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En la fiesta de Sebastián de celebración por el éxito de la empresa se produce un asesinato. Allí se encuentran reunidas aproximadamente 40 personas, que no saben quién fue ni por qué causa. ¿Quién mató a Sebastián? es una novela policiaca con múltiples personajes y el relato de sus vidas, sus contratiempos y engaños, que irán produciendo en el lector la sensación de la realidad que se vive en la sociedad actual. La tragedia dará lugar a una nueva oportunidad para vivir una época de romanticismo y paz en algunos de los personajes, pero nadie escapa a su destino y las relaciones clandestinas pueden ser muy peligrosas.
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Sat, Oscar
¿Quién mató a Sebastián? / Oscar Sat. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
202 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-996-7
1. Novelas. 2. Novelas Policiales. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Sat, Oscar
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Este libro está dedicado a Ramiro, Luciano y Marcelo
¿Quién mató a Sebastián?
1
Cuando Sebastián los invitó a la fiesta se pusieron muy contentos y eligieron sus mejores ropas para arreglarse. Para el día del evento de su hijo, inclusive, el padre de Sebastián se compró un traje, y su madre, un vestido largo.
***
Sebastián Canepa Planes era un hombre maduro de cincuenta y siete años, muy pero muy buen mozo, alto, delgado, de pelo castaño y ojos azules; siempre estuvo rodeado de mujeres hermosas. Había llegado a Buenos Aires desde General Pueyrredón cuando tenía doce años y comenzaba la secundaria. Sus padres viajaban por el mundo, porque tenían una estancia de mil hectáreas que arrendaban para sembrar soja.
Él prácticamente se crio solo, en el colegio privado donde estuvo internado durante todos los años del secundario y donde trató de deshacerse de algunos de sus compañeros gays, que lo acosaban. Nunca accedió a los requerimientos de los gays, pero cuando terminó el secundario se dio cuenta de que las chicas también lo acosaban; tampoco aceptaba.
Sus padres se quedaron finalmente a vivir con él en un piso de Recoleta, en la capital, y su madre se encargó de correr a las chicas que se atrevían a ir a visitarlo; lo hacía con astucia, con diversas excusas: que no estaba, que estaba enfermo, que había viajado…
Cuando Sebastián cumplió veinte años, uno de sus amigos —que eran muchos—, productor de televisión, lo entusiasmó para que lo ayudara en su trabajo, porque él no quería estudiar. Sus padres accedieron y desde ese día no dejó de salir con alguna bailarina o panelista de la TV, mujeres que tenían, en algunos casos, hasta veintiocho años más que él. Ellas le hacían regalos, lo llenaban de perfumes y camisas caras… Hasta que lo hastiaron, y comenzó a salir con una chica del barrio que lo entusiasmó para que estudiara idiomas y Analista de Sistemas. Al estudio de los idiomas —inglés, francés y chino— lo hacían juntos.
Cuando Sebastián cumplió veinticinco años se fue a vivir a un departamento de tres ambientes, y Laura, que así se llamaba la chica, lo visitaba todos los días para estudiar juntos. Seis años después, cuando había cumplido treinta y un años, se recibió de analista de sistemas; sabía hablar inglés y francés bastante bien y chapuceaba el chino. Por entonces sus padres, que estaban pendientes de él a pesar de no vivir juntos, lo visitaban todos los días, ya que vivían a solo dos cuadras. Comenzaron a hacer un trabajo fino. Sobre todo su madre, a la que no le agradaba Laura porque era muy descuidada y algunas veces hasta grosera. Decidieron mandar a Sebastián al campo con la excusa de mantener la casa palaciega que tenían allí y que no entraba en el contrato de arriendo; como sabían que a Laura el campo no le gustaba, cada vez le pedían más seguido a Sebastián que fuera hasta allá y mandara a hacer algunas reformas. Él, al que le encantaban el campo y su cercanía con Mar de Plata, invitaba a su amigo Alberto, que trabajaba por su cuenta y siempre tenía tiempo de acompañarlo.
Realmente hacían estragos con las chicas en cada viaje, pero a pesar de haber sido tentados varias veces, nunca consumieron drogas ni se pasaron con la bebida. Fueron sus años más felices. Cuando su madre logró poner punto final a su relación con Laura, Sebastián que ya rondaba los cuarenta. Se instaló en una oficina para vender y comprar bienes que no superaran los cinco mil dólares. La idea había surgido de que sus padres le habían regalado diez mil dólares para que se comprara un auto, aunque tendría que pagar algunas cuotas más; Sebastián prefirió cambiar todos los muebles de su departamento y, con su habilidad para manejar redes sociales, en menos de quince días los había vendido todos y los había reemplazado por otros hermosos y de mayor valor. A pesar de ello, le habían sobrado algunos dólares; de ahí le nació la idea de comprar y vender por las redes sociales, desde la oficina que había comprado, toda clase de bienes que le dejaran un porcentaje de ganancia, y para ello negoció con un banco cuyo gerente le ayudó a programar una estrategia para que las ventas y las compras se realizaran con tarjetas de crédito. El modo y las formas del negocio no eran simples, pero él, como analista de sistemas, fue mejorando y ampliando el negocio.
Se casó con una chica de General Pueyrredón, hermosa, dulce y un poco tímida; había pasado casi todo el tiempo en el campo de sus padres y solo había terminado el secundario, pero lo más increíble fue que les cayó muy bien a los padres de Sebastián: congeniaron de inmediato con los padres de Marianela, Mari, para los amigos.
Sebastián se contactó con una sucursal de un banco —en realidad, la conexión con el banco se la hizo un matrimonio colombiano que había transferido fondos de otros países— para invertir en la Argentina, pero le pidieron que utilizara esos fondos sin hacerlos figurar a ellos en la sociedad, salvo por un contradocumento que firmaron ante escribano. La ambición desmedida de Sebastián lo llevó a aceptar los fondos, que fueron retirados del banco y vueltos a depositar para que no se supiera de dónde provenían; el gerente del banco se encargó de todo, y Sebastián se encontró de golpe con cinco millones de dólares en su cuenta.
***
Esa noche del 3 de febrero, Sebastián Canepa Planes había decidido vestirse con un traje y un moñito en vez de una corbata, camisa blanca y zapatos de charol. Se veía como un gentleman, como un artista de Hollywood; quería verse bien y lo logró, llamaba la atención.
Festejaba haber recibido los cinco millones para invertir y haber reunido un millón más durante los últimos diez años, y quería agasajar a sus amigos no solo con la fiesta, sino con un regalo personal para cada uno.
Había invitado a sus suegros, a todos sus amigos y a los empleados y empleadas de su oficina. Eran tres hombres y tres mujeres más el gerente, que era su amigo Alberto. A su mansión en el country la había adquirido hacía tres años; era fantástica: formaba en la parte de adelante un círculo que no dejaba ver el interior, pero al cruzar la doble puerta, inmensa, el círculo se conectaba por la izquierda con una gran sala de estar, por la derecha con un gran comedor y, continuando el trayecto, con la cocina, los baños, el vestidor y una vivienda para el personal doméstico. Todo ello, rodeado por una amplia galería estilo morisco que enmarcaba un gran jardín interior que conformaba un círculo más pequeño, donde estaban colocados sillones, mesas ratonas y dos grandes mesas rectangulares con todas las exquisiteces que nos podamos imaginar. Los invitados, por su parte, se habían vestido con sus mejores galas.
Junto a los baños y el vestidor había una amplia salida hacia el patio de atrás, donde estaba la pileta de invierno al lado de la de verano; más atrás, un gran jardín que se podía ver desde los ventanales de los dos dormitorios. Dos suites con sus respectivos baños se ubicaban en la planta alta, separadas del resto de la mansión por una sala con salida al balcón desde donde se podía acceder a las piscinas por dos escaleras, una que salía del dormitorio de Mari y otra que partía del dormitorio de Sebastián.
Sebastián Canepa Planes estaba, a las nueve en punto, con sus padres y su esposa en la puerta de la mansión; se agregaron luego los padres de su esposa, que habían llegado más tarde. Recibieron a todos con un saludo cordial y amistoso, y un mozo hizo pasar a los invitados al patio, donde se sentaron cómodamente en los sillones y comenzaron a recibir champagne. Una buena pero suave música dejaba hablar.
Sebastián iba obsequiándole a cada uno de los presentes un regalo que tenía una tarjetita con el nombre del invitado; su madre los sacaba y se los acercaba desde una mesa colocada al lado de la puerta, en el pasillo de entrada.
Carlos fue uno de los primeros en llegar y bajó a abrazarse con Sebastián y a recibir su regalo, una lapicera Parker. Luego, se fue al jardín a compartir una charla con amigos. Cuando llegó Alberto hizo lo mismo, pero recibió un Rolex de oro. Así, a las 21.30 habían arribado todos los invitados, y ya estaban en el patio.
Bebieron, comieron, bailaron hasta las tres de la mañana. Cuando alguien preguntó por los dueños de casa, llovieron los chistes: “Deben estar haciendo el amor arriba”.
Pero un silencio cada vez más profundo se apoderó de la noche; la madre de Mari subió a buscarla, y cuando volvió con ella fue aplaudida.
Al rato subió Alberto, quien bajó pálido y asustado. El cuarto de Sebastián estaba cerrado, y él no contestaba.
Siempre los esposos habían dormido en piezas separadas, por eso no fue extraño que Mari dijera no haberlo visto, pero tenía la llave de su habitación. Comentó: “Debe haberse quedado dormido, no está acostumbrado a tomar”. Nuevamente subió Alberto, y bajó más pálido y asustado que antes; solo dijo entre sollozos:
—Lo han matado.
Todos intentaron subir, pero Carlos se puso al pie de la escalera y casi a los gritos dijo:
—Es mejor que llamemos a la policía, no hay que tocar nada hasta que ellos tomen todas las huellas.
Pese a la insistencia de los padres y de Mari, así se hizo: llamaron a la policía mientras Mari le preguntaba a Alberto cómo estaba su esposo, si estaba seguro de que estaba muerto. Alberto le contestó que estaba cubierto de sangre, que sangraba por el pecho y la cabeza; por lo menos, en el pecho era seguro que estaba herido, y no respiraba. Al rato llegó la policía; nadie se había ido, y se les pidió que no se fueran hasta se tomaran todas las medidas del caso.
Ahí comenzó la investigación.
2
El comisario había llamado a la fiscal de turno, Amelia López, que le avisó que llegaría en diez minutos porque se encontraba cerca, en otro procedimiento; le pidió que les fuera tomando los datos a todos los presentes —invitados, empleados y sobre todo a los familiares cercanos— y que llamara a una ambulancia, pero que no moviera nada hasta que llegara la gente de la policía científica. Por último, que nadie saliera del lugar por ningún motivo. A los quince minutos llegó, y al momento, la ambulancia.
El comisario habló con la fiscal a solas, y subieron con una camilla y dos paramédicos a donde se encontraba Sebastián. Luego de comprobar que estaba muerto, la fiscal le ordenó al comisario que llamara a la esposa y a los padres del occiso.
El comisario le dio la orden a uno de los guardias que custodiaban la escalera, y Mari, sus padres y sus suegros subieron al dormitorio de Sebastián, que yacía al lado de la camilla. Los policías de la científica habían llegado junto con la ambulancia, y estaban sacando fotos del lugar y levantando todo aquello que consideraran importante. Además, se llevaron de la mansión una serie de cosas que metieron en una bolsa de plástico tras detallarlas en un escrito.
Además de las huellas que pudieron observar por todo el lugar —puertas, ventanales, etc.—, bajaron y continuaron tomando fotos y huellas de los pasamanos de las escaleras de adelante y de las dos que salían desde los balcones de los dormitorios de la planta alta y daban a las piletas.
Mientras la fiscal y el comisario investigaban informalmente a los padres de Sebastián y a sus suegros —también a Alberto—, Mari estaba sumida en un llanto permanente que no le permitía hablar.
Atenta a la hora, cinco de la madrugada, la fiscal, luego de que la ambulancia se llevara el cuerpo para hacerle la autopsia, ordenó que los presentes se retiraran; informó que oportunamente serían llamados a declarar en la fiscalía.
La policía y la fiscal se retiraron luego de saludar a los padres y a la esposa de Sebastián, y de inmediato los presentes los rodearon tratando de solidarizarse con ellos y comentando lo que parecía increíble y sorprendente.
A los pocos días comenzaron todos los que habían estado en lo que iba a ser una fiesta y se transformó en un velorio a recibir la citación de la fiscalía; cinco personas por día comenzando por los familiares, luego los empleados y por último los invitados. Así lo había ordenado la fiscal.
La esposa, principal sospechosa, dijo que en el momento en que su esposo subió a su dormitorio, ella había subido también al suyo, pero que cuando bajó luego de haber estado en su baño y pasar por su dormitorio, su esposo no había bajado; o mejor dicho, ella no lo vio en el patio.
La fiscal preguntó:
—¿Observó si la puerta del dormitorio de su esposo estaba abierta?
—No. Subimos juntos, el entró en su dormitorio… Pero no sé si la puerta estaba abierta. Cuando yo bajé, miré y estaba cerrada.
—¿Ustedes habían tenido alguna discusión?
—No, ni esa noche ni nunca teníamos discusiones acaloradas.
—¿Usted tiene algún arma en su casa?
—No, no tengo ningún arma.
—¿Ha disparado alguna vez?
—No, nunca he usado un arma. Solo en el campo, una vez, mi padre me hizo tirar con una escopeta, pero nunca más lo hice porque se me revientan los oídos.
—¿Sabe si su esposo tenía algún enemigo o alguna amante?
—Amante, que yo sepa, nunca desde que nos casamos. ¿Por qué me lo pregunta?
—Perdón, es mi obligación preguntar, no lo hago porque sepa algo. ¿Y algún enemigo?
—Tampoco, últimamente no había tenido problemas con nadie. Cuando empezó, apenas nos casamos, había alguno que discutía, que se quejaba por la demora en el envío de sus compras o porque algunas cosas llegaban mal.
—¿Sabe de algún cliente puntual que se quejara?
—No, él me contaba, pero no me daba datos concretos. Los que deben saber son los chicos que trabajan… que trabajaban con él.
—Puede firmar y retirarse.
Luego pasó la madre de Sebastián, después el padre y, ese mismo día, los padres de Mari.
Todos coincidían con los dichos de Mari sin dejar ninguna pista.
Durante los días posteriores se les tomó declaración a los seis empleados.
Alberto, el gerente, amigo íntimo de Sebastián, manifestó estar sorprendido y angustiado por la muerte de su amigo y sostuvo que no podía ni imaginar quién podría haber sido; dijo que no le conocía amantes ni enemigos desde que se había casado, ni tampoco sabía si tenía armas en la casa.
Claudia, Renata y María coincidían en que era un buen jefe, muy generoso; Claudia y María llevaban todo lo referido a los clientes, y Renata era una asistente personal de Sebastián. Jorge y Ariel, que eran pareja, se encargaban de recibir y armar los pedidos; ninguno le conocía enemigos ni amantes a Sebastián. Los vecinos, incluido Carlos, tampoco aportaron nada a la investigación.
La empleada, Catalina, habló de “lo bueno y generoso que era el señor Sebastián”. Como único dato valioso, declaró que el jardinero —Juan, de unos cuarenta años— vivía mirando a la dueña de casa como si estuviera enamorado.
La gente del country coincidía en que Sebastián era un buen vecino, que nunca se metía con nadie, y varias señoras destacaron lo buen mozo que era.
La fiscal llamó a declarar al jardinero.
—¿Usted trabaja en la casa del señor Pineda?
—Sí, yo arreglaba el jardín y limpiaba las piletas.
—¿Cuántas veces al mes o a la semana?
—Una vez por semana las piletas y dos veces por semana el jardín.
—¿Veía a la dueña de casa?
—Todos los días ella me daba las órdenes.
—¿Usted estuvo en la fiesta la noche del crimen?
—Sí, pero me fui a dormir en el patio de atrás a eso de las dos de la mañana.
—¿Y por qué no se fue a su casa?
—Porque estaba muy borracho, no estoy acostumbrado a beber alcohol y esa noche me pasé con el champagne.
—¿No escuchó los disparos si estaba en el patio, detrás de los dormitorios?
—No, me quedé dormido hasta que sentí la sirena de la policía, como a las cinco de la mañana.
—¿Usted tiene armas?
—No, nunca tuve armas.
—¿Qué concepto le merecía el señor Canepa?
—Me parecía que estaba mucho afuera y descuidaba a la señora, que es hermosa.
—¿Usted tenía rabia por eso?
—No, porque eran cosas de ellos. Conmigo el señor casi no hablaba.
La fiscal trató de indagar en los celulares de la esposa, de Sebastián, de Alberto y de las empleadas, y lo único que encontró fue una escena que Jorge le había hecho a Ariel porque una tarde había estado encerrado mucho tiempo en el despacho de Sebastián. Ariel se defendió diciendo que Sebastián y él habían estado controlando los envíos del mes porque faltaba uno, que al final encontraron. A Jorge las explicaciones de Ariel no lo convencieron, y cortó la comunicación vía mensaje.
La fiscal citó a Jorge.
—¿Usted tiene algún tipo de arma, o ha usado alguna vez una?
—No. Hace muchos años fui de campamento con unos amigos que llevaban armas, pero yo no quise usarlas, me dan miedo.
—¿Usted estaba celoso del señor Canepa?
—Me daba bronca que fuera tan buen mozo y que todas estuvieran enamoradas de él.
—¿Quiénes son todas?
—Las empleadas, los clientes, todos. Se notaba cómo lo miraban.
—En la fiesta, ¿usted dónde estaba?
—Todo el tiempo en el jardín, bailando con mi pareja, hasta que se armó el lío cuando nos enteramos de que habían matado a Sebastián.
La fiscal consideró conveniente citar nuevamente al señor Alberto Vilches, quien había encontrado el cadáver y conocía a Sebastián desde su época de soltero; de esa manera se enteraría de algunas intimidades que pudieran conducirla a ciertas pistas. Pero no quería hacerlo oficialmente sino en forma extraoficial, hasta que apareciera algún dato importante. Por eso le pidió a su secretario que llamara a Vilches por teléfono y lo citara para el día siguiente; el secretario cumplió la orden y le informó a la fiscal que al día siguiente Alberto Vilches estaría a las diez en su despacho.
Alberto era un hombre bohemio, de gran simpatía y buen trato, así que la fiscal entró en confianza de inmediato y comenzó una conversación cordial. Quería que Alberto le contara cómo había conocido a Sebastián Pineda y cómo había sido su relación con él.
Alberto, al principio, se sorprendió cuando la fiscal le preguntó: “¿Cómo fue que conoció al señor Sebastián Pineda, y cuál era su relación con él?”.
—Mi relación era de amigo íntimo.
—¿Ustedes tenían una relación gay?
—No, de ninguna manera, éramos amigos, amigos de compartir todo y contarnos todo.
—¿Cómo se conocieron?
—Nos conocimos cuando él llegó a Buenos Aires, éramos muy jóvenes. Cuando él terminó la secundaria, yo trabajaba en la producción de un programa de TV, y él había empezado a estudiar para ser analista de sistemas.
—¿Eran del mismo barrio?
—No, luego de un tiempo yo lo convencí para que viniera a trabajar a la TV conmigo, sin sueldo, para que aprendiera y me diera una mano con la parte informática, que él manejaba a la perfección.
—¿Pero vivían cerca?
—No, cuando él aceptó trabajar conmigo alquilamos un departamento juntos, en la zona de Palermo.
—¿Trabajaron mucho tiempo juntos?
—Como cinco años; primero sin sueldo, y después el canal lo contrató con un horario fijo para colaborar con todo el sistema informático del canal.
—¿Y dejó de trabajar con usted?
—En parte sí, pero estábamos todo el tiempo comunicados y… ¿Puedo hacerle una confidencia?
—Sí, por supuesto.
—Fueron los años más lindos de los dos, teníamos alrededor de treinta y a Sebastián no se le escapaba ninguna chica del canal ni tampoco las entrevistadas, especialmente las modelos.
—¿Qué quiere decir con que no se le escapaban?
—Que desde que entró a trabajar conmigo al canal las chicas jóvenes, y no tan jóvenes, lo empezaron a buscar y a invitar a salir.
—¿Él las invitaba?
—No, ellas eran las que siempre tomaban la iniciativa. Era muy buen mozo y un poco tímido al principio. Ellas me preguntaban si era gay, por lo tímido que era, y cuando se enteraban de que no, se le largaban en forma alevosa.
—¿Y él qué hacía?
—Les preguntaba si tenían alguna amiga para que saliéramos los cuatro, y así yo siempre ligaba; la más fea, por supuesto, porque parecía que no querían llevar amigas lindas que pudieran coquetear con él, así que yo me tenía que conformar con la que apareciera, en general bajita, gordita y hasta alguna vieja.
La fiscal quiso poner un poco de distancia ante una charla que se estaba convirtiendo en una conversación entre amigos.
—Usted, señor Alberto, se asoció con el señor Sebastián; ¿cuándo?
—Hace uno unos diez años, cuando él decidió instalar un negocio de compra online, me ofreció un porcentaje por poner nada más que mi trabajo.
—¿Usted aceptó?
—Sí, porque tenía algunos ahorros y sabía que nos iría bien.
—¿Ahí comenzaron la sociedad?
—Sí, y a los cinco años ya éramos ricos. Me pude comprar un departamento y un auto; Sebastián se compró la mansión del country pero un auto como el mío, porque siempre fue y quiso ser de perfil bajo.
—¿Cómo llegaron a hacer tanto dinero?
—Sebastián era muy trabajador, estaba las veinticuatro horas recibiendo pedidos o contactando con proveedores, tenía muy buen trato.
—¿Y a partir de ahí qué hicieron, o hasta cuándo duró la sociedad?
—La sociedad sigue hasta ahora, con Mari.
—¿Sebastián tenía armas?
—Nunca lo vi con un arma.
—¿Y usted?
—Menos. Jamás, nunca tuve armas.
—Antes de casarse, o después, ¿Sebastián tuvo alguna amante?
—No, antes eran relaciones pasajeras y cuando se puso de novio dejó de salir, a pesar que lo buscaban todo el tiempo.
—¿Tanto lo buscaban?
—Era muy buen mozo, parecía un artista de cine; inclusive en el canal varias veces rechazó propuestas de directores de cine y de programas de TV que querían contratarlo.
—¿Era para tanto?
—¿Le puedo contar una anécdota?
—Sí.
—Aunque no creo que venga al caso… A los cinco años de empezar la sociedad, un día me dijo: “Te tengo un regalo, vamos a mi auto”. Me llevó al auto y fuimos hasta el hipódromo. Cuando bajamos, me condujo hasta las caballerizas y me presentó al mejor potro que hubiera visto en mi vida, un alazán con una mancha blanca en la frente y en las dos patas traseras. “¿Te gusta?”, me preguntó. “Sí”, le dije, y le pregunté a mi vez: “¿Es tuyo?”. “No, es de los dos, te regalo la mitad”. “No puedo creerlo”, le dije, “gracias”; casi lloro de la emoción, el caballo era hermoso. “¿Cómo se llama?, le pregunté. “Dos de Oro, y es ligerísimo; vení que te presento al cuidador”.
»Se llamaba Pedro, y le comunicó a Sebastián que el caballo estaba listo para correr el gran premio de Palermo en la primera semana de marzo. Yo estaba emocionado, no me salían las palabras. Mientras volvíamos, Sebastián me comentó que si Dos de Oro bajaba de o se acercaba a los dos minutos en la próxima carrera de dos mil quinientos metros, nos íbamos a Kentucky para la carrera de mayo y de ahí a Londres, a correr la carrera de la reina. Me dijo que él tenía todo arreglado, que nos íbamos con el caballo o sin él. “Yo no quiero gastar tanto dinero”, le dije. “No te hagas problema, que yo pago todo”, me contestó, “es mi despedida de soltero”.
—¿Hicieron el viaje? —preguntó la fiscal.
—Sí, lo hicimos, los primeros días de abril. Para que Dos de Oro se adaptara, Sebastián lo mandó una semana antes de que viajáramos en un avión de carga con el jockey y el entrenador; el veterinario viajó con nosotros.
—¿Y qué tal les fue?
—Apenas subimos al avión, en primera clase, la azafata quedó prendada de Sebastián; fue la última aventura que le conocí, se pasaron todo el día siguiente al viaje encerrados en el hotel donde paraba la azafata.
—¿Y usted qué hizo?
Recorrer Nueva York con el veterinario. Al día siguiente, Sebastián se desocupó y viajamos a ver al caballo.
—¿Cómo les fue en la carrera?
—¿Usted conoce el tango “Por una cabeza”?
—¿Qué, el caballo ganó por una cabeza?
—No. Dos de Oro tenía el número 9; entró sin problemas en las gateras junto con todos los otros caballos menos uno, que se resistía en entrar. Nuestro caballo era muy manso, y cuando llegamos a verlo se notó lo contento que estaba, hasta nos dio unos lengüetazos.
—¿Pero que pasó en la carrera? —insistió la fiscal.
—El relator dijo por los parlantes: “¡Largaron!”. El 4, el 5 y el 6 encabezaban la carrera; cuando llegaron a la recta final de doscientos metros, los tres entraron juntos, detrás el 9, y a los cien metros alcanzó la punta. Cuando faltaban cincuenta metros llevaba un cuerpo de ventaja, pero de golpe, cuando estaban llegando a la raya, aflojó y casi se cae; ganó el 5, salió segundo el 4y casi arrastrándose para luego caer entró Dos de Oro.
»Saltamos la valla cuando entró último. Dos de Oro estaba caído y el jockey, al lado; se le había quebrado la pata derecha y nos miraba desde el suelo, como pidiendo perdón.
»El tango dice: “Por una cabeza de un noble potrillo, que justo en la raya afloja al llegar”. Eso pasó. A la noche Sebastián, aconsejado por el veterinario, dio la orden de que lo sacrificaran. A la semana siguiente estábamos viajando a Londres para ver el gran premio de la reina Isabel; la vimos como a diez metros y agachamos la cabeza cuando nos miró, como hacen los ingleses. Ese día ganó el caballo de la reina, y fue la última vez que pisamos un hipódromo.
