¿Quién dijo miedo? - Jorge Urreta - E-Book

¿Quién dijo miedo? E-Book

Jorge Urreta

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Beschreibung

Aitor Garmendia es un adolescente normal. Estudia, sale con sus amigos, y fanfarronea como buen bilbaino que es. Es conocido por su arrojo y las continuas apuestas arriesgadas que han forjado su fama de temerario.?Hay un nuevo centro comercial en la ciudad y Aitor quiere demostrar a sus amigos que es capaz de otra de sus hazañas al grito de su habitual "¿Quién dijo miedo?". Lo que no espera es encontrarse con un secreto que jamás debió haber visto.?Tras el éxito de El año de la hortaliza, vuelve Urreta con esta nueva novela, que combina a partes iguales un misterio que atrapa al lector con una intriga policíaca que no le permitirá cerrar el libro.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Jorge Urreta

¿Quién dijo miedo?

Primera edición en papel, abril de 2015

Edición eBook, febrero de 2018

© Jorge Urreta, 2015

© Última línea, S.L., 2014, 2015

Oficina central:

Luis de Salazar, 5

28002 Madrid

Oficina de maquetación y diseño:

Strachan, 11

29015 Málaga

www.ultimalinea.es

[email protected]

Ilustración de cubierta: Rafael Aguilar Alvear

Maquetación en papel: Diomedes Barbero Martínez

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

ISBN: 978-84-16159-52-9

IBIC: FA, FF, FH

Impreso en la Unión Europea

Indice

Apuestas, apuestas

El gran día

¿Solo? Ante el peligro

Comienza la verdadera aventura

Sorpresas

Un encuentro inesperado

Huida. Medidas de emergencia

Nunca corres tanto como necesitas

Un nuevo comienzo

Pequeños viejos recuerdos

Volviendo al trabajo

Huida

Identidad

El regreso al hogar

El reencuentro

El valor de un recuerdo

Para ti lector, que has escogido adentrarte en esta intriga que mi imaginación ha maquinado, y para todos aquellos que, de un modo u otro, siempre me han apoyado en mi carrera litera

APUESTAS, APUESTAS

Existe gente capaz de elevar la gamberrada a la categoría de arte, incluso cuando más de uno calificaría esas «gamberradas» como auténticas locuras. Probablemente no había nadie en el colegio Azorín de Bilbao que no considerase que Aitor Garmendia estaba bastante loco, y él nunca había hecho nada para cambiarlo. Sus excentricidades y varios episodios a lo largo de los últimos años, habían contribuido a incrementar su fama como «el pirado ése», y ya ni los que aún consideraba sus amigos creían conocerle realmente. Muchos de ellos seguían con él por curiosidad o como otro divertimento más, pero no faltaban quienes pensaban que no era sino una bomba de relojería a punto de estallar, y preferían estar de su parte cuando eso ocurriese. Por idénticas razones, se acumulaban en el despacho del psicólogo montañas de informes que le mencionaban directa o indirectamente.

Pocos sabían —probablemente sólo tres o cuatro de sus escasos verdaderos amigos— que la «locura» era una tapadera para conseguir que la mayor parte de la gente que le rodeaba, y que él consideraba unos «pijos asquerosos», le dejase en paz. Él y algunos de sus amigos eran las «ovejas negras» del instituto, no por sus notas, que a pesar de poder considerarse mediocres, estaban por encima de la media, sino por su actitud, que siempre resultaba desafiante a los defensores de las buenas maneras. Su colegio era una institución privada donde las excentricidades no estaban muy bien vistas, pero él era suficientemente estudioso como para no tener problemas.

Su especialidad eran las fiestas. Todos los años, el colegio celebraba una semana de fiestas coincidiendo con el nacimiento del escritor que le daba nombre, y él siempre organizaba algo por lo menos curioso. Cada año, el colegio dividía a los alumnos en una serie de «talleres» en los cuales debían apuntarse. Los había de todos los tipos: literatura, deportes, radio, televisión, teatro, y toda actividad creativa en la que la comisión de fiestas de turno pudiese pensar. Eran la oportunidad perfecta para que Aitor engrandeciese su imagen de tarado, así que cada año se apuntaba a unos cuantos y preparaba algo espectacular para cada uno. Un año, después de haber visto en televisión la película «Good morning, Vietnam», decidió que lo mejor sería preparar para el taller de radio un programa llamado «Good morning, Bilbao». Hasta ahí, la cosa no habría pasado de un simple divertimento inofensivo, pero él nunca había sido de los que se conformaban con poco. Aprovechando los conocimientos que había adquirido unos meses antes en un cursillo de electrónica al que le habían apuntado sus padres, modificó la pequeña emisora de radio del colegio y aumentó su potencia de emisión. Después, escribió el guión de un programa de radio divertido, sarcástico y sobre todo, totalmente irreverente.

El programa debía durar una hora, pero apenas llegó a los treinta minutos, el tiempo que tardaron los profesores en descubrir que se estaba emitiendo no sólo para el colegio y tal vez un par de manzanas a la redonda, sino para toda la ciudad. El contenido les había parecido poco adecuado desde los primeros minutos, pero se habían consolado pensando que los oyentes eran sólo los que habitualmente oían las tonterías de Aitor en el colegio. Pero cuando, cerca de veinte minutos después, empezaron a recibir insistentemente llamadas de padres preocupados e incluso de indignados vecinos de toda la ciudad, no perdieron el tiempo y cortaron de golpe la emisión. Al «locutor», la broma le supuso una suspensión de tres días, que se vio aumentada a una semana completa cuando se descubrió su segunda broma de ese año. Por lo visto, se había apuntado al taller de informática, una de sus grandes aficiones, y había metido en todos los ordenadores un programa hecho por él que simulaba ser un virus. El supuesto «virus» tuvo en jaque a los expertos en informática del colegio, que al final tuvieron que llamar a la empresa que les había vendido los ordenadores. La factura por el trabajo de quitar el falso virus fue lo suficientemente elevada como para que el director se molestase en intentar buscar al culpable de semejante gamberrada, aunque todos tenían una ligera idea de quién lo había hecho. Probablemente, podría haberse librado de todo, de no ser porque en un tremendo despiste, había dejado olvidado en el suelo de la sala de ordenadores un pendrive con su nombre y que contenía precisamente una copia del famoso «virus».

Pero la mayor y más explotada habilidad de Aitor Garmendia era la de contar cuentos de todo tipo. Si hubiera preguntando a algún orientador profesional, probablemente le habría recomendado hacerse escritor, y acertaría. Su gran imaginación, calificada por muchos como «descomunal», le convertía en alguien capaz de hacer creer cualquier cosa a cualquier persona. Como su padre solía decir de vez en cuando para referirse a él, era una de esas personas «capaces de vender neveras a los esquimales». No sólo tenía la habilidad de contar buenas historias, sino que además su forma de contarlas y de introducir en ellas a quienes las escuchaban le hacían ser muy persuasivo. Si a eso unía su fingida cara de no haber roto un plato en su vida, no había quien se le resistiera. Su madre, pasase lo que pasase y fuera cual fuera la grandeza de la gamberrada, siempre se derretía ante su mirada. De la misma manera, más de una chica del colegio estaba loca por sus huesos, porque sus adinerados e influyentes padres jamás darían su aprobación a semejante novio.

El caso es que la vida de Aitor «el loco» Garmendia, salvo por algún que otro problema derivado de sus excentricidades, transcurría tranquila y sin problemas, hasta que decidió llevar a cabo el reto de su vida.

Siempre había sido ante todo un fanfarrón y de vez en cuando gustaba de organizar apuestas. Cuando alguien le proponía uno de aquellos retos, él siempre respondía de la misma manera: «¿Quién dijo miedo?». Era una frase que había repetido montones de veces desde su más tierna infancia, y siempre se le llenaba la boca con ella y el cuerpo con adrenalina pura. Era como si la frase pasase directamente a sus labios sin visitar el cerebro.

Era 6 de enero, y un niño de ocho años, de nombre Aitor, fardaba ante sus amigos, haciendo cabriolas y piruetas con la flamante bicicleta roja y blanca que los Reyes Magos acababan de dejarle bajo el árbol. Llevaba meses esperándola, ansiando emular a cierto acróbata de la bicicleta al que había visto tiempo atrás en televisión. Hacía «caballitos» como buenamente podía, derrapaba, aceleraba, frenaba, pedaleaba sin brazos, todo ello ante el asombro de sus amigos y compañeros de clase.

Todo transcurría como él había esperado y deseado, con sus amigos boquiabiertos mientras mostraban su estupor. Parecía que sería el nuevo héroe del barrio, hasta que apareció Mario Larrea, su vecino de quince años, a quien los Reyes Magos habían dejado algo bastante mejor que una bicicleta: la Vespino. Con su motor petardeante y el humo que levantaba, las miradas de todos los niños, incluida la de Aitor, aunque él posteriormente siempre lo negaría, cambiaron inmediatamente de dirección. La bicicleta rojiblanca había perdido su interés y a todos les interesaba más la moto, aunque su dueño no hiciera cabriolas. Mario estaba a otro nivel.

Aitor tardó unos minutos en recuperarse de la sorpresa inicial, y decidió que debía pasar a la acción lo antes posible. Sin dejar de hacer sus cabriolas, comenzó a trazar círculos alrededor de la moto, en la medida que le era posible, teniendo en cuenta la mayor potencia y envergadura de aquélla. Consiguió rápidamente recuperar la atención de sus amigos, cuyo asombro se debía esa vez a lo temeroso de sus acciones. La reacción de Mario no se hizo esperar.

—A ver, enano —dijo Mario tras frenar la moto en seco—, ¿eso es todo lo que puedes hacer con tu mierda de bici de nenaza? Mi hermana salta más que tú cuando juega a la comba.

—Puedo saltar todo lo que quiera —dijo Aitor sin pensar—. ¿Dónde quieres que salte?

—Te apuesto mil duros a que no eres capaz de saltar eso —respondió Mario, señalando el gran seto que había tras la casa de Aitor—. Si ni tu perro puede hacerlo, estoy seguro de que tú no vas a poder.

—¿Quién dijo miedo?

Ésa sería la primera vez que las palabras mágicas saldrían de su boca. Nada más pronunciarlas, dejó la bicicleta en el suelo y empezó los preparativos. Aprovechando que su padre era un manitas y tenía todo tipo de material de carpintería en un cobertizo adosado a la casa, se hizo con dos largas planchas de madera y otros tantos taburetes altos, los cuales colocó para formar una rampa frente al seto. Mario, cuyo reto no había sido más que un farol, llegó a asustarse cuando vio la ocurrencia de su vecino, pero no dijo nada ni dio la más mínima muestra de querer retirarse.

Quienes sí se retiraron fueron todos los amigos de Aitor. Inicialmente le jalearon y llevaron en volandas con sus gritos de ánimo, pero fueron los primeros en huir despavoridos cuando acabó en el suelo, al otro lado del seto, tirado como si estuviera muerto.

La rampa funcionó a la perfección y el salto fue de una gracilidad y perfección rayantes en lo imposible, pero el aterrizaje y el duro golpe contra la hierba devolvieron a todos a la cruda realidad. El único que tardó en volver fue Mario, todavía asombrado de que el «enano» de su vecino se hubiera atrevido de verdad a llevar a término aquel reto suicida. Cuando reaccionó, se vio solo. Al otro lado del seto, Aitor alternaba entre gemidos de dolor y risas, mientras repetía que había ganado la apuesta. Al final, Mario también se fue, no sin antes golpear la puerta de la casa y de avisar, a voz en grito mientras corría, tanto como la moto le dejaba, que el niño había tenido un accidente con la bici.

La «aventurilla» le costó un brazo roto y lo que más adelante él mismo pasaría a denominar «la habitual bronca de mamá», aunque siempre se libraría de lo más gordo con su carita de niño bueno. Con los años, las apuestas fueron dejando atrás la inocencia de la infancia y poco a poco pasaron a convertirse en gamberradas que habrían interesado —de hecho, así fue—a las autoridades locales. Por fortuna para él, nunca le pillaron en ninguna de ellas y los testigos, que generalmente solían ser los mismos que habían propuesto el reto, nunca hablaron sobre ninguno, excepto entre ellos.

Conceptualmente, el nuevo reto era simple, pero encerraba mayor complejidad de la que se intuía a simple vista. «Sólo» debía ingeniárselas para quedarse en el interior de un famoso centro comercial tras la hora de cierre, y pasar allí toda la noche. Como eso parecía poco, sus amigos decidieron añadir algo que sumase interés a la nueva apuesta. Tras una breve deliberación, dieron con el elemento que convertiría un simple reto sin complicación en una apuesta en toda regla: cuando Aitor saliese del centro comercial, debería hacerlo llevando en su mano la porra del vigilante nocturno. Eso le excitó, ya que era el mejor elemento posible. Tendría que pasar toda la noche evitando el contacto con el vigilante, pero en algún momento, tendría que acercarse a él si quería hacerse con su porra, objeto que ese hombre no perdería de vista tan fácilmente. No hizo caso de las advertencias de sus amigos más sensatos, los cuales, además de advertirle de la posibilidad de tener serios problemas con la policía si le encontraban, le aconsejaron sobre la apuesta en sí, la cual parecía poco menos que imposible. Robar la porra a un guardia de seguridad parecía tan arriesgado como meter la cabeza en la boca de un león y pretender que no te muerda. Pese a todo, él no hizo caso de las advertencias ni de los consejos y se limitó a responder como siempre: «¿Quién dijo miedo?».

Una apuesta como ésa requería un lugar a la altura de las circunstancias, así que la primera tarea fue encontrarlo. La moda de abrir centros comerciales en los lugares más insospechados les daba muchas posibilidades entre las que elegir, pero en la mayoría de los casos, se trataba de edificios gigantescos. Eso mismo planteaba una nueva duda: un centro comercial muy grande, de esos de varios miles de metros cuadrados, tendría todo un ejército a cargo de la vigilancia, mientras que uno demasiado pequeño podría haber confiado la vigilancia a tres o cuatro cámaras de mercadillo, con lo que no habría ni reto, ni emoción, ni porra que robar. Tenían que dar con un lugar de tamaño medio, con no más de dos vigilantes nocturnos y, sobre todo, con un mínimo de superficie que permitiera a Aitor esconderse cómodamente y cambiar de escondite tantas veces como fuera necesario.

La solución vino en pocos días, en forma de panfleto publicitario. Se acercaba la inauguración de un nuevo centro comercial en una ciudad cercana. Era un poco más grande de lo que habían pensado, pero se daba una circunstancia especial muy interesante: estaban próximas las elecciones municipales, lo que había acelerado el proceso de inauguración. Como consecuencia, más del cuarenta por ciento de locales estaban completamente vacíos, con lo que no haría falta tanta vigilancia como si el lugar estuviera a pleno rendimiento. Para cerciorarse, Aitor y dos de sus amigos pasaron una semana entera visitando el lugar a diario. Mientras Aitor tomaba notas sobre todo lo que había o dejaba de haber, sus amigos observaban a los vigilantes, o mejor dicho, vigilante. Un único hombre se encargaba, al menos al principio, de la seguridad, y no parecía estar muy contento en su trabajo. Aitor confiaba en que incluso se lo encontraría roncando a pierna suelta el día de la apuesta. Por desgracia, el edificio cerraba todos los días inexorablemente a las nueve de la noche, lo que no les dejaba ningún margen para saber cómo actuaba el guardia desde esa hora. Lo que sí pudieron comprobar fue lo desbordado de trabajo que se encontraba al acercarse el cierre, y el poco interés que mostraba, probablemente atribuible al hecho de que tuviera que asegurarse de sacar a varias decenas de personas en pocos minutos. Pudieron constatar también que no era muy vehemente en su tarea, al menos a medida que pasaba el tiempo. Durante los primeros minutos, se mostraba enérgico y decidido, pero tras lidiar durante un cuarto de hora con mujeres cargadas de bolsas, que no atienden a razones, y hombres que todavía no han decidido si quieren las bombillas de veinte o cuarenta vatios, se adueñaba de él cierto pasotismo que le acompañaba hasta el final. En parte eso resultaría una gran ventaja, pero también alargaría mucho el tiempo hasta que el guardia se marchara a su garita, despacho, o donde fuera que pasara las noches.

Con el lugar decidido y finalizados los primeros estudios del terreno, la fecha quedó fijada para el miércoles de la semana siguiente. Aitor dijo a sus padres que pasaría la noche en casa de un compañero de clase, estudiando para un examen importante, lo que le permitía tener coartada para la noche. Para evitar problemas, les dijo que era un compañero al que no conocían y, cuando le pidieron que les diera un número de teléfono en el que poder localizarle si era necesario, él les dio el número del móvil de un amigo que estaba al tanto de todo y se jactaba de ser un magnífico actor.

EL GRAN DÍA

Tenía todavía cinco días para preparar el «golpe», con lo que debería ser suficiente, siempre que hiciera las cosas, como se suele decir, «sin prisa, pero sin pausa».

Inicialmente, Aitor había supuesto que esos días deberían ser más que suficientes para los preparativos, y casi estuvo a punto de no ser así. Pero no porque no tuviera el material, en cuya consecución no hubo ningún amigo suyo que no arrimara el hombro, sino porque no sabía por dónde empezar o dónde parar. Como primer detalle, se centró en la ropa. Era buen conocedor y aficionado a las películas de espías, lo que le sirvió para preparar una indumentaria acorde con las circunstancias. Se vistió desde la mañana con camiseta y pantalón negros, como los de James Bond cuando entra con sigilo en algún sitio. A nadie le extrañó el cambio de «look», ni la imagen siniestra que llevaba. Parecían estar ya más que acostumbrados a sus excentricidades, y eso no era algo que se saliese, o al menos no mucho, de la norma habitual. Guardó en la mochila un pasamontañas, también de color negro, para que cuando estuviese dentro con poca luz, pudiera pasar lo más desapercibido posible. Se probó el conjunto, frente al espejo del armario de su habitación, y pasó el examen a la primera, lo que aumentó más si sabe su excitación de cara a la apuesta, aunque todavía quedaba mucho que preparar.

Los dos días siguientes, se centró en comprar todo lo necesario para la aventura, tanto el avituallamiento, en forma de chucherías de todo tipo y cosas fáciles de comer, como el material que le permitiría moverse o esconderse con facilidad. Como ya estaba acostumbrado y conocía el lugar como la palma de su mano, hizo todas las compras en el mismo centro comercial objeto de la apuesta. Por un lado, le resultaba cómodo, ya que incluso le conocían en algunas de las tiendas y le trataban como si fuera un cliente habitual, y por otro, le resultaba divertidamente irónico que los objetos que le permitieran burlan la vigilancia salieran de ahí mismo. Además, el haber dedicado gran parte de la semana anterior a la vigilancia apenas le había dejado tiempo para las compras, incluso estando en un centro comercial. Hubo de conseguir algunas pocas cosas en otros sitios, debido a que donde debería encontrarlas en ese centro comercial sólo había carteles de «próxima apertura», pero seguía siendo igualmente irónico.

Ese día, las clases transcurrieron sin pena ni gloria. Aparte de eso, Aitor tenía su mente en otro lugar y no prestó demasiada atención. Todavía hubo quien se acercó a él e intentó nuevamente disuadirle de seguir adelante con la apuesta, pero él estaba decidido a continuar y nada ni nadie se lo iba a impedir ya. Incluso el que propuso la apuesta inicialmente llegó a insinuar que podían olvidarla sin más y sin ningún compromiso, pero él no era de las personas que dejan las cosas a medias o se echan atrás. Además, no había ni siquiera entrado en el centro comercial, por lo que no tenía todavía una verdadera razón para abandonar, si es que en algún momento se presentaba. Podía estar un poco loco, o al menos parecerlo, mas sí había una cosa que no era: tonto. Si en algún momento se veía en peligro, saldría como fuera o, en última instancia, se dejaría atrapar. Se ganaría una buena bronca y sus padres tendrían que pagar una multa que descontarían de su paga, pero al menos estaría sano y salvo.

Llegó por fin la hora de salir, y se reunió con sus amigos por última vez antes de dar por comenzada la apuesta. Después de negarse otra vez a retractarse, decidió hacer una pequeña escala en una bocatería cercana, para poder hacer acopio de provisiones para la noche, aparte de las chucherías que ya había comprado. El lugar contaba con un supermercado en el que podría abastecerse gratis, pero ya había decidido que no lo tocaría, para minimizar la posibilidad de dejar huellas. Además de dos bocadillos de jamón y queso que compró en la bocatería, llevaba también las chucherías, junto con el libro que estaba leyendo en esos momentos y una pequeña linterna para iluminarlo, ya que no confiaba en tener mucha luz durante la noche.

Una vez dentro, el plan era fácil: conocía ya bastante bien las instalaciones, razón por la cual no le resultó muy complicado encontrar el sitio perfecto para esconderse hasta que las puertas quedaran cerradas al público. Pasó varios días contrastando la información que había obtenido observando las instalaciones y su configuración, con los hábitos y manías del servicio de seguridad y, tras observar con gran detenimiento, llegó a la conclusión de que el mejor lugar sería la zona de aseos de la planta baja. Por sus observaciones, había deducido que ese era un «punto negro» en la labor de los vigilantes, que rara vez revisaban esa zona antes de dar el visto bueno al cierre de puertas. Había observado también que al ser los de la planta baja parecían ser también los más usados, y al final de la tarde presentaban un aspecto bastante lamentable que seguramente no invitaba a una inspección. Supuso que los vigilantes probablemente pensarían que ése no era un sitio que alguien podría elegir de buena gana para esconderse y que, debido a eso, no se esforzaban mucho en revisarlos.

Cuando quedaba aproximadamente media hora para el cierre, entró. Se dirigió a una zona poblada por las últimas novedades musicales y se puso a rebuscar con fingido interés como si realmente fuera a comprar algo. Después de un cuarto de hora, se dirigió a los aseos y echó un nuevo vistazo por si algo había cambiado desde su última visita. Todo parecía estar en orden y como siempre. Los retretes olían igual de mal, lo cual sería posiblemente la causa de la poca afluencia de gente en esos momentos. Entró en uno de los retretes, cerró la puerta, y se sentó, no sin antes limpiar a su alrededor con una buena cantidad de papel higiénico. Una vez acomodado sacó el libro para hacer más llevadera la espera. Aún quedaban más de diez minutos para las nueve de la noche y el libro le mantendría entretenido. Suponía que el cierre llevaría unos cuantos minutos entre clientes rezagados y cierres de puertas, lo que le llevó a calcular unos veinte o treinta minutos en total. De todos modos, no era algo que le preocupase demasiado, teniendo en cuenta que iba a pasar unas cuantas horas encerrado en el edificio.

A los veinticinco minutos se apagaron la mayoría de las luces y las que quedaron lucían más o menos a la mitad de su intensidad máxima. En ese momento, guardó el libro en la mochila, se la colocó a la espalda y se sentó sobre el depósito del retrete para evitar que sus pies pudieran verse por debajo de la puerta. Sabía perfectamente que si el vigilante aparecía y no se limitaba simplemente a mirar por debajo de la puerta, estaría perdido, pero confiaba en su buena suerte.

¿SOLO? ANTE EL PELIGRO

No tardó en acordarse de su buena suerte y de toda la familia de quien inventase la buena suerte cuando, unos pocos minutos después, oyó pasos que se acercaban. Temía que el vigilante hubiera decidido incluir los aseos en su ronda por primera vez en mucho tiempo, pero lo que más le fastidiaba era que hubiera tenido que decidirlo justo ese día. Los pasos sonaban cada vez más cerca, así que se esforzó en procurar no hacer el más mínimo ruido mientras intentaba también pensar en cualquier cosa que le sirviera para alejar su mente de allí y calmar su desbocado corazón, que parecía ya un pura sangre a punto de ganar el «Grand National».

El ritmo de su corazón se disparó cuando oyó que se abría la puerta exterior de la zona de aseos y los pasos se hacían cada vez más cercanos. Justo en ese momento, escuchó una conversación que salvó su pellejo y su cordura.

—Eh, Marcos, ¿dónde vas? —dijo una voz lejana que, según Aitor dedujo, no podía ser la de quien había abierto la puerta de los aseos.

—Pues a revisar los baños, ¿dónde sino? —dijo una segunda voz más cercana—. Habrá que revisar los baños, ¿no?

—Déjalo tío, ni te molestes —respondió la primera voz—. Ya sé que a los nuevos os dicen que reviséis todas las esquinas, pero puedes confiar en mí cuando te digo que ahí no vas a encontrar a nadie. Huele tan mal, que dudo que ni siquiera las ratas se planteasen quedarse ahí.

—Hombre, ya he notando que huele muy mal, pero bueno, yo sólo pensé que había que revisar todas las esquinas.

—Bueno, si te quedas más tranquilo, entra y mira, pero no me eches la culpa a mí luego cuando salgas asqueado y con ganas de echar la papilla —respondió de nuevo la primera voz mientras empezaba a reír.

—Bien, supongo que nadie sería tan tonto como para querer esconderse en semejante pocilga —respondió la segunda voz—. Se lo dejaré a los de la limpieza. Por cierto Gorka, ¿te vas ya?

—Sí, yo ya me voy —contestó la primera voz—. Te he dejado encima de tu mesa la nueva porra y la llave general del edificio. No creo que vayas a necesitar ninguna de las dos cosas en toda la noche, pero por si acaso tenlas a mano. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Aitor se tranquilizó por fin. Por un lado, quedaba claro que por la noche sólo habría una persona para vigilar todo el edificio, y por otro, sabía que dicha persona no tenía en esos momentos la porra en sus manos y, con un poco de suerte, no la tendría en toda la noche. Le fastidiaba mucho haber escogido para la apuesta justo el día en que entraba a trabajar un vigilante nocturno nuevo, pero eso era algo que él no podía saber de antemano. Además, confiaba en que ese detalle jugase a su favor y el novato cometiera algún error que facilitase su tarea.

Oyó cerrarse la puerta y miró su reloj. Decidió dejar pasar 5 minutos para que el vigilante se alejase lo suficiente y entonces saldría a buscar un nuevo escondite donde pudiera mantenerse lo más oculto posible mientras procedían a limpiar. No había estudiado el edificio lo suficiente como para conocer todos y cada uno de los rincones, pero tenía ya escogidos en su cabeza varios sitios que podrían serle útiles. Era posible también que tuviera que cambiar de escondite en alguna que otra ocasión, para lo cual tenía localizados por lo menos dos o tres rincones por planta. Y, de todos modos, siempre tendría la posibilidad de limitarse a cambiar de planta si las cosas se ponían feas. El edificio contaba con cinco, lo cual daba muchas posibilidades a la hora de cambiar de escondite. Confiaba en que limpiasen a razón de una planta cada vez, lo que le daría la posibilidad de estar siempre más o menos al tanto de qué plantas eran seguras.

COMIENZA LA VERDADERA AVENTURA

Una vez transcurridos los cinco minutos, Aitor salió de la zona de aseos con todo el sigilo que sus nervios le permitían. Durante sus días de vigilancia, había observado que el despachito donde el vigilante descansaba y pasaba las horas muertas mientras no hacía su ronda por el edificio estaba en la planta baja, así que nada más salir de los baños y comprobar que no había moros en la costa, se dirigió a las escaleras para ir a la planta uno. Tenía claro que debería subir andando por alguna de las múltiples escaleras mecánicas repartidas por toda la planta, ya que no se fiaba de que no pudieran descubrirle si usaba las escaleras de emergencia y estaba seguro de que lo harían si se le ocurría poner en marcha uno de los ascensores. Además, tampoco contaba con que los ascensores funcionasen y ni se molestó en ir a comprobarlo. Las escaleras mecánicas tampoco funcionarían, pero al menos seguían conservando su funcionalidad como escaleras normales. Además, y para su fortuna, ni siquiera las habían bloqueado de alguna manera poniendo cadenas delante o cualquier otra forma de impedir el acceso.

Llegó a la planta uno y se dirigió sin demora al primer escondite planificado. Llevaba una lista en la que había anotado la situación de cada uno de ellos y unos pocos detalles de las cosas que había cerca para facilitar su localización, y así no le costó mucho llegar al más cercano de los situados en esa planta. El lugar se encontraba en una esquina de la sección de colchones y ropa de cama, y consistía simplemente en un hueco que quedaba oculto detrás de varias camas y unos cuantos colchones en exposición. No era el lugar más seguro del mundo, pero sí era al menos uno en el que resultaba difícil ver más allá de cinco metros, tanto para alguien que estuviese en ese rincón, como para alguien que mirase hacia allí. Y suponía que incluso para una cámara de seguridad resultaría difícil ofrecer una imagen de la zona, por muy amplio que fuera su radio de acción. De hecho, ése era uno de los detalles a los que había dado más importancia a la hora de descartar unos escondites en favor de otros.

Se acomodó en el rincón como buenamente pudo y sacó el libro de la mochila. Para estar lo más cómodo posible, había escogido un libro de bolsillo de reducidas dimensiones que, si era necesario, pudiera esconder rápidamente si se veía en peligro o con posibilidades de ser atrapado. De cualquier manera, teniendo en cuenta que debería estar casi todo el tiempo con un ojo puesto en el libro y otro en los alrededores, tampoco creía que fuese a leer mucho, razón que le había llevado también a escoger un libro sencillo que no le contrariase demasiado no poder leer con comodidad o no poder siquiera terminar. Era un libro insignificante, una colección humorística de noticias curiosas de los principales diarios del país que le había regalado su madre en su último cumpleaños. Nunca lo había leído entero y tampoco le preocupaba en exceso, pero por lo menos era lectura ligera, justo lo que necesitaba en esos momentos.