Prófugos - Edgardo Cozarinsky - E-Book

Prófugos E-Book

Edgardo Cozarinsky

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Beschreibung

En plena noche de invierno, un hombre huye de Buenos Aires para refugiarse en un rincón virgen de la Patagonia, donde espera reunirse con su padre, al que no ve desde la adolescencia. Sin embargo, el parco reencuentro con el hombre que lo crio, del que ahora lo separa un abismo insalvable, lo aboca a un amargo desarraigo en una espectral urbanización costera, habitada por otros prófugos como él, donde se deja llevar por una «entrega inerte, sonámbula, al encadenamiento de días vacíos». Un relato extraordinario, amargo y profundamente evocador sobre los estragos de la represión y los traumas sociales e individuales. «Cozarinsky transmite la sensación de urgencia y de nostalgia que acompaña los mensajes que parecen llegar del pasado o de un lugar que no existe». Ricardo Piglia

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Seitenzahl: 77

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EDGARDO COZARINSKY

PRÓFUGOS

ACANTILADO

BARCELONA 2025

1

Hay noches en que el mar se vuelve fosforescente.

Esa luminosidad, ardiendo días u horas, fue durante siglos leyenda de los marinos que surcaban el océano Índico. Dejó huella en crónicas y diarios de viaje, lecturas deslumbradas del joven Julio Verne, mucho antes de que imaginara el Nautilus y sus veinte mil leguas de viaje submarino.

«La escena tenía una grandeza terrible. El mar convertido en luz. El cielo nocturno, apagadas las estrellas, en oscuridad impenetrable. La naturaleza parecía anunciar que se preparaba para la gran conflagración final, la aniquilación del mundo material».

Y es cierto. Visión o presagio, en el océano Índico, pero también entre los acantilados y promontorios de la Costa de la Muerte de Galicia, y aun al sur de Portugal, y de este lado del Atlántico en las costas de Puerto Rico, algunas noches el mar parece encenderse.

No son llamas, es más bien una luminosidad azulada, un palpitar llegado de la profundidad que recorre inquieto la superficie, acompañando la respiración del oleaje. Es necesario que ninguna claridad rompa el negro del cielo: «En las noches de luna llena el mar no arde», decían los pescadores. Siglos antes de que hubiese sondas, ya confiaban en esa luz para detectar los bancos de peces; les permitía también ver los cuerpos de náufragos que ninguna marea subió a la superficie, enredados en algas, presos del ramaje de una vegetación desconocida.

Los intrépidos, los ociosos, los soñadores que parten sin brújula ni calendario en busca del mar fosforescente aceptan que pueden dejarse la vida sin haberlo encontrado. En algún momento de su adolescencia leyeron que el Nautilus navegó como en un sueño sobre aguas que el capitán Nemo creyó habitadas por innumerables criaturas marinas luminosas. Poco les importa que investigadores de un siglo posterior hayan identificado la fuente de esa luz en una bacteria que anida en las algas del plancton. La ciencia nunca ha podido desbancar a la leyenda.

El hombre que desde el puerto de San Antonio Oeste contempla las aguas negras, bordes de espuma apenas visibles bajo una luna mezquina, no puede distinguir en la distancia horizonte alguno. En su adolescencia leyó del mar ardiente, pero sin duda ya ha entendido que nunca lo verá y que tampoco respirará en el viento cálido de esas lejanías. Esta noche emprenderá una travesía por tierra, dará la espalda a ese océano del que se despide como de un camino no tomado cuando llega la hora de admitir que es demasiado tarde para poder, algún día, abordarlo. Poco antes de medianoche subirá a un ómnibus que recorre la llamada «línea sur» en Río Negro. Tiene mucho frío.

Una hora antes, en un restaurante en el extremo de las vías de ferrocarril abandonadas que alguna vez condujeron al puerto, comió unos pulpos diminutos. El dueño, servicial, feliz de tener un forastero con quien conversar, explicó que se trataba de una variedad de pulpo muy apreciada propia de la zona, que ni crece ni migra hacia otras latitudes. Enumeró ufano los países adonde los exportaban y no dejó de añadir, en un alarde de superioridad provinciana, que en la capital no eran fáciles de encontrar. El ruido sordo del oleaje llegaba hasta la mesa.

Al salir buscó en la oscuridad el camino hacia la terminal de ómnibus. La descarga regular del oleaje invisible lo siguió, golpes que se iban perdiendo en el viento helado, como el olor a herrumbre de barcos encallados, residuos de un pasado sin fecha. Siete horas más tarde, llegaría a Ingeniero Jacobacci ya de día, si es que clareaba temprano, pensó.

No durmió durante el viaje, tal vez sólo sucumbió a un sopor que emborronaba las horas pasadas. Se sobresaltó cuando el ómnibus se detuvo en Los Menucos, donde varias personas se apearon y sólo dos subieron, y por la ventanilla vio rostros que no eran de pasajeros: escrutaban con ojos ávidos pero vacíos el interior del vehículo; tal vez buscaran solamente quebrar la monotonía cotidiana con un atisbo fugaz de gente de paso, gente que venía de otro lado, gente que seguiría hacia otro lado. Cuando el ómnibus retomó su camino, vio que la población se deshacía en unas pocas casas sin luz; en las afueras, lo sorprendieron unas parpadeantes letras de neón azul que anunciaban un pub-videoclub.

El traqueteo del ómnibus le impedía dormir. Cada cierto tiempo abría los ojos. Una débil luna le descubría el paisaje árido, sembrado de matas secas, crespas, aisladas. En algún momento distinguió a lo lejos una luz que cruzaba el horizonte, desaparecía, reaparecía más cercana, fuego veloz, apariciones fugaces. Una luz mala, pensó, almas en pena de muertos que no encuentran reposo y vuelven a inquietar los lugares donde traicionaron a quien los amó o abandonaron a sus hijos. Sabía, sin embargo, que no era esa fosforescencia marina que nunca vería, que en esta tierra árida emana de osamentas enterradas a poca profundidad, limpiadas por caranchos atentos al final de una batalla.

Desconfiaba de que se tratase sólo de ganado, había visto cementerios de tierra iluminarse en medio de la noche. De adolescente, más de una vez había esperado que sus padres durmieran para escapar de la casa familiar hacia la avenida vecina a un descampado aún no protegido por un paredón de ladrillos, sección nueva del cementerio de la Chacarita, fosas comunes, para contemplar sobre la tierra removida los fogonazos intermitentes de una luz más blanca que la de cualquier lámpara, luminosidad de huesos ya despojados de todo resto de músculos, de nervios. Años más tarde, ya adulto, entendería que los difuntos no abandonan, esperan pacientes a los que aún están vivos y demoran en llegar a hacerles compañía. Esa luz anuncia su vigilia, señal que indica el camino que seguir.

Ya antes de atreverse a esas incursiones en territorio vedado, esperaba todas las noches el momento de saber dormidos a sus padres para subir a la azotea del edificio y quedarse allí una hora o dos, hasta que el sueño empezara a pesarle en los párpados. ¿Qué edad tenía? No más de diez años, piensa. Tiempos en que la adolescencia temprana vivía de disimulos, fingía observar obediencia, guardaba silencio ante consejos y reproches de unos padres ciegos a la indiferencia, a la sorna encubierta de los hijos. El adulto desvelado sabe que todo chico hoy se ha apropiado de la calle, que la autoridad de los mayores ha caducado.

En los años del siglo pasado que fueron los de su infancia, esa módica escapada de la vigilancia familiar era una promesa de aventura. Buscaba un punto de vista más amplio, ajeno al que podían depararle las persianas entornadas del departamento, visiones recortadas de una calle de noche. Desde las alturas se abría ante su curiosidad la ciudad entera, o lo que le parecía tal. Vehículos de paso, algún transeúnte esquivo, alguna violencia prometida por las matinés de los cines del barrio, promesas de ficción que él no sabía mentira.

No tiene hijos y ha perdido hace mucho una infancia en la que no supo rebelarse. Lo sabe el adulto que busca dormir, teme soñar.

La noche anterior, en Buenos Aires, le habían robado el teléfono celular. Como una ráfaga de viento, un chico pasó a su lado y, con un movimiento súbito, preciso, tomó el celular, salió del bar sin detenerse y, al cruzar la calle, lo atropelló uno de los camiones que a medianoche recogen residuos urbanos.

No reaccionó inmediatamente. La sorpresa lo dejó atónito un instante; luego, de un salto, abandonó la mesa del bar, corrió tras el chico. Alcanzó a ver un camión que se alejaba sin detenerse y, en medio de la calzada, el cuerpo inerte. Se acercó. Un brazo yacía a corta distancia del hombro, una rueda del camión lo había aplastado, la sangre fluía serena, el chico ya estaba muerto. Al lado de la mano abierta estaba el celular. Se inclinó para recogerlo. La pantalla estaba iluminada, el golpe debía haberla activado. Probó a abrir la lista de contactos. Apareció inmediatamente. Aliviado, se alejó con el celular en la mano, sin una segunda mirada hacia el despojo que yacía en la calzada.

Y ahora, con la cabeza apoyada en un respaldo duro, ojos cerrados que no lograban atraer el sueño ni exorcizar sus amenazas, el episodio de la noche anterior parecía ajeno. No podía asegurar que hubiese sido él quien lo había vivido, eran más bien imágenes de alguna película entrevista en la televisión una madrugada de insomnio. A menudo le ocurría separarse de una situación vivida, ponerla a una distancia no buscada, llegar a verse con la mirada de algún testigo anónimo. El hombre que en el bar había estado colocando las sillas patas arriba sobre las mesas, por ejemplo.

Ese hombre exageraba el ruido para advertirle al cliente demorado que era hora de partir, última ave nocturna que no parecía entender el anuncio ni percibir el mensaje de luces que se apagaban gradualmente. Hacía dos horas que se lo veía concentrado en el fondo vacío de un vaso de whisky, consultar cada tanto la pantalla de su teléfono celular, marcar un número y, al parecer, no obtener respuesta. ¿Quién esperaba que lo atendiera?

No era uno de los noctámbulos habituales del bar. Había apreciado de inmediato que ese desconocido no hubiese empleado la palabra mozo