¿Qué espero para ser feliz? - Jorge Capellán - E-Book

¿Qué espero para ser feliz? E-Book

Jorge Capellán

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Con un estilo sencillo y accesible, reflexivo y filosófico, el autor nos invita a vivir en el presente, a soltar el control excesivo y a entender la interdependencia de todas las cosas. ¿Qué espero para ser feliz? nos muestra paisajes mentales, que probablemente hemos asumido sin haberlos analizado, y nos induce a observar nuestras actitudes ante las diferentes experiencias de la vida. Los diversos textos son un estímulo para reflexionar sobre la impermanencia y la insatisfacción sutil del ser humano, mostrando cómo nuestra relación con el mundo depende de la percepción que nuestra mente tiene de lo que sucede. De ahí la importancia de conocer los mecanismos mentales que construyen nuestras neurosis y poder utilizarlos para deconstruirlas, sugiriéndose la meditación como una posibilidad para lograrlo. … Si solo hay instantes que mueren cada instante y es ahora cuando estamos vivos, ¿Qué espero para ser feliz?

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Seitenzahl: 90

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Jorge Capellán

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Ilustraciones y diseño de portada: Laura Padrón Rodríguez

Revisión de estilo: Ana María García Álvarez e Isabel Vidarte

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-540-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A Eloy, mi compañero de vidas…

A los maestros y a los impostores,

porque de todos he aprendido.

Y a ti…

Prólogo

Para ser feliz… ¿necesito que los demás se alegren de mis alegrías?

Para ser feliz… ¿necesito saber lo que quiero y luego tomar la determinación para conseguirlo?

Para ser feliz… ¿necesito que tú pienses, creas, escuches, veas y sientas como yo?

Para ser feliz… ¿necesito que me digan lo que quiero escuchar?

Para ser feliz… ¿es imprescindible que cambie las causas y condiciones que impiden que lo sea?

Para ser feliz… ¿necesito engañar al mundo maquillando mis defectos y disfrazando mis faltas?

Para ser feliz… ¿debo establecerme y actuar desde mis carencias o desde mis virtudes?

Para ser feliz… ¿necesito ir de un lugar a otro? o ¿debería reconocer que la felicidad es un potencial natural de la mente que simplemente hay que desbloquear y desarrollar?

Para ser feliz… ¿necesito modificar al otro deseando que todo ocurra como yo quiero?

Para ser feliz… ¿necesito primero aceptar lo que sucede y sin rechazar lo evidente modificar todo aquello que creo conveniente?

Para ser feliz… ¿debería abandonar las complejidades y permanecer en la virginidad sencilla de cada instante?

Para ser feliz… ¿es necesario estar consciente de la mente y así poder reconocer sus creaciones como simples reflejos creados por ella misma?

Para ser feliz… ¿debo relajar las tensiones mentales creadas por el deseo de obtener la felicidad?

Para ser feliz… ¿necesito sentirme superior a los demás?

Para ser feliz… ¿necesito que los demás también sean felices?

Es hora de reconocer nuestra maestría…

Es hora de llevar nuestra sabiduría al camino de la vida…

Si solo hay instantes que mueren a cada instante y es ahora cuando estamos vivos,

¿Qué espero para ser feliz?

Deseo que este libro sea un espejo en el que puedas reconocerte y encontrar tus propias respuestas.

Paisajes mentales

Vivir es como aprender a andar en bicicleta

No se trata de controlar nada, más bien se trata de descontrolar el control y hacerse uno con las circunstancias, fluyendo entre las olas de la vida que instante a instante surgen y desaparecen para no volver a aparecer nunca más.

Aprender a vivir es como aprender a andar en bicicleta.

Al principio necesitamos que nos sostengan. Luego, es necesario que poco a poco nos vayan soltando hasta que nos damos cuenta de que estamos andando solos, pendientes aún de mantener el equilibrio para no caernos.

Más tarde surge la confianza. Levantamos la vista, mantenemos una mirada espaciosa que lo abarca todo y descubrimos que nos hemos olvidado de la bicicleta que nos transporta; que hemos dejado de preocuparnos por mantener el equilibrio. Entonces, sin pretender controlar nada, nos desplazamos libremente por la vida haciéndonos uno con todo lo que aparece en nuestro caminar, fundiéndonos con las ráfagas de aire que rozan nuestra cara, moldeándonos con las piedras del camino y volando con los pájaros que atraviesan el cielo.

Nos hemos liberado del pasado y no estamos pensando en el futuro; somos como los animales que, según Aristóteles, solamente viven en el presente porque no tienen ayer y no tienen mañana, lo cual es una manera de permanecer en la eternidad.

Sumando dolores

Si me quemo la yema del dedo surgirá un dolor que podré calmar con diferentes métodos. Cuanto menos me aferre o identifique con el dolor, más rápido disminuirá hasta que finalmente acabe desapareciendo.

Pero si continúo durante el día reviviendo y sosteniendo en mi mente la experiencia de la quemadura y su dolor, y por la noche me golpeo una rodilla, en ese momento sumaré al dolor de la quemadura el dolor de la rodilla.

Si sumo dolores, estos se convierten en un gran dolor, pero si no me aferro al dolor que surge, cada dolor que aparece será un único dolor al que tendré que enfrentarme.

Si ayer el patio de mi casa estaba lleno de hojas y no las barrí, a las hojas que caigan hoy deberé sumarles las de ayer.

Si continúo dejando que se acumulen las hojas de ayer, de antes de ayer, de la semana pasada y de los últimos años, es muy probable que un día ya no pueda abrir la puerta que me permite pasar al jardín de mi vida despierta.

No pidas permiso

No pidas permiso para volar, las alas son tuyas y el cielo no es de nadie…

Pienso, ¿luego existo?

Pienso, luego existo.

Pero,

Si no me veo… ¿existo?

Si no siento… ¿existo?

Si no percibo… ¿existo?

Si no oigo… ¿existo?

Si no huelo… ¿existo?

Si no me muevo… ¿existo?

Si no me expreso… ¿existo?

Si no pienso… ¿no existo?

Si no te pienso… ¿existo?

¿Existo porque respiro o respiro porque existo?

¿Sufro porque existo o existo porque sufro?

¿No será quizá que existo simplemente porque pienso que existo?

Si no vemos el espacio… ¿el espacio existe?

Si no hay luz… ¿el espacio existe?

Si no hay espacio… ¿existe la luz?

¿Pienso y luego existo?

¿Es realmente imposible existir sin pensar?

De ser así, ¿qué sucede cada vez que la mente se calma y deja de producir pensamientos? Y, aunque suceda durante una milésima de segundo, ¿significa que en ese tiempo hemos dejado de existir?

Durante el tiempo que no hemos pensado, ¿a dónde fuimos?

Ser o Ser, esta quizá sea la cuestión fundamental.

Cuando te pregunto cómo estás

Cuando te pregunto cómo estás, NO te estoy preguntando qué haces.

Cuando te pregunto cómo estás, a menudo la respuesta es una descripción previsible e interminable de todo lo que has hecho y todo lo que harás.

Pero cuando te pregunto cómo estás, te estoy preguntando ¿cómo te sientes? porque deseo conectar con tus emociones, tus sentimientos, tus alegrías, tus tristezas, tus miedos y tus esperanzas.

Te pregunto cómo estás porque me interesa que nos encontremos en ese espacio del ser y no del hacer.

Nada

Al no hacer, se hace todo lo que hay que hacer; es decir, nada.

No hacer

No hacer no significa dejar de hacer cosas.

No hacer no significa la inacción o no acción, sino dejar de creer ilusamente que al hacer algo estamos realmente creando algo de la nada.

No hacer significa dejar de sentirnos auténticos y exclusivos creadores de algo totalmente nuevo.

No hacer es reconocer que no hay absolutamente nada que exista por sí mismo, es decir, que se haya creado a sí mismo.

No hacer es reconocer que todo surge en relación con otras cosas, como resultado de una co-producción en un completo estado de interdependencia.

Esto es porque eso es y eso es porque esto es.

En una de sus últimas enseñanzas, Buda dijo: Finalmente se trata de no hacer nada, pero hasta que podamos no hacer nada, tenemos que hacer muchas cosas.

Sanar heridas

Cuando un ciervo está herido, busca un lugar seguro donde refugiarse y poder descansar hasta curarse. Y, cuando está totalmente recuperado, regresa a la vida del bosque.

La salud y la muerte son algunas de las pérdidas que debemos afrontar. El grado de realidad e importancia que le otorguemos será directamente proporcional al tiempo que necesitamos para elaborar y asumir las pérdidas.

Frente a la muerte de alguien, muchas veces creemos que sufrimos por el sufrimiento del que no está, pero quien no está, ya no sufre. En realidad, sufrimos por nosotros mismos, sufrimos porque ya no podemos contar con quien se ha ido.

Al igual que el ciervo, cuando nos sentimos heridos física o emocionalmente, deberíamos detenernos, escucharnos, sentirnos, contenernos, reposar… Y así, poco a poco, podríamos recuperar la energía vital, que ayuda a cicatrizar de manera natural nuestras heridas del cuerpo y del alma.

Dar la bienvenida a las enfermedades

Si las enfermedades las vivimos como un castigo, nos hundimos en los infiernos. 

Pero, si a las enfermedades les damos la bienvenida como a un amigo que nos sugiere que algo no está yendo correctamente, les daremos las gracias por haber venido y permitirnos verlo.

Si terminar con lo tóxico es importante para nuestra supervivencia física y psíquica, mucho más importante es liberarnos de las causas que producen la toxicidad; porque si estas permanecen vigentes, las dolencias y padecimientos volverán a repetirse.

Sin tener que ser, simplemente siendo

El hábito no hace al monje. Nuestra falta de sentido común y pereza para analizar y experimentar por nosotros mismos, hace que muchas veces aceptemos ciegamente lo que alguien dice no por lo que nos dice, sino por quien es el que lo dice.

Creer en algo por decreto, dogmatismo o fe ciega nos da en cierto modo la tranquilidad de no tener que replantearnos nada, pero nos incapacita para cuestionarnos y reconocer, a través de la propia experiencia, las cosas por lo que realmente son y no por lo que nos dicen que son.

El agua pura de un manantial no cambia su naturaleza de agua pura, independientemente de que nos la ofrezca un mendigo o alguien cubierto con brocados y sombrero, sentado en las alturas de la omnisciencia.

El agua pura no necesita ser buena por decreto, ni tampoco porque alguien se lo imponga, dado que de ella surgen espontáneamente todas sus virtudes.

La pureza de ser es algo que cada cual debe descubrir por sí mismo sin el esfuerzo de tener que ser, sino simplemente siendo.

Encuentros

¿Qué sentido tiene vivir sin reconocernos? ¿Qué sentido tiene vivir sin encontrarnos?

Confieso que continúo reconociéndome en los encuentros y no en los desencuentros.

Me encuentro en las caricias y no en los golpes.

Me encuentro en la búsqueda de soluciones y no en los combates.

Me encuentro en la suma y no en la resta.

Me encuentro en la ternura y no en la agresión.

Me encuentro en los abrazos y nunca en el desprecio.

En una apertura radical hacia todo lo que sucede, podemos encontrarnos absolutamente todos. Y, aunque no compartamos las mismas ideas ni las mismas ilusiones, siempre seremos amablemente recibidos.

Los polos aparentemente opuestos también suelen encontrarse.

Brindo por los encuentros del mundo, incluyendo aquellos encuentros en los que la única coincidencia es la de no coincidir en nada.

¿Cómo puedo pretender estar conmigo si no me encuentro?

¿Cómo puedo pretender estar con alguien con el que no me encuentro?

Es en los encuentros cuando me siento en casa.

Y es en los desencuentros cuando me distraigo y me pierdo.

Me percibo en las caricias, me reconozco en la ternura y me encuentro en los abrazos.

¿Perfecto o imperfecto?