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En una época que exige productividad y progreso, la protagonista y narradora de esta novela toma una decisión a contracorriente. Con treinta y dos años, trabaja de asistenta de dirección en la industria audiovisual y vive con su perro Río en una casa alquilada en un barrio de Buenos Aires con más cuartos de los que puede habitar. Luego de ahorrar durante meses, un día deja de aceptar trabajos por un plazo indefinido. ¿Qué busca? Algo importante: averiguar a qué tiene sentido dedicarle el tiempo si está a su entera disposición. Lo que en un principio parece una fantasía introspectiva y algo individualista, que no está libre de ansiedades, se va convirtiendo en una experiencia de apertura y en el tejido de una red de lazos de afecto. En su debut literario, Agustina Espasandín ha escrito una novela involuntariamente generacional y pospandémica poniéndose en la piel de una heroína de barrio que persigue y entrega lucidez, ternura y gracia en cada encuentro. Con prosa inspiradísima y una convicción infrecuente en una primera novela, Que pase algo pronto es un grito ahogado, y también una canción feliz, contra la falta de ideas de futuro, la deshumanización y el eterno imperio de lo mismo.
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Seitenzahl: 237
Veröffentlichungsjahr: 2024
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La realidad es una cosa lejana que se acerca con infinita lentitud al que tiene paciencia.
R. M. Rilke
La lentitud es una afrenta para el sistema nervioso del capital.
Vivian Abenshushan
Quería no tener nada que hacer, pero sobre todo, no tener que hacer nada que no quisiera. Trabajé durante meses y meses sin parar en distintos rodajes como asistenta de producción y a veces de dirección, en jornadas largas con horarios irrisorios, aprovechando la presencia de un representante del sindicato que sí contabilizaba las horas extras, y ni bien ahorré la plata suficiente para aguantar, paré.
Ahora que el tiempo es todo mío, que no hay actividades ni horarios a los que acompasar el resto de un día, y lo que queda por delante se puede parecer tanto o no a lo anterior, veo cosas en donde antes no veía nada. En este desierto llano y pleno que construí, y en el que me muevo, una mañana me asomé por primera vez a una de las medianeras de la terraza.
En el pulmón de manzana, no muy lejos de donde estoy, más allá de un árbol de flores rojas y centro amarillo, se ve el contrafrente de una casa chica, austera, que tiene un balcón sin barandas cubierto por un techo de chapa. Es un primer piso conectado a la planta baja por una escalera caracol que se une a este balcón del peligro. De ahí hacia la derecha hay, en este orden, una puerta, una ventana y un ténder colgante, todo pintado de blanco. El piso es de hierro y está formado por un enrejado de pequeños rombos. De punta a punta no tiene más de metro y medio y el extremo derecho, el de la ventana, está ocupado por un cajón plástico de botellas junto a un malvón plantado en un balde de pintura. El espacio que queda libre alcanza justo para estar parada, a solas y con cuidado.
Lo que hice fue empezar a filmar ese balcón aproximadamente un minuto cada día. Al principio usé el teléfono, pero no registraba las cosas como yo las veía. Me acordé de que en algún lado de la casa había visto una filmadora de mano que no era mía pero que podía usar. La hice arreglar y el grano, la textura en general, la nitidez precaria de la imagen soportan mucho mejor el cuadro, se acercan más a lo que veo cuando miro hacia ahí. No sé de qué se trata lo que hago, pero son planos de lo mismo y sobre lo mismo. Sobre el cambio en la permanencia y viceversa. Algo así.
Vivo cerca del cementerio, el más lindo y el más grande del país. Pero no hacia el lado en donde se apiñan los puestos de flores, sino hacia Elcano, Malvinas Argentinas, esa zona. Río y yo vamos mucho, sobre todo cuando hay sol, y lo bueno es que siempre quedan partes por recorrer, partes que todavía no conocemos. Disfrutamos de esa frecuencia baja que tiene el silencio, es uno de los pocos lugares de la ciudad en donde la ausencia de ruido no es signo de algo más sino una forma objetiva de ser y ya. Adentro del cementerio tenemos distintos itinerarios. A veces caminamos. A veces leemos epitafios. A veces miramos los objetos que se acumulan alrededor de las cruces de madera. Desde fotos, rosarios y cintas, flores de plástico, hasta cartas, dibujos de niños y chapitas de cerveza. Ofrendas. Elegimos un banco y Río pasea, husmea y huele, y yo leo o tomo mate. No tengo que preocuparme por mirarlo porque sabe comportarse. Río jamás se pondría a hacer pozos ahí. Una vez almorzamos comida por peso que habíamos comprado en la avenida.
El acontecimiento más reciente es que hablé con un hombre que trabaja en un edificio que está cerca de la zona de los mausoleos, en lo que se llama «Depósito de Restos». Fue el mismo día que descubrí ese lugar y me puse a espiar para adentro, asomada a una puerta que estaba abierta. El hombre salió de un costado de la construcción, me preguntó qué necesitaba y yo le contesté con otra pregunta: qué hacían ahí. El tipo es grande, aunque quizá menos de lo que parece. Tiene arrugas en la cara que son líneas profundas, profundas de verdad, bien rectas al costado de los ojos, patas de gallo que cuando algún gesto las estira muestran otro color, como si tuviera otra piel abajo de la piel. Se ve que tuvo ganas de contestarme porque en el rato que estuvimos ahí parados me contó que el Depósito de Restos es parte del proceso de desentierro. Yo hice un chiste, sorprendida porque creía que ahí se ocupaban de lo contrario, y él me explicó que todo lo que se guarda después se vuelve a sacar. Lo dijo así y en el momento no pregunté más. Cuando me fui vi que al lado del edificio, a la sombra de un árbol, tenía una mesa de plástico con una Crush de naranja y un televisor sobre un banco enchufado al aire libre con una cadena de alargues.
Mi perro es de un negro muy completo, pero no porque sea completamente negro, que también, sino porque su pelo renovó la idea del negro que yo tenía. Es por la forma en que refleja el sol y por el modo en que otras partes de él, los dientes, la lengua y los ojos, contrastan con el resto. En el pelo de mi perro vi que el negro, según la luz, puede esconder azul. Se llama Río y es de cuerpo grande, con la energía de un adolescente. Fibroso, de pelo corto, suave cuando lo acaricio en la dirección en la que crece, áspero cuando voy al revés, pero esto casi nunca lo hago. Estirados, los dos ocupamos casi el mismo espacio.
Lo conocí hace aproximadamente dos años, una vez que fui a visitar a un amigo que lo había encontrado en la calle y se lo trajo. Esa tarde jugamos mucho. Río pegaba saltos en el aire y volvía a traerme un pañuelo anudado que yo le tiraba. En un momento mi amigo, que estaba apoyado sobre la mesada de la cocina, me preguntó: ¿Te lo querés llevar? No me esperaba la pregunta, nunca había tenido un perro, nunca lo había considerado, pero ahí mismo lo pensé y me escuché diciendo: La verdad, sí.
La foto más linda que tenemos es una de nuestro primer verano. Estamos en la cama con las sábanas revueltas, recién despiertos, él estirado y yo desnuda con una pierna encima de su cuerpo. La cabeza de Río entra justo en el largo de mi cuello, y con una mano le agarro el hocico entero.
Le puse ese nombre porque para volver a mi casa no lo até, vine caminando quince cuadras y él me siguió, blando, como una rama que se deja arrastrar por la corriente.
Mi casa es un ph viejo que está al fondo del pasillo de una casa tipo chorizo. Techos altos, mucho más grande de lo que necesito para mí. Pero es de la madre de una conocida, y por un arreglo sin contrato que a ella le cerró por la tranquilidad y a mí por lo económico, vivo acá hace casi dos años. Algunos ambientes están vacíos, uno, por ejemplo, acumula objetos, electrodomésticos viejos y muebles que no tienen relación entre sí. De vez en cuando la amplitud de la casa, y sobre todo la amplitud vacía, sin función, me molesta y quisiera eliminar esas habitaciones. Pero fui aprendiendo a ignorar ese espacio libre, a levantar un cerco imaginario, un perímetro que delimita la zona por la que circulo, e intento no recorrer con la cabeza cada cuarto mientras estoy, por ejemplo, ya en la cama o picando morrón en la cocina.
A veces tengo invitados que vienen y dicen que acá pondrían un hostal. En tiempos de entusiasmo se llegó a hablar de un centro cultural. Son ideas que los demás imprimen sobre esta casa y yo, como tengo oídos, escucho, pero nada más. Ni siquiera me gustan tanto los centros culturales. Una vez una tía mía en una discusión familiar dijo: «Yo grito todo lo que quiero, para eso está mi casa, carajo». Creo que el «para eso» fue un faro: la casa como el lugar del que una se hace para poder gritar. Igual, no tengo recuerdos de haber gritado nunca acá. No en serio. No con desesperación, desborde o enojo. Pero tal vez un grito sea muchas cosas.
Después de setenta y dos horas sin internet, gasto crédito esperando que me atiendan en el 0800 del servicio técnico. Llevo coordinadas dos visitas en las que vendrían a arreglar pero nunca aparecieron. Una versión enloquecedora de «La primavera» de Vivaldi suena en el altavoz mientras intento desenredar los cables para conectar el reproductor de dvd a la tele. Para la comunicación me arreglo con los datos del teléfono pero mi cuerpo empieza a pedir su dosis de caja boba. Ayer y hoy me dije que iría a la sucursal más cercana pero al despertar decidí que era mejor no invertir energía en eso. Incluso aunque después, en retrospectiva, al final del día, no pueda decir que esa energía haya sido usada para nada en concreto, ninguna actividad definible. Revisé el estuche que encontré el otro día curioseando en el cuarto de cosas y muebles: los discos metidos en los folios están rotulados algunos con indeleble, otros con etiquetas. Son pocos los títulos que me suenan. Logro enchufar el aparato y pongo uno. En la pantalla se despliega un menú con cuatro películas grabadas. En el momento en que arranca la primera se corta el llamado y empieza un documental.
Los descubrí porque planean bajo, distinto a las palomas. No sé cuándo fue que llegaron con sus alas grandes y extendidas en esa inmovilidad soberana. Pero ahora que empecé a trepar al techo del vecino los veo mejor. Subo a la tarde, cuando refresca, porque si hay o hubo sol la membrana se calienta y, además, el brillo sobre el plateado lastima los ojos y con el rato te va dejando inútil, abombada. Río y yo estamos acá arriba. Es domingo al atardecer. Él está más adelante, casi al borde. Veo su silueta recortada tapando el sol que baja cerca del cementerio. Nos llega un último rayo lavado. Es la hora en que las aves se desplazan, se mueven de allá, donde está el sol, hacia acá, y después hacia otra parte. Esa otra parte es siempre un misterio, pero el recorrido que hacen en el aire se parece bastante todos los días. Creo que podría dibujarlo. Planean en círculos u óvalos imperfectos, como rumiando, como dando una vuelta enigmática y al pedo antes de ir adonde quieren. Salen de las copas de los árboles, aparecen de pronto sincronizados con el sonido que hacen las alas al moverse y suenan como papeles gruesos sacudiéndose al viento. Levantan vuelo y manteniendo entre ellos una distancia chica pero suficiente van a algún lugar hacia el este. Van de a dos, a lo sumo de a tres. Son manchas irregulares, oscuras, sin forma de pájaro. Algunos lanzan graznidos a mitad del recorrido. Las aves grandes, las que mandan, usan ese momento para perseguir y cazar. Entonces las bandadas se disgregan, escapan, y algo que era una forma organizada de movimiento parece repentinamente gobernada por el caos. A veces hacen una ronda y vuelven al mismo lugar donde estaban. Cuando se posan lo hacen alto, en las antenas de teléfono, o sobre los tanques de agua, y ahí se quedan. El cuerpo, a la distancia, desde abajo, parece de piedra, una gárgola. Pero tuercen el cuello hasta ciento ochenta grados y en un movimiento medio robótico, desarticulado, giran el cráneo chico controlando lo que los rodea, en un reconocimiento de todo eso que es su imperio.
Y también los vi porque son notoriamente más grandes que el resto de los pájaros, y el dibujo inferior de las alas, un centro oscuro y el resto más claro, los vuelve una mancha en el cielo mucho más pronunciada. El vuelo es lento, hueso hueco pelea mejor contra la fuerza de gravedad. Yo creía que eran halcones, pero la vecina de al lado me dijo que también pueden ser gavilanes o caranchos. Como todavía no los sé distinguir les sigo diciendo halcones.
Bajar es siempre un momento incómodo. El salto con el que vuelvo a mi terraza coincide con el atardecer y ahí, en esa declinación, en esa franja invisible que divide un bloque de horas de otro bloque, me pongo rara. En lo primero que lo noto es en mis plantas. Muestran una cara distinta cuando hay menos luz. No es una cara mala, es solo otra a la que no las tengo tan asociadas. No sé bien qué pasa pero queda claro cuando vuelvo al living porque es como si a todas las cosas les hubiesen subido el ISO. Las luces brillan mucho y con los objetos pasa algo raro, como que se ven más. Creo que en alguna parte de mí, aunque en el momento no lo pueda explicar, me doy cuenta de que algo que debería haber pasado no pasó y que como está llegando la noche entonces ya no va a pasar.
Me vi con una chica. Ninguna es muy amiga de las primeras citas en bares así que vino a casa y comimos una pizza que pedimos acá cerca. Charlamos durante horas y después cogimos. Todavía en la cama y pasado un rato, se dio ese momento cuando no sabés si la otra persona piensa irse o quedarse. Yo estaba desvelada por su presencia y no se me ocurrió otra manera de despejar el misterio que preguntándole si quería ver un documental. Hace varias noches que Río y yo apagamos las luces, nos acurrucamos en el sillón bajo una manta, damos play a un dvd y dejamos que la suerte decida lo que veremos. Lo que sucedió es que de pronto solo vemos documentales, y a medida que pasan los días y vemos más y más, empezamos a tener una nube de información que nos acompaña a todas partes. Los temas no tienen coherencia, no responden, de momento, a ningún criterio en especial que los vincule. Los documentales grabados en los dvds son tan arbitrarios como lo que hay en las habitaciones en desuso de mi casa. Para mi sorpresa, la chica dijo que sí. Nos vestimos un poco y fuimos al sillón del living. El sistema de poner un dvd y darle play a lo primero que aparezca creo que la desconcertó. Me pareció entendible, y de hecho se quedó dormida al rato. Me dio pena porque el documental era muy bueno y hubiese querido comentarlo. Tenía unas imágenes brillantes de volcanes en actividad musicalizadas con piezas de ópera. Pero también, que estuviera dormida me dio vía libre para mirarla todo lo que no había podido en otros momentos. En verdad no es que no la hubiese mirado antes, constantemente tenía el instinto de querer observar su cara, cómo era, dónde tenía las pecas y qué gestos hacía con la boca. El problema, más bien, es que mis ojos tienen la tendencia a escaparse cuando les devuelven la mirada, y hacen esa cosa loca que es posarse justo encima de una ceja u al costado, en una sien. Ojo con ojo nunca. No es timidez, porque de hecho todo estuvo bien, fue uno de esos encuentros amables en los que la conversación fluye sin esfuerzos ni tropiezos, sino una maña estúpida y mía en la que siento que si me miran demasiado y sostenidamente me van a chupar el alma o van a ver algo que no quiero. Cuando se quedó dormida, pude sacarme las ganas que había acumulado, y su piel, por la luz del televisor, se tiñó de blanco, de rosa y después de azul. La miré hasta que, además de una completa desconocida dormida en mi sillón, se transformó en una criatura exótica, serena, casi un alien. El documental lo pude ver igual, y me gustó tanto que, ahora que ella se fue después de desayunar, vuelvo a buscar esa parte en la que dos figuras de trajes plateados caminan tranquilas hacia la boca de un volcán. Caminan por un suelo carbonizado, a la orilla de una lengua gruesa y fosforescente de lava. Es hermosa esa manera de ir, ir e ir hacia el peligro y descubrir que el corazón rabioso de la tierra es un lugar al que se puede llegar caminando despacio.
La pareja de vecinos mayores que vive en la casa de adelante pasa mucho tiempo en la vereda. Hacen alguna cosa en el garage, y al abrir la puerta corrediza se arma un continuo entre la casa y la calle. A veces él sale y se para un rato en medio del paso y con los brazos atrás mira para ambos lados. El sol rebota en sus anteojos o en el cristal del reloj, lanzando manchas de luz que se reflejan en la cuadra de enfrente. En algún momento se asoma ella, secándose las manos con un repasador, y le acerca un mate, un vaso de jugo fresco, cruzan alguna palabra y ella vuelve a entrar. Sé sus nombres porque nos presentamos cuando llegué hace dos años y bajaba mis cosas del camión de mudanza. Al principio solo nos saludábamos. Después, como suele pasar, empezamos a comentar el clima, los cortes de luz y todo lo poco que podíamos tener en común. Hasta que una vez se me ocurrió preguntarle a ella si había visto los pájaros y ahí la conversación creció. Están jubilados, eso lo sé porque se ve que son mayores y porque su ritmo no se parece en nada al del resto, al de correr para que las pequeñas tareas de la vida entren en el tiempo que sobra después del trabajo. Hace poco leí que «ritmo» quiere decir «disposición psíquica».
Mientras paseo a Río por el barrio pienso que esa frecuencia en la que están es una especie de estado nuevo, un estado de disponibilidad, como de levedad constante que comienza, o al menos eso me gusta imaginar, cuando se deja de trabajar, y que inaugura, a su vez, una forma totalmente nueva de estar en el presente. Río también es una encarnación de eso. Justamente estoy pensando en cómo ese modo de vida se parece bastante a lo que yo quería de esta etapa mía sin trabajo cuando llego a casa y me la cruzo a ella. La vecina dice que vinieron los muchachos del internet, me da un papelito, dice que le tocaron el timbre a ella y que ella me golpeó la puerta a mí. Le cuento de los desencuentros, digo: Será que tengo que vivir sin internet. Ella arruga el ceño y se pregunta si no estará pagándolo igual, aunque no lo use. Tenemos la misma compañía. Le ofrezco que me traiga una factura para revisarla juntas y, efectivamente, después de escucharla abrir y cerrar cajones desde la puerta de su casa, la boleta lo confirma.
Me llama una amiga con la que hace tiempo que no hablo. Son las ocho de la noche cuando me sorprende su nombre en la pantalla. Hay mucho ruido de fondo y se la escucha alterada. Dice que no encontró a quién llamar y que necesita que vaya cuanto antes al Tornú, el hospital que está cerca de mi casa. Dice que está con su hijo, por algo que le pasó al nene, que necesita ayuda, que cuando llegue me cuenta.
La encuentro sentada en la sala de espera de urgencias con la cara llorosa. Me cuenta que su hijo, cuatro años, tomó lavandina. Que dejó el vaso de los cepillos de dientes desinfectándose y el nene se lo tomó. Le están terminando un lavaje de estómago que va a salir bien porque no tomó una gran cantidad, pero lo mismo está angustiada y necesitada de compañía. Entiendo, por supuesto, lo terrible, pero no sé muy bien qué decirle. Me quedo con ella hasta la medianoche en el hospital, conteniéndola cuando se larga a llorar diciendo que es mala madre y saliendo a fumar cigarrillos a la puerta. El padre del nene, bien gracias.
Un día largo, atropellado. Abarrotado de una información confusa. Cuando llego a casa, pienso, por feo que suene, que es un alivio que el reencuentro después de tanto tiempo haya sido así. No haber tenido que hablar de mí y contar que en mis treintis me estoy dando el capricho de probar la vida sin trabajo.
Ahora que llevo varios días de asomarme a la medianera y que reuní más de cuatro minutos de material con la filmadora, me gusta mirar todo junto. A veces le doy play y me pierdo, y para distinguir un día de otro día, una filmación de otra, tengo que rebobinar. El encuadre es siempre el mismo: la casa en el pulmón de la manzana, el contrafrente con el balcón sin barandas, la puerta, la ventana, la escalera caracol. Lo que varía es el clima y tal vez la hora, que se nota en la luz y en la porción de cielo que se llega a ver. Cambia el color de la ropa colgada en el ténder y la caída de las prendas, según estén mojadas o secas. Cambia si hay viento y las hojas del malvón se mueven. Cambia el sonido si por alguna casualidad justo en ese momento de la filmación alguien gritó o habló fuerte y la voz rebotó en el corazón de la manzana. Cambia el verde de la copa del árbol según el contraste que haga con el cielo y la vitalidad que lo rija ese día. Cuando me olvido de filmar a la mañana y lo hago más tarde el sol entra de costado y la sombra gana en proporción. Se forma un claroscuro que hace un poco de ruido. A veces me dan ganas de borrar esos fragmentos que no filmo a la mañana, pero todavía no estoy segura de si estoy de acuerdo con ese tipo de intervención, creo que la idea, si es que hay una idea, tiene que ver justamente con no intervenir. Confío en ir archivando y en que alguna vez toda esta acumulación pueda decir algo de algo. Por ejemplo, como mínimo, quién es capaz de permanecer en un balcón en el que solo se entra parado, cuánto tiempo se puede aguantar así. Hace falta un gran nivel de armonía y equilibrio.
Anoche tuve insomnio. Estuve tomando té sentada en una silla, escuchando la respiración de la casa, que parecía más grande en el silencio del sueño de los vecinos. A las seis de la mañana salimos con Río a la calle. Fuimos los primeros en la panadería, y con un café en mano y un paquete de facturas caminamos hasta el cementerio. Yo sabía que no abren al público hasta las siete y media, pero confié en que quizá el guardia me dejara pasar igual. No fue el guardia sino mi conocido, el sepulturero, que me vio asomada a la reja y vino a abrirme. Yo había reservado unas medialunas para él por si me lo cruzaba. Cuando le mostré el paquete sonrió y me dijo que lo acompañara a poner la pava. Lo esperé sentada en la mesita al costado del edificio. Después se sentó conmigo, y a Río le puso un tupper con agua. El gesto me gustó porque cuando lo apoyó en el suelo Río se acercó enseguida a tomar, como si le hubiera leído el pensamiento o la necesidad.
El sepulturero me pasó un mate y se puso a hurgarse la boca. Noté que le faltaban tres dedos en una mano y que el resto los tenía teñidos de amarillo. Sacó un bolo verde, babeado, que tiró al piso. Cuando vio mi cara, dijo: Perdón, es la costumbre. ¿Qué es?, le pregunté. Coca, dijo, y agregó que era salteño. Recostado sobre el respaldo de la silla, me contó que el día había empezado torcido porque habían encontrado a un tipo durmiendo en un nicho abierto. Parece que les costó despertarlo, y despertar a alguien para echarlo a ningún lugar no era buen desayuno para nadie. Así dijo. No supe qué contestar y me quedé callada. Creo que por mi silencio agregó que no pasaba seguido.
Mientras el sol se iba colando entre las hojas del árbol abajo del que estábamos sentados y las manchitas de sol se apoyaban sobre la cara del hombre y sobre la mesa, me contó que cava alrededor de diez fosas por día. Y que arranca de madrugada porque con el sol se hace duro. Cuatro de las que habían abierto ya estaban designadas y todavía no era el mediodía. La gente se muere todo el tiempo, agregó cuando me vio la cara. En un momento me preguntó a qué me dedicaba. Le conté que trabajaba en filmaciones, pero como siguió indagando le tuve que contar que igual en ese momento no estaba trabajando, y que no, que no era porque estuviera desempleada sino que simplemente había querido parar. Fue incómodo. Ni bien terminé de decirlo pensé que seguro me estaría juzgando, y que me juzgaba con razón, y por eso me quedé callada mirando hacia todos lados para no encontrarme con sus ojos. Me preguntó si no me gustaba lo que hacía, si era que no me gustaba mi trabajo. Le dije que no, que no era eso, y después de un rato me salió agregar que quería ver qué pasaba si mi tiempo era solo mío. Y qué pasa, me preguntó él, cómo es, y algo en su voz, que sonó tranquila, me hizo un nudo en la garganta porque sentí que entendía. Le dije que todavía no lo sabía y él asintió con la cabeza. Me fui cuando miró el reloj y me dijo que tenía que irse porque había un entierro.
Al volver caminando por la avenida ancha coronada de árboles, el sol había bajado y se filtraba distinto, en diagonal, formando una intermitencia rápida entre la luz y su falta. Pensé en los camiones de carga en la ruta que hacen largos trayectos y en el sueño blanco en el que caen los choferes. Pensé en los ataques de epilepsia provocados por estímulos luminosos en el cerebro que a veces causan accidentes. Me pregunté si esta suerte de reino que construí lo podría haber montado en el desempleo. Qué es emplear, me pregunté, qué es el empleo, por qué «emplear» se aplica solo al tiempo que, invertido, da dinero. Si me hubiera quedado sin trabajo, tomármelo así, hacer del tiempo libre un experimento, sería una forma de carácter, un modo de capitalizar, de hacer del empleo de este tiempo un capital de otro tipo. No estoy segura de que sea eso lo que está pasando.
Volví a verme con la chica. No pensaba que fuera a suceder porque pasó su tiempo desde entonces, pero me la encontré de casualidad en un cumpleaños. Al principio cuando la vi solo la saludé, cruzamos unas palabras y nada más. Pero después, más tarde, cuando salía del baño ella estaba esperando para entrar, y como estábamos solas se armó ahí una situación un poco tensa, como de acá pasó algo. Yo estaba medio picada por el vino y tenía unas ganas muy tremendas de besarla, pero por algún motivo no avancé, me medí, y como me pareció que había agua en la pileta la invité a mi casa al día siguiente. Creo que a ella le sonó raro que no le dijera que se viniera a dormir conmigo esa misma noche pero dijo que sí. En verdad no vino al día siguiente sino unos días después.
Cuando llegó, entrada la tarde, no sé cómo hice pero con una confianza que saqué de algún lado y que me salió bien pude besarla pronto y así llegamos a mi cuarto. Hubo algo en coger a la luz del día, con toda la piel y los detalles a la vista, que fue un poco abrumador, abrumador en un buen sentido pero también excesivo. Como que si la miraba fijo la cosa se saturaba en una emoción o un sentimiento tan alto que lo volvía insoportable. Otra vez la pelea entre querer mirar y no aguantar la mirada demasiado tiempo. Me quedaron, como ramalazos, recuerdos de partes de su cuerpo. Unos lunares que caían en cascada del cuello hasta el ombligo. El pliegue que se forma entre la ingle y el muslo. El pelo, más largo de lo que me había dado cuenta porque siempre lo lleva atado, abundante y color caramelo. Un tatuaje, ¿de una muela?, ¿era una muela?, un dibujo chiquito y puntiagudo sobre el corazón.
Después subimos a la terraza y nos quedamos hasta que empezó a anochecer, tomamos primero mate y después cerveza. Ella se copó en hacerme compañía mientras yo arrancaba hojas muertas y juntaba colillas de cigarros, así que estábamos ahí cuando de repente nos pasó finito, por arriba, uno de esos bichos grandes. De los grandes de verdad, casi seguro un halcón. Y vimos que llevaba algo agarrado de las patas: una rata que colgaba blanda, la panza caída haciendo peso y las garritas flojas, ya muertas. Y ahí nomás se apostó en la medianera y se puso a comer delante de nosotras. Lo vimos todo. Arrancó por la cabeza y fue sacando la carne de adentro, tironeando de los pequeños órganos del resto del cuerpo con el pico. Lo hizo en ese orden pero al final igual se comió todo: dientes, patas, uñas, piel. La rata era marrón y no quedó nada, y cuando digo nada es nada, apenas si quedó una mancha.
