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Una historia dulce y picante, de casualidades vitales y de oportunidades para amar, en el verano maravilloso de Mallorca y entre dos espíritus libres que buscan sonreír al fin. Anika viaja todos los veranos a Mallorca para surfear, huyendo del trabajo y el mal tiempo de Alemania. Pero ¿qué hacer cuando el mar está como un plato, el sol de agosto cae a plomo y el autobús que te lleva a casa no pasará hasta cuatro horas después? Un chiringuito de playa puede ser su salvación, aunque arruga la nariz al ver el contenido de su carta: Zumos detox prensados en frío con frutas y verduras ecológicas. Vaya. ¡Y ella que lo único que quería era una cerveza bien fresquita! Y si además el chico tras la barra está para mojar pan, no le quedará otra que pedirse un zumito de esos para disipar un poco de temperatura. Jauma lo ha dejado todo atrás y empieza una nueva vida en la isla. El sol y el mar son su refugio, así como las frutas y verduras que cultiva para sobrevivir. ¿Qué va a hacer con esa rubia de pelo casi blanco, piel tostada y ojos azules que cada tarde le pide una cerveza con un fuerte acento guiri? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 52
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2019 Javiera F. Hurtado
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Refréscame, n.º 244 - agosto 2019
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1328-462-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Refréscame
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He llegado, por fin. Hundo los dedos de los pies en la arena blanca. Cierro los ojos, siento la brisa acariciar mi rostro, los rayos de sol comienzan a picar sobre mi nariz y supongo que este año añadirá un puñado más de pecas a mi colección.
Inspiro. Profundo. El aire fresco del Mediterráneo limpia el estrés, la ansiedad y se lleva del interior de mi cuerpo el frío y la humedad del invierno de Múnich, que parece llenar de moho mis huesos.
Ha sido una auténtica odisea llevar la tabla de surf por el caminito estrecho apenas excavado en la roca. El dato me lo ha dado un colega de la zona y he estado a punto de despeñarme dos veces. Otras dos veces lo que he querido es dar la vuelta y marcharme de allí. Pero ver las olas besar la playa en una sucesión de espirales perfectas hace que ya no piense. Echo a correr con la tabla entre las manos y doy un grito de triunfo al irrumpir en el agua. Total, estoy sola en la playa, ¿qué más da que me escuchen la arena y el mar? Está solo un poco tibia, pero en cuanto el sol ascienda hacia el cénit, sé que se templará más.
Braceo. Mis músculos se resienten porque no he calentado nada, pero me da igual. Tengo mono. Necesito deslizarme sobre las olas y no pensar en nada. Dejar atrás los números, los objetivos, las exigencias de la empresa y los clientes demandantes. A veces odio ser contable.
No hay nada que describa la sensación de libertad que tengo en el momento en que corono una de las espirales de espuma y me dejo llevar. Toco con los dedos la lámina de agua mientras surco la concavidad, y las gotas salpican mi cara. Me río sola embargada por la adrenalina y la velocidad, aquí nadie me ve. Soy solo yo, Anika. Sin títulos ni nada que demostrar. Sin plazos inamovibles que cumplir. Sin la vida gris que, por unos escasos quince días, me puedo permitir dejar atrás.
Ya no estoy sola. La playa tiene algunos visitantes más, pero tras el fastidio inicial, veo que no van a molestarme. Un par de parejas aventureras con mochilas. Dos o tres familias que se nota que vienen con frecuencia, porque dejan a los niños jugar a sus anchas. Hasta hay un pequeño chiringuito de playa, de color blanco y muy coqueto. Creo que en España habría un bar para tomarse una cerveza hasta en el rincón más salvaje y recóndito.
Paso uno de los mejores días de mi vida. No sé si es el lugar, que después de tantos años, consigue sorprenderme. O la necesidad acuciante que tenía de desconectar. O que tengo la crisis de los treinta por adelantado a mis veintiocho. El caso es que, cuando dejo mi tabla sobre la arena y me tiro sobre la toalla, estoy exhausta, algo quemada por el sol, muerta de sed y con una sensación de felicidad que no experimentaba desde… hacía un año. En concreto, desde la última vez que estuve en Mallorca. No sé por qué no rompo con todo y me vengo a vivir aquí. ¡Mandar todo a la mierda y Carpe Diem! ¿No sería glorioso? Me echo a reír yo sola. Definitivamente, tengo la crisis de los treinta por adelantado.
Me chirrían las tripas de hambre. Miro la hora y abro los ojos, alucinada. Las cuatro. ¡He estado surfeando casi seis horas sin parar! Devoro el bocadillo de jamón, queso y tomate, un poco espachurrado, y me como las tres bolsitas de palitos con semillas de girasol. Echo un vistazo al chiringuito para ver si compro algo fresco de beber, pero está cerrado. Me bebo casi un litro de agua sin respirar y me quedo sobre la toalla con la barriga llena y el corazón contento. Hasta duermo una horita de siesta. España es lo mejor para fiestear, comer y descansar. Tengo pruebas. Viajo muchísimo por trabajo y lo he comparado lugar por lugar.
Tras otras tres horas de surf, doy la jornada por concluida. Nada mal, para ser el primer día. Las piernas me tiemblan, me arden los hombros porque no me he acordado de volver a ponerme el protector solar y me comería un dinosaurio con patatas fritas. Miro hacia lo alto del acantilado y me desanimo un poco. En eso no había pensado. En el camino de vuelta. Mierda. Y tengo que llevar la tabla hasta ahí arriba.
Lanzo otra mirada hacia el chiringuito. Está abierto. Igual podrían guardarme la tabla. Me muero de la vergüenza, es echarle demasiado morro. El lugar es minúsculo. Pero la perspectiva de acabar despeñada el primer día de mis vacaciones me convence y me acerco hasta allí.
Es una casita de madera prefabricada de color blanco, con unas macetas con geranios rojos, rosas y fucsias. La contra de la ventana, abatible hacia arriba, se encarga de dar sombra a la zona de la barra. Muy ingenioso. De un pequeño altavoz sale música en español, no tengo ni idea de cuál es el grupo
