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La primera novela de Arnoldi, Química rosa, está ambientada en el mundo del culturismo femenino. Es la historia de la culturista amateur Aurora Johnson. Mientras está en un gimnasio, Aurora conoce a Charles Worthington, un excéntrico rico con una pasión por los culturistas prometedores. Aurora, encantada de haber encontrado un padrino, entrega voluntariamente su vida a Carlos. Bajo su tutela, comienza un intenso programa de entrenamiento —entrenamientos regulares con un entrenador, comidas especiales con alto contenido proteico e incluso drogas para mejorar los músculos— mientras aguanta los juegos sexuales de Charles. Juntos observan su cuerpo crecer y convertirse en el campeón que imaginaron desde el principio en este retrato de dos personalidades obsesionadas y la perversa relación que los une.
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2021
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QUÍMICA ROSA
KATIE ARNOLDI
QUÍMICA ROSA
Traducción del inglés de
Marta Díaz Rodríguez
Título original: Chemical Pink
Ilustración de cubierta: Cecilia G.F.
Diseño de colección: Cristal Reza
Fotografía de solapa: Jason Dunsmore
Chemical Pink, © 2001 by Katie Arnoldi
© De la edición en castellano: Bunker Books, 2019
© De la traducción: Marta Díaz Rodríguez, 2019
Bunker Books S.L.
Cardenal Cisneros, 39, 2º - 15007 A Coruña
www.bunkerbooks.es
Los personajes y situaciones que aparecen en esta obra son ficticios.
Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-120978-8-7
Depósito legal: CO 1433-2019
Dedico este libro al amor de mi vida,
Chuck Arnoldi, y a
Jamie Thompson Stern, una amiga de verdad.
UNO
El recuerdo de May
Para Charles había sido una gran satisfacción deshacerse de la bañera verde de mármol italiano, de los apliques dorados y el inodoro de porcelana verde pálido con su bidé a juego, e instalar espejos en ángulo, una intensa iluminación cenital y, en el centro de la habitación, una plataforma de posado de casi dos metros cuadrados. Había convertido el santuario de su madre en un templo del culturismo y había hecho instalar una vitrina a medida para guardar los fármacos de May. El mobiliario se completaba con un pequeño frigorífico para las hormonas de crecimiento y un sofá cama donde podían relajarse juntos.
Encendió la luz. La sala y los espejos estaban limpios. La señora Johns seguía manteniéndolo todo igual aunque Charles ya apenas entraba en esa estancia. Abrió la puerta de cristal de la vitrina y allí estaban, perfectamente dispuestos y clasificados por orden alfabético, todos los antiguos fármacos de May. Aldactone, Anadrol, Anavar, clembuterol, Cytomel, Deca-Durabolin, Halotestin, humulina R y humulina N, Lasix, Nolvadex, parabolano, Primobolan en acetato, Primobolan Depot, propionato de testosterona, Winstrol. Aunque algunos habían caducado, Charles no era capaz de tirarlos. También guardaba las diferentes cremas depilatorias, las esponjas vegetales que utilizaba para exfoliarla y eliminar el abundante vello corporal, la toallita de yute con la que le limpiaba el rostro, las pomadas antibióticas para las espinillas de la espalda y de la cara interna de los muslos y la amplia variedad de hormonas tiroideas sintéticas que habían usado al final para revertir o borrar los tristes efectos de su aventura polifarmacéutica.
May había sido una estrella. Era preciosa, brillante y colosal. Los jueces la adoraban; había sido portada de todas las revistas. Si hubiesen parado a tiempo, ahora sería una campeona. Nadie le habría podido hacer frente.
Cuando se le enronqueció la voz, que acabó por volverse grave, ninguno de los dos se había sorprendido. Todas las profesionales tenían la voz profunda y a Charles le resultaba sexi. Por las noches, se tumbaba cómodamente con la cabeza en su regazo y le hacía leer extractos de sus memorias económicas. Cerraba los ojos y vislumbraba su éxito.
La piel se le endureció y volvió áspera; los poros se abrieron e hicieron visibles. Charles gastó un dineral en cremas exóticas en un intento de recuperar algo de suavidad. May lo llevaba con deportividad, destacando lo bien que su nueva piel mantenía el bronceado. Ninguno se planteó bajar el ritmo ni dar marcha atrás.
Charles consultó a varios expertos cuando se le empezó a hipertrofiar el clítoris. A May le preocupaba que le creciese y que él acabase por no encontrarla atractiva. Los médicos confirmaron que los efectos secundarios de virilización que acarreaban los esteroides anabolicoandrogénicos eran irreversibles. Pero resultó que a Charles le resultaba incluso más fascinante. Su minipene, incipiente y duro, le imponía. Cuanto más le crecía, más crecía también la devoción de él, y ella, por su parte, admitía que ahora llegaba a excitarse más.
May ganaba cuanto concurso había. Recibía ofertas para posar por todo el mundo; no dejaban de llamarla para protagonizar sesiones fotográficas y le dieron una columna de preguntas y respuestas en la revista Flex Magazine, que en realidad era Charles quien escribía.
Se hizo más grande, más fuerte y mejor.
Durante muchos meses, su hirsutismo fue llevadero. Le salió un vello rubio en la espalda y los hombros. Charles recordaba meterse junto a ella en la bañera con tres o cuatro cuchillas desechables a mano. Le enjabonaba aquellas partes con suavidad y luego la afeitaba delicadamente para eliminar el jabón y el vello. Después del baño, untaba en aceite su cuerpo resbaladizo y se quedaba maravillado ante el brillo de su piel. Pero el vello fue haciéndose más fuerte y los folículos se le infectaban cuando el pelo crecía hacia dentro hasta formar granos enormes. Ahí empezaron a usar cremas depilatorias que Charles le aplicaba y retiraba con una esponja para dejarle la piel impoluta, y también encontraron una facial, más suave.
May era famosa. Resultaba esencial que estuviese en forma todo el año a fin de mantener el nivel de grasa corporal muy por debajo del nueve por ciento incluso fuera de temporada. Tomaba Cytomel para acelerar el metabolismo y así preservar su delgadez, y diuréticos para evitar la retención de líquidos. El tratamiento hizo efecto durante casi dos años y luego dejó de funcionar. Por más que lo intentase, Charles no encontró nada que estimulara su tiroides; el metabolismo se le paralizó y ella se hinchó como una morsa. Él, impotente, no pudo más que mirar cómo engordaba hasta la enormidad, cómo se le espesaba la barba, cómo se le endurecían las facciones. Le aseguró que no tenía importancia, que él la seguía queriendo. Daba igual que no volviese a competir, y lo decía de corazón. Pero May no se soportaba a sí misma ni soportaba las atenciones de Charles. Se negó a volver a verlo y regresó a Florida. Charles siguió enviándole generosos cheques mensuales con sus cartas; May los cobraba, pero nunca respondía.
Charles
Liz Movino tenía un físico glorioso: hombros inmensos, cintura caprichosamente estrecha y una región glútea completamente redondeada que a Charles le quitaba el sueño.
Eran las nueve y media de la mañana. Liz solía llegar a las diez y Charles debía estar en la recepción cuando lo hiciese. Había decidido que era la elegida. Su sexto proyecto. Una gran promesa.
Charles se puso el chándal de nailon negro, se sentó en su taburete de pata de elefante y se calzó unas deportivas blancas de lona con calcetines también blancos a estrenar. Se metió en el baño, se quitó las gruesas gafas de carey y se lavó enérgicamente la cara, pálida y pecosa, con jabón de avena y agua caliente. Se secó, volvió a ponerse las gafas y se enjuagó la boca con Listerine, a la antigua. El pelo, que llevaba muy corto, cada vez era más escaso y apenas requería atención. Se echó manteca de cacao en sus finos labios marrones y salió hacia el coche a toda prisa. Eran las diez menos veinticinco.
Se deleitó con el frescor de aquella mañana soleada y se estremeció de emoción al sacar el coche por el camino de acceso. Este iba a ser un nuevo comienzo, el principio de una relación gloriosa.
May había sido la primera. La hermosa May, fuerte, rubia y tan cariñosa. Apenas había necesitado que la instruyese. Lo entendía. Le había agradecido mucho que le consiguiese el apartamento y le pasase aquella asignación; ya podía dejar la lucha libre y centrarse en el culturismo. May, con sus capas majestuosas y sus biquinis deslumbrantes. Nunca nadie había hecho sentir así a Charles. Tan fuerte, tan poderoso. Amaba a May y, tras su marcha, lo embargó la tristeza. Aún la extrañaba.
Entró en el aparcamiento y vio que llegaba demasiado tarde; el Volkswagen Golf de Liz, dorado y lleno de abolladuras, ya estaba allí. Solo tenía que acercarse y presentarse. «Hola, me llamo Charles Worthington», le diría. Daba igual que la gente se fijase en él, que unos desconocidos se enterasen de sus intenciones; podía ignorarlos. Le propondría a Liz que se reuniesen para hablar de su carrera profesional y ella sin duda aceptaría. Si la notaba incómoda, le diría que podían quedar en el aparcamiento; si no, la invitaría a comer en su casa. Cenarían en el jardín. Flirtearía con ella y la impresionaría con sus conocimientos sobre la historia del culturismo. Le serviría un delicioso pollo al vapor con verdura. A ella iba a caerle bien incluso antes de sacar a colación el dinero u ofrecerle un acuerdo. La iba a enamorar. Sí, comerían y luego… ¿quién sabe?
Liz era la elegida.
Charles cerró el coche y entró a toda prisa en el gimnasio. El interior era un océano de máquinas que por un momento lo desorientó. Reconoció a Liz en la esquina, junto a los aparatos de gemelos. Llevaba sus pantalones rosas, muy cortos, y el maillot tanga a juego, con su escote pronunciado en la espalda. Cuando caminaba, uno veía cómo se le separaban y se le movían los glúteos, y, desde cerca, se llegaban incluso a distinguir las estrías internas. Sus inmensas piernas tenían ese bronceado oscuro y artificial que tanto les gustaba a todas las chicas; desbordaban los pantalones cortos de una manera explosiva, se afinaban para dejar paso a unas preciosas rodillitas y volvían a ensancharse hasta trazar unas pantorrillas claramente definidas. Su espalda y sus brazos eran un mapa muscular viviente. Estaba guapísima de rosa.
Charles pasó junto a ella, con las manos enterradas en los bolsillos y los hombros huesudos encorvados hacia delante. Como Liz miraba al suelo, él siguió andando y subió las escaleras hasta la sala de bicicletas estáticas. Se montó en una y comenzó a pedalear, sin molestarse siquiera en encenderla. Liz estaba hablando con Louise Schulz y susurraban con la cabeza muy cerca la una de la otra. A Charles no le hizo ninguna gracia. Louise era un bicho raro; tenía un abdomen que parecía un enorme barril con músculos esculpidos, siempre hinchados con independencia de lo mucho que se esforzase por hacer dieta porque todas las hormonas del crecimiento que había tomado a lo largo de los años le habían hipertrofiado los órganos. Era una imprudente. Charles sabía que tenía que meterse un protector plástico en el biquini de competición para que no se apreciase su clítoris enorme y grotesco. A los jueces no les gustaba ver penes mutantes en las mujeres. Era baja, de un metro sesenta, y tenía una grave voz masculina y un acné terrible en la espalda. Fuera de temporada, llegaba a pesar más de noventa kilos. A Liz no le convenían ese tipo de influencias. No debía socializar en el gimnasio.
Ella se acercó al soporte de sentadillas, cargó una barra con discos de veinte kilos y se sentó en el banco a vendarse las rodillas. Charles desmontó de la bici de un salto y bajó las escaleras a toda prisa hasta llegar al aparato de extensión de piernas situado junto a donde ella estaba. Se colocó en la máquina, ajustó el peso a diez kilos y esperó a que mirase hacia él.
—¿Lista, nena? —dijo Rico, acercándosele a Liz por la espalda para frotarle los hombros—. ¿Qué tal te notas?
Rico era alto y tenía la piel negra y brillante, la espalda ancha y largas rastas recogidas hacia atrás con trozo de cuerda. Llevaba una anilla plateada en el centro de la nariz, como los toros, y tenía los dientes blancos y relucientes. Había ganado todos los concursos a los que se había presentado el año anterior, trabajaba constantemente como modelo y se mantenía magro tanto en temporada como fuera de ella.
«¿No estarán juntos?», pensó Charles, aterrado.
—Me noto bien —respondió Liz.
—Te voy a dar mucha caña. —Rico le mordió el cuello con suavidad—. Y lo sabes.
Ambos se dirigieron al soporte de sentadillas. Charles empezó a hacer repeticiones en su máquina, agarrándose al asiento con las dos manos y sin perderlos de vista. Liz se puso su cinturón de pesas de cuero negro, que tenía una incrustación rosa de piel de serpiente adherida a la parte trasera. ¿Acaso pensaba que el cinturón aquel tenía clase? ¿Quería manifestar su sentido de la moda de alguna manera? Se lo ajustó bien, cogió la barra del soporte y, concentrada en su imagen reflejada en el espejo, hizo la primera sentadilla. No llegó ni a la mitad del movimiento y Rico, que estaba detrás, la agarró por la cintura con sus enormes manos para ayudarla a levantarse.
—Buen trabajo, cariño —dijo—. Otra vez.
No había hecho un buen trabajo. No llegó a acabar ni una sentadilla completa; había hecho trampas. Aquello a Charles no lo impresionó y, para colmo, había detectado una fina capa de grasa en la parte trasera de sus muslos, justo donde acababan los pantalones. Se dedicó a sus repeticiones mientras los observaba. Sus delgados cuádriceps empezaban a arder. Liz hizo la segunda sentadilla, esta vez hasta más abajo, pero no fue capaz de levantarse.
—¡Arriba, maldita sea! —le gritó Rico—. ¿Vas a rendirte? ¡Arriba, tía!
Liz se alzó e hizo otra inmediatamente, esta vez hasta el final y a la perfección. Después de cuatro más, volvió a colgar la barra.
—Vamos a construir el mejor culo del puto mundo —dijo Rico.
Liz sonrió, se limpió la nariz con el dorso de la mano y abrazó a Rico, apretando la pelvis contra su exuberante entrepierna. Él la agarró del pelo, la acercó a él y la besó en la boca, mientras, con la otra mano entre los muslos, le exploraba la zona, empapada en sudor. Charles se bajó de la máquina y pasó a toda prisa por delante de la pareja, de camino a la salida.
Fuera había periódicos mugrientos y envases viejos de comida, fruta podrida y mierda de perro en la acera y las alcantarillas. Venice era un infierno. Charles cruzó la calle y se acercó hasta el océano, dos manzanas más abajo; se compró una botella de agua fría en la tienda de licores y se dejó caer en un banco de cemento frente a la playa. Le dio un sorbo al agua y contempló la arena y los cuerpos cociéndose al sol. Era una playa muy amplia; el océano quedaba tan lejos que ni oía el sonido de las olitas que rompían en la orilla. Se estaba tranquilo. Aquella era la zona que frecuentaban los culturistas. No venían a leer; solo tomaban el sol, se echaban crema y escuchaban música. Tampoco nadaban; de hecho, nunca había visto a un culturista meterse en el agua. Allí tanto ellos como ellas llevaban tanga para lucir esas nalgas colosales y bronceadas. En invierno, cuando la playa estaba menos concurrida, Charles había distinguido a un par de mujeres en toples. Ahora que se acercaba el verano, todas se cubrían los pezones con diminutos triángulos de tela.
A May, antes, le encantaba aquel lugar. Charles solía venir a sentarse en el banco, a veces con un paraguas si hacía mucho calor, y May extendía la toalla frente a él, que se quedaba mirándola mientras tomaba el sol.
Aquel día había gente nueva. Algunas de las chicas no le sonaban y había un par que no estaban nada mal. Cuando se sentó a observarlas achicharrarse, se sintió mejor. Averiguaría cómo se llamaban la rubia del biquini rojo y aquella morena de deltoides prominentes.
Se acabó el agua y volvió al gimnasio.
Joey, el gerente, le dijo que la rubia era Aurora Jeanine Johnson. Lo de Aurora se lo había añadido ella cuando ganó el Campeonato de Culturismo de los Estados Sureños. Tenía veintinueve años y una hija de doce en Savannah, su ciudad de origen; estaba allí sola pasando dos semanas de vacaciones y se entrenaba en el gimnasio Gold. Se alojaba en el hotel Marina Pacific y solía pasarse en torno a las ocho de la mañana y de nuevo a las cuatro. La morena se llamaba Betty. Era lesbiana y su novia, Joan, trabajaba como abogada. Eso era lo único que sabía Joey. Charles le dio las gracias, le entregó, como de costumbre, un billete de veinte dólares bien doblado y salió a toda prisa para volver al coche.
Preparados
La casa de Charles estaba sobre una colina, en un bosque de viejos eucaliptos limón de gran altura. Tenían el tronco muy blanco y suave y, donde las ramas se curvaban, la corteza se apelotonaba y se arrugaba como si de piel se tratase. Algunos de aquellos troncos se bifurcaban en gruesas extremidades que se asemejaban a unas piernas. A Charles le gustaba sentarse en el jardín y admirar sus árboles; le gustaba apretar las mejillas y las manos contra los troncos para sentir su frescor, le gustaba raspar la blanca corteza con una navaja simplemente para ver la pulpa verde y cruda de su interior. Cuando le hacía un corte así a un árbol, le dejaba una cicatriz permanente y, aunque no era muy a menudo, todos llevaban su marca.
La enorme casa de madera estaba pintada de un tono marrón intenso. Tenía un tejado de color oscuro, vigas de un tamaño considerable y pesadas puertas de madera. En los dormitorios del piso de arriba había balcones de forja y desde la mayoría de las estancias se veía el océano. Charles llevaba toda la vida allí; cuando murió su madre, cinco años atrás, tiró las fotos de familia y le dio a la señora Johns, el ama de llaves, la mayor parte de la ropa de la difunta. Regaló la cama y los muebles de su dormitorio y convirtió la habitación en un almacén. Vendió sus joyas, incluso las de la familia. Hizo limpiar los muebles y desodorizar los cojines para eliminar el olor de su madre de la casa. Cogió sus cuadros y los donó a un museo. Pinturas de mujeres inglesas de aspecto anodino, que posaban sobre el seno unas manos frágiles y delicadas y tenían la mirada perdida en el espacio, o valles ingleses, con arroyos, árboles y flores, y enormes barcos de vela con el capitán al timón. Revendió las sillas del comedor isabelino al anticuario y donó los libros a la biblioteca que llevaba el nombre de su madre. Tiró todo el chutney, las galletas y la fruta en conserva que había en la despensa y también toda la comida del congelador.
—¿Le sirvo hoy la comida en el jardín? —preguntó la vetusta señora Johns cuando entró Charles.
—Estaría muy bien, gracias.
Charles pasó junto a ella a toda prisa y subió las escaleras traseras.
Las estanterías de su habitación cubrían por completo la pared que daba al este, del suelo al techo. Aquí guardaba su colección de revistas de culturismo: todos los números de todas las revistas estadounidenses, europeas y japonesas de los últimos cinco años. Las de años anteriores las almacenaba en la antigua habitación de su madre. Sacó los números de octubre y noviembre de 1995 de Women’s Physique World y Muscle Mag y no tardó en encontrar los artículos dedicados al Campeonato de los Estados Sureños. Allí estaba: Jeanine Johnson, la ganadora de pesos pesados y vencedora absoluta del certamen, con su biquini de competición amarillo chillón. Jeanine, ahora Aurora, en una pose de frente, doble bíceps con la pierna derecha estirada hacia un lado y sus fabulosos tríceps activos y expandidos. Una pose de perfil, caja torácica, de antes de ponerse los implantes de mama, gracias a los cuales ganaba simetría. A Charles le sorprendía no haberse fijado en ella antes, con lo espléndida que era. Pasó otra hora ojeando revistas en busca de más información sobre Aurora, pero encontró muy pocos artículos; solo halló un par de descripciones en las que se hablaba de sus técnicas de entrenamiento, así como una entrevista, en la que ella no mencionaba a su hija. Al parecer no competía desde 1995. Probablemente se había concentrado en ganar masa y, por lo que había visto en la playa, ahora era bastante voluminosa. Apiló las revistas con mimo en su mesilla de noche, se duchó y se vistió para el almuerzo.
Charles siempre había sido endeble y tenía el estómago delicado. De pequeño era alérgico a la lactosa, los frutos secos, el marisco y el trigo; ahora ya toleraba la lactosa y el trigo, pero el marisco y los frutos secos le daban urticaria. A menudo estaba estreñido y con que la comida fuese un poco picante ya le entraban ardores, por lo que tenía que cuidar mucho su alimentación.
Ese día, para comer, la señora Johns había preparado crema de zanahoria con pan tostado en porciones, ensalada de pollo con cama de lechuga mantecosa y, de postre, rodajas de plátano con su compota de ciruela recién hecha. Charles se metió la servilleta en el cuello de la camisa, como siempre que comía solo. Vouvou, su jadeante bulldog inglés, salió al jardín y se sentó junto a su silla babeando y suplicando. Charles tocó la campanita de plata que reposaba junto al vaso para llamar a la señora Johns.
—Tráigale un cuenquito de pollo a Vouvou, por favor. Tiene mucha hambre.
Una redecilla caoba mantenía en su sitio el quebradizo cabello gris de la señora Johns. Llevaba toda la vida trabajando para la familia de Charles, primero como niñera y después de ama de llaves. Ahora venía tres veces por semana a limpiar la casa. Puso las manos, retorcidas y llenas de manchas, en sus huesudas caderas y negó con la cabeza.
—Esta perra está muy gorda.
—Solo un cuenquito.
Charles tomó un sorbo de agua y acarició a Vouvou en la cabeza.
La señora Johns suspiró, entró tambaleándose en la casa con sus andares pausados de esqueleto y regresó con una pechuga de pollo troceada para Vouvou. Charles puso la comida de la perra al lado de su silla y se comió el almuerzo.
Ya
Eran las cuatro y media de la tarde y Aurora aún no había llegado al gimnasio. Charles empezaba a cansarse de la bicicleta estática. Estaba sudando, y eso que no la había encendido. A su lado, salpicando todo el suelo de sudor, estaba Baron Hacker, El Murciélago. En todas sus fotos promocionales salía con capa y máscara de Batman; tenía el logotipo pintado en el cinturón de pesas, en la bolsa del gimnasio y en el coche y a menudo se lo veía con capa negra. Baron llevaba los cascos puestos y cantaba en voz alta, desentonando. De vez en cuando movía los brazos al ritmo de la canción o hacía que tocaba una compleja batería invisible, regando con su sudor a Charles y toda la zona que quedaba a su alrededor.
En el piso de abajo empezaba a amontonarse la gente que salía de trabajar. Flacas secretarias con mechas en el pelo —vestidas con mallas acampanadas a rayas, deportivas de plataforma y tops a juego— y con una gruesa capa de maquillaje y labios oscuros, se entremezclaban con jóvenes ejecutivos que mostraban principios de alopecia y se paseaban llevando mallas de ciclista por debajo de los pantalones cortos de baloncesto, así como gorras de béisbol y deportivas a la última. Aquellos jóvenes profesionales gritaban, se abrazaban y se daban palmaditas en la espalda. Tíos blancos que se llamaban entre sí «hermano» y «G»1 . Era gente corriente con la actitud impostada de los deportistas de élite. A Charles no le interesaban en absoluto y estaba a punto de marcharse cuando vio entrar a Aurora, toda vestida de blanco. Fue como una aparición. Se bajó de la bicicleta y fue a la zona de musculación, en el piso de abajo, para apreciarla mejor. Ella estaba junto a la máquina de polea alta, poniéndose los guantes, cuando él se le acercó.
—¿Aurora Johnson?
—Sí —contestó con una sonrisa.
Charles se quedó encantado al ver que era aun más guapa en persona. Tenía unos bonitos labios carnosos, una nariz delicada —casi aristocrática— y una hermosa dentadura blanca y bien alineada. Y encías sanas.
—Charles Worthington. —Le tendió la mano—. Llevo tiempo siguiendo tu carrera.
—Gracias. —Estrechó su mano apretándola con tanta fuerza que hasta le hizo algo de daño.
—Estuviste sensacional en el Campeonato de los Estados Sureños. —Le soltó la mano con suavidad.
—Tuve suerte. —Bajó la mirada tímidamente y se ajustó la correa del guante a la muñeca—. Aquí hay mucha más competencia.
—Tú sobresaldrías en cualquier lugar —dijo Charles tocándole el antebrazo, perfectamente afeitado—. Créeme.
—Gracias, Charles. —Aurora sonrió y se le iluminó la cara. Tenía la tez limpia, sin rastro de acné—. Ha sido un placer conocerte.
—Te dejo trabajar. Que tengas un buen entrenamiento.
Charles se encaminó hacia el coche con una sonrisa.
Esa noche soñó que se ponía un kimono y un tocado a juego en el pene, el cual tenía el encantador rostro de una geisha dibujado en el glande. El miembro le cantaba y lo llenaba de júbilo. Por la mañana se despertó como nuevo, contento y descansado. Se vistió deprisa y salió de casa antes de que llegase la señora Johns.
La cafetería del hotel Marina Pacific daba al vestíbulo. Charles eligió una mesa desde la que tener una buena vista del ascensor y pidió un café. A las ocho menos cuarto la puerta del ascensor se abrió y salió Aurora. Charles dejó el dinero del café en la mesa y se dirigió al vestíbulo.
—Aurora —dijo con tono de sorpresa—. Hola.
Una amplia sonrisa le iluminó la cara.
—¡Charles! ¿También te alojas aquí?
—No, solo he venido a desayunar. La comida es buena. Voy al gimnasio, ¿te llevo a alguna parte?
—Sí, genial, yo también iba al gimnasio.
Los dos salieron del hotel y se subieron al enorme Mercedes blanco.
La primera cita
Charles llevaba su traje de crepe de lana negro, mocasines de cocodrilo también negros y calcetines de cachemir. Se había limado y pulido las uñas, se había limpiado las orejas a conciencia y se sentía preparado para cualquier cosa. Le abrió la puerta a Aurora y la miró al pasar, tambaleándose sobre sus burdos y baratos tacones rojos. Le entraron ganas de agarrar su culo redondo y perfecto, de meterle los pulgares entre las nalgas y de quitarle el fino vestido elástico por la cabeza. Deseaba verla. En lugar de eso, le sonrió y la cogió del brazo, estabilizándola, y entró con ella al restaurante.
—Este sitio es precioso —dijo Aurora alzando la voz algo más de la cuenta. Permaneció en la entrada, mirando a su alrededor, agarrando con las dos manos el barato bolso de noche de pedrería plateada. Charles se percató de que los integrantes del numeroso grupo de la primera mesa levantaban la mirada para clavarla en ella y susurraban entre sí.
—Buenas noches, señor Worthington —dijo el maître—. Me alegro de verle.
—Hola, Stuart.
—Por aquí, por favor.
Charles tomó a Aurora por el codo y la guio entre el laberinto de mesas. Estaba encantado de que todo el mundo la mirase con asombro a su paso, a menudo dándoles codazos y pataditas a sus compañeros de mesa. El maître retiró la silla y Charles la ayudó a sentarse, soltándole el codo a regañadientes, y ocupó su asiento.
—Dios, esto es precioso.
Aurora cogió la carta y él vio que tenía una de las uñas algo desconchada. Le fascinaba que casi todas las culturistas profesionales, que levantaban muchísimo peso y tenían las manos ásperas y encallecidas, consiguiesen llevar las uñas extraordinariamente largas y pintadas con pulcritud. Un toque femenino encantador.
—Es el único restaurante que frecuento —dijo Charles—. La comida es formidable. No te costará comer aquí.
—Genial. Esta noche me voy a saltar la dieta.
—Puedes comer sano sin problema.
—Ya, pero no quiero.
Charles alargó el brazo y acarició el de ella al otro lado de la mesa.
—Me alegro de que nos encontráramos.
Siguió el recorrido de las venas de su antebrazo con los dedos y Aurora asintió.
—Fue una suerte verte en el hotel. —Miró cómo Charles la tocaba—. Creía que no iba a conocer a nadie. La gente no es muy amistosa por aquí.
—Algunas chicas son bastante antipáticas —dijo él.
—Los tíos son aun peores, con sus toqueteos y sus bromitas. El tal Rico, el segundo día que fui a entrenarme, va, se me acerca y me dice que no le importaría «darme un buen repaso».
—Vaya, lo siento. —Charles le apretó la mano—. Hay mucho indeseable en el gimnasio. Tienes que pasar de esos tipos y centrarte en lo tuyo.
—Sí, supongo.
Apartó su mano de la de Charles y se pasó los dedos por el cabello rubio platino cardado con ahínco. Charles se maravilló ante la separación de tríceps y bíceps, la plenitud de la región frontal y lateral del deltoides y la uniformidad del bronceado de sus brazos y axilas.
—En donde vivo soy alguien —dijo—. En Georgia no hay nadie más. Pero al lado de estas chicas no tengo nada que hacer.
—Buenas noches, señor Worthington —interrumpió Allen, acercándose a la mesa—. ¿Desean saber las sugerencias de hoy?
—No, gracias, Allen —dijo Charles—. El tartar de atún y espinacas al vapor. ¿De cien o de ciento cincuenta gramos, Aurora?
—De ciento cincuenta estaría genial —dijo, y sonrió al camarero.
—Tienes la base genética apropiada. —Charles sacó el coche del aparcamiento del restaurante y se incorporó al tráfico—. Eso es lo esencial. Lo demás puede adquirirse.
—No sé. —Aurora se giró para mirarlo, con una pierna doblada sobre el asiento y la otra estirada, forzando el vestido a levantársele hasta las caderas, lo que le dejaba las bragas prácticamente a la vista—. Nunca he sido tan fuerte como, yo qué sé, Lenore Gibbs. Da igual lo que haga. A su lado parezco diminuta, flácida y chata.
—Lenore tiene acceso a una gran variedad de fármacos.
—Ya.
—Y, además, tiene un contrato con Weider —dijo Charles mientras detenía el coche en el semáforo y se giraba hacia ella, haciendo un esfuerzo por mirarla a los ojos en lugar de a la entrepierna—. Puede dedicarse exclusivamente a entrenar.
—Debe de estar bien —dijo ella—. En lugar de preocuparse por las facturas y las meriendas para el colegio.
Charles se desvió hacia la pequeña entrada del hotel Marina Pacific, metió el coche en el aparcamiento y dejó el motor en marcha.
—Lo he pasado bien.
Por un momento, ambos permanecieron sentados sin moverse.
Aurora se volvió hacia él.
—¿Quieres subir? Mi habitación no es gran cosa, pero podemos charlar un poco más.
Él apagó el motor.
—Me encantaría.
Aurora abrió la puerta y encendió la luz. Charles la siguió, observando cómo se le contraían y se le separaban las pantorrillas a cada paso.
—Ojalá tuviese algo más que ofrecerte. —Cogió del escritorio la única silla que había y la giró hacia la cama de matrimonio. El tapizado hacía juego con el estampado de conchas en rosa y beis de la colcha. Primero dejó el bolso sobre la mesa y luego lo colocó en la repisa vacía para las maletas—. Solo tengo agua y atún en lata.
—Agua está bien.
Aurora tomó los dos vasos que había sobre el televisor y les quitó el plástico protector. Los llenó con el agua destilada de la garrafa de cuatro litros medio vacía y le dio uno a Charles, derramándole unas gotas sobre la mano.
—Siéntate tú en la silla. —Se estiró el vestido y se sentó en la cama—. Creo que me voy a cambiar, no tardo nada. —Tiró del cajón de arriba de la cómoda, que se abrió casi por completo, y la maraña de ropa estuvo a punto de desparramarse por el suelo. Volvió a meterlo a la fuerza y cogió algo naranja.
Charles se sentó en cuanto Aurora cerró la puerta del baño. Levantó el brazo y se olió la axila. Se comprobó las uñas, se rascó los dientes con ellas a la altura de las encías y volvió a comprobárselas. Limpias. Se alisó las perneras de los pantalones y cruzó las piernas.
Aurora apareció con un maillot de cuerpo entero naranja de cuello halter. Iba descalza y Charles vio que llevaba las uñas de los pies pintadas del mismo rojo elegante que las de las manos. El maillot le llegaba justo por debajo del tobillo y dejaba ver con claridad la desafortunada rosa que se había tatuado desde el empeine. Ojalá no tuviese más.
—Nunca acabo de estar cómoda con vestido —dijo, caminando hacia la cama.
Charles se quedó asombrado ante la belleza de sus extraordinarios cuádriceps y la buena separación que había entre los isquiotibiales y los glúteos.
—Háblame del Campeonato de los Estados Sureños. —Charles observó a Aurora mientras se tumbaba en la cama—. ¿Cómo te preparaste?
—¿Cómo me entrené?
—No, qué fármacos tomaste. —Se inclinó hacia delante.
—Doce semanas antes empecé con diez miligramos de Winstrol y siete y medio de Anavar. Y funcionaron genial. En nada gané mucha fuerza y volumen. Cuando faltaban seis semanas me pasé al Primobolan en acetato, doce miligramos y medio cada dos días, junto con tres pastillas de clembuterol al día y dos de Nolvadex por la noche. En realidad, al final subí a cuatro Nolvadex y me puse muy fuerte, aunque empecé a tener como alucinaciones. Pero, bueno, gané y nunca en mi vida había estado en tan buena forma.
Charles dijo:
—Con esas minidosis no podrías ni plantearte llegar a los Nacionales. Lo sabes, ¿no?
—¿Necesito más?
—Muchísimo más, combinado con hormonas del crecimiento e insulina. —Se recostó y le dio un sorbo al agua—. Si vas en serio.
Aurora bajó de la cama y cogió su bolso. Se quedó de espaldas a Charles, de pie, contrayendo los glúteos mayores.
—Aunque quisiese, no me podría permitir ese tipo de cosas.
Se dio la vuelta y se metió un chicle sin azúcar en la boca.
—Necesitarías un patrocinador. —Bebió más agua—. ¿Te acuerdas de May Ward?
—Claro —dijo Aurora, volviendo a sentarse en la cama—. Tenía un cuerpo increíble. Habría ganado en Olympia.
—Yo era su patrocinador.
—¿De verdad?
—La descubrí cuando ganó el Iron Maiden. No era más que un peso medio, pero me di cuenta de su potencial nada más verla. Tenía una base genética prodigiosa, como la tuya.
—Yo no tengo nada que ver con May —dijo ella, cruzando las piernas y frotándose el tatuaje con la mano—. Era la mejor. ¿Qué le pasó?
—Perdió el interés. —Charles se levantó—. Ha sido una velada encantadora. Es tarde y tú entrenas muy temprano.
—No es tan tarde. —Aurora se levantó—. ¿Estás seguro?
—Nos vemos mañana por la mañana. —Se puso ligeramente de puntillas y besó a Aurora en la mejilla, procurando que sus cuerpos no se tocasen—. Lo estoy deseando.
Se dio la vuelta y abrió la puerta.
—Muchas gracias.
Lo acompañó hasta la salida.
—Ha sido un placer.
Charles se alejó rápidamente por el pasillo.
Aurora tiene su estilo
Aurora, de pie frente al espejo, se desabrochó el botón del cuello del maillot y se lo bajó lentamente hasta la cintura. Le encantaba observarse los pechos; eran perfectos. Se alegraba de haber escogido los implantes con agrandamiento de pezones, que eran mucho más sexis y compensaban el gasto extra. Le gustaba ese aspecto colmado y protuberante. Se mojó los índices y los pulgares con la lengua y se apretó los pezones hasta que estuvieron totalmente erectos, después se quitó el maillot y se quedó con el tanga de nailon violeta en una pose de frente relajada con los dorsales expandidos, los brazos ligeramente separados del cuerpo y flexionados, las piernas como en una rutina de tirón y empuje en una isometría placenteramente dolorosa. Era cierto, sí que tenía una buena base genética. Con algo de ayuda, quizá pudiese competir con aquellas chicas.
Hizo un cuarto de giro hacia la derecha y se quedó un momento admirando su tríceps, en forma de herradura perfectamente definida. Dios, vivir en California. Competir en esta escena. Sería como que le tocase la lotería.
Se elevó sobre la cadera derecha, llevó los brazos hacia delante, se agarró las manos y las acercó a su cuerpo en una pose de perfil, caja torácica. Si se mudaba aquí, tendría su propia casa. Podría librarse de su madre. Tendría la oportunidad de triunfar de verdad.
Giró sobre sí misma e hizo una pose de frente, doble bíceps con la pierna izquierda estirada, su gran baza. Quizá con un patrocinador pudiese vencer a las californianas. Charles era flaco y a ella nunca le habían gustado los hombres menudos. Tenía la piel blanca y la nariz larga y retorcida como una raíz de jengibre. Aurora odiaba las pecas. Pero sus dedos eran bonitos y su voz superrefinada. Tenía esa especie de atractivo que caracteriza a los ricos. Y parecía saber lo que hacía. Estaba claro que tenía dinero.
