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Julieth nunca pensó que a los diecisiete años su vida cambiaría para siempre, obligándola a huir de quienes la quieren muerta. Futura heredera de la mayor y más poderosa organización del mundo que reúne a vampiros, humanos, hombres lobo y cazadores de brujas, Julieth ha vivido toda su juventud en una jaula dorada, amada por todos, ignorante de la profecía cumplida el día de su nacimiento. En el peor momento posible, descubre que es la Invocada, una criatura devuelta a la vida por los Cazadores de Brujas para destruir a la raza vampírica. Basta un mordisco suyo para convertir a un vampiro en humano o matarlo. Conmocionada y devastada por este descubrimiento, se da cuenta de que su vida corre peligro. Se encuentra así con que debe abandonar a su familia y refugiarse en una pequeña granja de un país desconocido para todos. Por desgracia, el destino es cruel y pronto uno de los vampiros rebeldes enviados para eliminarla, conseguirá encontrarla.
PUBLISHER: TEKTIME
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Veröffentlichungsjahr: 2025
PROFECÍA DE SANGRE
Aviso de lectura
Prólogo
Primera parte
16 años después
Muerte
Decisión
Partida
Segunda parte
Un año después
Charity
Sueño
Novedades
Drake
Conjeturas
Reconocimiento
Riesgo
Reversión
Descubrimientos
Ajedrez
Ataque
Salvación
Promesa
Revelaciones
Implicación
Teletransporte
Futuro
Epílogo
Capítulo extra
Glosario de personajes
Página del título
Cubierta
Tabla de contenidos
Book start
Saga de Sangre
Spinoff
Saga de Sangre:
— Atracción de Sangre
— Confederación de Sangre
— Promesa de Sangre
— Profecía de Sangre
— Cenicienta de Sangre
Nueva edición ©2025 Victory Storm
Portada: ©2025 — Diseño gráfico de Victory Storm — Foto de Enrique Meseguer de Pixabay
Traducción: Gala de la Rosa.
Editora: Tektime
Todos los derechos reservados. Ninguna parte del libro puede ser reproducida o difundida por ningún medio, fotocopia, microfilm u otros, sin permiso de la autora.
Este libro es una obra de ficción. Los personajes y lugares mencionados son invenciones de la autora y pretenden dar veracidad a la narración. Cualquier analogía con hechos, lugares y personas, vivas o muertas, es totalmente casual.
Para quienes NO hayan leído la Trilogía de Sangre
¡Bienvenido a mi mundo sobrenatural! Aquí encontrarás vampiros de fuerza sobrehumana, alérgicos a la luz, capaces de manipular la mente humana o entrar en los pensamientos de los demás mediante el contacto físico y desatar una energía psíquica capaz de destruir cualquier objeto que se encuentre cerca.
El escenario que se te presenta es el de un futuro en el que la Orden de la Cruz Sangrienta, una organización humana vinculada a la Iglesia y comprometida con el exterminio de los vampiros, pondrá fin a la guerra contra las criaturas sobrenaturales gracias a las ideas más moderadas de su nuevo líder, Zachary Macross. Unirá a la Orden con otra organización, la Confederación de Sangre, que agrupa a vampiros, hombres lobo, Cazadores Hechiceros, híbridos y humanos, con el fin de restablecer la paz y seguir manteniendo la existencia de este mundo en secreto para el común de los mortales.
Además, gracias a la creación de BloodSky, una píldora de sangre sintética, ahora los vampiros pueden vivir sin matar humanos y permanecer a la luz del sol. Todos excepto los Vampiros Antiguos, los originales, demasiado poderosos para saciar su hambre con BloodSky.
En esta novela, la paz entre vampiros y humanos peligra a causa de los Rebeldes, vampiros opuestos a esta alianza y a BloodSky.
El resto de la historia se mantiene independiente de la Trilogía de Sangre, aunque habrá una sucesión de personajes que hicieron famosa esta saga; en “Profecía de Sangre” la protagonista será Julieth, hija de los personajes principales de la Trilogía.
Por si tienes dudas o necesitas alguna aclaración, al final de la novela encontrarás la presentación de todos los personajes, para facilitar la lectura.
Para quienes hayan leído la Trilogía de Sangre
Dejamos a Vera y Blake al mando de la Confederación de Sangre.
Aquí la historia transcurre dieciséis años después de la trilogía.
La Confederación es fuerte y poderosa, pero aún quedan dos facciones vampíricas rebeldes decididas a continuar con su sed de sangre sin escrúpulos.
Sin embargo, la Orden de la Cruz Sangrienta ha depuesto ahora las armas en favor de un enfoque más diplomático y la alianza se ha extendido también a los hombres lobo y a los Cazadores de Brujas de Susa, famosos por luchar siempre para destruir a la raza vampírica y temidos por su magia y sus artes de combate.
Al final de la novela encontrarás un glosario de los personajes de la Trilogía de Sangre.
Disfruta de la lectura,
Victory
—¿Alguna vez pensaste que tarde o temprano viviríamos este momento? —preguntó Vera conmovida.
—No, nunca, te lo juro —admitió Blake en un susurro, abrazando a uno de los dos bebés que había acunado en sus brazos hasta que se durmió.
—Siempre he pensado en nuestro futuro pero, a pesar de mis innumerables fantasías, nunca imaginé que pudiera ser tan feliz —suspiró Vera suavemente al sentir cómo la pequeña estrechaba su diminuta mano alrededor de su dedo índice.
—Ni yo tampoco. Si pienso en mi vida antes de conocerte… ¡Dios mío, cuánto tiempo! Ya ni siquiera recuerdo qué me impulsaba a levantarme cada día, a saciar mi hambre… ¡Parece que fue hace un siglo en vez de un puñado de años!
—Sí. ¡Y ahora míranos! Empezamos de la nada, rodeados solo de soledad y de guerras constantes entre humanos y vampiros…
—¡Ah, sí! ¡Me acuerdo de aquello! Cómo recuerdo el odio que sentía por aquella chica que parecía predestinada a destruir a los de mi especie y a la que tenía toda la intención de detener, aunque eso significara matarla —la interrumpió Blake con una risita.
—Por lo visto, o no estabas muy convencido o simplemente eras un pobre loco, ya que al final preferiste atarte a ella con un Pacto de Unión y casarte con ella en lugar de matarla —se burló de él.
—Estaba loco, sí, loco por ella y por su aroma que me aturdía y me atraía como un imán —le susurró él mientras se inclinaba más hacia ella y le rozaba los labios con un ligero beso—. Tan loco como para casarme con ella y tener dos hermosos hijos.
—Espero que la vida sea un poco más fácil para ellos.
—No lo dudo. A estas alturas la paz ya está establecida. La guerra entre vampiros, humanos, hombres lobo, Cazadores de Brujas y miembros de la Orden de la Cruz Sangrienta ha llegado a su fin. Claro que aún quedan algunas facciones rebeldes, pero la Confederación de Sangre es demasiado fuerte y tiene aliados demasiado poderosos como para temer a los enemigos que aún tenemos ahí fuera, dispuestos a destruirnos. Nuestros hijos tendrán un lugar seguro donde refugiarse, una familia que siempre les acogerá con los brazos abiertos, a diferencia de lo que yo pasé de joven, y el afecto de toda la Confederación. No hay motivo para preocuparse. Julieth y Damien están destinados a una vida feliz al frente de la Confederación —juzgó Blake con orgullo y tranquilidad.
—Tienes razón. Es solo que a veces pienso en mi pasado, en mi infancia transcurrida estando siempre enferma a causa de la peculiar anemia que padecía, siempre sola y apartada de todo el mundo porque era demasiado diferente a causa de mi salud, mi familia formada por mi tía Cecilia y Ahmed en lugar de dos padres como todos los demás niños, en aquella destartalada granja de Four Crosses, en Irlanda, donde viví hasta los diecisiete años, y que solo un milagro divino sigue manteniendo, a pesar de la falta de mantenimiento.
—Tuviste una infancia difícil, pero al menos tuviste la suerte de sentirte siempre querida por tu tía y Ahmed. Yo, en cambio, fui expulsado tanto por el clan de mi madre, debido a mis orígenes mestizos, como por la familia de mi padre, que no me veía más que como un asesino y un vampiro.
—Sin embargo, sabes que tu madre, aunque a su manera, te quería y te dejó en buenas manos.
—Sí, Jack fue más que un padre para mí. Lo único que nunca he entendido es por qué, siempre que habláis de Jack y de su relación conmigo, le alabáis como el “mejor padre del siglo”, mientras que cuando habláis de él y de ti, siempre le insultáis.
—¿Quizá porque tú eres el hijo perfecto que nunca tuvo, mientras que yo soy la hija imperfecta que recibió como paquete después de diecisiete años?
—Tu padre te adora, Vera.
—Mi padre está eternamente insatisfecho, Blake.
—Admito que tiene grandes expectativas puestas en ti, pero te quiere.
—Tanto que, cuando me arrastraron a la sala de partos estando dando a luz, me dejó sola.
—Vera, ya te lo he dicho, Jack estaba inconsciente.
—No es cierto.
—Te lo aseguro. También puedes preguntarle a Harold. Estaba allí.
—Ya lo intenté, pero en cuanto empecé a insistir, se echó a llorar y dijo que mi padre amenazó con matarlo si le contaba a alguien la verdad.
Blake se echó a reír.
—Típico de Jack que nunca admite sus debilidades.
Vera también se echó a reír, recordando cómo la noticia de su embarazo había desestabilizado a su padre, y más aún después de que él descubriera que ella había perdido por completo sus poderes vampíricos.
Con alivio, al día siguiente del nacimiento de Julieth y Damien, Vera había recuperado todos sus poderes e incluso cierta sed de sangre, ya que, al tener sangre de Antiguo en su ADN, no podía beneficiarse de BloodSky, una píldora de sangre sintética creada por el equipo biomédico de la Confederación.
De repente, llamaron a la puerta de su habitación.
Era Ahmed, el Cazador de Brujas que había cuidado de Vera durante años, protegiéndola tanto de los vampiros como de los miembros de la Orden de la Cruz Sangrienta que la querían muerta y manteniendo en secreto sus orígenes especiales.
Con paso renqueante y siempre acompañado de su bastón mágico, el viejo ciego se adelantó.
Su mirada perdida en la oscuridad siempre hacía que a Vera se le apretara el corazón. Nunca había aceptado su ceguera, pero sabía que tras aquellos ojos vacíos se escondía la chispa de la magia y el poder de uno de los cazadores de inmortales más fuertes del mundo.
—¡Ahmed, por fin! ¿Cómo estás? —Vera se dirigió alegremente hacia él de inmediato, sentándolo en una pequeña silla.
—El eclipse —murmuró Ahmed apenas con su habitual aire taciturno y poco dispuesto al diálogo.
—Tía Cecilia me dijo que no te encontrabas bien durante el eclipse de luna. ¿Estás mejor ahora?
Ahmed no respondió, como si, además de la ceguera, le hubiera sobrevenido de repente la sordera.
—Ahmed, ¿sabes que Vera dio a luz durante el eclipse? —estalló Blake incómodo ante el extraño silencio que se había apoderado de la habitación.
Ahmed asintió levemente, arrugando la frente.
Por suerte, Tess y Siobhan con sus respectivos maridos e hijos acudieron en su ayuda, y poco después Cecilia con su compañero Peter.
La sala se llenó de júbilo al instante, pero Vera no podía apartar su atención de Ahmed.
Había algo oscuro e inquietante en su silencio.
Sabía que el Cazador tenía enormes poderes mágicos y podía ver líneas del destino desconocidas para los demás.
Por supuesto, el destino siempre podía cambiarse, pero Vera estaba convencida de que el carácter de una persona solo podía cambiar el destino, no los acontecimientos que lo provocaban.
Con una sensación de angustia, pero también de confianza en el futuro, colocó a la pequeña Julieth en el regazo de Ahmed, que inmediatamente rodeó a la recién nacida en un abrazo cálido y tranquilizador.
Sin embargo, la tensión que se extendió repentinamente por la habitación empañó el desenfado anterior.
Todos sabían que Ahmed presagiaba acontecimientos ominosos y hasta entonces parecía que todos los recién nacidos de la Confederación se enfrentarían a grandes retos en sus vidas.
Vera se inclinó ante Ahmed, sin prestar atención a las miradas de los demás.
—Esta es Julieth.
En cuanto Vera pronunció ese nombre, el hombre jadeó y, de repente, sus miradas se encontraron.
Fue un instante, pero Vera podría haber apostado toda la Confederación a que, aunque solo fuera por un instante, Ahmed había recuperado la vista.
—Ahmed, ¿me ves? —susurró esperanzada, acercándose aún más y sin dejar de mirar al anciano mientras Blake intentaba llamar su atención.
—¡Vera! —gritó Blake en un momento dado, atrayendo a su mujer hacia él.
—¿Qué pasa? —se irritó ella de inmediato, deseando volver con Ahmed.
—¡Mira! —Blake señaló la habitación de ella.
—¿Qué se supone que tengo que ver? —preguntó ella, intentando averiguar qué había de anormal en la habitación, aparte de su tía Cecilia, que la miraba con cara de espanto—. No veo nada.
—Exacto —exclamó Blake sorprendido—. No hay nadie. ¡Se han ido todos!
—¡Oh, maldita sea! ¿Adónde se han ido? —contestó Vera al instante. Hasta unos segundos antes, había al menos diez personas en aquella habitación, mientras que ahora no había nadie, aparte de Cecilia y Blake.
—Ahmed, ¿has sido tú? —preguntó vacilante la mujer, al oír que los demás golpeaban con fuerza la puerta y preguntaban qué había pasado.
El anciano asintió.
—¿Por qué lo has hecho?
—El eclipse. —Apenas respiró.
—¿Estás enfadado por el eclipse? —intentó comprender Vera.
—Julieth tiene el símbolo del eclipse. —La voz de Ahmed apenas era un susurro.
—No sé… ¿Cómo es ese símbolo? ¿Es grave?
Ahmed señaló el brazo izquierdo de la niña.
Con cuidado, Vera le quitó la camisa, dejando al descubierto una pequeña mancha de color café con leche en la piel de Julieth. Cuando la había visto por primera vez, se había reído, porque parecía como si alguien le hubiera puesto una taza de café en el brazo, dejando la huella de la base en su piel sonrosada. Aunque diminuto, el bebé tenía dibujado en el brazo un pequeño círculo oscuro de bordes dentados.
Ahora, mirándolo de cerca, podría parecer un eclipse.
—¿Qué tiene que ver mi hija con el eclipse? —enfureció Blake, intentando atacar a Ahmed. La sensación de que aquella pequeña mancha pudiera significar un peligro para su hija le hacía hervir la sangre en las venas.
—Nadie más que vosotros debe saber lo que estoy a punto de revelaros. —Le detuvo Ahmed mientras se levantaba de la silla.
Todos asintieron, y entonces Ahmed empezó a caminar lentamente, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—Vera, como ya sabes, cuando naciste estabas destinada a morir a causa de tu sangre medio vampírica.
Vera asintió.
—Tu abuelo estaba desesperado y no sabía cómo evitar tu asesinato, sin revelar su relación contigo. Era un cardenal que dirigía la Orden de la Cruz Sangrienta junto con Siringer. Si se hubieran enterado de que eras su nieta, tu abuelo habría perdido su cargo eclesiástico y su poder sobre la Orden y te habrían matado a la primera oportunidad.
—Lo sé.
—También sabes que tu abuelo vino a buscarme para que te ayudara. No sabía cómo tratar contigo y cómo salvarte del fanatismo de la Orden.
—Y así, juntos, inventasteis la historia de que yo era un arma de destrucción para eliminar a los vampiros.
—Exacto. Eso detuvo tu ejecución y permitió a tu abuelo confiarte a Cecilia y a mí.
—¿Y entonces?
—¿Nunca te has preguntado cómo pudimos convencer tan fácilmente a la Orden sobre tu naturaleza destructiva?
—Nadie cuestionaría jamás la palabra del abuelo de Vera —intervino Cecilia.
—Te equivocas. Nadie le creyó hasta que llegué yo, conocido como uno de los principales Cazadores de Brujas. La Orden lo llama Profecía, pero en realidad fue la invocación de un poder mayor y más justo que nosotros mismos… Un poder que los Cazadores invocamos hace siglos, durante una época en la que nuestro aquelarre se había visto minado por guerras internas, mientras los vampiros seguían afianzándose en la Tierra.
—¿Profecía? ¿Invocación? ¿De qué estás hablando?
—Hablo de la justicia que debía residir en un corazón puro y ser capaz de ver las almas de los vampiros para decidir si condenarlos a muerte o salvarlos de la condenación.
—¡La profecía! ¡La recuerdo! Una leyenda, según los miembros de la Orden —estalló Cecilia—. La Profecía habla de una criatura que vendría a la Tierra, traería la paz entre los pueblos y mataría a todos los vampiros de la faz de la Tierra.
—Eso es lo que quiso creer y utilizar a su antojo la Orden, pero en realidad no es así. Sin embargo, para Vera, aprovechamos la Profecía y todo el mundo la creyó.
—Pero afortunadamente era mentira —aclaró rápidamente Vera, recordando la angustia que había sentido al acercarse a Blake y la idea de que podía matarle.
—Sí, Vera nunca fue la Predestinada de la Profecía… pero Julieth, sí.
—¿Me estás diciendo que mi hija destruirá la raza vampírica? —Se inquietó Blake con timidez.
—Ella tendrá el poder para hacerlo, pero eso no significa que vaya a ocurrir. Sin embargo, te aconsejo que mantengas oculta a los vampiros la existencia de esta niña.
—Yo diría que ya es un poco tarde. No hay ni una sola persona en la Confederación que no se haya pasado ya para felicitarnos por los gemelos estos dos últimos días.
—Julieth debe desaparecer. En cuanto se revele su verdadera naturaleza, toda la Confederación será desmantelada. Ningún vampiro aceptará a una criatura con los poderes de Julieth. Te acusarán de crear y proteger un arma de destrucción contra los mismos vampiros que dices proteger y…
Por desgracia, Ahmed no pudo terminar la frase, pues Blake se lanzó sobre él, dispuesto a hacer papilla a aquel portador de la fatalidad.
—¡Nadie me arrebatará a mi hija! ¡Nadie! ¿Lo entiendes?
—Si tú no lo haces, tarde o temprano lo hará ella misma, porque Julieth tiene un corazón puro y daría su vida por salvar a la gente que ama. Créeme, lamento que la Invocada sea ella, porque en su corazón veo amor y alegría, valor y tenacidad, pero…
—No importa. Nadie tiene por qué enterarse nunca. —Vera puso fin a aquella conversación, intentando contener a su marido, que estaba a punto de morder a Ahmed y contener las lágrimas de dolor que hacían todo lo posible por salir.
—La verdad no puede ocultarse para siempre.
—¿No puedes utilizar la magia? ¿Deshacer esta profecía o invocación?
—Hicieron falta cien Cazadores para pedir al universo que nos enviara a la Invocada. En aquel momento era una necesidad, mientras que hoy, gracias a vuestros esfuerzos, ya no es necesario, pero Julieth ya ha nacido y mi magia es demasiado débil para anular tal poder.
—¿Y no puedes pedir ayuda a otros noventa y nueve Cazadores?
—Nadie debe saber lo de Julieth —gritó Ahmed de repente, blandiendo su bastón—. Si un solo Cazador más descubriera la naturaleza de esta criatura, te la arrebatarían al instante para arrastrarla a Susa y hacer que la entrenaran para convertirse en una de nosotros.
—Y si los vampiros se enteraran de esto… —tartamudeó Cecilia aún conmocionada.
—Tendríamos una fila de los mejores asesinos vampiros rebeldes delante de la puerta y dentro de la Confederación. Para ellos sería el sacrificio de uno por la salvación de todos —terminó la frase Ahmed.
—¡Dejad de manosearos así! —nos regañó Leo—. Estáis llamando la atención de todo el mundo.
Resoplé y me separé a regañadientes de Drew para volver a sentarme recatadamente a su lado, en el sofá de cuero negro del local.
Miré a mi alrededor y, efectivamente, vi que el camarero se había quedado embobado mirándome mientras me tocaba los labios hinchados por los besos.
Sonreí divertida.
No era culpa mía que Drew besara tan bien, mientras que era un pésimo orador y tenía el sentido del humor de un búho.
Admití que se trataba de una relación puramente física, nacida de un fuerte impulso hormonal, más que de verdaderos sentimientos de amor, como me repetía a menudo Elizabeth, que ahora me miraba divertida mientras deslizaba la mano por la pierna de mi hermano, debajo de la mesa.
Así es, como debería haber aprendido a comportarme.
Gélida e impecable en apariencia, pero en el fondo una diosa de la seducción.
Vi a Damien resucitar tras esa caricia y abrazar a la chica con más fuerza aún.
—Leo, deberías aprender a divertirte, en lugar de hacer siempre el adulto de la situación —le provocó ella, que adoraba enfadarlo.
—Yo soy el adulto de la situación, Ely. Esta salida nocturna sin toque de queda solo se os ha concedido gracias a mi presencia —nos recordó Leo con seriedad, mientras daba un sorbo a su bebida sin alcohol.
—¡Eh, cariño, no te des tanta importancia! Da la casualidad de que yo también soy adulta y libre de las restricciones y órdenes de mamá y papá —se enfadó al instante Elizabeth, que era cinco años menor que Leo, pero ya había cumplido los dieciocho, aunque a veces aparentaba más gracias a sus piernas kilométricas y a la gracia con la que se movía.
—No estoy hablando de tu edad, sino de madurez… y lo siento por ti, pero tú tienes la madurez de una niña de cinco años.
—¿Qué co…?
—¡Eh, eh! Calmaos, ¿vale? —intervino rápidamente Damien, que tenía el don de hacer de pacificador entre los dos—. Es obvio que Leo solo estaba bromeando. Todos estamos un poco nerviosos esta noche. Últimamente, los entrenamientos de Leo con su padre son cada vez más duros y largos, mientras que tú, Elizabeth, estás estresada porque tus padres no aceptan tu necesidad de independencia. Por otro lado, mi abuela Cecilia está enferma, así que… no es un buen momento para nadie.
Al oír hablar de mi abuela, sentí un nudo en el estómago y deseé volver a la Confederación para ver cómo estaba después del infarto que la había postrado en cama.
—Yo diría que nos merecemos una borrachera para olvidarnos de los problemas que nos acosan —propuso Drew haciendo una señal al camarero.
Ni siquiera Leo se atrevió a contradecirlo, así que, aprovechando su edad, todos nos tomamos un mojito.
El alcohol me quemó inmediatamente la garganta, pero poco después sentí una sensación extraña que me hizo reír como una tonta.
De repente, con ganas de bailar, arrastré a Drew a la pista, pero enseguida comprendí que el baile también debía añadirse a la lista de cosas que no debía hacer con él.
Demasiado eufórica para dejar que me molestaran sus movimientos a lo WALL·E, me dejé llevar por un baile liberador y desenfrenado al ritmo de una canción rock que no conseguía identificar.
Ni siquiera recordé el momento en que me llevaron a casa, hasta que me encontré de nuevo sola, en los pasillos de la Confederación, en los brazos de Drew con su boca pegada a la mía.
Todavía borracha y sin frenos, me atreví a levantarle la camiseta y tocar su abdomen esculpido con la punta de los dedos.
—Si sigues así, harás que manden al diablo mis buenos propósitos de chico bueno.
—¿Y quién te dice que no es precisamente eso lo que quiero? —Reí borracha, mordisqueándole la oreja y bajando por su cuello.
—Soy un vampiro y… —empezó a explicarme con su habitual actitud de meteorólogo, como lo llamábamos Elizabeth y yo, pero lo interrumpí.
Quería callarlo, sorprenderlo, desmontar esa actitud suya a veces tan fría e indiferente, pero sobre todo quería hacer una locura.
Chupé con decisión la piel de su cuello, dejándome embriagar por sus gemidos y por su piel que despertaba mi apetito.
Sentí su sangre en las venas.
Sangre de vampiro, no humana ni animal como la que me gustaba y a la que estaba acostumbrada, ya que el ADN heredado de mi abuelo Jack me hacía inmune a la BloodSky, aunque fuera mínimamente.
Sin embargo, sentí un extraño revuelo en el estómago y, sin darme cuenta, percibí cómo mis colmillos se alargaban y se hundían lentamente en el cuello de Drew.
—Julieth, está prohibido —susurró Drew sorprendido, pero también repentinamente exhausto.
Fue como hincar los dientes en chocolate negro y descubrir su interior cremoso y envolvente.
En cuanto la sangre de Drew llegó a mi boca, sentí que explotaba en mil pedazos, pero, en lugar de aterrorizarme, me extasió.
Hubiera seguido alimentándome de él, sabiendo muy bien lo prohibido que era, si no hubiera sido porque su grito desgarrador me hizo recobrar el sentido y me obligó a alejarme.
Cuando volví a abrir los ojos, Drew se derrumbó sobre mí y cayó al suelo sacudido por las convulsiones.
No hubo necesidad de gritar auxilio porque el grito anterior ya había llamado la atención de toda la Confederación.
De repente, toda la borrachera se evaporó y me encontré frente al cuerpo desgarrado de Drew, con la sangre aún brotando de la herida del cuello. Y con decenas de pares de ojos mirándome consternados y asustados, como si fuera un monstruo.
—¿Qué ha pasado? —Mi padre llegó al instante y empezó a sacudirme, pidiéndome explicaciones, pero yo no sabía qué decir. Todo era tan absurdo y mi comportamiento…
—¿Qué he hecho? —susurré apenas, dándome cuenta de la gravedad de la situación. Posé la mirada en mi padre, pero el destello de terror que leí en sus ojos me dejó sin aliento, borrando la borrachera—. Yo… yo no quería.
Drew fue llevado inmediatamente a la enfermería.
En medio del alboroto general, nadie volvió a acercarse a mí, así que, antes de que pudieran recordar mi presencia, salí corriendo y me escondí en el único lugar donde sentía que estaría a salvo.
