enfermedad viral, de un soplo dejó de existir. Ella, una madre abnegada, cristiana, servidora de su iglesia, ¿cómo le podía haber pasado esto? ¿Por qué a ellos y no a los demás? Incluso la vecina burlona que, cada vez que la veía pasar para ir a la iglesia, profería algún que otro insulto entre dientes que ella lograba descifrar. ¿Por qué no le pasó a ella algo semejante? ¿Por qué todo era tan injusto? ¿Cómo entender a Dios después de tanto dolor? ¿Cómo creer que la ama o que existe después de llevarse a su pequeño hijito? ¿Cómo seguir? ¿Cómo puede un Dios de amor permitir tanto dolor?...

Fueron días, meses largos y amargos, donde cuando parecía estar todo bien, solo bastaba escuchar hablar, reír o llorar un niño para recordar a su pequeño, hasta sentir que el aire pasaba entrecortando como cuchilla por sus tripas mientras va penetrando lentamente por la garganta rompiendo todo.

El dolor le hacía estremecer, no podía avanzar, no podía vivir más así, quería caer dormida y nunca más despertar. Pasaron meses para que pueda ingresar al dormitorio del niño, hasta esa tarde en que decidió hacerlo, se armó de valor, respiró hondo y casi sin cuerpo caminó hacia la habitación, todo estaba intacto, sus juguetes, su camita, hasta podía sentir su olorcito, entre lágrimas mientras guardaba la ropa de su hijo en una caja, encontró una hoja doblada entre las prendas que decía:

“Mamá, cuando esté triste, recuerda mirar el cielo. Dios siempre pinta algo para vos”.

Absorta y muda no sabía qué pensar, era un mensaje de su hijo, una nota entre tantos dibujos que había en su mesita. No fue una visión ni una voz del cielo. Solo una frase olvidada que llegaba para comenzar el camino de sanación.

En ese mismo instante, el dolor cambió de forma: ya no era rabia, sino nostalgia. Ya no era pregunta, sino búsqueda.

Sin dudar, corrió al patio y levantó la mirada. El cielo ardía en tonos naranjas y violeta, y una brisa suave acarició su rostro. No hubo respuesta audible ni visible tan clara, pero algo en su interior comprendió que Dios no había estado ausente. Había estado llorando con ella. Siempre estuvo ahí, sosteniendo su mano cuando divagaba en los pasillos del viejo hospital.

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu”.

(Salmo 34:18)

Para atravesar el proceso hay que vivir el duelo, que no solo implica perder a alguien, sino perder la forma en que entendíamos la vida, la seguridad y hasta la fe.

Preguntar “¿Por qué, Dios?” no es señal de incredulidad, sino el reflejo de un alma que sigue buscando sentido. Pero el sentido no siempre llega como una respuesta: a veces llega como una nueva forma de mirar. La fe no niega el dolor, lo atraviesa.

Y en ese proceso, la mente y el espíritu comienzan a sanar. La psicología llama a ese proceso resignificación del trauma; la fe lo llama restauración del alma.

Ambas coinciden en algo: nada que se enfrenta con amor y esperanza permanece sin fruto.

“Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos… con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”.

(Habacuc 3:17–18)

Pasaron dos años, María decidió volver al hospital, pero esta vez como voluntaria. Buscó el pasillo donde había pasado horas, todo seguía igual, se sentó junto a otras madres, sostuvo sus manos, y sin promesas vacías les ofreció lo único que tenía: su Presencia, esa misma que ella necesitó y no encontró.

Una tarde, una mujer la miró con los ojos llenos de lágrimas y le preguntó:

“¿Por qué Dios permite esto?” María respiró hondo. Sus labios temblaron, por primera vez estaba del otro lado del mostrador y entendió que lo que ella había vivido le daba autoridad para hablar, aconsejar y abrazar a esa madre llena de angustias.

Pudo decirle con amor y con una paz nueva que tan solo Dios pudo entregarle:

“Yo también le pregunté lo mismo… Y un día, entendí que no me contestó con palabras, sino con vida”.