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La aparición en 2002 de 'Relaciones enfermizas', la primera novela publicada por Cecilia Ştefănescu, supuso un escándalo en Rumanía al abordar la relación de amor entre dos mujeres. La autora se convirtió en uno de los fenómenos literarios del momento y cosechó un gran éxito tanto entre la crítica como entre los lectores rumanos. El director Tudor Giurgiu llevó la obra a la gran pantalla en el año 2006, con guion de la propia Ştefănescu, y la película fue estrenada en la Sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín. Bucarest, años noventa. Una decadente ciudad donde cada rincón revela la pobreza del pasado y el nacimiento de un nuevo país que trata de superar las heridas del régimen de Ceaușescu. Kiki tiene dieciocho años y es una joven universitaria, seductora e inconformista. Incapaz de elegir entre un artista megalómano, Renato, y el amor por Alex, vive abrumada por temores, neurosis y delirios románticos, algunos al borde de la ensoñación y la enfermedad, mientras busca una respuesta a sus dilemas en los ambientes estudiantiles y artísticos. Kiki quiere que Alex sea suya para siempre, pero Alex es una chica de provincias que sueña con casarse y tener una familia. Las separaciones y las reconciliaciones son el leitmotiv de su historia, una historia cada vez más radical y obsesiva que nos muestra la parte oculta de la Rumanía actual.
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Relaciones enfermizas
Relaciones enfermizas
Cecilia Ștefănescu
Primera edición: abril de 2018
Título original: Legături bolnăvicioase
LEGĂTURI BOLNĂVICIOASE © 2016 by Cecilia Ştefănescu
© de la traducción: Doina Făgădaru
© de esta edición: Dos Bigotes, a.c.
Publicado por Dos Bigotes, a.c.
www.dosbigotes.es
isbn: 978-84-947963-6-4
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
This book has been published with the support of the Romanian Cultural Institute (through the TPS programme)
Este libro ha sido publicado con el apoyo del Instituto de Cultura Rumano (mediante el programa TPS)
Inferior, por ser joven. Malo, por ser joven.
Sensual, por ser joven. Sexual, por ser joven.
Destructivo, por ser joven.
Y en toda esa juventud, digno de desprecio.
Witold Gombrowicz
I Renato
Me dolían los pies de tanto deambular por las callejuelas del casco antiguo de Lipscani. Cuando, durante nuestras pellas interminables, nos aburríamos, y los silencios con los que nos estudiábamos mutuamente comenzaban a llenar de manera sofocante la habitación grande como un almacén en la que vivía Alex, teníamos la costumbre, algo imprudente en aquellos días de fuertes heladas, de salir y caminar sin descanso hasta tener todas las articulaciones entumecidas, para después encontrar alivio en la fatiga y en el regreso a casa. En cuanto volvíamos a la habitación de la buhardilla, nos acostábamos en la cama, yo me estiraba sobre la áspera manta, el cuerpo tiritando de frío, los pies empapados todavía dentro de las botas, y apoyaba la cabeza en los brazos de Alex. Creo que, por encima de todo, nos acercó el olor del frío, aquel aburrimiento malditamente dulce, el cabello helado y mirar los escaparates en los que se topaban nuestras imágenes extrañas, de espectros vagabundos, de ninfas urbanas. Nuestros paseos, de noche o de día, eran como carreras de las que volvíamos casi siempre con trofeos dibujados en los labios, nuestras sonrisas… Nos conocimos en una anónima ciudad de provincias, en un tiempo en el que soñábamos con premios escolares y anhelábamos sacar buenas notas.
Estábamos sentadas las dos en el mismo banco, tranquilas, pero un poco apartadas la una de la otra, para no poder copiar; ella, molestándome con todo tipo de preguntas estúpidas, temblando de pies a cabeza; yo, convencida de ser la chica más lista de aquella ciudad miserable, de calles anchas recién asfaltadas, recorridas por pomposas carretas tiradas por mulas, ciclistas, camiones de gran tonelaje y, a veces, algún coche esporádico. Para mis ojos de adolescente quisquillosa, los edificios tenían el aspecto fatigado de las amas de casa que volvían a su hogar con la bolsa de la compra vacía, mujeres que ya no pensaban en el sexo o en mirarse al espejo, sino que llevaban encima el estigma del guiso de ternera y de la sopa agria de albóndigas de cerdo. Y los bloques más altos, de un triste color gris, con los revestimientos de los balcones desconchados como senos flácidos y caídos, hacían pensar en mujeres engañadas, envejecidas y fuera de servicio. En realidad, y para ser sincera, toda aquella ciudad de provincias, con su gente, con su hablar arrastrado y cansino, con el tiempo vago y asexuado, con las calles desiertas, con los bares tristes y sórdidos, con las tiendas vacías azotadas por el viento seco, con la llovizna insistente y, en fin, con la residencia de estudiantes en la que vivíamos cuatro chicas apretujadas en una misma habitación (los chicos se alojaban en un ala aparte), todo esto me hacía detestar aquel lugar, haciéndome profundizar con más ahínco en mis libros de poesía modernista, en los complicados argumentos y debates sobre los temas de los exámenes. Ni siquiera se me pasó alguna vez por la cabeza que en el otro extremo del banco estaba sentada la extraña criatura que iba a descubrir algunos años más tarde. Por entonces ella no era más que una adolescente un poco neurótica, llegada desde otra aburrida ciudad de provincias, no era más que una estridente voz que aguijoneaba mi tímpano con miles y miles de preguntas, que pedía favores y decía disparates. Entonces no podía soportar a aquel monstruo al que más tarde iba a amar con la desesperación de un gato hambriento y escuchimizado.
Tampoco entiendo ahora por qué tengo impresa en la memoria una cierta imagen, un poco borrosa, del patio de la residencia, la víspera de que se publicasen los resultados de las olimpiadas. Serían las ocho de la tarde, tal como indicaba el reloj electrónico que iluminaba el patio como un faro desde el extremo de un poste, había un gran bullicio e impaciencia alrededor, cuando, quieta como un palo por la emoción y la ambición decepcionada, vislumbré entre la multitud un cuerpo delgado, con formas indefinidas y vestido de señorita, abriéndose camino hasta el panel de las notas. Sentí por un instante su perfume penetrante de almizcle, vi su mirada algo impertinente de alumna orgullosa, la cual, después de la náusea de aquellos primeros días de vida provinciana, me provocó un sentimiento pasajero de humildad. Y, aunque olvidé pronto aquel fuerte olor a membrillo seco, conservé en mi mente aquella figura enmarcada por cabellos negros y rizados, y la reconocí enseguida, un poco más tarde, en los tétricos pasillos de la facultad, cuando vagaba infeliz, presa de una sensación bastante nítida de desarraigo.
Algunas veces, hartas de Bucarest y de la gente que frecuentábamos habitualmente, nos íbamos sin avisar a nadie, sobre todo a la montaña, en otoño, cuando las incesantes lluvias nos obligaban a meternos en cualquier tasca o bajo algún refugio desde el que mirábamos obnubiladas el mundo invadido por el pánico al agua. La vida fluía somnolienta, interrumpida por pequeños esfuerzos sin importancia, pero nosotras nos quedábamos en la habitación alquilada, tapadas con las sábanas ajenas (lo que nos producía una secreta sensación de placer promiscuo), y contemplábamos curiosas a los transeúntes o, sencillamente, pensábamos en la futilidad de los días lluviosos. Mirábamos de reojo las ventanas de enfrente, detrás de las cuales algunas familias nos hacían señales de reproche, y en mi imaginación, ya influenciada por los innumerables libros que había leído, veía surgir, desde una habitación similar a la que dirigía de forma difusa mi atención, un mundo plácido y acomodado que se despertaba poco a poco, provisto de muebles de cocina, de dormitorio, de comedor, con frigorífico y lavadora, con televisor y sofá… ay, qué ganas tenía de coger una piedra y hacer añicos aquel reclamo de una vida feliz que azotaba mis noches y mis momentos de indolencia. En cambio, Alex confiaba en su futuro de madre y esposa hasta tal punto de comprarse, de tanto en cuanto, algunas revistas de moda repletas de vestidos de novia de la primera a la última página, que me restregaba por la cara para demostrarme que aquel era el único momento lleno de princesas y príncipes en la vida de una mujer y que, una vez perdido, podías decir adiós a los finales felices. La escuchaba tumbada boca abajo, con las manos apoyadas en la mandíbula, moviendo la cabeza de un lado a otro, prestando más atención a sus manos regordetas pero muy bien cuidadas, con las cutículas perfectamente cortadas, los bordes de las uñas de un color rosa sangre y la piel lisa y brillante que olía de maravilla a crema Kaloderma, las muñecas demasiado finas en comparación con el tamaño de los dedos. Yo miraba sus gestos algo forzados, categóricos, e intentaba imaginármela al otro lado de la ventana. Y, para mi desgracia, lo conseguía. Parecía que la ciudad de montaña quería que mi cabeza estallase con su aire gélido y sus imágenes hermosas y auténticas que odiaba con toda mi fuerza por su sosegada perfección. Desde mi cama veía los tejados de las casas compitiendo por saltar del marco de la ventana tapada a medias por la cabellera espesa de Alex. Concentrada en pintarse las uñas, el mentón sobre las rodillas, los talones apoyados en el borde de la silla y la boca un poco entreabierta, movía rítmicamente el cuerpo en la misma dirección que la brocha del pintauñas, adelante y atrás. Era más bien una parodia de sí misma. Me imaginaba en la cama completamente desnuda, metiendo mi mano sigilosa entre sus piernas y calentándola furtivamente, como en un gesto de profunda meditación, mientras una mosca congelada iba de aquí para allí sobre la manta de motivos tradicionales. Alex me lanza una mirada adusta, se levanta repentinamente de su silla y se dirige hacia el baño. Deja la puerta entornada para que yo pueda ver exactamente la mitad del cuerpo, la pierna doblada y las bragas pegadas a los tobillos, los pliegues de la camiseta recogidos alrededor de la cintura y la mano apoyada en la taza. Observo con un poco de asco que está descalza sobre las mugrientas baldosas y me digo a mí misma que debo de estar atenta por si pretendiera meterse ahora en la cama. Escucho el ruido sordo del agua que se lleva la orina y mi pensamiento se dirige, como obedeciendo una orden secreta, hacia las fiestas de mi infancia y hacia el terrible Brifcor que endulzaba mis días festivos con su sabor a jarabe para la tos. Alex sale precipitadamente del baño y pega un salto por encima de la sábana de tono gris sucio antes de que yo pueda sermonearla con clases de higiene. Me entra una risa tonta, entrecortada, que le contagio a ella. Nos reímos a carcajadas, con hipos y suspiros. De un salto se gira hacia el lado opuesto y clava sus pies fríos en mi espalda. Siento entonces de una manera extraña que el retrete se vierte lentamente sobre mi cuerpo, chorreando por la piel que justo acabo de lavar con jabones de lo más refinado. El placer me hormiguea la piel. Y no se trata del placer leído en los libros, sino de uno epidérmico, poroso, que se infiltra entre los tejidos y echa raíces. Ella no hace caso de mis gestos insinuantes y hunde un poco más sus pies en mi espalda, ya curvada por una contracción hipócrita. Después de muchas horas de letargo y de sueño interrumpido, las dos nos levantamos y nos vestimos rápidamente con algo cómodo: vaqueros, jerseys dados de sí, calzado de abrigo y bombines en la cabeza. Al salir de la habitación, siento de repente que somos otra vez como hermanas, inseparables, y el miedo al futuro desaparece, como si no existiera. Y, efectivamente, para nosotras no existía. Por entonces no había ni celos ni enfados ni envidia ni codicia ni deseos pecaminosos, había solamente un ligero cansancio.
—¡Ay, cómo me duelen los pies! ¿Tú todavía aguantas?
—No mucho más… —Y, de repente, me puse a lloriquear, tenía ganas de comer algo, un bollo, cualquier cosa, o por lo menos que nos sentásemos en alguna parte.
Y después, con más fuerza aún:
—Estoy harta de andar así, sin rumbo, de perder el tiempo con estas tonterías, me gustaría que nos sentáramos en un lugar decente, dar un descanso a nuestras pobres piernas…
—¿Por qué no estás contenta? Siempre estás alerta. ¿Y ahora qué te pasa?
Cogí a Alex de la mano y salimos corriendo bajo la lluvia, pisando los charcos que se interponían en nuestro camino como en una carrera de obstáculos, y no paramos hasta llegar hasta la entrada de una bodega. Bajamos algunos escalones, ágiles y nerviosas, y acabamos en medio de una sala mal iluminada, en la que tres hombres, los únicos clientes, estaban aferrados a tres vasos vacíos. Después de examinarnos a conciencia, continuaron su charla como si no estuviésemos. Nos sacudimos el agua de encima, nos quitamos los impermeables y los jerseys, quedándonos en camiseta, y nos miramos la una a la otra nuestras manos delgadas, con restos del bronceado del verano que acababa de terminar. Pedimos vino caliente y pusimos sobre la mesa unas rosquillas con sésamo que devoramos en un instante, antes de que las jarras de vino fueran depositadas con reverencia sobre la mesa. La camarera era una mujer de mediana edad, gordita, con la cara congestionada, en la que reinaba la expresión afable que tienen los transilvanos. Las primeras jarras nos las ventilamos en un santiamén. El resto del tiempo transcurrió de manera agradable, sin día y sin noche, sin hora de irse a la cama o de llegar a casa, sin horarios y sin preocupaciones. Había estirado las piernas sobre la silla de enfrente, dejando caer los brazos sobre el respaldo como dos cordones apenas desatados, mientras la mano de Alex recorría mis tobillos, por debajo de los pantalones, y la punta de sus dedos me transmitían pequeñas señales de amor que me llegaban directamente al estómago y a lo largo de los muslos, como si sus palabras fluyeran por mi cuerpo, formando una colonia viva. Sentía que mi cerebro se había desconectado. Fijaba la mirada en las vigas del techo, en las sillas colocadas sin orden, en la esquina doblada de una alfombra, en mi jersey tirado de cualquier manera sobre un taburete cercano, en la camarera que escuchaba con atención, repantingada en una silla, lo que le decía el barista, seguramente una cuestión administrativa, a lo que ella casi siempre contestaba con un:
—¡Venga, no me digas!
—¿Me lo dices de verdad?
O
—¡Umm! ¡Para no dar crédito!
Por encima del ruido de los demás, también nosotras emitíamos algún sonido articulado que acababa a veces en conversaciones interminables, aunque el placer supremo seguía siendo nuestro silencio, que olía a vino caliente con canela. Alex, con su camiseta de rayas, tal como la recuerdo, hacia volutas de humo y, a veces, charlaba con la camarera de aire maternal, e intercambiaba con ella las frases más estúpidas que pude oír alguna vez.
—¡Veo que fuma usted mucho!
—¡Qué va! Solamente hago el tonto. —¿Por qué sentía la necesidad de suavizar la frase con ese «solamente»?—. La verdad es que, sin un cigarrillo y un trago, la vida no tiene ninguna gracia. Acabamos de llegar de Bucarest para quedarnos aquí un par de días, divertirnos, y después recoger los bártulos y volver por donde hemos venido. No nos gusta hablar demasiado, nos parece una pérdida de tiempo. Comprende lo que quiero decir, ¿verdad?
La camarera asentía con la cabeza y después se alejaba pensativa. Al final decidíamos marcharnos a otro sitio o deambulábamos por la ciudad en caso de que la lluvia amainase un poco y pudiésemos pasear por las serpenteantes callejuelas. Cuando el tiempo era bueno, hacíamos un montón de fotografías, que salían de pura casualidad o gracias a nuestra destreza, en sintonía con nuestros cambios de humor: pasajeros, fluctuantes, caprichosos.
—¿Qué puede haber más maravilloso ahora mismo que un bocadillo caliente y una taza de té con ron? ¡Mmm!, siento ya el olor que se me mete en la nariz y me baja como una piedra por el estómago.
Yo, sin embargo, vivía sin necesidad de alimentarme, pensaba únicamente en las delicias que me esperaban en casa y, salivando, convencía a mi organismo para que se resistiera a las tentaciones de la comida, y no se dejase llevar por las insistentes súplicas de los monstruitos que gimoteaban en mi estómago en los momentos de calma. A veces nos separábamos en mitad del camino, ella se dirigía hacia las copiosos manjares con los que soñaba en voz alta, yo continuaba sin rumbo, vagabundeando por la ciudad semidesierta con los ojos entreabiertos. No me sentía sola en absoluto, porque sabía que en casa (nuestra casa alquilada) me esperaba Alex, con la cara pegada a la ventana, la nariz aplastada contra el sucio cristal, y una expresión enfurruñada por el aburrimiento y por haberse atiborrado de comida. Conocía su secreto, casi mejor que ella misma, que se empeñaba de forma ridícula y testaruda en convencerme de que su organismo no la traicionaba, y de que convivían juntos en virtud de acuerdos y necesidades comunes. Solo que yo oía con bastante claridad el jadeo que en vano intentaba sofocar, los vómitos que seguían a cada comida «copiosa», como ella las llamaba, autoengañándose. La escuchaba tratando de eliminar todas las impurezas que podían haber dañado su cuerpo, abierto por dentro como una flor carnívora, se limpiaba con tanto esmero que, cuando salía del baño, solo veía una cara luminosa, con los ojos un poco llorosos por el esfuerzo, pero con un aura de serenidad que hasta un santo podía haber envidiado.
—¿Me has oído cantar? Cuando vivía en casa de mis padres, por vergüenza, para que no escuchasen el sonido del pis al caer en la taza, emitía unos sonidos tan extraños que mi hermano se ponía a tararear desde el otro lado de la puerta. ¡¿Te imaginas qué concierto?!
La miraba asustada. Tenía miedo de perderla algún día por aquel asqueroso agujero del váter, de que se deslizase en el infinito reino de los miasmas y los hedores. Sin embargo, sabía que nuestra separación no tendría nada de dramático, dado que nosotras tampoco vivíamos de esa manera, sino que teníamos el aspecto aturdido de unas chicas que eran conscientes de que vivían su vida a un ritmo poco excitante y, por ese motivo, aprovechaban al máximo el tiempo que les quedaba. Nuestra separación se parecería, lo sabíamos ya entonces, a las horas del sueño vespertino de nuestra infancia: duermes profundamente, sueñas, te mueves un par de veces y cuando te despiertas, te das cuenta de que las cosas están igual que en tu ausencia; quizás un poquito más ordenadas, pero por lo demás, sigues siendo el mismo pedacito de carne andante.
En la universidad el horario era bastante ajustado. Teníamos clases desde la mañana hasta la noche, con «intermedios», como se denominaban en lenguaje académico, que pasábamos en la cafetería, donde charlábamos con diferentes amigos más o menos ocasionales. Los amores platónicos surgían de manera automática como puntos movedizos en el horizonte. Para la mayoría, éramos dos buenas amigas que no encontraban su lugar en el mundo y que no hacían otra cosa excepto esperar y «hacer punto». Solo algunos creían saber la verdad sobre nosotras. Pero solo nosotras conocíamos la auténtica verdad, es decir, que no teníamos ni la menor idea de lo que nos estaba pasando, aunque sabíamos que era algo realmente hermoso. Las clases transcurrían de manera tediosa. Escribíamos mucho, páginas interminables donde engarzábamos palabras extrañas como en un collar de cuentas de cristal, como aquellos que veíamos en las tiendas de la playa, extendíamos como prendas al sol frases opacas, carentes de sentido para mi mente envuelta en una placenta autoprotectora. Nos sentábamos juntas en los bancos de madera, inclinadas sobre la hoja de papel, cuchicheando de vez en cuando sobre tonterías y esperando impacientes el momento de huir de la polvorienta clase y salir a tomar el aire. En los descansos, recorríamos los pasillos de la facultad, subíamos y bajábamos escaleras hasta agotarnos, después nos tranquilizábamos y nos dejábamos caer en los escalones o nos escondíamos al fondo de algún pasillo sumido en la oscuridad. Cotilleábamos sobre los compañeros, nos contábamos nuestros sueños, que psicoanalizábamos con lugares comunes, nos comíamos cada una el bocadillo de la otra, tomábamos café en vasos de plástico, hojeábamos los libros recién comprados, mirábamos por la ventana, luego una a la otra, yo estudiaba cómo se había vestido Alex aquel día, si había conjuntado los pantalones con la blusa y así sucesivamente. Los descansos más largos los pasábamos en una cafetería cercana a la facultad que habíamos descubierto por casualidad en uno de nuestros frecuentes paseos. La sala grande en forma de L, con mesas y sillas de plástico, tenía un aire vetusto, y era frecuentada por individuos extraños y jugadores de bridge inmersos en sus cartas. Este fue el sitio en el que perdimos más de la mitad de nuestra vida de universitarias. Aquí Alex se enamoró y me confesó su traición, aquí yo también encontré a un pobre artista que me amargó los días durante un año entero para después desaparecer sin dejar rastro, en una pequeña ciudad costera, donde el aire salado, me decía él, habría de cicatrizar sus heridas. Pero antes de que él se marchase, fueron muchas las cosas que sucedieron.
Mi artista vivía en una pequeña habitación de una vieja casa en los alrededores de Foișorul de Foc, en una miseria que no había visto antes, donde con dificultad se podían distinguir resquicios de civilización. Él era la encarnación perfecta de la forma sin contenido, el chico de barrio que se despierta de repente en un mundo caprichoso. Pero nuestro primer encuentro no fue casual. Una noche, mientras estaba con Alex en su habitación de la buhardilla, ambas enfundadas en un edredón hasta la nariz, atentas a los ruidos del tejado, oímos de repente que llamaban a la puerta… como si la persona al otro lado hubiese emergido del cemento del pasillo o se hubiera colado furtivamente, como un depredador, y ahora tratase de engañar a su víctima antes de tirarse a su cuello. Me levanté de la cama y abrí. Solo nos conocíamos de vista, lo que no nos impidió estar toda la noche de cháchara, hablando de la gente que teníamos en común (y teníamos, gracias a Dios, un montón), bebiendo el brandy que había traído, durmiendo los tres como bebés y despertando al día siguiente, nosotras avergonzadas, muy arrepentidas, él feliz y dispuesto a empezar de nuevo. La noche siguiente, después de que Alex me amenazara con suicidarse si la abandonaba, le juré solemnemente que aquel artista de nombre absurdo no significaba nada para mí. Unos días después, Renato se presentó otra vez delante de la puerta. Alex se había ido de la ciudad unos días. Después de nuevas conversaciones regadas con brandy, Renato cogió mis manos, las apretó con fuerza y me declaró que me deseaba como nunca había deseado a ninguna mujer en su vida. Y así, ya fuera por aburrimiento o por curiosidad, me acosté con el ridículo artista y estuvimos juntos durante un año. Alex no se suicidó, pero sí mató a un gatito la misma noche en la que, a su regreso, me encontró con Renato entre las sábanas. Profirió un gemido corto y salió de la habitación echa un basilisco y yo solo pude atisbar, por la ventana que daba a la calle, una bola de pelo anaranjada pasar por delante de mis ojos en un último vuelo de despedida. Si no me hubiera embargado la desesperación, me hubiera entrado la risa como a una loca al ver a aquel pequeño bicho agitando su pelaje y nuestras caras petrificadas por el asombro. Volvió a la habitación, se sentó en una silla y le sonrió al artista, manteniendo la compostura. Luego dijo con un tono pausado:
—Maestro, fuera, abajo, en la acera plagada de las huellas de nuestras pisadas indiferentes, yace un pobre gato hambriento y escuálido. Lávalo, dale de comer y tráelo luego de vuelta, listo para una nueva vida.
