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¿El pasado puede perseguirte? Te invito a que conozcas la vida de Alena, una adolecente que escapa de un hogar abusivo y maltratador, por lo que debe tomar decisiones difíciles, atravesar pérdidas insuperables, un milagro y promesas de amor que perduran en el tiempo. Pero ¿qué pasaría si, después de 20 años, el pasado vuelve? Quizás no siempre debe ser malo, tal vez son las promesas que hiciste, que te recuerdan quién eres y te dicen que es momento de soltar y perdonar aquello que te lastimó para vivir realmente. Además, te enseñan lo fuerte que puedes llegar a ser, que nunca es tarde si no te rindes y que los sueños no se cumplen si no se trabajan. Atrévete a ver la vida con los ojos de Alena.
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Seitenzahl: 328
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Novillo, Carla Luján
Promételo tú, si es que aún me recuerdas / Carla Luján Novillo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
252 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-003-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Novillo, Carla Luján
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Promételo tú , si es que aún me recuerdas
Carla Fraccarolli
Estamos hechos de momentos transitados y de la esencia que dejamos en los demás. Estamos hechos de experiencias de lo que aprendimos y de lo que seguimos intentando, de cosas simples como la brisa del viento que acaricia nuestra cara en días de risas, pero también de lágrimas. Estamos hechos de paz y de agonía, estamos hecho de vida, porque de eso se trata: de vivir, de sufrir, de ser felices, de reír y llorar. Estamos hechos de lo que nos llevamos en el corazón, de las personas y de todo aquello que nos enseñó a ser fuertes y, en tiempos difíciles, poder volver a sonreír, sobre todo volver a vivir.
Espero que cada lector se enamore más que yo y más que lo que están Alena y Alejandro. Este libro está dedicado a todas las personas soñadoras que creen en el amor y en el hilo rojo, a las que quieran cumplir sus metas y seguir soñando, pero sobre todo a aquellas que en el fondo de su corazón guardan aquel ser que les enseñó el amor.
Capítulo 1
¡Gritos!, escucho gritos. Pablo y mi madre estaban discutiendo, lo sabía y por más que no quería abrir los ojos escucho que mi madre me llama gritando. Con un poco de sueño aún, me giré en mi cama para ponerme boca abajo y enterré mi cabeza en la almohada y reprimí un grito. Cerré fuerte los ojos y traté de levantarme arrastrando los pies y pateando todo lo que había en el suelo que, por muy desordenada que yo fuera, no era mío, todo aquello era de mi hermanastro.
Yo era hija única, hija de madre soltera. Ella había conocido a un hombre que tenía un hijo, Jorge, y como era de imaginar, por ser la única mujer aparte de mi madre, debía ayudar en todas las tareas de la casa. También tenía que “realizar trabajos de hombre” cuando así se disponía, porque eran reglas de mi padrastro y se tenían que respetar. De lo contrario, había alguna penitencia, una que solamente me ponía a mí. Aquella casa tranquilamente se podía decir que no era un hogar para mí. Odiaba mi vida, odiaba no tener una familia normal, por eso me dedicaba a deambular siempre que podía. Y a deambular me refiero a que estaba en la casa de una u otra amiga, de mi tía o donde fuese, digamos que si podía estaba todo el día lejos de mi casa, más bien, diría que estaba todo el día por ahí.
Por lo visto me esperaba un día agotador. Antes de salir de la pieza, ya escuchaba a mi padrastro gritar y quejarse, seguramente por algo que yo o mi madre habíamos hecho mal; para él, nosotras hacíamos todo mal.
Pero hay un detalle que no aclaré: que aún yo era una niña de trece años, pronta a cumplir los catorce, edad en la que comienza la preadolescencia. Me creía grande, dejé de jugar con las muñecas para escribirle cartas de amor al chico que me tenía enamorada. Se llamaba Brandon, tenía quince años y era hermano de Paola, mi mejor amiga que, por cierto, era cuatro años más grande que yo, pero eso no importó para hacernos amigas; en realidad todos mis amigos eran más grandes, por eso contaba con experiencias no vividas, pero que al escucharlas me llamaban demasiado la atención.
Miré la hora en el reloj de la cocina y por suerte ya tenía que irme.
Con Pao nos veíamos siempre en el recreo del secundario. Apenas salió al patio, se puso el cigarrillo en los labios, y como veía que la observaba, preguntó:
—¿Qué miras, Alena? ¿Quieres darle una probada? Aquí nadie nos ve, toma, dale una pitada.
—Paola, si alguien nos ve nos amonestarán y no sabes lo que me espera si llego con una nota a mi casa.
—Vamos, no seas niña, pensé que ya eras demasiado grande para asustarte, además, ¿qué te puede pasar en tu casa que no te hayan hecho ya? —Después de escucharla, no lo pensé ni un segundo. Tomé el cigarrillo de la mano de Paola y le di una pitada. En cuanto entró el humo del cigarrillo en mí, sentí que me quemaba la garganta y comencé a toser.
—¡EHHHH! Despacio, tienes que chupar e inhalar, luego sueltas el aire —dijo Paola.
Me había recuperado del ahogamiento y, con el cigarrillo en mis manos, volví a ponérmelo en los labios, siguiendo las instrucciones de Paola. Chupé, inhalé y esa vez no me ahogué. Así, fumamos un cigarrillo entre las dos y el primero para mí. Cuando tocó el timbre para entrar, Pao preguntó:
—¿Mañana vas a ir a la fiesta de la primavera?
—No lo creo, no creo que pueda burlar a la policía de la puerta —contesté.
—¡Vaya!, es excusa, tu cuerpo no es el de una chica de trece años y lo sabes.
Paola tenía razón, yo era una niña de esa edad pero mi cuerpo decía lo contrario, supongo que era la genética de mi padre biológico, ya que mi madre era de contextura pequeña y sin atributos a su cuerpo, tal vez tenía más pechos y caderas yo que mi madre.
Tenía una cintura pequeña, y a mi edad ya usaba un sostén talle 95, un culo respingón que acompañaba a mis largas piernas. Mi piel era rosada y el cabello rubio oscuro que caía en ondas, toda una princesa de los cuentos que solía leer de niña, aunque en mi vida sucedía todo lo contrario de aquellos cuentos.
—Ya, Paola, no es excusa, no tengo ropa, ni dinero.
—Oye, mañana en el restorán de mis viejos se festejará el día de la primavera, si quieres puedes venir a ayudarme, como moza, ya sabes, atenderemos unas mesas que nos dejarán buenas propinas, más lo que mis padres te paguen tendrás para ir a la peña de primavera, y por la ropa no te preocupes, ya sabes que te anda lo mío. Buscamos algo y ¡listo!, vamos, no seas tan ingenua, eres mi amiga, tienes que acompañarme —ofreció Paola.
Lo pensé un momento, no solo ganaría algo de dinero, sino también podría ver a Brandon y esa idea me gustó más. Me encantaba ir al comedor, allí podía verlo y cruzarme por el pasillo con él y pensé que con un poco de suerte él me miraría.
—Ok, ya, ¡iré! También le diré a mi mamá que voy a quedarme a dormir en tu casa, sabes que jamás me dejaría ir a una fiesta —contesté.
—¡Sí! Genial, me encanta, ¡POR FIN LLEGÓ LA PRIMAVERA! —gritaba por el pasillo del secundario abrazándome—. Nos vemos más tarde, mi gringa —agregó Paola tirándome un beso, se despidió y continúo a su aula con una sonrisa. Atrapé su beso con mi mano y le respondí tirándole otro.
A pesar de todo eso, había veces que Paola me hacía sentir mal, no se lo decía porque realmente la quería y supongo que no lo hacía con maldad. Paola significaba mucho para mí. Ella fue mi primera amiga al comenzar el secundario, la primera en saber todo lo que vivía desde que mi madre se había comprometido. Estuvo cuando me llegó el periodo por primera vez, en cada llanto y momentos de angustia. Con ella aprendí mucho, escuchando cada historia de los amoríos y sobre todo las experiencias sexuales que Paola vivía. Yo solamente había aprendido a besar y llegué a dejarme tocar como también tocar a un chico con el que alguna que otra vez estaba, cuando lograba escaparme de mi mamá para salir.
¡RINNNNG! El timbre de salida sonó, pegué un salto del susto y me salí de mis pensamientos.
—Es hora de irse a casa, por fin —dijo Macarena, mi compañera de banco.
—¡Sí! Al fin —contesté yo, fingiendo, porque sentía todo lo contrario de alegría por volver a casa.
—Eh, ¿estás bien?
—Ohm, sí, solo que tengo mucho que terminar y el fin de semana es demasiado corto —le dije poniéndole una sonrisa fingida y apurándome para no darle tiempo a Macarena a que preguntara algo más.
—Ah, ok, si quieres puedo ayudarte, podría ir a tu casa, sábado o domingo por la tarde y te ayudo a terminar,¿te parece?
—No, Maca, no te preocupes, te lo agradezco en serio, voy a trabajar en el restorán de Paola y seguro le pida que me dé una mano con la tarea.
En ese momento me dije a mí misma: «Claro, te llevo a mi casa para que veas a mi pobre madre, cómo aguanta una casa de locos, y a mi padrastro tomando alcohol a las cinco de la tarde, escuchar cómo me maltrata por cualquier cosa que le plazca».
—Ok, no hay drama, pero sabes que puedes contar con mi ayuda si lo necesitas. Nos vemos, Alena, ¡adiós!
—Lo sé, Maca, ¡adiós! Y gracias de nuevo.
Saliendo a la calle me despedí de ella levantando mi mano, realmente era agradable Macarena.
El camino a casa no era lejos, tenía unas cinco cuadras. A cualquier persona le tomaría unos 10 o 15 minutos en llegar, a mí me tomaba casi una hora: caminaba despacio, saludaba y charlaba con algún vecino que se encontraba afuera de sus casas, lo que menos quería era llegar a mi casa.
—Hogar dulce, hogar —suspiré con resentimiento al llegar. En cuanto pasé la reja de mi casa, escuché los gritos de Pablo y pensé: «¿Por qué será ahora?». Al entrar a la casa, estaba mi mamá sentada en la mesa, justo por empezar el mate.
—¿Qué pasó ahora? ¿Por qué está gritando? —le pregunté.
—Él tiene nombre, Alena, se llama Pablo, es quien nos da de comer y un lugar para vivir, en su casa, no te olvides que nos acogió cuando quedé sin trabajo.
—Él es quien nos da de comer porque no le queda remedio, me lo dice muy a menudo y lo escuchaste siempre que lo dijo, si quisieras podrías buscar un trabajo y nos largaríamos de acá, yo con lo que gano en el restorán de Pao podría ayudarte y viviríamos sin la ayuda de ÉL —enfaticé demasiado la última palabra. Suspirando, mi madre, sin mirarme, solo dijo:
—Ve a ayudar afuera, Alena, hazme el favor.
Sin esperar y con un tono más tranquilo, le pregunté:
—¿Mañana puedo quedarme en lo de Pao? Tengo que ayudarla, el restorán festeja el comienzo de la primavera, calculan tener mucha gente y Pao me preguntó si le daba una mano.
—Alena, mañana es sábado, traerán los pollos a pelar y Pablo solo no podrá, necesitará ayuda —contestó mi mamá.
—¡Pero ma! Tiene a su hijo también para que lo ayude, aparte sería una boca menos que alimentar. —Entrecerré los ojos y puse las manos juntas como rezando—. ¡Por favor, ma! —supliqué.
Mi madre, que inconscientemente sabía muy bien que era demasiado chica para darme tanta libertad, me dio el permiso.
—Está bien, ve, pero, por favor, ten cuidado y el domingo apenas despiertes te me vienes, ¿ok?
Feliz salté encima de ella, dándole un fuerte beso, y al abrazarla le susurré en el oído:
—¡Quédate tranquila, ma! ¡El domingo vuelvo!
—¡Tú! ¡Al fin llegaste, chinita loca! —gritó Pablo en cuanto entró a la cocina—. Dale, apúrate, anda a ayudar a Jorge a limpiar el patio. ¿Qué te piensas? ¿Que tienes coronita? ¿Que eres una princesa?
Soltando el abrazo que le estaba dando a mi mamá, con un resoplido me giré para enfrentarlo. Mamá lo notó, le dio un apretón a mi brazo, me miró a los ojos y en ellos pude ver el cansancio que tenía y las palabras que callaban. Solo me miró y dijo:
—Ve, Alena, ve a ayudar.
—Pero ma, recién llego, quiero tomarme un té.
—Bueno, gánate el té por lo menos, pendeja vaga —gruñó Pablo.
—Pablo, por favor —dijo mi mamá levantando un poco la voz. Pablo la miró y gritó:
—YA VERÁS LO QUE TE ESPERA CON ESTA.
—Anda, hija, ve, yo te espero con el mate y me cuentas qué tal le va a Paola con los novios.
Así conseguía sutilmente apaciguar las cosas y mi enojo. Sabía lo mucho que le gustaban las historias que Pao me contaba, había veces que agregaba alguna mentirilla para ver la cara de sorpresa que ponía mi mamá; me gustaba contarle esas cosas porque era una de las formas con las que a veces la veía reír.
Al día siguiente, una vez que terminé de almorzar, limpié la cocina y me dispuse a irme.
—Ma, me voy, tengo que ir a ayudar a Pao a ir limpiando las copas y ordenando las mesas.
—Ok, hija, ten cuidado, por favor. Y ojo con lo que haces.
—Sí, mamá, ¡ya lo sé!, qué podría pasarme.
—Sabes a lo que me refiero, Alena, cuídate, hoy en día los adolescentes no corren, ¡VUELAN!
—Ya, mamá, sabes que aún soy virgen, y quiero seguir así, así que tranquila —le di un beso y me despedí de ella. Sabía que aquellas palabras le darían tranquilidad.
—¡AMIGUIS! Creí que no vendrías, y me estaba preocupando, ¿a quién buscaba para salir? —gritó Paola, que saltó sobre mí en cuanto vio que entraba por la puerta trasera del restorán. No le presté mucha atención a su comentario, respondí:
—Te dije que vendría, Pao. ¿Por qué tanto cariño?, ya suéltame, nos vimos ayer —dije tratando de soltarme del abrazo.
—¡Es que estoy entusiasmada por la noche que nos espera!
—Pao, por favor, son las cinco de la tarde, falta un buen rato para que la noche llegue, yo solo espero que mi mamá no se entere, si no, me mata.
—Bah, Alena, tu mamá sabe mejor que nadie que sales, me parece que a la pobre le duele ver que la pasas mal en esa casa y por eso te da permiso.
Los comentarios de Paola nunca eran positivos, por eso yo siempre los ignoraba.
—Sí, a veces pienso lo mismo, este último tiempo lo ha hecho sin retarme o advirtiéndome algo, quizás sea también por lo cansada que está últimamente. Está yendo seguido al médico y tal vez no tenga ganas de pelear conmigo, no lo sé, en fin, ella confía en mí, sabe que soy virgen y eso la tranquiliza.
—¡POR DIOS! Cierto que eres una mojigata con ese tema, que por cierto me voy a encargar de que termine —dijo mientras me volvía a abrazar—. En serio, Alena, no entiendo cómo tu cuerpo es tan desarrollado, viste eso que dicen que la mujer se desarrolla cuando comienza a tener sexo, cosa que a mí me pasó, mis pechos crecieron en ese momento y tú eres demasiado desarrollada pero virgen —agregó Pao mirándome de cuerpo completo.
—¡AY, YA PARA! Llévame a donde están tus padres, quiero saludarlos y decirles que su hija es una pervertida que me lleva por mal camino.
Las dos abrazadas fuimos en busca de Julia y Fernando, quienes eran muy buenos y me querían tanto o más que yo a ellos. Los padres de Paola se encontraban en el salón del restorán junto a Javi, el hermano mayor de Pao. Al verme, todos me saludaron y recibieron con mucho afecto. El rato que pasábamos con ellos siempre era todo alegría, Fernando era muy gracioso y le gustaba hacernos bromas, las cuales algunas enojaban a Paola, y se notaba que quería mucho a Julia. Esa familia me hacía sentir tan bien que a veces me imaginaba qué se podía sentir al tener una familia así de unida y feliz.
Después de unas bromas, risas y charlas, Fernando nos dijo:
—Bueno, chicos, sigan pasándole alcohol a las copas mientras nosotros acomodamos las mesas.
—Eh, y Brandon por qué no viene a ayudar —se quejó Paola. Tan solo con escuchar su nombre me puse colorada.
—Yo voy por él —dijo Javier—. ¿O quieres ir tú, Alena?
—¿Eh? ¿YO? ¿POR QUÉ YO? —pregunté demasiado deprisa y con nerviosismo. Mi cara debía ser un poema, me lo confirmó Javi a quien, entre risas, no le salían las palabras.
—¡Tran... quila que vooo... que voy yo! No te asustes.
—Oye, déjala tranquila —le reprochó Pao a su hermano saliendo en mi defensa.
Me encantaba la idea de ir a buscar a Brandon, pero tenía demasiada vergüenza para hacerlo.
Seguíamos con Pao en el comedor cuando aparecieron Javier y Brandon.
—Hola, Alena —dijo Brandon en cuanto entró.
—Hoo hoo hola —contesté nerviosa.
—Ale y Pao, tienen que armarme una mesa para mí y mis amigos, somos cinco —dijo Javi—, por favor.
—Ya los ubiqué yo en la mesa junto a ventanal, ¿o prefieres una afuera? —dijo Julia, trayendo más papel.
—Emm, sí una de afuera está bien, seguro la noche está agradable, no creo que nos quedemos mucho tiempo.
—Listo, la mesa 22 es de Javi, chicas —dijo Julia mirándonos con una sonrisa.
—Luego repartiremos las mesas para que puedan trabajar más cómodas y ordenadas, Brandon me dará una mano en la caja mientras Julia y yo nos ocupamos de la cocina —dijo Fernando.
Capítulo 2
Sobre las ocho comenzaron a llegar los comensales de nuestras mesas.
—Alena, hazme un favor sin que Javier te vea y dale esto a Paul —dijo Paola entregándome un pequeño papel cuidadosamente doblado.
—¿Quién es Paul? ¿Por qué no puede verme Javier?
—Ay, Alena, sí que eres boba. —«Siempre comentarios innecesarios», pensé para mí. Poniendo ojos en blanco, mi amiga me explicó:
—Paul, el amigo de Javi, te hablé mil veces de él —dijo tocándose los pechos—. Estará en la mesa que reservó Javi y te tocó a ti.
—Ah. ¿Paul el que te toca las tetas como nadie? Ese mismo.
—Ay, Alenita, solo con escucharte lo recuerdo y me pone cachonda —dijo entre risas—. Pero, por favor, que no te vea Javi, si no, nos mata.
—Ok, ok, entendí... Ya sé lo que tengo que hacer y, por favor, no me digas más ni boba ni mojigata, ¿ok? —lo dije para que entendiera que no me gustaban sus comentarios, y aunque lo notó, no le importó y respondió:
—Ok, solo cuando dejes de serlo —dijo Paola tirándome un beso, dio media vuelta y se marchó.
A las ocho y media llegaron los amigos de Javi y tuve que ir a atenderlos. Los observé uno por uno tratando de adivinar cuál de los cuatro era Paul. Paola se encontraba ocupada con una mesa de un matrimonio con tres niños, no daba para ir y preguntarle cuál de todos era.
Mientras los observaba, la mirada de uno de ellos se cruzó con la mía. En ese instante sentí algo muy extraño, no podía cortar con la mirada de aquel chico de ojos verdes y cabello rubio un tanto oscuro y rasgos bien marcados. Nos miramos hasta que él se sentó. Vi que Javi me levantaba la mano y hacía señas para que los atendiera. Con esa sensación extraña, me acerqué con la carta de menú y me presenté.
—Hola, buenas noches, ¿qué se les ofrece para degustar en esta bella y estrellada noche?
—Ale, por favor, sin tanta formalidad que somos mis amigos y yo —dijo Javi.
Les entregué las cartas de menú, le sonreí a Javi, con libreta y lápiz en mano para tomar el pedido; no dejaba de sentir esa mirada sobre mí. Cuando alcé la vista, nuestros ojos se encontraron nuevamente, no podía dejar de mirarlo, mi corazón latía fuerte, algo que no había sentido nunca. Una sensación extraña, inexplicable para mí. «¿Pero qué me pasa? ¡Qué bello es! Pero ¿si ese es Paul?, tengo que preguntarle a Paola urgente», me dije para mí misma.
Una vez que tomé nota de lo que Javier y sus amigos me pidieron para cenar y beber, me acerqué para retirar las cartas, mientras ellos hablaban de alguna broma que solo ellos entendían.
Cuando estuve cerca de aquel chico, se estiró, pasando un poco sobre la mesa, y cuando fui a levantar la carta, el chico de ojos verdes me la entregó y por milésimas de segundos sus manos me rozaron. La corriente invisible que ocasionó aquel roce me recorrió a toda velocidad por el cuerpo entero, para detenerse en mi vientre, donde comenzaba un cosquilleo y lograba ponerme algo nerviosa. Por la expresión de sus ojos verdes podría jurar quepudo sentir lo mismo.
Tan pronto como entré, busqué a Paola. No sabía qué era lo que me pasaba, pero estaba segura de que si él era Paul, no podría entregar el papel que Pao me había dado, no solo porque estaba al lado de Javi, sino porque no sabía lo que me pasaba cuando estaba cerca de él. Y jamás traicionaría a mi amiga, así este famoso Paul fuera una aventura más para ella. Por este motivo necesitaba con urgencia saber quién era Paul. Mientras estaba preparando las copas y bebidas para la mesa 22, llegó Javi a darme una mano y trajo con él un mensaje que me daría las respuestas que necesitaba para calmar mis dudas, salvándome de enfrentar a Paola y ahorrándome de que me preguntara, más bien, me dijera, que era una boba por tal cosa.
—¿Te ayudo? —preguntó Javi.
—Ya tengo todo listo, Javi, gracias —le sonreí.
—Ah, Alena, mi amigo te envía saludos —dijo Javi con una sonrisa pícara—, también dice que no puedes ser más bella —agregó.
—Primero, Javi, no sé cuál es o cómo se llama este amigo. Segundo, que si me vio tan bella, ¿por qué no me lo dice él?, y tercero... —Javi me interrumpió:
—Mi amigo se llama Alejandro, todos le decimos Ale y es el que está sentado a mi lado de remera blanca. Ah y otra cos… —Esta vez lo interrumpí yo y le dije apurada:
—Otra cosa es que esta cerveza que tengo aquí se calentará si sigo hablando contigo y creo que ni a ti ni a tus amigos, inclusive al tal Alejandro, les gustará tomarla en esas condiciones. —Antes de que dijera algo más, me giré para salir y antes de hacerlo le guiñé un ojo, y riendo me fui.
Por fin podía darle nombre al chico de ojos verdes que me tenía intranquila, Alejandro. Al llegar me sentía muy nerviosa. Javi, que llegaba justo detrás de mí, me ayudó con las copas que tenía en la bandeja y puse la botella de cerveza en la mesa. Con el correr de las horas, fui sintiéndome más tranquila, el ir atendiendo mesa tras mesa calmó un poco mis nervios, haciendo que olvidara al chico de la mesa 22, aunque no podía negar que cada vez que me llamaban de su mesa, mis nervios cobraban vida. Una vez que localicé quién era Paul, muy disimuladamente me acerqué a su oído, vigilando que Javi no me escuchara. Por suerte este se encontraba alejado. Le dije que tenía un mensaje de Paola, este rio y se acercó más para tomar el papel y que nadie lo viera. Al levantar mi vista, noté que el chico de ojos verdes me miraba de otra manera, ¿con algo de enfado, tal vez? Algo desconcertada por la forma en la que me miraba, decidí que mejor me excusaba con Javi diciendo que no daba abasto, él no lo dudó y fue así que él atendió su mesa. No fue por mucho tiempo, ya que pronto se irían a la fiesta de peñas, que se organizaba todos los sábados, donde Pao y yo pensábamos ir también.
Alrededor de la 1:30 a. m., quedaban pocos clientes, solo tomaban, charlaban o miraban algún viejo partido de fútbol que emitían en la televisión.
Con Paola estábamos en la cocina comiendo el resto de unas papas fritas que alguien había pedido en su menú y luego ni las había tocado. (Sí, a veces no toda la comida de las sobras se tira). Le estaba contado a Pao cómo me las había ingeniado para saber quién era Paul y darle el papel. Obvié contarle sobre las miradas con Alejandro y todo eso, ni yo entendía qué pasaba, así que decidí guardármelo, no quería escuchar sus comentarios. Ella, al escucharme, con una fuerte carcajada, casi se ahoga con la papa que metía en su boca, algo por lo que me culpó, como si yo fuera culpable de su risa exagerada. En eso entró Fernando, diciendo:
—Bueno, bellas princesas, ya son libres de este castillo —dijo levantando la mano y señalando en círculo a su alrededor como si fuera la libertad. Nos bajamos del gran mesón que había en medio de la amplia cocina donde las dos estábamos sentadas y, con una sonrisa de oreja a oreja, Pao me abrazó, pasamos al lado de Fernando y, sin que él escuche, dijo en mi oído, susurrando:
—Bueno, Alen, ¡comienza la noche en la que vas a conocer a un buen chongo!
A punto de salir por las puertas vaivén de la cocina, Fernando, haciéndose el enojado nos dijo:
—¡Ojo que si se van sin despedirse de mí no hay paga!
—Jamás nos iríamos sin saludar a mi rey —contestó Paola, lanzándose en los brazos de su padre, llenándole de besos el rostro.
—Eh... Tú, ¿no piensas por lo menos darle un abrazo a este viejo? —dijo Fernando mirándome.
—¡Claro que sí!, obvio, y podrías ser mi rey también. —Sin vergüenza y con una sonrisa lo abracé, él era lo más parecido a un padre que podría tener alguna vez.
—¿Para mí no hay nada? —dijo Julia que entraba a la cocina con unos vasos en las manos, dejándolos sobre la mesa. Nos fundimos en un abrazo los cuatro. En lo más profundo de mí deseaba tener una familia así… La realidad era que en el fondo de mi corazón tenía un sentimiento de envidia por no tener una familia como la de Paola; amaba a mi mamá pero no a la familia que teníamos.
Estaba subiéndome los breteles del sujetador, cuando Paola entró al dormitorio, con varias prendas de ropa y todavía con el pelo húmedo, hecho un rodete en el medio de su coronilla. A medio vestir, toqueteó unos botones a su pasacasete y las voces de Leo García y Gustavo Cerati cantando “Tesoro” se hicieron presentes mientras bailaba al sonido de la música, elevando nuestras energías. Pao dijo:
—Alen, fíjate qué te va de todo esto. Eres más delgada que yo, pero seguro que algo te queda, por favor, cuídame la ropa ¿ok? Yo voy pasándome el secador en el pelo, porque si mamá nos ve salir así, dudo que pasemos la puerta hasta que el cabello esté totalmente seco.
Me quedé observándola por unos segundos. Sin decirle nada, le sonreí mirándola a los ojos, agradeciéndole en silencio. Me lo respondió tirándome un beso en el aire a medida que se dirigía al baño. En el cuarto escuché que encendía el secador.
Miré el bulto de ropa que había dejado sobre un puf que tenía en un rincón muy cerca de su cama. Tomando prenda por prenda y sin medirme nada, me decidí por una minifalda de color celeste, hermosa, tela terciopelada con flores; una remera con mangas tres cuarto, color rosa, que terminaba en un pico del lado de mi cadera derecha. Me coloqué unas sandalias de taco chino color blancas. Me solté el pelo húmedo, aún podía sentir algunas gotas que caían por mi nuca y se perdían al llegar al borde de mi remera, humedeciéndola.
Paola salió del baño, con su pelo seco y alborotado. Seguía solo en ropa interior. Me miró con los ojos bien abiertos, como si se sorprendiera de lo que veía.
—Alena, qué hermosa que eres. Estás divina.
—Oh, vamos, Pao, tú no te quedas atrás, tienes un cuerpo muy deseado.
—Sí, lo sé, pero tú trata de no llamar tanto la atención de los chicos que me gustan —dijo, y al ver mi rostro, que no entendía, añadió—: ¡Es broma! Eres mi amiga —dijo y eso creía. No presté atención a sus comentarios, eran propios de ella.
La dos reíamos a carcajadas y entre charlas y risas terminamos de maquillarnos. Ya listas para partir, saliendo de la habitación de Paola, nos chocamos con Brandon. Venía a nuestro encuentro para entregarnos el dinero que Julia y Fernando nos mandaban como pago por el trabajo de esa noche, aunque ellos siempre nos daban más de lo acordado.
Lo que noté raro fue el hecho de no sentir nada al ver a Brandon. Al tenerlo de frente y tan cerca, no sentí ese nerviosismo que lograba poner mis mejillas rosadas. Al recibirle el dinero y nuestras manos rozarse, esperaba sentir lo que antes había sentido con Alejandro, pero no, me quedé ahí parada esperando algo pero no llegó... Me quedé parada más de la cuenta, lo supe al ver cómo me miraba Brandon. ¿Pero qué rayos me pasaba? ¿Qué esperaba sentir? Solo asentí y le agradecí:
—¡Oh! Gracias, Brandon, muchas gracias.
—Yo no soy quien te paga, son mis padres, y aparte te lo ganas en ley —contestó seriamente.
—De todos modos, gracias.
Tomó del brazo a Pao y le susurró al oído: “¡Qué carácter!”. Cuando estábamos a punto de salir, nos giramos cuando escuchamos a Brandon decir:
—Ah y Alena... ¡estás muy linda hoy! —Le sonreí por el cumplido.
—Pero ¿qué te pasa, Brandon? ¿Quieres ligar con mi amiga? —dijo Paola antes de que yo pudiera decir algo. Brandon, poniendo los ojos en blanco, se giró y se fue—. Oye, a mí también tienes que decirme que estoy linda, soy tu hermana —le gritó con enfado.
A las 2:30 estábamos paradas en la cola para sacar nuestra entrada. La noche estaba agradable, ¡gracias a Dios!, porque con el rato que llevábamos paradas ahí, no sé si con frío y esa corta pollera hubiera aguantado mucho. Soy friolenta y no tengo tanta paciencia para estar esperando. Casi llegando a la boletería, le dije a Paola:
—Tendrías que haber sacado las entradas anticipadas y así nos hubiéramos evitado esta espera aquí, con todos los hombres mirándonos como si fuéramos sus presas —dije mirando alrededor, viendo cómo nos miraban los hombres.
—Sí, claro, Alen, y tener la duda de si me ibas a dejar plantada. No, gracias, mejor espero.
—Sabes que no siempre puedo escaparme, no quiero que mi mamá tenga problemas luego.
Al verla pensar a Paola y dudando si hablar o no, dando un pequeño golpe con el codo le dije:
—Habla, sé que quieres decir algo.
—Ok, sé que dijimos que no hablaríamos más de esto —respondió Paola un poco dudosa—, pero ¿cuándo le contarás a tu mamá lo que sucede? Y porfa ¡no te enojes! Solo que no sé cuánto más podrás aguantar, Alena, yo en tu lugar no me callaría nada.
—Algún día, Pao, cuando encuentre el momento y lugar, ya sabes cómo es... algún día voy a terminar toda esta mierda.
Sin decir ni una palabra más, Paola me pasó sus brazos por mis hombros y dándome un leve empujón caminamos hacia la ventanilla, sacamos nuestras entradas y nos dirigimos a las gigantes puertas de la entrada, donde había dos hombres vestidos con ropas oscuras y una inscripción en el medio de su pecho que decía “seguridad”. Uno de ellos recibía los pases de entrada y el otro colocaba en la parte superior de la mano un sello, el que indicaba que habías pasado el control en la puerta. Paola debió de haber percibido mis miedos y nervios. Nos miramos sin decir una palabra, sabíamos que era probable que los guardias no me dejaran pasar. Sentía mis piernas temblar cuando uno de los guardias me miró de arriba abajo con cara de pocos amigos, y como si de un bicho raro se tratase, me observó unos segundos. Me di cuenta de que contenía el aire cuando Paola tomó mi mano y me arrastró hacia adentro.
—Oye, Alena, ¿quieres que se den cuenta y no te dejen entrar? Podrías ser más disimulada o comportarte normal, no te quedes parada sin pestañear.
Exhalando el aire que contenía para poder contestarle y riendo por la adrenalina del momento, mirándola le contesté:
—Es que te juro que sentía cómo me miraba y estaba esperando que me pidiera el documento o algo por el estilo, y qué iba a decirle, “no, oficial, no traigo pero míreme, soy adulta”, por favor, qué susto... —dije todo tan rápido que Pao no pudo contener la risa y enganchando su brazo con el mío gritó:
—¡Ya!, listo, ahora estamos dentro, así que ahora a disfrutar. Vamos, busquemos algo para tomar. Nos dirigimos hacia la barra donde se pedían las bebidas. Mientras Paola esperaba que nos atendieran, fui observando cómo comenzaba a llenarse de gente el lugar. De pronto, escuché que alguien nos decía:
—¡Hola a las bellezas de esta noche! ¿Qué van tomar?
Me giré mirándolo y diciendo “gracias” por la forma en la que había dicho esas palabras, pero no obvié el hecho de que no se dirigía a mí cuando hablaba, sino a Pao.
—Oh, ¡Ema, siempre tan lindo!
—Contigo siempre, nena.
—Me pones colorada —dijo Paola tratando de ocultar su rostro. Me causaba risa cómo la muy astuta fingía sentirse avergonzada por el cumplido, eso parecía gustarle a los hombres, porque Paola lo hacía habitualmente.
Como yo seguía en segundo plano mientras el tal Ema tonteaba con Pao, giré sobre mis talones y miré el salón que se llenaba cada vez más. Grupos de chicos y chicas bailaban entre sí, alguna que otra parejita en algún rincón contra la pared se besaba como si fuera el fin del mundo. Mientras miraba de un lado al otro, sentí aquella cosa extraña a la que no sabía ponerle nombre... Tratando de no darle importancia y con ganas de bailar, gritar y saltar hasta que el cuerpo no me resistiera más, giré mi cabeza para ver si Paola ya había terminado su primera conquista de la noche, porque sabía que si la dejaba continuar, pronto me quedaría sola…
—Pao, ¿nos quedaremos toda la noche acá? —pregunté poniéndole ojitos y haciéndole señas con la mano en el lugar que estábamos paradas.
Sin contestarme y guiñándole un ojo al barman, Pao tomó mi mano y nos fuimos hacia la pista.
—Ay, Alen, ¡me salvaste, ya quería irme!
—Sí, claro, te vi muy entusiasmada en la conversación.
—Mira, Alena, cuando entiendas más, sabrás que es bueno tener siempre una segunda opción, lo digo por si mi querido Paul no da señales de vida, ¿entiendes ahora? Y Emanuel es el indicado.
—Si tú lo dices —contesté levantando mis hombros.
—Alena, no soy como tú, ¿recuerdas? No solo soy más grande y tengo más experiencia, sino que hace tiempo que practico el sexo. —Como la música estaba tan fuerte, lo dijo bien cerca de mi oído, enfatizando la última palabra—. Ya me dirás tú, cuando dejes de ser tan mo…
No dejé que continuara hablando, sabía que me diría algo y me sentiría inferior a ella. La tomé del brazo para ir a la pista, entre empujones y codazos, y encontramos un lugar en el medio. Pasamos un rato bailando, saltamos y cantamos a todo pulmón las canciones que nos gustaban mucho. Unas horas después, bañadas de transpiración, se acercó Paola y me dijo que iba al baño y volvía; me ofrecí para acompañarla pero se negó, y con eso supe que no volvería a verla el resto de la noche. Y una vez más, mi amiga me dejaba sola, como tantas veces o siempre lo hacía.
Unos instantes después sonaba por los altavoces unas de las canciones del momento y que me gustaba mucho. Sola en el medio de la pista con algo de alcohol y rodeada de muchos jóvenes que bailaban, empecé a mover mi cuerpo al compás de la música.
QUÉ TIENEN TUS OJOS QUE YO NO TE OLVIDO.
QUÉ TIENE TU PELO QUE VIVE EN MIS MANOS.
QUÉ TIENE RECUERDO QUE CRECE EN MI ALMA.
CON UN GUSTO AMARGO, NO QUIERO PENSAR.
Sentí unas manos fuertes que se posaban en mi pequeña cintura, eso ocasionó que de inmediato mi cuerpo se erizara como el de un gato y no sé el porqué, pero no quería apartarlas, sentí como mi nuca llegaba a su pecho y unos segundos después él susurraba en mi oído:
—Creo que tenía que decirte yo lo preciosa que eres.
Aquel simple susurro fue como sentir algo que esperaba, que despertaba mariposas en mi vientre, dándome ganas de tocar aquellas manos. Puse mis manos sobre las de él, las apreté para que no las sacara y lentamente me giré, y nuestras miradas se encontraron. Fue lo más extraño y confuso que sentí alguna vez, era como si pudiera fundirme en su mirada, como si el resto de las personas ya no existiesen, como si la música se hubiera detenido, como si el tiempo se detuviera. Nos mirábamos, nos contemplábamos, como si al fin algo invisible nos uniera, como si nuestras almas se reencontraran, esa sensación de tener algo que necesitabas pero no lo sabías. Ahí estaba Alejandro, el amigo de Javi, el del saludo, el que había puesto mis nervios como locos todas las horas que había durado mi trabajo. La música seguía sonando y no sabía en qué momento había terminado la canción anterior, solo lo miraba a él, a sus ojos verdes, su boca de labios un tanto finos, su nariz y su cara bien marcada. Tenía su flequillo parado de punta y un tanto revuelto su pelo, contenía mis ganas de llevar mis manos a su cabeza y enterrar mis dedos en sus cabellos.
Yo no podía hablar. Enmudecí y él debió notarlo, porque fue el primero en hablar. ¿Dónde estaba todo mi coraje?
—Si no le entendí mal a Javi, dijo que tus palabras fueron “si me ve tan linda, ¿por qué no me lo dice él?” —sonrió. «Oh, por Dios, qué bello es cuando sonríe». Él esperaba una respuesta que yo no sabía darle, estaba como en las nubes, solo lo miraba a él y miraba su boca. «Por favor, qué bello es así de tan cerca». Al notar que no le respondía, dijo:
—Quiero que sepas que no me acerqué ni pude decírtelo yo antes porque cada vez que venías a la mesa lo hacías muy rápido y sin mirarme. La última vez que viniste a la mesa, no me miraste, solo hablaste con Paul, le dijiste algo en el oído y como Paul es mi amigo le pregunté de ti y al confirmarme que no había nada, que solo le hacías un favor a Paola, no dudé en acercarme ya que luego ya no volviste, me privaste de ver tus lindos ojos.
«Oh, por Dios, que tengo calor, demasiado calor, ¿qué me acaba de decir? Oh, por Dios, cuando le cuente a Pao; de no creer que este bombón se fije así en mí, no me lo creerá, estoy segura».
Acercándose un poco más y con su boca sobre la mía, murmuró:
—¿Bailas?
Yo, que seguía en mi nube de unicornios hasta que él se apartó y extendió su mano, la tomé y me dejé llevar. Bailamos y nuestros pasos parecían ensayados. Nuestros cuerpos simulaban conocerse. Noté que terminaba una canción de mi banda favorita, Sabroso. La música de “Atado a tu amor” parecía decirle lo que sentía, tan solo con su mirada y su cercanía. ¿Pero qué rayos me pasaba?, no podría explicarlo, solo escuchaba la letra de la canción abrazada a él.
SÉ QUE ESTE AMOR VA CONMIGO HASTA EL ÚLTIMO DÍA.
AMAR DE ESTA FORMA TOTAL ES AMAR DE POR VIDA.
NI EL MAR DE LOS SIETE MARES APAGA ESTE FUEGO.
NO PUEDO EVITAR ENTREGARME A ESTE ARDIENTE DESEO.
Se acercó tanto a mí que nuestras narices se rozaron. Preguntó:
—¿Nos vamos? ¿Quieres que nos vayamos?
No sabía qué responderle, solo pude decir:
—Ok, sí, mi amiga me dejó sola, así que sí, vamos.
