Prosa del Popocatépetl - Francisco Serrano - E-Book

Prosa del Popocatépetl E-Book

Francisco Serrano

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Beschreibung

Se trata de una celebración que reconstruya el génesis del volcán. Es aquí donde el imaginario poético adquiere su plenitud y nos muestra a un hombre maravillado, con evidente dominio de sus artes, ante la realidad natural que lo abriga y lo supera. Prosa del Popocatépetl es un libro que elogia la fuerza y la belleza de la entraña de la tierra.

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Seitenzahl: 65

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Francisco Serrano nació en la ciudad de México en 1949. En 1979 apareció su primer libro, Canciones egipcias. Desde entonces ha publicado doce títulos de poesía, entre ellos Libro de hexaedros (1982), No es sino el azar (1984), La rosa de Ariadna (1992), Confianza en la materia (1997) y Poemas (2000). Es autor de varias antologías, una pieza de poesía estocástica, un par de libretos de ópera y algunos libros para niños. Ha traducido al español a numerosos poetas de diversas épocas y lenguas.

LETRAS MEXICANAS

Prosa del Popocatépetl

FRANCISCO SERRANO

PROSADEL POPOCATÉPETL

Primera edición, 2006Primera edición electrónica, 2015

Este libro fue escrito gracias al apoyodel Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Fotografía del autor: Paulina Lavista

Diseño de portada: Teresa GuzmánIlustración de portada: Vicente Rojo, Volcán escrito, 2003, serigrafíaFotografía: Gian Mauro Frongia

D. R. © 2006, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-3236-4 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

SUMARIO

I. Las alas del volcán

II. Volcán erguido bajo la luna llena

III. El jardín de los pájaros

IV. Bajo la sombra del volcán

V. Prosa del Popocatépetl

A Patricia

En su origen las montañas tenían grandes alas.

Volaban por el cielo y se posaban en la tierra, a sucapricho.

RIG VEDA, en el umbralde La ruina de Kasch

ILAS ALAS DEL VOLCÁN

No era sino la primera noche, pero una serie de siglosla había ya precedido.

Talmud

ALUMBRAMIENTO DEL VOLCÁN

1

Era de noche cuando la tierra se agitó como un jabalí sagrado,

de noche cuando comenzó a hervir, brusco mar inestable,

como si fermentara en un fondo de pantano, borboteante, flamígero, el suelo,

de noche cuando un estrépito de rocas como una urna de hierro

o el acorde de muchas aguas encorvándose soltó las asechanzas de su diversidad,

de noche cuando la tierra retrocedió espantada como un ciervo en el agua,

cuando la asimetría del comienzo sesgado por las sombras se inflamó

cediendo paso a la convulsión y al tumulto, pétalos desgajados,

de noche, de noche cuando el erizado culmen de la tierra cabeceó

en las ondulaciones de una orfandad que aquella danza transformaba.

Borbollones de fango altos como paredones de espuma o secoyas despeñándose

crecieron y se precipitaron en la proliferación de las tinieblas

con la fiereza de un reptil que largamente incubara la vida en sus vísceras.

Bajo la respirante geometría de otras estrellas su lomo se encrespó;

su pecho fosforecía en la noche, una anegadiza borrasca lo atravesaba como una onda raída.

En las hendiduras del silencio que se arremolinaba saltando en el aire encogido

ranuras secretas rodaron como las sílabas de una frase aún no dicha por nadie.

La noche abría sus brazos de murciélago, sus herrumbrosas bisagras,

chirriando como una quijada salivante y henchida en el momento de morder,

triturando poco a poco con sevicia las brotantes semillas de piedra.

Era de noche cuando el lodo se alzó en grandes olas y se arrojó al vacío.

2

Era de noche cuando el barro gimió y de su lamento brotó como un lirio una filtración escarlata.

Recostado en lo cóncavo el abismo deshacía su poción escamosa.

La noche ardía en las rocas, en el vaivén de un sonido concentrado

a punto de volverse cristales, pulsación.

Llamas humedecidas, lanzas de púrpura, láminas de espuma rebotada.

El viento estaba inmóvil, el agua había retrocedido,

ninguna cavidad se arrebujaba en las fisuras de su red.

En su ascensión sin prisa, los cristales trazaban ilaciones, enlaces, símbolos.

La imagen se acoplaba a la fluente cadencia del fuego, se arrimaba con sus oscilaciones

al contrapunto de su espacio, con el ímpetu ávido de cada una de sus vértebras,

como si a los arenales de un playón llegaran los reflujos de un mar viscoso y vítreo.

Algo se desprendió, en alguna parte.

Desde aquellos torreones de sombra al volcarse la marea comenzó a burbujear como un potaje.

Sobre la orla de las emigrantes llamas ondeaban tirantes ramales de hierro.

La tierra retumbaba como un tambor, el cielo resonaba con una turba de trompetas.

Una espesa acumulación de acuosa tierra ígnea rompió el silencio acumulado

y al sesgo de su impulso la masa formó un pliegue, como la dobladura de un paño cayendo,

surcos, rizos, hendiduras en el áspero pecho de piedras cubiertas por las brasas.

El jabalí braceaba entre los borborigmos de lodo ardiente,

su cabeza era una inmensa bellota, sus colmillos peñascos,

abanicos, flechas del aire incandescente.

Y ahí donde el brote de aquella flor de fósforo frisaba entre las rocas

condensándose, en las raíces del relámpago, un bisel fulgurante, una arista de luz

rasgó como un estigma el ópalo recrudecido de la noche. Y roncamente

una emisión ígnea y siseante, una vibrátil víbora de denso esmegma expelió su ponzoña.

(Era de noche y ninguna de las cosas conocidas presenció la prontitud del borbollón alzándose.)

3

El fuego extendió sus alas sobre el acantilado.

Estrías como aguijones rajaron el cordel de la corteza al sacudirse

y un vaho tórrido doró con una aureola la conculcada altiplanicie.

El viento se había partido como un hacha.

Muros de metal henchido, laderas ríspidas, barrancas de ceniza.

Un estrépito de siglos, estrépito de piedras y troncos calcinándose

acompañó la crispada irrupción de rocas, guijarros, polvo, lunas, nubes,

rompiente que ascendía complicándose, arrugada y temible, pujante en la sed de otro dominio.

El cielo ató a la noche.

Una sombra brillante se levantó, como un ojo.

El sueño se curvaba sobre esa emanación, se combaba rugosamente en la fijeza de su asombro.

La tierra, evaporada por la conjugación del verbo, boqueaba detrás de colosales franjas de aire

como si lo indefinido hubiera orquestado allí la confusión de un tumulto que ahuyentara a los ángeles.

Librada a la creciente de su oleaje, la tierra se había convertido en un artificio de las llamas.

4

La noche goteaba otras estrellas cuando el metal de la memoria cambió el caudal de sus cascadas.

En las horas hendidas, antes que el terror y el murmullo dejaran testimonio,

que la voz decisiva del fuego, sus espasmos y rumbos trazaran ningún cauce,

que figuras y signos radiantes aparecieran como una premonición y una sentencia

tallados en los rasgos de las incomprensibles, desdeñosas máscaras de los muertos,

antes que la muerte y el rencor de la muerte reconociéndose en esa mueca

remedaran los gestos de la cara del hombre en la luna escindida de un espejo al romperse,

antes que el pedernal y los conjuros comenzaran a urdir sus galerías, sus pasadizos, sus compuertas

y el amor de la gloria inventara dioses, naves, batallas

en el comienzo de algún reino expuesto sin resguardo a la intimidación y al desamparo,

en la noche sin nombre todavía, en la mente agrietada de la tierra,

como el río seminal de una palabra aún no pronunciada,

accionó el escozor de un viento paleolítico.

5

Crujieron los goznes del amanecer, crujieron las anquilosadas coyunturas del mundo.

La tierra librada a la velocidad de su volumen laminaba lunas, barrancas, árboles.

Envuelta en un brillo asfixiante el alba se erguía con la embriaguez de una humedad desconocida.

Sobre los restos compaginados de la noche la brisa se disoció de la brisa,

la geometría de otro perfil se recortó en lo cóncavo

y en la piel de la noche dejó su testimonio la dimensión de otra estatura

escrita sobre la tensa curva de la tierra.

LAS ALAS DEL VOLCÁN

Estalló la corteza visible del volcán.

Un domo de discordes descargas desagregándose

desperezó una tromba que se extendió en el valle.

Nada escapó a su influjo.