Proteger a la princesa - Patricia Forsythe - E-Book
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Proteger a la princesa E-Book

Patricia Forsythe

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Beschreibung

De guardaespaldas a... futuro príncipe. Estaba claro que la nueva misión de Reeve Stratton se salía de lo habitual. La princesa Anya Chastain de Inbourg tenía una mirada que podría reducir a cenizas a cualquier hombre, pero en realidad no era la niña consentida que él pensaba. Era una mujer bella e inteligente que trataba con verdadero amor a su hijo, a su familia y a su país. Hacerse pasar por su prometido no era ningún esfuerzo para Reeve; solo tenía que bailar y flirtear con ella... e incluso besarla, y todo por el bien del pueblo. El problema era que aquellos besos le parecían demasiado reales... y parecía que esa vez era él el que corría el peligro... ¡de enamorarse!

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Seitenzahl: 213

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2003 Patricia Forsythe

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Proteger a la princesa, n.º 1827 - junio 2015

Título original: Protecting the Princess

Publicada originalmente por Silhouette© Books.

Publicada en español 2004

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-6338-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

El crío apareció de pronto.

Reeve Stratton caminaba por la estrecha acera de aquella calle, construida cientos de años atrás para el tráfico de carros y personas, cuando tuvo que lanzarse entre dos coches para levantar en volandas a un niño a punto de ser arrollado por un taxi.

Gritó al taxista, que le contestó con el universalmente conocido gesto del dedo corazón y desapareció en la siguiente esquina.

–Oiga usted, caballerete –le dijo al niño, intentando controlar la voz para que no se asustara al verse agarrado de aquel modo por un extraño–, será mejor que tengas más cuidado al cruzar la calle.

Dejó al niño en la acera antes de haberle visto la cara, y cuando lo giró, se encontró con la sonrisa de diablillo y los chispeantes ojos castaños que había visto en tantas fotografías. Era el príncipe Jean Louis, el hijo de siete años del heredero al trono del principado de Inbourg. El príncipe Michael lo había contratado a él para proteger a aquel niño y a su madre. En teoría no iba a empezar el trabajo hasta aquella misma noche, pero al parecer el destino tenía otros designios. Y no era que él creyese en el destino... ni en las coincidencias.

–Ya tengo cuidado –contestó el niño–. Es que estaba persiguiendo una mariposa –explicó, señalando hacia el otro lado de la calle. Era como la de mi libro. Salió volando del parque y quería cazarla.

–Sería mejor que las atraparas en...

–¡Jean Louis! –se oyó un grito frenético.

Una mujer apareció y abrazó con fuerza al niño.

Reeve percibió la impresión de una melena rubia cobriza, unas pulseras de oro y un olor a violetas que emanaba de la mujer que examinaba angustiada al pequeño. Al terminar, suspiró y lo agarró por los hombros.

–¿Por qué has hecho eso? Esther y yo no te encontrábamos. Te he dicho muchas veces que no debes salir corriendo así.

–Estoy bien, mamá –dijo el chico, que parecía cansado de que lo regañaran–. Es que he visto una mariposa azul y quería alcanzarla.

–Y ha terminado poniéndose delante de un taxi –intervino Reeve.

Ella palideció, miró a su hijo y luego a Reeve.

–No... no lo he visto salir corriendo –dijo, muy afectada–. Gracias por salvarlo.

Reeve asintió. Lo sabía todo sobre Anya Marietta Victoria, de la casa de los Chastain y el principado de Inbourg. Y no solo gracias a lo que se decía de ella en la prensa. El príncipe Michael había contestado a todas las preguntas que había querido hacerle sobre ella. Además, en el despacho del príncipe había un retrato de sus tres hijas. De las otras dos no podía decir nada, pero el artista no había hecho justicia a aquella mujer.

No era que fuese de una belleza deslumbrante, pero había algo en su melena dorada, en aquellos ojos verdes tan profundos, que habrían podido parar el tráfico en cualquier parte del mundo, y sus delicadas facciones cubiertas de una piel inmaculada que... bueno, que ya entendía por qué la prensa amarilla estaba tan obsesionada con ella.

Iba vestida con un sencillo vestido de color beis que parecía pensado para no llamar la atención entre la gente. Pero eso era imposible.

–¿Es que no vigila a su hijo? –preguntó, incomprensiblemente molesto–. ¿Dónde está su guardaespaldas?

Miró a su alrededor, pero no vio a ningún corpulento guardaespaldas corriendo para acudir al rescate y arrepentido por haber permitido que el niño se alejara de ellos.

El miedo que brillaba en sus ojos dejó paso a una impresionante frialdad y la princesa se levantó con su hijo firmemente sujeto de la mano.

–Por supuesto que lo vigilo –contestó, mirándolo por encima del hombro, algo bastante difícil de conseguir, ya que era más baja que él, y en un tono que decía claramente que no era asunto suyo –. En cuanto al guardaespaldas, casi nunca son necesarios en Inbourg, así que le he dado una hora libre. Vendrá enseguida a recogernos.

–Ya –Reeve la miró fijamente para ver cómo reaccionaba–. Puede que a partir de ahora reconsidere la idea de andar por ahí sin guardaespaldas.

Ella apretó los labios y parecía a punto de responder cuando otra mujer se acercó a ellos. Era bajita y regordeta, y la carrera le había puesto la cara al rojo vivo y le había alterado la respiración.

–Alteza –dijo, medio ahogada–, ¿está bien el niño? ¿Y usted? Cuánto siento lo que ha pasado. Estaba a mi lado y de pronto...

–Está bien, Esther –contestó con suavidad, aunque seguía clavándole la mirada a Reeve–. Tenemos que volver a casa.

–Ah, ya. De acuerdo –contestó, tomando la mano de Jean Louis–. Vámonos, jovencito. Voy a hablar con Guy Bernard para que te ponga alguno de esos chismes electrónicos para que yo pueda saber en todo momento dónde estás.

–¿Ah, sí? –sonrió el niño, que parecía encantado con la idea–. ¡Genial! ¿Y yo también sabré dónde estás tú?

–Claro que no –contestó Esther.

La princesa vio cómo se alejaban por la acera en dirección al aparcamiento y Reeve la vio fruncir brevemente el ceño antes de que se volviera hacia él.

–Como ya le he dicho antes, le doy las gracias por salvar a mi hijo, señor...

–Reeve, alteza. Reeve Stratton.

–Gracias, señor Stratton –sacó del bolso una tarjeta y un delgado bolígrafo de oro y escribió algo en el dorso–. Si hay algo que pueda hacer por usted, por favor llame a este número y Melina, mi secretaria, se ocupará de ello.

Reeve aceptó la tarjeta, leyó el número y ladeó la cabeza.

–¿Y de qué clase de cosas se ocupa en su lugar?

La princesa iba a darse la vuelta pero lo miró de arriba abajo antes de contestar.

–¿Perdón?

Reeve tuvo que reconocer que la gélida mirada que le dirigió tenía su eficacia, pero él ya había nadado muchas veces en aquellas aguas.

–Solo me preguntaba de qué clase de cosas se ocupa. Es decir: ¿qué valor tiene para usted la vida de su hijo?

Ella lo miró con los ojos de par en par.

–¿Qué?

Bien. Había conseguido copar su atención.

–Esto –dijo, sosteniendo la tarjeta con dos dedos– me parece un modo muy fácil de pagarle a alguien por la vida de su hijo, pero ¿y si yo no hubiese estado aquí?

La princesa palideció.

–Pero estaba, y le ha salvado la vida. Gracias.

–Algo que no habría sido necesario si su guardaespaldas hubiese estado con usted.

Sabía que estaba siendo duro con ella, pero era su trabajo y el príncipe Michael le pagaba muy bien para asegurarse de que lo hacía lo mejor posible.

–Señor Stratton, no necesito que un desconocido me dé consejos. Por su acento diría que es usted norteamericano. Ni siquiera es ciudadano de Inbourg –añadió con otra de aquellas heladoras miradas–. Y además...

–Princesa Anya, ¿tiene usted un nuevo novio? –interrumpió alguien–. Miren hacia aquí, por favor.

El clic de una cámara de fotos incrementó la tensión que ya existía entre ellos.

Reeve la vio apretar los dientes antes de que se volviera hacia el fotógrafo con expresión de pocos amigos, algo que debió gustarle mucho, ya que volvió a disparar varias veces con su cámara.

Sin pararse a pensar, Reeve tiró de su brazo para colocarla tras su espalda mientras que con la otra mano tapaba la lente de la cámara.

Notó que ella extendía el brazo para no acercarse a él. Bien. Por lo menos tenía un buen instinto de conservación. Era una pena que no lo dirigiera a quien debía.

–¡Eh! –gritó el fotógrafo–. ¿Se puede saber qué hace?

–Proteger a la princesa de una atención no deseada –espetó Reeve.

–Menuda tontería. Su hermana se casa dentro de dos semanas y hay montones de fotógrafos por aquí.

–Pero tiene derecho a la intimidad. Deme la película.

Reeve extendió el brazo y esperó. Había estado unos cuantos años en el ejército. Lo había dejado con el rango de capitán y sabía por experiencia que el mejor modo de obtener lo que quería de un subordinado era mirarlo fijamente y esperar a que se cumplieran sus órdenes.

–¡No!

El fotógrafo apartó la cámara e intentó zafarse, pero Reeve lo tenía bien sujeto.

–El carrete –repitió.

–Llamaré a la policía –replicó, mirando a todas partes–. La constitución de Inbourg garantiza la libertad de prensa.

–Pero no utilizando el acoso –dijo Anya, saliendo de detrás de Reeve–. Existe una ley muy específica en ese sentido. Hay un agente en la esquina. ¿Quiere que lo llame?

El hombre la miró a ella y después a Reeve. No parecía dudar del lado que iba a tomar el policía, así que, a regañadientes, abrió la tapa de la cámara y sacó la película.

–Esto no va a servir para nada. Yo volveré, y hay docenas de periodistas deseando fotografiarla, sobre todo teniendo un novio nuevo.

–Bueno, cuando tenga un nuevo novio, podrá fotografiarla... siempre que cuente con su permiso. Pero en este momento, su alteza tiene muchas cosas mejores que hacer que darle explicaciones a usted.

El fotógrafo enrojeció y se alejó murmurando algo entre dientes.

Reeve se volvió para mirar a la princesa, que a su vez los miraba a ambos con creciente irritación.

–Podría haberme ocupado yo sola de este incidente –dijo–. Estoy acostumbrada.

No mientras ella fuese el objetivo de su trabajo, pensó Reeve, pero por supuesto no lo dijo en voz alta. Su padre no le había hablado aún de su contratación.

–Es la costumbre de un norteamericano de meterse donde no lo llaman, siempre que se necesite su ayuda.

La princesa estuvo a punto de contestarle, pero alguien llamó su atención. El guardaespaldas había parado el coche a su lado y esperaba.

–Adiós, señor Stratton –dijo de nuevo con su impresionante frialdad. ¿Sería natural en ella, o la habría practicado?

–Adiós, princesa Anya. Ya nos veremos.

Reeve la vio marcharse, la espalda rígida como una flecha y con una envidiable determinación en el andar. En cuestión de segundos, desapareció en el coche, de camino seguramente hacia el palacio que quedaba a varios kilómetros de distancia, un lugar rodeado de un alto muro de piedra y protegido electrónicamente.

Reeve se apoyó en la pared. Después de la reunión que había mantenido con el príncipe Michael y su inspección del palacio, había decidido acercarse al centro de Inbourg para hacerse una idea de cómo era la ciudad. No le gustaban las sorpresas. Prefería que las cosas fuesen sencillas, claras y sin complicaciones. Cuanto más supiera de un trabajo y de su localización, más fáciles resultaban las cosas.

La única complicación iba a ser la propia princesa.

Se metió la mano en el bolsillo y rozó el borde de la tarjeta que utilizaría aquella tarde para entrar al baile de compromiso que se celebraba en honor de la princesa Alexis y su novio norteamericano. Luego rozó la caligrafía suave de la tarjeta de Anya, y se preguntó qué diría cuando se diera cuenta de que iba a tener que honrar la promesa que le había hecho de hacer cualquier cosa por él.

«Menudo imbécil», pensaba Anya mientras volvía en coche a casa con Jean Louis y Esther. Peter Hammett, su chófer y guardaespaldas, conducía en silencio. Seguramente Esther lo habría puesto al corriente de lo ocurrido y se sentía mortificado por ello. Las frecuentes miradas que dirigía al asiento de atrás a través del retrovisor le confirmaban que se esperaba una buena reprimenda.

Seguramente Esther le había echado ya una buena bronca, aunque ella le había dado permiso para ausentarse e ir a ver a su novia, que trabajaba en una de las tiendas que quedaban cerca del parque. Como dama de compañía y amiga personal de Anya y sus dos hermanas, Esther disfrutaba de privilegios que no poseían otros empleados de palacio. Y uno de esos privilegios era poder decir lo que pensaba.

Pero, en aquella ocasión, Esther se había equivocado. Una de las razones por las que le había dado una hora libre era porque quería alejarse un poco de la rigidez de palacio, tener un poco de tiempo que poder pasar a solas con su hijo, al que apenas había visto desde que empezaran los preparativos de la boda de Alexis y las clases del niño. Había sido una tontería imaginar que en el centro iba a poder tener intimidad. La ciudad estaba tomada por los periodistas, pero necesitaba de tal modo un respiro, tener la oportunidad de jugar con Jean Louis en el parque...

Miró a su diablillo y el corazón se le encogió. Cuánto quería a aquel pequeñín. No debía sorprenderle que se le ocurriera salir a todo correr del parque tras una mariposa. Su padre, Frederic Pinnell, había sido piloto de fórmula uno y un hombre que vivía a golpes de adrenalina. Quizás debiera sentirse aliviada porque Jean Louis persiguiera mariposas y no al sexo opuesto, que era lo que hacía su padre.

Se había divorciado de Frederic hacía ya seis años, y Jean Louis era apenas un bebé cuando ella se dio cuenta de que, por embarazoso que fuera un divorcio, no podía ser peor que verse sujeta a la humillación de estar casada con un hombre que prefería la compañía de otras mujeres.

Suspiró al mirar por la ventana y contemplar los cuidados campos de viñas y hortalizas que bordeaban la carretera que conducía a palacio. Iba a ser un recorrido de ensueño el que hicieran Alexis y Jace en el carruaje abierto que los llevaría a palacio tras la boda, que había de celebrarse en dos semanas.

Alexis decía que siempre había querido casarse en septiembre; que pasear en el carruaje entre campos maduros para la cosecha tenía un enorme atractivo para ella, algo como sacado de un cuento de hadas. Decía que debía ser porque su tatarabuelo había sido granjero en Massachusetts.

Era una pena que, a pesar de la felicidad que había encontrado su hermana menor, ella ya no creyera en los finales felices. Sabía bien cómo vivían las princesas y su existencia no tenía nada que ver con lo que se contaba en los cuentos. Ser princesa era un trabajo, y como cualquier otro, el éxito en él dependía del esfuerzo personal. Y ella trabajaba duro. Muy duro.

A veces se decía que su esfuerzo era necesario para que Inbourg mantuviera su lugar en el mundo, pequeño pero seguro. Otras veces, sin embargo, admitía que tanto esfuerzo se debía a que pretendía compensar a la gente del principado y a su familia de su matrimonio, tan temprano como desastroso. Sabía que no podía cambiar el pasado, pero podía asegurarse de no volver a cometer otro error como el de su boda con Frederic.

Sabía también que corría el peligro de volverse una cínica, pero no se sentía capaz de evitarlo. En los últimos años tenía la sensación de haberse vuelto una espectadora de la vida, y no una participante. Había hecho todo lo que se esperaba de ella, pero sin disfrutar con nada. Por alguna extraña razón, pensar en la palabra cinismo le llevó a la memoria al hombre que había conocido: Reeve Stratton.

Un hombre inquietante como pocos, con sus descarados comentarios y sus penetrantes ojos grises. Era alto, de hombros anchos, cabello castaño y una indumentaria que solo podía describirse como anodina: pantalones oscuros, camisa blanca y chaqueta color pardo. Nada fuera de lo normal, si no se le miraba a la cara. Tenía un rostro de facciones muy marcadas, nariz recta y una boca sorprendentemente sensual.

No parecía ser un turista. Viviendo en un país en el que los ingresos derivados del turismo eran la fuente principal de riqueza, sabía distinguirlos a la perfección. Tampoco parecía estar allí para participar en las festividades de la boda. Era demasiado... marcial. Y proclive a juzgar a los demás.

Pero lo mismo daba. Seguramente no volverían a verse. Era poco probable que la llamase para pedir algún favor a cambio de haberle salvado la vida a su hijo, por lo cual le estaba enormemente agradecida. No parecía de la clase de hombres que pedían favores.

Y debía sentirse aliviada por ello. Demasiados hombres habían aparecido ya en las vidas de las mujeres de su familia con la única intención de explotarlas por la popularidad que adquirían o para otros negocios. No. Él no llamaría.

–¡Mira, mamá! –exclamó Jean Louis, señalando por la ventanilla un pequeño grupo de caballos que pastaba en una finca–. ¿Cuándo voy a poder tener un caballo, mamá?

Anya suspiró antes de enfrentarse a la discusión ya mantenida en otras muchas ocasiones.

–¿Por qué piensas que vamos a tener un caballo? –le preguntó, tirándole suavemente de la oreja.

–¿Cómo voy a aprender a montar si no tengo un caballo?

–Mm... –miró a Esther, quien le contestó con una sonrisa. Parecía preguntarse cómo iba a salir de aquel atolladero.

–Quizás después de la boda de Alexis.

–Quizás significa nunca –protestó.

–No siempre.

El niño fue a replicar una vez más, pero ella lo miró con la severidad que las madres aprenden tan pronto.

–Hablaré con Bevins –dijo–. A lo mejor conoce a alguien que tenga un caballo de buen carácter.

Jean Louis frunció el ceño. Lo del buen carácter no le hacía demasiada gracia.

A Anya no le hacía gracia tener que darle largas, pero no estaba preparada para permitir que tomase lecciones de equitación. Ya le costaba bastante trabajo evitar que le ocurrieran accidentes.

–Vale –contestó el niño–, pero no te olvides –añadió con otra de sus endiabladas sonrisas antes de volverse a mirar por la ventanilla.

No quería poner freno a su exuberancia. Ya llegaría el momento en que el decoro y la dignidad tendrían que ser rasgo obligado en su comportamiento, y no había necesidad de acelerar ese proceso. Al niño iba a encantarle montar.

Paul Bevins, el director de palacio, encontraría algún poni dócil. Incluso probablemente conocería a alguien que pudiera darle lecciones a Jean Louis, e incluso a ella.

Pero la perspectiva del trabajo que la aguardaba le aguó la fiesta. Durante el año anterior, había ido asimilando más y más responsabilidades. Tras la interminable batalla con la Asamblea Nacional para que se cambiara la constitución del principado y que la corona recayera sobre el primogénito del monarca, fuera cual fuese su sexo, de modo que se evitara que el principado fuese a parar a manos de sus primos, los tres espléndidos playboys, el príncipe Michael estaba agotado, sin la energía necesaria para hacer cualquier cosa que no fuera inmiscuirse en la vida de sus hijas.

Sonrió. Para escapar, se había llevado a Jean Louis a un crucero en el yate de Stavros Andarko. Stavros le había dicho al capitán que detuviera el yate en donde Anya le apeteciera contemplar una vista, nadar o hacer esquí acuático. Había sido una visita al paraíso.

Su hermana Deirdre se había ido a Irlanda, donde conoció a Terence Quinn, propietario de un establo de caballos de carreras. Sus instalaciones estaban en medio del campo y Deirdre había podido relajarse allí.

Y luego quedaba Alexis, la más joven, que había escapado a la determinación de su padre de casarla con un hombre adecuado aceptando un puesto de profesora en Norteamérica, que era donde había cursado sus estudios universitarios. Allí conoció a Jace McTaggart, dedicado a su rancho, que era con quien iba a casarse en la mayor ceremonia que había visto Inbourg desde la boda con una norteamericana del propio príncipe Michael.

Anya bajó la mirada. Su boda con Frederic no había sido tan elaborada, principalmente porque nadie aprobaba su elección de marido. Sabía que había desilusionado a todo el mundo, excepto a la prensa amarilla. Los titulares sobre su boda habían sido escandalosos, y más tarde su divorcio haría crecer su circulación más de diez veces. Desde entonces no habían dejado de seguirla.

Pero había aprendido de su error. Se había dedicado en cuerpo y alma a sus deberes desde entonces. Deirdre y ella habían puesto en marcha una organización que se dedicaba a proporcionar ayuda médica y alimenticia a las víctimas de los desastres naturales. Las dos trabajaban muy duro en ella y hacían todo lo que su país les pedía.

Desgraciadamente eso significaba que no podía pasar con su hijo todo el tiempo que le gustaría, algo que no iba a cambiar en breve. Al fin y al cabo, tenía que aprender a ser una monarca. Algún día tendría que dirigir los destinos de Inbourg como hacía su padre, y Jean Louis lo haría después de ella. Afortunadamente iban a tener muchos años para prepararse. La salud del príncipe Michael era de hierro y tenía pensado seguir reinando durante mucho tiempo más.

Miró con cariño a su hijo, que se había acercado a la ventanilla tanto como se lo permitía el cinturón de su asiento. Siempre estaba a la espera de la siguiente aventura, sin pensar en lo peligrosa que pudiera llegar a ser.

Eso le recordó el incidente que habían tenido y el extraño que había salvado su vida. Le estaba muy agradecida, pero esperaba no tener que volver a verlo. Era muy... inquietante.

–Jean Louis –dijo–, ¿te apetece que juguemos al Misterio cuando lleguemos a casa?

El niño la miró con ojos chispeantes.

–¡Sí! –exclamó, botando en su asiento. Esther le puso una mano en la pierna para hacerle parar. Le encantaba el juego que ella había inventado cuando su hijo tenía tres años. Al principio había sido un método para que aprendiera a moverse por el palacio y los jardines sin perderse. Se escondía en una habitación y él tenía que encontrarla. Luego el juego había progresado con pistas escritas y planos. A los dos les encantaba el juego. Era algo especial que solo compartían los dos.

–Seguro que te encuentro a la primera –presumió él.

–Ya veremos –contestó ella–. Se me ha ocurrido un sitio fantástico para esconderme.

–Te encontraré –contestó y se recostó en el asiento como si ya planease su estrategia.

Anya sonrió. Iban a divertirse. Y al mismo tiempo, su hijo estaría seguro, dijera lo que dijese aquel fastidioso señor Stratton.

–¿Por qué todo esto sigue resultándome tan difícil? –le susurró Deirdre al oído mientras esperaban en fila a que los invitados al baile de compromiso de Alexis fueran presentándose. Estaban su padre, Alexis y Jace, Anya y Deirdre, y el flujo de invitados se había detenido en aquel momento porque lady Dumphries estaba achuchando a Alexis mientras declaraba con lágrimas en los ojos que todo el país estaba encantado con su boda y que se parecía muchísimo a su madre cuando tenía su misma edad.

–Vamos, Dee –contestó Anya, aprovechando la oportunidad para estirarse suavemente la falda de seda color bronce, flexionar las rodillas y hacer unos cuantos ejercicios isométricos, trucos que le había enseñado su madre hacía años, cuando tuvo que recibir por primera vez el saludo de tanta gente.

Se resistió a la tentación de pasarse la mano por el peinado. Sabía que estaría perfecto. Esther se ocupaba de ello. La peluquería era uno de sus muchos talentos. Aunque compartía el malestar de Deirdre, añadió:

–Porque no tiene por qué serlo. Llevas haciéndolo desde que tenías diez años, y ya deberías haberte acostumbrado a estas alturas. Además, mira a Jace. El pobre lo lleva bastante bien, aunque, si lo miras bien, parece a punto de estrangular a alguien.

–Espero que empiece por lady Dumphries –suspiró Deirdre, antes de mirar hacia el final de la cola poniéndose disimuladamente de puntillas–. Menos mal que ya estamos acabando. ¿Pero quién demonios es ese tío? –se sorprendió.

Anya miró hacia el final de la cola.

–¿Quién?

–Han dejado entrar a un marine.

–¿Qué? –Anya estiró el cuello para intentar ver lo mismo que su hermana, y su mirada chocó con la de Reeve Stratton. Él hizo un leve asentimiento para saludarla y, por alguna razón, Anya sintió un escalofrío–. ¿Pero qué hace ese hombre aquí?

–¿Lo conoces? –preguntó Deirdre, mirándola un instante.

Los invitados avanzaron y lady Dumphries se despidió con abrazos y buenos deseos para todos, así que Anya no tuvo tiempo de contestar.

«Dios mío», pensó. Ni siquiera llevaba esmoquin. Todos los demás hombres lo llevaban, incluso Jace, que había declarado no habérselo puesto en toda su vida. Pero estaba dispuesto a hacerlo por Alexis, uno de los gestos de amor verdadero más auténticos que Anya había visto nunca.

No se imaginaba a Reeve haciendo algo así, ni siquiera por alguien a quien quisiera. Parecía una de esas personas que eligen su ropa con la idea clara de estar cómodos y a los que la moda le importa un comino.

En eso estaba pensando cuando llegó frente a ella. Siglos de sangre real y años de entrenamiento la obligaron a ofrecerle la mano.

–Buenas noches. Gracias por venir.

–Hola –contestó él, estrechando su mano con mucha suavidad, como si pensara en la cantidad de gente que le habría estrujado ya la mano aquella noche. Luego la miró con el ceño fruncido, como si buscase síntomas de cansancio.

Anya, a quien desde bien pequeña le habían enseñado el modo de proceder en todas las situaciones, apenas podía hablar. No estaba acostumbrada a que los desconocidos la mirasen como si su estado de salud fuese crítico.

–Hola –contestó ella, consciente de que su hermana no se perdía detalle del encuentro, a pesar de que aparentaba no estar oyendo ni una sola palabra–. Espero... espero que disfrute del baile.

Él se sonrió, y el gris de sus ojos se tornó plata por un momento.

–Estoy seguro de que así será.

–Es su primer baile, ¿no? –le preguntó, resistiéndose a las ganas de examinar su traje.