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La gran diversidad narrativa de los autores de esta antología se presenta como una nueva apuesta por el cuento colombiano que revigoriza el género y da un nuevo panorama de la narrativa nacional.
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Seitenzahl: 393
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Introducción
Para esta, la segunda parte de Puñalada trapera, una antología de cuento colombiano, mantuvimos la premisa de 2017: buscamos relatos inéditos de calidad. No nos importa el tema, y no solo porque las antologías temáticas suelen ser aburridas, ni porque terminan convertidas en vergonzosos pagos de favores o rascamientos de espaldas, sino porque los temas y sobre todo la personalidad del libro compilatorio deben ir emergiendo de la suma de los estilos de los artistas, como esperamos que quede de manifiesto tras la lectura de estas páginas. Por la misma vía, nos tiene sin cuidado de dónde haya salido la escritora, ni si tiene amigues o publicaciones: solo nos interesa el texto. Hace cinco años logramos juntar a veintidós autores y —feliz accidente— terminamos configurando una suerte de fresco de lo que estaba sucediendo en nuestra literatura, una literatura del todo vigorizada por la aparición y consolidación tanto de editoriales independientes como de cursos de escritura de todas las layas, donde a veces anida el talento literario. En esta ocasión, y luego de atravesar las aguas turbias de una pandemia que dejó su huella en el mundo, volvimos a encontrar veintidós plumas que reflejan la diversidad del país y el vigor de su narrativa.
En 2022 aún no conocemos los alcances de lo que el cóvid-19 le ha hecho a la cadena del libro, y quizá este no sea el espacio para reflexionar al respecto; nos importa su fundamento, los autores, gente que está habituada a lidiar con las peores mezquindades y quienes, para colmo, ya pasaban sus vidas en el encierro. A ellos les dejamos saber la apuesta redoblada de este nuevo número: estamos abiertos a todo tipo de voces, experimentos y propuestas.
Así, el libro que usted sostiene en las manos presenta once escritoras y once escritores que van hasta las márgenes de sí mismos para entregarnos lo mejor de su talento. Siete de ellos nacieron en los años setenta, diez en los ochenta y cinco en los noventa, aunque esto reviste una importancia apenas estadística. Sin embargo, entre Sergio de la Pava y Alexandra Espinosa hay un cuarto de siglo. En la primera parte, solo había trece años entre los de principios de los setenta (Maya, Quintana, García Ángel y Noriega) y Godoy y Villabón, los benjamines de entonces. Ahora esta brecha se ha duplicado, y con esta, nos parece, también lo han hecho las voces, los experimentos y las propuestas.
Juzguen ustedes,
Juan Fernando Hincapié
№ 1
Solo tú eres puro
Fredy Ordóñez
Antes de escribir el último correo, me quedé observando un video de un par de cabras que jugaban saltando sobre una ancha cinta de metal. Alguien entonces tocó el vidrio que me separaba de los demás para avisarme que ya venían. Comencé a alistarme con pesadez, con la sensación de haberme levantado muy pronto esa mañana. Volvieron a tocar el vidrio, esta vez con una moneda o algo metálico, la misma persona de antes, más otros dos vestidos con esos trajes amarillos de protección contra pestes interplanetarias. Los tres, sin pronunciar palabra, sacaron cartulinas con frases que anunciaban la amenaza de gritos, tropas, nuevas constelaciones. Era necesario salir ya, no había tiempo, era necesario correr, deslizarse en el aire en parapente o nadar, encontrar una isla ignota. En la calle me abordaron sucesivamente tres personas para preguntarme hacia dónde debíamos ir. Al primero le dije que no sabía y se fue contrariado, con el gesto de haber implorado un milagro imposible. Al segundo le dije, muy confiado, que hacia el sur y que debíamos acercarnos lo más que pudiéramos a un glaciar, pues ahí nos convocaba, sin sombra de dudas, un futuro esplendoroso. Al tercero le señalé la acera y le expliqué la disposición de los adoquines, su irregularidad, la fuente primigenia del caos circundante. Por supuesto, le resultaron incomprensibles mis palabras, pero no dijo nada y su rostro mostró una creciente inquietud por la neblina y la multitud a nuestro alrededor, en ese instante electrizada por un trueno lejano. Le sugerí que charláramos en otra calle, lejos de esas aberraciones urbanísticas, y él a regañadientes condescendió. A medida que caminábamos, por el modo resuelto en que nos movíamos, me imaginé que éramos o que habíamos sido en otra vida una marabunta, una que arrasaba montañas, sembradíos, y propagaba el hambre, pero al mismo tiempo la ilusión de una nueva era. Me giré para comentárselo, pero, inusitadamente, junto a mí apareció una mujer que parecía saberlo todo y que me dedicaba la telepática mirada de una bruja. A partir de ese momento me sentí propenso a negar la verdad de las más diamantinas leyes de la naturaleza, cegado por su belleza, sus dientes y cada uno de los pliegues de su cuerpo que espejeaban a medida que nos movíamos. Me resulta extraño pensar que, aunque no podía dejar de mirarla y tratar de descubrir dónde residía objetivamente su belleza, no logro recordar ni su vestido ni sus palabras, que —esto sí lo recuerdo— estaban articuladas con claridad y sensatez. Ya habíamos andado varias cuadras cuando advertimos no muy lejos la existencia de un puente que atravesaba un arroyo. Ella varió el acento con el que modulaba sus frases y adoptó gestos obsequiosos y a todas luces falsos, invitándome a que contempláramos el horizonte desde la mitad del puente. No me pude negar y la seguí, decidido a ir hasta las últimas consecuencias, pues con cada paso que daba al lado suyo, a veces rozándonos los brazos, había constatado que mi corazón se aceleraba, tanto porque estaba cerca de ella como ante la idea de que se alejara. No tuve otra alternativa: sucumbí a sus órdenes y a sus caprichos, por necios que parecieran. Nos aproximamos a la mitad del puente, donde no sabía si nos esperaba una promesa indestructible, o mi propio escarnio, o la muerte. Ella en todo caso, sin nunca decirme su nombre —aunque se lo pregunté con insistencia—, me hablaba cada vez más bajo, en susurros, hasta que perdí el equilibrio corporal. Caminábamos muy lento, abocados a la evidencia de que nos acercábamos a un momento crucial de nuestras vidas. Pero la velocidad a la que nos trasladábamos se reducía sin discusión y salvábamos a cada momento la mitad de la distancia que habíamos recorrido en el momento previo, y así cada instante, lenta, eleáticamente, hasta que nuestros movimientos resultaron imperceptibles. A punto de llegar a la mitad del puente, tuve que reptar, y sentí que me faltaba el aire, como si hubiera alcanzado una cima de más de cinco mil metros. Se acercaron unas personas y pensé que eran samaritanos dispuestos a ayudarme. Todo lo contrario: comenzaron a proferir insultos extravagantes, tipo alcornoque, gaznápiro, hurón, que se metamorfosearon en insultos aun más risibles y con los que resultaba imposible ofenderse. Cuando me tuvieron a un palmo de distancia los recorrió un gesto de consternación, se dieron cuenta de que no era a mí a quien perseguían con sus insultos. Por una mezcla de vergüenza y civismo tomaron la resolución de ayudarme, pues donde antes vieron a un crápula que se escondía de ellos enroscado en sus miserias, ahora veían a alguien cuya dignidad brillaba en los ojos, espejo de renuncias y mansos heroísmos. Se inició entonces una discusión que tenía como fin saber cuál era la clínica o el centro de salud más cercano. A lo que alguien aseguró que, no obstante el terremoto ya había pasado y no parecían seguir más réplicas, ciertas avenidas y algunas rutas se ofrecían más convenientes que otras. Dado mi malestar, me llegaba apenas la esencia de la discusión, que deduje por retazos de frases y palabras que captaba turbiamente. Al cabo me confié a ese grupo de desconocidos y a la mujer —que, ella sí amplia dueña de sus facultades, ahora era todo menos una desconocida, no importaba que fueran escasos los minutos desde que la vi por primera vez—, me abandoné a su diligencia y apenas recuerdo la sensación de mi cuerpo, bamboleante sobre una camilla que improvisaron con tablas y mantas recogidas de entre los escombros. El desvanecimiento coincidió con un atisbo de lucidez, cuyo mayor fruto fue concluir que la neblina, la angustia de la gente y el ansia de confesiones sentimentales era producto de aquel terremoto. No supe cuántos me llevaban, doce tal vez, que alternaban la charla animada con muy distintos silencios, incómodos unos, otros preciosos y colmados de generosidad. En algún punto intercambiaron sus impresiones sobre clásicos de la literatura, para luego soltar prenda sobre sus libros favoritos, que en nada coincidían con los primeros. Habría querido llamar su atención, detener el tiempo y glosar sobre sus elecciones librescas, sumarme a ese súbito torrente de sentimentalismo, pero la vida no daba respiro y continuaba su marcha. Cuando quise añadir algo respecto de tal libro, hicieron referencia a los deslizamientos. Atiné a decir, para sorpresa de todos —me creían dormido—, que era la consecuencia natural del terremoto. Se miraron entre todos, vagamente incómodos, y uno de ellos se dirigió a mí y con tono condescendiente me preguntó cuál temblor, como si no me hubiera oído, pues yo había usado la palabra terremoto. Otros mencionaron las palabras sismo, seísmo y tsunami, ya riéndose y restándole importancia a mi intervención, como si hubiera querido gastarles una broma. Mis sentidos poco a poco se recobraron y agudizaron y pude enumerar con certeza ocho acompañantes, la mayoría hombres y al menos uno con los ojos desorbitados, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga y fuera presa de una lucidez indeseada. Apagadas las últimas risas, alguien afirmó que yo estaba listo para caminar. Me paré, como acostumbrándome a una nueva constante de la ley gravitacional, di unos pasos enclenques a la par que ellos me arrojaban una camilla hechiza con furtivas miradas de satisfacción y retomamos el camino a campo traviesa, abandonando esa ciudad en ruinas. Uno que encabezaba la tropa dijo, sin mirarme, pero indudablemente dirigiéndose a mí, que me llevaban a profanar tumbas, aunque nunca supe si fue una broma residual del ánimo festivo que había reinado hacía poco o si era en serio y no había encontrado un mejor modo, tiempo y lugar para revelármelo. Otro más circunspecto afirmó que huíamos de las hambrunas y escapábamos de los poderosos que querían manipular nuestras mentes, pero sin proporcionar ningún detalle acerca de en qué consistía ese control magnífico. Alguien más dijo —en realidad me dijo— con una untuosidad del todo desprovista de malicia, «Vamos a llevarte a la cumbre en que las mujeres reinan, y por donde solamente circulan vientos primigenios, bailaremos salsa, cantaremos boleros, lloraremos y nuestras lágrimas de felicidad aumentarán el nivel de los ríos, ahí entenderás todo». Para matizar las últimas declaraciones, el que iba más atrás, y a quien en mi fuero interno denominaba el Farolillo Rojo, aseguró que el objeto de nuestra peregrinación era descubrir nuestros nombres, aun los más secretos. Empezó a llover y no pensé en dónde podríamos encontrar refugio, sino que rebusqué en mi mente esa palabra que define el olor de la lluvia sobre las piedras tras una temporada seca. Unos se arrimaron a la sombra de los árboles, otros enfilaron sus pasos hacia las montañas —pues suponían que debía de haber cuevas— y alguien vislumbró un pueblo lejano con esperanza. La lluvia no arreció, pero nos invitaba a movernos con celeridad. Hacía unas horas o unos días vivíamos en una ciudad, ¿cómo ahora deambulábamos por una tierra yerta buscando resguardo en la naturaleza? Nadie supo responderme, ni siquiera darme pistas, luchábamos por sobrevivir, arañando la tierra y subiéndonos a los árboles, sin más propósito que evitar trenzarnos en desapacibles disputas. Sí, tal vez era cierto que un cataclismo nos había expulsado de nuestro hogar y nos dirigíamos a otra ciudad, aquella tomada por los bárbaros. Y ahora estábamos parados justo en la vaga frontera que delimitaba las milenarias leyendas tejidas sobre los bárbaros, sus refinamientos sexuales, sus gloriosos balbuceos. La luz de repente menguó, por fin caía la noche, y la oscuridad se extendió como una bóveda de grises y rojos que se cerrase de oriente a occidente. El progresivo deslucimiento del cielo nos prometía paz y descanso, pero estos no llegaban y todos los seres parecieron volverse irreconocibles. El que estaba al lado mío, y que había estado cerca de mí todo el camino e incluso fue uno de los que con más presteza me auxilió durante mi provisoria agonía, habló con una voz más ronca, reconocible pero grave y salina. Me preguntó qué me estaba pasando, quién era, antes de que yo tuviera la oportunidad de plantearle lo mismo y asustarme, porque entre una grieta de la cerrazón pude ver que su cuerpo no era el mismo, le crecían las extremidades, brillaban de viscosidad, y su cabeza crecía y parecía contorsionarse, hacerse xenoforma. Era un monstruo y me pregunté si podía ser mi padre o el recuerdo de mi padre, y si acaso esta entidad terrorífica veía otro monstruo en mí o solamente el mismo monstruo humano. No logré concluir nada, y otro engendro, blando como un molusco, señaló el cielo con un brazo largo, quitinoso, casi rojo. Todos la vimos, una bola de fuego enorme, fija en lo alto del cielo, además de diminutos y tristes puntos de luz por todos lados en ese cielo ciclópeo. Ya que nunca nos presentamos, ni tuvimos tiempo para cultivar las más básicas formalidades, comencé a nombrar a mis acompañantes de travesía por algo que, al menos para mí, los distinguía de los otros. El Farolillo Rojo, el Molusco, el Bandoneón, la Primavera, la Subestación, el Sanfermín, la Novela Inacabada, Qwer. Y Qwer, que no tenía un género definido, apuntó su dedo al cielo —tenía una mano humana— y nos hizo notar una especie de toro brillante, es decir la forma topológica denominada toro. Supimos que nos enfrentábamos a un misterio que nos concernía directamente y que la imagen de Qwer en ese instante se había convertido en una suerte de musa de la precipitación, del ardor imprevisto, del destino revelado. El cielo se abrió: era un telón hábilmente pintado y puesto en la mitad del aire. Apareció un público, decenas de personas en frente de nosotros cómodamente sentadas y ataviadas con elegancia, cuya salva de aplausos nos sobresaltó de repente. No éramos ocho ni doce, éramos muchos los que salíamos de las sombras al centro de este tablado infinito, cincuenta o más. Y alrededor, cientos o miles de personas, además de luces y cámaras. Algunos lucían sin querer su mejor sonrisa y otros con la mirada vacilante movían sus manos inconformes. Unos eran actores, otros eran como yo: extras de esa historia, de cualquier historia, consternados al encontrarse sin aliento y a merced de tantas miradas y nunca saber qué sigue. La gente empezó a evacuar, dejando a la vista los sucios listones de las gradas, y los focos que nos encandilaron se apagaron uno a uno. Repasé los rostros que había alrededor y uno que estaba muy cerca dijo que haría falta quemar todo, traer el fuego, «A la mierda esto, quemémoslo». Parecía hablar en serio, entonces sonreí y le dije que no se iban a burlar más de nosotros. Un fuego, el fuego comenzó a arder dentro de mí: si no despertábamos, para desfogar nuestra ira afanaríamos hachas y destrozaríamos los asientos, improvisaríamos lanzas y derrotaríamos a quien se interpusiera. Cuando nos cansamos, nos quedamos viendo cómo algunos rezagados espectadores atizaban el fuego, continuando así nuestra obra. Huimos del desastre, de la turba horrorizada, de nuestros sueños, corrimos como si se pudiera huir de la muerte. Agotadas nuestras reservas de energía, nos detuvimos y, exhaustos, poco a poco nos empezamos a reír, a sacudirnos la ceniza de las mangas, a tomar aire. Seguimos corriendo, era tanta nuestra alegría, tan convencidos estábamos de nuestra libertad. Atravesamos un desierto y oímos cómo el viento silbaba sobre los restos humeantes de nuestro pasado. No nos detuvimos ni un solo momento, apenas podíamos recobrar el aliento, hasta que el paisaje cambió, parecía cambiar. Estábamos cansados, sentíamos que nuestros cuerpos ardían, pero éramos aún capaces de percibir los matices del silencio. Abandonamos un mundo innominado y nos lanzamos a explorar otro. Se trataba de seguir adelante, siempre. Procuramos conocernos, indagar sobre nuestro mítico pasado. Uno me dijo que se llamaba Rodrigo. Había nacido en el seno de una familia tradicional y tenía dos hermanos: uno, un drogadicto; otro, un banquero, un liquidador de empresas, un ave de rapiña. Los dos eran mayores que él y gracias a su capacidad de hacerse invisible pudo contrarrestar cualquier influencia que habrían podido ejercer sobre él. No se destacó en nada. No fue especial. No tenía ninguna afición. No quiso estudiar, se puso a trabajar en un supermercado, de cajero. Y en el trabajo conoció a una mujer. Era graciosa, era frágil, no quería agradar siempre. Fueron al cine, me seguía contando Rodrigo, y movido por una valentía desconocida en él le tomó la mano en la oscuridad. La siguiente vez se encontraron para tomarse un café, pero la charla se estaba llenando de promesas y decidieron proseguirla en un bar, luego tomaron rumbo a la casa de él, no —vaciló—, esa primera vez fueron a la casa de ella. Dijo que habían vivido juntos, por largos años, y que tuvieron un hijo. A medida que se alejaba de la evocación sembraba su relato con vastas elipsis, lo que me hacía perder el interés y al tiempo me despertaba una nostalgia inesperada. Avistamos la tierra prometida, apuramos el paso bajo un cielo en el que las nubes se superponían cada vez más confusamente. A punto de entrar, supimos que era una ciudad como cualquier otra, cercada por talleres, hoteles ruinosos, bodegas fantasmales, escombreras. Aun así, no llegábamos, nos sentíamos incapaces de franquear la pálida línea divisoria que separaba la nada de la multiplicidad. Distinguimos una mujer en un paradero. Nos acercamos, nos arrastramos hasta ella y quedamos postrados a sus pies, sin tener clara la pregunta que nos permitiría continuar. ¶
№ 2
El lento e imperceptibleretiro de las aguas
Lina María Parra Ochoa{ Para mi tía Afra }
Desde su pieza en el segundo piso arriba del Grill Discotec Las Manzanas, la Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa miraba por la ventana la marcha de la camioneta que llevaba a los muertos empacados hacia Apartadó. Era roja y cruzaba lento por una de las dos únicas calles del pueblo. Afra no sabía si el conductor reducía la velocidad porque entendía lo terrible de su carga o si tenía motivos más mundanos, como no dañar el carro del patrón con los huecos y las piedras de esa vía sin pavimentar. Aun así, agradeció la velocidad reducida para poder despedirse, aunque fuera de esa manera, desde la ventana de su cuarto, mirando no ya las caras de sus amigos sino las formas de sus cuerpos empacados en las bolsas negras reglamentarias de la investigación judicial. La música de la discoteca debajo de su casa retumbaba desde temprano pero entonces, después de tantos meses, Afra había aprendido, si no a olvidarla, por lo menos a aguantarla como parte del paisaje durante el día, porque en la noche seguía sintiéndola como la primera vez. Desde que empezó su trabajo como jueza no dormía una noche entera, si mucho cuatro horas y de resto se robaba pedacitos de sueño en el escritorio del juzgado cuando nadie la veía, o después de almuerzo en la cantina de doña Minta, donde recostaba su silla contra la pared y se cubría la cara con un periódico para echarse una siestica sin que la gente se diera cuenta de que la que estaba ahí despaturrada era la jueza jovencita que había venido hacía unos meses desde Medellín. Solamente los domingos doña Minta, tan querida ella, le advertía que no se fuera a aparecer por la cantina que ese día andaba siempre llena de borrachos con machete buscando tropel, por lo que le mandaba su almuerzo a la casa y Afra se pasaba el resto del día encerrada escuchando la algarabía de ese pueblo chiquito que crecía el fin de semana con todos los hombres que bajaban de las fincas cercanas a beber, a apostar y a pelear. Siempre a pelear. Ese era el pan de cada día en su trabajo, resolver hurtos, resolver accidentes de tránsito y sobre todo resolver pleitos. Que este le sacó un puñal a aquel y entonces que aquel le mandó un machetazo para que aprendiera por alzado y que este entonces casi pierde la mano y ya no puede jornalear, doctora, y que el patrón lo echó de la finca, pero que entonces para qué anda por ahí buscando pleito con puñal en mano, que quién lo manda, por fanfarrón y camaján.
Más allá del pueblo estaba la selva, en ese entonces todavía dura y casi impenetrable, apenas la lograban ahuyentar los potreros y campos monocultivados, sin embargo Afra sentía que ese pueblito al que había llegado por lotería y del que probablemente no se habría ido si no hubiera pasado lo que pasó era una isla en medio del río verde de la selva. Río arriba estaba Chigorodó, río abajo Apartadó. Carepa era apenas una pausa en el camino, un cruce de calles con más cantinas que casas, como uno de los pueblos de las novelas del Viejo Oeste que tanto le gustaba leer a su papá. Cuando la camioneta roja se perdió a lo lejos, más allá de lo que se podía ver desde su ventana, Afra sintió que se le agarrotaba el pecho y le faltaba el aire, pero no se alarmó. Estaba acostumbrada a un asma que, desde su infancia, trataba de ahogarla sin tregua y ella a no dejarse. Sabía cómo aguantar lo suficiente para buscar en el nochero el polvo Isabar. Cada respiración sonaba como una bomba desinflada en su garganta y sentía unos dedos que se cerraban apretando sus pulmones hasta que no podía entrar nada de aire en ellos. Afra se ahogaba rodeada del aire que sus bronquios no eran capaces de respirar. Del cajón del nochero sacó el frasco con el polvo, la tapa de aluminio, el cono de cartón y los fósforos. Puso un puñado del polvo gris sobre la tapa y con un fósforo lo prendió hasta que este empezó a echar un humo oloroso. Rápida, porque entendía el valor de ese humo, puso el cono sobre el polvo humeante y aspiró hondo. Entonces lo sintió, los pulmones que se abrían, el aire adentro, inflándolos. Podía respirar de nuevo. Aspiró dentro del cono hasta que estuvo segura de que no quedaba nada, no le gustaba desperdiciar. Luego volvió a lo que estaba haciendo. Empacaba en bolsas de plástico su ropa y las pocas cosas con las que había llegado. La idea era que fueran varias bolsas, no muy llenas, para que no llamaran la atención, para que no parecieran equipaje sino cualquier cosa que alguien puede llevar en la mano cuando tiene que hacer vueltas de un pueblo a otro. Con cuidado dobló sus camisas, algunos pantalones y un par de vestidos. Dejó separadas una blusa blanca con florecitas amarillas que iba a dejarle de regalo a doña Minta, y otra de rayas azules y blancas que le dejaría a doña Celsa. Confiaba en ambas mujeres, quienes la habían recibido como a una hija perdida y encontrada desde que llegó al pueblo. Puso todo en orden sobre la cama para que a doña Celsa le quedara fácil sacar las cosas más tarde, salió de su casa y cerró la puerta. Por las escaleras que bajaban al primer piso la música hacía temblar las paredes de cemento contra las que Afra se recostó para dejar que el retumbar la invadiera. Pensaba que, sin la música, solamente el movimiento parecía un rugido cavernario surgiendo de la tierra misma, algo grueso y antiguo que se quejaba muy al centro del planeta, un animal del monte igual a ese que bramaba metido en el bosque de su infancia, mientras ella, acostada en su cama y cubierta de cobijas gruesas que la protegían del frío, lo escuchaba a lo lejos a las afueras del pueblo, apenas como un eco agudo. Se imaginaba un toro negro perdido entre la vegetación de la montaña, bravo, echando humo por las ñatas. Se imaginaba un verraco enorme y peludo, con colmillos largos, chillando sus chillidos gruesos. En cambio el Grill Discotec Las Manzanas era otro animal, otro bramido brotaba de sus entrañas, más metálico, más afilado, pero para ella igual de amenazante. Y a Afra, mientras salía y cerraba la puerta con doble llave, la sorprendió ese miedo infantil que hacía tiempo no la visitaba. Ese miedo al animal del monte. Ella, apenas una niña de siete años, sentía que había una bestia invisible que la perseguía acechando, esperando el momento de mandarle el guascazo, de arrancarle el pedazo, de masticársela viva. Había algo que tarde o temprano iba a agarrarla, por más que ella se escondiera. Cruzó la calle destapada y avanzó un par de cuadras hasta la cantina de doña Minta. En la mano llevaba una bolsa con las blusas para las señoras, y colgada al hombro y bien agarrada con la otra mano, su carterita de cuero café, siempre al paso apurado del miedo que ya apenas si podía disimular. Tal vez eso que amagaba con agarrarla desde hacía tanto tiempo finalmente la había alcanzado ahí en ese pueblo caliente y lejano.
A la cantina Afra llegó más alzada por el calor y la humedad de la tarde que llevada por sus piernas. Todavía no era capaz de respirar del todo bien y con ese aire húmedo le parecía aún más difícil, como si estuviera tragando agua. Doña Minta la saludó igual que siempre. Le dijo doctora. Todos en Carepa le decían doctora. Afra le recibió el tinto que le ofrecía, negro e hirviendo como aprendió a tomarlo de su mamá, porque no había nada mejor para el calor de ese pueblo que un tinto ardiente de esos que escaldan la garganta hasta dejarla insensible. Se sentó en una mesa a esperar a doña Celsa, con la que había quedado de verse en una hora para entregarle las llaves de su casa y por ahí derecho la blusita que quería regalarle. Mientras tanto se distrajo conversando con doña Minta, que aprovechaba la visita de la doctora para ver qué chismes le podía sacar de cosas del juzgado, pero esa tarde no hubo mucha conversa. Afra estaba intranquila, ese miedo que no se le despegaba desde que pasó lo que pasó le parecía cada vez más insoportable. Doña Minta claramente se dio cuenta porque le puso un trago de aguardiente en la mesa. Pa’ los nervios, doctora, le dijo. Aunque nunca tomaba, Afra pasó el licor en un par de tragos largos y se quedó esperando, agarrada de su cartera y del borde de la silla y de la copa vacía, y agarrada de cualquier cosa mientras entendía que cuanto más se acercaba el momento, más miedo sentía, como una avalancha. Como un aluvión.
Se miró las manos blancas y limpias porque desde que pasó lo que pasó le quedó una obsesión por lavárselas a todas horas con mucho jabón y cuidado de cirujana. Sabía que estaban limpias y aun así las volvía a ver llenas de sangre. Sangre que no era suya. Sangre que era la de sus amigos, dos maestras y un maestro que también venían de Medellín y que trabajaban en escuelas cercanas a Carepa. Sangre fría y oscura que fluyó dentro de sus cuerpos y que luego fue reguero negro manchando la mano de Afra, la Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa, que hacía el levantamiento de los cadáveres. Aunque todos eran de Medellín, fue allá en ese pueblo caliente y plano, sentados tomando café en la cantina de doña Minta, que se dieron cuenta de que eran prácticamente vecinos. Vivían por el mismo lado. Jorge, el maestro, muy cerca de la casa de los papás de Afra, frente a la iglesia de Manrique, y las dos maestras, Laura y Cecilia, habían compartido un apartamentico más abajo en Aranjuez. Pero fueron a conocerse lejos de las montañas, más cerca del mar. En parte se habían hecho amigos porque no les quedaba de otra, tenían que acompañarse, pero a Afra le alegró que fueran buenas personas, tranquilos, que no se burlaran de su inocencia. A veces le decían santa Afra porque no bebía ni fumaba, ni siquiera bailaba. A Afra lo único que le gustaba era salir, ver gente y conversar, sobre todo conversar. Eso de hablar sin tregua le había quedado después de pasar años de su infancia sola en una cama sin poder respirar mientras escuchaba a sus hermanos afuera jugando por el pueblo, mientras envidiaba sus historias que para ella sonaban como aventuras fantásticas. Afra había nacido con un asma terrible. Esta culicagada no se ha muerto de milagro, decían las personas cuando se la encontraban en la calle con su mamá. Pero Afra sabía que su vida no era fruto del milagro sino del esfuerzo y de la búsqueda incesante de sus papás por una cura que la pudiera aliviar. Ella conocía, a sus siete años, más formas de sanar que las que mucha gente en toda una vida. Una vez habían obligado a su hermano Chepo a esperar con las manos encocadas debajo de una gallina negra guachipelada que iba a poner un huevo porque el huevo no podía tocar el suelo, lo tenía que recibir él en la mano. Luego ese huevo lo metieron toda la noche en un vaso con jugo de limón y aceite. Y al otro día su mamá le dio a Afra ese jugo con el huevo reventado para que se lo tomara de a tragos grandes. Así eran casi todas las curas, tomarse algo asqueroso de a tragos largos para poder aguantar. Algunas veces le ponían aceite de ricino caliente con bolas de manzanilla en el pecho y en la espalda para calentarle los pulmones, y ella se sentía como una crucificada. Otras veces le ponían los cristales de una penca asados sobre el pecho, o le daban a comer un polvo de cucarrón negro molido que tenía que pasar con aguapanela. La única cura que sí le gustaba era cuando su papá se levantaba temprano y salía en calzoncillos blancos al patio de atrás, donde tenía una colmenita. Con maña sacaba un poquito de miel y la calentaba en una olla con mantequilla de vaca hasta que creaba una melcocha que le daba a Afra junto con un pocillado de leche caliente.
Como doña Celsa nada que aparecía Afra le pidió un café más a doña Minta. Sabía que no estaba teniendo otro ataque de asma, pero el miedo le agarrotaba la garganta de una forma muy similar. Temía que algo le hubiera pasado a Celsa, que alguien se hubiera enterado. No quería levantar más cadáveres, ni tener más sangre en sus manos. El segundo tinto ya no estaba tan caliente y Afra se lo fue tomando de a tragos cortos mientras intentaba conversar de cualquier cosa con doña Minta. Entonces abrió la bolsa para sacar la blusita. Se la dio a la mujer por debajo de la mesa para que nadie viera, porque ya de cualquier cosa la gente sospechaba, sobre todo si la jueza andaba por ahí repartiendo ropa. Yo sé que a vos te gustó y te la quiero regalar porque seguro que te queda más bonita, le dijo Afra sin mirarla. Doña Minta entendió la despedida de la doctora, entonces cogió el pocillo en el que le había servido el tinto, lo enjuagó y se lo devolvió limpio como regalo. Ese pocillo donde Afra había tomado café desde su llegada a Carepa era muy parecido a los pocillos que tenía su mamá en el pueblo, cuando a ella de niña le hacían todas esas curas para el asma, antes de descubrir el polvo Isabar. Era de porcelana blanca, con el dibujo de una flor rosada en el costado y una letra china azul en la parte de abajo. Con ese pocillo iba Afra juiciosa camino al matadero de la mano de su papá. El recuerdo la sorprendió de nuevo como el rugido del animal olvidado en el monte. Ella, de siete años, ensangrentada hasta los ojos, sentada entre las vísceras calientes de una vaca que hacía unos minutos había estado viva. Una mano se acercaba a ella ofreciéndole el pocillo lleno de sangre. Era la misma mano que con un puñal había chuzado a la vaca para que de su pecho saliera el líquido caliente y oscuro como de una canilla. Era la misma mano que la había agarrado con delicadeza para meterla en el vientre recién abierto, expectante y maloliente. Afra estaba acostumbrada a esa mano morena con las venas brotadas. La mano de su papá. De ella recibía el pocillo, no le gustaba tragar la sangre pero confiaba. Tomátela, mija. No vayás a dejar nada, le advertía él. Y Afra se esmeraba. Era difícil pasar ese líquido caliente, tragárselo, pero ya el olor no la molestaba tanto. Casi se había vuelto reconfortante el sabor a hierro en la boca. Todo su cuerpo de niña se sentía bien, cómodo dentro del cadáver, calientico, arropado. Podía finalmente respirar profundo, sentir que no se ahogaba. Se tomaba la sangre feliz, como se toma el alimento y se acomodaba mejor para que el costillar abierto del animal no le tallara. Se miraba las manos llenas de sangre y con ellas se embadurnaba los brazos y la barriga y los cachetes hasta quedar toda roja, toda parte del animal.
Para Afra, en ese recuerdo de su infancia ella había estado sentada, no en las entrañas de una vaca, sino en las entrañas mismas del animal del monte, ese que la perseguía rugiendo y de cuya sangre ella había sacado la fuerza para no morirse. En cambio, en ese momento en Carepa Afra temía estar sentada en la panza de otro animal, en las entrañas inescrutables de una bestia que casi terminaba de tragársela viva. La sensación de la sangre de sus amigos en las manos no se le quitaba, aunque se las mirara constantemente para vérselas limpias. Doña Celsa apareció por la esquina con cara de acontecida y se sentó en la mesa con Afra, mientras Minta atendía a los clientes alborotados. Ya todo estaba listo, le dijo Celsa, y Afra le pasó las llaves de su casa con el puño cerrado. Si la selva era un río, este andaba bravo y a Afra no le quedaba más salvamento que doña Celsa y su marido, don Chumilo. Ellos la sacarían del pueblo sin que nadie se diera cuenta. Celsa iría a su casa y bajaría a escondidas las bolsitas con su ropa, una por una para no levantar sospecha. Como doña Celsa era la mujer que le hacía el aseo a la casa de la jueza, era normal que saliera con bolsas de basura. Así sacaría las cosas de Afra para irlas montando a la camioneta de su marido. Luego, al otro día, don Chumilo iría por Afra y pararían en la cantina de Minta para que la gente escuchara que el señor iba a acompañar a la jueza a conocer unos charcos. De esa manera la llevaría hasta un avión que la esperaba en Apartadó. Al llegar a Medellín Afra planeaba renunciar a su puesto de Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa, pero mientras tanto esperaba disimulando con Celsa una conversación cualquiera. Quería decirle muchas cosas pero no sabía cómo sin que los oídos del pueblo la escucharan, porque Carepa se había convertido en un animal río con orejas y ojos por todos lados, inclemente y hambriento. Y se quería tragar a Afra porque Afra también tenía oídos y había escuchado lo que no se podía escuchar. Porque por primera vez en su corta carrera de jueza, Afra no tuvo que investigar nada ya que la respuesta a todas sus preguntas le llegó una noche en el hilo de un chisme que se cogió mientras andaba recostada contra una de las columnas afuera del Grill Discotec Las Manzanas. Trataba de vadear un ataque de asma que empezaba a cerrarle la garganta, antes de poder subir las escaleras hasta su casa. Si se ahogaba más no llegaría ni al tercer peldaño, por lo que se recostó contra la columna y sin planearlo quedó medio escondida entre las sombras. Entonces sus oídos escucharon a dos tipos conversando mientras fumaban afuera, escucharon las palabras que dijeron quiénes habían sido los asesinos de los maestros, las palabras que dijeron por qué habían sido asesinados los maestros, las palabras que se oyeron como el rugido del animal desatado que sale del monte a buscar a su presa, y a Afra se le escapó un gemido. Un ruidito de la garganta que buscaba el aire en medio del miedo. Ella se quedó quieta, cobijada por la oscuridad de la columna más oscura que la noche, un instinto de supervivencia le dijo que era preferible morirse ahí ahogada que hacer otro ruido para tratar de respirar. Y Afra aguantó hasta que los tipos entraron de nuevo al local, pero ella estaba segura de que uno la había visto, tal vez la sombra tenue de su perfil dibujada en la calle, o la punta de su zapato o la correa de su carterita de cuerpo. Pero desde que pasó lo que pasó Afra sabía que la perseguían ojos y orejas que miraban y escuchaban buscando matar.
El recuento de la investigación arrojó apenas los datos para el informe, nada más. Porque nada más se podía hacer en ese río verde de selva y rojo de sangre y negro de tantos cuerpos que se amontonaban en los cementerios improvisados, en las carpetas desordenadas de la Instrucción Criminal y en la memoria de Afra. Un grupo de paramilitares había llegado al corregimiento de Piedras Blancas, donde se estaban quedando los maestros. De allí los hombres armados habían hecho algunas llamadas usando la cabina telefónica y habían permanecido dos días y dos noches. Antes de irse violaron a las dos maestras y a la directora de la escuela. Después de su partida, un grupo de guerrilleros enterado de las llamadas llegó al lugar y mató a todos por colaboradores de los paracos. Afra, como Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa, hizo el levantamiento. Les vio las caras a sus amigos, los cuerpos destrozados, tocó la sangre que había estado dentro de ellos y que ahora era apenas un reguero oscuro que se secaba bajo el sol siempre tan indiferente. Afra, como Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa, entrevistó a posibles testigos, pero lo hizo a medias porque sabía que nadie hablaría realmente, que el animal les respiraba a todos en la nuca su aliento inmundo, que el río se llevaría a todo el que abriera la boca. Afra, como Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa, redactó el informe en el que no escribió lo que sabía, lo que habían dicho las voces afuera del Grill Discotec Las Manzanas y que era la verdad más pura y dura. Afra, como Jueza Promiscua Municipal del municipio de Carepa, se montó en la camioneta de don Chumilo y por única vez en su vida se echó la bendición para que en el viaje de media hora entre Carepa y Apartadó no fuera a llevársela el animal. En las manos sostenía el pocillo de doña Minta, y cuando lo miró lo vio lleno de sangre. Sangre del animal del monte, sangre de la gente que se tragó el animal del monte. Se sintió ahogada y le pareció que la boca le sabía a hierro, entonces trató de distraerse mirando el camino porque ya habían dejado atrás Carepa con sus dos calles y sus más cantinas que casas. Desde que pasó lo que pasó Afra presentía que un aluvión de muertos se le venía encima, un aluvión de cadáveres que no iba a dejarla nunca en paz. Entonces, a la vera del camino silenciosos los vio a todos, arrumados unos sobre todos los cuerpos de sus amigos sobre los cuerpos de todos los otros muertos, Jorge, Cecilia y Laura, la directora de la escuela, el chino que vendía los jugos en leche, el de la gasolinera, el hijo mayor de doña Celsa y don Chumilo, la muchacha esposa del dueño del Grill Discotec Las Manzanas y su amante, que era guerrillero. Todos masticados hasta ser irreconocibles en el estómago del animal. Y sin saber por qué los muertos, en el ir y venir del agua roja de ese río que era la selva entera, la hicieron pensar en el artículo 719 del Código Civil que se sabía de memoria. Aluvión: Se llama aluvión el aumento que recibe la ribera de un río o lago por el lento e imperceptible retiro de las aguas. Desde ese momento en la camioneta de don Chumilo, ya vislumbrando los techos de Apartadó, Afra supo que lo que se formaba ante sus ojos era un aluvión de muertos, y supo que siempre iba a tener las manos ensangrentadas, sin importar con cuánta maña intentara lavárselas. ¶
№ 3
Scarpetti
Sergio de la Pava{ Traducción de Orlando Echeverri Benedetti }
La vasta mayoría de los acontecimientos humanos no deja registros perdurables. Un hombre fríe un huevo, una mujer reemplaza una bombilla, un niño comprime una bola de nieve. El huevo es consumido. La luz se restablece y es indistinguible de la que había antes de la breve interrupción. La nieve se deslíe. La única evidencia de que estos eventos ocurrieron yace en la memoria humana que las registró. Y la memoria es una residencia con capacidad limitada. Debe aligerarse y recuerdos como los anteriores serán los primeros en desplazarse. Así que la memoria no es un lugar permanente para los recuerdos, pero en un caso como el de la bola de nieve, el recuerdo es casi todo lo que existió de ella; no hay para ese recuerdo otro sitio adónde ir, y al no ser suficientemente relevante, debe marcharse, por lo que, en un sentido muy real, esa misma bola de nieve se convierte en algo que jamás existió. Que una bola de nieve nunca haya existido no parece gran cosa, pero ¿podría decirse lo mismo si se tratara de un ser humano?
Ahora, hay excepciones que pueden resultar instructivas. Por ejemplo, una llamada a la policía es casi siempre un acontecimiento memorable en el sentido previamente definido. Más que eso. En NuevaYork, cada una de estas llamadas se registra en su totalidad. Lo que sucede después depende principalmente de su contenido. La mayoría se eliminarán después de noventa días, por lo que junto al huevo frito o la bola de nieve entrarán al reino de las entidades que, aunque técnicamente existieron, buena suerte tratando de demostrarlo.
Pero no todas esas llamadas van al mismo lugar, y esto es cierto debido a las litigaciones y la variedad de sus requisitos. Verán, una de las formas más infalibles de atravesar la senescente niebla que encubre toda actividad humana es infringir la ley hasta el punto del arresto. El arresto generalmente significa el inicio de un proceso, lo que siempre implica a un fiscal; y una de las cosas que harán los fiscales es dirigirse a la central del departamento de Policía de Nueva York con el fin de preservar las llamadas pertinentes al 911, que de otra forma habrían sido sentenciadas a muerte en noventa días, y entonces, si es necesario, solicitarán que se envíen a la oficina del fiscal del distrito de Nueva York.
En qué medida y si acaso una grabación puede más tarde hacer parte formal de la evidencia presentada en el juicio, es una cuestión legal que depende de factores como los testimonios indirectos y sus múltiples excepciones. En lo que todos podrán coincidir es que contar con una transcripción es de gran utilidad para cosas como debatir su admisibilidad. El único problema es que producir estas transcripciones es una labor ingrata y que consume demasiado tiempo. Se trata del tipo de trabajo que aterriza en el escritorio de un abogado novato, aunque solo hasta que pueda ser reasignado a un estudiante de Derecho que hace sus pasantías, de donde a su vez migrará a las manos de un pasante de pregrado, porque hasta ese punto se extiende el sistema de almacenamiento de los pasantes. Esta última persona mirará a su alrededor infructuosamente y luego se pondrá a transcribir la grabación. Se trata de un proceso poco interesante.
Con una excepción.
Alrededor de ese tiempo surgió en la oficina del fiscal del distrito, en Manhattan, un pasante inescrutable, sin precedentes ni análogos. Tendrán que disculpar las dos caprichosas expresiones de la primera frase: alrededor y surgió, pero deben entender que en un lugar extraordinariamente tenso donde cada aleteo de una mariposa es cronometrado y catalogado, parece no haberse dejado ninguna constancia de la fecha o el lugar en que Sylvester Scarpetti comenzó, desarrolló, ejerció o terminó su pasantía. Del mismo modo, no hay datos que revelen quién fue responsable de traerlo; a quién felicitar o alternativamente echarle la culpa.
De lo que sí se tiene constancia es que en determinado punto Scarpetti se unió al rebaño de veinteañeros sin credenciales que a todas horas pueden verse por ahí cometiendo el delito de merodear para adquirir experiencia. Scarpetti fue, desde luego, un pasante no remunerado. Pero dio un paso más allá en cuanto que no parecía tener razones discernibles para ofrecer su trabajo. Ninguna entidad educativa le estaba dando crédito. Tampoco respondía a un programa de becas o de formación. De hecho, no parecía estar en juego ningún principio unificador. Scarpetti parecía tener nulo interés en procesar presuntos delincuentes. Sin mencionar que no quería convertirse en fiscal algún día. Simplemente no le interesaban en absoluto la mecánica, los fundamentos y el drama subyacentes en el proceso criminal ni, en realidad, el sistema de justicia criminal en su conjunto. No tenía, en síntesis, una razón para estar ahí.
Lo que sí tenía era un alto grado de redondez. Sylvester Scarpetti era un tipo redondo. No se trata de una expresión ingeniosa y rebuscada que intenta expresar algún rasgo de su personalidad, como si dijéramos fulano de tal tiene un pensamiento cuadrado. No, estamos hablando de geometría del espacio. Se está haciendo referencia a su cuerpo real y al hecho de que era un individuo asombrosamente circular. Parecía la ilustración de un jodido roscón bajo el cual se describe una tabla nutricional.
