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¡Ojalá él supiera con cuál de las dos hermanas estaba saliendo! Sam Harrison creyó que estaba sufriendo alucinaciones cuando su formal compañera de trabajo del museo se transformó de la noche a la mañana en una mujer coqueta y divertida. Megan Dean había tenido que dejar de escribir el libro de viajes en el que estaba trabajando para hacerse pasar por su hermana gemela, pero lo que no podía era ocultar lo que sentía por Sam Harrison... era el tipo más guapo y sexy que había conocido en su vida.
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Samantha Connolly
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
¿Quién eres tú?, n.º 1468 - agosto 2014
Título original: A Real Work of Art
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4633-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Sumário
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
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Dónde está lo de Copenhague? —preguntó Megan furiosa mientras miraba por la habitación—. Estaba justo aquí. Lo tenía aquí y... genial, he perdido Copenhague.
Lanzó el bolígrafo por la habitación y vio cómo rebotaba contra la puerta.
—¿Cómo pueden desaparecer dos semanas de tomar notas así sin más? ¿Puede alguien explicármelo? Odio esto. Es demasiado duro y no puedo hacerlo. Ni siquiera quiero.
Se echó hacia atrás en su silla y observó los montones de libros que descansaban sobre la estantería que había detrás de su escritorio. Estaba repleta de guías, panfletos y una impresionante colección de diccionarios y gramáticas de diferentes idiomas. Y en lo más alto de la estantería, reposaban orgullosas las guías de viaje que ella había escrito. De los cuatrocientos títulos disponibles en la colección Going Native, ella era la orgullosa autora de cinco: India, Alaska, Nueva Orleans, Austria y Tokio. El libro de Escandinavia sería el sexto.
Pasar ocho meses al año en un país desconocido no era la idea de seguridad y estabilidad de la mayoría de las personas, pero a Megan le encantaba. Incluso le encantaba escribir sobre ello después.
Pero en ese momento no. Con lo mucho que adoraba volver a San Francisco, que era su casa más que cualquier otro lugar en el mundo, siempre le resultaba complicado aclimatarse y ponerse a trabajar de verdad después de una aventura. En pocas semanas volvería a marcharse, pero la única manera de conseguirlo era haciendo su trabajo.
Miró el montón de notas desordenadas que había sobre su mesa y en el suelo. Había estado una semana examinándolas, tratando de ordenarlas de alguna manera, pero parecía no haber hecho ningún progreso.
Si pudiera ser un poco más organizada cuando viajaba, pero no, escribía párrafos sueltos sobre cualquier cosa que tenía a mano. Llenaba los márgenes de sus libretas de exclamaciones que ahora no significaban nada y escribía útiles notas como recordar la historia de los niños en el río. Debería haber escrito Inventarse historia sobre los niños en el río. Aparte de todo eso le quedaba una pila de cintas magnetofónicas que tenía que transcribir.
—Podría estar casada —dijo mientras soñaba despierta—. Podría ser un ama de casa viviendo en las afueras. Podría estar en la cocina esperando a que mi marido llegase a casa, y mi único dilema sería qué darle de cenar. Oh, no. Espera. Es domingo. Probablemente estaríamos en el parque con los niños. Y no tendría que preocuparme por Copenhague, ni por los renos, ni por las estatuas de los viquingos porque no tendría que escribir sobre ellos.
Se levantó de la silla y fue a recoger el bolígrafo. Se agachó para agarrarlo y sonrió.
—Claro —dijo. Tomó el montón de notas sobre las que había aterrizado el bolígrafo y le dio las gracias al santo patrón de los escritores de guías de viaje.
Se sentó de nuevo, se frotó las manos y siguió hablando consigo misma.
—De acuerdo. Allá vamos. Dos horas más y le habremos dado forma al capítulo sobre Copenhague, y para mañana...
Dejó de hablar y miró hacia arriba.
—Estoy trabajando —dijo, y esperó. El timbre volvió a sonar—. Estoy trabajando —dijo desesperada—. Lo digo en serio. No puedo abrir la puerta. Tengo que hacer un par de horas más, tengo que transcribir las cintas y ni siquiera he empezado a ordenar las fotos y... espera, ya voy, ¡vuelve!
Ésa última exclamación escapó a sus labios mientras se apresuraba a abrir la puerta principal para llamar a la persona que ya se marchaba.
—¿Rachel? —preguntó. Su hermana se dio la vuelta, subió los escalones del porche y entró en la casa. Megan frunció el ceño mientras se frotaba la cadera, pues se había golpeado contra una mesa mientras corría a abrir la puerta.
Siguió a Rachel hasta la cocina y allí las dos se miraron frente a la encimera.
—¿Estás planteando robar un banco? —preguntó Megan.
Rachel suspiró. Era lo que Megan pensaba, a juzgar por el aspecto de su hermana, que llevaba la cara envuelta en una bufanda negra, una gorra de béisbol y unas gafas de sol.
—Ya sé lo que es. Te has vuelto invisible de nuevo, ¿no? ¿Cuántas veces te he dicho que no te bebas el...?
Megan dejó la frase inacabada al ver cómo Rachel se quitaba la bufanda. Megan, con la boca abierta, se acercó para mirar la cara de su hermana, que tenía un color azul nada saludable.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Tú sabrás —contestó Rachel. Tomó su bolso y sacó de él un pequeño paquete de plástico que le lanzó a Megan.
Megan miró el paquete, que tenía la foto de una mujer impresa en él. Su cara era del mismo color que la de Rachel.
—Es una máscara facial —dijo Megan, y luego miró a Rachel—. ¿Es que no sabes que después de echártelo tienes que quitártelo con agua?
—¿Ah, sí? —dijo Rachel con ironía—. ¿No me digas? ¿Y qué ocurre cuando te lo lavas y descubres que se te ha teñido la cara de azul?
—¿De dónde has sacado esto? —preguntó Megan mientras le daba la vuelta al paquete. La etiqueta del mismo parecía estar escrita en sueco.
—Venía con el kit de belleza que me enviaste hace meses. Con el champú y la loción corporal.
—Así que te lo pusiste y cuando te lo fuiste a quitar, tu cara...
—¡Tachán! —exclamó Rachel. Se sentó frente a Megan y señaló el paquete histérica—. Mira, hay un número de teléfono de atención al cliente las veinticuatro horas. Tienes que llamar y averiguar qué pasa.
—No sé si mi sueco es tan bueno como para eso. Sólo aprendí lo básico. Cómo pedir la comida, tomar un taxi, encontrar un hotel, ese tipo de cosas.
—No me importa —replicó Rachel—. Toma tu diccionario y llama.
—De acuerdo —dijo Megan—. Pero cuéntame otra vez lo que ha ocurrido. ¿Cómo seguiste las instrucciones?
—Bueno —dijo Rachel sardónicamente—, venía la foto de una mujer con la cosa ésa en la cara y supuse que eso era lo que habría que hacer. Y en la parte de atrás ponía treinta, así que supuse que serían treinta minutos, así que media hora después fui a lavarme la cara y así me quedé. Vine directa aquí. Ésa es toda la historia. Supongo que podré demandarlos.
—Sí, mira, dice que son treinta años de excelencia, o de un servicio excelente a los clientes, o algo así. Se supone que te lo tienes que dejar en la cara durante dos minutos.
—¿Debería ir al hospital?
—¿Te duele?
—No —dijo Rachel mientras se masajeaba las mejillas. Con aquel movimiento su cara parecía más bien plastilina, y Megan tuvo que morderse los labios para no reírse.
—Supongo que debería ir a que te lo miraran, pero no creo que sea malo. Compré el kit en una tienda naturista. Sólo usan productos naturales. La loción corporal estaba hecha de algas.
—Eso es horrible —exclamó Rachel.
—Parece que esto está hecho con algún tipo de bayas. A no ser que estén sugiriendo que la mujer de la foto está comiendo bayas mientras se relaja—miró a Rachel y añadió—. Voy a llamar.
Tras diez tortuosos minutos al teléfono, Megan colgó. Esperaba que Rachel no hubiera podido oír las carcajadas de la mujer al otro lado de la línea. No hubo suerte.
—¿Acaso le ha parecido divertido? —dijo Rachel.
—Era una risa compasiva. En cualquier caso no tienes que preocuparte porque las buenas noticias son que no es dañino y que desaparecerá en un par de días.
—¿Dos días? —dijo Rachel desesperada. Se levantó y comenzó a caminar.
—O eso o dos años —añadió Megan para sí.
—Creo que aun así voy a ir a urgencias. Seguro que pueden quitármelo.
—Buena idea —dijo Megan—. ¿Qué ha dicho David de todo esto?
—Aún no lo ha visto. Está en San Diego, en una conferencia.
—¿Un hotel lleno de banqueros? —dijo Megan sarcástica—. Eso es una fiesta.
—Lo es —dijo Rachel—. Mi comportamiento ya ha sido lo suficientemente extraño últimamente.
—¿Qué quieres decir con «extraño»?
—No importa. Olvida que lo he dicho. Volvemos a estar bien.
—¿Qué? ¿Es que estabais teniendo problemas? Creí que David era el novio ideal.
—Lo es. Es sólo que... pensé que me estaba engañando.
—He estado trabajando demasiado —dijo Megan frotándose la cara—. Y me he quedado dormida en mi escritorio y ahora estoy teniendo el más extraño de los sueños —añadió mientras miraba a los ojos de su gemela—. Estoy deseando contártelo mañana.
—Ah, no —dijo Rachel—. ¿Se trata de tu sueño? Esperaba que fuera el mío, y que pudiera despertarme en cualquier momento.
—¿Pero realmente te estaba engañando? —preguntó Megan.
—Pues no, pero ¿a quién le importa eso? Ahora sí que tengo problemas —dijo Rachel señalándose la cara.
—Oh, Rach —dijo Megan sonriendo—. Eso desaparecerá. En unos pocos días sólo será un recuerdo, y en unos pocos... años, será una historia divertida que contar. Simplemente date muchas duchas. Venga, siéntate. Prepararé algo de comer.
—No lo comprendes. No tengo unos pocos días. Es una de las colecciones de arte clásico y renacentista más grandes de esta ciudad, y ya hemos vendido las entradas para las próximas tres semanas. No tenemos tiempo. Hemos de abrir el sábado. Pero aún no tenemos los catálogos, y la lista de invitados para la cena de patrocinadores aún está por confirmar, así que no he podido ultimar los detalles con los del catering ni los del personal de seguridad —comenzó a hiperventilar—. La música, los asientos, las flores, todo está a medias porque ha habido un retraso en el envío desde Europa, así que no podemos firmar el seguro ni podemos preparar las cosas para la cena, aunque no podríamos de ningún modo porque ni siquiera sabemos quién viene.
Rachel se sentó frente a Megan y soltó una carcajada.
—Esta mañana ha sido la primera vez en mucho tiempo que me he permitido algo de tiempo para mí. Estaba agotada. Pensé en ponerme la mascarilla y unas rodajas de peino en los ojos, tumbarme y escuchar a Faith Hill durante media hora para poder estar fresca otra vez para seguir trabajando... De acuerdo. Es muy sencillo. No tengo otra elección. Tengo que ir a ver a Peterson y explicarle lo que ha ocurrido.
—¿Cómo crees que reaccionará?
—¿Sinceramente? Creo que reaccionará despidiéndome.
—¿Qué? —exclamó Megan sorprendida—. Eso es ridículo. No puede hacer eso.
—Tienes razón —contestó Rachel—. No lo hará. Pero me apartará de la exposición y Kenneth se hará cargo. Y no sé muy bien en qué lugar me dejará eso a mí después. Peterson era el único de la junta que quería que yo me hiciera cargo del trabajo. Los demás piensan que soy demasiado joven y, por supuesto, demasiado mujer. Sé que soy muy buena en esto. Es el trabajo para el que nací, pero es sólo mi segunda exposición. Estoy falta de práctica. Si ven esto... —suspiró—. Bueno, ¿tú le confiarías un Botticelli a alguien con este aspecto?
Megan pensó con rapidez. Había recorrido medio mundo y su entusiasmo ilimitado la había puesto a veces en situaciones complicadas. Era muy dada a examinar los pros y los contras de una situación de forma pragmática más que emocional.
—De acuerdo, no puedes seguir. Pero no te rindas. Esto puede que haya desaparecido mañana, y si no, puedes llamar y decir que estás enferma.
Rachel se carcajeó ante la ingenuidad de su hermana.
—Ya he llamado diciendo que estaba enferma. Se supone que ahora tendría que estar en el trabajo —dijo, y comenzó a pensar en alto mientras pasaba el dedo por el escritorio—. Si me hubiera llevado el portátil a casa la otra noche, o al menos los archivos de las obras podría adelantar algo. Sería como estar allí. Podría decir que he pillado un virus de veinticuatro horas y no quiero contagiárselo a nadie.
—¿No puedes conseguir a alguien para que te lleve todo eso a tu casa? —sugirió Megan.
—Ya lo he pensado, pero aun así tendría que explicarle mi apariencia a cualquiera que apareciese.
Rachel cruzó los brazos sobre la encimera y hundió la cabeza en ellos mientras lanzaba un gemido.
—Ya sé que hace mucho que no hacemos esto —dijo Megan gentilmente—, pero podría ir yo en tu lugar para recoger tus cosas. Tú sólo tendrías que decirme lo que hacer y decir.
—Genial —dijo Rachel alegremente.
—Lo digo en serio —dijo Megan.
—Venga, ya no tenemos doce años.
—Lo que digo es que nadie nos ha visto juntas allí todavía.
—Pero todos saben que tengo una gemela.
—Sí, pero todo es abstracto hasta que no nos vean juntas, ya lo sabes. Ni siquiera las fotografías hacen justicia.
Rachel la miró. Lo que Megan decía era verdad. Ya lo habían comprobado una y otra vez. No importaba que la gente estuviera preparada para ello, pues siempre que las veían juntas era todo un shock. Incluso con la evidencia frente a sus ojos, a la gente le costaba un poco darse cuenta de que realmente eran dos criaturas de carne y hueso exactamente iguales.
—Nunca funcionaría.
—No veo por qué no —dijo Megan—. Sé mucho sobre el personal. Lo he visto en tus mails. Apuesto a que podría reconocerlos a todos. Sé que la melena pelirroja de Jocelyn es su maldición. Sé que Helena siempre viene con resaca y que el director de la exposición permanente es ese tipo inglés con el nombre tan largo... mmm, Bateman-Parker.
—Edward Parker-Bakeworth III —dijo Rachel.
—Correcto. Sé que el personal de las taquillas y el de la tienda no se mezclan con los del restaurante. Por cierto, ¿de qué va todo eso?
—¿Y yo qué sé?
—Y los miembros de la junta no se mezclan con nadie, naturalmente. Peterson tiene una marca de nacimiento en el cuello y ese tipo, Kenneth, anda detrás de Sidra, a pesar de que ella le derramara «accidentalmente» el café encima hace unos meses.
—¿Pero qué pasaría si alguien te hiciera una pregunta de arte? —replicó Rachel.
—Rachel —dijo Megan—, ¿Quién te llevó al Louvre? Además, ¿acaso están siempre bombardeándote con preguntas especializadas?
Rachel se mordió los labios, muestra de su indecisión, y Megan notó algo de esperanza en su mirada.
—Sólo es una idea —dijo Megan tratando de no parecer demasiado emocionada.
—Bueno, supongo que, en cierta medida, es culpa tuya que yo esté así ahora —dijo Rachel. Megan entornó los ojos pero decidió dejarlo correr—. Creo que podremos ir a mi casa a buscar algo de ropa para ti mientras yo pienso en algo.
—¿Qué hay de malo en lo que llevo puesto? —preguntó Megan tras echar una ojeada a sus pantalones de cuero.
—¿Por qué razón estaré considerando la posibilidad de hacer esto? —dijo Rachel mientras se sentaba de nuevo.
—Estoy bromeando. Lo siento, sólo era una broma. Haré lo que me digas. Seré buena y llevaré tu bonita ropa, y me comportaré. Lo prometo.
—Aún me lo estoy pensando —dijo Rachel.
—Lo sé —contestó su hermana.
—Así que voy al hall y luego la tercera puerta a la izquierda.
—¡A la derecha! La tercera puerta a la derecha —exclamó Rachel—. ¿Es que no me escuchas?
—La tercera a la derecha —repitió Megan mientras se miraba en el espejo. Se dio una vuelta y preguntó—. ¿Qué tal estoy?
—Nunca me había dado cuenta de lo bien que me queda ese traje —dijo Rachel impresionada. Le puso a su hermana unas cuantas horquillas más para sujetar el moño que llevaba y le alcanzó el maletín—. Recuerda, no te olvides de llamarme según llegues allí.
—Lo haré —dijo Megan estoicamente.
—Y te quedarás en el despacho durante una hora más o menos para que parezca que estoy trabajando.
—Que sí. Ya lo sé. Y toseré y estornudaré cuando vea a la gente para que sepan que estoy enferma.
—Y, si alguien te pregunta algo, di que de acuerdo, que...
—Que en diez minutos —finalizó Megan—. Entonces te llamo. Ya lo sé. No pasará nada —dijo sonriendo con seguridad—. No te preocupes. Será divertido.
—No —dijo Rachel agarrándola del brazo—. No digas eso. No es divertido. Por favor, no hagas que sea divertido.
—Rachel, relájate. ¿Dónde ha ido a parar tu sentido de la aventura?
—Creo que se ha ido a la oficina del paro —dijo Rachel con amargura—. Para pillar el primer puesto en la cola.
Megan aparcó el coche en la plaza de garaje de Rachel y obserrvó el patio. Había unos cuantos hombres trajeados atravesándolo. Dos agobiados profesores luchaban por controlar a una muchedumbre de escolares gritones y un guardia de seguridad trataba de explicarle a un par de mochileros que tendrían que hacer su picnic en otro lugar.
Salió del coche y se alisó la falda, que se había ido subiendo durante el trayecto. Los pantis también la molestaban, pero se abstuvo de colocárselos en mitad del aparcamiento.
Mientras ascendía los peldaños de piedra de la entrada Megan no pudo evitar sentirse excitada. Se había quedado alucinada cuando Rachel le había mandado un mail a Noruega diciéndole que era la nueva directora de las exhibiciones temporales de la Galería de Arte, y sus mails semanales no habían hecho sino aumentar su entusiasmo. Megan llevaba mucho tiempo deseando echar una ojeada por dentro a aquella galería de la que ella era visitante frecuente.
Trató de ignorar las mariposas que sentía en el estómago mientras atravesaba las puertas de madera para llegar al vestíbulo. Saludó con la cabeza a los dos guardias que había a la izquierda y, al ver que no gritaban «¡Impostora!», siguió caminando.
—¡Señorita Dean!
Megan dio un salto al oír la voz que la llamaba desde su derecha.
—Señorita Dean. Gracias a Dios que está usted aquí. El señor Lewis dijo que estaba enferma, pero los de la orquesta llamaron esta mañana para asegurarse de si quería a los arpistas además del cuarteto de cuerda. Ah, y Jocelyn dijo que le dijera que sólo iban a tocar la clásica marcha, a no ser que usted quiera que toquen algo concreto o más moderno.
Megan se llevó la mano a la boca y tosió, lo cual no le resultó difícil pues tenía la garganta seca.
—Sí que llamé diciendo que estaba enferma —dijo Megan mientras miraba a la mujer que tenía enfrente. Llevaba una falda negra, una blusa color crema y el pelo castaño y corto. No había nada especialmente distintivo en ella excepto su nariz respingona.
Megan sofocó su creciente pánico. «De acuerdo, no tengo ni idea de quién es ésta».
—Estoy resfriada, pero sólo he venido a recoger unas cosas —hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios para parecer pensativa—. Escribí una nota sobre lo de la música. Creo que la tengo en mi despacho. Hagamos una cosa, vuelve en unos diez minutos y te daré una respuesta.
—Gracias, señorita Dean.
Megan fingió un estornudo y sacó un kleenex mientras asentía con la cabeza.
Su corazón iba a mil por hora, pero no le quedaba otra opción que seguir las instrucciones de Rachel. Atravesó el vestíbulo y luego las puertas dobles que daban a un pasillo que había a la derecha. Una vez allí caminó y cuando llegó a la tercera puerta a la derecha se preparó y entró.
La habitación estaba vacía y tranquila, y cuando Megan vio sobre el escritorio una foto de ella y de Rachel supo con certeza que había entrado en la sala correcta. Soltó el bolso y el maletín y se quitó la incómoda chaqueta para dejarla sobre el sofá. Se levantó la falda y se colocó los pantis bien para asegurarse de que no le cortaban la circulación. ¿Cómo podía Rachel llevar esa ropa todos los días? Se sentó tras el escritorio y descolgó el teléfono mientras tarareaba la melodía de Misión Imposible.
Rachel contestó tras el primer tono como si hubiera estado sentada en casa junto al teléfono esperando la llamada. El asunto de la música se resolvió rápido y diez minutos después la señora Nariz Respingona, o Rebecca como Megan había descubierto que se llamaba, obtuvo la respuesta que pedía.
A Megan sólo le llevó media hora comenzar a sentirse agobiada. Eufórica como estaba por su triunfo inicial, estaba enteramente preparada para cualquier otro desafío, así que se preparaba cada vez que oía pasos detrás de la puerta. Pero siempre pasaban de largo y Megan se quedaba ahí sentada dando golpecitos con el pie a la pata del escritorio.
Se sentía como una niña triste a la que habían mandado a su habitación por algo que no había hecho. La galería entera estaba al otro lado de la puerta y otra gente estaba disfrutando de ella. Eran libres de deambular por donde quisieran, mirar lo que quisieran. «En realidad», pensó Megan, «tengo toda la libertad del mundo dado que mi cara es la llave de entrada a cualquier sala, a cualquier exposición. Podría ver la nueva exposición una semana antes de que la inauguren. Si pudiera abandonar esta habitación».
Retorció los dedos del pie mientras luchaba con su conciencia. La gente esperaba ver a Rachel y es a ella a quien verían. La gente actuaba de forma extraña a veces y todos supondrían que estaría preocupada o que tendría un mal día. Pero, por otro lado, Rachel la mataría.
«Pero por otro lado», pensó Megan para elaborar un último argumento para convencerse, «esto no está bien. Esto es como visitar un país nuevo y quedarte todo el tiempo en la habitación del hotel».
—Suficiente —dijo Megan mientras se incorporaba de la silla de un salto. Se puso los zapatos, pero dejó la chaqueta. Entonces respiró hondo y salió al pasillo.
Sam Harrison parecía descontento.
—Eso tampoco me parece bien —dijo él—. Aún sigue estando demasiado apelotonado.
Los transportistas no decían nada, sólo se movían de un lado a otro.
Sam observó las esculturas tratando de imaginar la posición desde la cuál podrían ofrecer su máximo esplendor.
—¿Podemos usar ese pedestal bajo? Mirad a ver si podéis sacarlo —dijo, y comenzó a dirigirlos de nuevo—. Pondremos el centauro en la esquina y colocaremos el busto enfrente. De ese modo aún podremos seguir teniendo el Claudel junto a la ventana.
Se pusieron a trabajar de nuevo y el propio Sam tomó la escultura en las manos mientras los otros colocaban el pedestal de mármol un poco más hacia la izquierda.
—Cuidado con eso —dijo una voz tras él—. Dejar caer un Rodin podría fastidiarte el día.
Sam miró por encima de su hombro, agarrando la escultura con fuerza. Justo la persona a la que quería ver. Quizá entonces lo tomaría en serio cuando le dijese que necesitaba más espacio.
—De hecho es una escultura de Camille Claudel —la corrigió él.
—¿Y quién puede notar la diferencia?
—Esperaba que usted sí la notara.
—Te estaba tomando el pelo —dijo ella con una sonrisa y miró al suelo—. Debes de haberlo dejado por algún lado. Oh, aquí está.
Megan tomó un objeto invisible y se lo entregó a Sam. Él la miró frunciendo el ceño.
—Me refiero a tu sentido del humor —explicó ella dándole un toquecito en el hombro.
El ceño fruncido se acentuó aún más, pero a Megan le daba igual.
—Esto es realmente impresionante —dijo ella mirando alrededor de la sala. Luego se quedó mirando a Sam fijamente.
Sam se quedó desconcertado. Durante toda la semana ella había estado muy fría y totalmente inmersa en el trabajo, sólo habían hablado para discutir sobre la falta de espacio para la exposición. Pero ese día sus ojos azules brillaban con alegría y excitación.
—Gracias —dijo él—. Pero aun así podríamos usar más espacio.
Vio cómo ella se quedaba mirando a las estatuas, pensativa, y sintió cómo los músculos del cuello se le tensaban. Ya la había visto hacer eso antes. Era entonces cuando abría la boca para decir que estaba segura de que se las apañaría con el espacio que tenía.
—¿Bromeas? —dijo ella—. Esa esquina está demasiado abarrotada. El centauro debería estar solo.
Sam no se habría quedado tan sorprendido si ella se hubiese abierto la blusa de golpe.
—¿Así que va a darme la sala extra?
A Megan se le pasaron muchas cosas por la cabeza.
