PRÓXIMA ESTACIÓN - Gonzalo Barroso - E-Book

PRÓXIMA ESTACIÓN E-Book

Gonzalo Barroso

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Beschreibung

Mario es un joven rebelde y roquero que narra su vida a golpe de estribillo de su grupo favorito. Ángel, un jubilado bonachón curtido en el exilio, cuida cada mañana de su nieto. Martina fue aspirante a tenista y ahora, madre soltera, arrastra las traumáticas secuelas de esa experiencia. Y Lola, lectora empedernida, vive con un corazón trasplantado mientras calcula el tiempo en páginas de libros. Los cuatro se reconocen cada mañana en el Metro de Madrid, telón de fondo y protagonista silencioso de una novela a cuatro voces. Cada una, a su modo, desvelará que bajo una apariencia cotidiana siempre hay una buena historia que contar.

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Seitenzahl: 390

Veröffentlichungsjahr: 2024

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PRÓXIMA ESTACIÓN

© Gonzalo Barroso

© de esta edición: Loto azul, 2023

 

ISBN: 978-84-19871-02-2

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

KALOSINI, S. L.

Grupo editorial

[email protected]

www.olelibros.com

 

Para Lucas, Laura y Dani,los mejores compañeros de viajeque nunca pude imaginar

 

«Contamos historias porque somos seres humanos, y eso es lo que llevan haciendo los seres humanos desde el principio de los tiempos. Si hay algo que se pueda llamar cultura, es precisamente eso: la memoria colectiva de todas las historias que definen quiénes somos y cuáles son las implicaciones de nuestra condición humana».

ILJA LEONARD PFIJFFER,Grand Hotel Europa (Acantilado, 2021)

MARIO

1. EL HOTEL

Como cada mañana, la alarma del teléfono sonó puntual a las 7:40. Al contrario de lo que le sucedía a la mayoría de personas, el despertador representaba la mejor de las señales para Mario Rey. Trabajaba de noche en un hotel pequeño pero más que decente, frecuentado principalmente por hombres y mujeres de negocio con ínfulas desmerecidas, nuevos burgueses que se creen liberales y hechos a sí mismos, de paso por la capital para cerrar acuerdos y operaciones. Así que, mientras despertaba Madrid, ese monstruo de asfalto que crece con ansia al ritmo del progreso a costa de sus propios habitantes, él se preparaba para concluir otra jornada laboral que no estaba marcada, precisamente, ni por la ambición ni por la vocación.

A sus veinticinco años, no se podía decir que tuviera un gran porvenir por delante. Su mayor aval eran sus ganas de comerse el mundo, sin olvidar el dinero de su familia, por mucho que le escociera admitirlo. A las ocho, el hotel abría de nuevo sus puertas. Por eso, a la espera de que le dieran el relevo, Mario repetía su rutina habitual de los días en los que las últimas horas de la noche pasaban tranquilas, que era casi siempre. Se desperezaba, se estiraba, se lavaba la cara y se ponía en posición de llevar todo el turno al pie del cañón. El hotel echaba el cierre a las doce de la noche, por lo que su trabajo era una mezcla entre terminar las labores administrativas pendientes, preparar el terreno para los compañeros de la mañana, vigilancia, algo de mantenimiento y un esporádico servicio de habitaciones. Nadie, empezando por él mismo, pensaría que precisamente esto último sería lo que podría cambiarle la vida.

Una vez más, y ya iban unas cuantas en las últimas horas, iba a darle vueltas a lo que había sucedido esa noche. Acostumbrado como estaba a echarse una buena cabezada en el despacho tras la recepción, ese día la culpa le impidió pegar ojo. Sabía que tenía que ir encendiendo las luces y prepararlo todo para los huéspedes más madrugadores que quisieran bajar al primer turno del desayuno. Pero algo le impedía moverse. Era como si la gravedad hubiera duplicado su fuerza y no le permitiera, siquiera, despegar los pies del suelo. Parecía que se le había olvidado andar.

Se sentía observado y juzgado por los escasos muebles de la entrada del hotel. Dos conjuntos de sofá y dos sillones con patas metálicas, modernos y naranjas, como el logo corporativo del hotel, le señalaban con sus reposabrazos y le escrutaban con su mirada a través de sus cojines. Nunca le gustaron. Es más, según Mario, eran de lo más hortera que había visto, al más puro estilo de los pijos esnobs que tanto detestaba.

Con un gran esfuerzo logró vencer el entumecimiento, el agotamiento físico y mental y el martilleante dolor de cabeza. En un alarde de responsabilidad, pudo aparcar por unos minutos su malestar físico y su extraño sentimiento de culpa, pudor y vergüenza para ponerse manos a la obra. Debía adecentar el comedor antes de irse. Eran pocas mesas, pero tenía que vestirlas y prepararlas al gusto de los clientes. «Mira que son rancios los muy pijos», pensaba con especial inquina cada vez que colocaba una servilleta, un cubierto, un vaso o un plato. No le costaba admitirlo: odiaba a los pijos de manual. Y sabía bien de lo que hablaba, porque había crecido entre ellos. De hecho, pertenecía a una familia bien del barrio Salamanca, uno de los más pudientes y conservadores de la capital. «Zona nacional», que decía Nacho, su amigo y compañero de piso.

Precisamente por eso, por esa animadversión casi visceral y gestada durante años contra los pocholos, borjamaris y ejecutivos agresivos made in escuela de negocios, Mario no entendía absolutamente nada. «Sin duda, ha sido la noche más bizarra pero placentera de toda mi puta vida. Pero, qué cojones me pasa en la cabeza».

—Hola Mario, ¿cómo fue la noche?

Quien interrumpió sus cavilaciones fue Alejandra, la encargada del turno de mañana. Como cada día, entró sonriente y con energía de más.

—¿Alguna novedad que deba saber? Ya sabes que los viernes suele haber lío y toda ayuda es poca.

—Hola —contestó sin poder ocultar un bostezo a caballo entre el hastío y el cansancio—. Por aquí todo bien, ya sabes que esto por la noche está muerto. Había unas cosas pendientes. Un par de clientes que han cambiado de opinión y al final han contratado el desayuno. Te he dejado los papeles donde siempre. Por lo demás, «sin incidencias reseñables», como dice el informe —enfatizó guiñando un ojo para aparentar una normalidad que no existía en su interior.

—Pues nada, ahora a descansar, que te lo has ganado —apuntó Alejandra, quien no pudo evitar ruborizarse ligeramente ante el descaro de su compañero. No les unía nada más que su relación laboral, pero si de ella dependiera, la situación sería bien distinta.

Alejandra era mayor que Mario. Tenía treinta y cinco años, los justos para que se hubiera fijado en él. Sus rizos, sus ojos verdes, el pendiente en la oreja derecha y, sobre todo, esa actitud descuidada y hasta cierto punto macarra, siempre llamaban la atención. Era un roquero guaperas y el muy cabrón lo sabía y se aprovechaba de ello a conciencia. Era la comidilla de sus compañeras, alguna de las cuales ya había caído en su trampa y en su cama. Aspirante a músico, de momento se conformaba con Sabotaje, su grupo de rock urbano y garajero. Era el guitarrista y cantante, además de letrista. Ya habían grabado un par de discos y tenían sus bolos los fines de semana, pero la cosa no terminaba de despuntar y no salían de los garitos y minúsculas salas de conciertos habituales. «No es país para la cultura y Madrid se ha quedado sin vida musical, casi no hay salas de conciertos o locales de ensayo asequibles. O haces mierda comercial televisiva o te comes un mojón», se quejaba cada vez que tenía ocasión. Su grupo de referencia era Barricada y su ídolo indiscutible, el Drogas. Siempre decía que eran la banda sonora de su existencia y que podía contar su vida a base de las letras de sus canciones. Para él, este cuarteto navarro era el ejemplo de lo que le gustaría lograr con su grupo, aunque por edad había llegado tarde y solo les había visto un par de veces en directo. Según él, las suficientes, para, como dice la canción, verlo todo en blanco y negro y, cada noche, saber llegar a casa antes de que el sol le diga que es de día.

—Más me vale dormir mucho y bien, que esta noche tenemos bolo. Luego te paso el nombre y dirección del garito, por si queréis pasaros —dijo más por hábito que por interés.

—Vale, luego lo comento con los chicos.

Los conciertos de su grupo solían ser el momento perfecto para lanzar el anzuelo (o la red de arrastre, según la ocasión) y no acabar la noche sin degustar los beneficios de lo que se supone que debe ser la vida de la estrella del rock. «Y buscando cada noche, otro cuerpo de mujer»1, cantaba él siempre a modo de explicación. Sin embargo, ese día Mario no parecía estar por la labor.

—Por cierto Alejandra, se me olvidaba. También he gestionado lo de Ramón Ribeiro, el empresario gallego. Ha venido otra vez. Le he dado la habitación 105 y se quedará un par de noches.

En realidad este detalle no se le había olvidado. Lo había dejado para el final porque no quería dar pistas ni descubrirse. Ahora, más que nunca, necesitaba aparentar normalidad y, más tarde, digerir poco a poco, diseccionando cada hora y cada minuto, lo que había vivido esa noche. En esos momentos lo único que necesitaba era echar el telón para que nadie pudiera adivinar lo que realmente había en la trastienda de sus pensamientos.

«Sean bienvenidos a este circo de lo absurdo

que la banda va a empezar a tocar.

Y cada herida me recuerda que soy un globo de feria

por explotar»2.

Esa era la canción que a veces versionaba para empezar los conciertos. Justo en ese instante empezaba a resonar en su cabeza. Y no era casualidad. Hay actos, experiencias, e impulsos que nuestra memoria no puede sacudirse como quien se quita una piedra del zapato. Por eso, aunque Mario no quisiera admitirlo, lejos de empezar un día cualquiera, ese viernes de mediados de junio algo se había roto en él. Y con ello se había desmoronado el castillo de naipes que es la estabilidad interna de cualquier persona.

________________

1 Canción Cada noche, Barricada

2 Canción Sean bienvenidos, Barricada

2. QUEVEDO

Pasaban unos pocos minutos de las ocho cuando Mario salió del hotel. Sin duda, no era el trabajo de su vida, pero sin darse cuenta ya llevaba tres años. El horario era más que mejorable y el sueldo, como ocurría con prácticamente todos los jóvenes de su edad, también. «Una puta miseria», lo calificaba él, siempre expeditivo y muchas veces mal hablado. Las palabrotas eran una parte esencial en su vocabulario y eso le había generado no pocos problemas con su familia, conservadora, muy religiosa y aferrada a la tradición más mojigata del arribismo patrio.

Lo primero que hizo fue prepararse en el móvil la discografía de Barricada en modo aleatorio y enchufar los cascos. Lo segundo, ponerse sus gafas de sol. Unas Ray-Ban estilo aviador, de montura negra, que aportaban el equilibrio perfecto a su estudiado look de macarra guaperas perdonavidas. No es que a esas horas el sol deslumbrara, precisamente, pero su aspecto tras una noche en vela producto de la agitación y la culpa no era precisamente el mejor. Además, para él, la actitud siempre era lo primero. Y más aún cuando su aspecto debía ser lo suficientemente convincente como para no dar ni la más mínima pista de lo que ocurría en su cabeza. Por dentro, esa mañana Mario era un volcán a punto de entrar en erupción. Pero por fuera, tenía que ser un mar en calma, sobre todo consigo mismo.

Su hotel, un céntrico y moderno cuatro estrellas, sin grandes lujos pero sin nada que echar en falta, estaba muy cerca de la glorieta de Quevedo, uno de los lugares más transitados del centro de Madrid. Aún era pronto, pero ya había mucho trasiego. Casi todas las personas con las que se cruzaba iban al trabajo, su cara les delataba, pero también se cruzaba con jóvenes que se arrastraban hasta sus camas víctimas de los bares de la zona y de un «juernes» que se les había ido de las manos. Eso le daba envidia, no tanto porque Mario tuviera en esos momentos ganas de fiesta, sino porque así podría emborracharse hasta perder la consciencia y, al menos por un rato, olvidarse de esa noche.

«Arrastrando el cuerpo por la calle

como una cadena de presidiario.

Su sombra en el suelo, siempre cerca de

una botella en la mano

ceniza en el jersey»3.

A toda velocidad, como la canción que sonaba en sus auriculares. Así era como se agolpaban en su cabeza, una y otra vez, las imágenes de esa noche. Era algo así como una sucesión de fotografías pasadas en bucle y a cámara lenta, recordándole los detalles de lo que había sucedido. Y nada parecía quitarle eso de la cabeza. «Se me está yendo la olla, a ver si cuando llegue a casa duermo unas cuantas horas. Seguro que luego me levanto mejor y con las ideas más claras. Sí, es eso, la falta de sueño».

Pero no. Lo que tenía Mario no era falta de sueño. Él no quería admitirlo, pero a pesar de todo, estaba más que lúcido. De algún modo, nunca lo había estado tanto. En su vida había sido tan consciente de sí mismo como en ese preciso instante, como lo estuvo durante toda la agitada noche y como lo estaba lo poco que llevaba de mañana. Así, luchando contra esa certeza que empujaba por salir y con una sensación que le empezaba a oprimir el pecho, Mario llenó de aire sus pulmones y pasó los torniquetes de entrada en el metro. Estaba en la línea 2, en la estación de Quevedo, y le quedaban diez paradas y un transbordo hasta llegar a su casa en Pinar de Chamartín. En eso estaba pensando, distraído, cuando su hombro chocó ligeramente con uno de los muchos hombres que, trajeados, acudían en metro a su puesto de trabajo. Podría haber sido un ligero tropezón, un casual traspiés… pero el aspecto de ese hombre le hizo recordar, si es que acaso se le había olvidado en algún momento, lo que había sucedido esa noche.

***

Pasaban diez minutos de la medianoche. Apenas Mario acababa de cerrar la puerta de entrada al hotel cuando el huésped de la 105 llamó a recepción por un pequeño problema con el televisor. Se trataba de Ramón Ribeiro, gallego, de cuarenta y un años y cliente habitual. Dirigía una empresa exportadora de vinos y cada cierto tiempo se dejaba ver por Madrid para mantener reuniones con los clientes. Siempre trajeado, impecable y exhibiendo un buen gusto exquisito, era de los más educados de cuantos pasaban por allí. No pedía nada sin un por favor previo ni un muchas gracias al final, y una amplia sonrisa con unos dientes cuidados y blanqueados era el telón de fondo perfecto para sus conversaciones. Acompañaba sus refinadas y masculinas maneras con unas incipientes canas y un pelo estudiadamente engominado (ni mucho ni poco), para parecer elegante pero no un pijo redomado. Y se le veía deportista. Era lo que ahora se diría un madurito interesante. Una especie de George Clooney hecho en las Rías Baixas y que prefiere un buen Alvariño al café de cápsulas.

Con ese aspecto nadie pensaría que fuera del agrado de Mario. Pero, desde el principio, ambos sintonizaron. Ramón le había comentado pasajes de su juventud en una Galicia regada de narcos y cocaína, sus batallitas en conciertos de Siniestro Total o incluso cuando logró entrar en el camerino de Los Suaves y compartió un buen whisky y una mejor charla con su cantante y alma máter, el Yosi. Y claro, lo que el rock ha unido, no lo podían separar los trajes de marca ni los maletines caros de hombre de negocios.

«Esta es una noche,

Esta es una noche,

de rock & roll»4.

Les unía la pasión por el ruido, como decía Mario, y más de una vez se quedaba Ramón charlando con él mientras disfrutaba alguno de los mejores whiskys que el hotel exhibía al otro lado de la barra. Así, trago a trago, anécdota a anécdota y canción a canción, ambos fueron ganando confianza.

Por eso, cuando aquella noche Ramón llamó requiriendo la ayuda de Mario, este subió de buen grado y, por qué no admitirlo, con la secreta intención de arañar una buena conversación y quizás una botella monodosis del minibar de la habitación por cortesía del huésped. Al llegar a la 105 iba a llamar a la puerta, pero esta estaba entornada, así que entró con total tranquilidad.

—Uy, pe… perdón. La puerta estaba mal cerrada y pensé que la habías dejado así para que pasara —acertó a balbucear Mario, quien se ruborizó con la misma velocidad a la que sus ojos fueron a parar a la toalla que Ramón, con el torso desnudo, tenía enrollada a la cintura.

—¿Estaba mal cerrada? Menudo despiste, no te preocupes. Pensé que tardarías un poco más y me quería dar una ducha, pero te has adelantado. Tanto viaje y tanta reunión me tienen agotado.

—Ya, normal. Vamos, supongo. Yo no viajo mucho. Entre que volar no me gusta y que siempre ando sin un duro, muy lejos no creo que vaya. A ver, que tampoco es que sea un experto pillando aviones. Solo he volado tres o cuatro veces y lo más lejos que he ido fue a Londres hace un par de años a ver a un colega. Y ya entonces lo pasé tan mal que me tuve que pillar un tranquilizante para no dar la brasa. No veas luego la que lie después de aterrizar.

Sin saber el motivo, de pronto Mario estaba nervioso, incluso un poco ansioso. Se vio dando explicaciones de más. Con el gallego prefería escuchar antes que hablar. Pero entrar en la habitación y encontrarse a Ramón de aquella guisa no entraba en sus planes. Bueno, ni eso ni lo que ocurrió después.

—Mario, ¿estás bien? Te noto acelerado —se interesó Ramón con cierta preocupación.

—Sí… Es solo que… Estaré cansado, no te preocupes.

—Vale, si tú lo dices… —respondió Ramón, poco convencido con esa explicación—. Si prefieres nos olvidamos de arreglar la televisión, como prefieras.

—No, no te preocupes, está todo bien. Vamos a ver qué le pasa a esta tele —intentó disimular Mario, quien seguía ruborizado por encontrarse de bruces con el huésped medio desnudo.

«¿Qué coño me está pasando? ¿Por qué no puedo dejar de mirarle? Joder, que a mí no me gustan los tíos. Pero, entonces, ¿por qué no puedo dejar de mirarle justo ahí, en el nudo de la jodida toalla?».

—Mario, estoy aquí —comentó Ramón de modo divertido señalándose a la cara, tras advertir que el chaval de la recepción tenía la mirada perdida y no precisamente en el infinito—. ¿Vemos lo de la tele? Porque cualquiera diría que estás con la cabeza en otro sitio.

—¡Anda ya, no te rayes ni un poco, tronco! —Soltó Mario como un resorte, casi rozando la grosería, ya fuera para despejar sus dudas, las sospechas de Ramón o ambas cosas—. Venga, vamos a la tele que veo que te me emocionas. —Intentó arreglarlo, a pesar de que el ambiente entre ambos ya no era el mismo de siempre.

Ramón, sentado al borde de la cama, sonrió ligeramente ante la reacción del muchacho. La verdad es que le hacía gracia la situación. Él, padre de familia ejemplar, medio en bolas, con una toalla de ducha del hotel a la cintura y explicándole a un macarrilla guaperas que la televisión no iba bien. «Encima, el tío va y se queda atontado mirándome el paquete. Mírale, va de terror de las nenas y luego esto. Pues si supiera que soy bisexual, lo mismo saldría corriendo. Y dice que es abierto de mente… Ya». En esas estaba Ramón, cuando intentó encauzar la situación.

—Pues mira, lo que sucede es que la enciendo pero no se escucha. Seguro que es una tontería, pero me da miedo tocar algo y cargármelo.

—Y recurres a mis manos expertas —Mario intentaba aparentar normalidad y relajación.

—Algo así, supongo —contestó Ramón mientras se sorprendía guiñando un ojo al chaval de forma divertida.

A esas alturas cualquier gesto, cualquier nimio detalle, les hacía pensar de más. De hecho, Ramón se sorprendió ruborizándose.

—Vale, eso te lo arreglo yo en un momento. A ver, ayúdame que desde aquí no llego bien. Es un tema de la barra de sonido. Necesito que agarres de aquí, que este cable hay que cambiarlo, es el que conecta con la barra de sonido y parece que está jodido, pero va súper justo y está la hostia de apretado y es difícil quitarlo.

En ese momento, Ramón se acercó a Mario para ayudarle con la maniobra. La televisión no era excesivamente pesada, pero sí lo suficientemente grande como para necesitar que el huésped colaborara. Y fue entonces cuando, de forma casual, sus manos entraron en contacto. Un pequeño roce fue suficiente para que ambos se separaran a toda velocidad como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo. Pero ahí no había corriente alguna. Era algo mucho más intenso y extraño, un impulso desconocido que se tradujo en un movimiento brusco que hubiera acabado con la televisión en el suelo de no ser porque estaba encima de un mueble, bien pegada a la pared.

Al mismo tiempo que apartaron sus manos y desviaron sus miradas, ambos notaron una mezcla entre vergüenza y desconcierto difícil de explicar. En el caso de Mario, por falta de costumbre. Y en el de Ramón, porque no contaba con ello y menos a estas alturas y con este chico. Sin embargo, ese leve roce, ese sencillo contacto entre sus manos, fue la constatación de que la habitación 105 era ya un escenario distinto.

Ambos se quedaron mirándose a los ojos. Parecía mentira cómo un simple contacto visual de décimas de segundo podía encerrar tanta carga explosiva. Ramón posó sus manos sobre los hombros del chaval. Pero del mismo modo que según una de las leyes de Newton, toda acción genera una reacción de iguales proporciones, ese gesto del empresario gallego hizo que Mario le apartara de malas maneras dando un respingo.

—¿Pero tío, qué coño haces, se te va la pinza? —Espetó el joven con una mezcla de indignación y desconcierto—. A mí no me vais los maromos, no te rayes.

—Tranquilo Mario, no… no iban por ahí los tiros. Ya sabes que estoy casado —respondió Ramón, intentando reconducir la situación y disimulando la vergüenza del cazador cazado porque sí, esa era precisamente su intención—. Venga, que te invito a una copa del minibar de la habitación, que no creo que tengas mucho lío ahora con el hotel cerrado.

—Ya, perdona. Si tienes razón, menuda chorrada, no sé qué me ha llevado a pensar que tú… —Mario no terminó la frase porque, de algún modo, sentía tanta atracción como repulsión por la idea—. En fin, dónde están esos cubatitas, que ya van tardando. A ver si me voy a tener que quejar del servicio del hotel —zanjó con una palmada y una sonrisa divertida.

—Bueno, si quieres vete sirviéndolos, que mientras me voy a dar una ducha, que te recuerdo que era lo que iba a hacer cuando has entrado. Creo que sabes dónde está todo —respondió divertido Ramón.

Antes de entrar al baño, Ramón giró levemente la cabeza. Fue una simple mirada furtiva de la que él ni si quiera fue consciente.

«Y miras de lao, y miras de lao, y miras de medio lao.

Porque yo soy quien tú necesitas esta noche»5.

Fue una ducha breve. Tan solo cinco minutos, pero los suficientes para que ambos intentaran calmarse y ordenar las ideas. Ramón salió con la ropa que había traído a modo de pijama: unos pantalones cortos de deporte y una camiseta de tirantes que dejaba a la vista que era alguien que se mantenía en forma. Mario le ofreció su copa (whisky, conocía sus costumbres) y se sentaron a charlar. El chico, sentado en la silla que el hotel disponía para el escritorio. El empresario, al borde de la cama con los pies descalzos y las piernas cruzadas.

Hablaron de sus trabajos, de sus proyectos… De unas vidas, las suyas, tan diferentes, que no entendían cómo les habían juntado a ellos dos en ese sitio que no representaba a ninguno. Ramón comentó lo bien que le iba la empresa, qué le había traído esta vez a Madrid, sus planes para el verano que estaba a punto de comenzar. También recordó con nostalgia y entre risas su juventud con anécdotas regadas de rock, alcohol y alguna sustancia más de la cuenta.

—Pues, precisamente, te iba a comentar que abajo en la recepción tengo hierba de la buena para hacer algún cigarrito de la risa, que la noche es larga —propuso Mario—. Venga, y engancho un par de botellitas más para ponernos otra. Ya verás que hoy duermes como Dios.

—Vaya con el del turno de noche. Y pensar que la primera vez que te vi, tan formalito en la recepción, pensé que eras un buen chico…

—Y yo pensé que eras un estirado, un ejecutivo agresivo de esos que compran y venden acciones —respondió retador y divertido el joven—. Yo solo cuido a los huéspedes y les ofrezco los mejores servicios, ¿o no?

—Hombre, por tu bien espero que esto no lo hagas con todos.

—No, solo contigo —corroboró al tiempo que los dos rompían a reír.

Poco después Mario subió con lo prometido y un pequeño nudo en el estómago. Si al empezar a trabajar en el hotel le hubieran dicho que acabaría de esta guisa con un empresario gallego que le sacaba dieciséis años, pensaría que le estaban tomando el pelo. El ambiente de la habitación 105 ya parecía totalmente distinto. Mario se sentó de nuevo frente a Ramón, pero esta vez también encima de la cama, para estar cerca de la ventana y ventilar la estancia. Era de fumadores, pero Ramón no quería pasarse toda la noche respirando humo. Además, luego el equipaje olería y eso en las reuniones no queda precisamente bien.

Retomaron la conversación. El joven habló de su grupo y del concierto que daba al día siguiente en un bar del centro de Madrid. De hecho, tras darle su número de teléfono, invitó a su… ¿amigo? a que fuese, aprovechando que su vuelo de vuelta salía el sábado. Los dos sabían que aquella estampa era de lo más extraña, pero con cada trago y con cada calada se sentían mucho más a gusto. Tanto, que Mario cogió su móvil para mostrar un vídeo de la última actuación con su banda.

Siguieron charlando, esta vez de hazañas etílicas y conquistas amorosas, como quien se cuelga medallas en el pecho. Ramón estaba intentando liar el segundo porro, pero viendo su falta de pericia y de costumbre, Mario estalló en una carcajada.

—Anda, que tienes unas manos que parecen los pies de otro. Ven aquí a mi vera, que veo que desperdicias el último canuto —Ramón se acercó hasta que ambos estuvieron tan cerca, que sus piernas se rozaban a la altura de la rodilla. A ninguno pareció importarle—. No, si al final te voy a tener que enseñar…

—Venga, listillo que tanto sabes, dime cómo hago esto.

Mario guio con pericia los dedos de Ramón a través del papel de liar y el resultado fue de lo más aceptable. Una hora y media, unas copas y un porro después del arreglo de la televisión, sus manos habían vuelto a tocarse. Pero esta vez ninguno reaccionó mal.

—Venga, haz los honores —dijo Mario intentando encender el mechero para que Ramón diera la primera calada.

Sin embargo, ya se sabe que si bebes y fumas porros, la verticalidad acaba siendo más que relativa. Por eso, como Mario no terminaba de atinar, a Ramón le dio un ataque de risa y cayó sobre la cama, arrastrando al joven, cuya cara quedó a escasos centímetros de la suya. Ahora sí, se sostuvieron la mirada. Tras un par de segundos que parecieron eternos, la curiosidad y el deseo vencieron a la vergüenza y la extrañeza y ambos dieron rienda suelta a toda esa energía que saltó con un simple roce de manos y ahora explotaba como un big bang.

«Cicatrices de otros tiempos, volvieron a doler

y tu lengua más la mía no sé bien por qué»6.

________________

3 Canción A toda velocidad, Barricada

4 Canción Esta es una noche de Rock & Roll, Barricada

5 Canción Yo soy quien tú necesitas esta noche, de Barricada

6 Canción No sé bien porqué, de Barricada

3. CANAL

Recordar el episodio, lejos de provocarle una reacción de rechazo o directamente asco, que era lo que realmente deseaba, tuvo en Mario una respuesta en forma de erección que intentó ocultar rápidamente con su mochila.

«Joder, lo que me faltaba, ahora encima me pongo cachondo por follarme a un ejecutivo, por ser su lolita del hotel de Madrid. Y ese de ahí enfrente, ¿qué está mirando? ¿Se habrá dado cuenta? Mira, que como se ponga tonto le doy una hostia con la mano abierta. ¿Pero qué coño me pasa? A mí me gustan las tías. Recuérdalo, Mario: te gustan las mujeres, te encanta follar con ellas. ¡Si el fin de semana pasado estuviste con Loli y echaste el polvo de tu vida! Bueno, el de tu vida y el de la suya, que le faltó darme las gracias antes de irse de casa. Seguro que es una estupidez, los cubatas y los canutos que me dejaron tonto. O igual hay algo más, porque tiene que haberlo. Seguro que el gallego de los cojones me ha hecho el lío. Porque sabía a lo que iba, hombre, por supuesto. Quién sabe, igual usó la droga esa que te quita la voluntad. ¿Cómo se llama? Burundanga, eso. Me habrá echado esa mierda en la copa y se aprovechó de mí. Pero claro, si usó eso, ¿entonces por qué me acuerdo tan bien de todos los detalles? ¿Por qué le di mi puto móvil y le invité al concierto de esta noche? Y, sobre todo, ¿por qué no me lo puedo quitar de la cabeza y me pongo cachondo al recordarlo todo?».

Su cabeza era un hervidero de imágenes, deseos, culpas y dudas. Todo ello regado con la canción que, casi como broma macabra de su lista de reproducción, sonaba en esos momentos.

«Como animal caliente

su lengua violenta tu boca.

Invisible caricia.

Déjate arrastrar por la noche»7.

Era una de sus canciones favoritas, pero no era precisamente el momento de escucharla. Iba a cambiarla cuando un whatsapp distrajo su atención. Era Nacho, su compañero de piso.

«Mario, salgo a currar. Acuérdate de que viene el fontanero a eso de las 17h. Descansa!»

«El que faltaba, el puto Nacho». Fue lo primero que vino a la mente de Mario. Eran amigos de toda la vida y habían compartido muchas cosas. Innumerables confidencias, dos años de convivencia compartiendo piso, experiencias buenas (y otras no tanto)… Y de entre todos esos momentos, un recuerdo que casi tenía olvidado acudió a su memoria, aquella calurosa mañana de junio, como impulsado por un tsunami inesperado.

***

Tenían diecisiete años. Nacho se había quedado solo el fin de semana y ambos hicieron lo de siempre, es decir, atrincherarse en casa del que estaba sin padres para comprar unas cervezas y fumarse unos cuantos cigarritos de la risa mientras veían unas películas.

—Oye tío, tengo una peli que me han recomendado. Se llama Nine songs o algo así. —Comentó Nacho cuando terminaron de cenar unas pizzas.

—Cojonudo. ¿De qué va?

—Pues la verdad es que ni puta idea. Me han dicho que la música está chula y que hay mucho folleteo.

—Joder, si me la vendes así, ya estás tardando. Así compensas el peñazo este que me acabas de endiñar —sentenció Mario, cansado de ver los dramas sociales a los que Nacho le tenía acostumbrado.

—Pues claro, si lo hago por ti, idiota —respondió Nacho entre risas, acompañando sus palabras de un leve empujón, propio del compadreo adolescente—. Y hazme un hueco en el sofá, capullo.

Ellos no lo sabían, pero la película estaba compuesta por nueve escenas de sexo muy explícito, alternadas por otras tantas de conciertos de rock a los que acudían los protagonistas. Ambos tenían los ojos como platos y comentaban la jugada entre bromas, chascarrillos y confidencias de sus recién estrenadas vidas sexuales. De esa manera intentaban ocultar la lógica de sus cuerpos y hormonas adolescentes ante tanto estímulo erótico.

Así seguían, con los cojines estratégicamente colocados, hasta que Nacho rompió el hielo, el guion y las barreras. Se deshizo del cojín gris, a juego con el sofá, y se desabrochó el pantalón mientras dijo «tío, lo siento pero no aguanto más… y por lo que veo, tú tampoco». Hasta ese momento no había nada extraño, pero poco después Mario sintió algo raro: o le había crecido un tercer brazo o su mejor amigo estaba explorando nuevos territorios.

—¡Pero tío, qué coño haces! ¿Por qué tocas?, ¡a ver si ahora vas a ser maricón! —Exclamó Mario con los ojos muy abiertos por la sorpresa y muy rojos por el cannabis consumido.

—Venga tronco, no te rayes. Ni marica ni nada. Me gustan las tías tanto como a ti, pero me ha parecido una buena idea. Y ya que estamos, ¿por qué no? —Respondió Nacho entre risas, sin darle importancia al asunto—. No será que te pones muy tenso porque a ti sí te molan los tíos…

—¡Pero qué me estás contando, fantasma!

—A ver, que si no quieres, lo dejamos y seguimos cada uno a lo suyo. Pero viendo cómo estás, creo que algo sí te ha gustado —tentó Nacho, viendo que tenía razón.

—Bueno, pero sin que salga de aquí ni historias raras, ¿eh? Que te meto.

Hacerse el duro ante los demás siempre fue la especialidad de Mario. Sin embargo, bajo esa coraza, inseguridades de todo tipo campaban a sus anchas. Normalmente mantenía una actitud de líder y de huida hacia adelante para no dar pistas sobre sus debilidades. Y lo que ocurrió ese día es un claro ejemplo de ello. Por eso, y aunque no estaba plenamente convencido de lo que estaba ocurriendo, él se dejó hacer mientras sus manos se dejaban arrastrar al compás que marcaban los movimientos y la respiración entrecortada y jadeante de su amigo.

«Con la suavidad de tus caricias,

distancia precisa para la exhibición.

La insolencia de tu boca entreabierta

es un guiño intermitente a mi respiración»8.

Un beso suave, lento e impulsivo fue el epílogo de un efímero episodio que ninguno de los dos pudo prever. Nacho siguió actuando como si nada hubiera pasado. Sin embargo, aunque por fuera Mario daba esa misma apariencia de normalidad, tardó tiempo en volver a quedarse a solas con su mejor amigo.

Pasaron varios meses, una eternidad para dos chavales de esa edad, que siempre se comportaban como si compartieran órganos vitales, todo el día juntos como uña y carne. Pero este sigiloso y bien disimulado distanciamiento urdido por Mario se terminó. Dar apariencia de normalidad era lo primero, así que pasada esa cuarentena autoimpuesta volvió a quedar a solas con Nacho, de nuevo sin padres. El plan era el de siempre: cervezas, porros y películas. Y de nuevo, fue este quien tomó la iniciativa.

—Oye, la última vez nos dejamos una peli a medias. ¿Quieres terminar de verla? —Propuso Nacho con cierta sorna—. Solo vimos cinco canciones… nos quedan otras cuatro.

—¿Estás diciendo lo que estoy pensando? —Preguntó Mario, azorado. No quería demostrarlo, pero desde que entró por la puerta no había pensado en otra cosa más que en repetir la experiencia de la última vez.

—Bueno, nosotros ponemos la peli donde la dejamos y vamos viendo —zanjó Nacho.

Mario asintió. Esta vez ninguno de los dos dijo nada. No hizo falta.

«Juegos ocultos, juegos de locos.

Caricias atadas que no dejan ver.

Juegos ocultos, secreto infantil.

Tus ojos buscando la complicidad»9.

***

Jamás se repitió algo parecido. Ninguno lo volvió a proponer nunca y Mario enterró el asunto en lo más profundo de su memoria. Era como si aquella experiencia hubiese acabado en el preciso instante en el que también lo hizo la película. Por eso se lo tomó como un desliz propio de dos adolescentes, una experiencia fruto de las hormonas y la curiosidad que no había tenido mayores consecuencias. No las tuvo hasta ese día, cuando el huésped de la 105 tuvo problemas con el televisor de su habitación.

«Puto Nacho, la que me lio con esa peli», se repitió Mario mientras tecleaba su móvil para contestar al mensaje de su amigo y compañero de piso.

«No se puede enterar de esto, ni de coña. Seguro que empieza con vaciles y preguntas, que a ver si me gustan los tíos, que si no seré bisexual o maricón, que a ver si no lo he hecho más veces… Y más con lo que pasó en su momento. Que, a ver, ahí la culpa fue suya, que es quien empezó, pero lo mismo le da mal rollo todo esto y me empieza a mirar raro. Y claro, si se entera él, seguro que lo acaban sabiendo el resto de colegas, los del grupo o incluso mi familia. No, eso no puede ser porque a ti, que no se te olvide Mario Rey, te encantan las tías. Vamos, que esta noche me follo a Loli otra vez. Hombre que si lo hago. Y del puto gallego ni una palabra a nadie. Pero claro, él tiene mi teléfono y yo el suyo no, así que no puedo bloquearle y él me puede escribir o llamar cuando le salga de los huevos».

Llegar a la estación de Cuatro Caminos supuso un alivio para Mario. Empezaba a agobiarse y el cambio de tren suponía la oportunidad que necesitaba para salir del vagón conservando su aparente aplomo, serenarse, cambiar de ambiente y respirar, sobre todo eso, llenar de aire sus pulmones. Además, el tío que tenía enfrente le estaba poniendo de los nervios. No sabía por qué le recordaba a Ramón y tenía la sensación de estar perdiendo algo más que la calma.

«Por mirar atrás para ver dónde estás

entre tanta gente desconocida...

Voy muriendo»10.

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7 Canción Animal caliente, de Barricada

8 Canción Insolencia, de Barricada

9 Canción Juegos ocultos, de Barricada

10 Canción Voy muriendo, de Barricada

4. CUATRO CAMINOS

Era un transbordo corto. Tan solo tenía que salir por un extremo del andén, subir un tramo de escaleras de limpieza manifiestamente mejorable y atravesar un pequeño distribuidor, gris y extremadamente luminoso, lleno de gente que se dirigía a sus trabajos, universidades… en definitiva, a iniciar un día que a Mario le empezaba a sobrar. «Menos mal que me voy ya a dormir, porque vaya mierda», pensaba mientras entraba en el andén de la línea 1, en dirección a Pinar de Chamartín. «Y todavía me quedan 8 jodidas estaciones. Demasiadas. Bueno Mario, tú tranquilo. Relájate y respira, que esto lo haces todas las mañanas y seguro que antes de que te des cuenta, estás sobando como un campeón», se intentaba tranquilizar.

Pero esas palabras no iban acompañadas con hechos. Por mucho que lo intentara, pequeños detalles delataban que algo no iba bien. Nervioso como estaba, se mordía las uñas y ni siquiera había reparado en que aún llevaba las gafas de sol puestas. De forma inconsciente, se habían convertido en su particular escudo para blindarse de las posibles miradas de otros pasajeros. Era justo lo que necesitaba en esos momentos: poder observar sin ser visto, construir una pequeña burbuja, su burbuja. Claro está, el peligro era que podía pincharse en cualquier momento y hacerle perder la poca paz interior que le quedaba, entre el agotamiento de otra noche en vela (y vaya nochecita) y la angustia del remordimiento.

Quizás el único punto de rutina y normalidad en esa extraña mañana lo marcaban los horarios. Como cada día, entraba en el andén de la línea 1 a las ocho y media en punto. Y al igual que él, también estaban los de siempre, todos en el mismo sitio, en torno al banco donde quedaba la tercera puerta del segundo vagón empezando por la cabecera. Era el lugar perfecto. «Así estás igual de lejos de la cabecera y del medio, que es donde más se suele subir la gente, que parece que les gusta apretarse a los muy gilipollas», decía siempre Mario, con un aire de suficiencia del que esa mañana carecía.

Los habituales, al menos los suyos, eran tres. Normalmente le tranquilizaba verlos, porque así no tenía que preocuparse de confirmar que estaba en el andén, línea o dirección correctos. Su sola presencia, con sus hábitos y costumbres, solía interpretarlos como una buena señal. Pero ese no era un día cualquiera y esa pizca de cotidianeidad, no sabía por qué, le molestaba. Pero claro, bastante había roto ya los moldes esa noche como para irse a otro vagón.

«Ahí está el viejo, sentado en el banco como siempre, con cara de no haber roto nunca un plato. Ya. Seguro que ha roto más de uno… y más de una vajilla, incluso. Puta momia, igual es un cabrón que tiene esa pinta de bueno pero luego pega a su mujer. Sí, seguro. Un machista de mierda que siempre ha engañado a su mujer y luego viene aquí, con su cara de abuelo entrañable cada mañana. Y nunca hace nada, solo se sienta y mira a los demás. Nos observa y seguro que nos juzga. A lo mejor es un facha y no le gustan ni mis pintas, ni mi pendiente, ni mis medio greñas estas que tengo. Pues si no le gustan, que se joda. Además, este a trabajar no va. Debe tener… ¿qué?, ¿setenta años? O igual alguno más. Y si no va a currar porque está jubilado, ¿a dónde coño va todas las mañanas a la misma hora? Que sí, que los jubilados se levantan pronto, eso dicen de los viejos. Pero digo yo que si salen es a caminar, un paseo por el barrio, que tampoco creo que tenga el cuerpo para recorrerse todo Madrid. Y si sale a darse una vuelta, lo hará andando, porque si no, menuda gilipollez. Vamos, que no le conozco y ya me cae gordo el tío… Hostia Mario, disimula que te ha pillado mirándole. Bueno, igual con las gafas puestas no se me nota. O igual sí. Pues va a ser sí, porque ahora es él el que parece que no me quita ojo. ¿Y qué es eso que veo, una media sonrisa? Lo que me faltaba, a ver si ahora resulta que he ligado con el tipo este, un viejo machista, facha y encima maricón. Venga, ponte otra canción y así por lo menos te distraes».

«Y este puede ser por fin

el mejor de tus días,

déjame robar tu alma

y despierta frío»11.

«Vamos, no me jodas. ¿El mejor de mis días? Los cojones. Parece que me toma el pelo el puto móvil. No, si al final hay que reírse, porque si no, me voy a volver loco. Bueno, mientras no me roben el alma, todo bien… supongo».

Mario logró controlar momentáneamente la paranoia con ese pasajero, un anciano habitual y extraño al mismo tiempo, justo cuando la megafonía anunciaba un retraso del siguiente tren por una avería.

—Joder, lo que faltaba. Me cago en todo —soltó Mario, sin darse cuenta de que ese pensamiento estaba saliendo por su boca y lo habían escuchado el resto de personas que estaban a su alrededor.

Una vez más, ponerse la música a todo volumen le estaba jugando una mala pasada. Pero lejos de disculparse, agachar la mirada o de alguna manera reconocer que acababa de meter la pata, Mario miró retador y desafiante, casi amenazador, como diciendo «a ver quién tiene lo que hay que tener para decirme algo, que hoy no estoy para vuestras gilipolleces».

«Arrogante y peligroso,

con el tiempo de pasada,

intentará sin lograrlo

bajarse en su parada.

¿Bajarse en su parada?

Con el tiempo de pasada

ya no tienta a la suerte

porque la suerte está echada»12.

También sentada en el banco, a la derecha del anciano, que miraba a Mario desconcertado al sentirse observado por el muchacho, estaba una chica. Era joven y, como cada mañana, estaba enfrascada en la lectura de una novela. Ahora era el turno de El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Siempre estaba leyendo y siempre libros en papel, bastante desgastados.

Mario la tenía fichada desde el primer día que la vio. No tanto porque le gustara, sino porque la chica provocaba en él sensaciones encontradas. Era guapa, eso no se podía negar, y a Mario le gustaba recolectar conquistas de las que presumir. Sin embargo, su aspecto de estudiante formal y aplicada, que la alejaba tanto de lo macarra como del pijerío, la convertía en la némesis de lo que él buscaba en una chica. Si no llamaba la atención o no podía exhibirse como trofeo, la cosa no iba con él.

«Mira, también está la empollona. Siempre leyendo, no sé cómo le gusta tanto, cada dos por tres está con un libro nuevo. Bueno, supongo que este le durará un poco más, porque parece bastante gordo. Menudo tocho. A ver, ¿cómo se llama el libro? El Evangelio según Jesucristo… Ni idea. Pues menudo coñazo. Cristo y religión, lo que faltaba. Seguro que es la típica niña buena, sosa, que tiene una vida de lo más aburrida. No hay más que verla, que parece que la viste su madre. Será la clásica sabelotodo que saca siempre notazas porque no se permite menos de un ocho de media. Claro, tendrá que heredar la empresa de papá y, para estar a la altura y ser de los que dominen el mundo, primero tiene que pasar desapercibida y empollar a saco. Pero seguro que nunca se ha corrido una buena fiesta. Es más, fijo que aún es virgen, no se ha drogado en su puta vida y va a misa todos los domingos a las doce del brazo de su mamá, su papá y su abuelita. Como si lo viera, la nuera perfecta para la típica familia cristiana… mi familia. Sí, fijo que mi madre, la muy meapilas, reza todas las putas noches para que algún día aparezca con alguna mojigata como esta. Pues va lista. De hecho estoy por probar a decir en casa que soy maricón solo por darles un disgusto. Lo haría si no me estuviera comiendo tanto la olla por el puto gallego. Joder Mario, ya estás otra vez con el temita, podrías dejarlo en algún momento».

Ese quebradero de cabeza, ese desliz o esa experimentación, que era como Mario clasificó al principio lo ocurrido esa noche con Ramón, volvía a su cabeza como un boomerang. Y lo peor es que, cada vez que regresaba, le oprimía el pecho y le dificultaba la respiración un poco más.