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Una epopeya familiar multigeneracional que mezcla reflexiones psicológicas y dinámicas narraciones dramáticas con vuelos de magia y humor. Jóhanna decide por fin leer la saga épica que su padre, con el que no tiene relación, escribió sobre el origen y la historia de su familia. En las arrolladoras narraciones que se despliegan en sus páginas, se entretejen historias de sueños rotos, magia y amor prohibido para sacar a la luz un secreto que se ha mantenido en la sombra durante toda una vida. Una novela épica que se extiende a lo largo y ancho del tiempo y el espacio: desde la Toscana al comienzo de la Primera Guerra Mundial, donde la ingestión de grandes cantidades de aceitunas salva al joven Enzo del servicio militar, hasta los barrios de inmigrantes de Toronto, donde una adolescente se enamora de un misterioso vagabundo, pasando por el hermoso valle de Hörgárdalur, en el norte de Islandia, donde reina el gigantesco gallo Júpiter, y, por último, Reikiavik, en un futuro no tan lejano.
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Seitenzahl: 571
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Jóhanna vio cómo su hija se quitaba las botas a patadas y la arena se esparcía por todo el vestuario de la guardería. Una nueva costumbre. La pequeña de dos años aún no había aprendido bien y tardó un ratito en desvestirse; pero Jóhanna la dejó realizar su tarea en paz. Tal como había ido la mañana, no tenía ganas de enzarzarse en otra pelea.
Colocó la mochila en un estante tras asegurarse de que el osito de peluche no estaba dentro. Luego se volvió hacia la niña y la abrazó.
—Adiós, cariño. Mamá te quiere mucho.
Apenas había terminado de hablar, cuando Ella se fue como una exhalación. No se verían durante una semana y, aunque Jóhanna quería a su hija con toda su alma, se sintió aliviada.
No iba a comportarse como la última vez que Ella estuvo con su padre. Iba a beber menos y a concentrarse en terminar de programar el Viaje al fin del universo. Y, por si fuera poco, ya había hecho una lista de las tareas del hogar que se había impuesto: ordenar las cosas, pintar la pared, buscar una planta para uno de los rincones del salón y comprar una rueda nueva para la jaula del hámster.
En la parte inferior del papel, hizo un dibujo de la botella de vino tinto que solamente se permitiría abrir cuando hubiera terminado todo.
Una vez en casa, se acurrucó en el sofá y probó el código de la nueva proyección. Todavía tenía dudas acerca de la manera de reflejar la línea temporal. Era una gran torpeza incluir las fechas. La gente estaba dispuesta a sumergirse en la realidad virtual, pero el texto era un elemento intruso que rompía la ilusión.
Jóhanna dejó que su subconsciente trabajara para resolver aquella dificultad mientras ordenaba las cosas. Recogió los juguetes del suelo, pasó la aspiradora y la fregona, y metió en bolsas botellas y latas que chocaban emitiendo un ruido sordo.
En el trastero era tal el desorden que apenas se podía dar un paso; los estantes estaban llenos de objetos que Hrafn no se había molestado en retirar y que no merecía la pena conservar. De repente, Jóhanna se impacientó y quiso tirarlo todo. Fue quitando cosas y, en un abrir y cerrar de ojos, los estantes quedaron vacíos; pero el número de bolsas en el suelo había aumentado considerablemente.
Había llegado al límite de lo que podía soportar. Miró a su alrededor para ver si quedaba algo más que agregar a los montones.
Detrás de un viejo kit de manualidades había una caja de zapatos polvorienta. Se preguntó por un momento si no debería deshacerse de ella también. Si no la abría, podría tirarla sin remordimientos con todo lo demás.
No había leído el nuevo libro. Lo hojeó una vez, cuando supo que su padre había escrito su historia familiar, aunque solo con la intención de comprobar si este había tenido la valentía de mencionarla a ella y a la nieta, a la que rechazaba y a la que todavía no quería conocer. O si había escrito algo sobre su hermano. Habría sido la primera vez que mencionaba a Elías desde que este murió. Cuando vio que ese no era el caso, puso el libro en una caja de zapatos junto con los demás textos escritos por su padre y los llevó al trastero.
Esta vez no sintió la misma sensación agobiante. Cogió el libro y lo hojeó. A su padre nunca le había interesado hablar del pasado. Solo tras haber entrado en la adolescencia, Elías y sus hermanos descubrieron que por sus venas corría sangre italiana y vietnamita; y, entonces, fue su madre quien se lo contó.
Aquella manera de ocultar la herencia familiar toda su vida para trasladarla luego cuidadosamente a una novela era típica de su padre, el historiador y escritor dominical, como a él mismo le gustaba denominarse. Parecía sentirse más cómodo cuando podía mantenerse a una distancia razonable de la gente; nunca había hablado de aquellos asuntos con sus hijos, pero luego se había puesto a escribir para el público un montón de groseras exageraciones sobre sus antepasados. Para los lectores, eran historias verdaderamente grandilocuentes. Nunca había logrado vender ninguno de sus libros, ni allí ni en América, donde había vivido durante los últimos años.
Jóhanna estaba cansada y, por un momento, la curiosidad prevaleció sobre el desdén que sentía por su padre, y se sentó en una de las cajas a hojear el libro.
Enzo... Thảo... Sara... Alex... Anna.
Eran solo nombres escritos en un papel que no tenían ningún significado especial para ella.
Enzo nunca era capaz de saber cuándo la abuela decía la verdad. No porque las historias que contaba fueran increíbles, sino por la forma en que la abuela Beatrice lo miraba cuando terminaba la historia, con un brillo burlón en los ojos.
Entonces sospechaba que había inventado otra mentira.
—¡Oh, me estás tomando el pelo!
Cuando de adulto evocaba aquellas historias, no recordaba al pie de la letra lo que había dicho la abuela y se preguntaba dónde había rellenado las lagunas su mente infantil, si ciertas cosas no podrían deberse a un malentendido.
Como la historia de su bisabuela, María del Cielo, o la de las mujeres voladoras.
—Del Cielo —dijo la abuela mientras se sentaba en una silla en la cocina—. María del Cielo. Ese era el nombre de la madre de tu abuelo.
El abuelo en cuestión se mantenía a distancia, con un delantal alrededor de la cintura desplumando el ave que iba a servir de plato, y no parecía prestar atención alguna.
—Pero su padre era Dall’inferno (Del infierno).
Por un momento, Enzo imaginó a la bisabuela María descendiendo lenta pero segura del hermoso cielo azul, pero luego sentía los ojos sonrientes de la abuela posados en él. Le estaba tomando el pelo. Por supuesto, el bisabuelo no podía llamarse Del infierno.
—Tienes que decirme cuándo estás de broma, abuela.
—¿Cómo? ¿De broma?
—Nunca sé cuándo dices la verdad.
—Muy bien, mi niño.
—Deberías darme alguna señal.
La anciana cogió una servilleta, se enjugó los ojos y sonrió. El abuelo Giacomo se paró detrás de la abuela, cogió una bandeja de un estante y, con el esfuerzo, soltó una ventosidad.
—Ahí tienes tu señal —dijo la abuela, y él volvió a sobresaltarse por el brillo de hilaridad que descubrió en sus ojos. Ella empezó a reír y Enzo no pudo evitar imitarla. Enseguida se pusieron a llorar de risa, pero el abuelo se limitó a sacudir la cabeza y continuó desplumando el ave.
Ya de adulto, Enzo relacionó este incidente con otra historia, la de la abuela Beatrice que, cuando era joven, pudo acompañar a sus tíos a cazar gansos. Habían bebido un poco de aguardiente en una cabaña de montaña la noche anterior y partieron al alba, sintiéndose pesados y haciendo eses. Beatrice solo tenía diecisiete años y no estaba acostumbrada al alcohol, pero se mantuvo casi erguida y los siguió con su rifle, tarareando unas estrofas de caza que había aprendido esa noche y poniendo un pie delante del otro sin pensar.
Las voces de los hombres se perdieron en la bruma y de repente se hizo un silencio total. La joven Beatrice se adentró en la niebla que se enredaba entre sus piernas y se dio cuenta de que estaba sola.
Llamó, pero nadie respondió y de repente una niebla negra oscureció su vista. La joven sintió pánico, pues no estaba acostumbrada a andar por la montaña y hacía poco que había dejado de creer en fantasmas.
Caminó cuesta arriba y finalmente encontró un hueco en la cortina de niebla donde brillaba el verde de un valle y, entonces, salió el sol. Una cadena montañosa desconocida se alzaba ante ella.
A lo lejos flotaba una criatura vestida de blanco. Al principio pensó que se trataba de un pájaro, precioso y de un blanco brillante, aunque con alas negras, como una cigüeña; pero luego vio que era una mujer voladora.
La mujer flotaba sin esfuerzo en el aire, con los ojos cerrados, como si estuviera colgada de un alambre, aunque por encima solo se veía el cielo limpio, y en su rostro mostraba la expresión pacífica de una sonámbula que no perteneciera a esta vida terrenal.
Detrás de ella, Beatrice vio a otra mujer suspendida en el aire; ambas se parecían y, sin duda, debían de ser hermanas, de piel clara como si nunca las hubiera rozado la luz solar. Beatrice se sentó en el césped y dejó el rifle. Observó largo rato cómo aquellas mujeres se entrelazaban en círculos y cómo abrían los ojos y lentamente alzaban las manos y abrían los brazos. Entonces Beatrice sintió en el pecho una pena indescriptible.
Estaba a punto de llorar cuando alguien, abajo, salió de la espesa niebla. Su tío, un carpintero llamado Lamberto, la agarró por el hombro y la sacudió.
Beatrice se estremeció, como si se hubiera liberado de un hechizo. El tío la ayudó a ponerse de pie y sin decir palabra la condujo hacia donde estaban los otros. «Estaba dormida en la hierba, completamente borracha», dijo Lamberto, y los compañeros de caza se rieron, pero la abuela Beatrice aseguró al pequeño Enzo que ella había visto todo aquello con sus propios ojos y que no estaba soñando en absoluto.
Estas imágenes siempre tocaron la fibra sensible de Enzo; su bisabuela María del Cielo y luego las mujeres voladoras: no podía evocar a una de esas imágenes sin que apareciera la otra.
Vio estos recuerdos de las historias de su abuela con más claridad que muchas otras cosas que había vivido en su infancia. Aquella asociación de ensueño y vuelo no lo abandonaría nunca.
Mientras esperaba su primer hijo, Enzo vio una bandada de gansos que volaban en formación de uve. Se preguntó cómo sería ser el pájaro más joven; el que no sabía que por delante tenía un vuelo más largo de lo que cabía imaginar, a lugares que no podía sospechar.
Los pájaros desaparecieron y sintió un escalofrío. Empezó a correr por el páramo como si el diablo le pisara los talones, en dirección al pueblo y luego hacia la granja, y no se detuvo ni siquiera cuando lo llamaron.
Rápidamente abrió la puerta del dormitorio y se acercó a su joven prometida, que estaba llorando junto a la cama. Benedetta lo miraba con ojos aterrorizados; tenía una sábana ensangrentada entre las manos.
Los días siguientes, la gente trató de consolarlos prometiéndoles que pronto llegaría una abundante prole, que dentro de unos años verían niños correteando por todas partes hasta hartarse. Al mismo tiempo, se estaba gestando la guerra y, en medio de su dolor, Enzo recibió la noticia de que se había reducido la edad mínima para el reclutamiento. Poco después lo llamaron a filas y pronto lo enviarían a recibir instrucción militar.
—Enviarte a la instrucción, qué desastre, qué desgracia mandar a hombres tan jóvenes a la guerra —dijo su abuela en tal estado de alteración que la emoción y el orgullo que había sentido Enzo al abrir la carta se desvanecieron como la niebla bajo sol—. ¿Y qué pasa si te envían al frente? ¿Qué sucederá entonces, Enzo? ¡Te van a disparar, Enzo!
Enzo dejó la carta y salió. Se puso a deambular abrumado por su desgracia y subió a una colina donde un olivo se recortaba contra el cielo púrpura. Se detuvo allí y miró hacia el pueblo que brillaba bajo el sol poniente y se preguntó si alguna vez regresaría.
Sus padres habían fallecido. Salvatore murió en un incendio cuando Enzo tenía tres años y Teresa unos años después como consecuencia de una enfermedad interna. El apellido Coniglio estaba condenado a muerte. Enzo se tumbó en la hierba y se quedó observando cómo las nubes se deshilachaban durante mucho, mucho tiempo. Finalmente se levantó y vio un excremento de perro, seco, que se había cocido al sol; incluso eso le causó una gran tristeza. ¿La vida no tenía sentido? Le pidió al Creador que le diera una señal, el vuelo de un ave, una zarza ardiente, lo que fuera. Pero lo único que pasó fue que el sol se ocultó detrás de la colina.
Las hojas de los olivos susurraban con la brisa. Enzo miró los frutos y quiso percibir el sabor de las aceitunas crudas, esas que habían brotado del mismo suelo que él. Escogió una y la comió, sintiendo el amargor en la boca mientras intentaba sin éxito masticar aquella masa dura como una piedra, que terminó tragándose entera. Luego tomó otra aceituna y siguió el mismo procedimiento, y otra y otra, engullendo un puñado tras otro con obstinada frustración hasta que le ardió la garganta. Luego se dirigió a casa.
Al día siguiente se despertó tan enfermo que hubo que llamar a un médico, quien tras un examen anunció que aquel joven estaba al borde de la muerte y necesitaba ingresar en el hospital lo antes posible. Enzo apenas pronunció una palabra sobre su dolor de estómago, pero, según quiso la Providencia, el hospital contaba con un equipo de rayos X nuevecito. Le dieron analgésicos y, cuando empezó a sentirse mejor, el especialista trajo los resultados.
—He consultado las radiografías —dijo.
—¿Y qué, estoy bien?
—Me temo que no. Hemos encontrado una sombra.
—¿Qué quiere decir?
—Sombra. Cáncer, joven. Se ha extendido por los intestinos. Nunca he visto nada parecido. No es extraño que sienta dolor. A juzgar por la imagen, es un milagro que siga en pie.
—Pero, doctor —gimió Enzo—. ¡Me van a enviar a la guerra!
—Joven, no tiene que ir a ningún lado a morir. Me parece poco probable que sobreviva a este mes. Váyase a casa.
Enzo se puso el sombrero y parecía que iba a echarse a llorar. El especialista se sentó ante un escritorio, se puso las gafas en la nariz y garabateó algo en un papel.
—No se puede poner un rifle en manos de un adolescente tembloroso y al borde de la muerte. Con la primera tos, se le caerá el arma de las manos y disparará a quien esté más cerca.
Enzo no alzó la vista, pero asintió.
—Presente esto a su superior —dijo el especialista, entregándole una carta que certificaba que Enzo Coniglio no era apto para el servicio militar debido a un cáncer incurable que lo llevaría a la muerte en poco tiempo.
Enzo agradeció al doctor la sentencia de muerte, se despidió, regresó a su casa y se encerró en un aseo donde expulsó más de un kilo de aceitunas indigestas.
Así fue como Enzo se libró de las máquinas de guerra del mundo, que lo habrían hecho pedazos y habrían puesto fin a la historia familiar. Él y Benedetta se mudaron a Pensilvania, Estados Unidos, donde su tío paterno trabajaba como minero. Allí tuvieron a su único hijo, Federico, a quien querían con tanta pasión como habrían querido a todos los niños que les habían prometido. Llevaban una vida sencilla, pero más próspera que la esperable en el campo italiano.
Hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial y su único hijo, Federico, fue reclutado. Se volvió loco de miedo y, cuando Enzo llegó a casa, el joven estaba recostado desconsoladamente en el sofá.
—¿Qué sucede? —preguntó Enzo.
—Me mandan a la guerra, papá —respondió Federico.
—No si puedo evitarlo —replicó Enzo, y comenzó a llamar a diestro y siniestro tratando de obtener aceitunas crudas. Al final encontró a un fabricante que estaba dispuesto a enviarle una caja entera por un precio razonable. Unos días más tarde, colocó sobre la mesa una pila de color negro brillante para su hijo.
—Cómetelas si quieres vivir —le ordenó.
El hijo no tuvo más remedio que obedecer y Enzo lo llevó al hospital, donde Federico se quejó de dolor abdominal y deposiciones dolorosas. Lo enviaron para que le hicieran una radiografía y, mira por dónde, también le diagnosticaron un cáncer incurable. No apto para el servicio militar.
Así escapó de la muerte y pudo prolongar la vida de la familia Coniglio por una generación más.
Federico se casó con Sara, una muchacha italiana del barrio, y con ella tuvo un niño; al igual que su padre solo tuvo un hijo. Le pusieron de nombre Anthony. Como su padre y su abuelo, Anthony fue reclutado por el ejército. Era a finales de 1972 y pretendían enviar al representante de la familia Coniglio a luchar contra los comunistas en Vietnam.
Anthony había estado esperando aquel día con una mezcla de ansiedad y expectación, porque comer aceitunas se había convertido en un rito de iniciación para los hombres de la familia. Toda su vida había escuchado las historias de su abuelo y de su padre, que siempre terminaban señalando un tarro de aceitunas verdes españolas colocado en un estante, donde ocupaba un lugar de honor.
Aquellos pequeños y brillantes frutos simbolizaban la vida y la muerte, un viaje a través de la historia familiar y el cuerpo de su padre y su abuelo. Un viaje que comenzaba en sus bocas masticadoras, para continuar a través del fuego purificador de los intestinos y los rayos X, y terminaba con su salida, incólumes, en una especie de degenerada reencarnación.
Por supuesto, al joven le costó mucho llevarse a la boca comida tan significativa y hasta entonces se había negado obstinadamente a probar las aceitunas.
Cuando lo llamaron a filas, su padre y su abuelo entraron a su habitación con un frasco lleno de aceitunas verdes, tal como lo había imaginado en sus pesadillas.
—Querido hijo —dijo su padre—. Ha llegado el momento.
—Las aceitunas —continuó el abuelo Enzo—. Ahora es tu turno.
—Papá... abuelo —contestó Anthony pálido como un cadáver—. No puedo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Enzo.
—No puedo comer aceitunas.
—¿Qué le pasa a este niño? —dijo Federico, y le apuntó con el frasco—. Tu abuelo y yo las comimos. Son solo aceitunas.
—Son asquerosas.
—¿Qué está diciendo? —preguntó Enzo.
—¡No las quiere!
—No las quiere... ¿No está en su sano juicio?
—Abre la boca, hijo mío.
Anthony se negó y, después de algunas pataletas, su padre y su abuelo lo sujetaron con firmeza y le llenaron la boca de aceitunas, que escupió con la misma fuerza.
—Deja de morder, maldita sea. Deja de morder —gritó su abuelo mientras Federico empujaba a su hijo; luego le cerraron la boca hasta que Anthony tragó. Una tras otra: diez, veinte, treinta. Tragó, tragó, tragó. La cara de Anthony estaba moteada de rosa y al poco tiempo se quedó casi sin respiración.
—Dios mío —gritó su madre al ver lo que estaban haciendo—. ¡Se está ahogando, lo estáis matando!
Lo liberaron, pero él no se recuperó. Los labios se hincharon y los ojos se inflamaron, como si alguien le hubiera dado un puñetazo. No se estaba ahogando. Fue una reacción alérgica. Lo llevaron rápidamente al hospital, donde le extrajeron todo aquello del estómago.
El rito iniciático había fracasado. La familia estaba en estado de shock. Nada de cáncer. Nada de certificado médico. Era alérgico a su única salvación.
—Se acabó todo este maldito lavado con jabón —le dijo encolerizado Federico a su esposa Sara—. Le has inculcado una neurosis higiénica que ha destruido su tolerancia hacia los productos naturales.
—¿Ahora va a ser culpa mía?
—Sí, lo estás sobreprotegiendo.
—¡Vosotros lo habéis acosado!
—¡Acosarlo! Estábamos tratando de salvarle la vida.
—Siempre esas horribles historias de las aceitunas.
—Nada de horrible tienen las aceitunas, ¿os habéis vuelto todos locos?
—Esto ha causado algún trastorno somatomorfo, estoy segura.
—¿Somatomorfo? Menuda idiotez.
—Las enfermedades tienen sus raíces en el plano espiritual, es algo cada vez más evidente.
Las aceitunas fallaron y tuvieron que ver cómo su hijo desaparecía en las selvas de Vietnam. No lo vieron ni supieron nada de él durante varios años y no recibieron carta alguna.
Entonces, un buen día apareció con una mujer vietnamita.
—Hola —dijo—. He vuelto de la guerra.
Pero no era del todo cierto. No había vivido en un campamento militar como estaba previsto y menos aún en Vietnam. Anthony había huido atravesando la frontera con Canadá y había permanecido cuatro años en aquel país, sin atreverse a regresar a casa hasta que el presidente Carter hubo concedido la amnistía a los desertores de la guerra. Mientras tanto se había alojado en refugios administrados por organizaciones humanitarias, temeroso del gobierno estadounidense y no menos de su padre y su abuelo. Erraba sin rumbo y a veces vivía como una especie de vagabundo. Hasta que una familia de refugiados de Toronto se apiadó de él.
Hasta que una joven se enamoró de él a distancia.
La familia que había conocido Anthony gozaba de un cierto estatus especial entre los vietnamitas del barrio donde vivían. Como personas educadas de origen católico, les resultó más fácil adaptarse que a la mayoría de sus conciudadanos. La familia había prosperado cuando el país estaba bajo dominio francés y, en su juventud, el patriarca Bảo Lộc y su hermano habían ido a estudiar a París. El hermano estudió para dentista; Bảo Lộc estudió Economía. Durante sus años de estudiante, este había quedado fascinado por el comunismo. Cuando regresó a casa, se convirtió en su defensor y apoyó el movimiento por la libertad —para consternación de su padre—, el mismo movimiento que llevó al fin de su propia clase social.
A Bảo Lộc y su esposa Lieu les entristeció terminar en Toronto y no en la parte francófona de Canadá, pero eso no les impidió hablar francés en todo momento, incluso en el curso de inglés al que asistieron con su hija Thảo.
—Good morning class —dijo el maestro al entrar.
Y miró directamente a Bảo Lộc, que estaba sentado en la primera fila y no esperaba que se dirigiera a él tan directamente; así que, en medio de su aturdimiento, se puso en pie y respondió al maestro alto y claro:
—Bonjour !
Bảo Lộc y Lieu también ignoraron por completo la regla consuetudinaria de no entablar conversación con la gente del norte de Vietnam, que tenía cuidado de no hablar en voz alta en la calle por miedo a que alguien se percatara de su acento. Y la despreocupación de la pareja les granjeó impopularidad, como si esa actitud fuera una muestra de arrogancia y no de genuina amabilidad; pero su sencillez acabó dando frutos en poco tiempo, porque rápidamente entablaron relaciones con otras personas que se cruzaron en su camino y que les prestaron ayuda para montar un negocio. Cuando Bảo Lộc se encontraba con sus vecinos en el jardín, donde se divertían jugando a las cartas, estos a menudo se burlaban de él.
—Bonjour —lo saludaban socarrones.
—Ah, bonjour —respondía él alegremente.
—¿Dónde se había escondido el monsieur?
—Por ningún lado en particular, sentando las bases de mi independencia, messieurs.
—¿En serio? Nada más y nada menos. ¿Y qué llevas ahí, una botella de vino?
—Sí. Y este debe ser bueno. Hecho aquí en Canadá.
—¿Vas a invitar a tus amigos del Viet Cong?
—No —dijo Bảo Lộc riéndose de buena gana—. Esto es para preparar el coq au vin que vamos a cenar. Pero ahora tenéis que disculparme, que tengo prisa. Au revoir!
Bảo Lộc y Lieu nunca tomaron más que moderadamente en serio las advertencias de sus compatriotas. Y en lugar de lamentarse del estatus que habían perdido, se enfrentaron a su nueva suerte con serenidad —su suerte como capitalistas— porque, habiendo alcanzado la mediana edad, montaron un negocio por primera vez en su vida, con el apoyo de particulares que ayudaban a los refugiados. Cuando llegaron orgullosos en una camioneta que tenía escrito en la parte trasera y delantera Servicios de Limpieza de Nguyen, estalló un enorme júbilo en el vecindario. La gente se agolpaba y hacía señas a los que estaban en casa para que salieran a las ventanas y vieran cómo la pareja cruzaba el vecindario lentamente, dando vuelta tras vuelta alrededor de Alexander Park para que nadie se perdiera el inicio de su marcha triunfal. Entonces se empezaron a escuchar risas; alguien dijo:
—Es el camión de los helados.
La pareja pareció hacer caso omiso de aquellas palabras, o al menos nada más se colegía de su expresión mientras, con las gafas de sol en la nariz, se mantenían serios al volante.
—Os han vendido un viejo camión de helados —se volvió a escuchar y luego hubo aún más risas y, un momento después, el camión dobló una esquina y desapareció.
—No es verdad, Thảo —escuchó decir a su padre cuando llegaron a casa—, no es un camión de helados, ¿cómo se les ocurre semejante tontería?
Pero cuando Lieu salió de casa, Bảo Lộc se escabulló para llamar a alguien y, después de una larga perorata sobre cosas sin interés, llegó finalmente al tema principal; Thảo lo oyó preguntar en voz baja si era posible que el camión se hubiera usado para vender polos a los niños del barrio. No oyó lo que dijo la persona al otro lado de la línea, pero Bảo Lộc murmuró oui, oui o bien sûr o très bien, aunque eso era lo que solía hacer sin importar el contexto, por lo que no había forma de saber cuál había sido la respuesta.
Durante estos primeros meses de su residencia en Toronto, Thảo solía apoyarse en el alféizar de la ventana, apática y solitaria, observando la vida humana y el follaje otoñal del parque de abajo. Vivían en un bloque de apartamentos pequeño pero limpio cerca de Chinatown, donde ella asistía a clases de idiomas, aunque, por lo demás, solía quedarse en casa y prepararse para seguir estudios superiores.
Le costaba mucho comer, de lo cual se avergonzaba; era algo que escondía lo mejor que podía, dejando caer trozos de comida en una servilleta cuando su madre, Lieu, no estaba mirando.
A pesar de la libertad de la que entonces disfrutaban, ella se sentía atrapada, no solo porque tenía que hincar los codos, sino porque sus padres la estaban volviendo loca: los embarazosos barbarismos franceses y el revuelo que había levantado aquel estúpido camión de helados habían convertido a la familia en el hazmerreír de todos los vietnamitas de Chinatown.
Y mientras Thảo se sentaba con un libro de gramática apoyada en el alféizar de la ventana, muerta de aburrimiento, comenzó a percatarse de la presencia de un joven que a menudo se sentaba solo en un banco de Alexander Park, con las manos metidas en los bolsillos de una fina chaqueta. Hasta allí había llegado Anthony Coniglio con ese pelo oscuro que le caía hasta los hombros, su gran nariz y unos ojos tristes que a ella le recordaban un poco a Ringo Starr.
No entendía que los chicos canadienses de su edad anduvieran con el pelo largo como si pretendieran ser femeninos; a menudo le parecían un poco tontos, e incluso a veces también un poco peligrosos.
El consumo de drogas la aterrorizaba tanto que contenía la respiración cuando se encontraba con algún grupo de jóvenes que fumaba cigarrillos, solo por si acaso. Pero se sentía fascinada por aquel vagabundo solitario que se sentaba en el jardín día tras día, con las mejillas sin afeitar. Y cada día que pasaba, su fascinación crecía. Le costaba mucho centrarse en el estudio si no lo veía por ningún lado, y levantaba la vista de los libros con la esperanza de verlo aparecer.
Y cuando finalmente se presentaba, ella se regocijaba interiormente y sentía casi como si un pájaro cantor se hubiera posado en una rama delante de su ventana, y, tras ello, ya no leía una sola palabra en sus libros.
De algún modo misterioso se parecía a ella al deambular así por el jardín como un poeta sumido en una profunda meditación. Debían de tener un destino común. Ella hacía confluir en aquel joven las imágenes de todos los héroes románticos sobre los que había leído. Estaba perdido, como ella. Ambos pertenecían a la misma existencia solitaria. Él tenía tanta hambre como ella falta de apetito. Se imaginó que envolvía las sobras en un periódico y se dirigía hacia él —en su mente no se encontraba con nadie en el hueco de la escalera y el jardín estaba vacío exceptuando a ellos dos—, él estaba solo y ella se acercaba a él...
Su visión de ensueño terminaba allí.
No porque imaginarse besando le diera vergüenza. Ella no quería un beso. Ella solo quería darle de comer. Que él la mirara, al principio con incredulidad, pero luego con creciente gratitud.
Su sueño era tan modesto como ella misma y solo se presentaba fragmentado antes de desvanecerse. Imposible saber qué decirle. Tenía miedo de no entender lo que él decía, o de no poder responder sin hacer el ridículo.
Día tras día se sentaba apoyada en el alféizar de la ventana y miraba fascinada al joven. Se decepcionaba si lo veía deambulando con un sándwich y un café. Luego tiraba el almuerzo a la basura y no le importaba si su madre estaba presente; solo pensaba en quién le había dado a él aquel bocado.
Era amor. Un sufrimiento vano.
Tenía que encontrar una razón para escaparse sin que su madre la interrogara, pero no se le ocurría nada. Todo parecía muy poco verosímil. Esto le dio muchos quebraderos de cabeza. En medio de esta preocupación, se dio cuenta de que el vagabundo no había aparecido en todo el día.
¿Habían pasado dos o tres días desde la última vez que lo vio? ¿Había desaparecido cuando estaba a punto de acercarse a él? ¿O había tenido un accidente?
—Te estás quedando en los huesos —dijo Lieu—. ¿Tienes algo de anemia?
Thảo apenas escuchó lo que le había dicho su madre. Ya no importaba nada.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lieu, pero la hija no quiso responder o no pudo.
Finalmente, la madre empezó a sospechar lo que estaba ocurriendo. Por supuesto, solo podría ser una cosa. Se sentó en la cama donde su hija estaba tendida bocabajo, sumida en su angustia cotidiana, y acarició sus delicados hombros.
—Hija...
Ella murmuró algo.
—Hija mía...
Murmuró de nuevo.
—¡Thảo!
—Mamá.
—¿Cómo se llama?
—... nada.
—... nada.
—¿Es el hijo de Bian, el alto?
—... no.
—¿Es ese Phuc, el que se sienta en el último banco de la escuela de idiomas y pega mocos en las paredes cuando cree que nadie está mirando?
—Oh, no.
—¿Es Duc Luong, al que arrestó la poli, solo porque parece tan taimado?
—¡No!
—A ver..., ¿es ese viejo asqueroso que vive detrás del supermercado, el que está tan pegado a su ropa que a veces la arranca a tiras cuando tiene calor? ¿De ese estás enamorada?
—¡No! ¡Mamá!
—¿Quién es entonces?
—Yo... no sé cómo se llama.
—Ay.
—Es guapísimo.
—Ay, ay.
Ella suspiró.
—Hija mía, ¿ha hecho algo...?
—No, mamá. Nunca he hablado con él. No sé dónde está.
Lieu no estaba acostumbrada a mostrar ternura, pero consoló a su hija.
La acarició y le alisó el pelo, contenta.
—Vendrá otro.
—¡No quiero otro!
Luego pasaron días y largas noches. Por cada partícula del recuerdo de aquel vagabundo de nariz roja que se consumía, una parte igual desaparecía también de la propia Thảo. Se estaba transformando en nada.
Finalmente, el padre empezó a prestar atención.
La hija miraba fijamente al techo durante el almuerzo, pálida y abatida.
—¿La han lobotomizado? —preguntó Bảo Lộc a su esposa—. No come nada, lo que se dice nada. ¿Qué está pasando? ¿Puede ser lo mismo que le sucedió a Luc Duon?
—No, Bảo Lộc.
—Perdía fuerzas comiera lo que comiera, nadie entendía nada...
—Esa historia no, ahora no —replicó Lieu.
—Estaba cada vez más delgado. Como si lo hubieran hechizado.
—Cállate y llena el buche.
—Entonces lo llevaron al médico. Enseguida vio lo que pasaba; le pidió que se quitara los pantalones y se inclinara hacia delante. Y Luc Duon dijo «no estoy acostumbrado a hacer esto con nadie», pero, por supuesto, confiaba en el médico.
—Bảo Lộc, no sigas.
—¿Y qué pensáis que vio...?
—¿Crees que tu hija comerá algo más si continúas contando esa historia repugnante?
—Sacó ese largo y feo...
—Tú y tus historias, historias únicas y sin sentido.
—... gusano blanco y transparente...
—¿Papá?
—... fuera de... ¿Sí, mi amor?
—¿Puedo ir a mi cuarto?
—Sí —respondió Bảo Lộc—. Sí, claro.
Se levantó y dejó a sus padres silenciosos.
—Está enamorada, tontorrón —dijo Lieu.
—Enamorada —repitió Bảo Lộc frunciendo el ceño.
—Sí, locamente enamorada.
Ella lo miró fijamente.
Bảo Lộc contempló el techo como si estuviera intentando entender algo.
—¿Y cómo se llama entonces? —dijo—... ¿el gusano?
Thảo entró en la habitación y cerró la puerta; había dejado de llorar. Solo quería estudiar sus apuntes de inglés.
Se paró frente al espejo y recitó un poema que quería memorizar. Terminó el último verso y volvió al libro para revisar el texto. Miró hacia el jardín. Allí estaba él, con aquel abrigo amarillo mostaza, deambulando como si nunca hubiera estado en otro lado. Ella miró asombrada, se dejó caer sobre el alféizar de la ventana y dejó escapar un grito medio ahogado. Él salió de su campo de visión y desapareció detrás de los árboles y arbustos.
Antes de darse cuenta, había agarrado su abrigo y cruzaba corriendo la puerta de casa de sus padres como una exhalación; ellos se quedaron quietos mientras sonaban los pasos en el hueco de la escalera, pero luego se precipitaron a la ventana para ver adónde iba su hija.
Thảo corrió directamente hacia el parque y miró en todas direcciones, pero no lo vio por ninguna parte, así que se dirigió hacia donde la vegetación crecía descuidada y los matorrales se enredaban libremente. Había una pequeña arboleda y, más allá, un lodazal, verjas y más bloques. El abrigo amarillo no se veía por ninguna parte entre el gris otoñal. Se detuvo y escuchó, corrió hacia el lugar del que procedía un ruido sordo y se asomó a la espesura. Allí se percibía una sombra.
El sol salió de detrás de una nube y envió sus rayos a través del crepúsculo, hacia algo de color rosa pálido que brillaba entre las ramas y la vegetación. Thảo no se dio cuenta de lo que era hasta que un líquido de color amarillo brillante regó el suelo. Ella se quedó allí congelada y miró fijamente esa carne colgante, tan fea pero inocente al mismo tiempo, mientras él irrumpía de un arbusto. El chico salía de repente de aquel terreno de enredada vegetación, moteado de sombras y luces, y ella gritó tan fuerte que él se sobresaltó y tropezó, de tal manera que casi se cayó, pero aun así luchó valientemente para subir la cremallera del pantalón. Cuando finalmente recuperó el equilibrio, se quedó boquiabierto y la miró estupefacto y atontado; frente a él había una adolescente que lo observaba confundida. Luego ella sonrió.
Los padres permanecieron pegados a la ventana del salón y vieron cómo ella aparecía con un joven a su lado, muy delgado, pálido y narigudo. La capa de nubes se desintegraba, proyectando alternativamente luz y sombra sobre ellos, como si el mismo Todopoderoso quisiera bendecirlos.
Lieu y Bảo Lộc no recibieron de inmediato con los brazos abiertos al nuevo amigo de su hija, pero cuando Thảo explicó que estaba desertando del Ejército, su actitud se suavizó. Había aparecido al comienzo del festival de otoño y, aunque la familia todavía era nominalmente católica, sintieron que el joven no podía ser más que un presagio de algo bueno. Cuando les dijo que el apellido Coniglio significaba «conejo», Thảo señaló la inmensa luna que recorría el cielo a gran velocidad y preguntó: «¿Ese conejo?».
No tenía ni idea de lo que quería decir.
Thảo apagó la luz y fue a buscar un trozo de papel de arroz que colocó contra la ventana. Él miró por encima de su hombro, percibió su perfume, notó cómo su cabello brillaba a la luz de aquella luna formidable.
Puso un anillo en el papel y luego siguió el patrón de la luna, dibujando tranquila, lentamente. Una sonrisa confusa apareció en sus labios y el único sonido que se podía escuchar era el leve trazado del lápiz. Cuando se sintió satisfecha con el trabajo, colocó el papel en la repisa. Alrededor de las sombras de la luna había dibujado la silueta de un conejo: dos orejas largas, una cabeza pequeña, patas y un hocico.
Anthony miró hacia arriba y trató de ver lo mismo entre las sombras de la luna, pero, aunque tenía el dibujo para hacer la comparación, fue incapaz de ver al animal. Permanecieron un rato en silencio y miraron a la luna. En lugar de un conejo inocente, la mente de Anthony empezó a ver gradualmente imágenes aterradoras. La cara de la luna tomó la forma de una imagen de rayos X grises con lesiones negras y espantosas, y pensó en las aceitunas que sus antepasados habían metido en sus intestinos.
Luego las siluetas adquirieron un significado diferente. Parecían la ecografía que había recibido de la única persona que sabía adónde había huido. La chica con la que se había acostado cuando supo que lo iban a enviar a Vietnam.
Tras haber pasado unos meses solo en Canadá, Anthony había hecho lo que no había tenido intención de hacer: enviarle una carta. La chica, que se llamaba Leonor, respondió de inmediato con una ecografía. Él la guardó en su abrigo. No podía mirarla, pero tampoco se veía capaz de tirarla.
La chica esperaba un pequeño Coniglio. Luego transcurrieron tres años y Anthony no tuvo más noticias.
Entonces, miró hacia el cielo.
Allí estaba varado el conejo de la luna.
La joven pareja, nada más llegar a Estados Unidos, acudió a casa de los padres de Anthony, porque no tenían dinero y necesitaban un lugar donde quedarse. Este se peinó de lado y apretó la mano de Thảo con tanta fuerza que le hizo daño. Tras un momento de indecisión, llamó a la puerta. Abrieron, y frente a ellos apareció un hombre de mediana edad con una camiseta de tirantes. Del rostro sobresalía la misma gran nariz que tenía su hijo, salvo que estaba hinchada por efecto del vino tinto. El hombre se quedó boquiabierto y, sin decir palabra, los dejó entrar.
Anthony no dijo nada, y lentamente se dirigió al vestíbulo arrastrando a Thảo.
En el salón estaba sentado un hombre diminuto y encorvado que, según le parecía a Thảo, tendría al menos cien años, de orejas grandes, nariz larga y gafas de culo de vaso, casi del tamaño de la pantalla de televisión que estaba mirando mientras deslizaba, dentro de la boca, su dentadura postiza hacia delante y hacia atrás.
La madre de Anthony levantó la vista del periódico y casi se le cayó el cigarrillo de los labios al ver quién había llegado. Los padres intercambiaron algunas miradas, pero ninguno dijo nada. El abuelo instaló correctamente la dentadura y pareció percatarse, finalmente, de que había visitantes, a los que miró con ojos inquisitivos.
—Bueno —dijo Anthony en voz baja—. He vuelto de la guerra.
—De la guerra —repitió el padre.
—Sí, papá. Y esta es Thảo... Estamos casados.
—Sí, bueno, recién casados.
El padre se acercó a su hijo y le puso las manos en los hombros.
Se quedó así frente a él por un rato y asintió lanzando una mirada extraña a su rostro mientras Anthony sonreía como un idiota, pero Thảo no se atrevió a mirar hacia arriba y sentía que iban a fallarle las piernas en cualquier momento.
De repente el hombre agarró la cabeza de Anthony.
—Acabas de llegar de la guerra, ¿eh?
—Sí, papá. He vuelto a casa.
El padre le agarró de las orejas y tiró de ellas haciendo que Anthony gritara de dolor.
—¿Has estado en Vietnam? Maldito idiota. ¿Crees que no han estado buscándote? ¿Crees que no sabemos que has estado escondiéndote? «De la guerra», ¿crees que somos estúpidos?
Thảo también gritó. Esto no era lo que ella esperaba.
La madre se interpuso, pero el abuelo Enzo, que todavía estaba sentado en el sofá, puso las manos detrás de las orejas para oír mejor.
Finalmente, Federico lo soltó, dejando al hijo en brazos de su madre, con las orejas de color rojo brillante, mientras Thảo seguía de pie allí en medio, como un pez fuera del agua.
—¿Ibas a arrancárselas? —gritó Sara—. ¿Estás loco de remate?
—¡No has llamado ni una sola vez, nunca has enviado una carta!
—¡Lo siento!
—¿Pero qué tienes en la cabeza?
—¡Lo siento!
—No hemos dormido. Tengo problemas cardíacos por la falta de sueño.
—¡Lo siento!
—No puedo conciliar el sueño por culpa de las arritmias...
—¡Lo siento!
—¿Cómo pudiste hacerle eso a tu madre? —dijo el hombre con voz temblorosa—. Tu propia madre que te trajo al mundo. ¿Cómo no te da vergüenza?
—Lo siento —dijo Anthony, y sollozó.
Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas, pero continuó contándole jadeante la agonía que habían soportado en su ausencia. Su abuela había muerto. Al final todos terminaron llorando. La madre abrazó con fuerza a su hijo y lo apretó contra su tierno pecho. Federico se sentó a la mesa, se sirvió un vaso y se enjugó la humedad de la cara. Entonces finalmente se acordó de su nueva nuera, que lo observaba con miedo. Sacudió la cabeza y alzó el vaso.
—Salute —dijo; y bebió.
Tras el emotivo reencuentro de la familia Coniglio, la nueva vida de los recién casados en Estados Unidos fue sobre ruedas. Anthony consiguió un trabajo con su tío como mensajero y Thảo se puso a trabajar lavando platos en un restaurante, empleo que estaba mal pagado y era más duro de lo que esperaba. Pasaba todo el día pensando en el tiempo que Anthony y ella iban a compartir por la noche, y eso hacía el trabajo más llevadero.
Los fines de semana iban juntos al mercadillo y compraban cosas para el apartamento que habían alquilado. Durante los primeros meses se sintió feliz y enamorada. Le gustaba hacer el amor y Anthony se mostraba amable con ella, pero la mirada triste de sus ojos no desapareció. Era como si siempre estuviera en guardia. Su esperanza era que él cambiara cuando volviera a casa, que fuera más feliz; pero cuando intentó descubrir lo que había bajo la superficie, no encontró nada. Anthony era como un libro cerrado y ella quería ver dentro de su corazón, entender lo que se ocultaba detrás de esos ojos tristes.
Pronto se desvaneció el amor.
Anthony carecía de humor, pero estaba libre de arrogancia y no era autoritario. En ese sentido, era diferente a los padres de Thảo. Pero él también se mostraba callado e inquieto por las noches, y ella temía que se cansara de su compañía. Era sensible y hogareño y no muy inclinado a salir con ella a ningún lado, excepto al cine, como mucho. Así que se sorprendió cuando él le dijo que algún día iría a ver a sus amigos. Nunca se los había presentado y parecía suponer que ella se quedaría en casa mientras tanto. Anthony salió de casa antes de que ella pudiera darse cuenta, pero decidió que a él le vendría bien. Un hombre debía tener amigos.
Esto se volvió rápidamente una costumbre. No sabía cómo pedirle que se quedara en casa por la noche, aunque fuera lo que más anhelaba en el mundo.
Durante el invierno, cuando la soledad empezaba a pesar sobre ella, se quedó embarazada. Esperaba que la familia de Anthony finalmente la aceptara, pero la noticia pareció alegrar poco a los suegros.
Thảo se sentía prisionera y, una noche, presa del pánico, acusó a Anthony de no querer tener el bebé. Gastaba dinero en cerveza cuando ni siquiera tenían cochecito ni cuna. Él dijo luego que iba a construir una cuna, pero ella se rio porque no había hecho nada en casa desde que se mudaron. Él se encolerizó y la llamó ingrata y algunas cosas más antes de salir por la puerta. Volvió a casa completamente borracho y durmió en el sofá. Se disculpó al día siguiente y dijo que no había pretendido decir lo que había dicho, que había hablado sin pensar.
Una noche llegó la hora de la cena y él no aparecía por ninguna parte. Tan enfadada estaba que deseó que hubiera tenido un accidente y hubiera quedado lisiado. Seguramente estaba en el bar «tomando una copita». Pero luego se sintió espantada: ¿y si se hubiera producido realmente el accidente y él estuviera muerto en el hospital y su hijo huérfano de padre?
Cuando Anthony llegó a casa, ella se negó a hablar con él y, tras encerrarse en el baño, lloró. Él pidió perdón y prometió enmendarse. Al final ella salió y se disculpó por haber actuado así.
Pero la siguiente vez que ella se encerró en el baño, él apenas le prestó atención y se quedó viendo un partido de béisbol, con una cerveza en la mano, hasta que ella salió. Luego preguntó:
—Qué, ¿ya has terminado?
Ella había dejado a su familia para buscar el amor. No podía estar triste. Pensó en las personas que conocía; en el pequeño Trieu que vino solo al mundo y no llegó a saber nada de lo que les había pasado a sus padres, en las muchachas que eran más jóvenes que ella y se habían enfrentado a penurias inimaginables; también pensó en las personas que habían quedado atrás en su país natal; en esas personas discapacitadas a las que nadie prestaba ayuda; en esas personas enfermas que habían muerto en los campamentos esperando una vida mejor. Ella solo podía estar agradecida.
En primavera tuvieron una hija, de hermoso cabello y ojos negros. La bautizaron con el nombre de Sara en honor a la madre de Anthony, que no pareció conceder mucha importancia a tal honor.
Durante los primeros meses, Anthony salía del trabajo y volvía a casa corriendo para abrazar a su bebé y admirar lo hermoso que era —y, aunque ambos estaban felices por lo mismo, cada uno lo estaba a su manera—. No mucho tiempo después él decidió pasar de nuevo por el bar de camino a casa.
Luego empezó a enfadarse cuando el bebé lo despertaba por la noche.
—Tengo que trabajar mañana —gritó una vez, y dio un golpe en la pared, de modo que la niña se puso a llorar aún con más fuerza.
Thảo estaba empezando a darse cuenta de que nada cambiaría. Anthony nunca le había devuelto más que una pequeña parte de lo que ella le había dado. Nunca se ponía de su lado y fingía no percatarse de cómo le hablaba su madre. Thảo no podía confiar en su solvencia económica y se vio obligada a pedir dinero a sus padres en Canadá.
Así transcurrieron los años, encerrados ambos en un círculo vicioso del que parecía no haber salida.
Sara creció, espabilada y respondona, y desde el principio quedó claro que era una buena estudiante. Cuando la niña tenía doce años, Thảo se reunió con la maestra, una mujer con la que había hablado muchas veces a lo largo de los años, y se quejó de que habían vuelto a cobrarle más por las excursiones.
—¿Cómo se le ocurre a la dirección hacer esto? —preguntó—. Trabajo de la mañana a la noche y, sin embargo, apenas nos llega. Y en cuanto a mi marido, es un manirroto...
Thảo le explicó a la profesora, durante un rato largo, los problemas económicos del matrimonio, sin esperar que eso favoreciera un cambio del precio de las excursiones, pero cuando terminó, la conversación tomó un rumbo inesperado.
—No es que me importe —dijo la profesora adoptando la característica expresión de simpatía— ni es mi trabajo entrar en este asunto, pero tengo que preguntarle algo... ¿Sabe que Anthony está pagando una pensión alimenticia?
—¿A qué se refiere con pensión alimenticia? —preguntó Thảo tras un momento de vacilación.
—Tiene un hijo —respondió la maestra con una expresión de preocupación en el rostro—. Lo siento, no debería contarle esto. Y en realidad no puedo hablar de este tema... pero siento compasión por usted.
—¿Está segura de que se trata de mi Anthony? —replicó Thảo.
—Hay un niño que viene a esta escuela. ¿Recuerda a aquel que salió en las noticias cuando se cayó del balcón al romperse la barandilla? Era él. El niño no sabe quién es su padre... No me pregunte cómo me he enterado; digamos que no hay secretos en la sala de profesores. Lo siento, pero creo que tiene derecho a saberlo.
—Esto no puede ser cierto —dijo Thảo, luchando por pronunciar correctamente las palabras—. Debe de ser un malentendido.
Salió furiosa de la reunión.
Tenía una vaga idea de dónde vivía ese niño. Recordó el momento en que se cayó del balcón y se rompió el brazo. Se convirtió en noticia, y el pequeño apareció en una entrevista televisiva con el brazo en cabestrillo. Había aconsejado a todos que tuvieran cuidado con las barandillas de los balcones.
Al evocarlo, también lo vio con aquella gran nariz.
Después de una acalorada discusión con Anthony, Thảo decidió marcharse a casa de sus padres y se llevó a Sara con ella. Después de unos días en Canadá, se dio cuenta de que no podía regresar. No podía reanudar aquella historia como si nada hubiera pasado.
Thảo pensó con horror en los años que había vivido con aquel hombre, ignorando por completo lo que había entre bastidores. Allí estaba la explicación de por qué no quería que ella conociera a nadie. Por eso nunca tenía dinero. Incluso habían pasado a diario por la casa donde vivía su hijo.
Se había enterado, después de casi catorce años de convivencia con él, por una mujer casi desconocida. ¿Cuántos más lo sabían? ¿Toda la escuela? Todos sonreían y nadie decía nada.
Completó todos los trámites para hacer de su hija una ciudadana canadiense, y en otoño Sara empezó a ir a la escuela en Toronto. La niña no se dio cuenta de inmediato de que este cambio sería permanente, pero poco a poco comenzó a despreciar a su madre.
Thảo siempre estaba cansada y a menudo permanecía en la cama hasta la tarde. A veces le pedía a su hija que le hiciera compañía en aquella habitación a oscuras, pero una vez en que estaba contándole sus penas, que consistían principalmente en hablar mal de su padre, Sara reaccionó de la peor manera.
—Tú misma decidiste mudarte con papá a Estados Unidos —dijo Sara—. Nadie te obligó.
—No entiendes cómo era aquello —contestó Thảo—, yo acababa de llegar de Vietnam...
—No deberías haberlo hecho si fue una decisión estúpida.
—Pero entonces nunca te habría tenido.
—Es culpa tuya ser así, quedarte aquí y querer que te compadezcan.
—¡Sara...!
—Entiendo perfectamente por qué papá no te soportaba.
Después de decir estas palabras, la joven salió de la habitación dejando a su madre sola.
Aunque Sara se resistía a aceptar el dolor de su madre e incluso defendía a su padre, comenzó a plantearse que él también había tenido culpa. Las había traicionado, pensaba la adolescente.
Su ausencia no había molestado mucho a Sara, pero cuando se dio cuenta de que él nunca les había pedido que volvieran a casa, ella sintió un vacío en su interior. Y como él no estaba presente, su madre se convirtió en blanco de su enojo.
Se sentía incómoda viviendo con sus abuelos, que eran así, anticuados y extraños, y que apenas hablaban inglés a pesar de haber vivido durante casi veinte años en Canadá; el abuelo todavía llamaba la atención de todo el mundo con su francés, que se volvía más raro cada año que pasaba.
La historia familiar le era completamente ajena y nunca llegó a conectar adecuadamente con los relatos de refugiados que habían protagonizado su madre y sus abuelos, por mucho que leyera sobre Vietnam o los movimientos migratorios por el mar; bien podrían haber sido de otro planeta. Nada de esto tenía sentido para ella, exceptuando el resentimiento por el hecho de que ese origen fuera lo que la definiera. No podía soportar el sello de inmigración y odiaba a quienes la convertían en un símbolo de algo que nunca habían visto o experimentado.
Devoró todo tipo de enciclopedias sobre las maravillas de la naturaleza. Algunas eran espeluznantes, hablaban de un hombre con una cara en la parte posterior de la cabeza que susurraba en la noche, o representaban la vida salvaje de los mares, en cuyas profundidades se adentraban sus páginas cada vez más, desde el hábitat azul claro de los peces de piscifactoría hasta lugares más terroríficos, donde la creación se distorsionaba y reinaban los monstruos.
En un libro de plusmarcas mundiales, vio la foto de un gallo islandés de tal tamaño que se preguntó si no sería falsa. Era tan grande como para que un niño pequeño pudiera montar a esta fantástica criatura como si fuera un caballo. Contempló con mucha atención la imagen y envidió al campesino. La recortó y la colgó en la pared encima de la cama.
Así transcurrió la adolescencia; pasó su vida enfrascada en lecturas científicas, hasta que su propia naturaleza llamó a la puerta y todo se fue al garete.
Cuando Sara tenía quince años, se echó un novio. Fue un amor simple, pero surgido de una pasión que es difícil de encontrar más adelante en la vida. Hasta entonces, había sentido repulsión por el sexo masculino y por los chicos de su edad en particular.
Él era un año mayor. Blanco, misterioso; se ponía sombra de ojos y su cabello era negro como una nube de tormenta. Ella lo había visto en la escuela, donde fumaba detrás de un pequeño cobertizo como una versión gótica de James Dean, pero tan poco divulgada que nadie sabía su nombre.
Un día siguió a su amiga al cobertizo y antes de darse cuenta, el chico ya le había ofrecido un cigarrillo.
Su nombre era Índigo. Sus padres habían sido hippies y sus hijos llevaban el nombre de alguno de los colores del arcoíris. Como signo de protesta, solo vestía de negro. Una noche, en el cuarto que tenía en el sótano, Índigo la informó con total naturalidad sobre las propiedades del color añil del que procedía su nombre mientras hojeaban una colección de discos formada principalmente por la nueva ola de hace una década: Siouxsie and the Banshees, The Cure, Joy Division...
—Índigo es griego y significa «de la India» —dijo.
—Guau, es precioso —contestó Sara.
—Pero la cosa es... que no puedo verlo.
—¿Eh?
—Soy daltónico.
—Oh, ¿de verdad?
—No veo el color que soy.
—Caray, eso es muy... triste.
—No puedo ver lo que soy.
—Pero yo puedo ver quién eres.
—No te rías de mí.
—Yo te veo —dijo Sara.
—No sigas si no es en serio —replicó Índigo.
—Te veo.
—No sigas si no lo estás diciendo verdaderamente en serio.
Ella lo miró con ojos muy abiertos y comprensivos. Se besaron.
Él puso un disco de Cocteau Twins en el gramófono y, mientras sonaba la canción «Sugar Hiccup», Sara perdió su virginidad.
Experimentó incomodidad, como esperaba, y también placer, pero también algo más.
Mientras inclinaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos, se le apareció una imagen, como si se hubiera desprendido un fotograma de la película equivocada: revoloteaban las mariposas, azules y de un negro intermitente, en un verde valle fragante, y ella corría detrás con una red cazamariposas.
Sara abrió los ojos y luego se le apareció nuevamente el cuarto oscuro y el joven moviéndose encima de ella; lo miró a los ojos y la intimidad eclipsó todo lo demás, y ella olvidó de inmediato aquella extraña visión.
Pero en la siguiente visita, cuando Índigo se escabulló con ella por la casa desierta, Sara vio mariposas de color azul pálido en un marco de la pared del salón. Se detuvo y las examinó. Índigo se acercó a ella, la abrazó mientras le contaba que su bisabuelo y su bisabuela habían sido aristócratas rusos que habían huido después de la revolución. La colección de mariposas era una de las pocas cosas que su hija, su abuela, se había llevado en su travesía marítima.
—Las he visto en algún lugar antes... —comenzó a decir Sara, y se sonrojó.
Entonces empezó a reírse, lo que irritó a Índigo y, cuanto más se encolerizaba él, más se reía ella con un nerviosismo solitario, que terminó en un verdadero ataque de risa.
Índigo se negó a dirigirle la palabra durante una hora entera, tercamente tumbado sobre sus cómics mientras ella veía la cadena MTV. Ninguno dijo nada y ella empezaba a temer que nunca se reconciliarían. Entonces se descorchó una botella: el vídeo de «Kiss Them For Me» con Siouxsie y las Banshees; vasos y un ángel dorado sumergido en agua con gas, una piscina en forma de corazón.
Índigo corrió hacia Sara y se apresuró a presionar el botón de grabación del vídeo. Era su canción favorita, rebosante de fascinantes sonidos orientales. La cantante lucía un vestido brillante y cantaba como en trance de felicidad, lo que recordaba a Sara una imagen que había recortado de un libro de arte y que había colgado en la pared de su cuarto, un cuadro de Gustav Klimt que representaba a una mujer con la misma expresión confusa, y detrás de ella, una vegetación dorada y turbulenta.
El vídeo terminó e Índigo rebobinó la cinta, volvieron a verlo y se dieron un beso de tornillo.
Él se desabrochó el pantalón mientras ella se quitaba los pantis; él iba a acostarse encima de ella, pero Sara le dijo que no, esta vez se tendieron uno al lado del otro y solo usaron las manos. Él alcanzó el orgasmo casi instantáneamente, y sus manos temblaban, pero continuó acariciándola como si estuviera bajo el hechizo de la canción hasta que a ella la recorrió el placer en oleadas. Después se quedaron un poco aturdidos y avergonzados.
—Ajá, espera a ver todos los peques —dijo Sara empujándolo suavemente y esa vez se rieron juntos.
En aquella ocasión no se le habían aparecido mariposas, aunque sí las había esperado e incluso las había echado de menos. Después de reflexionar decidió que se sentía aliviada; aquella visión onírica había sido una explosión accidental e incoherente del cerebro.
Sara se despidió de su novio; pero, cuando salió a la calle, se sobresaltó. Estaba oscureciendo. La despreocupación dio rápidamente paso al miedo. Se apresuró a llegar a casa en el crepúsculo e introdujo silenciosa la llave en la cerradura. En la sala de estar se oía el sonido de un televisor. Cerró tras sí la puerta y estaba a punto de colarse en su habitación cuando, de repente, su madre se puso frente a ella con ojos furiosos y el cabello completamente desordenado.
Thảo había estado sentada en la cocina aguzando el oído durante mucho tiempo por si llegaba su hija, oscilando entre la cólera y el miedo enloquecido ante el comportamiento de aquella niña ingrata. Después de que el reumatismo le hubiera impedido trabajar en el taller de costura, Thảo había tenido dos empleos y, cuando llegaba a casa exhausta, todavía tenía que hacer las tareas del hogar, mientras Sara solo se dedicaba a sus estudios.
No tardó demasiado en decirle a Sara que pronto «estaría manchada», pero que no sería peligroso. Recordó que su hija no mostró ninguna reacción, excepto el sonrojo. Por lo demás, no habría habido manera de saber si estaba escuchando. Y entonces, no mucho más tarde, había llegado ese miedo: el miedo a los chicos. Hombres. Estaba ardiendo de rabia y prácticamente temblando mientras permanecía sentada con los puños apretados. Cuando escuchó a Sara abrir la puerta, se levantó tremendamente aliviada, pero tan pronto como vio el rostro de su hija, volvió a sentir cómo le estallaba la ira.
—¿Dónde has estado?
—Estaba estudiando en casa de Jenny, si te interesa saberlo.
Las dos guardaron silencio. Sara dejó su mochila en el suelo.
—¿Has estado saliendo con algún chico?
—No, mamá.
—¿Qué has hecho?
—¡Nada! Te lo juro.
Thảo estaba de nuevo roja de ira.
—Estabas con un chico, ¿te crees que no lo sé?
—Estaba estudiando con...
—¡Mentirosa! —dijo Thảo, y le dio una bofetada.
—¡... mamá...!
Sara se cubrió la cabeza con las manos mientras su madre seguía golpeándola. Intentó mantenerla a distancia, pero Thảo la agarró por el pelo y la sujetó mientras le propinaba más golpes en la cabeza, hasta que Lieu llegó y los separó.
—Mientes, puta —gritó Thả
