Reconociéndonos - Federico Janda - E-Book

Reconociéndonos E-Book

Federico Janda

0,0
4,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

En Reconociéndonos, nos sumergimos en la complejidad de la experiencia humana, donde el dolor y la felicidad coexisten de manera inseparable. A través de relatos íntimos y emocionantes, exploramos los momentos difíciles que nos hacen cuestionar nuestras fuerzas y la soledad que a veces nos envuelve. Este libro nos invita a reflexionar sobre la importancia de las conexiones humanas, de tener a alguien a nuestro lado durante los momentos más oscuros. Cada historia nos recuerda que, aunque caer sea inevitable, siempre hay una enseñanza que extraer, una oportunidad para crecer y aprender. Reconociéndonos es un viaje hacia el autoconocimiento y la aceptación, una mirada profunda hacia nuestros propios límites y la capacidad de superarlos. Encontraremos que, a pesar de tocar fondo y enfrentar la soledad, hay una fortaleza interior que nos impulsa a seguir adelante. Con una prosa emotiva y sincera, este libro nos anima a enfrentar nuestros miedos, a abrazar nuestras vulnerabilidades y a encontrar esperanza incluso en los momentos más difíciles. Porque, al final del día, todo es pasajero y lo que realmente importa es cómo elegimos enfrentar cada desafío.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 62

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Janda, Federico Guillermo

Reconociéndonos : todos tenemos historias que contar / Federico Guillermo Janda. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

90 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-036-8

1. Cuentos. 2. Relatos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Janda, Federico Guillermo

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Para Victorina, que sin saberlo me dejó un legado, y con su partida pude darle vida a una conjunción de palabras.

Prólogo

Somos historias que nos recorren a lo largo de la vida. Con aprendizajes constantes y sosteniendo el paso de los años; muchas veces, como podemos y no como queremos. En ocasiones, desestabilizados y, otras, con tanta firmeza que nos sorprendemos de nosotros mismos.

¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos historias que contar? Si la felicidad que nos desborda del cuerpo se daña constantemente y no nos queda otra opción que estar expuestos delante de otro, que no siempre tiene algo para decir.

Puede que no te haya pasado a vos, en primera persona. Pero, seguramente, lo ocurrido le sucedió a alguien que conocés. Nadie queda exento del amor, de la muerte y de tantas otras vivencias y sentimientos que nos recorren en el transcurso del tiempo. Más temprano que tarde, y viceversa, la vida nos mueve, nos hace y nos deshace. Es levantar la frente y dar pelea a todo lo que viene, y ojalá puedas estar siempre con el paso firme.

¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos historias que contar?

Reconociéndonos

Federico Janda

Ilustraciones: Rodrigo Galindo

Victorina

El teléfono dejó de sonar. De un día para el otro. Tan fugaz como el vuelo de un colibrí.

Cuando me percaté de que habían pasado más de siete días, en los que no había recibido un solo llamado, caí en la cuenta de que estaba roto. Tanto por dentro como por fuera. No me es fácil hacerle frente a la situación.

No quiero aceptarlo. No quiero romperme. No quiero pender de un recuerdo.

Me sigue dando pánico olvidarme de su voz. Ya no sé qué responder cuando me preguntan: “¿Cómo estás?”.

Te siento cerca, aunque hace mucho tiempo que ya no escucho tus pasos, arrastrando las pantuflas por el largo pasillo de tu departamento.

El corazón me late un poco más despacio. Porque el silencio me da escalofríos y un poco me paraliza.

No quiero romperme sabiendo que no va a haber más abrazos ni historias contadas más de tres veces; que ya no vas a decir el nombre de todos tus nietos hasta llegar al mío.

Una persona que no juzgaba mis decisiones, sino que me acompañaba. Que me sostenía con sus palabras, aunque no se diera cuenta. Nunca conocí a alguien que perdonara tanto y se quejara tanto con la misma frecuencia.

El mundo nunca está preparado para personas tan sublimes.

Me duele romperme. Cada vez que lloro, me siento un poco más débil. Algo me falta todos los días. Tampoco es algo que pueda explicar.

Es la primera vez, en quince días, que me animo a pensarte. Te fuiste dejando muchas almas rotas, sobre todo, la mía. Sé que me ves y me sostenés, nada puede romper lo que se ata en el corazón.

Espero que nos encontremos en alguno de mis sueños para seguir compartiendo la vida. Porque solamente mueren quienes son olvidados.

Y dejame decirte, abuela, que olvidarte no es una opción.

Corazón de león

Después de horas murió, porque esperó hasta llegar a la casa, ver a su familia, sentir el hogar, para poder cerrar sus ojos y ya no estar más.

Juan José, mi abuelo, era así. Esperaba hasta el último momento para todo, o capaz el principio para nada. Ya nadie entendía cómo era.

Años de aguantar las quimioterapias, de estar con una mochila con oxígeno, de luchar contra todo lo nuevo que venía. En su pieza tenía una novedosa compañía, estaba Arturito. Así le había puesto al tanque que tenía oxígeno, el cual se usaba para poder cargar la mochila, la que lo dejaba que siguiera teniendo un poco más de tiempo de vida.

Los días, los meses, los años. El consumirse se hacía notar un poco en el cuerpo y otro tanto en sus ojos, que iban desapareciendo. No literal, pero su mirada estaba siendo diferente.

Los párpados no se cerraban con la misma velocidad, las pupilas no se dilataban. Ni por las sorpresas. Ni por las angustias. Ni por el miedo. Ese miedo que cada tanto recorría su cuerpo, aunque no lo dijera, aunque no emitiera ningún tipo de sonido. Ni de queja. Ni de esperanza. Esperanza que duró muchísimos años, más de los esperados. Pero todo llega a tocar fondo en algún momento.

Meses antes, mis abuelos querían ir a conocer la casa de mi tía, que recién se había mudado. Amaban viajar a donde fuera, y nada lo iba a impedir. Armaron los bolsos, subieron al auto y, en diez minutos, ya estaban en la autopista.

Hicieron muchas paradas antes de llegar al lugar, algo que, antes de todo esto, no pasaba. Los viajes solían ser directos y solo era bajarse en estaciones de servicio, en el medio del camino, para tomar un café, estirar las piernas, ir al baño y seguir recorriendo el asfalto que iba directo a la felicidad.

¿A quién no lo hace feliz viajar?

Pero, en fin, los tiempos habían cambiado, y uno tiene que adaptarse a las circunstancias (sobre todo, a la que nos atraviesan).

Mar, arena, playa, y otras tantas cosas que transmiten paz, que en la gran ciudad no se encuentran... Y, así y todo, no pudieron disfrutar.

Y bajó todo de golpe. En dos semanas el cuerpo se vino abajo, la garganta se le estaba secando. Los labios, partidos y resecos porque las palabras ya no llegaban a la boca. Muchos años transcurrieron en solamente unos pocos días.

Llegó la hora de pegar la vuelta apresurada, el reloj de arena no podía girarse muchas veces más ni aguantar a que cayera el último granito. Armaron los bolsos como pudieron y emprendieron viaje hacia el hogar.

Mi tía y la pareja volvieron con ellos; él manejaba y ella le aplicaba morfina arriba del auto, para que los minutos pasaran mucho más lento de lo esperado y poder cruzar la puerta de donde había vivido gran parte de su vida. Doce horas de estar entre el cielo y la tierra. Y arriba lo pedían a gritos.

Después de más de 800 km y horas de ruta, arribaron. Entre dos lo alzaron como pudieron, lo subieron a la cama, y ahí estaba. Llegó justo para despedirse de nosotros. No entendíamos nada, sobre todo, porque sus nietos éramos demasiado pequeños como para entender que una persona se iba aunque la estuviéramos viendo con nuestros propios ojos.

Las agujas del reloj avanzan muy lento, el tiempo es eterno. Pero nos miramos y nos abrazamos entre todos. Mucho silencio, aunque sabíamos un poco lo que estaba pasando.