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La historia mapuche y mestiza se hace imagen y poesía, configurando un despliegue de voces y escrituras en las que se cruzan los cantos y relatos ancestrales, la crónica, el testimonio y el relevamiento de fuentes documentales.
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Seitenzahl: 143
Veröffentlichungsjahr: 2020
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© LOM ediciones Primera edición, 2012 ISBN: 978-956-00-0394-2 eISBN:9789560012753 RPI: 224.981 Motivo de portada: Longko Williche. Fotografía atribuida a Hugo Rasmussen, 1908. Archivo fotográfico, Sección Antropológica. Museo Nacional de Historia Natural, Santiago de Chile. Tomado del libro En los confines de Trengtreng y Kaikai, LOM ediciones, 1994. Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
A Elsa Maribel (el amor, el tiempo, la patria nómada). A Mariel, Guillermo y Sebastián (los hijos que sostienen mi palabra). A Matilde Huenún (nutricia raíz nonagenaria). A René y María Luisa (los padres atizando la memoria). A Mauricio, Eugenia y Margarita (fraternos en la Ciudad de las Sirenas). A Daniel, Francisca, Cristina, Marina, Luisa, Juanita y Mónica (sembrando en la Gran Tierra del Sur). A Roberta Bacic (indeleble en la amistad sagrada).
¿Cheú kam ta tuquimn pú peñi? ¿Cheu kam ta tuquimn pú peñi? Mari, mari ulmn ulmn ema, Tiva Senañ Saweñ kawiñ Tiva Senañ tami llahuiñ. Tivu naqeai tamn koSaq em. Dladkiaimi tivu tañi mapu. ¿Dónde habéis estado, hermanos? ¿Dónde habéis estado, hermanos? Buenos días, señores ricos, este es mi lugar floreciente, estos son mis frutos. Aquí caerán vuestros cantos. Te entristecerás aquí en mi tierra.
(Collag de Elías Necul, 1887)
qué me dices, Salazar, cómo te explico sus albricias
(Jaime Huenún)
Quien suba hasta lo alto de la colina en la que se emplazan las instalaciones de la Misión de Quilacahuin, en la provincia de Osorno, sur de Chile, y dirija su mirada en dirección suroeste, verá el imponente río Rahue allá abajo hasta donde se pierde la mirada. En días tranquilos, cual lenta serpiente de azogue, el río se desplaza hacia el Pacífico partiendo en dos mitades las fértiles vegas del valle de Quilacahuin. Pero el Rahue no siempre es manso. Las copiosas lluvias invernales del sur chileno lo vuelven un animal feroz, turbio, enrabiado, tanto que a menudo no cabe en su cauce e inunda los terrenos aledaños reiterando un viejo gesto natural que, a primera vista, parece catastrófico, pero que no es sino el trabajo entrelazado –una “ceremonia de amor”– de la tierra acogedora unida a las “aguas potras”, como diría nuestro poeta Huenún. Los vivientes de esos lugares, conocedores de los cambios de humor de las estaciones, construyen casas –muy modestas en la mayoría– cuyo primer piso es una especie de bodega o corral inundable, al tiempo que la vida familiar acontece en lo que sería el segundo piso al que se accede por escaleras exteriores.
Quilacahuin, cuya fama por los territorios de Osorno se debe a que produce legumbres singularmente tiernas y sabrosas (las lentejas de Quilacahuin son una delicia completa), es una tierra bella, pero de contrastes brutales: la imponente misión de Quilacahuin, con su templo católico, su colegio, su consultorio médico, sus dependencias para visitantes y turistas, construidas en lo alto de una colina desde la que se domina el amplio valle así como una no menor extensión de la cordillera de la costa osornina, recuerda demasiado de cerca el viejo castillo feudal europeo, vigilante, omnipresente, esa especie de lugar temible en el que moraba el Señor, quien, desde una suerte de panóptico poderoso, controlaba y vigilaba a los siervos de allá abajo.
Huenún Villa proviene de la clase de los “siervos”. Me refiero a quienes viven de lo poco que (les) va quedando después de largos y crueles despojos de tierra, de memoria y lengua; despojos que vienen desde el siglo XVI pero que, para el caso mapuche-huilliche, como Huenún lo consigna en su libro, adquirieron características de genocidio cultural a partir de mediados del siglo XIX. Migraciones forzadas del campo a la ciudad (a los baldíos de la ciudad, habría que decir); asesinatos y aun masacres (v. g., la de Forrahue en 1912 documentada en Reducciones); niñas y niños tempranamente obligados a trabajar como sirvientes en las casas y haciendas de las élites económicas de la República, o arrancados del seno familiar e internados en escuelas católicas donde los disciplinaban para la desmemoria (como le ocurrió a Matilde Huenún Huenún); tristes orfandades comunitarias de dioses y padres reducidos a hilachas; exilios en la propia tierra de pronto ocupada por extraños; ruka reducida a rancha o a barracón municipal o a callampa urbana en barrios que no son barrios:2 de esto habla el libro Reducciones. Y habla de esto porque el libro es, por sobre todo, un documento de barbarie escrito con los materiales que conforman la obliterada historia del sistemático exterminio de la cultura indígena en los territorios Sur Patagonia del continente; alegato sostenido contra la vergüenza colonial y republicana que las agencias oficiales del Estado chileno que tratan con la memoria nacional velan lo suficiente como para que los indígenas de antaño no pasen de ser héroes ficcionalizados de una historia más o menos remota. Y para que los de hoy no sean vistos más que como agitadores resentidos, en potencia o en acto, a los que hay que reprimir, dividir o eventualmente comprar con prebendas, dinero o promesas de algún deslumbrante desarrollo cuya plusvalía no va a parar precisamente a las comunidades originarias.
Sin embargo, y contra la laminación forzada de la cultura aborigen, la memoria radical mapuche y mapuche-huilliche, cual porfiada corriente en el subsuelo de la nación chilena, ha sobrevivido contra viento y marea. Y aún más: en los últimos años se ha fortalecido, dando paso a un proceso de reetnización cuyos alcances están todavía por verse. Como fuere, el reclamo por reconocimiento cultural viene, de un tiempo a esta parte, brotando incontenible por las fisuras de una sociedad olvidadiza pero que, por emergencia incontrarrestable de nuevas realidades socioculturales, poco a poco ha ido aceptando su naturaleza pluricultural e historizando más y mejor su pasado, proceso en el que la poesía de las memorias culturales ha venido cumpliendo, dicho sea de paso, un rol nada despreciable.
Pero si Reducciones se redujera (valga la aliteración) a un recuento de tropelías y estropicios cometidos contra los mapuche y mapuche-huilliche a lo largo de cinco siglos, sí que sería una poesía reducida: reducidaa lamento, a victimización invasora y paralizante de la subjetividad. Y la consecuencia sería un peligroso adelgazamiento del espesor semiótico de una historia de colonialismo que ha devenido daño identitario ¡qué duda cabe! para los pueblos indígenas. Pero, tal como Huenún certeramente lo tematiza en su libro, esta misma historia ha dado paso a la emergencia de nuevas identidades que toman la forma de mestizajes múltiples, dinámicos, subversivos, dolorosos a veces. Nuevas identidades surgidas, en última instancia, de la necesidad de sobrevivir y que, por lo mismo, se tornan estratégicamente funcionales a la diversidad cultural-política que entra en juego a la hora de negociar con (y ser parte de) la modernidad nacional-global.
Huenún, atento al romanceo de muertos y vivos, registra la porfiada persistencia de voces que parecían apagadas hace tiempo, pero que, en rigor, subsisten y crecen en cada hueso mondo en los cementerios del tiempo y los lugares –tanto en cementerios que tienen tumbas como en aquellos hechos solo de tierra y aire– , voces que están ahí murmurando en las raíces invisibles de los canelos talados y en los pocos que aún quedan en las cordilleras de Chile, que hablan a través de las letras tristes de las rancheras mexicanas cantadas a tono de alcohol pendenciero y lluvia; en fin, voces que se hacen notar en viejos archivos de bibliotecas y museos que describen a los indios como raras excrecencias del género humano (a veces ni siquiera alcanzan a entrar en el rango de los humanos), descripciones que, por su misma incapacidad de salir del excluyente etnocentrismo del “civilizado”, documentan la barbarie blanca que se manifiesta en un sofisticado y perverso uso de la razón cognoscente disfrazada no obstante de ciencia objetiva; algo que viene a remachar una incapacidad de base de la así llamada cultura “occidental-cristiana” para empatizar con la otredad radical.
Tal polifonía torna a Reducciones en un vasto y persistente relato de resistencia. Mas también lo es de capitulaciones, de derrotas, de nomadías a la tierra hollada de la que crecen palabras igualmente holladas, llenas de remiendos. El libro se nos propone, pues, como un mosaico de voces y sujetos, subalternos los más, que hablan un español salpicado con los retazos de un idioma originario ya perdido; un hablar entonces en una especie de lengua entre –lengua escorada, la llamará Rodrigo Rojas–3, lengua champurria, la llamará el propio Huenún, que se arma con pedazos, que no siempre calzan, de este mundo y del otro: léase lengua de Castilla y lengua de la Futahuillimapu –grandes tierras del sur–, pero asimismo mezcla de cosas de la tierra de abajo y de arriba, de la mirada y de la visión: lengua, pues, trabada por los cruces y asimetrías culturales. Todo esto configura una textualidad que registra pulsiones que se encaminan tanto a lo que podríamos llamar la desetnización como a la reetnización de los sujetos, movimientos que a la vez se oponen y se complementan de maneras asimétricas en tanto responden a cambiantes estrategias de sobrevivencia subalterna que implica tanto capitulaciones como insubordinaciones identitarias según momento y lugar. El resultado es una heterogeneidad cultural (y psíquica) siempre en proceso, plástica ante la mutabilidad constante de las relaciones de poder y de la eficacia de los modelos inter e intraculturales. No por nada la cultura mapuche-huilliche, muy mestizada a estas alturas de la historia por cierto, ha producido y está produciendo poetas modernos, como Huenún mismo,4 que pueden, según necesidades de representación discursiva, entrar y salir (digámoslo así) de las estéticas que circulan en localías “premodernas”, populares, periféricas, bárbaras diría Faustino Sarmiento, así como de la sofisticada modernidad estética de cuño urbano y primermundista, modernidad esta en la que el componente étnico y territorial periférico no instituye (o lo hace muy excepcionalmente) poéticas de la memoria recuperativa.
Si bien Reducciones se inaugura con la sección “Entrada a Chauracahuin” (topónimo indígena que designa lo que hoy es la ciudad de Osorno y sus alrededores), visto el libro desde la perspectiva que el propio título del volumen sugiere, tal “entrada” denota la imposibilidad de entrar a un Chauracahuin pleno, no reducido a residuos de un pasado que sobrevive a pedazos. Chauracahuin dejó de ser el de antes a partir del momento en que los españoles, en el siglo XVIII, lo pusieron al fin bajo la égida de la Corona y más tarde, en el siglo XIX, los chilenos y los colonos alemanes y sus descendientes, con las respectivas franquicias del Estado-nación de entonces, lo hicieron suyo y lo transformaron en unidad productiva a expensas, claro, del desalojo de los habitantes originarios y del consecuente empobrecimiento de estos5. El Chauracahuin que la poesía de Huenún puede rememorar es una mezcla mestizada de memoria, imaginación y deseo de sutura de las heridas históricas que en su momento provocó, y aún provoca, la violencia colonial; heridas que si no se las visibiliza y reconoce como constitutivas de la sociedad chilena, identificando a los agentes que las han infringido y a sus víctimas, pero igualmente evidenciando los discursos que las revelan, las encubren, las naturalizan desde diversas orillas etnoculturales, se vuelven dramáticamente dañinas para los tránsitos dialógicos entre culturas. Reducciones, podríamos decir, es un libro escrito contra aquellas perversas formas de relaciones interculturales que, con la excusa del respeto a la diferencia o a la diversidad cultural, estimulan subrepticiamente la exclusión o la discriminación perpetuando vergonzosas injusticias como si estas fuesen parte de la “normalidad” social.
La ficción poética, llevada a la tarea de tener que lidiar con la realidad “fuerte” de las materialidades históricas efectivamente acontecidas, pareciera ser una palabra “débil” que se refugia en el tranquilo remanso de las metáforas y que no hace sino evocar sombras (“cantos de sombra”, diríamos en palabras de Léopold Sédar Senghor, poeta que cantó su África en un francés expropiado a los amos blancos).6 La poesía, si se la mide con la vara de la acción efectivamente transformadora de la realidad, parece “una historia de locos”, como bien dice Cisneros –el poeta, que no el cardenal–; pero, como el propio poeta peruano acota, es con la poesía que se formulan las “inmensas preguntas celestes”.7 Así, al evocar esas sombras-voces de ayer y hoy, la poesía de Huenún recupera huellas de lo vivido, denuncia acciones injustas que han quedado silenciadas en los recodos de la historia, construye discursivamente propuestas de sujetos que nos interpelan a que nos sacudamos de las asfixiantes categorizaciones con que la ciencia blanca (léase historia, antropología, fisiología humana incluso; cf. sección “Cuatro cantos funerarios”, los que, paradójicamente, no son cantos sino informes que “cantan”/denotan más la muerte de la cultura blanca europea incapaz de tratar con su otredad) clasifica y califica las sociedades e individuos según presuntos grados de civilización, escala en la que los sujetos indígenas llevan siempre la peor parte. La palabra “débil” se hace entonces “fuerte” y desafiante.
Nos hallamos, pues, ante una poesía que viaja a contracorriente por el río turbio de la historia hurgando en los residuos y sedimentos que yacen invisibilizados en su lecho. Río que en Reducciones se corporiza en el Rahue, que divide Osorno en dos mitades étnicas socialmente desiguales y que fluye, aguas abajo, por la vegas de Quilacahuin. Río Rahue que Huenún, mediante el poder evocador y constructor de mundos que detenta la palabra poética, pondrá patas arriba para que se vuelvan a oír los gritos de los antiguos boteros: los Manquilef, los Rauque, los Huenteo, los Huisca, los Huenún… y los cantos de las bandurrias contribuyan a la poesía trayendo de vuelta la sombra benefactora de los ancestros del poeta cuando estos, llamados por las nubes de la vida y la muerte, subían los repechos de su tiempo. La fuerza de una poesía como la de Reducciones no pasa por la defensa de una determinada doctrina que modele una cierta acción política de “intervención rápida” cuyos efectos podrían ser inmediatos y mensurables; su eficacia, si se puede así decir, viene del hecho de ser un discurso que trabaja a favor del fortalecimiento de subjetividades arrojadas a la intemperie de un mestizaje que se vive como experiencia de deterioro o pérdida de una identidad pasada de alcances colectivos. Y tal fortalecimiento del sí mismo8 –o arropamiento de la subjetividad, sería mejor decir–, acontece en la medida en que la poesía dota a los sujetos de una memoria de liberación que transmuta la tragedia en ceremonia de amor y vida al otorgar carta de ciudadanía a todos los cantos: los fúnebres; los que transmiten la serena contemplación de una muchacha que baila y se pierde tras el polvo que levantan los pies de los danzantes; los que recrean/rememoran los lugares sagrados que la naturaleza cobija en los bosques, el mar, los ríos; los que denuncian o atestiguan la colonización de la mente y las palabras; los que relatan experiencias autobiográficas del poeta y que son cruciales para que su palabra cobre su cuota de realidad cotidiana tanto como su cuota de visión metafísica: el pewma (sueño visionario) que pone al poeta vidente indígena en concomitancia con el poeta vidente moderno –Rimbaud, por ejemplo– a la hora de leer los signos numinosos de las cosas; en fin, los cantos que interpelan a los agentes constructores profesionales de narrativas históricas (al historiador Gabriel Salazar, por ejemplo).
En este libro, como ya sugerí, el concepto de “reducción” aparece vaciado de su acepción de empequeñecimiento en el sentido negativo del término. Y a la inversa: se llena de una significación afirmativa que connota la ampliación del cronotopos Chauracahuin a la condición de metonimia del mestizaje latinoamericano y, en rigor, de cualquier mestizaje acontecido como resultado de violencia colonial institucionalizada y sostenida en el tiempo. Entrar a Chauracahuin no es simplemente revisitar y dar cuenta de un lugar o de un paisaje realmente existente, Osorno en este caso; es, por sobre todo, asomarse a la tragedia de la historia y hacer de ella y con ella una poesía que atestigüe la trashumancia, las traducciones y mutaciones identitarias de quienes hasta ahora han sido los perdedores de la modernidad latinoamericana. Huenún hace de las “reducciones” históricas puntos de encuentro y confluencias de memorias y lenguajes varios que, en su conjunto y siempre en permanente reconfiguración, constituyen e instituyen los lugares poéticos de la vida que son, al mismo tiempo y por complemento, los de la muerte; los lugares de los sueños visionarios y de la mirada cotidiana de lo que está ahí; lugares que hacen las palabras con las que se sostiene el interminable nütram de la poesía y de la vida: la champurria de los condenados de la tierra.
No se vea, pues, como un mero recurso retórico haber optado por la multiplicidad de voces a la hora de conformar la textura discursiva de Reducciones. La (re)construcción de una “narrativa” mestiza que haga justicia a los ancestros literarios de Huenún, a las genealogías de su lengua poética, toma la forma de una trama textual de varia lección: el texto documental, cronístico; el relato autobiográfico y testimonial; el poema en verso libre que asume con frecuencia un tono versicular; el epigrama que evoca una escena lírica particular que recuerda el haiku japonés y que retrata una acotada interacción entre el yo hablante y la naturaleza (ver la sección “Envíos”); fotografías de archivos familiares e históricos; fragmentos de cantos indígenas tradicionales; textos “científicos” de antropólogos, fisiólogos y anatomistas europeos decimonónicos; reescrituras de crónicas hispánicas coloniales que conservan su español arcaico así como textos que evocan la lengua de Castilla hablada en clave de un mapudungun triturado por la maquinaria de la colonización; todo ello, y más, conforma una polifonía que permite un constante y productivo desplazamiento por los territorios de la memoria y la imaginación insubordinadas.
