Queridas islas - Isaac Fàbregas - E-Book

Queridas islas E-Book

Isaac Fàbregas

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Beschreibung

¡Atención, lector! Tiene usted delante los restos vivientes de un náufrago a quien la vida, en una de sus fuertes marejadas, no pudo hundir. Muestra de su fuerza y de su aprendizaje es Queridas islas, donde el autor materializa la enseñanza que un extraordinario viaje interior, profundo y oscuro dejó en él. Queridas islas no es, aunque pueda parecerlo, un canto desesperado al olvido. Más bien, estos relatos son gritos sordos que alientan la memoria de las experiencias más duras de la vida. Recordarlas nos hace más fuertes y sabios. Esa fuerza y esa sabiduría son regalos que podemos encontrar en estas doce islas sustentadas sobre los sentimientos más robustos en medio del incierto y temible océano del ser. Lector, si no quiere entregarse al olvido, en estos relatos encontrará una dosis de memoria descarnada pero humana, breve pero compleja, en islas pero conectadas.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Queridas islas

Por Isaac Fàbregas

Queridas islas

© autor Isaac Fàbregas

© edición 2022 Ediciones Garoé

Lienzo cubierta: Carolina Mejías

Portada, composición y maquetación: María Yuste González

Maquetación Ebook: CaryCar Servicios Editoriales

Asesor literario y corrector: Víctor J. Sanz

Impreso en España

ISBN-Ebook: 978-84-125870-7-4

ISBN: 978-84-121248-3-5

Depósito legal:GC 232-2022

Ediciones Garoé apoya la protección de derechos de autor.

El derecho de autor estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes de derechos de autor al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo, está respaldando a los autores y permitiendo que Ediciones Garoé continúe publicando libros para todos los lectores.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,

http://www.cedro.org) si necesitase fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ediciones Garoé

Calle Repartidor, 3, 3L

35400 Arucas, Las Palmas de Gran Canaria

Tlf.: (+34) 928 581 580 Islas Canarias, España

www.edicionesgaroe.com

Índice

Prólogo

Áncora

Arqueas de Asgard

La vida estéril

Un mar de grietas

Los encantos de Úrsula

Ochenta lunas

Astrolabios y clepsidras

La sístole del olvido

Situs inversus

El viaje de Julio

¿Y el traje de noche de mi cuna?

Archipiélago

Agradecimientos

PRÓLOGO

por Víctor J. Sanz

Si un libro de relatos es una declaración de vivencias, Queridas islas es una declaración de supervivencias. Del naufragio de cada experiencia crítica, Isaac arribó a una isla siempre distinta y aparentemente deshabitada.

Como ya hiciera él a su llegada, en cada una de estas islas podemos encontrarnos a nosotros mismos como lectores. Y haríamos bien tanto en buscarnos como en encontrarnos, pues estas islas están habitadas por todos nosotros, por todo lo que fuimos, por todo lo que somos y por todo lo que quisimos ser.

Testigos de la lucha sostenida contra sentimientos gigantes y poderosos, estas islas albergan tesoros irrenunciables de superficie reluciente en la que veremos reflejadas nuestras más íntimas emociones.

Resultado del proceso de superación de las crisis personales son estos pequeños pero brillantes diamantes que flotan en el siempre temible océano de los sentimientos humanos. Pero no flotan a la deriva, sino que se entregan como un salvavidas para quienes zozobran ante el fuerte e impiadoso oleaje contra el que nos lanza a veces la vida. Ofrecen al lector el resplandor de una experiencia, el poso de una enseñanza, la seguridad de un puerto en el que resguardarse para tomar aire antes de continuar la travesía vital.

Querido lector, sepa que le esperan islas donde descubrir el mecanismo que aleja de la mente ideas y pensamientos no deseados. Sístole y diástole, ahogo y desahogo sacan a la superficie con inexorable parsimonia aquello que nos hace más humanos y, por tanto, más expuestos al dolor y al sufrimiento. Tendrá el lector que decidir si se aferra a la sístole del olvido o a la diástole del recuerdo. Tendrá que decidir, en fin, qué alimentará su corazón.

Mirará desde distintos enfoques el proceso humano más natural: el deterioro que provoca el paso del tiempo. Los detalles más pequeños, que refulgen como boyas luminosas para indicar la ubicación de las verdades más insondables a las que se enfrenta el ser humano en su trayecto vital. Un naufragio del que, muchas veces, solo son conscientes los demás, todos los que no somos nosotros, todos los que no saben que son náufragos también de su propia vida. ¿Querría el lector recordar lo que Rosa no puede?

¿Reunirá el lector el valor de asomarse al abismo por el que Erika se precipita desde siempre y para siempre?, ¿alcanzará su mano a salvarla o caerá con ella?

Escuchará el lector el resonar del eco de un grito desesperado por controlar el misterio de las relaciones humanas más extraordinarias. En esa lucha podemos perder la humanidad que nos queda. ¿Acaso es humano aquel que trasciende su condición en el intento de gobernar lo ingobernable de su naturaleza, aquello que le insufla vida?

En su incierto camino, topará el lector con bahías donde pararse a respirar, donde intentar comprender la dimensión que adquiere una persona justo cuando ya no está. El rastro de su vida, visible en cada detalle, incluso en los de apariencia más banal; vestigios de lo que hizo; pistas de lo que insinuó; señales de lo que fue; intuiciones de lo que ya no podrá hacer…; todo ello alienta la búsqueda de la cuota de comprensión y asunción que constituye esta lectura. Encuentre el lector el valor de volver la mirada a su propia Úrsula, esa vigía de vigilias, esa depositaria de anhelos que habitó en cada uno de nosotros.

¿Qué movimiento decidirá el rumbo del lector?, ¿acaso irá a dar con sus ojos en una cala de una isleta habitada por una concesión a la esperanza?

¿Qué pensará el lector cuando arribe a ese puerto escondido desde el que proyectar un pensamiento dispar sobre el proceso de maduración al que todos hemos de enfrentarnos y volvernos increíbles ante nuestra propia mirada? Procesos físicos que parecen atentar contra los cimientos de lo establecido, contra la base de lo creído, acaso contra la propia esencia de uno mismo. Aquí podrá sondear el lector esas transformaciones que son vitales, no únicamente por su importancia, sino también porque de ellas solo podemos esperar una expresión de la vida misma, de su ineludibilidad, de su aparente inexactitud, de su fastidiosa imprevisibilidad. Azar espera la ayuda del lector para comprender. La belleza de esta isla solo es visible para quienes la recorren dos veces. En la segunda ojeada se revelarán ante sus sentidos todos los matices de las esencias que destilan sus líneas.

Desde la proa, puede que el lector viajero atisbe algún atolón más; suya es la decisión, suya la aventura de descubrirlo y completar su viaje.

Tome el lector el timón de su embarcación y comience la ruta por donde le plazca, tal vez por donde su instinto le indique que debe hacerlo. Explore, búsquese y encuéntrese donde más lo necesite su espíritu.

Todas las islas esperan su visita, todas las islas necesitan su visita para completar su identidad.

Cada isla guarda un tesoro, y encomiendo al lector su búsqueda, por su bien, por el bien de todos los que lo necesitan. ¿Encontrará el lector el tesoro sin mapa, sin una equis que indique claramente el lugar de su reposo?

Busque el lector y encuentre. Grandes hallazgos le esperan, tal vez después de la tormenta, tal vez en el propio desasosiego de la búsqueda incierta.

Pero no se engañe el lector, no inicia un viaje de placer, sino un viaje de placeres.

De alguna manera, un libro de relatos es un permiso de visita al inquilino de la cárcel desde la que se escribieron. Esa prisión de la que uno no ve los barrotes ni la cerradura; ese presidio que, en apariencia, no puede abandonarse porque es nuestro propio mundo de sentimientos, y del que solo puede uno salir por arriba, por la superación de todo embate de la vida; aunque para ello debamos calmar primero todas las aguas de todos los océanos.

Lector, si está usted buscándose a sí mismo, explore estas islas, piérdase en cada una de estas queridas islas, tarde o temprano se encontrará en una de ellas. Encuentre el valor de buscarse sin miedo a lo que halle.

A ti, que aun llevando a cuestas barcos hundidos,

sin botes salvavidas, sigues confiando en tu instinto.

Nadie es más feliz que tú.

Áncora

—¿Has entendido el sesgo de las palabras?

—Creo que sí. Y la hondura en las esquinas del alma; el combate; el pulso a pulso; la sustancia del insomnio y la guerrilla del día a día; hasta el vértigo que suscita el poder de los pensamientos cuando se entreveran y dominan desde lo más profundo.

—Entiendo, pues, que habrás probado el sabor helado de la conciencia cuando, en su ausencia, es el recuerdo quien nos acaricia…

—Sí. También el delgado motivo de la memoria aullando el finísimo lamento de esperanza y de rocío que a veces nos sirve como pretexto, y que, aun sin peso, ligero y vago, parece ocuparlo todo…; pero es que, incluso así, ¡sigo sin encontrar mi camino!

—¿Has visto la alegría de las hojas?

—¿A qué te refieres exactamente…?

—A ese festival insólito y singular de tan menudos cuerpos hechos de fractales y diversas formas que abrigan el norte del país que pisas. Quizás ellas sepan bailar la inercia de tu brújula. ¿Has pensado en tu piel su movimiento?

Arqueas de Asgard

Antes de entrar en el portal, se detuvo frente a él y subió la mirada hasta lo más alto del inmueble. Anxo recordó que la primera vez que llegó a la ciudad había tenido la impresión de que aquel edificio del Ensanche y el resto de las fachadas grises levantadas en los años setenta no hacían justicia a la magia que Santiago de Compostela irradiaba; pero al bajar la vista, mientras imitaba con la cabeza la tristeza zigzagueante en los desconchados de la pared, se dio cuenta…, ¡todo había cambiado!

En realidad, la melancólica arquitectura del Ensanche y el embrujo corporal del casco antiguo convergían de forma acrobática y entrelazaban sus anatomías para erigirse en una nueva y evocadora ciudad. Dos mundos de apariencia tan distinta lograban acariciarse por momentos y conformaban un universo mucho más sustancioso, inspirador e insinuante.

Una ciudad un tanto pequeña a los ojos de alguien como él, acomodado a los usos y costumbres del mundo urbanita de Vigo, pero que, a pesar de ello, seguía ofreciéndole una gran agitación, así como un fascinante encanto.

Un refugio en donde uno podía resguardar el espíritu; una metrópoli siempre en auge que, a su juicio, preservaba la memoria de un pueblo porque ¡era tanta la tintura y el colorido que hacían de Santiago una acuarela melodiosamente extraña!; una ciudad desacompasada del tiempo…; la impresión rústica esmaltada por las primeras luces de sus calles, la corteza medieval que envainaba los soportales del casco antiguo, el trazado bullicioso y aldeano del tradicional mercado de abastos, siempre atestado de carnes, flores, hortalizas y quesos.

Apenas hacía un año que Anxo se había instalado en una de las calles del Ensanche, la rúa do Hórreo, frente a la estación de tren.

La entrada al edificio tenía dos vidrieras plateadas de aspecto desgastado que flanqueaban la puerta principal igual que dos guerreros de Xian: impertérritas pero observantes.

El pomo de la puerta tenía un giro casi infinito que parecía esconder una única y misteriosa posición de apertura. Por ello, siempre tenía que vérselas con la cerradura. Después de maniobrar con sutileza y mucha paciencia, entró.

Mientras subía al octavo piso, se miró con agrado en el espejo del ascensor; reconoció tanto en los gestos como en la expresión de la cara los buenos tiempos que estaba viviendo.

Una vez dentro, apartó la cortina para que la claridad del sol investigara a placer parte del comedor y se sentó en una de las sillas de mimbre. Reparó en el entramado desmembrado de las patas y se dio cuenta de cómo su vida iba tejiéndose sin apenas dificultad, a diferencia de aquel reguero despuntado de caña ambarina y deshilachada.

Aunque se trataba de un piso de estudiantes, bastante frío y húmedo debido a la ausencia de aislante térmico en la construcción, fue suficiente para acoger una de las mejores épocas de su vida.

Y tenía dos muy buenas razones para ello: Pierre y haber podido retomar los estudios de Enfermería, a los que, además, se entregaba con absoluta devoción, pues desde bien pequeño había tenido la vocación de querer ayudar a los demás.

Anxo vivía sin reparos su actual situación; de su antigua depresión solo quedaban pequeños amagos y algo de medicación. No lo mantenía paralizado y alejado de la rutina como lo había hecho en los últimos tiempos.

Si bien el ímpetu y la jovialidad naturales en él fueron desde siempre muy contagiosos y envidiables, la mala relación con la familia, en concreto la desavenencia manifiesta con el padre, fue atenazándolo en una personalidad algo compulsiva. Con los años, ese distanciamiento paulatino y continuado, extensivo también al hermano y a la madre, provocó que se convirtiera en una persona bastante insegura.

—¡Pierre, reiciño! —se sorprendió al verlo entrar en casa tan pronto.

Pierre acostumbraba a llegar a Santiago cada viernes a las ocho de la tarde, pero delegar parte del trabajo en Iria, su mano derecha en la empresa, le permitía llegar antes algunos fines de semana.

Pierre ya había estudiado en los años escolares todo lo que quiso estudiar. Estudió pronto y bien en su Francia natal; lo justo y lo necesario para poder establecer una empresa rápido. Siendo todavía un púber recién graduado, la vida bohemia de los padres lo llevó a Madrid.

Aunque era un brillante y precoz emprendedor, bastante astuto y sagaz, andaba empecinado en una obsesión que, desde hacía ya un par de años, le traía por el camino de la amargura: ganar el dichoso Certamen Nacional de Poesía.

—Oh là là! ¡Ya estoy aquí, mon amour! Pude coger el tren de las siete y media.

—¡Vaya! ¡No lo esperaba! —Lleno de alegría, Anxo lo cogió en brazos, se lo enroscó en el cuello a modo de bufanda y empezó a besuquearlo por todas partes.

—Ja, ja, ja, me haces cosquillas, garçon.

Aunque para ambos aquellos encuentros eran como pequeñas dosis con las que saciaban la sed de la felicidad, Pierre siempre había sentido que las muestras tan efusivas por parte del estudiante eran algo desmedidas y entrañaban cierto aire grotesco y exagerado. De todas formas, con el tiempo, consciente del gran placer que le suponía poder expresarse tal cual era, fue ahormando las demandas de Anxo con el vientre de sus palabras; las acogió con afectividad y con compás en el envés de una rapsodia dilatada, espaciosa, generosa. A pesar de que aquellos aspavientos seguían ruborizándole por momentos, más si hacía días que no lo veía, se reencontraba de inmediato con el fluir de una escritura automática que parafraseaba con brillantez la sinuosidad emocional de su otro pincel.

Le besó también con empeño y vehemencia, y comenzaron a dar vueltas como si fueran la viva imagen de una cobra encantada girando en círculos, a gran velocidad.

En uno de esos giros de amor huracanado, mientras se sobeteaban acalorados, Pierre dejó caer la mochila en el sofá como un profesional del equilibrio. Afuera, un fino y deshuesado rayo de sol todavía iluminaba la estación de tren de Santiago.

Tras otra vuelta de incesante fervor y entusiasmo, Anxo se percató de semejante imagen al mirar de reojo por el balcón y se preguntó, en voz baja, cómo era posible que en ese instante un haz de luminosidad resaltara y embelleciera tanto las aristas más misteriosas de la estación, cuando esa estación, antes de que su poeta entrara en la casa, no le había despertado interés alguno.

Sintió, en la fuerza descontrolada de las manos de Pierre cuando intentaba apretarlo contra el cuerpo, la inconfundible impronta de un amor sincero, sin sustituto posible, ni sucedáneos ni sinónimos de por medio.

En el punto álgido de aquel enérgico vendaval carnal, y por un breve lapso, sintió que al estar abrazado a él se aligeraba la sensación de carga que siempre llevaba a cuestas con respecto a la familia.

Con Pierre él podía ser él mismo; ¡optimista y jovial!, el que nunca había podido mostrarse en casa de sus padres. No en vano, le avergonzaba lo reprimido y cohibido que había estado hasta entonces y cómo su estado de ánimo siempre obedecía al ritmo de la relación.

Aunque era consciente de que esa dependencia no le hacía ningún favor, ya que entendía que el bienestar personal pasaba primero por un trabajo individual, y que esa era, per se, una tarea particular y exclusiva de cada cual, disfrutaba de todas formas la tranquilidad que le brindaba el amor genuino de Pierre.

Cuando el ardor inicial y la efervescencia de los primeros besos fueron dando paso a un recogimiento en cada uno de ellos, el estudiante siguió progresando de forma inconsciente en sus pensamientos y, poco a poco, fue desenhebrándolos del pedregoso acantilado en el que estaban enquistados.

Dedujo que la mansedumbre peligrosa que malacostumbraba en su relación con Pierre podría afrontarla mientras prevaleciera en ellos un amor noble, leal y de plena confianza.

Tal vez por ello, a pesar de que se engañara al creer que lo necesitaba tanto, confiaba en que podrían afrontar juntos los problemas que la vida fuera cultivándoles.

—Mais…, je… ¿Alguna noticia, Anxo?, ¿sabemos algo del certamen?

—No, reiciño, no, todavía no. A ver…, se fallaba hoy; así que, como ya sabes, hasta mañana no publicarán toda la información.

Ante la ansiedad en el tono de la pregunta de Pierre, Anxo le condujo hasta el sofá acariciándole el pómulo y tomándole una mano para llevársela a su carrillo.

—Mira, tienes que relajarte. Cómo te explicaría… Al margen del resultado del certamen, debes seguir confiando en tu escritura. No puedes dejarlo todo en manos de un concurso, y te lo digo ahora, cuando no sabemos lo que ocurrirá.

—Es posible, mais, garçon…, no puedo mentirte… y tampoco puedo mentirme; necesito ganar ese certamen como necesito el aire que respiro.

A medida que Pierre pronunciaba la frase, fue retirando de forma inconsciente la mano de la mejilla del estudiante. Sabía muy bien que esa obcecación suya por triunfar a toda costa en las letras era algo visceral e incontrolable.

—Además, debo pensar en grande, en grande pompe!, para lograr mi aspiración, para conseguir mi propósito, ¿no crees?

Se levantó del sofá bastante enojado; en realidad, todo el esfuerzo bienintencionado por parte de Anxo se convertía en agujas que le perforaban la ambición; un florete que apergaminaba siempre la única blandura de su armazón y lo desarmaba por completo. Creía que intentaba hacerle partícipe de un acomodamiento, un conformismo, acaso una resignación que, de ningún modo, estaba dispuesto a aceptar.

Anxo le sujetó los brazos y le retuvo con delicadeza para volver a sentarlo en el sofá.

—¡No!, ¡no!, ¡no te levantes, espera! Vamos a ver; lo que quiero decirte es que creo que, a veces, confundes tu capacidad para escribir con tu obra.

—Mais, je… ¿Qué quieres decir? Es la forma que tengo de expresarme completamente, mi modo de «deslumbrarme». ¿Acaso disfrutas tú de este mundo ordinario?

—Sí, ya, ya, sí…, ya sé que es tu manera de realizarte plenamente, y eso está muy bien, Pierre, de verdad. Cómo decirte… Mira, a mí me encanta estudiar Enfermería, lo disfruto y deseo dedicarme a ello; pero en mi vida hay otras cosas, y una de las más importantes eres tú, ¿entiendes? Hay vida más allá de las palabras, ¿no crees?

Pierre se atrincheró en una intransigencia irreprimible; pues, por muy bien que lo entendiera, no quería asumir el significado de aquellas palabras.

—Ya, ya, je… sé que tengo una empresa, mon amour, y va bien, por suerte. Mi familia tiene salud, y estamos nosotros, que nos llevamos très bien, lo sé. Pero en las palabras, je… hallo una vía de escape que no encuentro en todo lo demás.

—¿Quieres decir que ese «très bien», como tú dices, no te sirve para escapar donde quieras? —Al terminar de pronunciar la frase, Anxo se dio cuenta de que la pregunta la había formulado de manera impulsiva.

—¡Merde, Anxo!, no se trata de eso.

Mientras el emprendedor de verso deslumbrante —o «l'entrepreneur du vers éblouissant», tal y como lo llamaba Anxo debido al uso desmedido que hacía en castellano de la palabra «deslumbrante»— se lamentaba por el malentendido que ese tipo de conversación les generaba, el estudiante empezó a rebuscar en uno de los bolsillos de la mochila para tomar una libreta pequeña en la cual su poeta solía apuntar las ideas que lo iluminaban. La ojeó.

Se sumergió de inmediato en aquellas letras como si se tratara de su vida; como si hubiera adquirido un tic viciado a fuerza de repetir esa acción una y otra vez. Se olvidó por completo de la conversación y fue asintiendo con la cabeza en tanto iba leyendo los pasajes, dando a entender la calidad y el buen hacer que aquellas líneas artísticas emanaban.

Mientras acababa de releer un fragmento, habida cuenta del malestar que había causado su comentario, volvió a sujetar a Pierre cogiéndole suavemente el brazo.

—Lo sé, lo sé, perdona. De todas formas, reiciño, me da la sensación de que, aun sin haberte estrenado en el mundo de la literatura, quisieras no ya escribir como un profesional, ¡sino escribir un auténtico superventas! ¿No crees?

El poeta y emprendedor iba cediendo en el rincón más irreductible del alma ante la idea de tener que aspirar a las metas de una forma quizás más gradual, pero aquellas palabras no le ayudaban en absoluto a calmar la sensación de ataque que lo inundaba cuando discutían sobre ese tema. Siempre lo arrastraba una avalancha de ímpetu y cabezonería que lo arrinconaba por completo.

En un momento de lucidez instantánea, a sabiendas de la ineficacia de su discurso, Anxo se abalanzó sobre Pierre y lo retuvo estrechándolo con fuerza; un arrebato que le nació desde dentro, antes siquiera de haberlo pensado. Se hizo entonces un silencio extraño y conciliador en el que los dos lograron respetarse. Permanecieron quietos por unos segundos, auscultándose el diafragma el uno al otro; allí, en aquel espacio esculpido de forma casi fortuita, hasta las palabras corrieron el riesgo de intoxicar tal concierto.

Aunque seguía sin poder contener toda la frustración, el poeta fue rindiéndose ante la coreográfica sinceridad con la que el estudiante palpaba todo su fuselaje; sintió cómo, en silencio, lo ahogaba de amor. El tacto afrodisíaco, al sujetarle con mimo y sensualidad la espalda, lo templó de calor y de calidez. El hecho de que Anxo no escatimara tiempo en acariciarlo, no importaba si lo hacía en la espalda, en la nuca, en las manos o en el cuello, lo cautivaba. La dedicación y el afán que les prestaba a todos y cada uno de los meandros de su talle no tenían mucho que ver con la urgencia furiosa que él vivía en el día a día del mundo empresarial.

Acostumbrado al vaivén frenético de Madrid, encontraba en esa entrega pausada, en ese tictac mudo, una ofrenda particularmente hermosa, exótica; un bien preciado. Esa templanza con la que Anxo lo viajaba de arriba abajo contrarrestaba el ansia que él tenía por apresurar su pasión rojo carmesí sobre el óleo erizado del estudiante.

Era como si su garçon ya supiera que luego, en la rúbrica de sus frescos bien mezclados, asociándose, el tiempo perduraría.

Las falanges del estudiante le recorrían la espina dorsal igual que una cabalgata de ilusiones y confituras subiendo, bajando y recreándose una eternidad en todos y cada uno de los resaltes antes de volver a subir… como un acordeón, estirando y contrayendo las notas de un blues, de su canción de amor.

Era difícil para él no sentirse tentado ante un abordaje tan delicado; además, le recordaba la ternura que siempre había existido en su hogar, el amor de la familia.

Esa mixtura tan entrañable y licenciosa a la hora de recrearse en él, ingenua, llena de terneza y elegancia, convertía la pulsión de Anxo en magia; como si se tratara de un contorsionista extraordinario, se amoldaba con suma empatía y habilidad a los montes y los valles de su escultura. Transformaba así, a su manera, cada una de las intimidades del poeta, haciéndolas transparentes, confiables.

Esa especie de alquimia que Anxo desplegaba sin más determinación que la de sentir, esa ciencia oculta a la que se adscribía sin más voluntad que la del deseo, encendía aún con más fuerza las pupilas de Pierre.

Era como si, aun representando a un timonel ocasional que toma por bandera toda la inocencia y todo el candor, el estudiante supiera gobernar sin apenas dificultad sus sentidos más introvertidos, pudorosos y semidesnudos.

Visto así, de perfil, entreteniéndose en el fruto de su cuello, Anxo se le antojaba desconocido e incontenible. Allí, bajo el mentón, quedaba enmarcado con un halo elíptico y misterioso que le sobrevenía sin remedio.

Aunque el emprendedor quiso arrebatarle tiempo al encuentro y acelerarlo, Anxo volvió a vencerle. Lo haría con cautela y parsimonia, despertando poco a poco la entretela de su camisa para agitarlo a él también. Antes siquiera de que empezara a bordearle y cincelarle los pezones recios y exactos, ya le habían brotado del busto, unánimes, los dos sensores indoblegables y catárticos, elevándose hacia lo más alto sin necesidad de batir ningún ala. Como si se tratara del vuelo fúlgido y paciente del cóndor, aprovechando la ascensión térmica del preliminar, Pierre planeó, extático, largo rato…, soluble entre los manglares del cielo.

La capacidad, el arte y la pericia en aquellas maneras le daban a entender que Anxo sabía escoger siempre el instante adecuado: aquel instante preciso en el que se había iniciado el deshielo y en el que hasta las mariposas hubieran deseado posarse, volátiles e insumergibles, sobre el rocío de ambos torsos.

Más tarde, el estudiante relamía y besaba los flujos más exquisitos, derretidos en los surcos del sudor surfeado entre los poros y hacía suyo ese jugo distinguido, unívoco, que pendía lento, huérfano, precoz.

Pierre entendía que aquel rito extrasensorial quebrantaba el magín de forma casi invisible. Era un hilo de voz tibia que, aunque no hablara, sí exhalaba, mediante las espiraciones, diferentes sonidos guturales. Aun siendo imperceptibles al oído, le trascendían el tuétano del mismísimo fondo abisal del ser.

Cuando sintió que su garçon le desanudaba el corazón por dentro, quiso apresurarse para quebrarle la cadera y, ajustándose entre su pelvis, se permitió, tras una acometida larga, violenta, lenta y hermosa sobre la garganta del estudiante, sentir el pulso llameante en las contracciones del sexo.

Dispuestos ya sobre el sofá, habiendo entendido el papel que cada uno debía tomar, Anxo cabalgó sobre su espalda, largo y tendido, afanándose en conseguirlo mientras no se miraban. Entre bamboleo y bamboleo, el poeta tenía la certeza de que el estudiante prefería morir por él; que anhelaba poseerlo; que temía perderlo. No le daba la sensación de que quisiera llegar, ni aun de que hubiera empezado.

Justo en medio de aquel tiovivo incandescente, donde todo estaba aún por verse y sentirse, Anxo pasaba a ocupar ese espacio en blanco y sostenido que flotaba entre las palabras y sus pensamientos.

A Pierre nadie se le había entregado tan decidido y a la vez tan vulnerable, ni tan seductor como él lo hacía; ni siquiera en las ensoñaciones más húmedas de pubescencia, cuando veneraba los recortes de papel de sus artistas favoritos en su habitación de adolescente.