Princesa europea - Andrea Barrientos - E-Book

Princesa europea E-Book

Andrea Barrientos

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Beschreibung

La vida y los sueños de Natalie se vieron truncados una mañana cuando su abuelo, el viejo Wells, decide por ella y la aleja de todo. La joven deberá tomar una decisión y cruzar el océano para escapar de las cadenas que la atan en Londres y poner a prueba su propia fuerza venciendo los miedos a las amenazas que la encarcelaron. En su regreso a Buenos Aires se cruzará con su primer amor, Martín, y juntos deberán enfrentar las pruebas que el destino les presente. Y cuando todo parecía felicidad, su vida de Londres y una venganza ajena intentarán destruir lo que construyó.

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Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Barrientos, Andrea Roxana

Princesa europea / Andrea Roxana Barrientos. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

256 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-286-6

1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Barrientos, Andrea Roxana

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Estaba distraído en esta vida hasta que me crucé con vos. No sabía que te buscaba, pero te encontré y me di cuenta de que me hacías falta.

PRincesA euRopea

PRólogo

Sábado por la tarde en una Buenos Aires calurosa. Un vehículo se detuvo a escasos metros de la vereda, la ventana del acompañante bajó apenas un poco y un destello encandiló los ojos de algunos transeúntes. El sol calentaba la vereda y las personas pasaban perdidas en sus pensamientos. Un estruendo se escuchó e hizo eco con las bocinas de los otros autos.

En medio del grito desesperado de Natalie, Abel puso su mano derecha en su costado, casi por el instinto de querer tapar la herida o sanar su dolor. Ella observó cómo su camisa se tiñó de rojo oscuro. El ver cómo los ojos de aquel joven se apagaban aumentó su desesperación. Un grito y un llanto se apoderaron de ella.

Por los pasillos del hospital, médicos y enfermeros corrieron ante el llamado de la ambulancia, que estaba en camino. El quirófano ya estaba listo para recibir al paciente. Los familiares habían llegado casi al mismo tiempo que Abel ingresaba a cirugía.

En su casa, el fiscal recibió el llamado del sargento Figueroa, quien le avisó del hecho ocurrido en dos calles principales en pleno centro porteño. Se frotó su sien sabiendo que este caso no sería igual que cualquier otro.

Ocho años

Pía Rossi había preparado sus maletas la noche anterior. En la mañana de su partida, Natalie no quiso dejar de acurrucarse entre sus sábanas lilas con mariposas de colores. Su madre se sentó al costado de la cama, mientras que su exesposo las observaba desde la puerta de la habitación de la niña.

El hombre alto, con cabello castaño claro y piel blanca, estaba cruzado de brazos y tenía el rostro apagado. Su mirada no se despegaba del piso alfombrado de color rosa con diminutas estrellas.

—Sé que algún día me entenderás, hijita —habló la madre mientras acariciaba la mejilla, que asomaba cuando el cabello rubio de su hija la dejaba al descubierto—. ¡No estés triste, mi princesa! Te amo y te voy amar toda mi vida y más allá de ella.

La pequeña de ocho años se levantó con un salto y se sentó sobre su madre, la abrazó clavándole sus finos dedos en la espalda y le dijo al oído que la entendía, mientras el corazón de ambas se desgarraba por dentro. El padre agachó la mirada nuevamente, después de haberla alzado al ver a su hija saltar de entre sus cobijas.

Joseph Wells trataba de contener sus lágrimas. No quería que nadie de la casa lo viera tan vulnerable como un chiquillo asustado por la vida. Su llanto iba por dentro, como si las lágrimas no quisieran salir de sus ojos pardos como los de su hija. Él no quería que ella se fuera, pero sabía que la vida de ambos no podía seguir así. Deseaba tomarla y llevársela lejos de aquellos monstruos destinados a separarlos. Se repetía a sí mismo: «Esto será un tiempo corto», y así se hundía cada vez más en una mentira para protegerse de su dolor.

Recordaba cuando la conoció. Ella tenía su cabello largo, algo enrulado y tirado al costado. Hablaba con elocuencia y presentaba los proyectos que comenzarían en los siguientes días, luego de que la junta directiva de la empresa para la que trabajaba aprobara su proyecto. Joseph había llegado a Italia a reemplazar al gerente general de aquella sucursal. Era el dueño y no debía sentarse detrás de un escritorio de menor cargo que el que llevaba en Londres. A pesar de ello, él necesitaba hacerlo, necesitaba un cambio y no tuvo mejor oportunidad que irse a un país diferente para estar lejos de su padre.

Pía se movía con firmeza y confianza, paseaba cerca de cada uno de los directivos; ya fueran hombres o mujeres, todos la admiraban por su talento. Se había convertido en una pieza fundamental para la empresa. Pronto la compañía se abriría al mercado de la construcción civil y el Gobierno estaba solicitándolos para varias construcciones.

Él no solo la admiraba también, sino que dejó que toda ella entrara en su corazón sin aviso. Sin permiso, desarmando lo que él creía que estaba bien para acomodarlo a su manera. Joseph siempre decía que Pía le había reorganizado el interior de su alma con solo haberse cruzado en su camino. La había empezado a amar desde ese instante.

La joven madre dejó a su hija recostada mientras lloraba y, al retirarse de aquella recámara, la mano del hombre hizo un intento más para retenerla.

—No te vayas, mi amor. —El silencio de la mujer era sepulcral, no le decía a quien había amado durante tanto tiempo lo que ocurría en su corazón. En un susurro, escuchó las últimas palabras de un adiós obligado—: Te amo.

Lo único que ella pensaba era en cómo él le podía hablar de amor, cuando no supo cuidarla y la había dejado a deriva en un barco sin timón y en medio de un apestado mar de tiburones hambrientos.

Abajo, en la colosal sala, se encontraba el viejo Wells, tan imponente, levantando su cabeza con un rostro de satisfacción. El hombre recio vigilaba los pasos de Pía, esperando en la puerta para ver cómo su nuera se iba dejando atrás todo lo que ella más amaba en este mundo. Sus miradas se cruzaron, los dos sabían el porqué de ese abandono. Así, la mujer se subió al auto y no volvió a ver a su hija por un largo tiempo.

En el cuarto, Joseph solo podía consolar a su pequeña, que lloraba en su cama. El dolor más grande que le pueden causar a un niño no deja huellas en su rostro, sino en su corazón. Natalie estaba aprendiendo de tan pequeña que los adultos se equivocan y en el proceso matan las almas de quienes dicen amar. Su padre se recostó a su lado.

Cuando supo que vendría al mundo se sintió realizado, su vida no tenía propósito hasta que aceptó el puesto en Italia. La tarde que invitó por primera vez a cenar a Pía, estaba nervioso, como si fuera un adolescente.

Habían ido a un lugar discreto e íntimo, una banda de jazz tocaba para todos, pero Joseph solo se concentraba en la voz de la dama que lo acompañaba aquella noche. No podía notar los candelabros que adornaban las paredes ni las baldosas negras en el suelo. Sus ojos anidaron en la belleza de la italiana.

—Pía, sé que es poco el tiempo desde que nos conocemos. —Su cuerpo temblaba y él solo se reía de sí mismo—. Pero me enamoré de ti desde el día que te vi.

Ella lo miró, se llevó a la boca la copa de vino blanco, algo ácido, que pidieron para acompañar las ostras. Estaba igual o más nerviosa que él.

El día que se conocieron, Pía lo vio antes de entrar a la sala de juntas, con su altura y su pelo rubio casi blanco. Se quedó impactada, no era común ver a alguien así de rubio por la ciudad. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron sus ojos pardos cuando por fin cruzaron miradas delante de tanta gente. Para ambos, el mundo podía acabarse ahí mismo, pero jamás dejarían de verse a los ojos.

—Y yo de ti —respondió.

Seis meses después se casaron.

Él recordaba esos momentos mientras acariciaba el cabello de su hija, tan igual a él y tan semejante a su madre también.

Ocho años después, Joseph Wells se encontraba solo en su oficina de la compañía. Su amigo Oliver lo había estado llamando y no respondía. Varios días atrás se habían encontrado el político y al periodista, para que Joseph le contara sus penas entre vasos de whisky, en el viejo departamento que aún conservaba de aquellos años de estudios. El inglés lloraba la ausencia de su hija.

Dieciséis años

Instalada en Buenos Aires, la adolescente europea quería comenzar una vida distinta a la que tenía en Londres. Se había propuesto terminar el secundario e inmediatamente comenzar la facultad. A pesar de ser muy joven, siempre tuvo en claro cada objetivo y sabía cómo dar los pasos siguientes para alcanzarlos. Sin embargo, una vez más, la decisión de los adultos afectaría los proyectos que ella se había dispuesto a obtener. Casi como un déjà vu, la misma situación se replicaba una mañana de sábado. Pía, entre llantos, le decía que tendrían que separarse. Aunque, esta vez, el dolor de Natalie no solo era por su madre.

—Hija, será mejor que te vayas a Londres, lo hablamos con tu padre y él cree que es lo mejor. Allí tienes todo para convertirte en la profesional que quieras ser, podrás pensar mejor en tu futuro y tal vez hasta te cases y tengas una familia feliz. —La mujer lloraba, no podía ver a su hija a los ojos. Su voz marcaba que sus palabras eran fingidas.

—Veo que de nuevo ustedes han decidido por mí. —El enojo de la joven se hizo presente sin titubeos—. ¡Y, como siempre, tendré que obedecerles! ¿No quieres que me quede contigo, mamá?

—¿Cómo no querría eso? ¡Eres lo más importante para mí, mi princesa! Si fuera mi decisión, no te dejaría ir. Tú sabes que no puedo enfrentarme a ellos. —Largó un suspiro profundo—. Estoy cansada, en mi vida todo se está apagando y duele tanto... Un día volverás y ya nadie te va a detener, nadie te va a decir qué debes hacer. Espera solo un poco más de tiempo.

—Eres incongruente, mamá: por un lado, me pides que me vaya y, por otro lado, no quieres. Me pides que regrese y pelee una batalla. Si tú no la ganaste, ¿por qué crees que yo la ganaré? —Su madre acariciaba su cabello rubio como el sol y secaba sus lágrimas con su pulgar dejando una huella húmeda en su rostro, mientras que Natalie cerraba los ojos resignada, guardando ese momento para siempre.

—Mi niña hermosa, quiero que te quedes. Pero, si lo haces, no podremos estar bien aquí. Tu abuelo no nos dejará en paz. Hazme caso, vete y termina tus estudios allí. Cuando estés lista, podrás volver y presentaremos batalla juntas. Es una promesa, nunca te dejaré sola. —Cerró sus ojos y suspiró. No quería obedecer. Ella estaba dolida, Natalie no quería dejar Buenos Aires y su madre lo sabía—. Sé qué es lo que más te duele. Pero, si es verdadero ese sentimiento que tiene por ti, algún día volverán a verse.

Con lágrimas en los ojos y dolor en su corazón, terminó aceptando.

—Dile a papá que me espere.

La tristeza de Natalie iba más allá de lo que sucedía en ese momento; saberse lejos de Martín era lo que estaba doliéndole más.

La mañana en la que su madre le habló de volver a Londres, se encontró con su abuelo, que llegó solo por unas horas para llevársela. Ese hombre jamás quiso pisar tierra latina, sentía desprecio por aquellos que habían enfrentado a su país en una guerra reclamando lo que, según decían, les pertenecía. No obstante, la soberbia del inglés fue dejada a un lado solo por su nieta, a la que amaba sin condición y por la que era capaz de dar su vida. Ni bien pudo, el viejo Wells le quitó su teléfono móvil y le dio otro para que ella no tuviese comunicación con su madre, ignorando su corazón.

Así se fue de los brazos de Pía. Una vez más, presa de la decisión del patriarca de la familia. Mas en sus pensamientos solo tenía un objetivo: volver.

1

Martín Vivaldi era el tercero de cuatro hermanos; su padre había fallecido cuando él estaba cerca de cumplir ocho años. Entre las lágrimas de sus hermanas Marisol y Rocío, el niño veía cómo bajaban el ataúd donde yacía su padre, dispuesto al último reposo de su cuerpo maltrecho. Rodeadas de las estatuas que parecían vigilar a los muertos, las lápidas indicaban el camino a los visitantes, que dejaban una última flor en la pesada caja de madera.

El pequeño levantó su cabeza; podía ver a su madre sumergida en un profundo dolor y el esfuerzo que ella hacía para evitar mostrárselo a sus hijos. Mientras tanto, Abel, su hermano mayor, abrazaba a Rocío. Varios familiares murmuraban en medio del dolor, sus quejas injustificadas sobre los dos hijos del difunto eran acerca de que ellos no lloraban. Amparo Vivaldi estaba ignorando las letales frases sabiendo que solo ella comprendería la forma de ser de aquellos varones.

Entre los murmullos, una voz inocente y cargada de dolor se hizo escuchar fuerte y claro:

—Mi pedido de auxilio va desde mi corazón a mis pensamientos, conectados por las venas, las células y la sangre misma que mi padre me dio. No necesito mostrarles cuánto me duele la muerte del hombre que me enseñó mucho siendo niño.

Las palabras de un pequeño de ocho años callaron las voces malintencionadas de unos cuantos irrespetuosos.

Creció sabiendo que una parte de su vida se fue con su padre ese día. Dejó de ser un niño alegre como sus hermanos. Permitió que su papá se llevara un pedazo de su corazón dejándolo con un vacío. Antes de morir, lo bendijo (o lo maldijo) con un amor eterno; a decir verdad, nadie sabía cuál de las dos opciones era.

***

Estaba terminando el secundario cuando la conoció. A sus ojos, era la chica más bella que existía. La vio en marzo, apenas iniciaba el ciclo lectivo. Sus ojos pardos se cruzaron con él en un choque provocado para poder hablarle.

—Disculpá —le dijo sonriente, su mirada tierna lo cautivó aún más—. Estaba distraído.

—No te preocupes, no eres el único. Yo también he estado distraída últimamente.

Extrañado por su acento y admirando su voz, se atrevió a preguntar si era extranjera.

—Algo así —respondió mientras giraba para irse. Una atracción se instaló en los dos jóvenes; se podía notar pese a que nadie les estaba prestando atención.

Ella no lograba dejar de mover los dedos de sus pies, era una señal de que estaba nerviosa. Vivir bajo el ala de su abuelo le había enseñado a ocultar lo que el viejo Wells llamaba debilidad. Siempre que ese sentimiento se presentaba, recordaba las palabras del anciano.

—¿Me podrías decir tu nombre y de qué año sos? —Se dio vuelta y lo miró sin dejar de sonreír.

—Natalie, cuarto año. —Giró sobre sus pies y se fue dejando una oleada de su perfume.

No debió pasar mucho tiempo para que los dos se volvieran a ver. Él buscaba todas las maneras posibles de encontrarla por los pasillos de la escuela, por las gradas del gimnasio escolar, por los patios internos y externos. Todo era motivo para robarle un poco de atención. Cuando él la vio sentada en la banca alistándose para irse, casi que corrió un maratón para hablarle.

—Hola, Natalie, cuarto año, casi extranjera. Me llamo Juan Martín Vivaldi, pero me llaman Martín, y soy de quinto. —Su mirada se posó sobre su sonrisa.

—Soy Natalie Ann Wells Hansen Rossi —dijo, extendiendo su mano cortésmente—, pero me dicen Natalie Wells, aunque algunos me llaman Ann.

Él aceptó su mano, lo que provocó en ella muchas e intensas sensaciones. Definitivamente, eran los destellos de un primer amor

—Me gusta mucho tu nombre, Natalie Ann. —«Natalie», repitió para sí.

—Gracias, Martín.

—Tengo una curiosidad. —Ella lo miró esperando su pregunta—. Te pregunté si sos extranjera y me dijiste:“Algo así”.

—Soy nacida en Argentina, aunque viví hasta hace algunos meses en Londres. Pero mi corazón es argentino.

Se encontraban viéndose como si protagonizaran una película romántica, donde dos personas se enamoran a primera vista. Martín sentía que ella estaba penetrando en su alma. Hablaron un buen tiempo de diferentes cosas. Él la escuchaba reír y observaba cómo jugaba con su cabello claro, enredando sus dedos entre las hebras doradas. Martín pensó que el amor era sorprendente. Siempre creyó que su tipo de mujer era de cabello oscuro; sin embargo, cayó rendido a los pies de una rubia. Una anciana le dijo una vez: “Eltipode mujer para vos en el amor no lo definen tus ojos, lo define tu corazón”.

Él sintió que Natalie le había robado todo su ser. Absorbió por completo la esencia de su vida y lo dejó con lo necesario para existir. Ese día se terminó de enamorar. Se clavó en él y no tardó más que algunos segundos para adentrarse en su alma y su corazón, que quedaron fundidos como si fueran dos piezas únicas de metal soldadas. Mientras divagaba en sus pensamientos, un silencio de su parte se hizo presente. «Debo buscar una excusa para seguir viéndola».

—¿Tenés algo que hacer después de la clase? —Su pregunta fue por inercia, mientras su mente se aceleraba en busca de alguna excusa para invitarla a salir.

—Debo ir al shopping a buscar a mi mamá. —Él bajó la mirada y dejó de pensar, creyendo que ya estaba perdida esa posibilidad, pero oír su voz le dio esperanza—. Si quieres, puedes acompañarme. Tengo tres horas libres mientras la espero.

—¡Perfecto!

***

Martín y Natalie habían acordado que ella conocería a la familia de su novio. El sábado anterior le mandó mensajes y no respondió ninguno. Eso era extraño porque, sin importar lo que estaba haciendo, ella siempre respondía. La llamó y saltó el buzón de voz. Habían pasado las horas y Martín no tenía noticias suyas.

Caminaba de un lado a otro haciendo un surco imaginario en el suelo. Estaba nervioso, impaciente y sentía que su pecho estaba siendo destrozado, como si recibiera golpes invisibles. Tomó el auto de su tío y fue a buscarla pasadas las cinco de la tarde. Al ir acercándose a la casa, su corazón se destruía como un castillo de naipes y le daba una clara señal de que algo no andaba bien. Sintió unas punzadas que ralentizaban sus latidos. Algo estaba por suceder y lo sabía.

Bajó del coche y golpeó la puerta de su casa con una fuerza que fue aumentando con el correr de los minutos. Varias veces lo intentó hasta que, finalmente para él, la puerta se abrió lentamente. Detrás de ella, apareció Pía hecha un mar de lágrimas. No era la mujer que conoció, una ejecutiva con la misma sonrisa que su hija. Su rostro estaba demacrado, sus ojeras marcaban que había llorado todo el día, sus ojos estaban hinchados y rojos, sumergidos en el dolor. Martín sintió que su alma se desmoronaba al verla así; claramente, algo había pasado y era grave. «Natalie», pensó y su dolor aumentó. Trató de contenerse y le preguntó por ella. Inmediatamente su llanto volvió y lo abrazó.

—Se la llevó —decía de manera entrecortada a causa del lloro—. ¡Su maldito abuelo la arrancó de mis brazos! —Martín no soportaba la idea. Entendió que esa era la sensación extraña de ausencia que había sentido en la mañana, cuando una angustia se había apoderado de él—. El viejo Wells me obligó a darle los derechos sobre ella y se la llevó a Londres.

Dentro tenía un volcán que estaba por hacer erupción.

—¿No pudo evitarlo? ¡Es su madre!

Se detuvo sabiendo que no podía hablarle así. Por más dolor que él sintiera, ella sufría igual o peor. Apenado y en medio de su agonía, susurró que lo sentía. Ella hizo una mueca diciéndole que lo entendía. Sus ojos no cerraban las compuertas de su alma.

—Está bien, Martín. —Secó sus lágrimas—. En cuanto sepa algo, te informaré. Sé que ella te quiere, su abuelo no sabe que existes en su vida. Por un lado, es mejor, él puede hacerte mucho daño.

El viejo Wells era un hombre implacable y severo. No demostraba sentimientos hacia nadie, a excepción de sus tres nietos, que eran su debilidad, especialmente Natalie.

Con el paso de los meses, Martín se resignó y en ese tiempo tomó la decisión de continuar con su vida. Natalie se había convertido en el símbolo del amor más puro, fue su punto de comparación con las demás mujeres. Sabía que eso estaba mal, pero no quería comprometerse con nadie, no quería enamorarse. Aunque a veces hiciera algún esfuerzo por abrirse a alguien más, su corazón no lo aceptaba. Natalie Wells estaba grabada a fuego en su alma, así como él en la de ella.

***

La joven rondaba por los pasillos de la mansión en Londres. No comía y ya no se ocupaba de sí misma. Solo sus pequeños primos, con gran esfuerzo, lograban sacarle una leve sonrisa. Anne, el ama de llaves, se preocupaba por la salud de Natalie, sus ojos habían perdido el brillo que la caracterizaba. Tenía ojeras, no se ocupaba de su cabello. Su cuerpo estaba delgado, había perdido las fuerzas. La depresión en la que se estaba sumergiendo la llevaba a una muerte lenta.

El patriarca de los Wells no se inmutaba, solo se limitaba a decir que se le pasaría. Joseph era otro muerto viviente en aquella casa que permanecía envuelta en el pasado. Las paredes estaban empapeladas con un antiguo diseño; solo alguna que otra habitación había sido rediseñada en su interior. El pasillo largo y angosto que conectaba todos los cuartos del piso superior tenía colgados en sus paredes candelabros que databan de más de cien años. Todo era tenue, todo era apagado. Nadie sabía si la tristeza de quienes la habitaban había llenado el lugar de sombras o las sombras del lugar habían profundizado su tristeza.

—Natalie, debes comer algo.

Ella solo lo miró. Sonrió sin ganas, entendiendo que quien le daba consejos no aplicaba los mismos para él. Se levantó de la silla, pero su padre la tomó por el brazo y la aferró a su cuerpo. Ambos estaban muertos. Ambos querían irse de allí. Ambos estaban presos. Ambos lloraron.

Anne cerró la puerta para dejarlos solos, padre e hija necesitaban desahogarse de tanto dolor. La mujer, que era como una hermana para Joseph, deseaba hacer algo por salvarlos, pero en sus manos no había nada que pudiera hacer.

***

Pía ya no daba más del dolor; quería irse a Londres, pero todo la detenía. Las amenazas de su exsuegro estaban retumbando en su mente, temía que las hiciera realidad. Le advirtió a Martín que no se acercara a su hija por ese mismo temor. El poderío del viejo Wells era alto, tenía aliados, no solo en el universo empresarial y político. Algunos hablaban de que iba más allá de lo legal, pero nadie podría probarlo.

Martín dejó de ir a buscar noticias de su novia la tarde en que Pía se escondió y una vecina le dio su mensaje. No quiso explicar los motivos, la mujer solo la ayudó sin preguntar. Por las noches su llanto la consumía, los recuerdos de todo el infierno que había vivido no eran comparables con el destrozo que su alma estaba sintiendo al saberse lejos de su hija.

Patrick Harrison era el asistente y amigo de Joseph. En apariencias, era diferente a su esposo, pero en actitud era semejante a su exsuegro. Arrogante, humillante, con la maldad tatuada en los huesos y la piel, obsesionado con Pía al punto de someterla delante de dos niños.

—Caerás ante mí —le había dicho al oído mientras la ultrajaba—. Siempre.

Los niños estaban jugando a los piratas esa tarde. William se había escondido en un gran cofre y Natalie en el armario. Los gritos y los llantos de Pía se quedaron grabados en los niños. El odio de su hija nació allí, esa tarde nublada de Londres, cuando la pequeña había salido de su escondite y saltado sobre el hombre rubio luego de acabase con su propósito.

Abrasada por el dolor y sumergida en el recuerdo, Pía en sus manos tenía el poder para quitarse la vida. Sin embargo, la imagen de su hija la detuvo. No, ella no podía hacer eso, tiró las pastillas y se envolvió abrazando la manta de bebé que aún conservaba.

2

Tres años después, Natalie iba del brazo del viejo Wells. Asistían a una cena benéfica. Joseph los acompañaba y muchos de los que lo saludaban se inclinaban como si ellos fueran de la realeza. Las campañas políticas estaban a flor de piel en Londres, la familia Wells por años había sido parte de ese mundo. Detrás de ellos estaban Patrick Harrison, su hijo William y Eric Jackson. Este último se estaba convirtiendo en el abogado de la familia y en el favorito del viejo Wells.

La mesa que se les había asignado se encontraba ubicada delante de todos, centrada y bien iluminada. El salón poseía una lámpara que medía cerca de veinte metros y más de mil doscientas bombillas que se destacaban en el centro. Las cámaras de televisión, ubicadas a cierta distancia de una de las familias más prominentes, no dejaban de enfocarlos. Todo Londres los miraba y se hallaba a la expectativa de lo que Joseph dijera una vez que tomara la palabra. Los que no estaban atentos a eso miraban a la única dama que estaba sentada en la mesa redonda.

Con veinte años, su mirada fría era atractiva para muchos hombres de su edad, y aun mayores, que deseaban tener algo con ella. Uno a uno los fue rechazando con cortesía, pero en su interior quería gritar y salir corriendo de allí. Solo William y Joseph, que la conocían, podían saber cuáles eran sus intenciones reales.

—Hija, ¿por qué no bailas con Will? —Ella asintió. Él se estaba levantando de la mesa cuando su abuelo interrumpió.

—Baila con Eric, tienen que hablar.

Todos lo miraron. Natalie no dijo nada y se levantó. Detrás de ella, Eric la siguió y, tomándola suavemente de la cintura, la llevó a la pista de baile. Ella pensó: «Solo será una pieza».

—Natalie, sé que no te agrado porque estoy cerca de tu abuelo. No puedes culparme por eso. Solo lo veo como una oportunidad de crecer profesionalmente. ¿Qué tiene de malo?

—Primero, Eric, nunca dije que no me agradaras. Segundo, no creo que esté mal que trabajes con mi abuelo, solo que no me gusta que decidan por mí.

—Lo sé y me disculpo por ello de antemano. Sé que lo que te diré a continuación no te gustará, pero prefiero decírtelo antes de que me odies.

—¿De qué me hablas?

Ella lo miró enfureciéndose, sabía que su abuelo algo estaba tramando. Estaba llegando al punto donde no tendría retorno, pero disimulaban porque las cámaras y los ojos de los invitados no dejaban de verlos.

—Tu abuelo quiere que nos casemos.

—Por supuesto que no, es una locura, hace años que se dejó de hacer eso. Yo no tendré un matrimonio por obligación o conveniencia. Jamás me casaré contigo —dijo entre una sonrisa, ocultando su desagrado.

—Luego, dices que no te agrado.

—Eso es algo diferente, Eric. Me agradas, eres bueno. Pero para casarme tengo que amarte y no lo hago, lo siento.

—Yo sí te amo, Natalie. Te amo desde que te conocí hace años. Llegamos a pelear con William por ti, porque preferías estar cerca de él y a mí me querías lejos.

Ella recordaba la vez en que eso había sucedido. Había sido en su casa, antes de su viaje a Buenos Aires. Los había tenido que separar con gritos, ninguno de los dos había dicho el motivo. Eric era mayor que William y más grande físicamente, tenía ventaja. Pero con el tiempo eso cambió, ambos ya eran adultos y eran parecidos.

—¿Tal vez porque intuía que estarías de acuerdo con las locuras de mi abuelo?

—No voy a obligarte a tener nada conmigo si no quieres, solo deseo que te des la oportunidad de conocerme. Creo que puedo hacer que te enamores de mí y que te olvides de Vivaldi. —Los ojos de Natalie se abrieron grandes—. Lo sé, Natalie. Sé del novio que tuviste en Buenos Aires.

—¡Ni se te ocurra hacerle algo! —Detuvo sus movimientos, ya no quería disimular ante nadie—. Te lo advierto, Eric. Si quieres mi respeto, gánatelo, no me amenaces.

—¡Espera, Natalie! Yo no te estoy amenazando, solo estoy tratando de que entiendas que, si yo lo sé, tu abuelo también. Le oculté esa información hace tres años, cuando te estaba vigilando. Si hubiera querido hacerle daño, simplemente le habría contado todo a tu abuelo sin importarme nada.

—Bien, digamos que te creo, ¿qué buscas?

—No quiero que me veas como un enemigo. Por favor, dame una oportunidad de demostrarte que mis sentimientos son sinceros.

La música había terminado, ella apresuró su paso para ir a sentarse a la mesa. En su cabeza rondaban las palabras de Eric sobre Martín. Si él lo sabía, nadie le garantizaba que estuviera seguro. Una desesperación entró en su sistema. Era una daga que se clavó en su pecho. No quería decirle a su padre porque sabía que nada podía hacer y tampoco expondría a su mejor amigo porque su abuelo tomaría represalias.

—Supongo que ya hablaron y que Eric te dio la buena nueva.

—Claro, abuelo, y considero que tienes razón, para qué negar lo que es obvio. Le daré una oportunidad y, si logra hacer lo que prometió, entonces cumpliré con tu deseo.

—Bien, mi princesa, así se habla. Solo restan mis otros dos nietos para sentirme completo.

—¿De qué hablan, papá?

Natalie le susurró a su padre que luego hablarían. Este solo asintió viendo los ojos de su hija, en donde se mezclaban el dolor y la tristeza. Hacía tiempo que él no la veía así, pues ella parecía un ente, alguien sin expresión alguna. Eric la miró sorprendido ante las palabras que acababa de oír y se dejó llevar por la ilusión de tenerla en su vida como deseaba.

***

Cuatro años después de que Natalie hubo vuelto a Londres, todo hacía parecer que el viejo Wells había ganado: su nieta estaba de novia con Eric, a quien él aprobaba. Estudiaba lo que su abuelo había decidido y su vida social era la de una dama de la corte. Pura, directa, sencilla y discreta. Esas eran las cualidades que la joven construyó en una sociedad de élite. Asistía a fiestas y los diseñadores morían por hacer que ella usara alguna de sus prendas. Los medios la seguían y clamaban por un reportaje, pero ella jamás accedió al pedido, por más dinero que le hayan ofrecido. Sin embargo, puertas adentro la joven se quitaba la máscara y planeaba cada paso.

—¿Qué será de tu vida? —Miraba la pequeña fotografía que se habían tomado en una cabina de fotos días antes de partir de Buenos Aires.

Ese primer amor seguía ardiendo en ella como el primer día que se vieron. Él con su dulce forma de ser la había llevado a otro universo.

Para ese tiempo, la habitación había cambiado. La alfombra infantil fue reemplazada por un piso más sofisticado, de madera color claro. Su escritorio tenía un compartimento secreto; como ella lo había diseñado, nadie sabía de aquel lugar en el mobiliario de su habitación. Allí guardaba un diario personal y siempre escribía:

Espero pacientemente que me salves de estar condenada a un trampolín de barco pirata, de esta caminata hacia un precipicio. ¿Dónde estás? ¿Cuándo te llamaré amor mío? Te espero, ven a rescatarme.

La tarde había llegado a su fin. Natalie preparó sus valijas y se dirigió al despacho de su padre, donde interrumpió la reunión que tenía. Le hizo una seña y le habló en noruego.

—Padre, me voy a Buenos Aires unos cuantos días a visitar a mi madre. Vendré en dos o tres semanas. —Cerró la puerta y arrastró consigo una gran valija con ruedas pequeñas.

Su padre corrió detrás suyo para alcanzarla.

—¿¡Cómo te irás así!? Al menos me hubieras avisado, habría hecho que te llevaran al aeropuerto.

Ella lo abrazó y lo besó en su mejilla sutilmente arrugada por el pasar de los años. Pero su padre, aunque quería, no pudo devolverle el abrazo que ella le daba.

—Estaré bien, papá.

Esa partida, repentina para todos menos para ella, era el inicio de una serie de viajes que haría a varios países. Pero en todas sus travesías habría algo en común: su madre.

Pía Rossi la acompañaba en esa aventura a escondidas del clan Wells. Incentivada por Pía y aplaudida por sus abuelos maternos, Natalie comenzó a descubrir otro mundo más allá de las sofisticaciones de la sociedad inglesa a la que estaba acostumbrada.

—¡Eres tan igual a tu padre! —eran las palabras que su mamá le repetía siempre en cada viaje—. Lástima que tu abuelo le cortó sus alas. Cada vez que le crecían, ahí estaba él para arrancárselas nuevamente.

***