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Los seis relatos que componen este libro ocurren en distintos puntos del mundo. En cada caso el territorio les da un valor incalculable porque es la cultura del lugar la que define los dramas y los hechos. Esa diversidad de los lugares tiene la impronta de la inapelable influencia periodística, adherida a mi piel como un agua pegajosa. Durante varios años el periodismo me dio la oportunidad de realizar viajes a países que eran mundos radicalmente distintos del mío, ya sea por razones políticas, culturales o religiosas. La curiosidad o el deseo de entender cómo funciona el fondo común del ser humano por debajo de esas diferencias es un legado de aquellos viajes y es la semilla de estos cuentos.
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Nancy Sosa
Nancy Sosa
Prédicas / Nancy Sosa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-8322-39-1
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Realistas. I. Título.
CDD A863
Diseño de interior y armado de cubierta: Celina Laura Restelli
Diseño de cubierta: Ian Sabanes
Ilustración de tapa: Kandinsky, Vassily; Auf Weiss II (En blanco II); 1923; óleo sobre lienzo; 98 x 105 cm.; legado de Nina Kandinsky, 1976; Centre Pompidou, MNAM-CCI/Bertrand Prévost/Dist. RMN-GP
© 2022, Nancy Sosa
Derechos de edición en castellano
reservados para todo el mundo.
© 2022, Ediciones Deldragón
Grupo Editorial Deldragón
www.edicionesdeldragon.com
Digitalización: Proyecto451
ISBN edición digital (ePub): 978-987-8322-39-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Los seis cuentos que componen este libro ocurren en distintos puntos del planeta. En cada caso el territorio les da un valor incalculable porque es la cultura del lugar la que define los dramas y los hechos.
Esa diversidad de lugares tiene la impronta de la inapelable influencia periodística, adherida a mi piel como una sustancia pegajosa. Durante varios años el periodismo me dio la oportunidad de realizar viajes a países que eran radicalmente distintos del mío, ya sea por razones políticas, culturales o religiosas. La curiosidad o el deseo de entender cómo funciona el fondo común del ser humano por debajo de esas diferencias es un legado de aquellos viajes y es la semilla de estos cuentos.
Recién cuandolas mañas del oficio, que me llevan a estudiar rigurosamente los contextos históricos y culturales, estuvieron satisfechas, se abrieron las puertas hacia la literatura. De ahí en adelante el trabajo consistió en dar rienda suelta a la sensibilidad oculta ycavar varios metros en mi interior para encontrar las emociones.
No es que los cuentos o relatos tardaron en escribirse. Solo sucedió que me llevó décadas encontrarme conmigo misma para poder escribirlos; hurgar en mis creencias limitantes, cuestionar su veracidad, cambiar mis puntos de vista, descartar mitologías inciertas, demoler convicciones y levantar un templo propio para mi nueva fe personal.
Nancy Sosa
Agradezco al escritor Darío Semino por su invalorable colaboración.
Vertió el agua recién hervida sobre las tazas calientes y las hebras de té. En un principio, flotaron. Mareadas, porque revolví veinticinco veces el líquido para diluir el azúcar, las hojas del té se recostaron en el fondo del recipiente. Quedaron quietas, muertas, bajo el agua rojiza.
Levanté los ojos para mirarla y ella bajó los suyos perdiéndolos en el humo que subía de la taza. Yo también posé los míos en ese ondulante vapor, seguramente en el momento en que ella los levantó para verme. Teníamos que hablar, yo más que ella. Minutos más, o menos, eso sucedería después de casi un año, uno tan intenso que no sé si tendré otro igual en el resto de mi vida.
Las cucharas tintinearon varias veces sobre la porcelana provocando al silencio. El niño se movió en la cuna y lanzó un quejido. Lo mecí con una mano mientras con la otra sostenía la taza. Mi madre lo miró de reojo, con desconfianza, como a un desconocido. Y lo era, tenía dos semanas de vida y acababa de conocerlo. Sin embargo, no era esa la causa de la expresión en su rostro, era el desconcierto acerca de qué hacía ese niño en mi vida. La última noticia que tuvo de mí, un año atrás, fue la de mis exámenes en la Escuela Nacional de Arte de Hong Kong, con los que cumplí gracias a una beca que logré solo por ese año.
Mi regreso a Khon Kaen, la ciudad en que nací, fue apresurado. Se suponía que lo haría en cuatro años cuando mis estudios se hubieran completado.
Tras el último sorbo de té, hablé: “Es mi hijo, mamá, se llama Kamon”. Suspiró profundo, como si en el acto de inhalar y exhalar conjurara la sospecha. En los segundos siguientes, y a toda velocidad, seguramente se le cruzó por la mente que fue un descuido de mi parte, que fui víctima de un abandono o tal vez engañada en la inocencia de mis veinte años.
Kamon lloró, quería su leche. Corté la conversación. Amamantarlo me exigía tranquilidad. Debí relajarme porque me dolían los pezones. El agua en la tetera se enfrió; mi madre se levantó para calentarla y renovar la ronda de té a la que se sumaría mi padre cuando llegara de su trabajo.
Satisfecho, el niño se volvió a dormir después de eructar. Madre no podía comprender por qué no había dado señales del embarazo en todo este tiempo, la asombró el ocultamiento y creyó que mi conducta había sido irracional. Le dije que había una explicación cuando comenzó la segunda ronda de té. La tranquilicé contándole que en mi ausencia estuve en el mejor de los mundos, rodeada de amigas que me cuidaron, y médicos que custodiaron el curso de la gestación. Que mi vida en un barrio céntrico de Bangkok, cerca del mercado de flores, transcurrió en calma, salvo al principio por los vómitos apaciguados recién en el tercer mes.
Su rostro no cambió con esas explicaciones. Por el contrario, me reconvino seriamente: “Pattaramon, deja de dar vueltas y cuéntame qué pasó”. Me llamó Pattaramon, su forma de decir que no tengo otra salida más que la verdad. Si acaso hubiera dicho cariñosamente Patt…, pero no, dijo Pattaramon. Resoplé, junté fuerzas, tragué saliva, y con la voz entrecortada dije que algo había salido mal y que yo solamente quería pagar mis estudios.
Cuando terminé de decir esas palabras entró mi padre. No las escuchó. Acercándose a la cuna se le iluminó la cara con solo ver a Kamon mover la boca como si siguiera chupando. Lo levantó, acomodó con maestría la cabeza en el hueco del brazo y el antebrazo, sosteniendo al pequeño con la palma de su enorme mano. Mamá seguía en estado catatónico, hundida en la mayor de las incertidumbres, y yo sin saber qué hacer, si seguir hablando delante de mi padre o callar hasta otro momento.
La ternura de mi padre me conmovió. Arrobado, tomó su té sin dejar de mirar a la criatura. Por primera vez coincidimos con mi madre: las dos enmudecimos. Era habitual que las noticias de la familia las supiera ella antes que él. Luego, en el momento oportuno, le contaba los detalles de tal modo que todos, absolutamente todos los asuntos carecían de gravedad o tenían una solución. Sin embargo, ella guardaba para sí y para nosotros –mi hermano y yo– una mirada de advertencia para que no olvidáramos jamás que su complicidad nos había salvado del enojo paterno. La dejábamos en esa creencia y alimentábamos el mito del padre terrible aun cuando sabíamos perfectamente que él era más comprensivo con nuestros errores.
En mi habitación mi madre había dispuesto los muebles de otro modo para que la cuna que compré de urgencia cupiera en un espacio perfecto. El lugar era chico pero el escritorio, adosado a la ventana, concedía un privilegio de libertad a mi pensamiento. Eso me agradó. La cama quedó en el mismo lugar, los libros permanecieron en sus estantes, las cortinas rosadas recién lavadas y planchadas pendieron del carril. Pude oler el jabón en la tela. Creo que quiso causarme un regreso afectuoso.
Kamon se durmió. Tranquilo, durmió mucho y por momentos sonrió entre sueños. Antes de desempacar me recosté en la cama y busqué en la pintura descascarada del techo las figuras que solía ver antes de irme. Seguían ahí. Estuvieron esperándome para decirme que algunas cosas no cambiaron, otras mejoraron o empeoraron. Lejos de ese útero material, para mí la vida había cambiado para siempre: el rumbo, las metas, el ritmo, los anhelos.
Al día siguiente fui a Bangkok a buscar las pocas cosas que habían quedado en el departamento. Debía pagarle al administrador. Lawan y Wattana estuvieron esperándome para armar las cajas y los bolsos.
La noche anterior dormí profundamente como no lo hacía desde mucho tiempo atrás, y el niño también; tanto que se salteó una de sus comidas. Recién al alba chilló desesperado. Estaba rojo en su cuna. Apenas le ofrecí el pezón se prendió como si fuera su única conexión con la vida. En verdad, así era.
Mamá me había preparado un desayuno nutritivo y me despidió en la puerta como siempre, sin sonreír. Le aseguré que volvería y le contaría el resto de la historia. Las dos horas de viaje en un recorrido que me resultaba conocido recordé mis rutinas para llegar a la escuela de arte. El tiempo en el tren, desde las afueras hasta el centro de Bangkok, me distrajo y adormeció. El paisaje era siempre el mismo: casas, casas, casas. Sin embargo, los colores de los techos y las fachadas rompían la monotonía. El tren no era como el metro aéreo, sino menos veloz y nada silencioso, mantenía el ritmo y el sonido de los viejos ferrocarriles. Cuando entraba a cada estación hacía sonar su silbato. El ingreso a la Bangkok verdadera, a la “aldea de la ciruela silvestre” que está del lado Thon Buri del río Chao Phraya, fue apoteósico. A la vista de todos Bangkok confirmó su superpoblación. El final del recorrido me llevó al centro, donde ya es Krung Thep, “la ciudad de los ángeles”.
En las puertas de la estación tomé un taxi. Las veredas céntricas de la ciudad estaban llenas de comercios abiertos y gente comprando. Llevaban bolsas de todos los colores. Los carros cargaban turistas por las calles en medio del intenso tránsito.
Miré la hora: eran las diez y treinta. Súbitamente reapareció la sensación que tuve cuando confirmé que estaba embarazada. Rememoré mi cuerpo, cambiando cada mes, mi abdomen creciendo hasta convertirse en una bola inmensa que me apretaba la boca del estómago y expulsaba mi ombligo hacia afuera. De esa etapa me quedó la piel estirada, colgante. El taxi demoró más de media hora en llegar al departamento.
Lawan y Wattana estaban esperándome en la puerta. El departamento estaba exactamente como lo dejé, con el sol iluminando el espacio por los dos ventanales grandes. Allí había pasado horas intensas, otras lánguidas, a la espera del nacimiento. El caballete mantenía montado un cuadro a medio terminar. La modelo de la escuela había posado para darle forma a una mujer embarazada, joven, con el cabello cubriéndole la cara, sobre un fondo azul. Los pinceles limpios permanecían dentro del frasco de vidrio con las cerdas hacia arriba, los libros de pintura seguían apilados en el piso. La cama estaba desecha por el apuro con que salí hacia el sanatorio tras romper la bolsa.
Mis amigas, hermanas de la vida, vaciaron los placares y armarios con una velocidad apabullante mientras yo empacaba los cuadros terminados, las telas sin bastidor, los pinceles y las pinturas. En una caja de cartón guardé prolijamente los acrílicos y los óleos. Nada me fascinaba tanto como el olor del óleo, la trementina, las pinturas industriales y los solventes, los barnices. Mi corto pasado cabía en esa caja de olores penetrantes.
Abrí una de las valijas y comencé a guardar mi ropa y las prendas de bebé que le habían regalado a Kamon antes de nacer mis compañeras de la escuela de arte. Ellas siempre supieron lo que estaba haciendo, con miradas dispares, de admiración o espanto. Lawan adoraba los niños y aprobaba el embarazo, Wattana en cambio tenía sus reparos. Sin embargo, las dos estuvieron conmigo en el episodio del sexto mes.
Fue cuando abandoné los estudios de arte. Ellas dieron sus exámenes y pasaron a tercer año mientras yo estaba en el sanatorio.
De regreso a la estación de tren el taxi pasó por delante de la clínica donde di a luz. Miré el edificio y pensé que nunca volvería allí. O sí. No lo sé. Antes de salir el director del sanatorio me había hecho firmar una planilla para darme de alta, donde constaba que estuve internada cinco días, dos de trabajo de parto, uno por el nacimiento y dos para la recuperación. “Parto complejo, por cesárea”, decía. Me durmieron porque dejé de pujar.
Durante la internación recuerdo haber visto desde el quinto piso el Paseo del Elefante repleto de personas, y a una turista de mediana edad bamboleándose peligrosamente sobre un paquidermo mediano. Al lado, el Mercado de las Flores explotaba de colores. La cassia fístula brillaba como lluvia de oro sobre los senderos del mercado. Nueve meses atrás yo había imaginado que el día en que me fuera de ese lugar, después de parir, lo haría sola.
Mientras los escaparates de las grandes tiendas pasaban a través de la ventanilla imaginé que en el cuarto desocupado de mi hermano quedarían mis cosas por lo menos hasta que él regresara. Con un poco de ingenio podría usarlo de atelier y seguir pintando y dibujando. Pienso que mi vida tal vez retornará a una cierta normalidad, distinta a la prevista pero normalidad al fin.
Mi madre me ayudó en silencio a acomodar las cajas y valijas. La miré de reojo y observé la rapidez con que guardó mi ropa. Percibí su ansiedad por ultimar rápidamente esa tarea y terminar con la intriga que le urgía develar. Por eso, después de amamantar nuevamente a Kamon, le pedí que hiciéramos una pausa y tomaramos un té de jazmín. Los pétalos secos del jazmín de Tailandia flotaron en el agua caliente, no retozaron en el fondo. Mi madre tapó las tazas con los platillos para que el té soltara todo su aroma y tiñera el agua de amarillo.
“Un año atrás una agencia me ofreció gestar el hijo de un matrimonio australiano. Me daban 15 000 euros y un departamento alquilado hasta el nacimiento, y acepté. A duras penas había podido mantenerme y la cancelación de la beca, a fines del año pasado, fue un ultimátum para mí. Ustedes no hubieran podido pagar mis estudios”. La cara de mi madre reveló una expresión nueva, distinta a todas las conocidas; una mezcla de estupor, descreimiento, horror y hasta un poco de asco. Movía los ojos de un rabillo a otro tratando de asimilar la idea y también la existencia de nuevas prácticas en el mundo. “¿Con quién lo hiciste?”, preguntó tímidamente. “Con nadie, mamá, ellos enviaron los espermatozoides y me los implantaron tres veces, hasta que la última vez, fertilizaron”, le contesté.
