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Tras sufrir un aborto, Ada, una joven profesora de danza que vive condicionada por los fantasmas de su pasado, se sumerge en una profunda crisis personal que desemboca en un punto de inflexión en su vida. Con el apoyo incondicional de su padre y de su mejor amiga, decide iniciar una terapia psicológica en la que hará frente a las devastadoras secuelas que arrastra desde su infancia. En este proceso intentará superar las barreras que le impiden avanzar y conocerse a sí misma. Un intenso viaje iniciado desde el interior en el que se conjugan elementos tan universales como la pérdida, el amor, la culpa, la amistad o la esperanza.
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Seitenzahl: 202
Veröffentlichungsjahr: 2022
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POST TENEBRAS: LA DANZA DE ADA
© Araceli Mateos Ghosh
© de esta edición: Loto Azul, 2022
ISBN: 978-84-17307-80-6
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
KALOSINI, S. L.
Grupo editorial
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A mi madre y mi hermana.
A mi abuela. A Juani. A Susi.
A todas las mujeres inspiradoras que pobláis el planeta.
«El encuentro con uno mismo, al principio,
es el encuentro con la propia sombra».
CARL JUNG
Los colores del otoño envolvían la avenida. Caminaba lento porque, como bien sabía, la derrota pesa. Habría podido sentir el beso tibio de la brisa en mi cara mientras paseaba hasta casa si mi mente no se hubiera encerrado en sí misma para no sentir.
Fin del ciclo. Tiempo de vientos, naranjas y amarillos que se vertían en el paisaje, hojas secas que crujían bajo mis pies. Y mi mente, fuera de mi cuerpo, se mimetizaba con el entorno, abandonándome a una sensación de irrealidad.
No hubo lágrimas. No hubo furia. Tampoco aceptación. No quise permitírmelo. No aún.
Había echado de mi lado a todo el mundo en el hospital porque necesitaba estar sola. No quería su lástima ni sus palabras de consuelo. La soledad permite que emerja la verdad, te permite observarla con ojos escrutadores; desnuda, sin excusas. Y yo necesitaba ver más allá de los límites de mi mente.
A lo lejos, antes de cruzar el parque, en mi portal, creí adivinar la pose de mi padre apoyado en el murete de la entrada. Cerré los ojos y respiré profundamente. No dijo nada cuando llegué a su altura; dejó que abriera la puerta y pasó detrás de mí. Sus ojos azules vidriosos mostraban preocupación y la extenuación de una noche sin dormir. Solo quería estar. Ni siquiera me tocó.
El sonido metálico de las llaves contra el plato de la entrada rompió el silencio de forma estruendosa, molesta por la intromisión. Me tiré en la cama, adivinando por los ruidos conscientemente amortiguados de mi padre que preparaba el sofá para dormir. El cansancio, la tensión y el miedo habían hecho mella.
No quería, pero miré la foto de mi madre en la cómoda. El pelo corto enmarcando su cara redonda, los labios arqueados en una sonrisa. Quise apartar la mirada para continuar en ese estado de letargo en el que me encontraba, hasta que me llevara el sueño muy lejos. Pero ella ya se había instalado en su lugar de mi mente. Brotaron un par de lágrimas cansadas. Mi madre, que no estaba en este mundo desde hacía ya veinte años, solo podía sonreírme desde una cómoda y traerme los peores recuerdos.
Todo emborronado, pasado mezclado con presente. Se imponían los llantos de bebés en la maternidad del hospital donde yo había pasado la noche tras subir del quirófano.
El llanto de la vida inundando los pasillos y la muerte en mis entrañas vacías.
La maternidad arrancada de mí.
No iba a llorar más. No podía permitirme seguir cayendo porque quizá pasaría el límite de no retorno y me perdería, como se perdió ella.
Sentí el cansancio hacer mi cuerpo pesado. Poco a poco me abandoné a esa sensación de caída libre hasta sumirme en un sueño profundo.
Me despertó una suave melodía de jazz al piano y un intenso olor a café. Mi padre cacharreaba en la cocina. Saqué la cabeza de debajo de la almohada solo lo justo para confirmar que pasaba el mediodía.
Sentí la presencia del dolor y la muerte haciendo guardia tras de mí.
Ahora sí, agradecí que mi padre estuviera allí. Fui en su busca, siguiendo el olor del café. El suelo tibio de la terraza acarició mis pies descalzos. Mi padre me observó con ojos tristes cuando le besé en la frente. Nos miramos.
—La vida te quita, pero la vida también te da —dijo sonriendo dulcemente.
Mi taza favorita humeaba en sus manos. Giró varias veces la cuchara tras echar un terrón de azúcar y me la ofreció. Cogí la taza con una mano y apoyé la palma de la otra en su mejilla. Su piel cálida y tersa pese a la huella que sus setenta años habían dejado en ella.
Me senté a su lado con la mirada al frente y el sabor amargo del café caliente escurriendo por la garganta. Paladeé las palabras de mi padre.
La muerte marcaba mi vida, como una prolongación de esta. Un recordatorio constante de la fragilidad que nos rodea y nos compone a nosotros mismos. Pero cómo afrontar el dolor de la ausencia sin que dejara una herida abierta.
Los que iban quedando en el camino dolían, pero no podía evitar, sin embargo, el despertar de un atisbo de esperanza que me impulsaba en los momentos más oscuros. Y ahí me encontraba, agarrada a esa brizna de luz con todas mis fuerzas. Pensando que la vida traería cosas de la magnitud de las que se había llevado, soñando con poder encontrar fuerzas para salir a buscarlas.
La lluvia tenía algo de nostalgia, algo casi espiritual cuando contacta el cielo con la tierra; un ritual ancestral que me conducía a la introspección. El aroma de la tierra mojada me reconfortaba, había algo hipnótico en observar cómo impactaba la lluvia desde mi terraza, a una altura de diez pisos.
Me acurruqué bajo la manta mientras apuraba una taza de café. Holgazaneaba, era consciente. Retrasaba el momento de marcharme. No porque mi trabajo no fuera de mi agrado, al revés. Amaba la danza. Y a eso me dedicaba: a enseñar baile clásico y moderno. Lo que odiaba era cómo tenía que llegar hasta allí.
Me desperecé como un gato tirando la manta de pelo al sofá y entré en la casa para comenzar a prepararme para salir.
La lluvia del mes de abril había sido tan incesante como el sonido de mi teléfono meses atrás. Terminé por dejar solo la vibración; aunque Xavi ya hubiera abandonado el intento de comunicarse por esta vía, todavía recibía alguna llamada de su madre o sus hermanas.
Hacía ya un par de meses que me había desmayado en el metro. No habría sido algo inusual en mí si no hubiera tenido que intervenir una ambulancia. Solo recuerdo entrar corriendo en el vagón, la aglomeración, el sudor, mi corazón disparado como si fuera a estallar dentro de mi pecho y no poder respirar. Después, en el despertar, tan débil como si me quedara un aliento de vida, encontrarme siendo asistida en el andén por un equipo de urgencias. El pulso débil. «Síncope vasovagal», decía una voz a lo lejos. «Avisad a mi padre», creí decir yo. Voy y vengo, sin noción del tiempo y el espacio.
Finalmente, volví a casa muy avergonzada, envuelta en mi propia inmundicia debido a la relajación del esfínter. Pero para Marcelo Murano, mi padre, que sabía de lo que hablaba, no podía dejar de ir en metro, ni de acudir a lugares concurridos, aunque me sintiera morir. No podía porque entonces regresaría la agorafobia, y ya no podría salir de casa. Otra vez.
Él me había acompañado en un periplo de psiquiatras infantiles, psicólogos y una larga lista de especialistas en los que se había dejado la piel y el dinero. La ayuda fue poca, o al menos poco efectiva. Los diagnósticos, diversos a lo largo de los años.
En la adolescencia, la ansiedad y los ataques de pánico comenzaron a ser insoportables. Incapacitantes. Deprimentes. Ansiolíticos y antidepresivos formaron parte de mi vida desde los diecisiete años. Demasiado joven para unos efectos secundarios tan devastadores. No tuve tiempo de saber qué era disfrutar del sexo, por ejemplo. No sabía lo que era un orgasmo, apenas tenía libido.
Xavi sostuvo mi mano todos esos años, sin quejas ni titubeos. Renunciando la mayor parte del tiempo a comportarse como los chicos de nuestra edad, aguantando que yo estuviera triste o no quisiera salir. Él siempre estuvo allí, primero como amigo desde la primaria, y después como pareja desde los diecisiete. Y no solo él se había portado bien conmigo; sus hermanas y sus padres me acogieron como una más.
El sentimiento de culpa para con él crecía a medida que pasaban los años: él había dado tanto, y recibido tan poco. Yo me esforzaba por corresponderle. Nunca reconocería que cada uno de los orgasmos que tuve con él fue fingido. Era totalmente vergonzante, pero fue la única manera que encontré de no hacerle más daño.
El embarazo llegó por sorpresa. Leí las instrucciones de uso de la prueba veinte veces hasta que me convencí de que había dado positivo.
Entonces comenzó a perseguirme una pesadilla cada noche; me veía tumbada en la cama, catatónica. De pronto sentía presión en la garganta. Intentaba toser, pero había algo atorado. Mi boca se llenaba pastillas. Rebosaban. Yo las empujaba con la lengua para no asfixiarme. Pero no importaba cuántas escupiera, porque no dejaban de aparecer desde el fondo de mi garganta. Intentaba mover los brazos para llegar hasta mi boca, pero no respondían, y mi respiración se hacía cada vez más rápida. Me ahogaba mientras brotaban lágrimas de impotencia de mis ojos.
La medicación, había comprobado con los años, te envuelve en una estabilidad forzada en la que tu yo no fluctúa naturalmente. La personalidad original de uno se disuelve a medida que la química del cerebro se nivela. Y se muere un poquito más cada día. Así que tú vives con un piloto automático puesto que te lleva a una velocidad de crucero por la vida.
¿Quién era yo en realidad? Era una especie de zombi con miedo a todo lo que me rodeaba, con miedo a vivir.
Le pedí al médico que me pautara la retirada de todo lo que tomaba. Tenía la firme disposición de conocerme, fuera cual fuese el resultado. Y de darle a mi hijo lo mejor de mí.
Y con el paso de las semanas comencé a notar cambios importantes. Tras el impacto inicial de quedarme embarazada tomando anticonceptivos orales, me poseyó la dulce sensación de crear vida dentro de mí. Qué bonita ilusión. Unas gotas de agua en una boca sedienta.
A veces pensaba que era imposible que hubiese acabado bien. Qué podría haberle esperado a un hijo mío si yo era un absoluto desastre. Ni siquiera podía cuidar de mí misma. Ni siquiera estaba enamorada de su padre. Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos recurrentes que tanto me asediaban.
Era la hora de marcharme. Metí la ropa de baile en la bolsa de deporte y cogí las llaves del plato de la entrada. Mi móvil vibró en el bolsillo de atrás del vaquero. Ya llegaba tarde, así que dudé en cogerlo.
—Hola, Bruna, estoy saliendo de casa —dije rápido, sujetando el móvil con el hombro mientras echaba la llave—. Llego tarde al conservatorio.
—Hola. Sí, sí, lo sé, no te metas en el ascensor todavía. No tardo nada —contestó de carrerilla—. Carlos nos ha invitado el fin de semana a un congreso a las afueras.
Carlos no nos había invitado. Ella le había obligado a aceptar que yo también iba.
—¿Un congreso de medicina?
—De neurobiología. Carlos recibió la invitación de su jefe de sección de neurología y creo que te va a parecer interesante. Y tiene un balneario. Y dan masajes. Y no acepto un no.
—Vale, pero paso del congreso. Y me recogéis.
—Trato hecho —contestó triunfal.
Que Bruna me arrastrara a un evento era lo más habitual. Ella era abogada, conocía a mucha gente y siempre recibía invitaciones a sitios a los que a mí no me apetecía ir, llenos de personas con conversaciones de ascensor. Al final del evento, si no desaparecía antes, me dolía la cara de sonreír y terminaba preguntándome qué le encontraba la gente a esa forma de relacionarse.
Bruna había conocido a Carlos hacía seis meses, en un caso de demanda sobre el hospital donde él trabajaba como neurólogo. Y desde entonces no se habían separado. Sus amigos no podíamos creer que Bruna mantuviese una relación de más de unas semanas, pero todo apuntaba a que ambos iban en serio.
—Otra cosa —añadió justo cuando terminaba de pulsar el botón para llamar al ascensor—. Xavi no deja de llamarme para que interceda y al principio no te he dicho nada, pero ya han pasado siete meses, Ada. Creo que...
—No puedo, Bruna, todavía no —la corté tajante—. Viene el ascensor, te cuelgo. Hablamos más tarde.
Todos con la misma cantinela. Le odiaba por quererme pese a todo, o quizá me odiara a mí misma por no tener la suficiente fortaleza para coger las riendas y llevar mi vida por donde quería. Tal era mi egoísmo y mi debilidad.
Aún le echaba de menos. A rabiar. Su risa, su alegría. Sus ojos chispeantes de color miel. Que me cogiera en volandas para ver el mundo desde su metro noventa. Por ese motivo no podía hablar con él.
Las horas transcurrieron lentas en el conservatorio de danza donde impartía clases desde hacía dos años. La clase de infantil no era de las más trepidantes.
Plié, Relevé, Jeté.
Había llegado algo alterada después de salir del metro, pero entrar en el conservatorio era como hacerlo en otra dimensión. Quedaban fuera todas las preocupaciones, repelidas por un velo protector en la entrada.
Doña Aurora, la que fuera mi profesora en mis años de estudiante, dirigía el conservatorio con la experiencia de una octogenaria intentando adaptarse a las nuevas tecnologías. Ella me dio la oportunidad de enseñar en el mismo lugar donde aprendí. Es más, creía en mí. De vez en cuando me ponía al día de todas las pruebas para compañías o castings para musicales. Yo apuntaba la información que ella me daba o cogía los panfletos, pero nunca me presentaba a nada.
Los niños me saludaron a la salida con respeto marcial, pero llenos de afecto. Era maravilloso ver lo rápido que aprendían, lo rápido que crecían. Ahora podía entender un poquito más a doña Aurora.
Caminé rumbo a la librería de mi padre, a unos veinte minutos del conservatorio. Ya había tenido suficiente dosis de transporte público por un día. A la mañana siguiente intentaría arrancar mi viejo coche. Con los cascos puestos, imaginé coreografías nuevas para incluir en mi repertorio mientras andaba por la acera, esquivando gente.
Después de diez años de formación en el conservatorio de danza continué mi aprendizaje otros tantos en escuelas internacionales. Las opiniones externas sobre mi técnica eran halagadoras, aunque provenían en su mayoría de mis seres queridos y profesoras, que me animaban a dar el salto a alguna compañía.
La única barrera era mi propio juicio. No me consideraba lo suficientemente buena, aunque fuera mi modo de vida y no pudiera renunciar a bailar ni un solo día. Difícil hacerlo después de años de disciplina y dedicación. Me había salvado de tanto...
Ahogué las penas en la danza durante meses después de perder a mi hijo de doce semanas. Bailé nueve y diez horas cada día hasta olvidar que su corazón se había parado por un defecto congénito. Adelgacé nueve kilos. Me mordí todas las uñas. Fumé algún cigarro a escondidas en mi propia casa. Veía muy de vez en cuando a mi padre y a Bruna. Quería consumirme hasta que la pena tan grande que sentía me matara.
Después de eso, mi aspecto era tan lamentable que el ultimátum de mi padre, quien no solía ser muy intrusivo, me dio la voz de alarma. Era momento de mirar hacia adelante.
La campanilla de la entrada tintineó, avisando a mi padre de mi llegada. La tienda estaba en su hora de máxima afluencia. Eran las siete y media. Besé a mi viejito en la mejilla y aspiré su olor a limpio. Me puse un delantal para atender a las personas que esperaban en el mostrador.
Mi padre era un policía retirado que había hecho realidad su sueño de tener una librería cuando conoció a Jesús. Con cincuenta años consideró que ya había visto suficiente miseria y sufrimiento para llenar dos vidas, así que no dudó en abrir la tienda en la parte de debajo de nuestra casa, animado por el que sería el gran amor de su vida. Mi padre se empeñó en llamarla Rayuela en su honor, pues era argentino, como Cortázar.
Fuimos una familia de tres miembros hasta que cumplí los veintidós. Después, Jesús fue diagnosticado de cáncer de páncreas. La enfermedad se lo llevó en solo dos meses. Fueron once años de amor incondicional, y cinco de extrañarlo cada día. Su foto, junto con la de mi madre y doña Nicanora, formaban el clan de los ausentes en el salón de mi padre.
Mi padre incluyó el café en un intento de reflotar el negocio cuando surgieron los libros electrónicos, pero la verdad era que la rentabilidad no era la mejor todos los meses y que lo mantenía por una cuestión meramente sentimental, sin grandes beneficios. Podríamos haber vivido con desahogo de su pensión y de los ahorros de toda una vida, pero a él le gustaba el ambiente de su tienda y le permitía mantenerse activo.
Eran las nueve de la noche cuando despedimos al último de los clientes, que había entrado solo para comprar un pedazo de bizcocho de canela casero.
—¿Te quedas a cenar? —Mi padre se sentó en una silla a contar la caja.
—Claro, no tengo nada en la nevera. —Él sonrió mientras negaba con la cabeza. Le pasé una mano por su pelo blanco hasta la nuca.
—Pues sube y ve calentando las berenjenas rellenas en el horno, no tardo.
Hice lo que me pedía. Me quité el delantal y atravesé los estantes repletos de libros impolutos hasta el final del local, donde una escalera de caracol conducía a la casa, en la segunda planta.
La casa permanecía igual que en mi infancia y adolescencia, con los toques que Jesús dejó impresos: las cortinas de lino del salón, el mueble vintage de la entrada. Todo elegido con un gusto que mi padre admiraba. Pero lo realmente importante eran los recuerdos que nos había dejado, que dolían y alegraban con la misma intensidad.
Las llaves de mi padre sonaron en la cerradura. Me encontró derruida en el sofá, las berenjenas quizá quemándose en el horno. Le vi asomar la cabeza y entrar en la cocina.
—He hablado con Javier —dijo elevando la voz para que le oyera bien.
Inhalé hasta inflar el pecho y dejé salir el aire en un soplido. Cuánta presión. Hasta mi padre estaba en mi contra.
—No quiero hablar con él, papá —respondí igual de alto.
—No te estás comportando como es debido, Ada —me regañó asomando por la puerta con un trapo en la mano—. Ha formado parte de nuestra familia durante mucho tiempo y tanto él como sus padres se han portado de forma excepcional siempre.
—Tienes razón, pero no quiero hablar con él, papá. Necesito espacio.
—Confío en que vas a encontrar la manera de explicarte.
—Lo haré en algún momento, te lo prometo.
Pensé que la campana del horno me había salvado de continuar siendo sermoneada, pero la realidad era que él sabía hasta dónde llegar, qué tecla apretar y, sobre todo, cuándo dejar de presionar.
Durante la cena hablamos de la invitación de Bruna y, según mi padre, de lo necesario que era para mí encontrar ayuda profesional para trabajar la pérdida del bebé, que había reactivado mis ataques de pánico y la ansiedad. Él creía que el aborto era un hecho lo suficientemente estresante como para influir en los problemas que ya tenía de base. Le prometí que acudiría a algún especialista y que todo iría bien mientras me tumbaba con la cabeza en su regazo, como cuando era pequeña.
Me quedé dormida sintiendo el suave tacto de las manos de mi padre en mi pelo. Ambos sabíamos que estaba en caída libre, otra vez.
Aún disponía de un par de horas antes de que Bruna pasara a recogerme. Había metido algo de ropa en una bolsa de deporte, nada elegante, algo de maquillaje y unos zapatos negros de tacón sin estrenar que parecían muy incómodos. Aunque nada que mis pies, deformes por tantas horas de entrenamiento, no pudieran soportar.
Me sobresaltó la vibración del móvil contra el cristal de la mesa. Mi padre quería saber si ya había salido y Xavi, si me venía bien quedar ese fin de semana. Por lo visto, su agente infiltrado, Bruna, no le había informado de nuestros planes.
Respondí a mi padre, que no se había enterado de la hora a la que salíamos, y estuve tentada de quedar con Xavi para el lunes, después de clase. No quería castigarlo más, era solo que no podía fiarme de mí misma ni de lo mucho que él me conocía. Mi móvil volvió a vibrar, y la cara de Bruna apareció sonriente en la pantalla. Ya estaba abajo esperándome, siempre puntual.
Distinguí el Porche Cayenne de Carlos en seguida, destacando sobre los coches de gama media de mi calle. Bruna levantó el brazo cuando ya estaba de camino hacia ellos. Crucé el parque. Metí mi mochila en el maletero y después la abracé, impregnándome la ropa de su perfume.
No tardamos mucho en llegar o quizá fueron las anécdotas de Bruna las que amenizaron el viaje. El caso es que en seguida dejamos atrás la señal que daba la bienvenida a la comunidad de Castilla La Mancha y nos adentramos en un complejo hotelero de cinco estrellas.
Bruna bajó del coche después de que yo cerrara el maletero. Primero un pie que terminaba en un tacón muy alto, después una larga pierna. Carlos le dio la mano y le ayudó a bajar del todo. El aparcamiento estaba lleno de los asistentes al congreso, y nadie quedó indiferente a Bruna; su pelo rubio pulcramente peinado hacia atrás, pendientes largos rozando las clavículas, bellas facciones angulosas, ojos azules grandes y expresivos. Carlos, tras coger las maletas se apresuró a darle la mano a su novia y nos instó a entrar en el complejo.
Varios edificios de diferentes alturas aparecieron en un primer barrido. Nos dirigimos al más alto, el cual supuse que albergaba las habitaciones. El enclave natural, rodeado de montañas, era digno de contemplar; el aire limpio, jardines verticales en varios edificios, ninguna ciudad cerca en varios kilómetros a la redonda. Hasta me pareció ver un lago tras el edificio redondo del fondo cuando atravesamos la puerta de entrada del hotel.
Nos registramos en la recepción de un blanco impoluto, roto solamente por el verde de la vegetación de algunas paredes y el agua cayendo en forma de cascada. En el centro de la recepción, un patio redondo con varios jardines hacía de eje y se elevaba hasta el tejado del edificio, separado por un metacrilato transparente. Aportaba luz y fundía el interior con el exterior de una manera muy hermosa.
Cada vez había más gente haciendo cola para registrarse cuando por fin terminamos de dar nuestros datos. Carlos saludaba cada dos pasos a alguien de camino al ascensor.
—Toma —dijo Bruna ofreciéndome la tarjeta de la habitación mientras pulsaba el botón de uno de los as-censores—. Y esto de regalo —añadió tendiéndome una bolsa de tintorería.
—No tenías que haberte molestado —respondí sorprendida.
—No es nada. Supuse que habrías echado en tu bolsa solo un par de vaqueros, y de vez en cuando está bien variar. —El ascensor paró en la segunda planta, donde les esperaba una suite. Bruna y Carlos bajaron—. Nos vemos en la recepción en media hora. —Yo asentí y continué hasta la cuarta planta.
