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Amanda solía ser una adolescente llena de vida, pero ahora se siente como un espectro. La depresión la ha envuelto en su manto oscuro y no sabe cómo pedir ayuda, especialmente a su familia. Aislada y sin rumbo, se encuentra perdida en una maraña de emociones. Una lucha silenciosa. Una fachada de felicidad la aleja de sus seres queridos. Entonces, aparece Max, quien se convierte en un rayo de luz sin quererlo. Con un deseo genuino de ayudarla, se acerca a Amanda, ofreciéndole su apoyo y amistad. A través de la música, encuentran una forma de comunicarse y expresar lo que las palabras no pueden. Cada melodía se convierte en un puente que los acerca. Una conmovedora historia que tocará tu corazón, recordándote la verdadera dimensión del amor.
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Seitenzahl: 495
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Por ti me quedo
Sello: Nenúfares
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Florencia Echagüe
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Claudia Riquelme
Corrección de textos: Francisca Garcia
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-15-5
ISBN digital: 978-956-6386-50-6
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Hace un tiempo sentí que dejé de brillar. No mereconozco. Me miro en el espejo y veo a una persona totalmente diferente. Ahí no logro observar a Amanda Rodríguez… simplemente veo a una adolescente de pelo castaño liso hasta los hombros, ojos marrones achinados y una boca no muy llamativa con unos dientes no perfectos, pero tampoco imperfectos… simplemente dientes. Ya no veo a esa joven que solía reír todo el día, a esa adolescente a la que debían hacer callar porque no paraba de hablar; miro la cara seria de una persona que desearía no estar aquí.
Me siento muerta por dentro, pero ahí estoy yo, lista para fingir mi mejor sonrisa y afrontar el mundo, bueno, no el mundo, más bien solo el almuerzo. Cada comida, cada salida en familia, siento que son una verdadera tortura. Debo fingir mi mejor sonrisa. Nadie se imagina que la niña risueña está destrozada por dentro. Mi pieza es el único lugar en el que siento que puedo llorar y sufrir en paz… al menos así es la mayoría del tiempo.
Volviendo a la realidad, me preparé para salir del baño, me sequé las manos con la toalla verde colgada en la pared, frente al lavamanos. Me miré en el espejo y vi a la persona que todos verían: una adolescente feliz. ¿Quién diría que hace cinco minutos estaba llorando, porque ya no aguantaba más? En fin, allá vamos. Me moví al comedor, mientras observaba las fotos colgadas en la pared; en una estábamos mis hermanos y yo, tendríamos unos seis, cuatro, y tres años aproximadamente. Estábamos en el circo; mi abuela siempre nos llevaba de pequeños, pero ya no solíamos ir. Había otra en la que estábamos mis primas y yo; de esa vez que me fui de vacaciones con ellas. Observé otra en la que se apreciaba a mi mamá y sus hermanos. Mi tío Manuel se encontraba en el medio, abrazando a mi mamá y a mi tía Patricia; se veían mucho más jóvenes y felices, no sabría decir qué edad tendrían, pero, o mi tío Ert era un bebé o todavía no nacía; en todo caso, tío Manuel apenas era un adolescente. Se notaba que estaban riendo de verdad; supongo que algo les habrá hecho gracia y aprovecharon de tomarles esa fotografía. Era una de mis favoritas, captaba sus esencias a la perfección. Esbocé una sonrisa al contemplarla y seguí caminando.
Llegué al comedor y saludé a todos; estaban mis abuelos, mi mamá y mis dos hermanos. Me senté en mi lugar y empecé a comer. Mientras masticaba mi comida, no prestaba atención a lo que hablaban, fijé mi vista en la pared opuesta a mí y me sumergí en mis pensamientos. Sentía mi sonrisa desvanecerse y todo a mi alrededor se fundía en esa sensación, quedando yo sola en la mesa. Pensaba en cómo mi vida dejó de tener sentido, en cómo pasé de reír 24/7 a querer llorar todo el tiempo. Pensaba en el nudo que se alojaba en mi garganta, en cómo aprendí a vivir con él. Pensaba en el vacío que sentía en mi pecho, algo me faltaba, había un agujero y no sabía cómo llenarlo. Me sentía cansada, solo podía pensar en terminar de almorzar e irme a dormir, y dejar de sentirme así. Dormir era mi refugio, me permitía olvidar cómo me sentía. Cuando duermo, el nudo y el vacío desaparecen y no siento nada.
—¿Manda? —mi mamá me llamaba. Volví a la realidad—. ¿Me escuchaste?
—No, perdón. Me quedé pensando en algo del colegio, ya sabes.
—Bueno, te estaba diciendo que con tus hermanos iremos a la playa después de almuerzo. ¿Quieres venir?
—Me encantaría, pero tengo varios trabajos pendientes para esta semana, ¿les molesta si me quedo aquí?
—No, claro que no.
Se lo tragaron. Sabían que mis estudios siempre iban primero, pero esta vez no existían tales trabajos, simplemente no me apetecía ir y, honestamente, prefería quedarme en mi pieza y estar en paz.
No volví a “pegarme” durante todo el almuerzo, y al terminar me permitieron retirarme y subir a mi habitación. Me despedí de ellos y les deseé suerte en la playa. Subí hasta mi pieza, abrí mi vieja puerta de madera y entré a mi amada habitación. Paredes de cemento y una ventana grande que se ubicaba en el lado izquierdo de la puerta; hacia el frente, la puerta de mi closet, y a la derecha mi cama. A los pies de esta y mirando hacia la ventana, se encontraba mi escritorio. Me dirigí a mi silla en el escritorio y me senté. Cubrí mi cara con mis manos y aparecieron las lágrimas. Odiaba sentirme así. Muchas veces desearía sentirme “normal” de nuevo; era uno de mis mayores anhelos. Me limpié las lágrimas, saqué el celular de mi bolsillo y le escribí a mi mejor amiga.
Yo: Fueron a la playa, por lo que planeo dormir toda la tarde :)
No tardé en recibir una respuesta.
Vic: Siempre duermes, ¿te sientes bien?
No. No estaba bien. Hace mucho tiempo que no lo estoy.
Yo: Sí, solo tengo un poco de sueño, porque ya sabes que ayer me quedé hasta muy tarde leyendo.
Vic: Tal vez deberías dormirte más temprano :)
No le respondí, sentía una crítica en sus mensajes. Eso me frustraba más, por lo que decidí dejarle en visto. Sí, para nada cruel. No le gustaba, pero ya me conocía, sabe que soy así. Podía responder al segundo o tardar tres días, podía dejarla en visto y contestar más tarde, o simplemente no contestar.
Escuché mi puerta abrirse; era mi hermano menor, Federico. No pude evitar enojarme y gritarle que se fuera, que me dejara en paz. No sabía qué me pasaba, pero estaba muy irritable, la mínima cosa hacía que mi humor se volviera feroz. No me gustaba tratar a mis hermanos mal, ni a mis abuelos, ni a mi mamá. Le dije a Fede que entrara, que me disculpara, no fue mi intención reaccionar así. Él me dijo que no importaba, que fue su error no tocar antes, simplemente quería saber si tenía la pelota de vóleibol. Le dije que sí y se la pasé. Se marchó y le deseé buena tarde. Escuché cómo se cerraba la puerta de entrada de la casa, el portón abrirse y el auto salir. Bien. Estaba sola.
Ya no bailaba ni cantaba mientras ponía música a todo volumen cuando me quedaba sola. Ya no cocinaba algo para cuando volvieran, para así disfrutarlo en la cena. Ya no preparaba palomitas y los esperaba hasta que llegaran para hacer una noche de películas. Ya ni siquiera ordenaba mi pieza mientras estaba fuera. No hacía nada de eso. Ahora lo que hacía era tomar mis audífonos, conectarlos a mi celular, poner mi playlist,recostarme en mi cama, cerrar los ojos y esperar a que las lágrimas empezaran a caer por mi cara.
Me quedé dormida…
—Ya voy, deja levantarme.
—Bueno, pero baja.
—¡Qué ya voy! ¿¡Puedes esperarte un maldito momento!? —Oh no, díganme que no le grité. Rayos, por su cara puedo ver que sí lo hice—. Perdón, no fue mi intención gritarte.
—Ya. Yo solo venía a decirte que bajaras… Siempre me gritas sin razón, me tienes harto.
—Lo sé, perdón.
—No, ya no sirven tus disculpas. —Salió de mi habitación dando un portazo.
Me senté en la orilla de mi cama y apreté mis manos en puños.
Bravo, Amanda, lo volviste a arruinar todo. A esto me refería a que me encontraba muy irritable. Cualquier cosa me alteraba y me enojaba, especialmente con mis hermanos, y eso me hacía gritarles, y al gritarles los asustaba, los perdía poco a poco. No quería perder a mis hermanos, ellos no sabían que eran una de las razones de que no “pudiera” desaparecer. Muchas veces, cuando me encontraba en mis peores momentos, pensaba en que no tenían que verme así, en que debía salir adelante; ellos no podían perder a su hermana. Sí, tal vez no éramos muy fraternales, pero los quería. Eran mis hermanos, los cuidaba y no quería que sufrieran, pero, poco a poco, con mi maldita actitud, los iba alejando. Por lo mismo, intentaba conversar con ellos, trataba de ayudarlos en todo lo que pudiera, pero a veces ya no daba más, a veces ni siquiera podía conmigo misma. Y lo peor de todo era que nadie sabía cómo me sentía, por lo que estaba obligada a fingir, y, sinceramente, ya no podía más con eso, pero no era algo que pudiera dejar de hacer. En caso de que lo lograra, nadie se daría cuenta de que algo no iba bien.
Respiré profundo, pasé mis manos por mi cara y bajé a tomar once. Cuando llegué, me recibieron con sonrisas y yo se las devolví con una más grande todavía. Me invitaron a sentarme y acepté; me preparé un café y, como no tenía hambre, solo tomé eso. Mis hermanos ya habían terminado hace un rato, por lo que solo estaban mis abuelos y mi mamá. Esta última comentaba que Samuel, mi hermano del medio, le dijo que yo dormía, así que me preguntó cómo dormí y cómo me fue con mis trabajos. Respondí que muy bien, que me sirvió para descansar, ya que los trabajos me habían dejado agotada. Ahora se me daba bien mentir, y amaba que me creyeran, porque ¿quién dudaría de la nieta e hija tan responsable que tenían? Claramente, ellos no.
Me pasé toda la cena escuchándolos hablar de cosas triviales, como que en la playa hacía frío, qué harían mañana, quejándose del fútbol, opinando de las noticias que iban apareciendo en la tele. Yo hacían como que los escuchaba y les sonreía, como si me complaciera oírlos hablar de esas cosas. Cuando noté que todos terminaban de comer, pedí permiso para retirarme, les di las buenas noches y subí a mi habitación.
Una vez que dices que te vas a acostar, nadie te molesta más. Puedo analizar mi día. Puedo prometerme cosas. Puedo desear cosas. Es un buen momento de reflexión, y eso mismo lo hace el peor momento del día. Puedo pensar, sin interrupciones, todo lo que he hecho mal. Puedo pensar en lo mala hija, hermana, nieta y amiga que soy. Puedo pensar en mi inutilidad. Puedo llorar mientras pienso en todo eso.
Hoy pensaba en lo mala hermana que era. Pensaba en cada vez que les grité a Samu y Fede. Pensaba en todas las veces que no los había ayudado con sus trabajos, no porque no quisiera, sino porque no podía. Eso mismo me llevó a preguntarme por qué me sentía culpable. Cuando yo tenía su edad, nadie me ayudaba, hacía mis cosas sola. ¿Por qué ellos recibían ayuda? Ya estaban grandes, podían hacerlo solos. Yo no era su mamá, no tenía por qué ayudarlos. Yo no estaría en esta casa por siempre, iría a la universidad, que inevitablemente me quitaría tiempo, y no estaría para ayudarlos. Lo peor era que, cuando no lo hacía, mi mamá me retaba y mis hermanos me lo reprochaban; decían que era egoísta, mala hermana, que solo me importaba yo. Y lo peor era que… les creía. Cada vez que me lo decían, me hacían cuestionarme si de verdad era egoísta, si solo pensaba en mí misma, y cada vez llegaba a la conclusión de que sí… lo era. Me hacían sentir inútil, y esa inutilidad alimentaba el vacío que había en mi pecho, un vacío que se hacía cada vez más grande.
Mi puerta se abrió de golpe, me sequé las lágrimas lo más rápido que pude. Era mi mamá. Venía a dejar mi ropa limpia. Le di las gracias y le dije que descansara, le sonreía y ella se marchó. Me sentía aliviada, porque no me preguntó nada. Volví a sumergirme en mi mundo y mis pensamientos.
¿Qué pensaban mis hermanos de mí? Sinceramente, creo que me veían como una mala hermana. No tenía problema en ayudar a mis amigas en sus trabajos, pero cuando se trataba de ellos, dudaba un montón… ¿Por qué era así? Creo que quería que las personas pensaran lo mejor de mí. Jamás había sido egoísta con mis amigas. Nunca les decía que no. Siempre las trataba de ayudar. ¿Por qué con mis hermanos no podía ser así? Por eso, cada vez que me daba cuenta, una oleada de culpa arrasaba conmigo y les preguntaba si tenían algo que les costara, pero me decían que no, así que simplemente me marchaba. A veces me pedían que les ayudara, y yo estaba ocupada, así que les decía que más tarde. Al final, si no los ayudaba no lo hacían… y ¿qué pasaba? Me retaban por no haberlos ayudado antes y terminaban haciéndolo a última hora. La mayoría de las veces era así. Estaba cansada de eso. Por eso estaba un poco enojada con ellos, porque yo era más independiente. Hacía mis cosas sola. No tenían que estar insistiéndome. En parte, porque no quería ser una carga., no quería darle más responsabilidades a mi mamá. Me sentía una hipócrita quejándome; no quería darle más carga a mi mamá, pero no ayudaba a mis hermanos, contribuyendo a su estrés.
Justo en ese momento, me llegó un mensaje:
Vic: ¿Qué tal esa siesta? ¿Lograste descansar?
Yo: Sí, obvio.
Vic: Ah, qué bueno.
Vic: ¿Qué haces?
Yo: Nada.
Me dejó en visto. Sospechoso. Pasaron unos segundos, cuando vi en la pantalla de mi celular:
Llamada entrante de Vic…
No dudé en contestarle. No podía negar que me gustaba hablar con ella. Era mi mejor amiga, sentía que era la única que me entendía, aunque a veces me sentía ignorada por ella, pero lo dejaba pasar, porque de seguro eran imaginaciones mías. Puse la llamada en altavoz y la escuché al otro lado:
—Buenas, buenas, pero mira quién me ha contestado.
—Oye, siempre te contesto.
—Sí, tienes razón. Por lo menos las llamadas siempre me contestas.
—Ajá…
—Bueno… ¿qué hacías?
—Pensaba en lo inútil que soy
—Oye, tú no eres inútil, si te vuelvo a escuchar decir eso de nuevo, la próxima vez que te vea te daré un golpe.
—Pero…
—No —me interrumpió—. Tú no eres inútil y grábatelo bien en la cabeza. Tal vez no te des cuenta ahora, pero sin ti el mundo sería más gris. Dices que el mundo es blanco y negro, pero no te das cuenta de que tú lo llenas de color. Tu forma de ser hace que este maldito mundo sea más soportable. ¿Sabes cuántas personas son capaces de darle color al mundo? Muy pocas y tú eres una de ellas, aunque te niegues a creerme.
A ese punto, las lágrimas ya corrían por mis mejillas. Claro que ella no lo sabía. Solo pude atinar a una cosa y me excusé:
—Tengo sueño, sigo cansada a pesar de haber dormido. Nos vemos mañana, descansa.
Y corté. Un instante después, recibí un mensaje suyo:
Vic: Espero que tú igual descanses, nos vemos mañana.
La dejé en visto, me puse pijama y me acosté. Me quedé mirando el techo un buen rato. Pensaba en lo que me dijo… Si yo le daba color a este mundo, ¿por qué sentía que no era así? Quizás antes sí le daba color a este mundo, pero ya no podía afirmar lo mismo. Alguien que le daba color al mundo no vivía con un nudo en su garganta, no se sentía inútil, no lloraba todo el tiempo, no se odiaba a sí misma, no desearía desaparecer. Alguien que le daba color al mundo no fingía ser quien que no era, sino que, con su forma de ser, con su forma de pensar, con su forma de ir por la calle, aportaba paz, alegría, confianza. Yo no aportaba eso. Quizás… en realidad, nadie aportaba color al mundo… Probablemente, Vic me lo dijo porque así me mostraba por fuera. ¿Cuántas personas que pensamos que aportan color al mundo, en realidad solo fingen sentirse así?
Somos capaces de que la gente se dé cuenta de que no todo es perfecto. Tenemos la capacidad de que las personas noten que, a pesar de mostrarnos alegres, por dentro estamos sufriendo. Puede que suene muy trivial, pero es en serio cuando decimos eso de no saber por lo que está pasando el del lado. Un gran problema es que vemos a las personas como un libro y las juzgamos por su portada, asumimos su contenido cuando no debemos juzgarlo sin haberlo leído. Cuando el mundo aprenda esto…
Si lo que decía Vic era verdad, las personas como yo teníamos la capacidad de que la multitud saliera de su mundo perfecto, de que vieran el mundo de colores y no solo en blanco y negro.
Así que, tal vez, sí le daba color al mundo, solo que ellos no lo sabían, por lo menos, no todavía. Pero Vic sabía que algo no estaba bien conmigo. Lo sabía. Alguien, por fin, se dio cuenta.
Logré esbozar una sonrisa, antes de caer rendida en los brazos de Morfeo.
Una vez en el auto, me quedé mirando por la ventana. El cielo estaba nublado, pero era muy temprano para declarar que haría frío. Probablemente saliera el sol. Ojalá que no. Odiaba el sol. Era team frío, team lluvia.
Ni me di cuenta cuando llegamos. Le deseé un buen día a mi mamá y con mis hermanos entramos, cada cual a su sala. Al entrar a la mía, vi a Vic, así que fui a sentarme a su lado. Ella me dedicó una de sus sonrisas acogedoras y yo se la devolví. Podía ver en su mirada que quería hablar conmigo.
La primera clase que tuvimos es Matemática. Me gustaba la matemática, además, la profesora era muy amable y simpática. Una vez terminada la clase, tocaba Historia. Odiaba Historia. La hora se me hacía sumamente lenta y solo quería que se acabara. Media hora después, llegó el final del sufrimiento y teníamos recreo. Saqué mi colación de mi mochila, que colgué en mi silla; un pequeño alfajor, que generalmente no solía comer, pero ayer mi tata trajo alfajores y, como eran mis favoritos, no pude evitar traer uno.
Vic me dijo que fuéramos a caminar por el patio. Ya afuera, empezó su sermón con una simple pregunta:
—¿Me vas a contar, o no?
Opté por hacerme la tonta, así que le respondí:
—¿Qué cosa?
—Vamos, no te hagas la tonta, sabes perfectamente que yo sé que no estás bien. Últimamente te noto desanimada y te pegas demasiadas veces para ser normal, además duermes mucho.
—¿Entonces, porque ahora duermo mucho algo va mal conmigo? —No sabía por qué evitaba el tema.
—Vamos, Manda, sabes que no me refiero a eso.
—¿No? Entonces, ¿qué? ¿No crees que, si me sintiera mal, te lo diría?
Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa.
—Cuando me dijiste que estabas irritable, nunca creí que fuera para tanto. Por cierto, ignoraré lo que acabas de decir. No tiene nada de malo sentirse mal, hasta yo me siento así a veces y lo sabes. Puedes confiar en mí, tal vez no debas contarme absolutamente todo, pero siempre estaré ahí para apoyarte.
En ese momento, sonó el timbre—. Escucha, se nos acabó el recreo.
Llegué a la sala a cambiarme de asiento. Mientras me dirigía a mi destino, escuché que Vic hablaba:
—No me evitarás por siempre, tenemos que hablar. —Yo simplemente la ignoré.
No podía creer que estuviera ahuyentando a la única persona que quería ayudarme, no lograba entenderme.
Durante la clase de lenguaje, le mensajeé a Vic:
Yo: Perdón.
Yo: No me he sentido bien y durante mucho tiempo he deseado que alguien se diera cuenta y cuando por fin lo haces, te evito, perdón.
La miré al otro lado de la habitación, y cuando leyó el mensaje me dedicó una mirada de “no te preocupes, te entiendo”. Le devolví la mirada con una sonrisa nostálgica; sabía que entendería, que quería darle las gracias.
Al terminar esas dos infernales horas de lenguaje, teníamos otro recreo. Decidí quedarme en la sala, porque no había nadie. Unos minutos después, vi que Vic se acercaba. Se sentó a mi lado.
—No me evites, no te quedes callada. Háblame. Quiero ayudarte, pero si no me dejas es muy difícil —me dijo.
—Lo sé, lo siento. Solo que no estoy acostumbrada a expresarme, no quiero sentir que soy una carga.
Al terminar de decir esa última palabra, sentí una punzada de dolor en mi brazo derecho. Vic me había golpeado.
—Auch —me quejé—. ¿A qué se debe eso?
—Te dije que, si te volvías a llamar inútil una vez más, te iba a golpear. Y sí, Amanda, sé que dijiste carga, pero es lo mismo, ¿ya?
Sabía que era inútil discutir con ella.
—Ah, vaya, ¿gracias, supongo?
—Ajá, no vuelvas a llamarte una carga.
—Bueno, señora, como usted mande.
En ese momento sentí unos brazos rodeándome. Vic me estaba abrazando. No dudé en devolvérselo, a mi súper amiga no le gusta el contacto físico y a mí tampoco, por lo que aquel gesto no era común. Luego de un abrazo de cinco segundos, dijo:
—Muy bien, ahora me contarás qué tal va tu día. Exijo un informe diario todos los días a las diez de la noche.
—Ni mi mamá me exige así.
—Pues tu mamá no sabe que te sientes así… Tengo el derecho de exigirlo yo.
—¿Y quién te crees que eres? —Me lanzó una mirada del terror, así que me corregí rápidamente—. Entendido, señorita Victoria.
Ambas nos reímos. Hace un tiempo que no reía de verdad, siempre son risas falsas, por eso quiero a Vic, es una de las pocas personas capaces de sacarme una risa. Si mal no recuerdo, no me había reído hace casi dos meses.
Después de eso tuvimos nuestras dos últimas clases y nos tuvimos que ir, me vino a buscar mi mamá y me llevó a casa. Almorcé y subí a cambiarme y ordenar mis cosas, luego me dejé caer en mi silla y pensé en lo cansada que me sentía. Mi cabeza me empezó a molestar, me sentía abrumada, como si mi cerebro estuviera aplastado. Ya me había sentido así muchas veces. No tenía ganas de hacer nada solo deseaba que esa sensación desapareciera, que se esfumara. Lamentablemente tenía tarea de matemática y no iba a dejar de hacer mis cosas solo por eso; no puedo bajar mis notas, si lo hago sentiré que decepcionaré a todo aquel que me tiene fe. Esperan que estudie medicina. Si bajo mis notas no me lo perdonaré jamás.
Puse música en mi computador, saqué mis cuadernos y empecé la tarea. Suerte que me gusta matemática. Mientras cantaba Defenceless de Louis Tomlinson, sentí mis mejillas mojadas. Estaba llorando. Me pasaba que me ponía a llorar sin siquiera darme cuenta, sin tener motivo. Y eso me frustraba.
Cuando terminé, le escribí a Vic. Le conté todo lo que había hecho desde que llegué a mi casa. Bueno, casi todo. No le dije que lloré mientras hacía la tarea. Probablemente se lo diré mañana, así no se sentirá mal porque yo tuve un mal día.
Sentía un dolor emocional muy grande, sentía que algún día ese dolor iba a ser más grande que yo, si es que eso era posible.
Cuando llegó mi mamá, me retó porque no había ayudado a Samuel con la grabación de un vídeo. Se me había olvidado completamente. Lo postergué por días, porque cuando me lo pedía no me sentía bien para hacerlo. Sabía que era una hermana horrible, sin embargo, no pude evitar decir lo que salió de mi boca a continuación:
—¿Por qué me retas a mí? ¿Acaso él no podía hacerlo solo? Cuando yo hice ese trabajo ¿sabes quién me ayudó? Nadie. Lo hice sola. Tiene catorce años, no es un niño. No soy su mamá para andarme preocupando de sus cosas, soy su hermana. Tú eres la mamá, ayúdalos. A mí nadie me ha ayudado nunca. Sí, no pido ayuda, pero eso no significa que no la necesitara en su momento. Ya basta de retarme por esto, también tengo mis cosas, mis problemas, mis ocupaciones.
Mi mamá se quedó en silencio un buen rato, hasta que por fin me respondió.
—Tienes razón, yo soy su mamá. Yo debería ayudarlos, no tú. No tienes por qué hacerlo, pero no te cuesta nada. Les diré que no te pidan ayuda nunca más. Podrás ocuparte de tus asuntos, pero tampoco les pidas ayuda cuando la necesites, ni a mí, ni a ellos.
Salió de mi pieza. En cuanto cerró la puerta, me puse a llorar.
Nadie pareció notar mi cambio. Seguía con mi reporte diario para Vic; ya no me sentía ignorada por ella, al contrario, creo que esto nos unió mucho más. Me contó que iría al psicólogo, su hermana se había preocupado por ella y pensó que sería bueno que fuera a terapia. No le dio vergüenza decírmelo, y ahí me di cuenta lo poco normalizado que tenemos el ir al psicólogo. Lo solemos ver como algo malo, algo raro. Decir “tengo depresión”, “tengo ansiedad”, nos da vergüenza, pensamos que nos dirán que lo decimos por moda, que es imposible porque sonreímos todo el tiempo. No se dan cuenta que el humor, las bromas, es una forma que tenemos de ocultar nuestro dolor.
Cada día era más pesado que el anterior. Cada día el agobio mental era mayor y no tenía una forma de liberarlo. No me concentraba en las clases, me quedaba estudiando hasta las tres de la mañana y aun así notaba que mis notas eran bajas. No me reconocía.
Me encontraba en mi cama mirando al techo, pensando en qué habré hecho para merecer todo aquello. ¿Por qué a mí? Había tantas personas que lo pasaban peor que yo, y seguían adelante, eran capaces de avanzar. Ese pensamiento hizo que me levantara, bajara y le preguntase a mi abuela si le ayudaba en algo. Me mandó a limpiar el baño. Siempre me tocaba a mí, pero no me quejé. Puse música y lo limpié hasta que quedó bien blanco. Lo trapeé y cuando observé lo que había hecho, me felicité, me dije que yo podía seguir adelante, que podría superar eso sola. ¿Cuántas personas lo habrán superado solas? Yo sería una de ellas.
Le avisé a mi abuela que había terminado y me quedé en la cocina viendo tele un rato. Hacía mucho tiempo que no veía tele. Observé los dibujos animados. ¿A mí me gustaba eso? Un personaje sacó un libro, y me ahí es cuando me di cuenta de que no había leído nada hacía dos semanas. Dos semanas sin leer y no me había dado cuenta. No lo había hecho, no porque no tuviera tiempo o no me interesara, muchas veces pasó por mi mente la idea, pero no tenía ni las ganas ni el ánimo para hacerlo.
Subí a mi pieza, y tomé un libro que quería leer hace mucho tiempo. Por lo que leí de la sinopsis, se trataba de una chica que estaba en coma y cuando despertaba no sabía quién era, ni siquiera se acordaba de su familia, así que debía descubrirse a sí misma. Empezaba a ver el mundo de una forma diferente, tenía un romance muy tierno y que todos amaban. Romance. Palabra que no me agradaba. Esperaba algún día tener un romance lindo como los de mis libros, pero primero debía sanar y amarme. ¿Cómo amaría a alguien más, si no lo hacía conmigo misma? Simplemente no era una opción.
El resto de la tarde sucedió bastante tranquila. O así fue, hasta que mi mamá llegó. Qué capacidad tienen las mamás para hacer sentirnos mal. ¿No debería ser lo contrario? Llegó retándome porque, según ella, no estudié para una prueba de química y me fue mal. Le repetí mil veces que estudié una semana antes para esa prueba. No entendía que a veces podemos pasarnos días estudiando, pero, aun así, no nos va como queremos. Dijo que la culpa era mía, porque leía mucho, que por los libros había bajado mis notas. Quería gritarle que no sabía nada, que no se imaginaba cómo me sentía en realidad. Estaba insinuando que no había estudiado, la pregunta era… ¿cuándo no me había preparado para una prueba? No me iba a morir por haberme sacado bajo un seis. Cada vez que obtenía una nota baja me daba miedo contarlo. No debería tener miedo de una nota, ellas no me definían. La única que me definía… era yo. Nadie más. Probablemente eran importantes si quería estudiar medicina, pero si una vez me iba mal, se podía recuperar, no sería el fin del mundo.
Con ese hecho, mi buen día se pudrió, y el resto de los días fueron incluso peor.
El colegio se volvió un infierno. Vic solía juntarse con otras amigas suyas durante los recreos y yo me quedaba sola. Me preguntaba si me acompañaba, que le gustaba más mi compañía, pero yo me negaba y prácticamente la echaba para que se fuese con sus amigas. Hacía tres días que ya no hacía el reporte diario, me había cansado de hacerlo. Ella me contaba sus cosas y yo la escuchaba y leía, pero no podía fingir mi falta de interés. Así como iba la ahuyentaría, pensaba. Se aburriría y se marcharía, al igual que Jake.
Jake era mi mejor amigo, lo conocía desde los nueve años, y era mi persona favorita en el mundo hasta unos meses atrás. En ese entonces, yo ya me sentía así. Solía responder horas, incluso días después de que me enviaba un mensaje; le expliqué que no me sentía bien, que ni siquiera tenía ganas de leer un libro. Él sabía que yo amaba leer, y aun así no le importó. Me respondía cortante, y me evitaba en los recreos. No estábamos en el mismo curso, así que no fue tan difícil no verlo. Solía ser la persona que más me hacía reír. Su compañía era gratificante, pero yo empecé a alejarme y cuando él hizo lo mismo, no me importó en ese momento. Llevaba la culpabilidad de eso conmigo, y a pesar de lo que hizo, ese sentimiento me perseguía. Sentía que estaba haciendo lo mismo con Vic. La diferencia era que ella me seguía hablando, siempre me deseaba un buen día, y cuando estábamos en clases se juntaba conmigo, a pesar de que yo no le hablaba. El miedo de que se aburriera de mí me impulsó a abrir su chat.
Yo: ¿estás ocupada?
No tardó en aparecer su respuesta.
Vic: Pero mira quién ha decidido dejar de hacerme la ley del hielo.
Yo: No te estaba haciendo la ley del hielo, Vic, lo sabes.
Vic: Sí, sí, pero debía decirlo, ¿qué tal? ¿cómo te encuentras?
Yo: Perdón por no responder, prometo tratar de hacerlo más seguido.
Vic: Amanda, ¿qué pregunté yo? No te cuestioné por qué no respondes, entiendo que no estés en tu momento y no me importa, de hecho, empezaré a usar tu chat como lista del súper.
Yo: Perdón, pero no quiero que te alejes.
Vic: Alto ahí.
Vic: Yo soy Victoria.
Vic: No soy Jake.
Vic: Yo no me alejaré en cuánto vea que no me prestas atención. Me gustaría que me hablaras de vez en cuando, pero ya puedo hablar yo con la psicóloga.
Yo: Gracias. No sé qué hice para que fueras mi mejor amiga.
Vic: Basta de cursilerías, en serio, ¿todo bien?
Yo: Sobreviviendo, ya sabes :)
Vic: Sí, ya sé. Aunque nunca tan igual ;) bueno, descansa, nos vemos mañana. Por cierto… si te llegan mensajes de frutas es porque fui a la frutería y se me iba a olvidar :)
Y con ese último mensaje, apagué mi celular.
Estaba sentada observándolo de nuevo. Era una tentación muy grande. ¿Dolerá mucho? ¿Servirá para liberarme, aunque sea un poco? Había oído que las personas que se autolesionan lo hacen para aliviar el dolor emocional que sienten, porque el dolor físico es mucho más soportable y controlable que el dolor mental. Descarté la idea; esa vez no sería el día en el que la gota rebalsara el vaso.
Mientras veía Instagram, me escribió una niña de un colegio cercano al mío. Preguntó si me podía hacer unas preguntas para un trabajo. La conocía porque era amiga de la hija de una amiga de mi mamá, y estaba en una de sus juntas cuando yo fui. Me pareció simpática, así que intercambiamos Instagram. Se llamaba Constanza.
coni.retamal: Hola, Manda. Me pidieron un trabajo para Tecnología y debo hacer una encuesta a personas que no son del colegio y pensé en ti. ¿Te molestaría responderla?
manda.rodriguez: Hola, mándamela no más.
coni.retamal: Buena, gracias… ¿cómo has estado?
¿De verdad le interesaba, o era solo por educación?
Como vio que no le respondí, me mandó otro mensaje:
coni.retamal: La otra vez me pareciste muy simpática y no hemos hablado desde entonces. Esto era más una excusa para hablarte…
Aún me parecía sospechoso, pero decidí contestarle.
manda.rodriguez: La verdad, tú igual te me hiciste muy simpática… yo no he estado muy bien que digamos, he tenido mejores tiempos, ¿y tú?
coni.retamal: Oh, todos tenemos nuestros bajones a veces… yo tampoco he estado muy bien. Últimamente he sufrido ataques de pánico y ansiedad, por lo mismo, mis papás buscaron trabajo en otra parte y nos mudaremos a Chillán dentro de 3 semanas.
No creí que me estuviera mintiendo con algo así, creía que solo necesitaba hablarlo con alguien.
manda.rodriguez: ¿En serio? Wow, lo siento mucho. Espero que cuando te mudes puedas sentirte mejor. Si quieres, podemos seguir hablando… creo que nos hará bien.
coni.retamal: Muchas gracias. Y por supuesto que me gustaría seguir hablando contigo.
A partir de entonces, con la Coni hablábamos todos los días, era una persona muy alegre que se preocupaba por los demás. En poco tiempo pude conocer mucho de ella. Por ejemplo, su color favorito es el amarillo. Tiene un bulldog inglés que se llama Sofi, y le dice Sof. Vivió en Antofagasta hasta que cumplió catorce años porque allí estaba la familia de su papá, pero el año pasado se cambiaron a Concepción por el trabajo de su mamá. Tiene una hermana mayor que se llama Jimena, que estudia en Viña Del Mar y va todos los veranos a visitarla.
Luego de hablar dos semanas por chat, decidimos hacer llamada y escuchar su voz fue muy lindo. Tenía una voz muy dulce y tranquilizadora. Mi mamá sabía que hablaba con ella y decía que le gustaba que nos hubiéramos hecho amigas. La próxima semana se iba a Chillán y no alcanzaríamos a reunirnos, pero como nuestras ciudades estaban una hora en auto, esperaba que nos pudiéramos ver. Le pasé mi playlist para que la escuchara en el viaje y dijo que le encantó. Ya sabía prácticamente todo de mí. Era una persona con mucha empatía. Nos entendíamos.
En esas tres semanas que pasaron no había cambiado mucho, a decir verdad. La idea de utilizar el cortacartón siguió dando vueltas por mi cabeza, pero cada vez que pensé en utilizarlo alguien me interrumpía. El día anterior fue una llamada entrante de Vic. Quería que la ayudara a escoger el tema de su presentación; no sabía si hacerla de Stranger Things o Riverdale. Claramente le dije que escogiera la primera opción.
Yo haría esa presentación sobre el libro que estaba leyendo, que era el mismo de la otra vez: Descubriendo el mundo; quién diría que ese título tan corto guardaba mucho en su historia. Al final, ella logra recordar quién es, pero cuando lo hace no le gusta. Es egoísta, manipuladora, solo piensa en ella misma. Mientras trata de recordar, se da cuenta de que muchos la tratan con desprecio y ella no entiende el porqué. Aprende a ser amable, empática y solidaria. Aprende que tenemos que pensar en la persona que está al lado nuestro. En ese camino, conoce a Mike, él la ayuda a descubrirse a sí misma. Ella le está muy agradecida, pero lo que ella no sabe es que Mike sufre de depresión, y mientras ella construye su mundo, él trata de que el suyo no se derrumbe. Juntos descubren quienes quieren ser. Crecen como personas y aprenden mucho, y al final se salvan mutuamente.
Me preguntaba si alguien me salvaría a mí. En el fondo deseaba que alguien me salvara, y juntos saliéramos adelante. También tenía más que claro que eso solo pasaba en los libros y películas.
Miré una vez más el cortacartón azul que estaba en mi escritorio. Lo tomé. Era más suave de lo que parecía. Saqué un poco de cuchilla, la limpié con el alcohol gel que tenía en mi escritorio. No quería una infección, solo quería aliviar mi dolor. Pasé la cuchilla por mi palma, si lo hacía en mis muñecas iba a ser muy obvio. Me di cuenta de que la piel es tan fácil de cortar como el papel. Hice un poco más de presión y pude apreciar una gota de sangre. Lo pasé una, dos, tres veces más, hasta que tuve cuatro líneas rojas en mi palma. Me ardió, me dolía, pero no me arrepentía. Cerré y abrí la mano, sintiendo el dolor. Durante el resto de la noche no logré concentrarme en otra cosa que no fuese el dolor de mi mano. Pude sentir cómo la presión que me agobiaba disminuía y se escapaba por mis heridas. Las acaricié y cuidé que no se infectaran. No quería morir y no quería que se dieran cuenta de que hice aquello. No pude evitar pensar que había encontrado una forma de liberarme. Me prometí que nadie sabría de esto, ni Vic, ni Coni. No podían saberlo.
Estaba sentada en mi escritorio por lo que mi súper amigo estaba ahí mismo. Me llamaba. Lo tomé y volví a pasarlo por mi palma. Mientras lo hacía me escocieron los ojos. Recordé que hace un par de años, me decía a mí misma que nunca llegaría a eso. Yo jamás estaría tan mal como para dañarme, en busca de aliviar el dolor. Estaba muy equivocada. Mientras pasaba la hoja por mi piel pensé “nunca digas nunca”.
Seguía hablando con Coni. Seguía hablando con Vic. Ese día no tuve clases porque era feriado. Lo agradecí enormemente porque me sentía cansada. El vacío que sentía era cada vez más grande. Algo faltaba en mí y no sabía cómo llenarlo. No sabía qué faltaba.
Siempre había dicho que tengo un “puedo” y un “quiero”que se contradecían, impidiéndome ponerme a dormir durante toda la eternidad. Mis hermanos eran una razón. Mi mamá era otra razón. Vic era otra razón. No los podía abandonar, no les podía hacer eso, sufrirían mucho y yo no podía permitir eso. Ellos ya habían sufrido bastante, pero el deseo estaba ahí y siempre estará. Si me iba ahora, podrían sobrevivir, no tenía duda, pero jamás lograrían vivir con la pena. Se centrarían solo en eso y no podrían seguir adelante. No me iba a ir para que ellos sufrieran, no era justo.
Mientras pensaba en eso, recibí un mensaje de Vic:
Vic: Buenas, buenas, señorita Amanda. ¿Está usted disponle para una salida? Te paso a buscar en 10 minutos.
No le respondí. No era necesario. Vendría de todas formas. No sé qué se le ocurrió ahora, pero pasaríamos tiempo juntas así que no me molestaba. Sin embargo, estaba equivocada. No vino sola, trajo a sus amigas. Ahora sí que no quería ir. ¿Por qué vino con ellas? ¿No le dije que me sentía sola cuando se juntaba con ellas? Me traté de escapar con la excusa que me sentía mal. Eso simplemente la motivó a insistirme más porque sabía que estaba mintiendo; finalmente tuve que ceder a regañadientes. No entendía qué rayos hacía yo allí. Más encima dijeron que faltaban personas. Teníamos que ir a buscar a tres más. A los “machos” del grupo.
No sabía quiénes eran; fui sorprendiéndome a medida que los pasábamos a buscar. Primero pasamos por Max. No me cae mal, pero tampoco me cae súper bien. A simple vista creo que es tímido y vergonzoso, aunque hace un tiempo se extendió el rumor de que la tiene pequeña. Después fuimos por Marcos, que suele ser callado, por lo que no lo conozco mucho, solo sé que es el mejor amigo de Max. Y por último fuimos a por Sam, que dijo que iría con un amigo. Honestamente, me daba igual hasta que vi quién era. En cuánto su súper amigo se subió, me quería matar y odié a Vic por llevarme con ella, aunque por su cara de espanto pude adivinar que ni ella sabía que Jake estaría ahí. Vic se giró a mirarme rápido, pero con la misma velocidad con la que lo hizo se devolvió a su posición original, porque la mirada asesina que le lancé la debió asustar. Sabe que estaré enojada con ella, y sabe que esta vez no la perdonaré tan fácilmente.
Como el auto era más bien un furgón, y el único bendito asiento que quedaba disponible era el que estaba a mi lado, Jake se tenía que sentar ahí. Max se dio cuenta de mi incomodidad, y le dijo que él se sentaría conmigo para que así se pudiera ir con Sam. Cuando se sentó a mi lado no pude más que agradecerle.
—Gracias, no sabes lo que has evitado.
—De nada —dijo sin agregar nada más.
Vaya hombre de pocas palabras. Fue lo único que dijimos por el resto del viaje. Aún no sabía a donde nos dirigíamos, pero cualquiera que fuera el lugar lo odiaría igual.
Vi que nos dirigíamos a un parque al que solía ir con Vic antes. Cuando me bajé le di las gracias a su mamá por llevarnos y seguí al grupito. Yo iba más apartada, ya que no hablaba con nadie que no fuera Vic. Un par de veces Jake giró la cabeza para verme, pero yo lo ignoraba.
Las amigas de Vic eran Josefa, Mónica y Loreto. No hablaba con ninguna salvo Loreto, con ella había intercambiado un par de palabras de vez en cuando. Era simpática; tenía el pelo castaño claro, casi rubio oscuro, ojos cafés y unos labios grandes. Era muy bonita, aunque ella no pensara así; una vez me dijo que odiaba su pelo y sus ojos, que creía que era fea, le respondí que mi opinión no cambiaría la suya, pero que debía creerme cuando le decía que era bonita. Se giró a verme un par de veces y me dedicó una mirada de lástima. Odiaba las miradas de lástima.
En un momento se me desató el cordón de mi zapatilla y me tuve que quedar atrás para volver atarlo. Nadie me espero. Nadie, salvo Max. Se había dado vuelta para mirarme, y se dio cuenta que estaba agachada atándome el cordón. Paró y se acercó a mí. Ni siquiera Vic lo hizo, por eso me sorprendí tanto que él se diera cuenta. Cuando terminé, me paré y le di las gracias.
—No hay problema, además me estaba aburriendo de estar con ellos.
—¿No son tus amigos? —le pregunté.
—No es que no lo sean, pero a veces se ponen idiotas. Y Jake no me cae precisamente bien.
—El sentimiento es mutuo.
Tras un silencio incómodo, no me reconocí por lo que hice a continuación; procedí a sacar una conversación. Un verdadero milagro.
—Así que ¿tú tampoco sabías que Jake venía?
—No. Digo sí, sí sabía, pero Sam me comentó que tú venías, y pensé que las cosas entre tú y Jake no estaban precisamente bien… así que vine.
—¿Cómo sabes que entre Jake y yo hay algo?
—Bueno, no sé… pero lo asumí porque antes siempre estaban juntos, eran mejores amigos. Y se notaba. Y ahora… bueno, ahora ni se hablan. Todos nos hemos dado cuenta de eso.
Me quedé callada. ¿Qué iba a decir?
Seguimos caminando hasta que alcanzamos el grupo. No me había dado cuenta de que nos habíamos quedado tan atrás. Max no volvió con sus amigos, se quedó conmigo; Vic se dio cuenta y arqueó una ceja. Puse los ojos en blanco en respuesta. En ese momento hicimos un círculo; Max estaba a mi izquierda, siguiendo esa dirección estaba Loreto, Josefa, Mónica y Vic, luego estaba Sam, Marcos y… Jake a mi otro lado. Cambié de lado con Max al instante, por lo que Loreto estaba ahora a mi izquierda y Max a mi derecha.
Vic fue la primera en hablar.
—Bien. ¿Nos sentamos? Honestamente, ya me da flojera seguir caminando.
Nadie dijo nada, pero nos sentamos en el pasto. El silencio que había era demasiado incómodo.
Sam fue el siguiente en hablar.
—Bueno… ¿Qué hacemos? ¿Quieren jugar a algo?
Josefa dijo que jugáramos “yo nunca-nunca”, y el que bajara todos sus dedos primero, pagaría penitencia. Nadie se opuso.
—Como yo lo propuse, empiezo yo. Yo nunca-nunca he dado un beso de tres.
Claramente yo no bajé mi dedo, porque ni mi primer beso he dado. Sam, Josefa y Mónica bajaron un dedo.
Sam fue el siguiente.
—Yo nunca-nunca he dicho que voy a casa de un amigo y en realidad voy a una fiesta.
Jake bajó un dedo, al igual que Vic y Sam.
Me acordé de esa vez que me pidió que la cubriera, porque su mamá no le iba a dar permiso. No sé qué le pasó en esa fiesta, pero después no quiso ir a ninguna otra. Tampoco le he preguntado ni dicho nada al respecto. Sé que cuando quiera hablar del asunto lo hará. No voy a insistir.
Mónica fue la siguiente.
—Yo nunca-nunca le he robado alcohol a mis papás.
Nadie bajó un dedo.
—Yo nunca-nunca he hecho ghosting —dijo Jake mientras me miraba. Vic le dedicó una mirada asesina, pero él ni se inmutó.
Mierda. Fui la única que bajó un dedo. Mi turno.
—Yo nunca-nunca obligué a alguien a beber alcohol, a pesar de que ese alguien dijo repetidamente veces que no.
Mi ex mejor amigo me dedicó una mirada asesina y bajó un dedo.
Eso sucedió cuando nuestra amistad ya estaba muriendo. Celebró su cumpleaños en su casa. Hizo una fiesta y sus papás permitieron que hubiera alcohol en pequeñas cantidades. Yo no quería y él lo sabía, pero a pesar de eso me dijo que bebiera un poco, me negué repetidas veces hasta que dijo que lo hiciera por él, que si de verdad era su amiga bebería. No pude negarme, así que lo hice, luego de eso me hizo tomar tres vasos más. Luego de eso le hice ghosting y definitivamente dejamos de hablar, no quería saber nada de él. Nadie habló.
—Mmm… debo ir al baño—comentó Loreto, cuando ya había pasado tiempo de un silencio incómodo. Todos la miramos y ella se puso roja.
—¿Por qué te pones roja? —Sam tenía que hablar. Eso solo hizo que Loreto se pusiera más roja.
—Gracias por tu comentario innecesario. —Me dirigí a Loreto—. Vamos, yo te acompaño. Sé dónde queda.
El resto se quedó ahí sentado, mientras Loreto y yo nos alejábamos del grupo.
—Gracias—dijo después de un rato.
—No hay de qué, además ya estaba harta de estar ahí.
—Sí… —Después de unos segundos de silencio, me preguntó—: ¿Jake te obligó a beber alcohol?
Mi tema de conversación favorito.
—Así es, fue en su cumpleaños—respondí secamente, dando a entender que no quería hablar al respecto. Por suerte, Loreto era inteligente y lo entendió. Justo entonces llegamos a los baños.
—Te espero aquí—le dije.
Me pasé las manos por la cara, y dejé escapar un sonido de frustración. Quería irme de ahí. En el momento en que sentí una lágrima en mi mejilla escuché una voz:
—Hola…
Era Max. Me giré y me sequé la lágrima. Le dediqué una sonrisa forzada, no quería hablar.
—Me dieron ganas de venir al baño también. —No dije nada, así que siguió hablando—. Además, Vic se puso a gritarle a Jake y a Sam. No quería seguir escuchando sus insultos.
¿Por qué no me sorprendía que Vic hubiera hecho eso? ¿No podía quedarse callada, y dejar pasar el tema? Me volví a girar hacía el baño y me crucé de brazos. Max entró al baño de hombres. Cuando Loreto salió del baño ninguna dijo nada, y nos dirigimos hacia el grupo. El único sonido que se escuchó en el trayecto fue el de nuestras pisadas.
Cuando llegamos, Jake tenía una mejilla roja. Supongo que Vic le dio una cachetada. No pude ocultar una pequeña sonrisa, pero cuando Vic se dio cuenta, volví a mi cara seria de nuevo. Seguía enojada con ella. Vic informó que había llamado a su mamá para que nos fuera a buscar. Max llegó un tiempo después, me dedicó una mirada de disculpa, pero lo ignoré. Entonces me llegó un mensaje de Coni.
Coni: Hola, ¿qué tal tu día?
Yo: Horrible. De hecho, eres mi salvadora. Vic me dijo que íbamos a salir y pensé que seríamos ella y yo, pero vinieron sus amigas y otros tipos y entre esos tipos ¿adivina quién estaba? Sí, Jake. Me quería matar. Más encima jugamos Yo nunca nunca y sacó el tema del ghosting, y yo se lo devolví con lo de su cumpleaños. Después acompañé a Loreto al baño y ahora ya nos vamos. Ah, también hice más vida social con Max, pero los últimos minutos lo he ignorado :) ¿y tú? ¿qué tal?
Coni: ¡Qué desgraciado más grande! ¿Vic hizo algo?
Yo: Cuando volví del baño parecía que le había dado una cachetada.
Coni: Bien ahí… y ¿cómo es eso de Max?
Yo: Entre todo lo que te conté, ¿en serio me preguntas por Max?
Coni: Pues sí, no creo que quieras hablar del inútil de Jake y tampoco creo que sea momento de que expreses tu enojo por Vic. No me niegues que te enojaste porque te invitó sabiendo que no te llevas con sus amigos y porque le dio esa cachetada a Jake, aunque, entre nosotras, se la merecía.
Yo: Sin comentarios, me conoces muy bien.
Yo: Bien, te contaré sobre Max.
Coni: That’s my girl. ¿Cómo es? ¿De qué hablaron?
Yo: Primero, es mal alto que yo por unos centímetros, tiene el pelo castaño, pero no muy oscuro y lo tiene más largo por arriba que a los lados, pero la forma en que se lo peina le queda muy bien y se ve muy suave, ojos cafés y un poquito achinados, tiene la mandíbula un poco marcada y también tiene un aro en la oreja derecha.
Coni: Ya, pero yo me refería a su personalidad 😂… te gusta poco su pelo al parecer.
Maldita sea, sentí cómo me sonrojaba.
—¿Con quién hablas, que te sonrojas?
Sam y sus comentarios innecesarios. Lo ignoré, pero igualmente todos dejaron de hacer lo que sea que estuvieran haciendo y me miraron. Vic arqueó una ceja. No pudo importarme menos. En fin, seguí hablando con Coni.
Yo: Ay, cállate.
Yo: Primero se sentó a mi lado para que no tuviera que sentarme al lado de Jake. Después me acompañó cuando se me desató el cordón y ahí hablamos un poco. También se quedó a mi lado todo el rato luego de eso, porque se dio cuenta que estaba medio sola.
Coni: Ay, que tierno…pero ¿cuál es el problema?
Yo: El problema es que después del nunca-nunca fuimos al baño con Loreto, y cuando ella entró me puse a llorar y ahí llegó él y desde entonces no le he dirigido la palabra. Odio ser así. Más encima me dijo que sabía que había pasado algo entre Jake y yo, y no quería dejarme sola.
Coni: o:
Coni: Bueno, si quiere ser tu amigo entenderá que no siempre le hablarás, entenderá que tienes tus días malos... Mira, si quieres ser su amiga, hazlo, pero pon de tu parte y, antes que nada, explícale cómo te sientes. Y si acepta y se queda, bien, y si no, bien también, él se perderá tu amistad.
Miré a Max que estaba parado con las manos en sus bolsillos, y le dediqué una sonrisa sincera. Él me la devolvió.
Coni: Sé que tal vez tengas miedo de que suceda algo parecido a lo de Jake, pero créeme cuando te digo que no todos los chicos son así. Dale una oportunidad, hazlo por ti.
Yo: Sí, tienes razón. Y antes de que me digas que siempre la tienes, gracias. Eres una de las mejores personas que conozco, no sé qué haría sin ti.
Cuando llegó la mamá de Vic, me senté al lado de Max. Le pedí disculpas por mi actitud y me respondió que no tenía por qué darle explicaciones. Cuando por fin llegamos a mi casa y me despedí, le dediqué la mirada y sonrisa más sinceras que he dado en mucho tiempo.
Quizás volver a tener un mejor amigo no sea tan malo, quizás me ayude a mejorar, quizás salga mal, quizás sea peor que Jake, o ni siquiera congeniemos, pero hasta entonces solo me queda conocerlo. Porque quizás estoy equivocada, quizás este sea el inicio de una amistad sincera que me ayude a recolectar mis piezas y unirme de nuevo. Porque lo roto se puede volver a unir; las cosas rotas no siempre se pierden.
