Potrero - Cristian Rolandini - E-Book

Potrero E-Book

Cristian Rolandini

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Beschreibung

Luquitas logra cumplir el sueño que anheló toda su vida. Un hincha nos trata de explicar qué se siente cuando su equipo está a punto de desaparecer. Una pócima milagrosa llena de pasión, esperanza y amor, logra lo que la medicina no puede. Un partido casual en la playa termina plagado de magia llevada a cabo por alguien muy extraño. Se pone fin a una dinastía gobernante por años en los partidos de un barrio. Tres amigos hacen lo imposible para salvar a su amigo enfermo. Estas historias de fútbol y muchas más prometen gambetear al aburrimiento, tirar paredes con la nostalgia. Y la alegría, hacerle un gol al corazón. Preparate, que estás por entrar a un partido único. ¡Jugalo con el alma!

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Seitenzahl: 121

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Rolandini, Cristian Héctor

Potrero : cuentos de arco a arco / Cristian Héctor Rolandini. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

114 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-769-7

1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos de Fútbol. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Rolandini, Cristian Héctor

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Potrero

Cristian Rolandini

Prólogo

¡Qué lindo que es el fútbol!

La mayoría de nosotros tenemos, historias, anécdotas, memorables momentos que hemos pasado en un potrero, canchita, en la playa, en el asfalto, calle de tierra, alguna vereda o en una tribuna.

Cualquier lugar era perfecto para hacer rodar una pelota y disfrutar un grato momento.

Mis historias de fútbol son para recordarte a vos, futbolero de alma, alguna situación que te arranque una sonrisa, una lagrima, que te reencuentre con tu pasado, con tu barrio, pueblo o algún amigo.

La pelota ya empezó a rodar, que disfrutes tu partido.

¡Jugalo con el alma!

A Benja y Martín que los amo con todo mi ser.

A Ale, hermano, amigo y gran compañero de muchas andanzas con y sin la redonda.

El día que me sentí como Diego

Esa noche el partido era difícil, en el club teníamos fama de invencibles y no era para menos, en tres años habíamos perdido solo dos partidos de cientos que habíamos jugado. No teníamos grandes figuras pero éramos bastante equilibrados y principalmente ordenados, era difícil encontrarnos mal parados, físicamente estábamos acorde a las circunstancias que requiere un partido del típico jugador de fin de semana, y ninguno era un mago con la pelota en los pies, pero tampoco éramos negados, y toda esa combinación de aspectos nos convertía en un gran equipo, como venía pasando, difícil de vencer.

Estos pibes eran nuevos, jugaban bien y era todo un desafío enfrentarlos. Como Ariel no podía con su genio y quería jugar sí o sí un partido para ver en qué nivel estábamos parados, un día encaró a uno de ellos en los pasillos del club y pactó el encuentro.

Cuando nos contó lo queríamos matar, teníamos un lindo invicto y la verdad que los desafíos son hermosos, pero el invicto nos hacía sentir omnipotentes y el aire de grandeza que adquiríamos en el barrio cuando sentíamos hablar del tema no te lo puedo explicar con palabras… y no va este inquieto de Ariel y pone toda nuestra leyenda en riesgo al divino botón, pero bueno, el partido ya estaba armado y no podíamos arrugar, imagínate, perder en la cancha es una cosa pero que te toreen el resto de la existencia por miedoso, olvídate, preferíamos morir con las botas puestas.

El día del partido llegó. En la semana habíamos hecho lo que nunca, nos juntamos a entrenar en la placita del barrio, practicamos paredes, remates, cambios de frente, pases de primera, pasadas a velocidad de doscientos metros para estar a punto y correr más que nunca. Se notaba nuestra ansiedad, se notaba el miedo a perder el honor.

Llegamos todos juntos como si hubiésemos concentrado, fuimos al vestuario, nos empezamos a cambiar y a través de la ventanita que daba al pasillo escuchábamos carcajadas. Con Ariel y Martín nos miramos, no emitimos palabra alguna pero con la mirada nos dijimos todo y rezábamos para que esas carcajadas no fueran lo que pensábamos, pero para desilusión nuestra estábamos en lo cierto y eran ellos, nuestros rivales, que para el partido habían llevado el arma más letal que nos podía debilitar, porque nuestro mejor jugador era Luis, y necesitábamos de su buen juego y concentración, y estos pibes, como si supieran de su debilidad, habían llevado minitas a ver el partido y eso significaba que Luis iba a cancherear, iba a querer jugar para la tribuna. Y para nosotros jugar así era hacerlo con un jugador menos, encima si teníamos un mínimo de esperanza de que a Luis le hiciera caso omiso a la presencia femenina en el cotejo y se dedicara a jugar para el equipo, nos terminamos de desilusionar cuando lo vimos salir del vestuario con el pelito mojado, la camiseta afuera del pantalón y los ojos clavados en la morocha de ojos verdes que destellaba hermosura y era imposible no enamorarse con solo mirarla, más allá de esa carcajada casi siniestra y ensordecedora que emitía desde su celestial boca.

Así fue nomás que el partido más importante de los últimos tiempos lo jugamos, por todo lo que les conté, con uno menos y, encima, nuestro mejor jugador.

El partido empezó parejo, ellos tenían la pelota y nosotros aguantábamos, pero sin riesgo en nuestra área.

En una contra rápida un remate de Ariel casi abre el resultado, la agarró de lleno desde afuera del área previo despeje del central que con lo justo cortó el último pase que, si pasaba, me encontraba en soledad para definir, pero para su desgracia la redonda salió hacia los pies de Ariel que venía acompañando la jugada y este, que tiene un cañón en el pie le dio de una. La pelota viajó como un rayo emanando una brisa fresca sobre las cabezas de los que estábamos cerca. Era un misil teledirigido con destino de red, se incrustaba ahí en el ángulo, justo por debajo donde el palo y el travesaño se besan, en ese sitio donde anidan la arañas, donde es casi imposible llegar… pero el ángel del anti fútbol, con un leve soplido desvió la pelota, que impactó en la unión inseparable de estos dos amantes haciendo sonar el caño. El arco quedó temblando unos cuantos segundos, viendo cómo la pelota se alejaba de él a la misma velocidad con la que llegó.

Marcos, nuestro arquero, se vistió de héroe unos minutos después y tuvo dos tapadas terribles, un mano a mano al que llegaron gestando una jugada exquisita y precisa donde la pelota paso por los pies de todos sus jugadores y nosotros solo nos dedicábamos a verla pasar de un lado para otro. Hubiese sido un gol de antología porque la definición fue buena, pero Marcos achicó rápido todos los ángulos posibles y tapó con el pecho la pelota haciendo la mítica postura denominada “la de Dios”. La otra fue un cabezazo abajo contra un palo en la que se estiró, la desvió y Javi terminó rechazando.

Luego de esto el partido se planchó y volvió a ser parejo, hubo llegadas para ambos pero sin mucho riesgo de abrir el marcador. Ajusté la marca encima del mejor jugador de ellos y ahí se terminó su circuito de juego. Luis que podía generar algo distinto y estaba empecinado en demostrar sus cualidades futbolísticas para complacer a la morocha, no rindió para el equipo, dependíamos entonces de que alguno se iluminara o que ellos cometieran un grave error.

Se acercaba el final y todo apuntaba al amargo cero a cero, a nosotros no nos disgustaba, empatábamos con un equipazo y manteníamos el invicto, además le sumábamos el hecho de no haber perdido contra estos pibes y potenciaba nuestra leyenda en el barrio. Por cómo se dio el partido, a ellos tampoco les caía tan mal el empate, después de todo no perdían contra la leyenda. Pero fue en ese momento, cuando no quedaba nada de tiempo, o mejor dicho solo el necesario que ocurrió lo impensado.

Lo bajaron a Magia, le decíamos así por su capacidad de aparecer de la nada y sorpresivamente en cualquier lado donde se destapara una birra, no por sus dotes futbolísticas, cerca de nuestra área. Javi se hizo cargo del tiro libre y me la jugó corta, la recibí tranquilo de espaldas en nuestro campo y la pisé girando, dejando de esta forma desairado al primer rival, cruce la mitad de cancha con pelota dominada y a velocidad por la banda derecha de nuestro ataque y empecé a meter una diagonal en dirección al arco, dejando rivales por el camino y, mientras iban quedando parados como postes o desparramados por el suelo, lo veía de reojo a Ariel que picaba solo y que con un simple pase lo podía dejar mano a mano con el arquero listo para definir el partido, pero la jugada me pedía otra cosa. Así fue que seguí con el balón en mis pies hasta que gambeteé al último defensor y me metí al área quedando frente al arquero que me encimó rápido achicando el arco a toda velocidad, con una simple pisada lo hice pasar de largo y con todo el arco vacío a mi merced definí mientras un defensor me cruzaba de atrás, en vano, tratando de evitar la definición.

La pelota pasó rozando el palo, yo no lo podía creer, quedé tirado en el suelo agarrándome la cabeza mientras Ariel me levantaba de un brazo para consolarme y el arquero me acariciaba la cabeza diciéndome unas palabras que ahora no recuerdo, pero eran referidas al jugadón que me acababa de mandar.

El partido terminó ahí, fue cero a cero y todos conformes, menos yo que no podía creer lo que había errado.

Mientras tomábamos una cerveza pospartido, obviamente la jugada era el comentario estrella y fue después de un rato que les confesé a los pibes que vi el arco doble a la hora de definir y le apunté al equivocado, lo mismo me paso con Ariel, lo veía doble todo el tiempo por eso no me animaba a darle el pase.

Nos fuimos cada uno a su casa, Javi fue el último del que me despedí, fue quien me convenció y arregló una consulta con su viejo que era oftalmólogo.

Acudí a la consulta en la semana y el padre de Javi me dijo que me tenían que operar de la vista para poder seguir viendo y que no podía volver a jugar nunca más al fútbol después de eso. Ahí fue cuando me sentí como Diego en el 94, ahí sentí que me cortaron las piernas.

En el corto plazo me operé y empecé a asumir la situación, fue dura al principio, pero me fui acostumbrando, obviamente seguí yendo al club a ver los partidos de los pibes que mantuvieron el invicto por muchísimo tiempo más, pero lo más grato y loco de todo esto fue que el fútbol aún sin jugar me siguió dando alegrías. Fue un día de esos en que los chicos jugaron justo después del partido de los rivales de mi último encuentro, en el cruce por los pasillos nos saludamos, cruzamos unas palabras de reconocimiento mutuo y cada cual siguió en la suya, ellos retornaron a sus casas y yo quedé solito en un banco al costado de la cancha donde siempre me quedaba viendo a mis amigos jugar. De repente, siento que alguien se acerca y se acomoda a mi lado, al mirar y ver quién era quedé atónito, me encontré con esa preciosura indescriptible de mujer de frente mirándome con su hipnotizante sonrisa y preguntándome por mi situación. Así fue que cruzamos algunas palabras, alguna que otra risa y se despidió sin muchas vueltas pero sonrojada y con un brillo especial en sus ojos que era todo un mensaje, dejándome un papel que tenía escrito su número de teléfono y unas palabras que me iluminaron el alma.

Obviamente la llamé, sigue siendo la morocha más linda que vi en mi vida, su risa sigue siendo estruendosa pero su sonrisa invade todas las noches mis sueños y así estamos, hoy en día sigo jugando con ella el partido más importante de todos, el de toda una vida juntos.

El genio

Era el que siempre llevaba la pelota, tenía que hacerlo para poder jugar porque sus condiciones técnicas para la práctica del fútbol digamos que eran escasas, y cuando hablo de condiciones no me refiero solo a la habilidad con la pelota, sino también a su capacidad de marca y ubicación en el campo, porque convengamos que podés ser poco vistoso con el balón en los pies pero ser un león en la marca tornándote hueso duro de roer hasta para el más habilidoso, pero en este caso no existía ninguna cualidad productiva que pudiera aportar mi querido amigo dentro del rectángulo de juego. Como decía Fontanarrosa, tenía dos grandes problemas, uno era la pierna derecha y el otro la pierna izquierda, parar una pelota con cualquier parte del cuerpo para él era como resolver un problema de física cuántica para mí: imposible, pero era nuestro amigo y no podíamos decirle que no, el corazón superaba a la razón y los códigos de amistad para nosotros eran sagrados.

Lo parábamos abajo junto a tres fieras, si él fallaba, como casi siempre sucedía, teníamos con qué compensarlo y así nos arreglábamos bastante, teníamos un mediocampo combativo y unos delanteros que hacían goles hasta si le ponían al Pato Fillol y al mono Navarro Montoya juntos en el arco.

La frutilla del postre era nuestro arquero que se atajaba hasta los zapatazos en contra que más de una vez le propinó nuestro amigo en cuestión.

Eso sí, la escases técnica era indirectamente proporcional al amor por el fútbol que sentía este muchacho, jamás estuve en contacto directo con alguien que supiera tanto de fútbol, y eso era innato, lo escuchabas hablar y sabía muchísimo, era un estudioso, sabía cómo jugaba cada equipo del barrio, planteaba estrategias y tácticas de juego para enfrentarlos que complicaban aún más la tarea del rival para poder vencernos.

Nosotros le hacíamos caso en todo, porque nos demostró que sabía y los resultados hablaban por sí solos, dos derrotas en dos años, unos cuantos empates y el resto todo victorias.

Si bien todos los partidos eran diferentes y tenían su historia, había algo en común en cada uno de ellos y eso era que se jugaban con su pelota, la amaba y la cuidaba como Cerbero lo hace con las puertas del inframundo, la conocíamos bien y eso nos daba otra ventaja.

En una ocasión recibimos un desafío único, los mejores jugadores de cada uno de los otros equipos del barrio se unieron para hacernos un partido, armaron una especie de selección barrial para derrotarnos, obviamente nos encantó la propuesta y agarramos viaje. Él sin dudarlo era el que más ganas tenía de llevar a cabo el cotejo, era la oportunidad única de demostrar todo lo que sabía y para lo que alguna vez se había preparado, era el único convencido de que íbamos a ganar ese partido. Los demás sabíamos que teníamos un equipo aceptable pero jugar contra un combinado de los mejores era mucho, la derrota era una gran posibilidad y aunque nos veníamos empapando con la gloriosa espuma producida por el descorche constante del champagne coronante de la victoria, una derrota, aunque sea contra los mejores, tenía el poder único de evaporar dicho líquido sagrado provocando que se empañara la vitrina ficticia protectora