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Se desata el apocalipsis. Las tensiones se desbordaron en un conflicto irreversible, dejando a la humanidad al borde de la extinción. Criaturas mutantes se esparcieron como una plaga, pero en medio de la desesperanza surgió el Proyecto Escarlata, un intento desesperado de dotar a los humanos de poderes para enfrentar esta amenaza. Ángel es solo un chico en la Colonia Esperanza, el último refugio de la humanidad en el sur de Chile. Es reclutado junto a un grupo de jóvenes, pero los demonios acechan en la oscuridad, se alimentan del miedo. ¿Podrán encontrar la fuerza cuando todo parece perdido? La batalla final ha comenzado.
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Seitenzahl: 619
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Post-apocalíptica
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Vincenzo Guazzini Guevara
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Camilo Palma
Corrección de textos: Gabriela Balbontín
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-30-8
ISBN digital: 978-956-6386-76-6
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
“Es la misma voz…”, se dijo a sí mismo, “pero no es tiempo de pensar en eso, debo seguir con el proyecto”.
Se levantó del sillón, se humedeció las manos y el rostro pálido y arrugado, tomó su delantal blanco y salió de la oficina. Se dirigió a la sala principal para reunirse con los altos mandos de la industria, que contaba con algunas autoridades del país. Cuando llegó a la gran sala, antes de golpear la puerta, se detuvo un instante para meditar una última vez sobre lo que las palabras de su sueño le decían. Esa voz debía ser producto del estrés. Rotundo golpeó la gran puerta y, cuando se abrió, entró sin vacilar.
Había alrededor de veinte soldados bien armados. Tras ellos estaban las autoridades acomodadas en unos asientos gigantescos para demostrar su alta jerarquía.
Aleister ya había pasado por aquella sala varias veces en su vida y no se sorprendió, más bien se preguntaba si pensaban, alguna vez, remodelar aquel anticuado recinto. Los asientos estaban conformados por los tres comandantes de las fuerzas de seguridad de la empresa: el general del cuerpo de infantería, la almirante de la marina y el general del aire; junto a ellos, el director de la agencia de seguridad interna y el director de la guardia; los otros cincos asientos eran de los accionistas con mayor peso, entre ellos, dos representantes del parlamento —una diputada y un senador—, un sujeto silencioso de corta edad , el gerente de la industria, conocido como el mayordomo, y el presidente de la compañía.
Todos lo miraron fijamente, no obstante, Aleister no se inmutó. Tras unos segundos de silencio, el presidente habló:
—Mi querido, Aleister, ¿cómo vas con el proyecto? —preguntó con una recalcitrante seriedad, que resonó en aquel salón.
—Todo va según lo estimado. Si seguimos así, en dos semanas estará concluido —respondió tajantemente el profesor.
—Eso suena bien, Aleister, sin embargo, debo pedirte que aceleres la fecha de término del proyecto —indicó sin rodeos y sin dejar de lado su talante serio.
—¡Pero, eso es imposible, no se puede hacer, el proyecto debe seguir su curso! —replicó con cierto recelo. No estaba preparado para dicha petición.
—Lo lamento, pero debes adelantar la fecha —insistió.
—Pero, ¿por qué? —Aleister comenzaba a exaltarse.
—Las superpotencias comenzarán la guerra en breve, y nuestro país debe estar preparado —el presidente hablaba tranquilo—. No es un secreto que quieren apoderarse de América Latina por sus recursos, en especial de nuestro país, para tener control de la mar del sur, y ellos tienen algo que nosotros no: mutantes… si aparecen esos monstruos, seremos aplastados de inmediato.
—Lo entiendo, pero… no se trata de querer acelerar el proyecto o no, eso es algo que no se puede cambiar, si eso fuera mínimamente posible, créame que hace tiempo lo habría ejecutado —Aleister sudaba a causa de los nervios.
—Se lo advertí, señor presidente, él no tiene las agallas para iniciar el proyecto, eso habla mal del científico más importante de nuestro país —intervino el general de infantería, pero el presidente le lanzó una mirada atemorizante que lo dejó en silencio de manera instantánea.
—Comprendo, Aleister, pero no tenemos más opción. El proyecto Escarlata es nuestra única esperanza —replicó el presidente.
—Debió invertir el dinero en misiles nucleares en vez de esto —intercedió el senador.
—No, eso solo traerá más problemas, es mejor recurrir a un medio alternativo y más seguro —dijo la diputada con apacibilidad—. Las consecuencias ambientales serían desastrosas.
—¿Desde cuándo a usted le preocupa el medioambiente? —cuestionó el otro congresista.
—¡Silencio! Las armas nucleares podrían generar graves consecuencias. ¿O acaso olvidaron el parque radioactivo de Asia? —Cuando el presidente dijo aquello, todos en la sala bajaron la mirada—. Además, quedan pocas armas nucleares en el mundo, las cuatro grandes superpotencias las controlan, y si las llegasen a usar, podría ser nuestro fin, es por eso que debemos iniciar en dos días más el proyecto Escarlata.
Mientras las autoridades discutían, la voz angelical resonó nuevamente en Aleister, que repetía sin cesar no lo permitas.
—¡Cállate! —gritó Aleister, y todos lo quedaron mirando. Tras un breve instante, se reincorporó—. Lo siento, no me refería a ustedes.
—Al parecer nuestro científico se está volviendo loco —espetó a modo de burla la Almirante.
—No, siempre ha sido así —señaló el general del aire, en un tono poco agradable.
—Escuche —dijo Aleister—. Haré lo posible por acelerar el procedimiento, pero no prometo nada. Forzaré el inicio. En dos días más el proyecto Escarlata se dará por finalizado y comenzará su ejecución, pero… si algo llegase a salir mal… ustedes serán los responsables. Ahora, si me permiten, tengo un proyecto que terminar.
Aleister salió rápidamente de la sala para regresar a su oficina. Aquella asamblea le había provocado náuseas y dolor de cabeza, y fue al baño para vomitar lo poco que había comido al almuerzo. Mojó su cara y regresó a su escritorio para revisar los archivos del proyecto Escarlata que ya llevaba tres años. Se dio un tiempo para reflexionar sobre si podía acelerarlo, y concluyó que no tenía otra opción.
Miró por la ventana el cielo del atardecer escarlata durante varios minutos, con la mente perdida en las nubes, hasta que de pronto creyó ver una nube con la forma de un ángel melancólico, como si sollozara por un lastímero infortunio, algo como la muerte de un ser querido… Ya era suficiente, era hora de trabajar.
Tardó unos minutos en llegar al complejo mayor de las industrias Dexir (Departamento de Ingeniería y Recursos), una industria científico—militar, disfrazada de carácter científico, que funcionaba hacía cinco años, oculta en la cordillera de los Andes. Cuando los científicos advirtieron su llegada, suspendieron sus actividades para poner atención al científico en jefe. Aleister comenzó a sentir remordimientos por tener que darles aquella infausta noticia.
—Lamento informarles que el proyecto Escarlata deberá apresurar su finalización. Por orden del consejo presidencial, en dos días más tendrá que estar terminado.
Se mostraron en desacuerdo. Si se apuraban, todo estaría en peligro, pero no había opción. Una orden era una orden, y desafiarla no era una posibilidad.
Luego de demostrar su malestar, siguieron trabajando y forzaron los cálculos para terminarlo en dos días. Aleister también se puso a trabajar en ello, su labor sería trascendental para culminar el proyecto de modo forzado. Se puso su traje.
Después de toda una noche de trabajo, Aleister descansó unos momentos mientras sus colegas seguían trabajando. No se detendrían hasta terminarlo. Se preparó un café, tomó unas galletas de mantequilla y se sentó en una mesa cerca de la ventana. Luego, se dirigió a su despacho. Aquel complejo era mucho más pequeño que su oficina en el edificio administrativo, pero al menos tenía un lugar para conversar a solas. Se sentó en una silla pequeña que le provocaba dolores en su espalda, dejó el café a un lado con las galletas, y encendió un ordenador que llevaba un año de reposo. Afortunadamente seguía funcionando, algo lento, pero marchaba. Luego de un rato, comenzó a quedarse dormido, y la voz volvió a susurrar.
Detente, Aleister, detente… no dejó de repetirlo hasta que Aleister despertó otra vez. Quiso averiguar qué decía aquella voz, pero no podía escucharla, decidió volver a cerrar sus ojos con la esperanza de que aquella dulce y a veces aterradora se volviera a manifestar. De hecho, la voz volvió a susurrar las mismas palabras.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —preguntó el científico que cada vez estaba más agitado.
—Ya te lo dije, quiero que lo detengas.
—¿Qué detenga qué?
—El caos…
—¿Qué caos?
—Ya sabes a lo que me refiero.
—El proyecto Escarlata no es un caos, es nuestra única esperanza.
—No… es la esperanza de ellos, para su propio beneficio.
—Pero si no se concreta, muchas personas morirán. Quizás buscan mantener sus privilegios, pero… también salvarán a muchas personas.
—No si lo utilizan a su manera.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué crees que quieren acelerarlo?
—Porque… porque… —el científico se quedó sin palabras.
—La guerra comenzó hace tiempo, la paz que por un siglo reinó se acabó desde que comenzó, solo fue una pausa, nunca hubo tal paz —dijo aquella voz que tomó la forma de una ángel alta y luminosa, de cabello rubio, ojos celestes y piel pálida. Parecía de unos treinta años, y de su espalda florecían unas pequeñas alas destellantes—. Ellos quieren este proyecto para eliminar a las potencias y quedarse con sus riquezas.
—¡Pero no podemos vencer a las superpotencias! Además, antes habías dicho que hubo paz, ahora dices que no la hay o que no hubo… cada vez estoy más confundido, no entiendo… —dijo Aleister pestañeando con dificultad. Aquel ser emitía una fuerte luz.
—Fue una paz camuflada, hubo calma, sí, pero tarde o temprano esto sucedería, lo sabíamos cuando los ayudamos, pero debíamos correr el riesgo. Ahora tú puedes darle un respiro a la humanidad.
—¿Respiro?
—Ellos pelean sus guerras con monstruos, pero ya no tienen armas, los misiles nucleares que dicen tener ya no existen. Sin embargo, con esos seres bestiales pueden dar más pelea que con esos misiles. El problema es que llegará un día en que no podrán controlar a esos monstruos, así fue como cayeron varios países europeos.
—En ese caso, el proyecto Escarlata eliminará a esos monstruos mutantes.
—Pero tan solo para sustituirlos con los propios… no, Aleister, no es la esperanza, eso es culminar con la existencia humana.
—En ese caso, ¿por qué no hacen algo ustedes, los ángeles?
—Porque no es nuestro deber. Además, ya hemos interferido lo suficiente para salvarlos, no estamos en condiciones de volver a hacerlo.
—¿A qué te refieres?
—A que ya no podemos hacer nada por ustedes más que esto: intentar convencerte. —Su figura comenzó a esfumarse.
—¡Oye, espera! ¿A dónde vas?
—Aleister, por el bien de la humanidad: ¡Destruye el proyecto Escarlata! —dijo antes de desaparecer completamente.
—¡No, espera, oye, no puedes irte, aún tengo más preguntas, espera!
Cuando dijo aquello, aquel ángel ya no estaba, el tiempo se había acabado, y él debía despertar. Tenía el traje adherido a la piel por el sudor, el estrés ya no daba tregua. Se fue a las duchas para deshacerse del sudor. El agua tibia escurrió en su piel, desprendió cada gota de sudor y relajó todos sus músculos. Por fin encontraba algo de tranquilidad. No obstante, ya era hora de pensar en la conversación.
¿Por qué el proyecto Escarlata sería el fin? ¿No había una manera de que el proyecto no fuera infausto? ¿Cómo era posible que algo en lo que llevaba tanto tiempo trabajando fuera una maldición? No halló ninguna respuesta a aquellas interrogantes, solo estaba seguro de una cosa: adelantar la culminación del proyecto no era bueno, pero para su infortunio, aquella decisión no le correspondía. Era irrevocable.
¿Cuáles serían las consecuencias? ¿Podría la humanidad seguir su curso? ¿O significaría el caos absoluto? ¿Reinaría la luz o la oscuridad? Aquellas preguntas no paraban de atormentarlo, temía por el futuro de la humanidad, temía por su propio futuro. ¿Estaría dispuesto a cargar con aquella presión? ¿Podría sobrellevar la carga de la humanidad él solo? Solo una cosa podía tranquilizarlo: volver a dormir para encontrarse con ella otra vez, pero nada le garantizaba que volviera a aparecer. Retomó su trabajo.
Eran las tres de la tarde, cuando almorzó algo muy rápido, un sándwich que le abrió aún más el apetito, ya no había modo de sentirse mejor en esas circunstancias pues la incertidumbre reinaba en su cabeza, y solo quedaban 24 horas para concluir el proyecto. Se puso manos a la obra.
Mientras trabajaba, pensaba en posibles preguntas que podía hacerle a aquel ser angelical que en su inconsciente le atormentaba, aquello lo ralentizó en su labor, y los científicos restantes, que habían notado que su jefe actuaba diferente a lo habitual, no repararon en completar su ineficiente labor. Aleister estaba pasando por una crisis existencial que podía ser crucial para el destino de la humanidad. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿Qué sucede si inicio el proyecto Escarlata? ¿Y qué pasaría si no lo hago? Esas preguntas solo podían ser respondidas por aquel ser angelical.
Luego de que buena parte de su labor la concluyeran los otros científicos, tomó una nueva pausa. Ya llevaba más de un día sin dormir bien, y como quedaban pocas horas para la finalización del proyecto Escarlata, intentó una vez más contactar con aquel ángel. Se dirigió a una de las bodegas de la instalación, tomó un colchón nuevo, y se recostó sobre él, quizás la relajación le permitiría un sueño más profundo, y pensó que entonces podría tener más posibilidades de que apareciera ella.
Se cubrió con unas mantas gruesas, había encendido una estufa a gas, y con el calor que se generó en medio de aquel frío cordillerano consiguió el sueño y se adentró en el profundo mundo del subconsciente. Apareció en un lugar hermoso, su hogar en Villarrica. Estaba sentado observando el volcán, cuando de pronto entró en sí y recordó que estaba en aquel sueño para contactar con aquel ángel. Miró hacia ambos lados, giró hacia atrás, y comenzó a gritar la palabra ángel.
—¡Ángel! ¡Necesito respuestas! —dijo Aleister—. Por favor… —insistió en voz baja, como si hubiese perdido la esperanza, cuando de pronto apareció a lo lejos el ángel. Se detuvo frente a él a cierta distancia, y le preguntó:
—Aleister ¿Has decidido qué harás?
—Yo… necesito que me des más respuestas… por favor, respóndeme. —Tenía la voz temblorosa.
—Queda poco tiempo Aleister, tendrás que hacer pocas preguntas —advirtió con su rostro hierático.
—¿Quién eres exactamente? —Aleister sabía que debía hacer las preguntas más importantes—. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Nova, soy la arcángel de la vida, la líder de las tropas angelicales —reveló aún solemne ante un impactado Aleister.
—¡Tú eres Nova!, pensé que todo eso era un simple cuento infantil —Aleister meditó bien sus palabras—. Entonces, ¿existen los arcángeles?
—Así es, un hombre de ciencias como tú no lo comprendería, pero esta es la realidad.
—Pero, si eres real, si son reales, ustedes son lo suficientemente fuertes como para intervenir en esto. ¿Qué puede hacer un humano ante un ángel? Antes me habías dicho que iban a intervenir —espetó con actitud crítica.
—Así es, pero no podemos ahora, nuestros cuerpos sufrieron mucho al intentar dar paz al mundo hace un siglo, quedamos tan dañados que aún no podemos entrar en el mundo humano, por eso intervengo en tu subconsciente —dijo sin cambiar su expresión atemporal—. Pero si se llega a descontrolar la situación, tendremos que intervenir apenas estemos recuperados, y tendremos que acabar con la humanidad, y todo lo que compone este mundo.
—¿Acabar con el mundo? No entiendo nada —Aleister estaba perdiendo la compostura.
—El proyecto Escarlata, en el cual has trabajado todo este tiempo, solo traerá mal a este mundo, creará monstruos peores que aquellos que poseen las superpotencias, traerá males que asolarán todo cuanto te rodea, y ya nadie podrá detenerlo, a menos que impidas su ejecución.
—¿Qué hará exactamente el proyecto Escarlata?
—Oscuridad, una oscuridad que se extenderá por el mundo como plaga, quizás haya humanos que puedan sobrevivir y resistir, pero no durarán mucho —cuando Nova dijo aquello, Aleister se sintió algo mareado.
—Yo… no entiendo… ¿Cómo es posible? El proyecto Escarlata brindará poder a los humanos para enfrentar a los monstruos…
—Así es, pero si lo aceleran, todo podría acabar mal, y la oscuridad renacerá, y no tendrá freno.
—Pero… ¿Por qué ustedes no hacen algo?
—¿No te lo dije ya? Por eso recurro a ti, aún no podemos entrar en este mundo—Nova tomó una breve pausa—. Aleister, ya debo irme.
—Una última pregunta. —Aleister pensó bien—. ¿Existe una posibilidad de iniciar el proyecto Escarlata y lograr salvar la humanidad?
—Nosotros no controlamos el destino. Sin embargo, logramos descifrar una parte de él.Eso no lo puedo afirmar, pero si el proyecto estuviera en las manos correctas, existiría esa posibilidad, no obstante, los líderes humanos se han encargado de eliminar esas manos. La esperanza ya no es un recurso de alivio, la esperanza ya no existe para la humanidad, a menos que… canceles el proyecto.
—¿Moriré?
—No lo sé, pero es probable —Nova comenzaba a desintegrarse—. La humanidad recae en tus manos Aleister, ya es tiempo…
Aleister se quedó sentado contemplando el suelo, luego alzó su mirada para apreciar el cielo, quizás era la última sensación de armonía que podría sentir. Una vez despertara, solo habría caos, pues el destino de la humanidad recaía en él.
Se levantó acalorado, con cierta lentitud propia de su edad, apagó la estufa y volvió a las instalaciones. Quedaban algunas horas para finalizar el proyecto y ejecutarlo. El proyecto estaba casi terminado, con consecuencias de salud grave en varios científicos, dos de ellos al borde de la muerte, pero estaba tan concentrado en su misión, que ni siquiera le importó. El proyecto se dio por terminado.
Aleister se presentó nuevamente ante el consejo presidencial. Las mismas autoridades estaban allí, incluyendo los veinte soldados que aguardaban su llegada. Cuando informó al consejo sobre la finalización del proyecto, las sonrisas ambiciosas y pretenciosas no tardaron en manifestarse. El presidente solo esbozó una mueca de aprobación a Aleister.
Ante la petición del presidente, Aleister procedió a explicarle nuevamente al consejo la consistencia del proyecto Escarlata:
—El proyecto Escarlata consiste en la creación de una fuente de energía que, si la introducimos en los humanos, podría darnos el poder para hacer frente a los mutantes sin problemas. Específicamente, probaremos el experimento con los mercenarios mejor capacitados para ver cuánto puede resistir un ser humano, serán nuestros conejillos de indias. Esa fuente permitirá que los humanos tengan energía dentro de sus cuerpos, y aunque no lograrán manifestarla con su mismo cuerpo, se les entregarán armas que reconocerán un patrón energético y transformará tal energía en algún elemento, compuesto, o cualquier sustancia que le permita luchar. Por ejemplo, si tomamos a un soldado e introducimos tal energía, esta se quedará dentro de su cuerpo uniéndose a su energía vital. Esta energía la introduciremos a partir de nanotecnología, no obstante, el soldado no podrá manifestar poder alguno, por ende, le entregaremos un arma a su elección antes de ser sometido. Pensemos que es una espada. Esta espada tendrá un chip que reconocerá los nanobots dentro de él. Entonces comenzará a absorber la energía de su cuerpo a través de los poros de la piel, y la materializará en algún poder, el cual puede ser, por ejemplo, fuego. En tal caso, el soldado generará fuego por medio de la espada.
Tomó una pausa para beber un poco de agua. El general del ejército aprovechó para cuestionar al científico:
—¿Y qué sucederá con sus cuerpos? ¿Podrán ser tan rápidos y fuertes como los monstruos?
El joven directivo que permanecía callado se sumó a las preguntas:
—¿Qué sucede si se acaba la energía?
Aleister comenzó a responder:
—Bueno, en primer lugar, sí, serán tan rápidos y fuertes como un mutante, incluso más. Quizás un monstruo tenga más fuerza para mover un camión, pero el Proyecto Escarlata permitirá que los humanos puedan destruir ese camión y al monstruo. Es como si colocaran un exoesqueleto, pero mil veces mejor, a tal punto que le harán ser un chiste frente al proyecto. Tan solo pensemos en lo que podría hacer un humano frente a un monstruo ahora mismo… el soldado sería destrozado, ni siquiera la distancia lo salvaría; ahora imaginemos al mismo soldado con el Proyecto Escarlata frente al mismo monstruo, sin duda la distancia no sería necesaria, no necesitaría un arma de fuego, con su espada, o el arma que sea, puede contrarrestar a los mutantes como si fuera otro soldado, podría cortarlo a la mitad. El único límite sería su propia capacidad como soldado. Respecto al tiempo de duración la energía, será de acuerdo a la capacidad que el soldado tenga para administrarlo. Esto quiere decir que, a medida que el soldado gana experiencia, la energía crecerá porque la fuente crecerá, por ende, podrá usar más; pero si el soldado no tiene aún suficiente espacio, la energía se agotará rápidamente. Un buen entrenamiento y unas cuantas peleas podrían ser necesarias para que la fuente se extienda lo suficiente y un soldado pueda vencer a varios monstruos con facilidad. Y sí, la energía se puede recuperar, es inagotable en ese sentido, pues si usa toda su fuente, no perderá la energía, sino que, al ser parte de su energía vital, la recuperará con descanso, es como si se estuviera recargando un aparato electrónico. Esto es posible debido a que el Proyecto Escarlata permite a los soldados transformar la energía vital en energía, la cual podríamos llamar… éter… éter suena bien.
El consejo aplaudió con bastante pujanza, pero el rostro de Aleister permaneció consumido por la incertidumbre, fatigado por el intenso trabajo y vacío por la posible ausencia de futuro. Cuando dejaron de vitorear al científico, el presidente hizo una última pregunta: ¿Qué sucedería si el proyecto fracasase?
El científico, macilento aún, con el poco aliento que le quedaba, respondió ante el estupefacto consejo:
—El proyecto no debe fracasar.
Acto seguido, el presidente levantó la sesión para dar inicio al proyecto.
El consejo, resguardado por los veinte soldados y guiados por Aleister, se dirigió a las instalaciones donde estaba la materialización del proyecto Escarlata. El ambiente era lúgubre. Luego de tanto trabajo, los científicos caminaban moribundos por las instalaciones, lo único que los motivaba era ver el resultado del tan ansiado proyecto por el que se habían esmerado en pro de sus esposas, esposos e hijos, pues el amor era una fuente de energía tan potente, que incluso les permitía volver a la vida para seguir trabajando por un mejor futuro…
Una vez frente a la bodega donde se estaba desarrollando el proyecto, Aleister observó detenidamente a sus trabajadores esperanzados en aquel sueño, y no pudo evitar sentir lamento por aquellas almas inocentes que pensaban en sus familias. Aunque no se caracterizaba por su empatía, pudo sentir algo semejante al dolor, pues de cierto modo él era el responsable. El científico abrió la gran puerta e invitó a todos a entrar, desde donde vieron el imponente centro de energía.
Aleister nunca había visto tanta ambición junta, la avaricia reflejada en los ojos del consejo brillaba de tal modo que, por un momento, cerró los ojos. El presidente, hombre de unos cincuenta años, de cabello canoso y peinado, ojos verdes y tez blanca, de actitud tosca e imponente, sintió cómo su cuerpo recuperaba el vigor de sus treinta, con una vibración escalofriante que recorrió su cuerpo con gran velocidad. Una carcajada resonó en aquel inmenso lugar. El resto del consejo se unió con más risas. Aquello les pareció sospechoso a los científicos, en cambio Aleister ya sabía de qué se trataba.
Cuando las risas acabaron, el presidente se dirigió a Aleister.
—Querido Aleister, es hora. —Aleister dejó caer un suspiro estremecedor, sacó sus manos de los bolsillos, se colocó el delantal, y ordenó a los científicos que comenzaran la ejecución del Proyecto Escarlata.
El centro de energía era una enorme esfera, dentro de la cual flotaban objetos redondos más pequeños. Esta gran esfera estaba sostenida por un mecanismo metálico, cuyo movimiento era guiado por engranajes que danzaban a su alrededor.
Uno de los científicos hizo una señal, dando a entender que movería la primera pieza. Aleister volvió a suspirar, y por su mente se cruzó Nova y su advertencia, era tanta su preocupación que incluso creyó haberla visto con sus propios ojos, pero ya no había marcha atrás, el proyecto se estaba iniciando. Lo único que pensó fue en haber dejado sellada su caja fuerte con sus últimos escritos.
Cuando ya habían comenzado a girar las piezas, las esferas menores comenzaron a agitarse. El consejo observaba con codiciosa alegría aquella imagen, sus pulmones parecían absorber maldad pura, sus rostros se estaban transformando. Los científicos se daban señales entre ellos para dar cuenta de los pasos que debían seguir y ver qué tal funcionaba. De momento no había ningún problema, todo estaba en orden tal y como tenían calculado. Aleister prestaba atención a cada detalle, preparado para lo que pudiera suceder, incluso para la muerte.
De pronto, una luz escarlata comenzó a brotar de la esfera menor, un pequeño destello se produjo, generando alegría en los científicos humildes y, desde luego, al consejo. Todos observaban con impresión, algunos vitoreaban por aquella luz de esperanza escarlata, pero Aleister ni siquiera intentó simular una sonrisa. Cuando todos estaban extasiados por el aparente éxito del proyecto, lo impensable comenzó a suceder.
El destello parecía estar intentando salir con fuerza, como si una gran cantidad de energía quisiera escapar. Los científicos se apresuraron en tratar de contenerla, si lo lograban, quizás podrían evitar algún fallo, y así no se vería truncado. Aleister dio órdenes para intentar controlar la situación, pero no hubo posibilidad alguna. El destello brotó con fuerza rompiendo las esferas que lo contenían, la única protección era la esfera mayor, pero una vez rota, ya no habría vuelta atrás. Las grandes piezas de metal comenzaron a desprenderse, las instalaciones se estaban yendo abajo, pues la energía estaba causando un fuerte temblor. Aleister ordenó la evacuación de las instalaciones, los científicos estaban huyendo a excepción de unos pocos que intentaban contener la energía, pero una energía de tal magnitud no podría ser controlada.
El consejo se quedó quieto esperando lo inevitable, todo iba como ellos mismos querían. Aleister los miró, y sintió tanto pavor como repulsión hacia ellos, la ira lo estaba invadiendo mientras seguía intentando evitarlo. No dejaba de pensar que Nova tenía razón, pero a la vez ignoraba aquello y seguía luchando por evitar el fallo. Aún tenía esperanza de que el proyecto se ejecutara sin problemas. Los científicos movían palancas y apretaban botones para sellar la esfera, pero era prácticamente imposible, por lo que determinaron derribar la bodega para cubrirla. En ese momento, el presidente le dijo a Aleister que se rindiera, el proyecto iba tal cual ellos planeaban.
—Gracias, Aleister —dijo con sarcasmo el ejecutivo.
Aleister simplemente ignoró aquellas palabras y siguió en su encrucijada.
La esfera no resistió más, el gran objeto explotó y una gran cantidad de energía emanó hacia el cielo, una energía escarlata que se perdía en un atardecer del mismo color. Los científicos alrededor cayeron muertos por el impacto, aquellos que intentaban evacuar comenzaron a caer y a experimentar convulsiones en el suelo. Aleister cayó de bruces contra la superficie luego de rodar por la escalera, pero aún estaba consciente, al menos lo suficiente como para presenciar la personificación de la maldad.
El consejo presidencial comenzó a sufrir una metamorfosis, sus cuerpos se estaban volviendo grises, opacos, pálidos, un aura oscura brotaba alrededor de ellos mientras la luz escarlata seguía entrando por sus ojos y su boca. La maldad los estaba poseyendo, la energía los estaba transformando en seres demoniacos horribles, sus ojos se tornaron negros, sus rostros reflejaban odio y orgullo, la alegría de haber logrado su propósito. Se alzaron imponentes y apreciaron por un gran momento sus nuevas formas mientras la energía escarlata seguía emanando por el cielo y los alrededores. Mientras estaban distraídos apreciando el mal, Aleister seguía observando macilento, cuando entonces un joven soldado de ojos azules aún esperanzados, cabello negro y corto, se acercó a Aleister en silencio.
—¡Señor Aleister, señor Aleister! ¿Está usted bien? —dijo el joven con preocupación.
—Tú, ¿cómo sobreviviste? —dijo desorientado el científico.
—No hay tiempo, ¡debemos irnos de aquí!
—¡No!Hay tiempo, pero no para mí —dijo mientras hurgaba con lentitud el bolsillo interno de su chaqueta—. Ten esto —le dijo pasándole una llave.
—¿Qué es esto? —preguntó con vacilación el joven.
—¡Es esperanza! Ahora vete a mi oficina, 1-3-5-7-9-0. Recuerda eso, muchacho. ¡Ahora vete! —dijo Aleister.
El muchacho se apresuró a la oficina del científico, sabía que algo debía tener allí para usar la llave. Aleister quedó tirado en el suelo, su vida ya había acabado. Antes de cerrar sus ojos, los demonios, que antes eran el consejo presidencial, comenzaron a reírse a carcajadas mientras el escarlata seguía emanando. Aleister los escuchó y ellos sintieron su mirada y notaron que estaba vivo. El mismo presidente, o lo que antes fue el presidente, se acercó a él:
—Mi querido Aleister, morirás sabiendo que la humanidad cayó por tu creación, ahora descansa, no… sufre en la eternidad del caos. —Al terminar su frase, comenzó a sonreír. Aleister miró tras él, los demonios aún gozaban de su nuevo poder, cuando de pronto, Aleister vio a Nova, que lo miraba con compasión. Acto seguido, Aleister cerró sus ojos para siempre.
Ahora los demonios se preguntaban entre ellos qué es lo que harían primero. El antiguo presidente respondió:
—Primero, olvidaremos nuestro pasado, luego crearemos nuestro ejército. ¡Mi nuevo nombre será Darkian Darkenos, amo de la oscuridad!
Ángel estaba aburrido en el salón de clases mientras el profesor hacía su trabajo, prefirió mirar por la ventana y ver a la gente pasear y disfrutar de aquel lunes tan agradable, luego observó su propio reflejo, un rostro blanco de ojos azules, cabello celeste natural, nadie sabía por qué era de ese color, ni siquiera él mismo, lo que lo convertía en el centro de atención, tenía una mirada desganada, solo quería estar durmiendo en su plácida cama. Mientras apreciaba la calle, su profesor de lenguaje, un caballero canoso de unos cincuenta años, conocido por su mal carácter, le llamó la atención:
—Ángel Parraguirre, ¿qué piensa usted sobre el libro que estamos comentando? —preguntó el profesor con calma.
—Yo… creo que es… interesante —dijo sin tener idea de cuál era el libro que debía comentar, y sus compañeros se rieron—. Es muy interesante.
—¿Por qué? ¿Por qué cree usted que es interesante? ¿Acaso su relato ligero de leer es lo que le causa interés? ¿O quizás la trama fantástica y emotiva, tan épica, que nos hace perdernos en cada escena de aventura y conectarnos con cada personaje? —preguntó el profesor.
—Creo que… no es tan… ligero —respondió vacilante, mientras sus compañeros seguían disimulando risas.
—Dígame, alumno Parraguirre. ¿Cuál es el nombre del libro? —el profesor, que ya había notado que no prestaba atención, decidió ir al grano.
—No lo sé, profesor —confesó luego de un breve silencio.
—El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, señor Parraguirre —dijo el profesor, lanzando una mirada penetrante, que rápidamente caló en Ángel, quien quedó cabizbajo—. Aunque logró acertar en que no es tan ligera, no pudo elaborar una crítica, eso es lo que sucede cuando no presta atención. ¿Debo recordarle que ya está en segundo medio y tiene dieciséis años? Ya es hora de que comience a madurar.
Ángel continuó mirando por la ventana mientras el profesor proseguía con su clase, y a los cinco minutos el timbre indicó el comienzo del segundo recreo. El profesor fue el primero en salir, luego le siguieron la mayoría de los estudiantes. Ángel se había quedado sentado esperando que todos salieran y, cuando la sala estaba casi vacía, se levantó de su asiento para salir al patio. Pero cuando se disponía a abandonar el salón de clases uno de sus compañeros lo interceptó:
—¿A dónde vas, rarito? ¿Vas a tomar aire para que tu cabello celeste no se vuelva más oscuro, cielito? —le dijo el chico alto, de cabello negro y corto, ojos marrones y tez blanquecina, cuyo nombre era Manuel. Otros tres compañeros se rieron.
—Quítate —se limitó a decir Ángel.
—Oh cielos, el cielito se puede enojar y su cabello se tornará negro. ¿Qué harás? ¿Vas a golpearme, cielito? —le respondió Manuel.
—No lo haré, prefiero golpear al que te ordenó molestarme —espetó mirando al fondo del salón, donde estaba un chico pelirrojo, de cabello un poco más largo de lo permitido y desaliñado, de ojos verdes y fría mirada.
—Eres listo, cielito —comentó el chico pelirrojo llamado Jonathan Bastidas, y dejó caer una sonrisa engreída.
—Quítate —volvió a decir Ángel al chico alto frente a él.
—Tendrás que golpearme, cielito.
—Ya te dije que no golpeo a pérkines.
El chico se enfureció.
—¿Qué dijiste, cielito? —Se precipitó haciendo ademán de golpearlo.
Ángel le propinó un golpe en la cara derribando a aquel chico que lo superaba por varios centímetros. Cuando vieron eso, los otros dos muchachos al lado de Jonathan sacaron dos objetos en forma de bate que escondían tras un estante, pero el chico pelirrojo, que no se había inmutado, ordenó a sus compañeros a detenerse, orden que obedecieron sin reparo. Ángel salió de la sala con tranquilidad, sin siquiera mirar al chico que yacía en el suelo quejándose de aquel golpe.
Luego de pasar al baño a remojar su cara y sus manos, bajó al patio de la escuela con las manos en los bolsillos del uniforme. Estaba lleno de chicos corriendo por todos lados y jugando. Se acercó a un rincón donde había una banca y se sentó en ella como lo hacía casi todos los recreos, pues era un chico solitario, prefería estar solo antes que mal acompañado. Permaneció allí por varios segundos, observando a los niños jugar con una especie de balón hecho de hojas de cuaderno y envuelto en cinta adhesiva para darle consistencia y durabilidad, otros corrían de un lado para otro jugando a “la pinta”, o tocando la espalda de un compañero para luego perseguirlo. También recorrió con su mirada los pasillos superiores donde se dispersaban jóvenes conversando, contando chistes, o simplemente se alejaban para poder besarse y evitar ser vistos por los profesores y alguna de las dos inspectoras de patio que, a pesar de ser gritonas y gruñonas, las apreciaban.
Estaba tirado en la banca con su espalda apoyada en la pared y sus manos en los bolsillos, mirando con desgano al resto de la escuela, pensaba en pocas cosas, entre ellas se cuestionaba el hecho de que le tocara una vida tan solitaria, le habría gustado tener un padre y una madre que lo cuidaran y lo amaran. En lugar de ello vivía en un hogar mantenido por el ejército consular, que parecía más en un hotel de la peor calaña que una casa. Mientras estaba embobado en sus pensamientos, el timbre sonó para indicar la hora de entrar a clases. Se levantó con desgano de la banca y un chico gritó fuerte su nombre mientras se acercaba corriendo a él. Ángel miró hacia su izquierda y vio al chico correr hacia él, pero no tuvo tiempo para reaccionar y aquel chico apresurado se estrelló contra él y ambos cayeron al suelo.
—¡Ángel! Te estaba buscando por todos lados. ¿Acaso te pasarás toda la escuela en esa sucia y maltrecha banca? —cuestionó el chico de piel bronceada y brillante ante aquel sol, ojos marrones y cabello oscuro.
—Es mi problema si quiero estar toda la vida en esa banca. ¿Qué quieres? —espetó Ángel algo molesto, mientras se ponía en pie y sacudía su uniforme aún reluciente.
—Te estaba buscando, siempre estás solo, llevo todos estos años tratando de ser tu amigo y tú no quieres —dijo el chico, que de un salto se puso en pie.
—Y yo te he dicho todos estos años que no necesito tales cosas —respondió dando media vuelta y caminando a la sala.
—Oye, yo… solo quiero ser tu amigo —le dijo el chico entristecido—. Soy un chico enjuto que quiere tener un amigo fuerte que lo proteja, alguien que pueda escucharme cuando estoy triste y que me entienda, y tú pareces ser el único chico así en la escuela.
Ángel se sintió conmovido por un momento. Sin embargo, luego de un suspiro, decidió tranquilizarlo para que lo dejara de molestar.
—Lo siento, no quería hacerte sentir mal, pero prefiero estar solo, además no creo que me necesites, quizás juntarte conmigo te hará más mal que bien —comentó Ángel.
—¡Oh! ¡Pero qué tierno de tu parte preocuparte por mí! Sabía que no eras tan serio después de todo —le dijo el chico que estaba fingiendo su tristeza.
—¡Piérdete! —le dijo Ángel finalizando la conversación.
Volvió al salón de clases y siguió perdido en la ventana. Nada cambiaba las cosas. El colegio no era de su agrado, todo le parecía aburrido, tenía notas normales (si tan solo prestara atención podría mejorar mucho), y varios de sus profesores lo miraban con desprecio. Sus compañeros, a excepción del chico de piel bronceada, lo miraban como si fuera extraño, otros con recelo, y algunas de sus compañeras lo consideraban atractivo, lo cual causaba aún más envidia al resto de los chicos.
Estaba en la clase que él consideraba la más inútil de todas: Historia. Respetaba a los que se dedicaban a esa profesión, pero no le encontraba sentido a analizar el pasado cuando en el presente pasaban otras cosas. Solo respetaba al profesor porque era uno de los pocos que no le miraba con desprecio, al contrario, siempre le sonreía, lo que generó que Ángel sintiera cierto afecto por él, pero como chico solitario, prefería seguir siendo el estudiante rebelde y aislado.
El profesor ordenó hacer una actividad en parejas. Varios de sus compañeros ya habían formado parejas, pero Ángel ni siquiera se movió de su asiento. El chico de piel bronceada se acercó a él gritando su nombre, pero una chica aplastó su cara contra la mesa.
—¡Silencio, Guillermo! ¡Deja de gritar como loco! —le dijo Elena, una chica de cabello negro medio azulado y ojos azules—. Trabajarás conmigo —ordenó sin preguntar. Ángel le lanzó una mirada desafiante para responder a la suya.
—Como quieras —expresó, para luego volver a mirar por la ventana.
La chica se sentó junto a él, ordenó el cubículo donde se sentaba Ángel y dejó despejada la mesa. El chico seguía ignorándola. Ella se quedó mirándolo durante unos segundos hasta que él decidió dejar de ignorarla, y se miraron fijamente por largo rato. El profesor rompió el silencio entregándoles la actividad que debían hacer, y les sonrió con mucho agrado. Elena tomó la guía y comenzó a leerla para ambos, instando al chico a escucharla. Ángel miraba la guía sin mirarla a ella. “Esto será más difícil de lo que pensé”, reparó en su interior Elena.
—La actividad consiste en responder estas diez preguntas y luego hacer un mapa conceptual, pero antes debemos leer este documento —dijo Elena.
—Como digas.
Ángel seguía mirando por la ventana.
—¡Oye, presta atención! —le regañó con cierto enojo Elena.
—Como digas —insistió el chico y volteó su mirada para mirar la guía de mala gana.
—¿Por qué no quieres hacer la guía? —le preguntó Elena.
—Historia es inútil —espetó Ángel tajantemente.
—¿Es inútil porque no sirve o porque no responde a tus gustos? —preguntó Elena.
— ¿Acaso tiene utilidad? —inquirió su compañero.
Elena aguardó unos segundos sin dejar de mirarlo a los ojos, y entonces alzó su mano para dirigirse al profesor.
—¡Profesor! —llamó Elena—. No es mi intención cometer una falta de respeto, pero me gustaría saber si usted podría explicarnos para qué sirve la Historia —solicitó con voz firme, mientras Ángel consideraba que aquello era innecesario.
—Oh, por supuesto, no es ninguna falta de respeto, por el contrario, es un honor para mí responder aquello, aunque lamento decirles que seré superficial, pues tardaría todo un año o más tener en explicarles el porqué de la Historia. Veamos, por dónde empiezo… ¡Oh! Ya sé ¿Alguna vez se han preguntado por qué vivimos en una colonia? —preguntó el profesor.
—Porque hace unos años se inició una guerra entre las superpotencias y los demonios —respondió un chico de la clase.
—Muy bien, Juan, muy bien. Y ahora díganme: ¿Por qué sucedió eso? ¿Logra explicar todo lo que estamos viviendo en el presente?
—Sucedió porque los demonios querían acabar con la humanidad, pero no sé si justifica todo el presente —afirmó una chica de la clase.
—Ahora, ¿por qué los demonios querían acabar con la humanidad? ¿Simplemente por el hecho de ser demonios? ¿Logra justificar en su totalidad el presente? ¿Acaso eso explica por qué nos organizamos en una colonia y no en otro sistema? ¿Por qué nos regimos bajo la figura de un cónsul? ¿De dónde proviene tal cargo? Pues bien, la Historia nos permite saber las respuestas a todo ello, o bueno, es lo que intentamos, pues nuestra labor se ve truncada muchas veces por lo que los historiadores llamamos el vacío historiográfico, nuestra mayor dificultad. Pero ahora, díganme: ¿Qué nos permite el hecho de saber Historia? ¿Para qué nos sirve entender el presente buscando el pasado si el presente solo se vive? Eso es porque la Historia nos permite proyectarnos hacia el futuro, prevenir los errores del pasado, repetir los aciertos del pasado y mejorarlos, asegurar la sobrevivencia de la humanidad con la conservación de la memoria. Esa es la labor de la historia, por eso nos esmeramos tanto buscando en el pasado, para mantener una memoria que nos asegure sobrevivir como sociedad y encontrar una respuesta a los problemas del presente. ¿Por qué creen que siempre estamos escribiendo? Porque no queremos que a futuro los historiadores ni nadie sufran el vacío historiográfico —explicó el profesor.
—¿Satisfecho, Ángel? —espetó Elena con mirada sarcástica, y él le devolvió la mirada con cara inexpresiva, para luego alzar su mano.
—¡Oh, Ángel! ¡Es la primera vez que veo que levantas tu mano en mi clase! ¿Tienes alguna duda o algún comentario que hacer? —preguntó el profesor con la simpatía que lo caracterizaba.
—¿Podría explicarnos acerca de la organización de nuestra sociedad? —dijo el chico, aparentemente interesado en la actualidad, aunque en realidad no quería aceptar el regaño de su compañera.
—Excelente pregunta, Ángel. Todos creen saberlo absolutamente todo acerca del presente, pero en realidad es más complejo de lo que pensamos. No obstante, no podré explicar el porqué de cada uno, eso es algo que verán en cuarto medio, así que si me permiten, les explicaré lo esencial de cada una —señaló el profesor.
El profesor sacó su rotulador del bolsillo de su chaqueta, se acomodó los lentes y procedió a explicarles. Elena miró pendenciera a un Ángel que se limitaba a sonreírle como si la hubiera vencido en algo.
—Luego de lo sucedido hace treinta años en la cordillera de los Andes, cuando aparecieron los demonios, los humanos sobrevivientes buscaron subsistir a las adversidades que aún hoy amenazan con nuestra extinción, por lo cual formaron resistencias, cuyo propósito era defenderse de los demonios y buscar estabilidad. Formaron pequeños poblados distribuidos dentro del sur de Chile por dos motivos: dividirse para impedir que acabaran con todos de una vez, y escogieron el sur por ser más boscoso y, por ende, más fácil para esconderse. Luego de dos décadas de investigación y supervivencia, los científicos lograron descifrar un antiguo proyecto llamado Escarlata, que un soldado encontró en aquellas montañas cordilleranas, y lograron desarrollar tecnología para que los humanos pudiesen enfrentar a los monstruos y tratar de defenderse de los demonios, y gracias a eso fue posible la creación de una colonia de humanos, para asegurar la permanencia de la humanidad, y por eso existe esta ciudad y ustedes también. Ahora, nuestro actual sistema, que es el mismo instaurado en ese momento, consiste en ver la colonia no como se veía en antaño, como una imposición cultural, sino como una zona de seguridad. Se imitaron algunas magistraturas de la época republicana de Roma, y se agregaron otras tantas que se han visto a lo largo de la Historia, pero miren que coincidencia: ¡Otra vez la Historia es útil! Entonces se formó el sistema actual. Nuestra colonia es liderada por los militares, bajo la figura del cónsul, que es el líder político, es decir, el soberano, y que a su vez es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, similar al cónsul romano, aunque con variaciones; luego de él vienen algunas figuras ciudadanas, bajo la figura del alcalde o edil, que están en el ayuntamiento, ellos cumplen un rol ciudadano, pues los verdaderos líderes son el cónsul y los comandantes del ejército. Ya no hablamos de Armada y Fuerza Aérea como antaño, porque no tenemos tantas tropas, por ende, solo tenemos un ejército que se encarga de preservar todas aquellas áreas.
El profesor estaba dispuesto a proseguir, pero el timbre sonó, indicando la hora de almuerzo
—Lamento no poder seguir explicándoles, pero continuamos la próxima clase que es el jueves. ¡Ah! Y no olviden traer sus guías resueltas, buen provecho.
Dicho eso, todos salieron en orden, a excepción de Ángel y Elena, más otros dos que se quedaron dentro. Ángel le preguntó a Elena si ya estaba tranquila, y la chica, al entender el sarcasmo, golpeó la parte trasera de su cabeza, provocando la intervención de Guillermo, quien la cuestionó. A su lado, una chica tímida de nombre Francisca, también la increpó, pero con bastante timidez. Todos iban a salir, cuando de pronto entró el chico pelirrojo que tanto molestaba a Ángel.
—Así que aquí estás, cielito —dijo Jonathan—. ¿Acaso te escondes de nosotros? Aún no me has ofrecido tus disculpas por haber golpeado a Manuel.
—No pienso disculparme. Tú deberías disculparte con él por haber hecho tu trabajo, cobarde —dijo Ángel de modo pendenciero.
—¿Qué acabas de decir, cielito? —dijo Jonathan con una sonrisa amenazante.
—Basta los dos. Si tanto se aman, pueden ir a manosearse afuera de la sala, no es necesario que nos muestren a todos su amor —intervino Elena provocando la risa de Guillermo y Francisca.
—¡Cállate, estúpida! Puedes largarte cuando quieras —vociferó el chico, pero Ángel se sintió molesto y se precipitó sobre él, mirándose fijamente.
Elena se sintió intrigada por el hecho de que Ángel reaccionara así cuando Jonathan la insultó, pero cuando entró en sí, se puso entre medio de ambos.
—Si no se detienen, los acusaré con el director.
La inspectora los divisó y los envió a ambos a la oficina del director. Elena y los otros dos chicos bajaron al comedor para almorzar.
Ángel y Jonathan entraron a la oficina del director y se quedaron de pie frente a él, quien los invitó a sentarse y ellos acudieron sin vacilar. Ambos miraban a lados opuestos. Al notar aquella actitud por parte de sus estudiantes, el director les dijo que lo miraran a los ojos, y los chicos obedecieron de mala gana. Se quedó un momento en silencio para analizarlos nuevamente.
Por una parte estaba Ángel, un chico solitario y extraño por su particular cabello. Tenía un buen aspecto, debido a que vestía correctamente su uniforme: una camisa blanca con una corbata gris —aunque él no llevaba la corbata—, un chaleco gris, una chaqueta negra, pantalones del mismo color que el chaleco y zapatos formales que combinaban con el abrigo. Además, Ángel llevaba puesto un gorro para cubrir buena parte de su cabello que, aunque le gustaba, le hacía llamar mucho la atención. Por otra parte, Jonathan era un bravucón, no tenía las mejores calificaciones y vestía mal su uniforme: no llevaba el chaleco y siempre dejaba su chaqueta en la silla para lucir su camisa abierta y arremangada, con una polera blanca sin diseño y unos aros en sus orejas, sus pantalones estaban un poco más ajustados de lo normal, y usaba zapatillas planas negras. El director dejó de lado sus aspectos y se centró en sus comportamientos. Les dio una larga charla que los dejó sin almuerzo, diciéndoles que por esta vez no los castigaría, pero que no se volviera a repetir.
La jornada escolar había terminado, Ángel estaba hambriento y ansioso por salir, pero como los tumultos de personas no eran de su agrado, esperó que la mayoría saliera. Nuevamente quedaron Elena, Guillermo, Francisca y Jonathan, que esta vez estaba acompañado por sus compañeros bravucones que conformaban la pandilla mafiosa del curso. Elena se había quedado para evitar problemas, pues había notado la cara de furia de Jonathan. Los mafiosos salieron de la sala, no sin que antes Jonathan mirara amenazante a Ángel, que no estaba interesado en lo absoluto en ese chico, solo quería irse de allí. Elena salió de la sala y Francisca la acompañó. Guillermo le preguntó a Ángel si podía acompañarlo hasta llegar a su casa, la respuesta fue negativa tal como esperaba, pero sentía que no perdía nada con preguntar.
Ambos salieron de la sala juntos, Guillermo había decidido acompañarlo en silencio, y Ángel determinó dejarlo mientras no interrumpiera su silencio. El sol seguía intacto, aunque pronto llegaría el atardecer escarlata, así que apuraron la marcha. Guillermo observó a Ángel todo el camino, no podía entender la templanza de ese chico que parecía caminar sin un propósito, sin siquiera mirarlo de soslayo. Iba con su mirada firme al frente para ver su camino. Caminaron aproximadamente media hora, y Guillermo le dijo a Ángel que debía seguir otro camino. Ángel se limitó a despedirse, Guillermo se sintió triste por él, y se fue a su casa.
Ángel dejó caer un suspiro de alivio, manteniendo la mirada al frente y el paso rápido, con las manos en los bolsillos. El cielo escarlata se cernía sobre él y, cuando pasaba cerca de una pendiente inclinada, se detuvo a apreciar el atardecer. Se quedó por al menos un cuarto de hora, hasta que fue interrumpido por el chico pelirrojo acompañado de sus tres amigos, como de costumbre.
—¡Al fin te encuentro, cielito!Estoy esperando tus disculpas —dijo en tono serio.
—¡Piérdete! —dijo tranquilamente Ángel.
—¡Me estás haciendo enojar idiota! ¡Más te vale que me sigas o te patearé el culo, pendejo de mierda! —inquirió un irritado Jonathan.
Es fácil decirlo cuando tienes guardia personal —le dijo seriamente Ángel que ni siquiera se inmutaba.
—¡Váyanse! —ordenó Jonathan, pero sus amigos no tardaron en resistirse—. ¡Les dije que se fueran!¡Largo! —Los chicos obedecieron—. Bien Ángel, hagamos esto a tu modo —indicó el chico sacando sus manos de los bolsillos.
—Te dije antes que no me importa pelearme contigo —expresó Ángel sin moverse.
—¡Cállate! ¡Te voy a moler a golpes en el suelo!
—Está bien, si así lo quieres, pero asegúrate de no llorar muy fuerte —apuntó Ángel antes de comenzar.
Ángel y Jonathan comenzaron a pelear, golpeándose mutuamente y rodando por una pendiente. La pelea continuó con ambos alternando posiciones de dominio, ahorcándose y propinándose golpes que les causaron heridas en la cara. Exhaustos y sangrando, se detuvieron al aparecer un militar, quien los reprendió. Ambos huyeron juntos mientras el militar solicitaba apoyo.
Los chicos se separaron y se levantaron rápidamente para correr a toda velocidad, sabían que ser atrapados por un militar podría significar el ingreso a un reformatorio, pues estaban preocupados en aumentar la cantidad de efectivos en sus filas. Corrieron juntos por largo rato mientras un pequeño pelotón los seguía de cerca. Entraron a los pasajes para perder a los soldados que los perseguían, pero no pensaron que ellos planeaban rodearlos, hasta que uno se colocó por el frente. Sin decir palabra, se inmiscuyeron por un callejón que parecía no tener salida, escalaron las paredes, saltaron al otro lado y siguieron corriendo. Cuando finalmente los perdieron, se detuvieron a descansar entre unos árboles. Ambos se inclinaron apoyando sus manos en sus muslos mientras respiraban fuertemente. Luego de unos segundos se miraron fijamente, hasta que Jonathan rompió el silencio diciéndole que por aquella ocasión se había salvado, pero que a la próxima lo molería a golpes sin problemas. Ángel se limitó a decirle que no se preocupara, apodándolo de “Frutillita” para enfurecerlo. Jonathan se fue a su casa.
Ángel se miró el uniforme y se dio cuenta de que estaba hecho un desastre, igual que el de su rival, y pensó en todos los problemas en los que se metería cuando llegara al hogar. Determinó que caminaría lento para tardar en llegar y posponer por unos minutos los problemas. El día ya estaba oscureciendo, los postes ya se habían encendido, y el frío no tardó en hacerse sentir. Había dejado de sangrar, pero su cara seguía sucia con sangre y tierra, su camisa tenía unas pocas gotas de sangre, su abrigo estaba destrozado y sus pantalones también se habían roto, su gorro permanecía intacto junto con el chaleco que extrañamente se había salvado junto con los zapatos envueltos en tierra.
Estaba cerca del hogar, cuando el cielo ya estaba completamente oscuro. Cruzó la calle solitaria y se detuvo en la puerta meditando sobre la excusa que daría, pero nada venía a su mente, solo pensaba que una vez adentro la pasaría mal.
Abrió la puerta que daba a la calle y se acercó a la puerta principal. Aquel hogar era una casa grande con varias habitaciones para los niños desamparados por el destino, el ejército lo mantenía con pocos recursos, por lo que debían ser considerados al momento de utilizarlos. Afortunadamente, la escuela era gratis para ellos ya que también era mantenida por el ejército, pero costear el abastecimiento era duro, pues tenían más niños de los que podían sostener. El lugar era administrado por un caballero de cuarenta años que se llevaba una buena parte de los recursos otorgados por el ejército al hogar. El administrador no iba muy seguido a visitar el hogar, y cuando lo hacía, mimaba a los niños fingiendo ser una buena persona, pero Ángel ya lo había descubierto, y cuando lo acusó con las señoras que los cuidaban, ellas lo agredieron por mentiroso, o más bien, por decir la verdad.
Eran dos señoras de aproximadamente sesenta años que cuidaban a los niños golpeándolos con varas finas para que el dolor fuera más intenso, los quemaban cuando no se comían sus comidas calientes, los hacían comer el doble si no les gustaban los platos que les servían y les daban ropa andrajosa. Solo los uniformes eran completos para aparentar que eran buenas, pero dentro del hogar todo era distinto. Ángel había vivido todo eso desde que tenía consciencia y trataba de mantenerse alejado de todo, en especial, porque los chicos mayores eran un problema.
Golpeó la puerta para entrar al hogar, y quien abrió fue una de las viejas que lo cuidaba, y era precisamente la que lo odiaba especialmente a él. Su nombre era Juana. Lo primero que hizo fue golpearlo fuerte en la cara con una cachetada, luego lo tiró del pelo y lo llevó hasta el baño, mientras le gritaba cosas como: “Por qué tienes que estar aquí” o “Por qué has nacido”, mientras lo cuestionaba por el uniforme, resaltando que no había dinero para comprarle otro.
Cuando llegaron al baño, le sacó la chaqueta, los zapatos, el gorro, y toda su ropa hasta dejarlo completamente desnudo y expuesto al frío. Llenó la bañera con agua fría, mientras lo regañaba con brutalidad. El chico se cubrió sus partes íntimas, mientras ella le brindaba golpes cada vez que podía. Luego lo lanzó a la bañera y lo limpió completamente sin suavidad. Lo secó rápidamente, mientras seguía maldiciéndolo y lo fue a dejar a su habitación tirándolo del pelo mojado, lo tiró sobre la cama, y lo dejó encerrado en su pieza durante toda la noche. El chico se acurrucó en su cama, se cubrió con las pocas mantas que le dejaban, e intentó dormir, no sin antes dejar caer lágrimas de tristeza y dolor.
Cuando quedaban unos minutos para que se pusiera el sol, Juana abrió la puerta y lo despertó de un manotazo en la cabeza. Ángel, que aún dormía, se despertó con cara de furia, provocando que la vieja volviera a golpearlo en la cara y obligándolo a levantarse. El chico se levantó y la maltratadora salió de la habitación para ir a despertar de modo similar a los otros chicos. Ángel tomó su ropa interior, sacó la tenida deportiva escolar —un polerón gris con unos pantalones azul oscuro—, no solo porque su uniforme estaba destruido, sino porque afortunadamente ese día tenía clase de deportes. Entró a los baños comunes donde ya casi todos estaban bañándose, y Juana otra vez intervino empujándolo a la ducha, recalcando que no servían para nada más que molestar.
Cuando al fin estuvo listo, se secó y se vistió rápidamente para salir de una vez de aquel antro infernal que era su hogar. Peinó su cabello, se puso su gorro, y salió con suma prisa. Tenía un ojo la mitad derecha de su rostro medio morado y la herida no se notaba demasiado, gracias a los pelos de su ceja y su cabello que cubría buena parte de su frente. Caminó a paso lento, aún quedaba una hora para que la escuela abriera y solo estaba a cuarenta y cinco minutos del hogar que lo albergaba, pero prefería eso antes que seguir dentro de aquel lugar.
Eran las siete y media de la mañana, y Ángel llegó justo cuando estaban abriendo la escuela. La auxiliar encargada de abrir el colegio por la mañana, al ver su rostro, lo acarició y le preguntó qué le había pasado. Ella le tenía cierto aprecio, y el chico dejaba que ella acariciara su rostro, pero aun así le molestaba que lo consintieran, no estaba acostumbrado a ello. Luego fue al salón de clases. Cuando transitaba por el pasillo, la inspectora del patio lo vio y le lanzó una mirada horripilante, pues jamás sospecharía del hogar en donde vivía. De todos modos, era cierto que había peleado.
El chico entró a la sala y se sentó esperando la hora de clases. Tras él entró Guillermo quien, al notar el rostro del chico, se exaltó de inmediato y le preguntó qué le había pasado. Ángel le dijo que lo dejara tranquilo, pero el chico moreno insistió sin detenerse a respirar, era hiperactivo. Finalmente, Ángel le contó la pelea.
—¿Te peleaste con Jonathan? Sabía que eso sucedería, debí acompañarte hasta tu casa —dijo Guillermo golpeando su frente.
—¿Y qué habrías hecho tú? ¿Lo habrías asustado y él habría salido corriendo? —comentó en tono antipático Ángel.
—Quizás no, pero su padre y el mío se conocen, quizás eso habría bastado —sugirió ingenuamente Guillermo.
—Da igual, él quedó igual que yo, o peor —comentó girando su cabeza a la ventana.
Elena llegó e intervino en la conversación.
—Así que los buenos amigos se pelearon ayer —dijo Elena interrumpiendo la conversación—. Recuerdo haberles dicho que no lo hicieran.
—Lo dices como si yo me lo hubiera buscado —indicó Ángel.
—Eso no te resta culpa.
—¡Elena, fue Jonathan quien lo buscó, lo sabes perfectamente! —dijo Guillermo defendiendo a Ángel.
—¡Tú cállate!Estoy hablando con Ángel —vociferó la chica tajantemente dejando en silencio al chico.
Y para colmo, llegó Jonathan.
—¡Hay demasiada mierda en esta sala! —dijo Jonathan entrando al salón con su rostro moreteado. Dejó sus cosas en el suelo, se sentó y acomodó sus pies sobre el cubículo.
—¿Acaso eres imbécil? —preguntó Elena.
—¡Piérdete! —espetó Jonathan.
—¡Eres un caso perdido! No entiendo cómo sigues en esta escuela —sentenció Elena.
Ángel seguía mirando por la ventana mientras Guillermo lo miraba con compasión, Elena se sentía molesta, luego entró Francisca quien al ver a sus compañeros lastimados sintió tristeza y les preguntó qué les había pasado. Ángel no le contestó y Jonathan le dijo que se perdiera. Luego entraron los demás compañeros y la profesora.
