Pronto seré de oro y carmín - Vanina Bruc - E-Book

Pronto seré de oro y carmín E-Book

Vanina Bruc

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Beschreibung

Pronto seré de oro y carmín narra los anhelos de una serie de individuos disidentes y fuera de la norma por ser trans, o hacer drag, o leer teatro en un pequeño pueblo, o ser aliens, o lesbianas, o queer, o amas de casa que detestan su vida, o tener poder femenino y refleja también la belleza de sus universos y de los colores que tienen a nivel personal. Los relatos de Vanina Bruc hablan de la confusión y de la crisis; del ansia de libertad; de ese miedo en el que los personajes encuentran la luz y la magia, las identidades únicas y los caminos del autodescubrimiento. Lindo observa los ángeles del techo de un hotel romano mientras piensa en huir. Keiko se despierta cubierta de pis de gato y se prepara para actuar rememorando su Japón natal. Florence decide matar un pájaro de su jardín y cocinarlo para su familia en Navidad. Nefar renace de su Egipto faraónico en forma cósmica. Bandita hace drag, busca el amor a lomos de un descapotable y pide al viento que la ame como sea. Y luego están Edmundo y Carmela: un juicio por brujería y dos puntos de vista, el del inquisidor y el de la bruja a punto de ser incinerada, asustada, orgullosa, alzada como una diosa de luna que levanta el puño y se grita a sí misma: "Pronto seré de oro y carmín".

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Seitenzahl: 110

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Pronto seré de oro y carmín

Vanina Bruc

Primera edición: febrero de 2021

PRONTO SERÉ DE ORO Y CARMÍN © 2021 Vanina Bruc

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-122617-4-5

eISBN: 978-84-122925-2-7

Depósito legal: M-1221-2021

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Pronto seré de oro y carmín es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Índice

I. Antinoo

II. Qué vieja eres, Keiko, pero qué bien sigues moviéndote

III. Florence Holiday

IV. Haré contigo lo que quiera

V. Tallullah, qué cerca estuviste de hacerlo bien

VI. Oh, Sabina, ¡cómo puedes ser tan maravillosa!

VII. ¡Ciao, Bandita!

VIII. Monstruas

IX. Carmela según Edmundo

X. Carmela según Carmela

Al niñe que se escondía en el bosque

para que no le hirieran,

a las maravillosas criaturas que allí encontró,

y a Pepa, a Sílvia, a Anna, a Albert y a Quim,

por traerme hasta aquí.

I. Antinoo

—¡Date prisa!

Le ardieron las manos y soltó un grito. La bañera estaba rebosante de un líquido transparente, y en él saltaban burbujas de colores, perfumes, corrientes de los champús que lanzaba dentro. El grifo estaba abierto, y el agua corría, cayendo con toda la presión de las cañerías modernas y cortando el lago artificial. Y ardía, mucho. Puso la mano en ella y volvió a quemarse otra vez.

Era culpa suya. ¿Cómo no había estado atento? ¿Quién sería capaz de bañarse allí? Giró los grifos, la puso helada, esperó.

—Lindo, ¿qué haces? ¿Lo tienes listo?

No, no. No estaba a punto.

—Aún no.

Escuchó el silencio. Supo que había hecho algo mal.

—Voy a dar una vuelta por el pasillo.

Mejor, sí. Suspiró. La mano le dolía, roja, como recordatorio de un error que no podía permitirse, porque aquello valía la pena. ¿Verdad? No todos los días estaba uno en Roma, observando la Fontana di Trevi, contemplando la Luna desde las ventanas. Qué hermosa estaba, roja, árida sobre la ciudad, manchada por el juego cósmico que había decidido convertirla en un ser sangrante. Se acercó a la ventana y dejó la mano, respirando la primavera y los geranios que subían desde la plaza. La noche era bella y la brisa intensa, las voces claras, la incertidumbre palpable, y desde la calle ascendían las notas italianas que cantaban en conversaciones, ancora, ancora, ancora, aún es pronto para irse a dormir y aún hay tanto por hacer, Lindo. El chico observó las esculturas que se erigían en la fuente, tan potentes, tan grávidas sobre el mármol que las moldeaba, y mientras lo hacía apoyó la desnudez de su torso en el cristal y lo notó así, frío contra él. Se sentía mejor, por sus manos, y por el vapor que lo había inundado en el baño del hotel, y se sentía mejor porque veía la Luna y le hacía creerse dueño de su destino.

El cristal le devolvía su imagen, la figura esbelta, formada, la cadena dorada que volaba en su cuello y bajo él una dulzura de formas, las costillas que le respiraban delgadas y esa cintura, una curva sobre los pantalones deportivos que llevaba puestos esa noche, y subió los dedos hasta la cadena y jugó con la estampa que le colgaba y la besó. Se removió los rizos. Todo tenía un sentido, todo valía la pena. La noche era suya.

Se alejó y regresó al baño. El agua salía ahora de los bordes y el suelo se había convertido en una piscina de baldosas azules, mierda. Mierda. La cerró y con el papel empezó a secar el suelo y a tirarlo por el retrete, a secar el suelo y a tirar el papel por el retrete, a dejarlo todo listo antes de que volviera y lo encontrara así. Pensaría que era un estúpido. Aunque realmente podría ser un estúpido. No sabía demasiadas cosas.

—¡Lindo!

Ahí estaba. Él seguía inclinado en el suelo, los bucles castaños le caían sobre los ojos y la cadena dorada flotaba junto a él. Clavó los ojos en ella y los dejó suspendidos en el brillo de la estampa. Si tan solo todo brillara con tanta facilidad. Si él mismo pudiera convertirse en una cortina dorada.

—¿Pero qué ha pasado? —Se arrodilló a su lado—. ¿Estás bien?

Lindo lo miró agradecido. Se preocupaba por él.

—¿Es que ni tan siquiera puedes hacer eso bien? Tienes que despertar, chico.

¡Despierta! Se dijo él mismo. Pero qué podía hacer, si el mal ya estaba hecho, si ya se había equivocado, y aún con el corazón encogido vio cómo le acercaba una bolsa y la dejaba tendida delante de él, y, mientras la miraba, el brillo dorado de su cadena eclipsó la imagen y por una vez creyó ver columnas de oro que le envolvían la cabeza. Cogió la bolsa entre las manos, leyó lo que ponía y supo que se anticipaba algo bueno.

—¿Te gusto? —le preguntó Lindo.

—Mucho.

Le aguantó la mirada y, mientras lo hacía, supo que parecía indefenso, que estaba indefenso, que el ofrecimiento de su postura le ablandaba el corazón. Abrió la bolsa y sacó un abrigo de piel de color cobre, largo, geométrico, perfectamente tallado. Le pareció bonito. Iba a juego con su pelo. Leyó Prada en la etiqueta.

—Es muy bonito.

—Desnúdate.

Le hizo caso. Lindo se incorporó sobre las baldosas mojadas y dejó caer los pantalones deportivos hasta los tobillos, sus pies descalzos, y notó cómo el frío le erizaba la piel tostada y el abdomen revelaba su respiración. Alargó los brazos hasta el cuello para quitarse la cadena, pero él se lo impidió.

—No te la quites.

Le cogió por el brazo y lo llevó hasta la habitación del hotel, que era rojiza, como el abrigo, cobre, como su pelo, y lo colocó en el centro, de pie, solo con su desnudez, solo con la cadena y el pelo y el cuerpo que respiraba para sobrevivir. De haber sabido algo sobre arte, Lindo habría pensado en sí mismo como una bella escultura clásica, con la harmonía de Antinoo, el sentido de los dioses, los cánones que no entendía y aun así representaba tan bien. Y de haber sabido algo sobre arte, también habría descrito la expresión del hombre como la de Saturno devorando a su hijo, pero como no sabía, solo vio su cara de apetito voraz, la expresión desencajada, los ojos salidos de deseo absoluto. Saturno cogió la chaqueta y se la colocó al chico.

—Es increíble cómo te queda. —Lindo sonrió—. Es increíble. Que puedas convertir algo tan caro en una basura de mercadillo.

Lindo dejó de sonreír. A veces le costaba seguir el ritmo de lo que decía. El hombre lo empujó en la cama y Lindo notó el olor a ginebra justo frente a él, y lo notó mientras se dejaba besar y se dejaba acariciar y cuando separó las piernas clavó la vista en el techo y siguió los ángeles del fresco que volaban pintados, las telas que caían de los cuerpos tornasolados, y pensó en si alguna vez visitaría la Toscana, o si tendría una casa allí. Cómo le gustaría tener su pequeña casa, y vivir bajo el sol, y poder salir a correr cada mañana por su jardín. Casi podía oler los tomates frescos. Tomates frescos con ginebra.

—¿Te gusta?

—Sí.

—No, dime, ¿te encanta?

—¡Sí!

El abrigo de piel se le pegaba y empezaba a sudar. Los ríos de agua le caían desde la frente y la frente del hombre sudaba también, y el agua resbalaba desde la nariz sin forma de Saturno a la nariz recta de Lindo. Si cerraba los ojos, no estaba mal. Si los abría, si los abría.

—¡Pero haz alguna cosa, idiota!

Su casa sería de color ocre, y le pondría cortinas azul claro, que la gente supiera que Lindo vivía allí. No sabía si tendría gallinas, porque no le gustaban. Robaría los huevos de la casa vecina.

—¡Ahora!

Lindo lo había empujado sobre la cama y ahora era él quien le abría las piernas. Los muslos del hombre eran blandos y grandes, pero Lindo no pensaba demasiado, no lo hacía en ese momento, no quería darle más vueltas, así que empujó, y se movió, le respiró en el abdomen y sudó con el abrigo puesto y la cadena que le golpeaba en el pecho y le animaba, sigue, sigue, sigue, el abrigo es bonito y el hotel es bonito y la plaza es bonita y tú eres bonito. Y en la brisa de primavera que entraba por la ventana, Lindo se corrió oliendo a flores y geranios y perfumes que subían desde la calle y las notas de la noche italiana le contaron que el amor era una cosa maravillosa y eterna y que valía la pena luchar por él.

Saturno quedó tendido, mirando al techo, oliendo fuerte y mal, y Lindo quedó tendido a su lado, ardiendo, notando únicamente el frío del oro en el cuello de su piel. En su casa, pondría discos que contaran historias hermosas, historias de verano, y tendría dibujos como esos del techo por todas partes, porque le habían gustado mucho.

—Quítate ya la chaqueta. Estás sudando, y das asco —le dijo el hombre.

Lindo se levantó, se quitó la chaqueta, se acercó a la ventana y miró la noche más oscura. Pronto sería de día. Pronto todo empezaría, otra vez.

—Verte así, en la ventana, es como estar en una película, Lindo. Ya sabes, tu silueta, y esta luz que entra, qué bien, ¿eh? ¿Te gusta el hotel? ¿Te gusta la habitación?

Lindo asintió con la cabeza, de espaldas. El sudor frío le bajaba ahora entre los omoplatos, y tembló.

—¿Te gusta el abrigo?

Lindo volvió a asentir.

—¿Y el sexo?

Otro asentimiento. Qué fresco era el aire que entraba, qué bien le hacía sentir.

—Deberías volver a hacer ejercicio, guapo. Creo que has engordado un poco.

El hombre le hablaba desde la cama, y Lindo no dejaba de asentir. Un grupo de gente lo vio desde la calle, desnudo, y se quedaron mirando hacia él porque era bello y no llevaba ropa y rompía con lo correcto en la noche primaveral. Qué oscura era la oscuridad, y bajo la luz roja de la noche, qué fantástica era Roma, qué bien estar en Roma, qué increíble vivir así.

Lindo aspiró bien fuerte y pensó en qué pasaría si saltara a la oscuridad. La libertad, tal vez, el infierno de donde venía, podía ser.

—Me gustas mucho, Lindo. Me haces sentir muy bien. Eres dulce y bueno, y siempre estás ahí cuando te necesito. Porque te necesito, ¿sabes? Y no, no solo te necesito, te quiero también. Te quiero, carino. Y qué necesitas tú, más que alguien que te quiera, ¿eh? ¿Dónde irías tú, si no? ¿En qué mierda vivirías?

La desnudez en la ventana seguía proyectándose, pictórica, en la noche romana, sorda de emoción y ciega de entendimiento, mientras el hombre hablaba y Lindo pensaba algún día, algún día, ancora, ancora, ancora.

—Porque qué sería de ti sin mí, ¿eh? —La voz del hombre se iba apagando, suavizada por el cansancio—. Dónde irías tú, valiendo tan poco, siendo tan…

Tonto, estúpido, ignorante, joven.

—Y no te vayas, ya sabes que si te vas… Ya sabes que nadie te va a…

Los ronquidos, las campanas de la libertad. La paz. Lindo apuró un segundo en la ventana, respirando acompasado con la musicalidad de los gruñidos, y esperó, y esperó, y esperó hasta que supo que el hombre dormía profundamente.

Miró la Luna una última vez. Por esa noche. Porque pudiera volver a verla pronto y la sintiera así, tan cerca y tan suya, tan unida a él en su peregrinaje por la Tierra. Lindo había crecido bajo los rayos del Sol, pero poco quería recordar del pequeño pueblo donde creció y de una numerosa familia que no le hablaba. Y, pese a su naturaleza diurna, su complexión veraniega, de luz, desde la adolescencia se había convertido en una criatura de la Luna, un mago de la oscuridad, porque sentía que ella jamás juzgaba.

Recogió sus cosas. El reloj de oro, la cadena al cuello, los perfumes y los zapatos buenos, el pendiente, la maleta de piel animal que nunca había llegado a comprender, las prendas de las etiquetas, Dior, Versace, Jil Sander, Gucci, nombres que no entendía y prendas que no entendía pero podía calcular su valor por lo que el hombre le había pedido a cambio, por la insistencia de sus preguntas posteriores, por el daño de las afirmaciones, lo hiriente de ellas, lo punzante de su intención. Cogió las de las peores noches, las más dañinas, y, en silencio, a oscuras, dorado y cobrizo, Lindo, con su pantalón de chándal y su cadena espiritual y el pelo sobre la frente, cogió el abrigo de piel de cobre y se lo puso encima. Salió.