¡¡¡Que te den… poemas!!! - Helia Chawn - E-Book

¡¡¡Que te den… poemas!!! E-Book

Helia Chawn

0,0

Beschreibung

Hay personas que no tienen corazón, que han de robárselo a otros para seguir viviendo. Esta es una historia sin piedad. Mi historia. La historia de una chica inocente y muy inconsciente que, buscando el amor, se perdió en un oscuro bosque plagado de ladrones; muchos trataron de dañarme, pero fue el peor de todos, Albertruño, el que se llevó el trofeo y me dejó malherida, tirada en el suelo. Aventurarse a buscar el amor, ya no es un juego de niños, es una compleja partida de ajedrez donde puedes perder mucho, incluso, a ti mismo. Nadie debería jugar, ni siquiera asomarse al tablero, sin entender bien las reglas primero. Las aplicaciones de citas han creado un universo paralelo donde, aparentemente, lo que cada uno busca, desde un rollo hasta una relación estable, puede encontrarse fácilmente deslizando el dedo por la pantalla de un móvil. La realidad es muy distinta, adentrarse en el mercado de la carne puede ser una experiencia muy dolorosa, a la par que frustrante y del todo infructuosa. Demasiados maestros de ese particular ajedrez campan a sus anchas por dichas aplicaciones, robando corazones como los ladrones que realmente son. Yo no lo sabía, nadie me previno, y tuve que aprender a jugar con mi propia sangre. Con la sangre de la puñalada letal que Albertruño me asestó en el pecho. Una sangre turbia, con olor a fracaso, que atrajo, después, a muchos otros carroñeros que acudieron hambrientos a darse un buen festín con mis restos. Pero yo no estaba muerta. Yo también tenía garras y colmillos, el dolor me había transformado en una peligrosa loba, sin pretenderlo. Y, de pronto, era yo quien devoraba sin piedad la sucia carne que se me ponía por delante, destrozando cada hueso con mis fauces. Fui una ingenua durante mucho tiempo y lo pagué caro, pero ahora sé que los hombres malos existen y que, de hecho, abundan en la decadente sociedad del «yoísmo» en la que estamos inmersos. A todos ellos les digo y, en especial, a uno: ¡Que te den… poemas!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Helia Chawn

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Ilustración de portada: Patricia Abal - Miyagui

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-747-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

«Solo te falta volar»

Mi padre

.

No sé si volaré, pero al menos batiré las alas con todas mis fuerzas.

Este libro es fruto de un largo proceso y, a la vez, de una inesperada casualidad. Gracias a todos los que directa o indirectamente me habéis apoyado.

Vuestro aliento me ayudó a respirar.

Amigos, familia y todos mis seguidores de Instagram y TikTok:

@la_otra_medea

Y una mención especial para Alejandro Ramos, coautor del título; su ingenio no tiene límites.

Otra mención para mi amiga de siempre Analapiz, la primera lectora y gran confidente.

También quiero nombrar a Patricia Abal, la ilustradora de esta gran portada, que ha sabido plasmar con maestría las imágenes que revoloteaban por mi cabeza.

¡Enorme trabajo!

«Una página en blanco es un camino inexplorado

que nunca sabes a dónde te va a llevar»

Helia Chawn

PARTE 1: El que juega con fuego, termina quemándose

Mi vida era una vida normal, sencilla.

La misma pareja desde la adolescencia, un trabajo agradable, un hijo pequeño y cinco gatos.

La pandemia y la crisis de los cuarenta lo pusieron todo patas arriba.

Y en busca del amor y la pasión que desde hacía años no sentía, me lie la manta a la cabeza y cambié la monótona estabilidad de mi matrimonio por una excitante incertidumbre.

Entonces, apareció él. Albertruño.

Un géminis de doble cara que me elevó a los cielos para después asestarme sin piedad la peor puñalada. Un mentiroso compulsivo que me fracturó el corazón. Más de dos años conviviendo con el sinsentido y las faltas de respeto, viajando a la deriva en una montaña rusa de momentos grandiosos y terribles decepciones, idealizando migajas, pateando mi ego, haciéndome cada vez más y más pequeña, hasta que descubrí la verdad, una verdad tan dolorosa que me dejó rota.

Este libro fue gestado bajo ese indescriptible dolor. Palabras que supuraron directamente de mis entrañas mientras mis ojos, arrasados en lágrimas, asumían que nunca fui otra cosa para él más que un cuerpo que usaba a su antojo, que toda su ternura y devoción eran falsas y que yo, simplemente, fui una idiota que se enamoró de la peor persona.

Tanto lo quería que, aún hoy, me cuesta pensar en ese hombre sin que su recuerdo desate en mí un torrente de emociones: desde el odio hasta el cariño pasando por la rabia, el asco, el deseo e, incluso, ¿el amor?

A veces, me pregunto si realmente lo amaba o solo estaba obsesionada. El amor y la obsesión se confunden fácilmente. Ambos son intensos y difíciles de borrar porque activan nuestros instintos más primarios.

Los que habéis sufrido el tormento de una relación tóxica, sin duda, entenderéis muchos de mis versos; probablemente, os sintáis identificados con ellos, con los sentimientos que desprenden, y sabréis que no habéis sido los únicos incautos del planeta a los que han engañado. De hecho, en un mundo donde la responsabilidad afectiva es cada vez más escasa, lo raro es salir ileso de un amor.

No sé, llamadme loca, pero tras mi demoledora vivencia tengo el convencimiento de que tarde o temprano todos estamos condenados a experimentar los estragos del desamor. Igual que la muerte es intrínseca a la vida, cualquier corazón está llamado a romperse en pedazos, al menos, una vez.

De cada uno depende aprovechar ese proceso para aprender y hacerse más fuerte.

ALBERTRUÑO

Nos conocimos en septiembre. Albertruño fue una cita Tinder. De mis primeras citas, de hecho. Llegué a él virgen emocionalmente hablando, pura, dispuesta a entregarme con devoción. Tras veinte años sin haber conocido a otra persona, me podía la emoción.

Aunque debo confesar que hasta que nos besamos al despedirnos en aquella primera cita, no estaba segura de que me gustara ese chico de cabello oscuro y barba poblada que no paró en toda la tarde de hablar del COVID. Sin embargo, aquel beso lo cambió todo. Su saliva provocó algún tipo de reacción química dentro de mí, desatando una explosión de endorfinas difícil de explicar con palabras. Simplemente, me hechizó.

En la siguiente cita, quedamos para comer y terminamos acostándonos. Nunca una primera vez fue para mí tan mágica. Horas y horas de pasión, experimentando con la carne, descubriendo un mundo de sensaciones completamente inexplorado. Albertruño supuso para mí el despertar sexual. Con él lo aprendí todo.

Al terminar, extasiados, nos dormimos dentro de la bañera, abrazados bajo el agua cálida, sintiendo una complicidad infinita, impropia de los dos perfectos desconocidos que aún éramos.

***

¿Conocéis esa sensación de euforia y frenesí que solo puede proporcionar el buen sexo? Los franceses llaman al orgasmo la petite mort (la pequeña muerte) y yo moría literalmente cada vez que me acostaba con Albertruño.

Sexo dulce, sexo salvaje. Sexo en cada rincón, en cada posición, en cualquier momento. Nos teníamos tantas ganas… Los comienzos de nuestra relación fueron realmente explosivos.

La química no puede fingirse. Se tiene o no se tiene. Y entre Albertruño y yo había química a raudales. Me tenía tan flasheada con lo mucho que me hacía sentir, era algo tan novedoso para mí, que pensaba que había encontrado al hombre de mi vida. Fue precisamente la falta de experiencia con la que llegué a él la que me hizo confundir esa química brutal con amor. Pero la química, aunque necesaria en una relación, por sí sola es insuficiente. Lamentablemente, la escuela de la vida aún no me había enseñado esa lección.

Yo estaba flotando en una nube, feliz, inmensamente feliz, ajena a todo lo que estaba por venir. Me pasaba las horas pensando en su cuerpo, deseando verle, saber de él y cualquier mensaje suyo me sacaba una sonrisa.

Pero lo que de verdad adoraba era deshacerme bajo el calor de su pecho, fundirme con su piel, sentir su cariño y protección. Entre sus brazos construí mi refugio. Me encontraba tan en paz cuando después de hacer el amor me instalaba allí… Podía escuchar el arrullo de su corazón y cómo se adormecía poco a poco, al compás del jugueteo de mis dedos en su barba. El mundo podría haberse hecho pedazos a mi alrededor y no me habría enterado.

Y así, de la manera más dulce, empecé a construir mi tumba.

22 de septiembre

Aquella tarde estaba nerviosa.

Te esperaba sentada en un banco, los labios pintados de rosa.

Navegaba entre las aguas del recelo y la inocente ilusión.

No sabía que venías directo a robarme el corazón.

Me sentí tan cómoda a tu lado, como si no te acabara de conocer,

como si nunca fueras a doler.

¡Y cómo se pasaron las horas! Ninguno de los dos quería irse,

pero fueron nuestros labios los que se negaron a decir adiós al despedirse.

Tu lengua y la mía juntas por primera vez.

Nunca, ¿me oyes?, nunca jamás lo olvidaré.

Llevaba tanto tiempo deseando un gran amor,

que en aquel mismo instante, sin pensar, te regalé el corazón.

Maestro

Tú me lo enseñaste todo.

Contigo aprendí a tocar el cielo,

a saborear la vida,

a despeinarme el pelo,

a gemir sin reparos,

a romper el hielo.

Fue mi cuerpo la pizarra

donde escribiste con tus dedos las más dulces enseñanzas.

Arder

Te rozo la piel y me acaricias el alma.

Electricidad que se transporta de una mano a la otra.

Tiemblo.

Mi mente adelanta lo que está a punto de suceder.

Calor. Mucho calor.

Pero estoy dispuesta a morir

en el incendio.

Pasión

Escucha mi aliento.

Se acelera con cada caricia,

baila al ritmo de tus dedos.

Sube, va subiendo.

Se eleva más y más,

hasta morir en un agónico gemido.

Tan dulce,

tan violento.

Alta tensión

Nos miramos,

y nuestros ojos se amarran en el aire

creando un cable invisible de alta tensión

por el que empieza a circular la electricidad de nuestros cuerpos,

trasladándose de un corazón a otro.

Tú lo sientes.

¡Yo lo siento!

Abrazos

Cerré los ojos y me dejé envolver por la seguridad

de aquellos brazos fuertes que me rodeaban.

Si la felicidad estuviera en un lugar,

sin duda, sería en tu cuerpo.

Animales

A tu lado nunca faltaron los fuegos artificiales,

la adrenalina, las risas y algunos pecados mortales.

Tú y yo fuimos,

simplemente, animales.

Avaricia

Respiro con el aire que escapa de tu boca,

me visto con la piel de tus caricias,

tus manos me sostienen como rocas,

me caliento con el fuego que provocas,

tus besos alimentan mi avaricia.

DUDAS, ANGUSTIA Y UN TOQUE DE SABROSURA

A medida que pasaba el tiempo, mis ganas de Albertruño fueron en aumento. Había viajado de la atracción al amor a una velocidad de vértigo y creía, tontamente, que sus sentimientos hacia mí discurrían a la par.

Fue más o menos a los dos meses de conocernos cuando empecé a notar que la efervescencia de su flechazo se estaba desvaneciendo. Seguíamos muy en contacto, sin embargo, a él ya no se le veía tan predispuesto como antes para quedar.

Vivíamos a tan solo diez minutos en coche y apenas encontraba un día a la semana para vernos. Yo me moría por estar a su lado, por compartir ratos con él; a él, supuestamente, le ocurría lo mismo, pero… ¡siempre estaba muy ocupado! O eso decía, y mi ingenuidad se lo creía.

Hasta que, de repente, una mañana a finales de noviembre, desapareció. Fueron casi dos días sin saber absolutamente nada de él. Nosotros hablábamos a diario por lo que no tener noticias suyas en tanto tiempo era completamente inusual.

Por la tarde, preocupada, escribí a Albertruño para preguntarle si se encontraba bien. Lo veía en línea en WhatsApp y no me contestaba. Ni siquiera leyó mi mensaje. Y al meterme en la cama sin ninguna respuesta, me temí lo peor; la palabra ghosting llevaba ya unas horas golpeando en mi cabeza con mordiente intensidad, disparando mis niveles de ansiedad. ¡No podía creer que me hubiera dejado! Pero no encontraba otra explicación para su silencio.

Al día siguiente, por la noche, cuando ya casi me había convencido a mí misma de que Albertruño había hecho una bomba de humo, reapareció blandiendo excusas de lo más peregrinas y prometiéndome una caja de bombones.

Se me encendieron un montón de alarmas con su misteriosa desaparición. Por supuesto, supe que mentía, que ocultaba algo; sin embargo, preferí mirar para otro lado, hacer la vista gorda y concentrar mi atención en la enorme felicidad que me embargó al saber que seguía ahí, que no me había dejado.

Habían sido muchas horas de angustia, muchas horas de dudas e interrogantes, preguntándome una y otra vez qué había hecho yo para que me dejara de hablar, analizando con detalle nuestra última conversación, incluso, las mantenidas semanas antes. Repasando minuciosamente todos nuestros mensajes como un perro sabueso, tratando de encontrar repuestas, dilucidando si el detonante habría sido esto o lo otro o lo de más allá. ¡Una auténtica locura!

Pero por mucho que me alegrara de que Albertruño hubiera regresado, tendría que haberlo mandado a freír poemas en aquel mismo instante. No solo por su injustificado silencio, eso solo había sido la guinda de un pastel de indicios preocupantes que ya venía observando, sino por su pasotismo a la hora de quedar y, lo que era peor, porque siguiera activo en la aplicación de citas donde nos conocimos.

Me había enterado de su sospechosa actividad hacía apenas unos días, una amiga me había alertado, por eso, al no responder a mi mensaje pensé inmediatamente en el ghosting, en que me había dejado por otra.

Desde luego, que un hombre con el que llevas más de dos meses de «supuesta» relación siga activo en una app de ese tipo es muy elocuente, pero de nada sirve la música cuando la sordera es fehaciente. Y yo estaba sorda y ciega; bajo los efectos de una droga llamada «manipulación». Albertruño ya había empezado a soltar sus migajas (pequeñas al principio y hogazas enteras después) para tenerme justo donde él quería.

Me hacía pensar que éramos algo y, a la vez, nada. Por un lado, no me parecía bien que siguiera activo en la app, pero, por otro, no sabía si tenía algún derecho de pedirle explicaciones. Quizá era pronto, quizá aún nos estábamos conociendo. Quizá yo debería también haber seguido conociendo a otros… pero no me apetecía. Lo quería a él. Solo a él.

Así que, en lugar de ponerle límites, cada vez le daba más facilidades. No quería agobiarlo, ni generar conflicto, quería que estuviera a gusto y que se diera cuenta de la maravillosa mujer que había encontrado por el camino. A la altura del maravilloso hombre que yo creía que era él.

Dicen que el amor es ciego. Doy fe. Tenía a mi lado a un sucio embustero, que desde muy pronto había empezado a dar señales evidentes de sucio y también de embustero, ¡y no lo veía!

El cerebro debería disponer de algún mecanismo para desactivar al corazón cuando se enamora de la persona equivocada, en cambio, resulta que es justo al revés, es precisamente el corazón quien manda callar al cerebro en esos casos, anulando su función.

Por aquel entonces, yo ni lo sospechaba, pero iba cuesta abajo y sin frenos, directa a estamparme contra una realidad que me negaba a aceptar, y por mucho que las personas de mi entorno trataran de advertirme, solo tenía oídos para las falsas palabras de Albertruño.

***

Pasó otro mes. Albertruño cada vez tenía menos de Alberto y más de truño. Se había ido transformando poco a poco en un hombre intermitente, con más excusas que ganas de verme. Sin embargo, nuestros encuentros, aunque menos frecuentes, seguían siendo auténtica dinamita: intensos, vibrantes y muy románticos.

La felicidad que sentía a su lado me eclipsaba la razón, en sus brazos hallaba la calma y se me olvidaba por completo su anárquico comportamiento, ese que precedía a nuestros encuentros e iba llenando mi vaso de puro desencanto. Un vaso que nunca llegaba a desbordarse porque, justo antes de que cayese la última gota, volvíamos a vernos y se vaciaba del todo, para empezar a llenarse de nuevo tan pronto Albertruño salía por la puerta.

Era un tipo listo. Me alimentaba con esas pequeñas migajas con las que me tenía prácticamente desnutrida pero que, a su vez, eran suficientes para no llegar nunca a matarme de hambre.

Aunque para mí, aquella situación era altamente desquiciante. Yo quería más, siempre tenía ganas de él, jamás me cansaba. Podríamos habernos acostado todos los días de la semana y habría seguido teniendo las mismas ganas.

En cambio, cuanto más lo deseaba yo, menos nos veíamos, y cuanto menos nos veíamos aún más lo deseaba. Me estaba volviendo loca, sobreviviendo como podía entre las dudas y la angustia, contando los minutos para estar con él y recibir mi pequeño chute de amor y sabrosura.

Corazón

El latido de un corazón enamorado

golpea con el mismo acorde del universo.

Ese que se propaga

aun en el más sórdido vacío.

Conexión

La complicidad de nuestros cuerpos se transforma en calor.

Arde la habitación.

Somos fuego.

Me desquicias, me enloqueces, me nublas la razón.

Llevaba tiempo anhelando

esta delirante conexión.

Enamorarse

El amor no es de avisar.

Se cuela en el corazón sin pedir permiso.

Sin medir los daños,

sin la menor disculpa.

Garrapata

Lo miro a los ojos y me encuentro.

Me agarro a su amor como una garrapata.

El instinto me dice que algo pasa;

sin embargo, lo aprieto más fuerte; no me suelto.

Él es mi hogar. Es mi refugio.

O eso creo.

Caramelo

Hoy tengo hambre de ti,

de tu risa,

de tus abrazos,

de tu forma de jugar con mi pelo.

De esos mordiscos tuyos

con sabor a caramelo.

Danza

Tus ojos y los míos se encontraron una tarde de verano,

y danzaron en silencio una melodía

que nadie más podía escuchar.

Yo me arrojé a tus brazos,

pero te cansaste de bailar.

Bailar

Bailaré con muchos cuerpos.

Pero al ritmo de mi corazón,

solo contigo.

CASI ALGO

Y así terminamos Albertruño y yo, convertidos en «casi algo». Yo lo sentía casi como una pareja, pero no. Hablábamos a diario, nos veíamos casi todas las semanas, nos consumía la pasión en cada encuentro, a veces se quedaba a dormir, me dejaba en casa a sus perros pero no, no éramos una pareja. Y no lo éramos porque él no quería que lo fuéramos, ponía barreras para no avanzar: no pasábamos suficiente tiempo juntos, no hacíamos planes fuera de casa, nunca me presentó a su entorno, ni quiso conocer al mío…

Los «casi algo» son lo peor, porque sientes que solo falta un pequeño paso para ser algo. Eso te hace estar ahí, te enganchan porque has invertido un gran esfuerzo en la relación y estás a punto de lograr tu objetivo. Solo un poco más. Y otro poco… Pero nunca llega. Y no te rindes porque lo ves ahí, al alcance de tus manos.

Es muy duro. Se sufre mucho porque no entiendes nada. Absolutamente, nada.

***

Supongo que Albertruño, en cierto modo, se había cansado de mí, de la novedad, pero no tanto como para dejarme escapar. Digamos que conmigo había sido todo demasiado sencillo y, eso, me había hecho perder el valor ante sus ojos.

La naturaleza funciona así: los óvulos no persiguen al espermatozoide. Son los hombres los cazadores, los que van detrás, les atrae la adrenalina de la conquista. Lo malo viene cuando consiguen a su presa demasiado rápido, antes de enamorarse, entonces ya no hay nada que hacer. Se aburren. Dejan de verte como a una prioridad para considerarte una opción más, alguien que estará ahí esperando, mientras ellos invierten sus energías en nuevos retos amorosos.

Eso era exactamente lo que le había pasado a Albertruño. Al principio, él había estado detrás de mí, ejecutando contra mi persona una perfecta campaña de acoso y derribo: me trataba con una desorbitada adoración, me escribía constantemente, no paraba de decirme lo maravillosa que era, me traía bombones, detalles… Desde luego, se esforzó mucho por seducirme y yo, tan ansiosa como estaba por vivir un gran amor y desacostumbrada por completo a ese nivel de intensidad, me apresuré a entregarme y se lo puse realmente fácil, poniendo fin antes de tiempo al juego de la conquista. Game over para mí.

***

Seguramente, Albertruño nunca me quiso, aunque esas palabras saliesen de su boca. Por aquel entonces, no obstante, yo pensaba que sí, no solo porque me lo solía decir, sino porque cuando estábamos juntos me demostraba un amor inmenso. Entre nosotros se producía una explosión tan grande de sentimientos que me parecía imposible que algo así se pudiese fingir. La química y el amor no siempre van de la mano, como ya he comentado, pero aquella atmósfera tan mágica que creábamos con nuestros cuerpos, con nuestras miradas, con nuestros besos, me parecía mucho más que simple química.

Creer que me amaba me hacía pasarle por alto muchos de sus agravios. Sin embargo, a medida que los meses fueron pasando, empecé a impacientarme. Veía que no íbamos a ninguna parte y estaba triste y muy frustrada. ¿Qué quería de mí? ¿Por qué me daba una de cal y a continuación otras muchas de arena?

Un día me atreví a preguntárselo, ya llevábamos unos cuatro o cinco meses juntos y necesitaba saber si lo nuestro era solo sexo o había algo más. Ni que decir tiene que si después de tanto tiempo con alguien no está clara la situación, es porque la situación es todo menos estable.

Por desgracia, Albertruño, en lugar de ser honesto y reconocer que lo nuestro no iba a ningún lado, me manipulaba con su ambigüedad. No quiso pronunciarse, nunca fue claro, todo lo contrario, me confundía constantemente con sus juegos, con sus palabras, me decía que no, que lo nuestro no era un «pinchito» semanal, como él los llamaba, pero que necesitaba tiempo. Después, se esforzaba unos días para contentarme, cambiaba positivamente su comportamiento, y cuando yo volvía a ilusionarme, él regresaba a lo de siempre. Era un auténtico profesional de la seducción y sabía bien que yo era una tonta enamorada a la que con cuatro carantoñas se podía tener engañada.

***

Muchas veces me he preguntado cómo algo puede ser tan mágico y devastador a la vez. Cómo una misma persona puede un día hacerte tocar el cielo y, al siguiente, arrastrarte al peor de los infiernos.

Mi vida se había convertido precisamente en eso, en un auténtico infierno. Me pasaba los días como un alma en pena, ilusionándome y desilusionándome por minutos, según oscilara el interés de Albertruño. Me movía en una delirante montaña rusa emocional que me estaba pasando factura, hasta el punto de olvidar quién era yo. Había dejado de ser la chica alegre de antes, me estaba perdiendo a mí misma y no era capaz de ser feliz. Daba igual lo que hiciera, hasta el plan más alucinante del mundo me resultaba insulso si no era con él.

***

No hay nada más dañino que permanecer demasiado tiempo en el sitio equivocado. Siempre pensé que El Patito Feo trataba de enseñarnos algo acerca de la apariencia física y las diferencias entre individuos, sin embargo, ahora hago una lectura muy diferente de ese cuento. Ahora entiendo su mensaje principal: debemos encontrar nuestro lugar, aquel en el que encajamos, donde se nos quiere, donde se nos valora, donde se nos hace sentir bien.

Yo era una infeliz porque me empeñaba en recibir un amor que no era para mí. El amor no es algo que se pueda mendigar, ni fabricar, ni imponer. Tampoco se debe aceptar menos de lo que se da para no volverlo tóxico. El verdadero amor es recíproco y satisfactorio para ambas partes.

***

Los meses siguieron pasando y las banderas rojas se hicieron tan grandes que era imposible no verlas. El interés se nota y la falta de él se nota todavía más. Desde el principio, fui la primera en darme cuenta de que la implicación de ambos en la relación no era la misma, sin embargo, fui también la última en aceptar la situación.

No me venía bien aceptarla porque yo lo quería, lo quería como nunca había querido a nadie en la vida y tenía miedo de no volver a encontrar a un hombre que supiera hacerme volar de aquella forma tan increíble. También me asustaba mi edad, temía ser demasiado mayor para empezar de cero y perder la oportunidad de ser madre de nuevo, algo que con Albertruño veía factible y cercano.

Lo necesitaba, necesitaba su amor, o eso creía. Y cuando me pongo un objetivo, no soy de rendirme a la primera. Lucho con uñas y dientes, voy a por todas, con todas las consecuencias.

Sin embargo, ahora lo sé, el fin no puede justificar por sí mismo cualquier medio. Nunca debí dejarme vapulear así, por un tipo sin la menor responsabilidad afectiva; mi integridad moral era mucho más valiosa que su amor.

Pero por aquel entonces, yo andaba muy perdida y, caminaba, además, sin ninguna autoestima en el ámbito emocional, dispuesta a soportar carros y carretas a cambio de una pizca de cariño. No obstante, la capacidad de sufrimiento, por grande que sea, también tiene un límite y pensaba que ya me encontraba a punto de alcanzar el mío.

¡Pobre de mí! No imaginaba lo lejos que aún estaba del final y lo mucho que me quedaba por pasar.

Casi Algo

Si no me querías, ¿por qué no fuiste honesto?

Porque te gustaba tenerme a tus pies y disfrutar de una pareja, pero sin llegar a serlo.

Porque si yo hubiera conocido tus intenciones, habría sido libre para actuar,

y tú pretendías que fuera solo tuya, pero con ninguna reciprocidad.

Si no me gustaba cómo me tratabas, ¿por qué permanecí en tu lecho?

Porque decidí creer en tus palabras en lugar de en tus hechos.

Porque quería demostrarte que era la mujer de tu vida,

porque mi ego me decía que yo sería la persona por la que al fin cambiarías.

Casi fuimos algo, algo que casi me hizo feliz.

Y si duró más de la cuenta esa tortura fue por mí,

porque soy de pelear, porque no me suelo rendir.

Náufrago

Tú te aferraste a mí

como un náufrago se aferra a un salvavidas;

con la desesperación de saber

que es lo único que tiene en mitad del océano,

con la determinación de hacer

cualquier cosa para no perderlo.

Yo creía que me amabas.

Tú, simplemente, me utilizabas.

Azar

Algunos días, los astros se confabulan

para que todo salga bien.

Cierto es, también,

que a veces ocurre exactamente lo contrario.

La tarde en que te conocí dije: suerte,

y el destino me respondió: calvario.

Espejismo

Hoy estoy a tu lado,

paseando de tu mano,

sintiendo que somos algo.

Mañana me espera el silencio, tu insoportable hermetismo.

Me arrastrarás sin piedad, otra vez, al abismo,

porque lo de hoy, lo sé bien, es solo un espejismo.

Jugar

Deja ya de marear.

¿Me quieres,

o solo quieres jugar?

Migajas

Me abrazaste la carne

y me partiste la razón.

Me venciste con tu lengua

en la mesa del salón.

Me das migajas,

pero ¡qué ricas son!

LA TORTURA DEL SILENCIO

Los silencios de Albertruño siempre fueron demoledores, pero ninguno tan devastador como su primer gran silencio, quizá por lo inesperado.

Cuando nos conocimos en septiembre, eran tiempos complicados, pandémicos, con toque de queda y un montón de restricciones; apenas se podía hacer nada. Sin embargo, a partir de abril, las restricciones se suavizaron un poco y el ocio exterior se hizo más accesible. Después de tantos meses viéndonos únicamente en la intimidad de nuestras casas, yo estaba deseando salir a cenar, ir a la montaña, viajar… Y fue tan decepcionante descubrir que él no tenía esas mismas ganas.

Nunca me propuso nada y cuando lo hacía yo, me daba largas. La verdad es que jamás se negó expresamente, simplemente, se limitaba a ignorar mis propuestas o a decir que sí, pero sin concretar o a cancelar los planes en el último minuto.

Esa forma de actuar me tenía descolocada. Llevábamos más de medio año juntos (viéndonos cada semana, hablando a diario) y, a pesar de que claramente no éramos una pareja convencional, por mucho que él siguiera diciendo con la boca pequeña que lo que había entre nosotros era más que sexo, no entendía qué problema tenía para hacer algún plan conmigo. Porque, aun en el supuesto caso de haber sido únicamente «follamigos», ¿no le suscitaba interés follar en otra parte?

Llegué a la conclusión de que Albertruño era un hombre casero, de esos a los que no les gusta apenas salir, no se me ocurría otra explicación. Y yo me resigné al enclaustramiento que tenía con él, a aquella ausencia de estímulos externos, por el mero hecho de que lo quería.

Y digo que me resigné porque yo era justo lo contrario, un culo inquieto con hambre de mundo. Me moría por hacer planes, por conocer lugares nuevos, ¡por probarlo todo!

Había estado veinte años compartiendo con mi ex una monótona existencia y, después, la pandemia me había tenido un año encerrada. ¡Necesitaba vivir! Por desgracia, apenas tenía amigos en aquel momento vital tan complicado, los había ido perdiendo en el transcurso de la larga relación con el padre de mi hijo. Me encontraba muy sola y con la terrible sensación de haber malgastado gran parte de mi vida.

Pero había algo aún peor, con las ganas enormes