Recuerdos e invenciones de Myrtle Beach - Gorka Calzada - E-Book

Recuerdos e invenciones de Myrtle Beach E-Book

Gorka Calzada

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Beschreibung

Esta novela aborda temas como las trampas de la memoria, los límites del arte o las distintas maneras de enfrentarse al proceso creativo. Pero habla, sobre todo, del cuerpo: el cuerpo herido, el cuerpo incorrecto, el cuerpo político, el cuerpo objeto. Así, el relato constituye una celebración de las bellezas diferentes, fuera de la norma, como la de la verdadera protagonista del libro, Jacqueline Dublanche. A sus treinta y dos años, Elías Ibarra todavía aspira a convertirse en escritor, y el proceso de búsqueda de una voz propia lo lleva a a matricularse en el prestigioso taller de Maximilian Petrenko en Columbia, Nueva York. Aunque llega a la ciudad inmerso en una profunda crisis de autoestima y sintiéndose inexplicablemente culpable. Viene de Myrtle Beach (Carolina del Sur), donde ha pasado el verano trabajado en un parque de atracciones. Por alguna razón, es incapaz de escapar de los dolorosos recuerdos de aquella ciudad, cosa que su profesor aprovecha para obligarle a escribir sobre todo lo que le ocurrió allí. Elías empieza a escribir. Y recuerda el calor agobiante de Myrtle Beach, el motel Calypso, las burlas de sus compañeros, el pánico que le producía trabajar de cara al público y la brutalidad policial. Revive sus complejos, los conflictos con ciertos clientes o sus vergonzosas borracheras en el Kriptonite… Entre tanto, colabora en una instalación artística con Jacqueline Dublanche, estudiante de arte gorda, pero muy popular en el campus, por la que llegará a obsesionarse. Elías ya nunca volverá a ser el mismo. Y a partir de ese momento tendrá lugar un turbulento desenlace, narrado a través de un original cambio de plano, que propondrá al lector un cautivador juego de simbologías.

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Seitenzahl: 411

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Recuerdos e invenciones de Myrtle Beach

Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura

y Política Lingüística del Gobierno Vasco, y el autor recibió una beca a laCreación Literaria Koldo MItxelena, concedida por la Diputación de Gipuzkoa.

1ª edición: marzo de 2022.

© 2022,Gorka Calzada

© De la presente edición: 2022, ALBERDANIA, SL

Istillaga, 2, bajo C - 20304 Irun

Tel.: + 34 943 63 28 14

[email protected]

www.alberdania.net

Portada: Junkal Motxaile sobre una fotografía de Gorka Calzada.

Impreso en Ulzama (Huarte, Nafarroa)

ISBN digital: 978-84-9868-726-2

ISBN papel: 978-84-9868-725-5

Depósito legal: D. 178/2022

V

RECUERDOS E INVENCIONESDE MYRTLE BEACH

GORKA CALZADA

ALBERDANIA

novela

A Ale, a Breo, a Anita.

Este libro os lo debo a los tres.

Primera parte

Y así inventa, así mezcla lo falso con lo verdadero.

Horacio

1

El vuelo 8976 de United Airlines procedente del aeropuerto internacional de Myrtle Beach llega puntual a Newark, pero le cuesta aterrizar. Elías, dormido con la revista de la compañía aérea abierta sobre el pecho, no se ha enterado de nada. Solo se despierta cuando la azafata aclara a los pasajeros que no son más que unos pequeños problemas técnicos, que todo está bien y que no tardarán en tomar tierra.

A él no le preocupan los problemas técnicos. Como para preocuparse por esas cosas con todo lo que ha pasado en Myrtle Beach. Soledad, humillación, miedo. Se alegra de dejar atrás esa ciudad abyecta y envilecida que ahora ve tan lejana. Como si hiciera siglos y no horas que ha llegado de allí. Como si formara parte de un sueño del que acaba de despertar. Sin embargo, Elías no termina de quitarse de encima la sensación de que una parte de la ciudad permanece enquistada dentro de él. Nunca le había ocurrido antes y no sabría cómo explicarlo, pero ha dejado Myrtle Beach sintiéndose peor persona de lo que era al llegar. Con el alma podrida, como si hubiera abandonado allí parte de su humanidad.

Al coger de la cinta la segunda maleta, el asa se le clava en la herida en carne viva y Elías tiene que reprimir un aullido. Suerte que la venda le protege un poco. Aún tuvo tiempo en su último día en el Pavilion de pasar por la enfermería. También se ha informado sobre las cuestiones prácticas del viaje. Por eso sabe que la opción más barata de llegar a Manhattan pasa por coger el autobús. No puede malgastar el poco dinero que le queda, porque casi todo lo que consiguió ahorrar en Myrtle Beach se le fue en la desmesurada multa que le puso la policía a finales de verano.

Con las maletas a cuestas, se dirige al panel informativo más cercano. La parada de autobuses, por allí. Se gira para emprender la marcha, pero de repente son cientos las personas que vienen en dirección contraria. Estos no estaban antes, ¿no? Elías se bloquea, se apoya en el panel y por un segundo se desorienta. ¿Dónde estoy? Pero solo ha sido un segundo. Él es consciente de que está en el aeropuerto de Newark y de que ahora debe coger el autobús que lo llevará a Manhattan. Toma aire profundamente y lo suelta con suavidad.

¡Ya no más Myrtle Beach!, celebra después en silencio. Ahora empieza lo bueno. Lo bueno pero también la presión, porque treinta y dos años empiezan a ser demasiados como para que todavía puedan seguir considerándolo una promesa. Y él tiene muy claro que esta puede ser la última oportunidad de encontrar su voz como escritor. Una muy buena oportunidad, en cualquier caso, porque parece que el curso lo hubieran creado pensando en él. Taller de estilo para narradores se llama y lo imparte Maximilian Petrenko. Un escritor muy importante, ¡eh!, candidato al Nobel los últimos años, nada menos. Aunque a Elías el nombre solo le sonaba.Muy ligeramente, por un artículo de Muñoz Molina que ojeó en el Babelia hace tiempo. Por lo visto, su libro más conocido es Hijos del Maidán. Una crónica autobiográfica de las revueltas que comenzaron en la plaza de la independencia de Kiev en noviembre de 2013, explicaba la Wikipedia.

Cuando sale a la calle agradece la temperatura, mucho más fresca y soportable que la de Myrtle Beach. El autobús está ya esperando, perfecto. Elías mete sus maletas en el portaequipajes y sube la mochila donde guarda el portátil con su trabajo. Técnicamente aún no ha escrito una sola palabra de la novela, pero ese ordenador contiene toda la planificación previa: fotos de Myrtle Beach, y notas y esquemas de la trama, el estilo, los personajes o la ambientación. Muchísimo trabajo. Y eso que hasta que lo expulsaron del parque, una semana antes de volar aquí, Elías no sabía aún cuál iba a ser el tema de su novela.

La revelación le llegó cuando volvía en bici a casa después de todo el follón. Sería poco más de la una del mediodía y él no podía caer másbajo. Deprimido, resacoso y herido de culpabilidad, ni siquiera llegaba a sentirse persona. Y las dos únicas amigas que había hecho en Myrtle Beach estaban ahora enfadadas con él. Pobre Elías. Montado sobre una bicicleta demasiado pequeña, se jugaba la vida bajo una lluvia intensa mientras los coches pasaban veloces a su lado. Pero entonces lo vio claro: ya tenía tema para su libro. Aunque la idea de pasarse una semana trabajando tranquilo en casa se le frustró a las pocas horas, cuando Agnieszka y Tatiana aparecieron en el piso que compartían. En un tono neutro y sin perder el tiempo, le informaron de que el huracán Ernesto se aproximaba a Myrtle Beach y todos los parques de la ciudad habían tenido que cerrar sus puertas hasta el verano siguiente.

Encerrado en casa con aquellas dos polacas que ya no le hablaban, Elías esperaba con angustia la llegada del huracán mientras revisaba obsesivamente los partes del tiempo. Le estresaba la posibilidad de que los aeropuertos no reanudaran su actividad antes del comienzo del taller en Columbia. Pero lo peor no fue eso; lo peor fue no poder compartir sus miedos con nadie. El ruido de la lluvia sobre el tejado y el del viento contra las ventanas eran tan fuertes que parecía que la casa fuera a salir volando. Aunque lo que de verdad volaban eran las papeleras, las señales de tráfico, los buzones. Por la ventana, Elías veía la basura y el correo tirados en el barro. Myrtle Beach se había convertido en una ciudad fantasma. Ni un peatón, ni un coche. Una vez que las estanterías de los supermercados hubieron quedado vacías, los habitantes se recluyeron a salvo en sus casas.

A partir del quinto día, la alerta se intensificó. El viento arrancó de cuajo algunos postes y la ciudad quedó a oscuras durante cuarenta y ocho horas. En el piso, las velas, las linternas y las pilas se convirtieron en el bien más preciado, lo que dio pie a algún encontronazo entre Elías y las polacas. La situación se iba volviendo cada vez más tensa y los que podían empezaron a escapar de la ciudad, con el consiguiente atasco en las carreteras. Incluso se llegó a hablar de habilitar las escuelas como refugio. Pero, poco a poco, el huracán Ernesto empezó a desviarse de Myrtle Beach, hasta que finalmente pasó de largo.

Elías se acomoda en su asiento y saca el portátil. Tiene más de media hora para trabajar en su libro. Abre una carpeta titulada mister joe y piensa en la suerte que tuvo de toparse con semejante personaje.

Serían las tres de la tarde cuando apareció en su vida. Hacía tanto calor que todo el mundo debía de estar en la playa mientras Elías intentaba mantener el equilibrio, agachado detrás del mostrador. En parte para protegerse del sol, en parte para que nadie le viera comerse el bocadillo de albóndigas que acababa de prepararse. Buenísimo, con salsa marinara. En Giovanni’s sonaba el tema principal de El Padrino y entonces Elías sintió una premonición. Como si los hombres del turco Sollozzo fueran a aparecer en cualquier momento para acribillarlo a balazos en su casetita. Pero lo que vio a lo lejos entre brumas fueron dos manchas difusas. Una azul y otra amarilla; un supervisor y un subalterno. Los contornos de las figuras temblando como en un espejismo, Elías no podía saber si eran reales o pertenecían a un sueño. En cualquier caso, escondió el bocadillo.

La mancha del empleado raso parecía bastante más alta y se movía con torpeza. Elías descubrió enseguida la razón: el supervisor lo llevaba agarrado del brazo. Cuando se acercaron un poco más pudo comprobar que el de amarillo era un hombre negro y calvo; y el de azul, Camilo, el colombiano encargado de su puesto. A Elías le impresionó ver a un veinteañero tratar así de mal a un hombre de cuarenta y tantos.

¡Mucho güevón!

Siempre hablaban en español Camilo y él.

Le tocaba estar ayudando en el restaurante, pero ni idea de dónde estaba esta güeva. ¿Y dónde me lo encontré? Pues haciendo una siestecita, el muy marica.Yo ya no sé qué hacer con el man este. Hoy te encartás vos con él.

El tipo ponía cara de pena. Parecía un señor Potato con las piezas mal puestas: la cabeza apepinada, como si de bebé se le hubiera caído a alguien al suelo. Ojos saltones, orejas pequeñas y redondas, y labio inferior colgante. Elías bajó la vista a la chapa del pecho y leyó: Mister Joe.

Elías y Mister Joe coincidían solo de tanto en tanto, los días en que Camilo no sabía dónde colocarlo y lo aparcaba en Giovanni’s. Aun y todo, pudo ir conociéndolo poco a poco. ¿Cómo no se dio cuenta antes de que todo en él era perfecto para construir un personaje? Desde su voz cavernosa hasta el hecho de que nunca en su vida hubiera salido de Carolina del Sur. Pero lo más llamativo era que, a pesar de llevar ya catorce veranos trabajando en el Pavilion, Mister Joe todavía no hubiera conseguido ascender a supervisor, cuando lo normal era que a cualquier chaval que volvía dos veranos seguidos le dieran el polo azul y el transmisor de radio.

Desde el principio le pareció a Elías que Myrtle Beach podía ser también una ciudad muy literaria, con una cara visible y otra oculta; el choque entre sus habitantes y la gente de paso. Pero, sobre todo, por su atmósfera enrarecida, por la sensación de que algo muy malo podía ocurrir en cualquier momento. Ironías del destino, fue precisamente esa sensación, acompañada de algunas experiencias dolorosas y humillantes, lo que le hizo renunciar a escribir sobre ella. No estaba dispuesto a revivir el infierno de aquel verano, aunque tampoco a renunciar a su personaje solo porque el escenario le trajera malos recuerdos. Por eso decidió coger a Mister Joe, aprovechar lo poco que sabía sobre él, inventarse el resto y mandarlo muy lejos de Myrtle Beach, de viaje por el sur del país, atravesando los estados de Georgia, Alabama y Misisipi, hasta llegar a Nueva Orleans. Elías está convencido de que, cuanto más invente en la novela, más profundamente sepultados quedarán sus propios recuerdos de Myrtle Beach.

El autobús llega a Grand Central y a Elías aún le faltan dos viajes de metro para llegar al piso. Empieza a estar harto de las maletas, no puede más. Sube a un vagón y se queda de pie, agarrado a la barra, pero un hombre se fija en su mano vendada y en su cara de dolor y le cede el asiento. Muchas gracias.

Elías se sienta, saca del bolsillo de la chaqueta un folleto de Columbia y vuelve a leer la parte que habla de Morningside Heights, el barrio en el que va a vivir:

Confundido con Harlem por el norte y con el Upper West Side por el sur, queda encajado entre los parques de Riverside al oeste y Morningside al este. Es conocido como «la acrópolis académica», pues, además de la prestigiosa Universidad de Columbia, alberga tanto la Universidad Femenina de Barnard como la Escuela de Música. Con amplias zonas verdes, elegantes edificios y bares con excelente música, este barrio de ambiente relajado y acogedor parece moverse a un ritmo diferente que el resto de la ciudad, especialmente durante el curso académico. Su espíritu liberal ha congregado varios movimientos culturales históricos, y su estilo auténticamente bohemio y literario puede aún encontrarse en sus muchos cafés y librerías.

Justo lo que busca Elías. Nada que ver con el Nueva York turístico. Él no quiere visitar los museos más conocidos ni la Estatua de la Libertad ni el Empire State. Él espera salir del barrio lo justo, solo para hacer cosas que realmente merezcan la pena y que no aparezcan en las guías.

2

No ve a nadie cuando sale a la calle ciento dieciséis. Y lo que parecen ser las librerías, los cafés de ambiente literario y los bares con excelente música están cerrados.

Con la pesada sensación de domingo por la tarde, sube Broadway arriba dejando Columbia a la derecha y Barnard a la izquierda, y llega a la ciento veintidós. El portal está justo en la esquina, frente a la biblioteca del seminario teológico judío. Toca el timbre, pero nadie le abre. En realidad, hacía ya tres días que Elías debía haber ocupado su habitación del campus, pero por culpa del huracán Ernesto no ha podido llegar a Manhattan hasta hoy, Día del Trabajo y víspera del comienzo del taller.

Una mujer sale del portal y le sujeta la puerta. ¿Entras? Sí, muchas gracias.

En el ascensor, Elías trata de imaginarse a su compañero de piso y de taller. Ya lo ha buscado en internet, pero no venía foto. Lo que sí encontró fue un artículo en la web de Vice. Trataba sobre jóvenes talentos literarios y decía que a sus diecinueve años ha publicado ya varios relatos en revistas de tirada nacional.

Pulsa el timbre, le toca esperar un rato. Son cinco minutos largos. Y cuando por fin abren la puerta le llama la atención lo feo que es el chico quetiene delante. Alto, desgarbado y con granos. Dientes apiñados, gafas gruesas y bigotillo incipiente. Con un pelo rizado indomable y la camisa de cuadros mal abotonada.

¿Sí? ¿Qué quiere? Se mueve lento, con desgana, como un adolescente dando el estirón. ¿Gavin Shattuck? Sí, soy yo, ¿qué pasa ahora? Elías duda. Esto, soy Elías Ibarra. Gavin está más dormido que despierto. ¿Elías qué? Elías Ibarra, ¿no te han llamado de la universidad para decirte que llegaba hoy? A mí no me ha llamado nadie.

Noestá hoy Elías para jugar a las adivinanzas. Busca en su chaqueta la carta de Columbia, pero no la encuentra. Pues deberían haberte llamado, porque soy tu compañero de piso. Entonces a Gavin le cambia la cara. Menuda sorpresa, no esperaba un compañero. Pasa y me lo cuentas. No, si en realidad tampoco hay mucho que contar.

La casa no tiene recibidor y entran directamente en el salón, separado de la cocina por una barra. Siéntate, que voy a hacer café. Elías deja las maletas en un rincón y Gavin va a la cocina, donde empieza a rebuscar en los armarios. Elías se sienta en el sofá con la mochila todavía puesta. No está mal la casa. Un poco impersonal, lo único, sin cuadros ni fotos ni adornos. Solo cosas tiradas.

Gavin se sienta junto a él. Perdona lo de antes, es que me lleva un rato despertarme de la siesta. ¡Pero quítate esto, hombre! Le ayuda a quitarse la mochila y la deja junto al sofá. Después le agarra fuerte del hombro. Y con la alegría de quien se acaba de reencontrar con un viejo amigo, le dice: ¡Compañero!

Tras hacer las presentaciones básicas, Gavin se alegra mucho cuando Elías le dice que él también está matriculado en el taller de Petrenko. Y después le sugiere que vaya instalándose mientras se termina de hacer el café. Le señala una de las tres puertas: Tu cuarto es ese. Hay algunos trastos, pero no te preocupes. Lo que te moleste lo tiras al suelo y ya pasaré luego a recogerlo.

La habitación no es muy grande, aunque tiene todo lo que Elías necesita. En cuanto quite los libros de encima de la cama, la ropa del escritorio y los abrigos del armario, quedará perfecta. Vuelve al salón y Gavin sigue en la cocina, hablando por teléfono. Pero en cuanto lo ve aparecer se despide cariñosamente de su interlocutor y cuelga.

Sentados frente a dos tazas de café, de repente Gavin parece recordar algo. Se escabulle a su habitación y aparece con un porro ya liado. ¿Fumas? Por favor, le responde Elías. Gavin lo enciende, le da un par de caladas rápidas y se lo pasa. Elías se recuesta en el sofá y aspira hondo. Por fin. Ya estoy en Columbia.

¡Ya estás en Columbia!

Entonces Gavin le pregunta por el vuelo. ¿Cuántas horas eran? Elías se piensa si decirle la verdad, pero al final decide no mentir. En realidad han sido dos horas. ¿Pero no venías de Europa? No, de Myrtle Beach. ¿En serio? Gavin echa la cabeza para atrás y abre mucho los ojos. ¿Has estado en Myrtle Beach? Pero si a mí me llevaban mucho de pequeño. Te estoy hablando de cuando tenía seis, siete, ocho años. Es que yo soy de un pueblecito de Virginia y Myrtle Beach no cae lejos. Se queda pensativo. Joder, Myrtle Beach… Pero enseguida vuelve en sí. ¿Y qué hacías tú en Myrtle Beach si se puede saber? Trabajaba en un parque de atracciones. ¡Claro, los parques de atracciones! Había un montón. Recuerdo uno de karts, uno acuático… Yo trabajaba en el Pavilion. Ah, pues ese no me suena.

No me importaría volver a Myrtle Beach, dice ahora Gavin con aire soñador. Para mí es como un paraíso perdido de la infancia, ¿sabes cómo te digo? Recuerdo el buen tiempo, ir en bañador por la calle…, la sensación de vacaciones. Jugar en la playa, comer en restaurantes de bufé libre o que se me hiciera de noche en un parque de atracciones. Era como si todo estuviera permitido.

Elías da un sorbo a su café aguado. Pues ahora te decepcionaría.

Ya me imagino. Demasiado hortera y masificado, ¿no? Sí, pero no solo eso. Es que hay ciertas zonas en las que es mejor no entrar. ¿En serio, en Myrtle Beach? No tenía ese recuerdo. Claro, porque tú como muy tarde a las doce estarías en la cama, mientras que a esa hora yo salía de trabajar. Y, como comprenderás, no me quedaba en el motel.

Pero ¿qué pasaba por las noches?

Bueno, en realidad los empleados teníamos nuestras propias fiestas y solo nos relacionábamos entre nosotros, nunca con locales ni turistas. Pero si alguna vez nos adentrábamos por casualidad en ciertas calles o íbamos a ciertos bares, veíamos cosas demasiado inquietantes.

¿Como qué cosas?

Elías le describe peleas con botellas rotas. Papel higiénico empapado en el suelo del baño. Olor a pis mezclado con pastillas desinfectantes. Palomitas viejas y pretzels rancios. Huevos duros y pepinillos encurtidos. Y le cuenta sobre gente que acaba de salir de la cárcel o que está a punto de entrar en ella. Parejas que discuten a gritos y golpes, y terminan follando en el baño. También sobre aquel niño que se pasaba las noches sentado en un taburete, esperando a que su padre terminara de emborracharse para poder volver a casa.

Gavin gesticula excitado. ¡Tío, ahí tienes material para un libro entero! Es como cuando Hunter S. Thompson se fue a las Vegas a pasar miedo y asco; o cuando David Foster Wallace se embarcó en un crucero y terminó llegando a la conclusión de que aquello no era tan divertido como decían.

A Elías no se le había ocurrido mirarlo de esa manera, la coartada intelectual dignifica todo lo que le pasó allí. Y le halagan las palabras de Gavin. Nota que su compañero le respeta, no como los niñatos del parque. Por eso se anima a hablarle de su libro.

En realidad yo no quiero escribir una novela sobre Myrtle Beach, ni tampoco sobre el parque de atracciones. Yo solo voy a escribir sobre un personaje que conocí allí: Mister Joe.

¿Mister Joe? ¿Y quién coño es ese? Suena como a personaje de La cabaña del tío Tom. Gavin pone voz profunda y finge leer: A pesar de recordar que no hacía tanto tiempo que él había sido uno de ellos, Mister Joe, el capataz de la hacienda, mantenía a raya a los esclavos con su látigo. Es que me parto. Pero ¿cómo era ese tal Mister Joe? Elías se lo piensa. Era alto… negro, calvo… y clavadito a Shrek.

Gavin no puede parar de reír y a Elías le gusta sentir su atención. Por eso le cuenta todo el repertorio de anécdotas. Le habla del día del empleado, cuando cerraron el parque al público y los trabajadores podían montarse en todas las atracciones que quisieran. Mister Joe se montó cuatro veces en el Mad Mouse y tres en la montaña rusa. Vomitó las tres veces. Fue una pena que se manchará el traje, porque ese día se había puesto elegante. Repartían los premios de empleado del mes y él todavía pensaba que tenía alguna posibilidad de ganar. Él, que acostumbraba a llegar tarde al trabajo, olvidaba las comandas y de vez en cuando se escabullía para echar siestas.

Gavin encuentra muy cómicas las historias de Elías y lo azuza. Para complacerle él le habla de cuando le tocaba trabajar en el puesto de funnel cakes.

Yo no sabía ni lo que era eso, ¿y tú? Claro, son unos dulces típicos de las ferias y los parques de atracciones. Pues por lo visto también les encantan a las mujeres negras de culo enorme y pésimos modales. ¿A que ese dato no lo conocías? Formaban como el noventa por ciento de mi clientela, un caso digno de estudio. Yo ni siquiera sabía qué pinta debía tener un funnel cake y ellas venga a decirme que no se comían aquello, que lo repitiera. Ahí, con su acento gangoso del sur de Carolina y el dedo índice levantado a modo de advertencia, moviendo la cabeza en círculos como tías chungas. A una tuve que hacerle tres y ninguno le gustó. Me dejó allí tirado con mis funnel cakes.

Gavin no puede parar de reír y de repente Elías se siente un idiota divirtiendo a su nuevo compañero de piso. Porque Gavin nunca habría trabajado en un parque de atracciones. Ni para documentarse. Gavin está en segundo de carrera y ya le han permitido asistir a un taller de posgrado. A Gavin han llegado a calificarlo como la voz de su generación. Mientras que él, a sus treinta y dos años, todavía no ha encontrado la suya propia.

Gavin se da cuenta de que Elías está molesto y cambia de tema. Le dice que tiene muchas ganas de que empiece el taller. Si se ha apuntado ha sido por Petrenko, lo admira mucho. Se ha leído todos sus libros, aunque su preferido es Hijos del Maidán. Es que después de aquello no ha vuelto a escribir nada tan bueno, le dice. Petrenko ya no es el que era.

Pues yo solo he leído Hijos del Maidán, miente Elías. ¿Y te gustó? Me encantó.

Gavin le da la razón y se levanta para coger un ejemplar de una pila de libros en el suelo. Después se lo da a Elías y vuelve a sentarse. Aunque no puede estarse quieto.

Es un libro increíble, le dice. Un cruce entre la mejor literatura y el mejor periodismo. Te hace sentir como si estuvieras entre los manifestantes, allí mismo, en la plaza de la Independencia. Gavin se remanga la camisa para enseñarle el brazo. Te lo estoy contando y se me pone la carne de gallina. Es que es un libro del que me gusta todo. ¿Cuál es tu parte preferida?

Elías hojea el libro y duda. Todo, también. No, eso no vale, le dice Gavin expectante, tienes que mojarte. Elías se lo piensa un poco. Es que son tantos los momentos… Aunque, si tuviera que quedarme con algo, elegiría las escenas en el Maidán. Por las atmósferas que recrea Petrenko, sobre todo. Sí, ¿verdad? Gavin ahora está de rodillas en el sofá. Sobre todo al principio, le dice. Es la parte más esperanzadora: la ilusión de la gente, convocándose unos a otros por Facebook; Petrenko con su hija y sus alumnos, delante de miles de personas, pidiendo pacíficamente la integración de Ucrania en Europa; los hombres de oración en primera línea, y los militares retirados protegiendo a la gente de los policías. Es como si lo estuviera viendo.

Sí, le responde Elías, ya sin cortarse. Petrenko lo cuenta todo de forma muy vívida.

Claro, claro, acuérdate si no de cuando intercala las anécdotas de su infancia. Cómo trataban siempre de anularle la identidad. Está claro que su rechazo a la autoridad le viene de ahí. De la cuidadora aquella que le perseguía con una avispa entre los dedos para picarle. ¡Y él solo tenía cinco años! Como dice en el libro, le mostraron el genuino rostro del sistema soviético.

Elías se ríe. Eran de lo más sádicas las cuidadoras.

Es un libro que te tiene en vilo hasta el final, continúa Gavin, ahora serio. Porque la gente nunca perdió las esperanzas de que el presidente Yanukóvich pactara con Europa. Pero, en vez de eso, él mandó a los berkut a la última marcha pacífica del Maidán al Parlamento. Cambiaron las balas de goma por munición real y aquello terminó convertido en una masacre. Aunque la gente no se iba, ¿te acuerdas? Gavin se golpea el pecho. Aquí hemos venido a morir,decían. Pero no sirvió de nada, porque al final el presidente consiguió escapar en su helicóptero a Rusia, donde Putin le dio asilo político.

Ya, el libro termina fatal, le dice Elías. Y Gavin se descojona. Que no, que no termina ahí. ¿No te acuerdas del último capítulo, cuando su mujer le abandona? Es verdad, le dice Elías dándose en la frente. Me había olvidado de ese capítulo, es que hace mucho que lo leí. ¡Pero cómo has podido olvidarlo! Si es el mejor. El modo en que Petrenko pasa de la tragedia colectiva a la suya personal. Cambia el tono, pero la energía sigue siendo la misma. Con su mujer diciéndole que después de lo ocurrido ya nunca podrá volver a mirarle a la cara.

Elías se aventura: claro, es que Petrenko se portó muy mal con ella.

Pero entonces Gavin hace una mueca de extrañeza. Acerca su rostro al de Elías y loexamina atentamente, como buscando alguna señal de impostura. Tú no te has leído el libro, ¿a qué no? Elías gira la cara avergonzado. No. Y empieza a rascarse la palma de la mano por encima de la venda hasta hacerse una herida. El escozor se impone sobre el alivio, pero él sigue rascándose.

Gavin parece más decepcionado que enfadado. Entonces ¿por qué me has mentido? No lo sé.

Pero sí lo sabe. Le miente por inseguridad, porque quiere que Gavin lo vea como un escritor de verdad. Y un escritor de verdad lo ha leído todo.

Bah, tranquilo, no pasa nada. Llévate este ejemplar a tu habitación, ya me lo devolverás cuando lo termines.

Se estira para desperezarse y se pone en pie. Después abre la ventana.

Levántate, que nos vamos. ¿A dónde? Quiero que conozcas a alguien. Pero ¿a quién? Gavin se finge indignado. A Jacqueline Dublanche, por supuesto. ¿Y quién es Jacqueline Dublanche? Dublaaaanche. Tienes que alargar la sílaba. Repite conmigo. Dublaaaanche. Elías lo intenta. Dublaaaanche. ¿Así? Muy bien. Jacqueline Dublanche es… cómo te diría... Ella tiene una cosa buena y una mala. La buena es que habla con todo el mundo y la mala, que habla con cualquiera.

3

En la calle Elías sigue avergonzado por haber mentido a Gavin. Pero este actúa como si no hubiera pasado nada y le explica que van a un local llamado La Planta. En realidad no tiene nombre, pero todos lo llaman así porque en su día fue la planta depuradora de aguas de North River.

Después de caminar una media hora Harlem arriba, llegan a una construcción de cemento flotante con tejado rojo, unida a la carretera por una pasarela de madera podrida. Hoy la marea está baja y la brisa del Hudson trae olor a basura. Antes de entrar, Gavin se detiene en seco y advierte a Elías de una cosa muy importante en lo relativo a Jacqueline Dublanche. Ella odia su nombre, así que nada de Jacqueline. Ni Jackie. Ni siquiera Mademoiselle Dublanche. Tienes que llamarle JD. Así de simple, JD.

Dentro huele a humedad y a Elías le llaman la atención las tuberías enormes que recorren el techo a lo largo del local. El bar no es muy grande, aunque al fondo tiene sitio para un escenario. En total serán unas siete u ocho mesas, con una barra larga a la derecha sin camarero a la vista. Tres chicas saludan a Gavin, que se acerca a su mesa. Elías le sigue y se pregunta cuál de las tres será Jacqueline Dublanche. Pero pronto descubre que ninguna cuando Gavin saluda a cada una de ellas por su nombre: Violet, Kim y Laquisha. Les sonríe mucho y hace bromas, aunque también se pone serio para preguntar por la salud del padre de Violet, la última relación de Kim y las asignaturas de Laquisha para este curso. Se despiden de ellas y Gavin le explica que son chicas de Barnard, mucho más simpáticas que las de Columbia, no se dan tantos aires.

Después se acercan a una mesa junto a la barra en la que un hombre de cuarenta y muchos, con gorra de surfista y brazos tatuados, explica algo a un par de chicas con pinta de estar aburriéndose. El tipo agita todo el rato el trapo que tiene en las manos. Y se levanta. Y se sienta. Y se vuelve a levantar. Entonces Elías se fija en las chicas. Le extrañaría que cualquiera de las dos se dignara a dirigirle la palabra, pues ha llegado de Myrtle Beach sintiéndose demasiado calvo y viejo.

Una de ellas saluda con la cabeza a Gavin y dedica a Elías una sonrisa acogedora. Lleva un moño alto y su mirada es curiosa y serena. La cara, redonda, morena y de rasgos suaves, con unos ojos enormes y cinco lunares estratégicamente repartidos por mejillas y cuello. La otra, una guapita canija y moderna con gafas, comenta que Chad les está explicando por qué han llegado tarde a Nueva York.

Recuerdo cuando vivía en Nueva Jersey, continúa el tal Chad. Entonces Manhattan era para nosotros un territorio muy muy lejano. Debía de tener unos quince años cuando vine por primera vez con mis amigos. Pagamos cinco dólares cada uno para coger el Path, bajamos en Penn Station, y cuando salimos a la calle nos topamos de frente con el Nueva York pre-Giuliani. Times Square todavía no se había convertido en Disneylandia y, en vez de musicales, había cines porno. Era la época de las raves, del Limelight, de los club kids. Una cosa loca, como un circo al aire libre. Esa vez no volví a casa. Ya me sentía en casa, durmiendo en Washington Square con un montón de críos como yo que hacían el gamberro por ahí.

¡Ay!, suspira la guapita. Los buenos viejos tiempos, ¿eh, Chad? Y Chad le tira el trapo a la cara. Será impertinente la mocosa. Pero ella lo esquiva. La otra chica se levanta, le da a Gavin un beso rápido en los labios y uno por mejilla a Elías. Hola, soy JD.

Mucha gente que no repara en los matices se apresuraría a tildar de gorda a JD. Pero ese es un término demasiado impreciso para Elías. Él más bien la ve grande. Alta, poderosa y contundente, como las mujeres que le gusta dibujar a Robert Crumb. De cuerpos rotundos, caderas generosas y piernas como columnas.

A pesar del jersey viejo y el chándal con manchas de pintura, JD resplandece. Vengo directa del estudio, se disculpa. Aunque hay algo en ella, en su forma de estar, de comportarse, que hace que la ropa vieja y sucia parezca un elemento extraño sobre su cuerpo.

La guapita sigue sentada. Cuando cruza la mirada con Elías lo observa seria y le saluda agitando la mano. Yo soy Alana, ¿y tú cuántos cursos has repetido? Gavin y JD se ríen, aunque esta le llama la atención a su amiga. ¡Alana, no seas maleducada! Después se dirige a Elías. Tranquilo, Alana es así, ya irás conociéndola. Pero a Elías no le hace ninguna gracia. ¿Qué coño les pasa a todos con su edad?

Entonces Chad les ofrece unas rayas. A nadie le apetecen. Pues más para mí, masculla él entre dientes antes de desaparecer tras la barra. Y JD advierte a sus amigos en tono confidencial: Chicos, si os gusta este garito aprovechad ahora que sigue abierto, porque me da la sensación de que Chad se lo está metiendo por la nariz. No, qué va, ¿en serio?, finge sorprenderse Gavin. Sí, sí, tengo un pálpito, le responde ella entre risas.

Gavin se ofrece a ir a la barra, cerveza para todos. Y cuando se va, Elías se da cuenta de que se ha quedado solo de pie, frente a Alana y JD. Voy a ayudar a Gavin, dice. Y ya lo ha alcanzado cuando oye gritar a Alana. ¡Que no mordemos! Gavin mira a Elías y sonríe.

Cuando vuelven con las bebidas, JD se ha quedado en camiseta de tirantes. Tiene un cuerpo firme y bien formado. Entonces Gavin pregunta a las chicas por el verano. Alana ha perdido el tiempo en el centro comercial y se ha emborrachado en el único bar de su pueblo con las pocas amigas que le quedan allí. Aunque por lo menos ha sacado fotos. Deprimida juventud americana, dice que se va a titular su próxima exposición. Y Elías no sabe si habla en serio o está siendo irónica. JD dice que ella se ha quedado en Nueva York. Tenía que trabajar, aunque ni loca habría vuelto a París con sus padres. Gavin le pregunta por la galería. Bien, mucho trabajo. El señor Branson es un amor. Me trata como si fuera su nieta. ¿Y tú? JD se dirige a Elías. ¿Qué has hecho este verano? Elías piensa en mentir, pero Gavin responde por él. ¡Ha estado en Myrtle Beach! ¿Has estado en Myrtle Beach?, pregunta Alana impresionada. Pero ¿qué es Myrtle Beach? JD no se entera de nada. Cuéntales, le anima Gavin, pero Elías dice que prefiere no hablar del tema. Bastante se han reído ya de él.

El silencio dura unos segundos de más y empieza a temer que el momento se vuelva raro. Pero entonces aparece una chica oriental muy seria que va directa hacia JD. Es tailandesa, vietnamita, camboyana, y le pregunta si puede hablar a solas con ella. Claro, le dice JD, y se van a otra mesa. Gavin y Alana se apresuran a cotillear. Pero ¿no había cortado con Khanai? Ya sabes cómo son estas dos: lo mismo se juran amor eterno que se odian a muerte.

JD vuelve y Gavin se levanta para ir al baño. Elías se ha quedado solo con las chicas. Él también tiene ganas de mear, pero no quiere que vuelvan a ridiculizarle. Entonces Alana le pregunta por la venda de la mano. Es por la dermatitis atópica, responde él, que la deja esperando a que diga algo más. Hasta que ella se cansa. Tú no eres muy hablador, ¿no? Déjale, le defiende JD. ¿No ves que acaba de llegar y no conoce a nadie? Él le agradece el gesto y después las chicas se ponen a hablar entre ellas como si estuvieran solas. Alana pregunta a JD por Khanai. Pero ¿a ti ella te gusta? Ya sabes que sí. Nos lo pasamos bien, pero yo ahora no quiero estar con nadie. Prefiero centrarme en las clases y en la galería.

4

Gavin vuelve del baño y se ofrece a ir por otra ronda, pero JD aparta su vaso vacío y dice que ella mejor se va a casa, que mañana tiene clase a primera hora. Es una optativa teórica, Arte y Feminismo. La cogió porque necesitaba los créditos y no quedaba otra cosa, pero ahora le da un poco de pereza.

¿Pereza por qué?, le pregunta Elías. Pues porque ya estoy un poco harta de cuánto se abusa hoy en día del adjetivo feminista. Se ha convertido en un gancho para vender más.Todo es feminista ahora, aunque no lo sea en absoluto. Además, no me apetece pasarme todo un trimestre viendo tías en pelotas.

¿Tías en pelotas?, le pregunta Gavin. ¿Cómo no me has avisado para apuntarme a esa clase?

JD ignora el comentario y continúa hablando. ¿Dónde pone que para hacer arte feminista haya que desnudarse? ¿No es esa otra forma de comerciar con el cuerpo? Venga ya, la desnudez no escandaliza a nadie hoy en día. Ni en el arte ni en ningún otro sitio. Hay demasiadas mujeres desnudas por todas partes.Pensad si no en todas esas obras supuestamente feministas que se hacen ahora con tías en bolas. Esas fotos, instalaciones, performances, o lo que sea. Solo con que un espectador se haga una paja al volver a casa, la artista habrá fracasado en su intento, porque quedará reducida a una mercancía sexual más.

Gavin y Alana se ríen.

¿Es verdad o no?, sigue diciendo JD. Después de siglos en los que el cuerpo de las mujeres ha sido definido por las fantasías de los hombres, a veces resulta complicado diferenciar una representación feminista de otra sexista.

¿Y quién da la clase?, pregunta Alana. Una tal Kora Gnutzberg. Pues no me suena. Por lo visto es una feminista radical que tuvo su cuarto de hora de fama hace más de cuarenta años, les explica JD a todos. Y, no sé por qué, me da que va a ser también una de esas que a la mínima enseñaban su felpudo setentero en nombre del arte.

Pero qué hablas tú de felpudos setenteros, le suelta Gavin. Si el tuyo parece el bosque de Sherwood, la Selva Negra. ¡Cállate! JD le arrea un puñetazo en el hombro. Se nota que está avergonzada, pero los dos se ríen.

Elías no sabe si Gavin habla en serio. Si habrá llegado a vérselo o es solo una de esas bromas que se gastan ahora los jóvenes. Él valora mucho el vello púbico, aunque ya no es fácil de encontrar. En el porno más comercial las actrices aparecen siempre depiladas y, según ha oído, cada vez son más las mujeres que les imitan. A Elías le puede la curiosidad e intenta fijarse en los sobacos de JD. Todo el mundo sabe que un sobaco peludo es la promesa de un arbusto entre las piernas. Pero ella tiene los brazos bajados y Elías no puede ver nada. Espera un rato hasta que JD termina levantándolos por fin para arreglarse el moño. Efectivamente. Tiene pelo ahí. Tanto o más que Patti Smith en la portada del Easter; o que las modelos en bikini al principio de La dolce vita. No unos pelillos cortos dejados crecer por descuido, sino una buena mata de la que sentirse orgullosa.

¿Qué miras? ¿Te gustan mis tatuajes? Elías baja la mirada a los brazos de JD y se fija en lo que parecen los dibujos a boli que se haría una adolescente aburrida en clase de Matemáticas: un cohete, un reloj en la muñeca, un barquito de papel, alguna estrella… Le dice que sí. Pues me los ha hecho Chad. Pero Chad responde con desgana desde la barra. Bah, los dibujitos los hizo ella. Yo solo tuve que copiarlos a una sola tinta. No tiene ningún mérito. Yo dibujo mucho mejor que eso.

Todos empiezan a levantarse y a ponerse jerséis y chaquetas, y Elías les pide que le esperen, que antes debe pasar por el baño. No tarda mucho, pero le cuesta encontrarlos al salir. Hace un barrido visual por el bar y comprueba que Gavin está sentado con las chicas de Barnard. ¿Y estas? ¿Quiénes, Violet, Kim y Laquisha? No, Alana y JD. Ah, se han ido ya. ¿Cómo que se han ido? Si os he dicho que me esperaseis. Pues yo no te he oído. Elías se resigna. Da igual, ¿vamos? Pero Gavin le dice que vaya tirando, que él se queda un rato más. A vosotras no os importa, ¿verdad, chicas?

En el camino de vuelta a casa Elías es consciente de que llama demasiado la atención. Para empezar, es el único blanco en la calle. Y su mirada fija en el móvil para seguir el recorrido propuesto por Google Maps lo delata como forastero. Es ya muy tarde, apenas hay luz y no ve gente. Solo a algún mendigo que se le acerca demasiado y a grupos de jóvenes ociosos que lo miran desafiantes desde las escaleras de algún portal. Se recuerda a sí mismo que está en Harlem y se asusta todavía más. Por mucho que la gentrificación haya empezado a cambiar el paisaje, aún sigue siendo Harlem. Y él siempre, desde pequeño, ha oído que Harlem es un barrio en el que no conviene adentrarse de noche. Se imagina toda suerte de horrores. Le atracan, le golpean, lo asesinan. Y maldice a Gavin por lo poco considerado que ha sido con él. Su primera noche en la ciudad y le deja tirado. Apáñatelas como puedas. Muy bonito.

En casa busca algo para cenar y lo más comestible que encuentra es una lata de raviolis. Nunca ha soportado la pasta en lata, pero se los come. Bien camuflados, eso sí, bajo una montaña de queso ligeramente enmohecido. A Elías le apetece charlar un rato con Gavin antes de acostarse, y para hacer tiempo enciende la tele. Se engancha a una película ya empezada, después ve un capítulo entero de una comedia estúpida y se traga medio debate político. Suficiente. Ya hablará mañana con Gavin.

Le cuesta dormirse. Su atención salta de pensamiento en pensamiento como una pulga. Hasta que se detiene en uno: Jacqueline Dublanche. Su imagen permanece en la cabeza de Elías más tiempo del prudencial. Y para intentar olvidarla, se masturba pensando en ella. Después se duerme. Y sueña.

Está en el parque de caravanas de Sunnyside, a las afueras de la ciudad. Es ya pasada la medianoche, pero los niños de Juniper alborotan todavía en su parcela. Sucios, descalzos y con la cara llena de mocos, juegan a tirarse una rana muerta y disparan a latas de cerveza con una escopeta de aire comprimido. Elías toca la puerta de la caravana y no le responde nadie. Entonces se acerca al ventanuco para ver si Randy está dentro. Pero a quien ve es a su hermana Juniper, sentada sobre uno de los camastros. Impecable, como siempre, con su estilo Peggy Sue de los cincuenta. No puede verle bien la cara porque está de espaldas, pero parece que llora. Elías se sobresalta cuando la puerta se abre de un golpe y Randy sale de su caravana seguido de un perro sarnoso. Lo saluda con su frase de siempre: ¿Qué quieres, bastardo? Es él. Seguro que es Randy. Los mismos pantalones de camuflaje y la misma camiseta de los Gamecocks de Myrtle Beach. La misma serpiente tatuada en el cuello y el mismo peinado mullet, corto por arriba y largo por detrás. Hacen el intercambio y Elías tiene ya prisa por irse, pero Randy le pide que lo acompañe detrás, quiere enseñarle algo. Cuando llegan se agacha y de debajo de la caravana coge un bulto envuelto en un pañuelo. He pensado que podría interesarte, te la dejo barata. Randy desenvuelve el pañuelo y deja al descubierto una navaja manchada de sangre. Entonces Elías le mira a la cara y comprueba que no es Randy. Se le parece mucho, pero no es él.

5

Hace tiempo que no se despertaba con tanta energía. Con la misma impaciencia por empezar un nuevo día que de muy pequeño, en días de Reyes o de excursión con el colegio.

Salta de la cama y corre las cortinas. La mañana en Morningside Heights es tan luminosa como su estado de ánimo y siente que lo tiene todo por estrenar: el curso, el campus, el barrio. Sale de la habitación y el salón está como lo dejaron ayer. Sobre la mesa, las dos tazas con restos de café reseco y el cenicero lleno de colillas. Elías se pone un poco triste, pero enseguida lo recoge todo y vuelve a brotarle el buen humor. Hasta ahora no se había fijado en que la puerta de Gavin está abierta. Parece que no ha dormido en casa, pero eso a Elías ya le da igual. Hoy es el primer día de curso y quiere aprovecharlo al máximo. Precisamente empieza sacando de su cuarto todas las cosas de Gavin y dejándoselas en el suyo. Después vacía las maletas. Y, ya instalado, es el momento de ducharse. Aunque antes comprueba que su mano está mucho mejor y se quita la venda. De momento no va a necesitarla.

Morningside Heights es exactamente como decía el folleto. Hoy los locales están todos abiertos y los vecinos se han echado a la calle: estudiantes que caminan apresurados con un café en la mano; la pareja de lesbianas que pasea a un goldenretriever; o ese hombre con pinta de intelectual que lee sentado en una terraza. A Elías le encanta formar parte de la rutina del barrio: el mercado de los granjeros, las cafeterías, los puestos callejeros de libros…, todo destila una tranquilidad activa, nada complaciente, que le cautiva.

Para desayunar elige el Max Caffé, al final de su calle. Un lugar agradable, de decoración rústica y muebles desparejados. No hay muchas mesas ocupadas, pero la camarera se encuentra atareada preparando cafés. Elías se sienta a la barra, coge el New York Times y lo hojea un rato mientras espera a que le atienda. Tú dirás. Es una chica joven y sonriente. Elías le pide un café y mira la pizarra. ¿Me pones también una tostada con mermelada de ruibarbos?

Mientras prepara el desayuno, la chica le pregunta si es nuevo en el barrio. Elías asiente con la cabeza. ¿Estudiante o profesor? Voy a empezar un posgrado de escritura. O sea que eres escritor… Sí, responde él sin complejos. Pues entonces te va a encantar MoHi. ¿Perdón? MoHi, repite ella con naturalidad. Es la abreviatura de Morningside Heights. Aquí todos lo llamamos así. Ah, pues no lo sabía. Sí, sí, yo creo que aquí vas a estar en tu elemento. Dicen que este es el barrio con mayor concentración de intelectuales por metro cuadrado de todo el país. Mira si no a esos de ahí. La chica señala a las mesas del fondo, donde varias personas teclean concentradas en sus portátiles. Te apuesto lo que quieras a que todos ellos están escribiendo su primer libro. La gran novela americana del siglo veintiuno, nada menos.

Pero Elías no se identifica con esos chicos. Ellos son solo estudiantes de letras intentando parecer escritores, con sus Macs y su pose, mientras que él es un escritor serio, escogido personalmente por Maximiliam Petrenko. Y los escritores serios no escriben en cafeterías.

La camarera le sirve el desayuno y él deja el periódico en su sitio. Después ella le explica qué es lo que se espera de todo recién llegado al barrio: que se emborrache al menos una vez en el café Amsterdam, que recite un poema malo en el Postscrypt… Ah, y que se deje ver leyendo en la pastelería húngara. Aunque te advierto que sus pasteles están muy sobrevalorados.

Después de desayunar Elías va al campus. Necesita coger algunos libros. Faulkner, McCullers, O’Connor. Todavía no tiene muy claro cómo mostrar en su novela la auténtica idiosincrasia sureña y piensa que leer a estos autores podría ayudarle a encontrar la atmósfera perfecta para su libro.

La biblioteca Butler intimida. Con sus catorce columnas mastodónticas y los nombres de los más grandes pensadores grabados en la fachada. Virgilio, Homero, Platón… La sensación de enormidad continúa en el interior. Parece como si nada hubiera cambiado desde que se construyó hace más de cien años. Elías mira hacia arriba y no ve más que balcones repletos de estanterías con libros. Se respira un sosiego tan profundo que lo induce a uno al abandono.

Primero va al mostrador para formalizar su inscripción y después se pierde por las nueve plantas del edificio neoclásico. El silencio lo sobrecoge. Como si se encontrara en un lugar sagrado, rodeado de todos los grandes saberes de la humanidad. Llega a la inabarcable sección de narrativa y va directo en busca de los autores que ya tiene en mente. Coge tres libros y sube hasta el cuarto piso, donde entra a una de las salas de estudio. Allí la luz es más tenue, aunque las mesas corridas disponen de una lamparita para cada estudiante. Elías deja los tres libros sobre la mesa y decide empezar por Carson McCullers. El corazón es un cazador solitario, se titula el libro que está a punto de abrir.

El primer capítulo trata sobre dos mudos que comparten piso y solo se separan para ir a trabajar, a pesar de que no pueden ser más distintos entre sí. Uno es un griego gordo, tonto y soñador que trabaja en la frutería de su primo; y el otro, un tipo delgado y espabilado con buen carácter, empleado como grabador en una joyería. Se ve un poco su rutina diaria. Todas las tardes el flaco va a buscar a su amigo a la frutería y vuelven a casa caminando muy despacito bajo un sol abrasador. Después suelen jugar al ajedrez. El flaco le enseña al gordo, pero siempre termina perdiendo la paciencia y necesita echar un trago de la botella que esconde bajo la mesa.

No tiene mala pinta el libro, pero a Elías empieza a entrarle un poco de hambre.

En el comedor del campus pide el plato del día: chuletas de cerdo con guarnición de verduras. Baratísimo, a pesar de que no ha comido así de bien en dos meses. Después, antes de ir a casa, pasa por un supermercado para comprar algunos productos básicos. Y cuando llega al piso se encuentra a Gavin en el sofá, con el portátil en su regazo.

Se sienta a su lado y comprueba que está en Booking, leyendo críticas de hoteles. No sabía que te ibas de viaje. Y no me voy, ¿por qué lo dices? Hombre… Elías le señala la pantalla. Ah, ¿esto? Gavin se reacomoda en el sofá. Es que, aunque no lo parezca, estoy trabajando. Yo siempre tengo los sentidos alerta, porque nunca sé de dónde me van a venir las ideas. Doy paseos en metro, quedo con amigos, me pierdo en internet, veo documentales o leo. Historia, biografías y ensayos, sobre todo. Casi nunca ficción.

A Gavin le interesa todo. Quiere conocer otros lugares, otras personas, otros seres. Y dice que para eso no necesita el filtro de la literatura. Es más, le estorba. Prefiere obtener la información en crudo. Después deja que el efecto del tiempo y las experiencias hagan madurar las historias en su cabeza. Y solo cuando considera que están listas, se sienta a escribirlas del tirón. Esto nunca suele llevarle más de dos horas, pero son dos horas de concentración plena.

Le señala la pantalla del portátil.

Sin ir más lejos, he descubierto un territorio inexplorado en los comentarios de este tipo de páginas. ¿Tú sabes la de cosas que cuenta la gente en sus críticas? Les encanta comentarlo todo. Antes he leído en Tripadvisor una sobre un restaurante senegalés que podría publicarse tal cual como relato. Espera, que la busco y te la leo.

Mira, aquí está: