Reflexiones de/para un director - Miquel Navarro - E-Book

Reflexiones de/para un director E-Book

Miquel Navarro

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Beschreibung

Ser director o directora de un centro docente implica, especialmente en la actualidad, una actividad profesional compleja y verdaderamente difícil. El autor, partiendo de su propia experiencia y de la de numerosos colegas, y a trvés de casos y actuaciones concretas, ofrece una visión profunda y distinta de la tarea directiva, impregnándola de realismo, humanismo, creatividad, sentido común e indudable esperanza.

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Seitenzahl: 197

Veröffentlichungsjahr: 2020

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A mi esposa, Carme, por la receptividady buen ánimo con que siempre ha acogidomis confidencias de director

Índice

PRÓLOGO

PRESENTACIÓN

1. RASGOS PERSONALES

Autoridad

Relaciones humanas

Excelencia

Delegar

Exigencia

Carisma

Saber esperar

Estima del centro

Eficacia

Serenidad

Escuela o empresa

Las ideas del director

Común denominador

Mundología

Psicología

2. LA DIRECCIÓN Y SUS PROBLEMAS

Lo más importante

Objetivos colegiales

Indicadores de calidad

Objetivos secretos

Tiempo

Trabajo

Autoformación

Directores frustrados

Preocupaciones

La soledad del director

Cuando se deja el cargo

3. TERAPIA

Higiene mental

Media botella llena

La familia del director y las otras familias

El cargo en la cabeza

4. ACCIÓN TUTORIAL Y VALORES

Tutoría y tutores

Tutoría y alumnos

Tutoría y familias

Los alumnos malos

Alumnos con necesidades educativas especiales

Actualización docente

Formación del criterio

Amistad

Detalles materiales

Sobriedad

Universalidad

Colegios de chicas/colegios de chicos

Proyección social

5. RELACION CON LAS FAMILIAS

Las familias nuevas

Familias problemáticas

Reuniones de padres y madres

Padres y madres

Prólogo

El lector tiene ante sí un libro basado en la experiencia del autor como director de centros educativos y en las experiencias de diferentes directores y directoras. Son experiencias referidas sobriamente por Miquel Navarro, a propósito de los distintos temas tratados, en las páginas que siguen, en relación estrecha con el proceso directivo de centros escolares.

Ser directora o director de un centro docente implica una actividad profesional compleja y verdaderamente difícil, como saben muy bien quienes han ejercido o ejercen ese trabajo directivo. O, como intuyen, a veces, quienes colaboran o se relacionan con ellos.

Además, carecen del apoyo de libros escritos por quienes pueden contar sus personales modos de enfrentarse con los grandes y los pequeños problemas de la dirección de instituciones educativas; su estilo personal de dirigir participativamente por objetivos, en la diversidad de personas, de circunstancias y de relaciones interpersonales de sus centros escolares, etc.

Por eso, cuando por mi actividad relacionada con el perfeccionamiento profesional de directivos de centros educativos he tenido ocasión de conocer a directores o directoras con una actuación eficiente, destacada, a lo largo de años, les he sugerido que escriban algo así como «memorias de un director» o «memorias de una directora.»

Esta misma sugerencia le hice al autor de este libro, durante una mañana de trabajo, en Lleida, hace tiempo. Pasados algunos años, me sorprende gratamente con el envío de una copia de este libro —antes de editarse, naturalmente—, y el ruego de que escriba su prólogo.

He leído, despacio, las páginas de este libro. Constituyen unas memorias muy originales, porque no habla de sí mismo ni de lo que hizo y cómo lo hizo en los años que fue director de un colegio. Pero su experiencia como director le permite relacionar —por lo menos, lo facilita— las experiencias de otras personas también dedicadas a la dirección de instituciones educativas. Y, entre líneas, se captan sus confidencias de director.

He tenido la impresión de estar leyendo retazos de las memorias no escritas de muchos directores y directoras, retazos incluidos a título de ejemplos respecto de los diferentes temas estructurados en un índice también original.

En sus capítulos se abordan: rasgos personales o características del director, empezando por su autoridad; lo más importante de la dirección; los problemas, centrados en las frustraciones, las preocupaciones y la soledad del director; la terapia, destacando, en primer lugar, la higiene mental y el optimismo; los valores, poniendo especial énfasis en el valor de la amistad y en la formación de criterio; la acción tutorial como un valioso vehículo en la formación de los alumnos y sus familias; las familias, —con una especial atención a los padres nuevos y a los problemáticos—, los últimos apartados se refieren a los valores.

A primera vista, parece un breve tratado sobre cuestiones importantes de la dirección de centros escolares. Pero es mucho más.

El autor toma como referencia estas cuestiones para llenar de vida las páginas de su libro. La vida cotidiana en el ejercicio de un trabajo directivo, realizado con profesionalidad por directores muy diferentes. Un trabajo en el que Mariano, Pablo, Raúl, Julián, Elvira, Virginia, Zacarías, Salomé, Rodolfo, María Eugenia, Rosalinda, Sergio, Sava, Sofía, Fabiola, Florencio, Lourdes, Victorino, Atanasia, Aurelia, Abel, Alejo, Adalberto, Andrea, Amelia, Davinia, Constancio, Cristina, Pilar, Carmen, Eusebio, Jorge —por citar algunos de los nombres de directores y directoras que aparecen en las siguientes páginas, justo cuando necesitamos un ejemplo de actuación directiva— muestran lo que hicieron, en ese caso, y cuáles fueron las consecuencias; cómo dio buen resultado con los alumnos pequeños, pero no así con los mayores, etc.

Son retazos de vida que hacen más cercana la lectura de estas páginas a sus lectores. Son actuaciones concretas en las que se adivina un trasfondo personal de virtudes humanas vividas, de valores humanos interiorizados. Son sugerencias en acción que invitan a pensar; que inspiran decisiones y modos de hacer al lector, cuando se encuentra en situaciones similares.

El autor, no sólo como director, sino también como asesor de centros educativos, ha tenido muchas oportunidades de encuentros con directores y directoras, y ha sabido aprovecharlos para recoger información, valiosa y diversa, sobre diferentes aspectos de lo cotidiano en la dirección de centros.

Es un libro abierto a la diversidad de instituciones educativas, pensado en esa diversidad y escrito con una finalidad de diverso aprovechamiento.

Rehuyo escribir prólogos. Pero, en esta ocasión, por mi antigua amistad con el autor, me alegra haber tenido esta oportunidad. No obstante, quisiera ser muy breve, porque todo lo que yo pudiera añadir lo podrá descubrir el lector por sí mismo en las restantes páginas, si prosigue su lectura.

Por mi parte, sólo quisiera añadir que el libro del profesor Miquel Navarro i Oriach es una obra enriquecedora para quienes dirigen centros educativos (o aspiran a dirigirlos); enriquecedora por lo que sugiere, por lo que inspira, por lo que motiva, por las preguntas en ella formuladas, por lo que sensibiliza al lector para detectar detalles significativos en la conducta de las personas, en las relaciones interpersonales, en la acción orientadora y educativa, en el buen uso y aprovechamiento de los recursos materiales (incluido el más escaso: el recurso tiempo), etc. Pienso que su lectura podrá interesar también a profesores y a padres.

OLIVEROS F. OTERO

Presentación

El ejercicio de algunos cargos es particularmente dificultoso. Me refiero a aquellos que unen a una alta responsabilidad, el trato directo con la gente, que, de alguna manera, depende de él. Entre estos cabe mencionar los gerentes de empresas, alcaldes de pueblos medianamente grandes, y también, por qué no, los directores de centros escolares, que andan constantemente ocupados con los requerimientos de las familias, los conflictos y exigencias de los alumnos y alumnas, y la disponibilidad y/o reticencia de los maestros y profesores.

No obstante, la especificidad de la función del director o de la directora docente es más sutil y compleja: en el centro escolar no hay una separación clara entre materia prima, producto, productores y clientes. Los alumnos, en su constante evolución, los profesores y las profesoras, los padres y las madres, interactúan constantemente, dando y recibiendo educación. Resulta, por tanto, casi imposible distinguir bien los papeles del educador y del educando, del maestro y del discípulo. Se aprecia que todos los elementos «empresariales» son personas, con sus particularidades y diferencias, expectativas radicalmente distintas, bajo el mismo techo material y curricular. Se trata de un gigantesco entramado de relaciones humanas de lo más diverso: edad, capacidad, sensibilidad… y, en medio de todo ello, el guardia cívico que representa la figura del director.

Cuando dejé la dirección del colegio, en el que ejercí un cierto tiempo, una persona amiga, profesionalmente dedicada a la formación de padres y profesores, me dejó con esta pregunta en la mente: «¿Por qué no escribes tus memorias sobre la dirección de un centro educativo?» Inicialmente me pareció un disparate. Yo sólo conocía memorias de políticos, científicos, artistas, pero las de un director escolar… ¿Qué importancia podrían tener? ¿A quién podrían interesar? Cuatro años después, mi nuevo trabajo de asesor y orientador psicopedagógico me ha dado múltiples oportunidades de atender demandas de directivos escolares que, irnos con urgencia, otros como desahogo personal, utilizaban mis servicios. Y yo, que no disponía de ningún manual oficial, ni había participado en ningún curso o seminario de esta índole, echaba mano de mi experiencia y, con todas las reservas y limitaciones que supone el trasvase de vivencias, me atrevía a explicarles mi vida, traducida en sugerencias, revestidas con ropaje seudocientífico.

Las páginas que vienen a continuación son el resultado de haber exprimido de mi experiencia de director escolar, aquello que pueda tranquilizar, advertir, estimular y, sobre todo, compartir con aquellos lectores relacionados con el mundo educativo, de la forma que más útil les pueda ser. Por consiguiente, el zumo será unas veces dulce, otras, amargo o agridulce, según sean las circunstancias y episodios que se narren; sin paliativos ni enmiendas: como la vida educativa misma.

Su contenido es variado, asistemático, movido; como es siempre la vida colegial, por muy ordenada y monótona que pueda parecer desde la calle. Con muchachos y muchachas de 3 a 18 años de edad, ¿qué se puede esperar?, con familias que siempre esperan lo mejor, ¿qué se puede prever?, con profesores de su propio «librillo» ¿qué se puede programar?

He escogido el mismo estilo de las entrevistas profesionales: combinación de generalista y anecdótico, normativo y coloquial; siempre, si he acertado en algo, práctico, muy práctico, para que quien lo lea pueda contrastar sus vivencias o expectativas con las presentes. Pero, por encima de todo, desea ser un libro abierto, porque la vida, ¿quién la puede encerrar en unas interpretaciones siempre subjetivas y circunstanciales?

Este libro no tiene otras referencias bibliográficas que las decenas de directores y directoras que exponen retazos de su experiencia profesional. Son párrafos vivos, libres, diversos. Se ha preferido así, porque pienso que no hay directores de directores de quienes sacar citas magistrales, válidas para todos los demás, sino diferentes muestras de ejercicio directivo dentro del marco común de la responsabilidad del cargo. Mediante estas voces de variados tonos, el lector directivo, y quienes muestren interés por el campo educativo, hallarán rasgos que le confirmarán o le servirán de contraste a su propia actuación. Al menos, le harán reflexionar o matizar maneras de enfocar decisiones con la suavidad con que se encajan las opiniones de los amigos en tomo a unas tazas de café.

1. Rasgos personales

Autoridad

La autoridad siempre irá asociada a la figura de director. Desde la caída de los regímenes autoritarios en Europa, hasta hace poco, ha sido mal visto el ejercicio de esta función. Se ha confundido con el autoritarismo arbitrario e inflexible cualquier muestra de dirección firme, coherente y manifiesta. Con ello, se ha derivado a una etapa de negligencia y dejación de responsabilidad. La autoridad se ha diluido entre iguales, pasando el peso y compromiso de la decisión a la asamblea. En este contexto, los acuerdos, cuando quedan claros, deben cumplirse por parte de todos, pero, ¡eso sí! que nadie ose recordar a nadie que falta al acuerdo común. De esta forma, los directores, cuando se logra que los haya, ejercen de coordinadores, o gestores de los acuerdos: una especie de secretarios cualificados. No es extraño que muchos buenos líderes se quemen pronto, y que se prefirieran aquellas personas bonachonas, fácilmente manipulables, que no se atrevían a negarse, o que les congratula el hecho de ostentar este título, al precio que sea.

Sin embargo, la autoridad, los padres siempre la han requerido, los alumnos siempre la han necesitado, y los profesores, por lo menos, la ven conveniente para los demás.

Últimamente, vuelve la apetencia de la autoridad académica, introducida por la mano de la eficacia y de la organización racional. Hasta para una mayor comodidad y mejor convivencia, la mayoría quiere que se ejerza la autoridad, porque con el caos y el desconcierto de no saber quién manda, se generan angustias, vicios, disfunciones y considerables pérdidas de tiempo y de rentabilidad. Además, sin autoridad, no es fácil organizar la propia oferta educativa, y el hecho no quedarse desfasados interesa a todos los centros, aunque no sea más que por propia satisfacción corporativa.

Así se expresaba Mariano, veterano profesor, que nunca había querido ejercer cargo colegial ninguno: «Quiero que haya un director, y que mande, antes de que otros me manipulen y que no sepa quiénes son, ni qué intenciones llevan», aludiendo a que siempre hay fuerzas de influencia en cualquier microsociedad que se mueven soterradamente.

Ahora bien, hoy se ejerce la autoridad de otra manera, y quien no se percate de ello, simplemente, cae mal; y sin causa suficiente, pronto es relevado de sus funciones. Si se indaga el porqué, se suele contestar con un arrugar la nariz. Dice poco, pero lo dice todo: sencillamente, no encaja.

Conviene ejercerla sin engolamientos, ni distancias para preservarse no se sabe de qué; sin ninguna pretensión de perpetuidad. Mejor, como quien se pone un abrigo, que si, ciertamente, también abriga y protege, pronto se lo quita uno de encima, cuando las circunstancias externas o propias lo aconsejen. Sin renunciar a la buena relación, sino al contrario, aprovechando la ocasión para ganar más amigos, sin familiaridades innecesarias y comprometedoras; con lealtad y franqueza. Con el ejemplo ante todo; ejerciendo el cargo con responsabilidad, honradez, coherencia y afán de servicio no escondido. Lo bueno no hay que ocultarlo, pero tampoco alardearlo. Sencillamente, con buen garbo y cintura, presentando amable el servicio a los demás, hasta el punto de hacerlo apetecible, por dignidad y sano espíritu de aventura.

Me contaba Pablo que, cuando accedió a una dirección desprestigiada e incómoda, se propuso tomársela tan en serio que, a pesar del vacío de que se vio rodeado, siguió con el mismo ánimo. Cuando la dejó, por traslado, tuvo que regularse un sistema de presentación de candidaturas a causa del número de optantes al cargo. Y es que Pablo sacó brillo al mohoso báculo de la autoridad, ejerciéndola con prestancia y sobria generosidad.

Cuando se pretende ejercer la autoridad con el convencimiento de que, entre las prioridades, se está para promocionar, para querer de verdad, a los que se dirige, todas las funciones, por comprometidas que sean, brotan con naturalidad y cordura, y, casi siempre, a la corta, o a la larga, los administrados corresponden con gratitud y estima; y, aun cuando no obtenga esta buena correspondencia, este modo transparente de ejercer la dirección, les pone en situación de advertir la conveniencia de su mejora personal y profesional, ¡qué no es un mal reto!, porque se adquiere la sensibilidad de la humildad.

El ejercicio de la autoridad tiene su principal punto de apoyo en el prestigio profesional, que se va consiguiendo a partir de la formación, que casi siempre hay que adquirir sobre la marcha.

Relaciones humanas

El director o directora de un colegio, ¡es el director! Y es un personaje importante para los alumnos y para los padres. Respecto a los profesores, digamos que, por lo menos, han de contar necesariamente con él. Por todo ello, es de suma importancia que resulte un personaje atrayente. Ciertamente, no todos podrán serlo por el atractivo físico, pero sí por una correcta y simpática manera de relacionarse, de vestir y de saber estar. Ya no resultan gratamente impactantes aquellos que, como años atrás, vestían de excursionistas o se confundían con el entrenador de deportes. Puede que tampoco lo sean por ocurrentes y simpáticos por naturaleza, pero sí, si se lo proponen, por amables y deferentes con las personas.

A un director se le podrá suplir en algunas facetas, como la económica, la docente, de promoción, pero nunca en la de las relaciones humanas. Todos los padres comentan la impresión que les ha provocado el director: si les ha saludado, y de qué forma lo ha hecho, si se ha interesado por el accidente de su hijo en aquella salida, si les ha recibido pronto y tratado con comprensión cuando lo necesitaron en un momento de apuro. Lo que más les contraría es la indiferencia, y tener la sensación de que se les deja de lado por otros.

Los profesores desean verse cerca de su director, también, en situaciones distendidas, como el café de media mañana, la comida de mediodía, o el descanso de una jomada de trabajo compartido. Les agrada que se comporte como uno más, con naturalidad, sin necesidad de verse obligados a reír sus gracias o escuchar largas anécdotas, referidas con demasiada frecuencia.

Los alumnos, de ordinario, evitan a su director. Los adolescentes lo viven como la autoridad que les puede coartar; y los menores, reñir. Agradecen que sea breve en sus disertaciones públicas, concreto y positivo. Destacan, como primera virtud, la amabilidad.

Dado que el director es quien posee menos tiempo, debe oportunizarse mediante encuentros selectivos. La entrada y salida de los profesores y alumnos del centro educativo es una de estas ocasiones. Por la mañana, les acoge con la sonrisa, la frase cariñosa, o, simplemente, estando. Por la tarde, se acerca a la cara más cansada, a quien siempre tiene prisa, y se interesa por aquel incidente que le ha llegado al despacho, para tranquilizar o canalizar su solución. Con estos breves contactos, también da ocasión a que los demás le informen de algo puntual, para lo que no valía la pena molestarle en otro momento, así como expresarle su buen espíritu, correspondiendo a su saludo o mirada.

Conocí a una directora, Eva, que, cuando se saturaba en su despacho de teléfono o papeles, salía a darse una vuelta por el hall para hacerse la encontradiza con algunos padres, que esperaban ser atendidos por el tutor, o el administrador, o simplemente esperaban el taxi, que habían solicitado.

Al director se le deberían evitar, dentro de lo posible, aquellas actividades en las que puede peligrar su prestigio. Así, es preferible que no dé ninguna clase, si no va a poder dominar la disciplina, prepararla adecuadamente, ser puntual a su comienzo, o carecer de inoportunas interrupciones. Tampoco sería conveniente que se cargara con muchas tutorías individuales de padres y/o de alumnos, o que éstas fueran conflictivas, porque le absorberían demasiado, y se haría acreedor de una imagen de incompetente que le impediría realizar su tarea.

¡Qué frialdad inspiran aquellos directores de marketing, de sonrisa dentífrica, que adoptan siempre las mismas poses, y dicen maquinalmente las mismas cosas, sin advertir, ni acoger la vertiente humana de los demás! La más exquisita simpatía y amabilidad es el cariño sincero, demostrado con autenticidad. Es el director quien comienza queriendo y, por supuesto, se hace querer. Cuando se es así, se le disculpa todo, se le tiene confianza y se le aceptan sus respuestas y los consejos. De hecho, esta forma de comportarse tendría que constituir también el tono general del ambiente del colegio, de quien el director es el primer impulsor.

Excelencia

Llamamos excelencia a aquella cualidad sobresaliente, destacada, en tomo a la cual se reordenan o jerarquizan las demás. Confiere peculiaridad, idiosincrasia personal, destaca lo más genuino. Es un componente importante de la personalidad, aunque no la abarca en su totalidad. Puede despuntar a los cinco años de edad, y ya queda bastante definida a los doce. Pasados los treinta años, constituye la fisonomía psíquica de cada cual. A veces, orienta la profesión y casi siempre la manera de presentarse e influir en la sociedad.

Todos los elementos de la personalidad más destacados y valiosos contribuyen a forjar y poner de relieve la excelencia personal: temperamento, carácter, expectativas, vocación, la educación familiar y colegial, también las oportunidades del entorno sociocultural.

La excelencia actúa en la estructura funcional de la personalidad de cada uno, como el caballo rector de una diligencia, o el perro guía de un trineo. Tira de los demás, vigoriza, marca el ritmo, regula el resto de las fuerzas. La persona que conoce y valora su propia excelencia, se siente segura y realizada ante sí misma y las demás, suple sus carencias con maestría y está mejor dispuesta a echar una mano al resto de los mortales que conviven con él. Es decir, se beneficia de por vida de los intereses de su capital de excelencia. Por supuesto, constituye una de las bases más firmes de su autoestima.

Con lo importante que es y, sin embargo, muchas personas pasan su vida ignorándose, porque no han sido orientadas hacia una sana introspección. Conviene, en primer término, descubrirla, para, luego, pulirla y hacerla operativa en beneficio propio y de los demás. Si la excelencia constituye un capítulo importante en la praxis educativa, también tiene una clara incidencia en la tarea de la dirección escolar, que es esencialmente una función de educador de educadores.

Cada director y directora posee su propia excelencia. Debe potenciarla porque obtendrá efectos multiplicadores de largo alcance. Conocerse en esta faceta le va a permitir rodearse del equipo que más le complemente. Es decir, seleccionará personas de excelencias complementarias, o, por lo menos, no contrapuestas, para suerte de un mayor equilibrio, estabilidad, eficacia y buena imagen del propio equipo directivo. Además, podrá estimular a los maestros y profesores a hacer lo propio consigo mismos y con sus alumnos.

Ni que decir tiene que, al mismo tiempo, cada persona posee también carencias necesitadas de soporte. Pero, como ya es bien sabido, muy poco se consigue atacándolas directamente, pues se parte de un enfoque negativo al estar recordando de continuo a alguien que está en falso. Se consigue el efecto opuesto: inseguridad, complejo, pérdida de confianza en sí mismo. Lo contrario: basarse en sus puntos fuertes supone ofrecer el antídoto oportuno, aumenta la autoestima y optimiza al máximo.

Raúl, un joven director, con dotes fuera de lo común para convencer en situación de entrevista personal, se sentía seguro ante cualquier problema siempre que pudiera resolverlo en el tête-à-tête en su despacho. La eficacia de la dinámica colegial dependía, en gran parte, del tiempo que dedicaba a «pinchar globos» en el diálogo.

Eduardo ejercía la dirección desde la palestra del debate en el salón de actos, bien sea con los padres, con los profesores, o con los alumnos mayores. Esto le otorgaba prestigio, daba transparencia a la gestión colegial y fluidez en las relaciones sociales.

María no era brillante aparentemente en nada, si no se le descubría su hacer de «hormiguita», su laboriosidad. Estaba en todas partes para evitar que, felicitar por, sugerir como, agradecer por… y este aire activo impregnaba el ambiente colegial.

Encama goza de una sensibilidad exquisita, que le facilita la comprensión de quienes le rodean. Las profesoras que acaban de hablar con ella se sienten mejores, con ganas de emprender el trabajo con mayor ánimo, olvidando incluso el problema que deseaban solucionar, porque, la mayoría de las veces, se trata sólo de fantasías e interpretaciones subjetivas.

Para descubrir la excelencia de los profesores del centro educativo, el director posee estos y otros naturales recursos: Tomar nota de las observaciones que se captan respecto de alguien: las coincidencias de algunos padres, compañeros de trabajo y de algunos alumnos, puede desvelar la excelencia; facilitar a cada uno ocasiones de autoanálisis y reflexión ante acontecimientos de fuerte impacto personal o de respuestas conductuales destacadas; establecer conversaciones frecuentes con los profesores para escuchar, preguntar,… facilita por decantación, la explicitación de lo más genuino. Atender a su marido o esposa, si están casados, brinda nuevas oportunidades para saber en qué ocupa su tiempo libre, cuáles son sus preocupaciones, intereses y expectativas de cara el futuro. Siempre es una buena táctica procurar, ante todo, el desarrollo de los aspectos positivos de la gente.

Dado que, por otra parte, la excelencia personal suele ser permanente y acrecentarse con la experiencia de la vida y del trabajo, supone una gran inversión para el mismo colegio potenciarla con oportunidades de comunicación y de explayarse en variadas actividades. Los beneficios de cultivar la excelencia se cristalizan en: aumento de seguridad personal, potenciación de la profesionalidad, promoción personal, posibilidad de encargar labores y promover hacia funciones con mayor idoneidad, orientar la formación de modo más pertinente, y, en definitiva, proporciona más ocasiones de felicidad personal y profesional y social.

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