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Este libro va dirigido a todos aquellos que se enfrentan a diario al reto de enseñar a los jóvenes. ¿Cómo hacer que una clase de asignaturas como economía o de matemáticas un viernes a las ocho de la mañana resulte atractiva? ¿Cómo captar el interés de los alumnos hablando de temas que pueden serles tan lejanos? La clave es acercar los temas que a priori les parecen tan alejados de su día a día a situaciones que para ellos puedan resultar cotidianas. A lo largo de este libro se pone a disposición del lector toda la experiencia del autor como profesor de economía y de matemáticas explicando aquellas estrategias que ha aprendido para motivar a sus alumnos durante sus años de experiencia docente.
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Seitenzahl: 124
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Para mis pequeños saltamontes.
Prólogo
1. Una vocación inesperada
No basta con amar a los jóvenes, ellos deben darse cuenta (Don Bosco)
2. Mis primeras clases
Quien gana la primera batalla tiene media guerra ganada
Y la magia apareció
Las clases de matemáticas
Efecto Pigmalión y amor. El principal agente de cambio académico.
3. Rumbo al objetivo
Queremos que la escuela sea tu segunda casa, pero necesitamos que tu casa sea tu primera escuela
Agacha la cabeza como el avestruz
Coste de oportunidad
Conectar los puntos hacia atrás (Steve Jobs)
4. Infoxicación y criterio
Los trabajos e internet
Y tú, ¿por qué eres profesor?
5. Antiguos alumnos y la marca del profesor
¿Me gustaría que fuera el profesor de mis hijos?
Solamente os puedo decir con letras mayúsculas: «OS QUIERO»
6. Los primeros días de clase: nuevo curso y nuevo reto
Emoción vs. Programación
7. El curso avanza: de «don a profe»
8. A ver si seguimos así después de navidades
9. Tengo un examen: no soy feliz
10. Profesores o educadores
11. La manzana podrida que se salvó por el resto de manzanas de la cesta
12. Fin de curso: risas y lloros
13. La jubilación: cuando un amigo se va
14. Profesor a mucha honra
Créditos
Querido lector, este libro va dirigido a todos aquellos que nos enfrentamos a diario al reto de enseñar a los jóvenes de hoy en día.
¿Cómo hacer que una clase de economía o de matemáticas un viernes a las ocho de la mañana resulte atractiva? ¿Cómo captar el interés de nuestros alumnos hablando de temas tan lejanos para ellos como la inflación, la prima de riesgo, el producto interior bruto, las funciones derivadas, etc.?
La clave es acercar esos temas que a priori les parecen tan alejados de su día a día a situaciones que para ellos puedan resultar cotidianas.
A lo largo de este libro pondré a vuestra disposición toda mi experiencia como profesor de economía y de matemáticas (he cumplido las bodas de plata) explicando aquellas estrategias que he aprendido para motivar a mis alumnos durante todos estos años de docencia.
Os tengo que confesar que la mayoría de recursos los he aprendido por el método de «ensayo y error». Es decir, si la estrategia que he seguido no es capaz de captar la atención de mis oyentes, la cambio por otra, hasta que consigo mi objetivo final.
Una vez que he comprobado que un recurso pedagógico me funciona lo vuelvo a repetir, y normalmente tiene éxito, aunque se trate de alumnos de promociones alejadas en el tiempo.
Si en este libro pretendes buscar recursos novedosos basados en la tecnología te has equivocado de texto. Para mí, innovar no significa tener pantallas de plasma en las clases ni ordenadores en los pupitres de los alumnos.
Considero que una persona puede ser un innovador pedagógico sin tener un solo enchufe en su aula. Voy a dar mucha más importancia al aprendizaje significativo a través de «tocar» la fibra de los alumnos. Las personas tendemos a recordar mucho mejor aquello que hemos aprendido en un entorno familiar, amigable y si puede ser con un trato personalizado entre el profesor y el alumno.
Estar dando una clase mientras posas tu mano en el hombro de uno de tus alumnos logra un resultado instantáneo en el grado de atención de tu discípulo. No hace falta más tecnología. Basta con enseñar convenciendo a tu alumno de que ese profesor desea lo mejor para ti. Eso sí, para llegar a este grado de relajación en clase es necesario que tus alumnos tengan muy claro que tú eres el que mandas en clase y que tú marcarás el momento en el que toca reír, tomar apuntes, trabajar en silencio, etc.
A lo largo de este libro, te voy a explicar mi experiencia como docente desde que empecé a dar clases siendo un jovencito hasta la actualidad, en la que podemos decir que ya he sobrepasado la mediana edad.
Espero que la lectura de este libro pueda ayudarte a mejorar o cambiar la manera de enfocar algunos aspectos sobre el complicado y apasionante mundo de la educación.
En el mes de junio de 1996 acabé la licenciatura de Administración y Dirección de Empresas. Fui de los primeros de mi promoción en acabar los cinco años que entonces duraban los estudios de Económicas (hoy en día con los grados se acaba en cuatro años) porque me libré de hacer el servicio militar (la mili) debido a unas lesiones que había sufrido en el tobillo durante mi práctica del deporte que siempre he amado: el baloncesto.
La verdad es que cuando llegué al tribunal médico militar no tenía muchas esperanzas de poder evitar la mili, puesto que he de confesar que, a pesar de haber sufrido dos intervenciones quirúrgicas en el mismo tobillo, mi pasión por el baloncesto era tal, que estuve jugando unos cuantos años más.
Cuando una mañana al venir de la facultad mis padres me dijeron que había llegado una carta en la que me declaraban «inútil» para el servicio militar, di un salto de alegría. A partir de entonces, la palabra «inútil» nunca más significó para mí un desprecio o un insulto.
Resumiendo, con veintidós años tenía mi licenciatura bajo el brazo y unas ganas enormes de comerme el mundo. Siempre me había atraído el mundo de las finanzas y en especial de los mercados bursátiles.
No en vano, en la misma facultad de Barcelona había ganado junto con mis amigos un juego virtual de bolsa que organizaba una sociedad que se llama La Llotja de Mar, haciendo honor al edificio barcelonés donde se reunían los mercaderes para contratar y realizar transacciones comerciales.
La verdad es que os podría decir que el premio lo invertí en algún producto financiero o en algún otro negocio, pero os mentiría. El grupo de inversión que había resultado victorioso (formado por mis amigos de facultad) se gastó todo el premio una noche que salimos a cenar y a tomar unas copas. ¿Qué queréis? Teníamos veinte años y unas ganas locas de salir y disfrutar de los atractivos de la noche barcelonesa.
Os explico esta anécdota porque siempre que estamos delante de nuestros alumnos no debemos olvidar que estamos hablando a adolescentes o jóvenes a los que nuestras explicaciones sobre finanzas, empresa, filosofía, matemáticas, etc., nunca les atraerán más que la fiesta universitaria que tienen el próximo viernes por la tarde, que el partido de baloncesto que disputarán el sábado o que la melena de esa chica rubia que les ha robado el corazón desde que la vieron sentada en la fila de atrás.
Y esta desventaja que tenemos a priori, la debemos convertir en una oportunidad para usar esa información en aquello que queremos: enseñarles nuevos conocimientos o estrategias.
Retomando mi historia, en junio de 1996 me disponía a pasar las mejores vacaciones de mi vida en el pueblo de Soria donde había pasado toda mi niñez y juventud durante los veranos. Tenía la carrera acabada y pretendía empezar a buscar trabajo al volver del descanso estival, en septiembre.
Y así hubiera sido de no ser por mis padres, que me dijeron que podía mandar algún currículo a los institutos de Bachillerato para trabajar de profesor hasta que encontrara aquello que realmente quería.
Mis padres eran profesores vocacionales. Desde muy pequeño había oído en todas las conversaciones familiares hablar de la bonita profesión de la docencia. Mis padres se preocupaban por sus chicos como si fueran sus propios hijos. En alguna ocasión, incluso habían traído a casa a alguno de sus alumnos que tenían problemas familiares y sus padres no se habían acordado de ir a buscarlo al colegio.
Debo confesar que había llegado a tener celos de algunos de aquellos chicos porque ocupaban buena parte de las tertulias a la hora de comer o de cenar. Con el tiempo he comprendido que ellos no solamente se preocupaban de que tuvieran un buen nivel académico, sino que realmente amaban a esos chicos con los que compartían tantas horas de clase.
Y creo que aquí está el secreto de ser un maestro con letras mayúsculas: debes amar lo que haces y, por tanto, amar a aquellos jóvenes con los que compartes a diario más horas que con tus propios hijos.
Cuando el alumno se da cuenta de que su profesor quiere realmente lo mejor para él, la partida está ganada. Por tanto, no basta con amar a los jóvenes a los que das clase, ellos deben darse cuenta de este detalle.
La verdad es que mis preferencias en el ámbito laboral no estaban muy claras, pero al igual que la mayoría de mis compañeros creía que pasaban por trabajar en una entidad financiera (era época de crecimiento de ese sector y había mucha demanda de empleo por parte de las cajas de ahorro y bancos comerciales).
El verano no defraudó para nada: recorrí todas las fiestas de los pueblos con mis amigos, con aquella tranquilidad del deber cumplido: ya había acabado la carrera y no tenía prisa por encontrar trabajo (en aquel tiempo era bastante fácil conseguir un trabajo si eras licenciado).
Al volver a Barcelona, recibí una llamada el día 11 de septiembre. Me acuerdo porque ese día es festivo en Cataluña y es muy extraño recibir una llamada de trabajo.
El director de un colegio muy importante de Barcelona me llamó para hacerme una entrevista de trabajo. Necesitaban a una persona que diera matemáticas y contabilidad en BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) y COU (Curso de Orientación Universitaria). Actualmente estos cursos han sido sustituidos por los últimos de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria) y por el Bachillerato.
La verdad es que pensé: bueno, iremos a la entrevista y si me cogen estaré dando clases hasta que me llamen de algún banco o alguna empresa que necesite un economista.
Recuerdo que el director del centro me hizo pasar a su despacho. Allí me preguntó una serie de detalles personales y me pasó un cuestionario donde figuraban muchísimas preguntas acerca del mundo de la educación. En ese momento me dejó solo y me dijo que tenía media hora para responder a aquellas preguntas.
Nunca me hubiera imaginado que tuviera que realizar una especie de prueba escrita para ser profesor. Aunque jamás había pasado por mi cabeza ser profesor, gozaba de una cierta ventaja. Mis padres durante toda mi infancia y juventud habían debatido en comidas, cenas y reuniones con familiares sobre la situación en la que se encontraba la educación.
Se quejaban de que constantemente cambiaba la ley educativa según el partido político que gobernaba. Eso causaba inestabilidad en las plantillas, ya que, al variar las materias del currículo, también lo hacían las especialidades que se necesitaban para impartirlas, y eso no contribuía a que en los centros existieran claustros de profesores estables durante el tiempo.
También discutían sobre algunas formaciones y orientaciones que recibían de algunos pedagogos que nunca habían pisado un aula. Los oía decir frases como «me gustaría verlo delante de cuarenta adolescentes». Sí, querido lector, aunque ahora te parezca increíble, en los años ochenta y noventa éramos más de cuarenta alumnos por clase.
El caso es que en la educación superior se empezaba a hablar de una reforma que iba a dar mucho que hablar en los años venideros: la ESO y el Bachillerato iban a sustituir para siempre al BUP y al COU.
Esto significaba que, a partir de ahora, los alumnos obligatoriamente estudiarían hasta los dieciséis años, a diferencia del plan de estudios anterior donde al acabar la EGB (educación general básica) podían ir al mercado laboral.
Yo iba respondiendo a todas estas preguntas con las respuestas que había oído dar a mis padres en sus apasionadas tertulias sobre educación.
Y, seguramente, el director del centro se quedó asombrado por la contundencia con la que un recién salido universitario opinaba sobre todos aquellos temas de candente actualidad en el mundo de la educación.
Así pues, debo confesar que, si salí airoso de aquella prueba, fue gracias a los debates de mis padres, dos maravillosos profesores que dedicaron más de cuarenta años al bonito arte de la docencia.
Unos días después recibí una llamada en la que el director me informaba de que contaba conmigo para dar clases de matemáticas y de contabilidad, y que empezaba la semana siguiente.
Recuerdo perfectamente mi primer día como profesor, puesto que esa experiencia me sirvió para aprender un par de cosas importantes que me han servido en mi carrera docente.
La primera nada tiene que ver con las aulas. La noche anterior a empezar las clases soñé repetidas veces con diferentes escenarios, en los que me imaginaba explicando y escribiendo en la pizarra ecuaciones matemáticas y conceptos de contabilidad. Toda la noche había estado lloviendo y al sonar el despertador todavía lo hacía.
Salí de casa con mucho tiempo, puesto que no quería llegar tarde el primer día de trabajo, a pesar de que a primera hora no tenía clase. Pensé que los profesores somos un reflejo para los alumnos, y que, si veían que el «nuevo» llegaba tarde a clase, me sería difícil después exigir a mis chicos puntualidad.
La famosa Ronda de Dalt de Barcelona que conectaba el colegio con mi casa estaba totalmente colapsada. A pesar de salir con más de una hora de margen para recorrer los escasos diez kilómetros a los que se encuentra el colegio, el tráfico era un infierno y por primera vez experimenté el estrés que suponía no llegar a tiempo al trabajo por culpa de esa marabunta de coches que inundaba los tres carriles de la vía.
No era la primera vez que me quedaba colapsado en la Ronda, puesto que para ir a la universidad muchas veces me había encontrado en medio de un atasco. Pero la sensación de llegar tarde a una clase no tenía nada que ver con la de llegar tarde a un trabajo por el que te pagaban.
Faltaban diez minutos para que tuviera que presentarme en la sala de profesores y estaba a unos escasos cuatrocientos metros de la puerta de la escuela. Seguía diluviando y los coches se paraban en doble fila para acompañar a los niños y adolescentes hasta la puerta de la escuela.
Unos días antes, hubiera pitado enérgicamente a los conductores que se paraban y obstaculizaban mi paso, pero pensé que podían ser los padres de mis alumnos y tuve que resignarme.
En ese momento pasó por mi cabeza la enorme responsabilidad que supone ser profesor. Nunca dejas de serlo. No se puede ser profesor de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Lo tienes que ser toda tu vida, las veinticuatro horas del día. Imaginad que en ese momento de nerviosismo hubiera sacado la cabeza por la ventanilla e increpado a los padres de algún discípulo mío.
