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Acababa de recorrer más de dos mil kilómetros, así que lo menos que podía haber hecho Ian Kingsley era fingir que se alegraba de verla. Quizá no estuviera dispuesto a perdonarla por la ruptura, pero Sarah Bretton descubrió que seguía locamente enamorada de Ian, su primer marido. El hombre con el que se había casado siendo aún una niña. Ian pensaba que la había olvidado. Después de diez años y dos maridos más, ¿de verdad creía Sarah que podían retomarlo donde lo habían dejado? Ni hablar. Por muy atraído que se sintiese hacia ella…
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Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2008 Caron Hart
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Puro como el diamante, n.º 98 - agosto 2018
Título original: Her Favorite Husband
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-879-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Nada más verlo, quiso sentirlo dentro de ella. Y casi podía hacerlo. Se quedó sin aire y tuvo que recordarse dónde estaba. A dos mil quinientos kilómetros de casa, en el bar de un hotel decorado con grandes pantallas de televisión y animales disecados. El ambiente del local llamaba a la calma y la discreción.
Una camarera se acercó, balanceando una bandeja cargada de vasos.
—¿Quieres una mesa, cariño? Siéntate donde quieras. Cualquier lugar es bueno.
Entonces él se giró, con una mirada desinteresada hacia la puerta y una cerveza a medio camino de su boca. Dio un sorbo y dejó la jarra. Era imposible saber si sólo estaba sorprendido, o también furioso. Aunque no tenía razón alguna para estar enfadado, después de todo ese tiempo.
Eligió la ruta más directa entre las mesas que los separaban. Él no se levantó para saludarla ni la estrechó entre sus brazos. Se limitó a tomar otro trago de cerveza mientras la veía acercarse. Ni siquiera le dedicó una sonrisa, después de que ella hubiese llegado hasta allí, a un tiro de piedra del Círculo Polar Ártico.
—Sarah.
—Ian.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Estaba sorprendido. Y enfadado.
Ella se sentó en un taburete junto a él e intentó adoptar un tono alegre y despreocupado.
—Estoy explorando.
—¿En falda y tacones?
—A prueba de arrugas —dijo, agarrando un puñado de la exquisita mezcla de seda y algodón. Era su traje favorito para viajar, de color gris oscuro y combinado con una blusa roja para dar una imagen de negocios, salvo por el colgante de rubí auténtico. Levantó un pie y lo puso sobre el pie de Ian—. Y zapatos cerrados.
—Ah. Muy práctico.
—Siempre.
Él retiró el pie.
De momento, la visita no iba demasiado bien. Pero ¿qué se había esperado? Algo más, quizá. Un abrazo. Una muestra de satisfacción además de la sorpresa…
Tenía un aspecto magnífico, si bien excesivamente informal, con sus vaqueros, su camisa azul marino y su pelo oscuro formando rizos sobre el cuello, como siempre que se olvidaba de cortárselo. Su voz seguía siendo tan profunda como ella recordaba, y seguía irradiando una fuerza tan poderosa como hostil.
Sarah sonrió al barman, quien le devolvió la sonrisa con un brillo en sus ojos azules. Estuvo tentada de ponerlo como ejemplo de lo que debía ser un saludo amistoso.
—¿Podría tomar una copa de vino? Algo afrutado… ¿Beaujolais? Sólo un poco, o me entrará sueño.
—Algo peligroso para una exploradora —dijo Ian.
Era difícil seguir por sí sola una conversación irrelevante. Se giró de lado a lado sobre el taburete, consciente de cómo él se fijaba en su falda al estirarse sobre los muslos.
—Permíteme señalar, en aras de la más absoluta claridad y transparencia, que, aunque en cierto sentido pueda estar explorando, no soy una verdadera exploradora. Estoy aquí porque me estoy tomando unas vacaciones.
—En Yellowknife…
—Mucha gente viene aquí de vacaciones.
—Tú no.
—¿Cómo estás tan seguro? ¿Y si hubiera cambiado?
—¿Tanto como para escoger este sitio para tomar una copa?
Sarah siguió la dirección de su mirada hacia la cabeza de alce y el oso disecado que se erguía sobre las patas traseras junto a los aseos.
—Lo que nos lleva de nuevo a mi pregunta inicial —siguió él.
—¿Que por qué estoy aquí? —por primera vez desde el día anterior por la mañana, cuando empezó a trazar sus planes, a Sarah le pareció una buena pregunta. «Me ha pasado por aquí para verte», era la única respuesta que tenía. Dos mil quinientos kilómetros para verlo—. ¿Necesito un motivo para viajar?
Sabía lo que él estaba pensando. Para viajar a aquella ciudad en particular, a aquel taburete en concreto, sí, necesitaba una buen motivo. Podía sentir la pelea que se estaba gestando tras la fría expresión de Ian. Una continuación de la última pelea, diez años después.
No pudo evitar una profunda decepción. Aquel viaje le había parecido la mejor idea posible, y se había abrazado a la ilusión durante todo el día. Debía de haber estado imaginando un universo paralelo, donde a Ian también le encantaba la idea, porque en su mundo real no había el menor contacto entre ellos. Sin llamadas de cumpleaños, sin tarjetas navideñas, sin la menor insinuación de que fueran a alegrarse de volver a verse.
Pero ella sí se había alegrado.
—Pues claro que no necesitas un motivo —dijo él en un tono fríamente amable—. Puedes viajar siempre que quieras. Simplemente me resulta curioso tu destino, nada más.
—Siempre he querido ver el Norte. Desde que oí hablar de Santa Claus.
A Sarah le pareció divertido, pero no vio el menor atisbo de humor en sus ojos. Aquellos ojos negros e impenetrables que siempre la habían cautivado…
—Estás enojado.
—No lo estoy.
—Después de todo este tiempo y sigues enojado.
—Escéptico, más bien.
Se apoyó en un codo e hizo girar su botella de cerveza mientras miraba a Sarah. A ella le costaba creer que estuviese abriendo una brecha tan grande entre ellos. ¿Cómo era posible que los recelos durasen tanto? Ella tenía tantos motivos como él para desconfiar, pero no se mostraba fría ni desdeñosa.
Su plan se estaba desmoronando. ¿Significaba eso que no era un buen plan? ¿Que los astros no estaban alineados o algo así?
El asunto era que había conocido a alguien. Un hombre simpático, atractivo, inteligente y divertido. Más o menos perfecto. Aunque cualquier hombre que le gustara le parecía perfecto al principio. No era propio de ella vacilar a la hora de comenzar una relación nueva, pero se sentía muy insegura. Ir hasta allí le podría ofrecer algo de perspectiva. Muy pronto estaría ocupada con la próxima novela de Elizabeth Robb, pero en aquellos momentos no había nada en la oficina de lo que no pudiera ocuparse Oliver, su socio en Fraser Press.
Una vez decidida a viajar en avión, había planeado dirigirse hacia Winnipeg después de pasar unos días en Yellowknife. Una visita a sus padres siempre la ayudaba a calmarse. Luego iría a Three Creeks, a una hora y media de la ciudad, para animar e inspirar a su autora más prolífica. Liz guardaba un silencio inquietante sobre sus futuros proyectos. Eso podía significar que no habría un libro nuevo para el próximo año, una posibilidad que no sería del agrado de nadie… ni de Liz, ni de sus lectores ni de Fraser Press.
El único defecto del plan era que si lo hubiera pensado uno o dos días antes, podría haberle ahorrado a Liz unos cuantiosos gastos de mensajería y haber recogido el original en persona.
Pero ahora todo estaba en el aire.
Miró a Ian, que seguía esforzándose por ignorarla. Sólo habían estado juntos diez minutos. Si la visita hubiera sido una novela, no habría dado ni para un borrador. Pero con un poco de esfuerzo aún podía acabar bien.
Ian miró una vez más hacia la derecha. Sí, seguía allí. Seguía siendo ella y seguía mirándolo como una niña con un juguete.
Pues él no estaba dispuesto a jugar.
Sabía que su actitud no era la correcta. Si podía comportarse educadamente con los cazadores furtivos que mataban elefantes para traficar con el marfil, o con los plantadores de café que arrasaban la selva amazónica, ¿por qué no podía serlo con Sarah? Al fin y al cabo, ella no había arrasado su vida… sólo uno o dos años.
Y no todos eran malos recuerdos. Por eso era tan difícil olvidar.
Aún no podía creerse que estuviera allí sentada, como si no hubiera pasado el tiempo y los dos hubieran ido a pasar una agradable velada al pub. A beber cerveza y jugar a los dardos, ¿por qué no?
Sarah era una mujer sorprendente.
Y tenía muy buen aspecto.
Un aspecto encantador.
Al separarse eran poco más que unos críos, pero ahora se había convertido en una mujer. Su escote apuntaba en forma de flecha hacia los pechos, reflejando la tenue luz del local…
Las estadísticas no eran su fuerte, pero las probabilidades de que los dos se encontraran en un bar de Yellowknife debían de ser prácticamente nulas.
—¿Has llamado a mis padres? —le preguntó—. ¿Te dijo alguien que yo estaba aquí? ¿Estás enferma o algo?
—Estoy rebosante de salud —respondió ella, sonriendo ahora que él había mostrado preocupación—. ¿Importa por qué haya venido, Ian? No tenemos que buscarle explicación a todo… ¿No podemos seguir la corriente y ya está?
—No lo creo —seguir la corriente nunca llevaba a nada bueno.
Se inclinó sobre la barra para ver una de las pantallas de televisión de la pared, detrás de Sarah. Había bajado de su habitación para ver el partido entre los Bombers y los Argonauts. Se prometía muy emocionante, después de la temporada que habían hecho los Bombers.
Con un poco de suerte, Sarah no tardaría en aburrirse y se largaría a otra parte.
Ian parecía estar animándose. Al menos había dejado de echar fuego por los ojos. Sarah tomó un poco de vino e intentó no molestarlo mientras él veía la televisión. Después de un largo rato, él emitió un gruñido y apartó la mirada de la pantalla.
—¿Estoy en medio o tu equipo está perdiendo? —le preguntó ella.
—Las dos cosas.
—¿Quieres que te cambie el sitio?
Él la miró con una expresión mucho menos hostil de la que había tenido hasta el momento.
—No, gracias. Ya está claro cómo va a acabar el partido —movió la botella sobre la barra, como un jugador de ajedrez que estuviera reconsiderando una jugada—. ¿Has llegado esta tarde?
—Hace un par de horas —respondió ella. Nada más llegar había descubierto el primer fallo de su plan. Yellowknife era más grande de lo que se había esperado. Una población que se extendía en forma alargada junto a la costa septentrional del Gran Lago del Esclavo, y que estaba llena de recepcionistas comprometidos con la intimidad del cliente. Había ido de hotel en hotel, esperando encontrárselo en algún vestíbulo, cafetería o salón. Y al fin lo había encontrado. Los astros le habían sido propicios, después de todo.
—Si querías ver el Norte, tenías muchos lugares en el mundo para elegir —dijo él—. Qué curiosa coincidencia que hayas llegado a este bar.
—Debe de ser el destino —dijo Sarah. A Ian no le gustaba el destino. Y quizá una parte de ella aún seguía enojada y escéptica.
—Podrías haber ido a Alaska.
—Cierto. Un vuelo directo desde Vancouver. Un despegue y un aterrizaje, nada más. Habría sido mucho más sensato. Ya sabes cuánto odio los despegues y los aterrizajes.
—O a la Isla de Baffin, el Yukon, el mar de Beaufort…
—No me gusta mucho el mar, y menos los mares fríos.
—Labrador, las islas de la Reina Isabel…
—¿Las qué?
—Las islas situadas en el extremo norte del archipiélago ártico..
—¡Al fin he aprendido algo! Parece que mis exploraciones están dando fruto —le pareció ver un atisbo de regocijo en su expresión, pero se esfumó enseguida. Lo miró fijamente, decidida a demostrarle lo curioso que resultaba encontrarse en un bar de los Territorios del Noroeste.
—Y sin embargo has tenido que elegir este lugar.
—La Capital del Diamante.
—¿Estás buscando diamantes?
—¿Yo? ¿Te parece que voy vestida para hacer prospecciones?
Otro destello de humor,rápidamente suprimido.
—En cualquier caso, ya tengo diamantes de sobra.
—Tres, según he oído —repuso Ian—. Si cuentas el primero.
—Pues claro que cuento el primero.
—Ahora mismo no llevas ninguno.
—Me obligaron a facturarlo con el equipaje… No se pueden llevar piedras en el avión.
—¿Tampoco permiten llevar un anillo de boda?
A Sarah no le gustaba nada el giro que estaba tomando la conversación. Ian se había pasado una hora ignorándola, ¿y ahora tenía que examinarla con tanta atención? ¿Qué creía que iba a descubrir? ¿Dolor? ¿Vergüenza? Ella no iba a mostrarle ni una cosa ni otra.
—No llevo anillo de casada en estos momentos.
—¿Entre el segundo y el tercero, quizá?
—Ha acabado el tercero.
Él miró su botella de cerveza durante el rato suficiente para leer la etiqueta cinco veces en las dos lenguas oficiales.
—Es una pena. ¿Estás bien?
—Muy bien —respondió ella. Al menos la noticia no le había horrorizado ni excitado, como a muchas otras personas—. Aunque un poco desconcertada, tal vez. Porque aquí estoy, tan contenta por volver a verte, y sin embargo tú te muestras tan… escéptico.
—Me has sorprendido.
—Jamás se me ocurriría hacer algo semejante.
Por fin él sonrió de verdad. Una sonrisa cálida y amistosa, mucho mejor que la del camarero. La sonrisa que Sarah deseaba ver.
—Estoy viendo un partido de fútbol y de repente apareces en el bar. Tú, entre todas las personas posibles…
—Aquí, entre todos los lugares posibles. Un fantasma. Una pesadilla. Una indigestión…
Ian se rió entre dientes. Fue una risa breve y ahogada, pero bastó para alegrar a Sarah.
—Nada de eso. Ha sido más bien como un giro en el tiempo.
—Como ser catapultado diez años atrás…
—Exacto —corroboró él. Había dejado de jugar con la botella y parecía menos distante—. Apareces en el bar, y por una milésima de segundo es como si estuviéramos en aquel sórdido apartamento de Corydon.
Un apartamento pequeño y oscuro en un sótano era todo lo que podían permitirse, pero al menos estaba cerca de la universidad.
—Ojalá estuviéramos allí —dijo ella, tocándolo deliberadamente con la rodilla.
—Sarah.
—¿No te gustaría?
—Había mucha humedad, ¿recuerdas? Y a veces había hasta grillos.
Su mirada ya no era fría y hostil. Sus ojos la observaban con interés, como si su huraña fachada sólo hubiera sido un intento fallido por mantener el control.
Se giró sobre el taburete, de modo que sus rodillas volvieron a rozarse. Una ola de calor le subió por la pierna, y vio que él estaba pensando en lo mismo… Sin saber lo que hacía, le puso una mano en la mejilla, sintiendo la aspereza de su barba incipiente.
Él se puso rígido, y por un momento volvió a erigir un muro a su alrededor. Sarah temió que la mandara de vuelta a Vancouver con su falda favorita y sus bonitos zapatos de tacón, pero no fue así. Sin decirle nada, Ian puso la mano sobre la suya y movió los dedos con cuidado, como si su piel fuese algo fuera de lo común y necesitara toda su atención.
Bajó lentamente hasta la muñeca y volvió a subir, pero Sarah sintió su tacto en todas las células de su cuerpo. Y a juzgar por la expresión de Ian, él también debía de sentirlo.
Se permitió un par de segundos para meditar la decisión correcta.
—Mi hotel está al otro lado del pueblo —dijo—. Es un pueblo pequeño… por suerte.
Él empleó más de dos segundos. Tanto, que ella pensó que iba a rechazarla.
—Mi habitación está arriba.
—Mejor todavía —sacó un billete de diez dólares del bolso y lo dejó en la barra—. A menos que haya alguien a quien no le hiciera mucha gracia…
—Últimamente no.
La respuesta reverberó en las venas de Sarah mientras salían del bar, sin tocarse, intentando ocultar sus intenciones al resto del mundo.
—¿Desde cuándo?
—¿Eso importa?
—No, claro que no —atravesaron el vestíbulo y le desearon buenas noches al recepcionista, acuciados por una necesidad cada vez más difícil de reprimir—. Pero ¿estamos hablando de un mes o de un año? Una fecha aproximada…
Entraron en el ascensor y las puertas se cerraron.
—Estoy sano, si es eso a lo que te refieres.
No lo era. Quizá debería ser ésa la preocupación de Sarah, pero había algo más que la inquietaba. Mientras él presionaba el botón del tercer piso, ella acercó la boca a la suya.
—Me refiero a si hay alguien más que ocupe tus pensamientos —susurró. No quería que hubiera nadie más. Ni en el fondo de su mente ni como un recuerdo medio olvidado.
—¿Estás de broma? Tú eres la única que ocupa mis pensamientos. Sarah, tan hermosa y radiante como el sol.
De repente Sarah se vio transportada a la semana que se conocieron, a la primera vez que hicieron el amor. Se habían quedado fascinados el uno con el otro, y después Ian había pronunciado esas mismas palabras. «Sarah, tan hermosa y radiante como el sol». Era lo más poético que ella había oído nunca, mucho más romántico que una película o un libro, y aquel chico al que acababa de conocer le había parecido un ángel venido del Cielo.
Pero no era ningún ángel.
Ahora estaba de pie frente a él, y con cada respiración sus pechos entraban en contacto. El roce le provocaba un intenso hormigueo que le impedía concentrarse. Si se apartaba un paso, lo suficiente para que el aire circulara entre ellos, podría pensar con más claridad.
Pero en vez de eso se acercó aún más. Él la rodeó con los brazos mientras se besaban, al principio dubitativamente, debatiéndose entre los recuerdos pasados y el presente.
Las puertas se abrieron y se apresuraron a salir del ascensor y correr a su habitación. Cerraron la puerta, se quitaron la ropa, y palparon la piel que tan familiar y distinta les resultaba.
Sarah se apartó, le puso las palmas sobre el pecho y lo empujó a la cama. Lo necesitaba desesperadamente, después del escepticismo con que la había recibido. Necesitaba tener el control. Le gustaba cómo él la miraba, acalorado, expectante, luchando por adoptar un rol pasivo.
—La anticipación es la mitad del placer —le dijo ella.
—¿La mitad? ¿Estás segura?
Sarah casi pudo sentir su voz ronca en la piel desnuda. Se acercó a la cama y le rozó la pierna con la suya. La espera también estaba siendo demasiado para ella. Descendió sobre él, ahogando un gemido de alivio al sentirlo. Antes de que tuviera tiempo para conciliar lo nuevo con lo viejo, la recorrió un poderoso estremecimiento que la hizo abandonarse sin remedio. Él la siguió a los pocos segundos, empujando con fuerza, presionando las caderas y susurrando su nombre.
Permanecieron inmóviles unos minutos, y entonces él empezó a acariciarla de nuevo, tomándose su tiempo, provocándole las sensaciones que sólo él podía despertarle, haciéndole sentirse la mujer más hermosa y especial del mundo. En el fondo de su mente había algo que necesitaba decirle, pero no conseguía distinguir las palabras. El placer le impedía pensar, y lo único que importaba era que él estaba en su interior.
Sarah se quedó dormida enseguida. Al principio permaneció acurrucada junto a él, acariciándole el pecho con su aliento, pero al poco rato se giró de costado, aunque manteniendo la espalda presionada contra su cuerpo.
Durmiendo plácidamente. Dulce, suave, inofensiva…
Pero estaba allí, y por tanto no era inofensiva.
En el bar había estado a punto de alejarse de ella, incluso mientras acariciaban la idea de subir a la habitación. Ian tenía un pie en el suelo, listo para levantarse y marcharse. Una pequeña parte de su cerebro lo acuciaba a hacer lo mejor para él. No podían volver a juntarse de esa manera y luego separarse sin mayores consecuencias.
Era un idiota.
Su pelo caía en suaves ondulaciones hacia delante, agitándose cada que vez que respiraba. Ian se apoyó en un codo y le apartó los mechones del rostro.
Tenía el rostro más pálido y demacrado. Todo su cuerpo estaba más delgado. ¿Sería el resultado de tres matrimonios fallidos? Pobre lady Shalott… Así era como la llamaban sus hermanos. Siempre soñando con príncipes azules. Ningún hombre real podría estar nunca a la altura.
Unos años antes, un ex compañero de clase le había hablado de su segundo y su tercer matrimonio. Por aquel entonces el segundo matrimonio se había acabado y el tercero se vislumbraba en el horizonte. «Esa Sarah… Ha tenido más maridos que yo abrigos».
Fuera cierto o no, no había sido un comentario amistoso. Así lo había hecho notar, y se había ganado una mirada de compasión. Sin duda él también formaba parte de la historia. «Pobre Ian… Todavía enganchado de Sarah».
Y él lo habría negado rotundamente… antes de encontrársela en aquel bar de Yellowknife.
Sarah se despertó despejada y descansada, sin la menor noción del tiempo.
Sintió el cuerpo de Ian presionado contra su espalda y sus piernas. Era inconfundible. Aunque hubieran estado separados cincuenta años en vez de diez, reconocería quién estaba acostado tras ella. Le habría gustado volver a dormirse para que ninguno de los dos tuviera que moverse, pero sabía que él también estaba despierto.
—¿Ya es de día?
Él la besó en la nuca.
—Te has echado una cabezada de quince minutos.
—¿Me tomas el pelo? —abrió un ojo y recibió la luz natural que perfilaba las cortinas—. ¿Así que es real el sol de medianoche?
—A estas latitudes y en esta época del año, no mucho. Es más bien un atardecer permanente.
La manta y las sábanas habían caído al suelo. Sarah se dio la vuelta y se estiró, complacida por la mirada de Ian. Los años no habían hecho mella en su cuerpo.
—Me siento de maravilla.
—Desde luego…
Ella le dio un ligero golpe con la cadera.
—Ya sabes a qué me refiero.
La sonrisa de Ian hizo que se le encogiera el corazón. Siempre había sentido debilidad por su imagen desarreglada y somnolienta. Pero aquella sonrisa no era de felicidad.
¿Cómo era posible, después de lo que habían compartido? Porque lo habían compartido, ¿o no? ¿O acaso ella había estado flotando en las nubes mientras él se esforzaba en la ingrata tarea?
Se giró hacia él, intentando examinarlo sin observarlo fijamente. La sonrisa se había desvanecido y una sombra oscurecía su expresión. El puente levadizo volvía a estar levantado.
—¿Y bien? —preguntó él.
—¿Hmm?
—¿Cuál es tu veredicto sobre mis abdominales? ¿Están bien?
—Están mejor que bien, y tú lo sabes —dijo ella. Le acarició los músculos y sintió cómo se endurecían—. Son perfectos.
Era una sensación extraña, volver a tocarlo de aquella manera tan íntima. Por unos momentos había vuelto a ser su Ian. Pero al despertarse era una persona distinta, igual que ella. Así debía ser, pero eran demasiadas personas para una cama.
Se apretó contra él, confiando en que desapareciera aquella incómoda sensación.
—¿No es sorprendente lo rápido que hemos congeniado?
—La pregunta es ¿por qué?
—¿Por qué? —repitió ella. No le parecía que fuese una pregunta necesaria. ¿Ian se estaba cuestionando el hecho en sí, o la rapidez del mismo?
No podía pensar en ello. Su cerebro y sus sentidos necesitaban un largo descanso después de haber hecho el amor.
—Hay un tiempo para actuar y otro para pensar, Ian.
—¿Y ahora no es momento de pensar?
—Pues claro que ahora no —le pasó una mano sobre el pecho y descendió hacia sus fuertes abdominales, pero él le apartó la mano con delicadeza.
—Aún no entiendo cómo has llegado a Yellowknife.
—Bueno —dijo ella, viendo cómo crecía la distancia entre ambos mientras él se incorporaba y se apoyaba contra el cabecero—. Creo que primero sacaron el tren de aterrizaje y después hicieron algo con los alerones…
—¿De qué se trata, Sarah? ¿Qué me estás ocultando?
—No te estoy ocultando nada. Ya te expliqué por qué he venido.
—Algo sobre Santa Claus.
—¿No te crees que esté buscando el taller de Santa Claus?
La boca de Ian se torció en un gesto irónico.
—Claro que sí. Y ahora que te pasas el tiempo rodeada de libros infantiles, ¿qué podría ser más natural que hacer una expedición al Polo Norte?
—Podrías acompañarme —sugirió ella, complacida de que supiera algo sobre su trabajo—. Fotos para el National Geographic, artículos… ¡Una entrevista al hombre en persona!
Los ojos de Ian se entornaron ante la mención de su trabajo.
—¿Me tienes controlado?
—Yo no diría tanto —se excusó ella rápidamente.
—¿Y qué dirías, entonces?
«A veces pienso en ti y me pregunto cómo estás».
—Diría… que intento darme cuenta de lo que pasa a mi alrededor.
—Yo no he estado exactamente a tu alrededor.
—No se trata del espacio físico. Fuiste mi primer marido, y eso no se borra así como así. Hay un pequeño lugar en mi visión periférica que siempre ocuparás tú —se llevó un dedo a un lado de la cabeza—. Más o menos por aquí.
—Bastante alejado de tu campo de visión. Me sorprende que sepas a lo que me dedico.
—No eres ningún espía. Eres un reportero gráfico, y de vez en cuando la portada de una revista me llama la atención. Como Serengeti Safari, que encontré de camino a las latas de conserva.
—¿Pasaste junto a la revista y la dejaste en su estante?
—Me temo que sí —respondió, pero se arrepintió nada más decirlo. No había sido nada diplomática, ni había tenido la menor gracia. Y además, no era cierto.
—¿De verdad has aparecido por casualidad, Sarah? ¿En mi hotel, entre tantos otros?
¡Oh, qué irritante podía llegar a ser! A Sarah empezaba a cansarle su interrogatorio.
—Después de haber visitado unos cuantos.
—Aaah… Había que darle un empujoncito a la coincidencia.
Sarah miró a su alrededor en busca de su bolso. Estaba junto a la puerta, debajo de los vaqueros de Ian. Fue a recogerlo y volvió a la cama, donde lo abrió para sacar un recorte de prensa.
—Ahí estaba ayer por la mañana, tan contenta en pijama y zapatillas…
—¿Dónde es «ahí»? ¿Cerca de Vancouver?
—En mi apartamento. Planta doce. Con vistas al mar.
—Precioso.
—Ahí estaba yo, tomándome el café de la mañana con un delicioso bollo de canela, cuando abrí el periódico y encontré esto —agitó el recorte en el aire. Era un artículo sobre el oro que se descubrió en Yellowknife en los años treinta, y en los yacimientos de diamantes de Barrens Lands—. «No es oro todo lo que reluce», por Ian Kingsley —sonrió—. Siempre supe que tu nombre quedaría genial en letra impresa. Este artículo es la razón que me ha traído a Yellowknife, Ian. Tus palabras hicieron que quisiera ver este lugar por mí misma. Al final decías que estarías aquí varias semanas, escribiendo una serie de artículos sobre los Territorios del Noroeste. Así que me dije… ¿por qué no?
No había acabado de hablar y ya intuía la retirada de Ian.
—¿Lo has dejado todo? —le preguntó él con voz fría.
¿A qué demonios se refería? Ella no había dejado nada. Lentamente volvió a doblar el recorte.
—Me consideras tan resbaladiza como una piel de plátano, ¿verdad?
—Sí, bueno… —fue hacia el montón de ropa y se vistió rápidamente—. No es asunto mío lo que hagas.
—No.
—Ya no.
—Si es que alguna vez lo fue —dijo ella. No podía creerse lo que estaba pasando. Había respondido a la pregunta de Ian, y sin embargo todo se estaba cayendo en pedazos.
Ian se puso los zapatos y se ató los cordones con fuerza.
—Te pediré un taxi.
¿La estaba echando?
De haberlo visto venir, se habría anticipado y lo habría dejado colgado. Pero ahora ya no podía hacer nada. Y desde luego no iba a recoger su ropa mientras él la observaba.
Se recostó contra el cabecero y se giró para ofrecerle la mejor vista de su pecho izquierdo. Podía ser tan fría como él. Incluso más.
—No creo que sea así de sencillo… No puedes decir «no, gracias», justo después de haber aceptado lo que se te ofrecía.
—Tienes razón. Es muy… inoportuno.
—¿No tienes algún diccionario por aquí? Debe de haber una palabra mejor para definirlo —se levantó lentamente y caminó hacia él, que parecía incapaz de apartar la mirada de su cuerpo desnudo—. Voy a ducharme, y luego podemos hablar —aquello le daría a Ian tiempo para calmarse y ver que su actitud había sido algo más que «inoportuna».
Pero cuando salió del cuarto de baño, Ian no estaba allí, arrepentido y preparado para disculparse. Había reunido la ropa de Sarah y había dejado una nota sobre ella.
EL TAXI ESTÁ PAGADO Y ESPERANDO.
Garabateadas bajo la escueta frase en mayúsculas, había unas palabras que parecían haber sido pensadas en el último momento.
Me ha alegrado volver a verte, Sarah.
A la mañana siguiente, acurrucada bajo las mantas, Sarah repetía en silencio las palabras que Ian había usado. ¿Se alegraba de verla?
Eso había dicho. O escrito, lo que era aún peor. Había tenido tiempo para romper la nota y escribir otra mejor.
Se alegraba de verla. Sar. La había despachado después de acostarse con ella, y se despedía con un diminuto cariñoso.
¿Cómo había acabado en esa situación?
Por ignorar un simple prefijo. Las ex esposas no se iban a la cama con sus ex maridos. Eso era lo que significaba «ex».
Pero con Ian era imposible no hacerlo.
Su cuerpo había reaccionado en cuanto entró en aquel museo de taxidermia que llamaban bar. Debería haberse dado la vuelta nada más verlo y haber regresado directamente al aeropuerto. Pero eso era imposible. Ya había empezado a cuestionarse sus opciones en lo relativo a los hombres, y aún más cuando vio la foto y el texto de Ian en el periódico. ¿Qué estaba haciendo con su vida, embarcándose en una relación tras otra? ¿Era el momento de volver a intentarlo? ¿Ian y ella habían acabado para siempre?
Era una extraña pregunta después de diez años. La pasión que había prendido en el reencuentro decía que no.
La desaparición posterior decía que sí.
Tal vez había esperado demasiado de un viaje tan corto. Como si Ian fuese una especie de oráculo y fuera a darle todas las respuestas sólo por verla.
«Lo has dejado todo».
Lo había dicho con una voz de hielo, como si ella hubiera abandonado a un niño o hubiera dejado a alguien colgando en un acantilado. ¿Era ésa la opinión que tenía de ella?
A Sarah no le importaba lo que pensara de ella.
Bueno… Sí le importaba, pero no podía hacer nada al respecto. No podía cambiar a Ian.
A través de las mantas oyó el sonido apagado del teléfono.
Ian. Supo enseguida que era él. Un Ian mortificado, arrepentido y avergonzado. Cansado y demacrado por haber pasado la noche dando vueltas en la cama… aún más que ella. Al fin y al cabo, él era el culpable. Ella sólo había sido un poco imprudente.
Si Ian se disculpaba, ella fingiría que no sabía de lo que le estaba hablando. «¿La nota? Estabas preocupado por eso? Por Dios… yo también me alegré de volver a verte».
Sacó un brazo por debajo de las mantas y tanteó la mesilla en busca del teléfono. Después de chocar con el despertador y la lámpara, consiguió agarrar el auricular y se lo llevó bajo el edredón.
—¿Diga?
—¡Buenos días! —la saludó una voz alegre y completamente despejada. No era la voz de Ian. Era Oliver—. Vaya voz tan gruñona… ¿Estoy hablando con la encantadora señorita Bretton?
Sarah apartó las mantas para mirar el reloj. ¿Las ocho? Eso significaba que eran las siete en casa.
—¿Ocurre algo? ¿Jenny está bien? —Jenny era su perrita, a la que había rescatado de una perrera un par de años antes y que vivía como una reina desde entonces—. Oh, Dios mío, ¿la ha atropellado un…?
