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Una nueva decepción, otro golpe a la frágil autoestima de Yasna Leiva. Una nueva ilusión en el horizonte, un exótico muchacho que atrae su atención. Él no es igual a todos, Yasna no sabe hasta qué punto es diferente. Un hombre con una vida interior y un pasado inimaginables. ¿Estará Yasna dispuesta, realmente, a todo por estar junto a él? El debut literario de Anatoly Scherbin mezcla distintas emociones en una historia en que nadie es quien parece ser, ni siquiera como se ven a sí mismos.
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Seitenzahl: 110
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Para Aliya Mustafina
Capítulo 1
capítulo 2
capítulo 3
capítulo 4
capítulo 5
capítulo 6
capítulo 7
capítulo 8
capítulo 9
capítulo 10
capítulo 11
capítulo 12
capítulo 13
capítulo 14
capítulo 15
“Ah, ¡pero ya va a ver!”, pensó luego de encerrarse en su pieza a llorar abrazada a su oso Donoso, un espécimen de peluche que la acompañaba a los veintitantos como lo había hecho desde su infancia, fielmente y en silencio. “¡Va a ver quién soy yo! ¡Me va a conocer! ¡Sabrá quién es Yasna Leiva Fajardo! ¡Quién...!”.
—¿Quién soy? —se preguntó en voz baja, cubriéndose la cara con la sintética figura del oso Donoso—. ¡Una estúpida! ¡Eso soy! ¡Una crédula, tonta… cobarde! ¡Sí, cobarde! ¡Las cosas que le debería haber dicho y no le dije! ¡Las zonceras que tuve que escuchar y ni pío de mi parte! ¡La forma cínica en que me dijo los comos y cuandos! Con lujo de detalles, como si fuera yo uno de sus amigotes, el tal Lucho o el Perico, que le festejan todas las hazañas.
Esta ambivalencia era típica de Yasna, fue ella quien lo había interrogado y presionado hasta que el compungido Germán tuvo que hablar de sus encuentros con Jocelyn, la recepcionista del restorán Carta Blanca. Ahora lo odiaba y despreciaba por ello… y a sí misma, también a su amiga Mariela, que era quien los había visto salir del motel cuando entraba con su pareja.
—¡Y pidiéndome perdón el muy sinvergüenza! Si no fuera porque lo pillaron, todavía se estaría viendo con ella, riéndose los dos de mí.
Parecía estar a punto de tener éxito en su intento de asfixiarse con la peluda masa del oso Donoso, cuando sintió abrirse lentamente la puerta.
—¿Y? ¿Qué dijo? —preguntó Dana, su hermana, con extática curiosidad.
Por respuesta obtuvo una mirada que denotaba una desazón extrema.
Dana sintió deseos de morderse la lengua.
Yasna se incorporó como pudo y se acurrucó en la cama, se tomó los pies con ambas manos y suspiró hondo.
—Lo confesó todo. Era todo cierto. Hace un mes que me estaba engañando con la cara de caballo esa. Dice que no sabe qué le pasó, que fue amor a primera vista, que me aprecia mucho, pero esto es diferente, y bla, bla, bla...
¬ —Oh… sí, diferente. Como dicen, después de un tiempo hasta las papas fritas aburren, y tú no eres nada papas fritas, eres demasiado fina para su paladar echado a perder.
Yasna intentó sonreír, pero no resultó.
—Yo aún lo quiero, a pesar de lo que hizo. Mira si seré tonta.
—No es de tonta, es de buena que eres. Buen corazón, que seguro esa otra equina no lo tiene. Bueno, por lo menos al hipódromo va a poder salir con ella. ¡Lindos se van a ver! ¡Él chico y ella con ese caracho!
Yasna rio en voz baja de la ocurrencia de su hermana y luego le tomó la mano, mientras con la otra buscaba el control remoto. Encendió el televisor y ambas quedaron en silencio un instante, mirando la transmisión de MTV.
—Bueno, me tengo que ir —dijo al fin Dana—. Tengo turno, me voy a cambiar.
Dana era suboficial de Carabineros y trabajaba en la Comisaría No. 6 de Recoleta. Germán lo sabía y le temía. La suboficial Leiva sabía usar sus influencias.
—En fin, que se quede con ella. Tú tienes al rusito, ¿eh? Para desquitarte. ¬—Le guiñó el ojo y le acarició la mejilla.
Yasna se sintió mucho mejor después de la conversación con su hermana, con sus padres no tenía la misma confianza, ni se atrevería a contarles lo que había hecho Germán, pues el sermón que recibiría sería insoportable.
Sintió el ruido del motor del automóvil de su hermana, un Fiat Palio, y mientras seguía con la mirada en la ventana el destello de las luces traseras del automóvil, pensaba en que Dana estaría ahora pasando por enfrente del Lubricentro Scala, donde trabajaba Yevgeni, Yeva, el “rusito”.
—¿Qué te vas a comparar? —decía como si le hablara a Germán con Yeva—, ese sí es un hombre.
Yevgeni Plashkin, “Yeva” para sus compañeros de trabajo, había llegado de Rusia hacía menos de un año. Había aprendido bastante bien a hablar español, tan bien, que sabía identificar las palabrotas y se negaba a utilizarlas, así como a enseñar juramentos en su idioma natal. Era tenido por caballero y respetado además por su enorme fuerza física y fina destreza manual, habilidades que pocas veces se encontraban al mismo tiempo.
Decía haber nacido en el campo cerca de Moscú, y poco hablaba acerca de su pasado. Nunca le habían visto u oído comunicarse con su familia, lo que parecía extraño a seres tan tradicionalmente gregarios como los chilenos. Él, a su vez, les respondía: “Ustedes son como un engrudo. No se sabe dónde empieza uno y termina el otro”.
Yevgeni parecía feliz en su relativa soledad, su única preocupación era su trabajo y fuente de ingresos. “Si no tengo esto, no tengo nada”, decía.
Tampoco las mujeres parecían interesarle, más allá de la admiración pasiva hacia ellas. Recibía halagos e invitaciones con mucha frecuencia, pero correspondía a aquellos y rechazaba estas con la mayor cortesía. Tan solo una vez tuvo una cita con una muchacha del barrio, aunque no fue una experiencia para nada agradable. Ella hacía muchas preguntas y más conjeturas acerca de un pasado del que Yevgeni no estaba preparado para hablar. Él fue muy cortés y amable, pero desde entonces evitó encontrarse con ella y no volvió a hacerlo con nadie más.
Con respecto a Yasna, Yevgeni sentía una enorme simpatía, quizás porque sabía que ella estaba en una relación estable; se sentía más en confianza que con otras mujeres. Algo había en su cara redonda, ojos grandes de color avellana, cabello lacio y largo hasta la mitad de la espalda, que a veces dividía en gruesas trenzas pegadas a su cabeza, algo que le recordaba a las bellezas de su patria. Yasna se hubiera visto igual de bien con un faldón y una camisa en medio del campo, recogiendo papas en una canasta. Poseía un encanto y belleza místicos.
Temprano en la mañana la vio pasar por el frente del lubricentro, camino de la Escuela de Lenguaje en la que trabajaba como educadora de párvulos. Un empleo que Yevgeni encontraba maravilloso, y de cuyos desafíos le hablaba para desmitificar su idea de la supuesta delicia de pasar los días rodeada de infantes. A Yasna le sorprendió el interés de Yeva por los niños, él le recordó que también había sido uno y esos años de infancia habían sido los mejores de su vida. No había despertado aún a la dura realidad de la vida, acompañada del colapso del país y la sociedad en que nació. Yeva deseaba para los niños una experiencia igual de feliz y un mejor futuro que el que le tocó en suerte.
—Yeva —le dijo Yasna al verlo en un tono de camaradería más que casual—, necesito hablar contigo.
—¿A… ahora? —respondió estupefacto.
—No, no, en la tarde. Mira, este es mi número. Me llamas después de las ocho. ¡Es importante! ¡No te olvides!
Yevgeni echó una mirada por ambos lados del papel en que estaba escrito el número de Yasna (que había dibujado un diminuto corazón debajo de su nombre), era un volante en el que se anunciaba un servicio de grúas. Entró al local comercial rascándose la rubia cabellera. En el mostrador estaba su jefe, don Ricardo Osores.
—Don Ricardo —dijo Yevgeni con su característica pronunciación de la erre rusa—, necesito pedirle un favor.
—Sí, hijo, lo que necesite —respondió solícitamente, mirándolo por encima de sus lentes.
Ricardo Osores había recibido con los brazos abiertos a Yevgeni tan solo con saber que provenía de (lo que había sido) su admirada Unión Soviética. Militante comunista, se enorgullecía ahora de tener entre su personal a “un hijo de la gran Madre Rusia”.
—Sucede, don Ricardo —explicó Yeva en un susurro—, que hay una muchacha... me dejó su número...
—¿Hmm-hmm?
—Y tengo que llamarla esta tarde, pero yo no tengo teléfono. ¿Puedo usar el de la empresa?
—¿A qué hora tienes que llamar?
—A las ocho dice.
—A las ocho cerramos, tú sabes. Pero hagamos una cosa. Yo te dejo las llaves y luego cuando termines me las pasas a dejar a la casa.
—Sí, don Ricardo, gracias.
—Pero ¡Yeva, no pareces nada muy emocionado! ¿O no te gusta esta niña?
Yevgeni sonrió, doblando nerviosamente el papel y metiéndoselo al bolsillo.
—Es una amiga… y se va a enojar si no lo hago.
—Quizás quiere ser algo más que “una amiga”.
Yevgeni comenzaba a alejarse, pero don Ricardo le llamó con su callosa mano.
—Mira, tovarish. Yo entiendo que estés acostumbrado a estar solo, pero tarde o temprano te va a llegar el amor. Prométeme una cosa —agregó apuntándole con el dedo índice—, si esta amiga tuya te invita a salir, le vas a decir que sí, ¿de acuerdo? Y me vas a contar después cómo te fue, a lo mejor te llevas una sorpresa, ¿te parece?
—Si usted lo dice, don Ricardo, así va a ser —respondió alzando del suelo una caja de botellas de glicerina.
—Así va a ser, camarada —repitió don Ricardo, dando una palmada al torso del ruso antes de que este se alejara para meterse entre los estantes.
Dos veces escuchó el tono de marcado y se imaginó el aparato receptor del otro lado de la línea sonando dos veces. Un aparato genérico que no necesariamente se correspondía con el modelo que la familia Leiva tenía en su hogar.
—¿Aló? —escuchó decir en el auricular a una persona con voz algo distinta de la que conocía de Yasna.
—Hola —dijo Yevgeni. Había aprendido en un libro de conversación en español que la forma estándar de respuesta ante el teléfono era “hola”, y le gustaba el sonido de esa palabra—, ¿está Yasna?
—Un momento, por favor —dijo la voz con una pronunciación que podría pensarse que remedaba el acento eslavo. Luego, silencio. La persona en cuestión seguramente había cubierto el auricular.
Luego se oyó un sonido como de un inhalador medicinal.
—¿Aló? ¿Yeva? —dijo una voz que Yevgeni reconoció como la de Yasna.
—Sí, sí, soy yo. Me dijiste que te llamara. Dime, ¿qué es lo que ocurre? —En su cabeza, Yevgeni se reprendió a sí mismo por ser tan tajante. Los nervios evidentemente le estaban jugando una mala pasada. Su intención de ir al grano y despejar la incertidumbre que lo había afligido durante todo el día, impidiéndole concentrarse plenamente en sus tareas lo había hecho olvidar las fórmulas de cortesía que normalmente eran su marca registrada, su segunda naturaleza. El titubeo de Yasna indicaba que ella también estaba sorprendida por la forma en la que él se había dirigido a ella. Se sintió como se siente una actriz que ha ensayado varias veces el mismo diálogo y de pronto se encuentra con que el actor utiliza una frase distinta a la que estaba escrita en el guion. La pregunta no es cómo, sino por qué iba a improvisar cuando ya estaba todo previsto. Por qué Yasna, que se había dispuesto a confiar sus cuitas a su amigo, debía responder como si el asunto fuese una urgencia del tipo de las que Yevgeni atendía como empleado de una empresa de servicios para el automotor. ¿Era de aquello de lo que se trataba?
—Disculpa, Yevgeni —dijo Yasna sin intención real de disculparse, llamándole por su nombre como figuraba en el pasaporte, como pocas veces lo hacía, y quizás le hubiera agregado el patronímico si lo hubiera conocido—, pero necesitaba hablar con un amigo, un hombre, acerca de otro hombre. —La primera vez que dijo la palabra “hombre” la pronunció con énfasis, pero la segunda vez fue mucho más simple, desdeñosamente.
Yevgeni estaba perplejo, aunque comprendió a quiénes se refería.
—¿Le pasó algo a tu novio?
