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Buena parte de los relatos y, en especial, los microrrelatos de esta colección tienen una cualidad epigramática. De hecho, nada más comenzar a leerla (y debo aclarar que, contra mi costumbre, lo hice al azar y por el medio, caso práctico»), se me vino inevitablemente a la cabeza el metaepigrama de Juan de Iriarte en el que el poeta define el género: A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de serpequeño, dulce y punzante. Se situaba así don Juan en la estela de Escalígero, quien, en el tercero de sus Poetices libriseptem , había caracterizado el epigrama por estar dotado de breuitas etargutia, esto es, de brevedad y agudeza. Pues bien, ambas cualidades (y con más de salado que de dulce, pese a Iriarte) caracterizan buena parte de estos relatos, que prefieren este registro al de la intriga enigmática a lo Monterroso.
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Seitenzahl: 114
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Volumen 1
Editorial Alvi Books
Editorial Alvi Books, Ltd.
Realización Gráfica:
© José Antonio Alías García
Copyright Registry: 2008034925564
Created in United States of America.
© Editorial Alvi Books, Massanet de la Selva (Gerona) España, 2016
ISBN: 9781005960841
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del Editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y siguientes del Código Penal Español).
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Relatos Antológicos: Volumen 1
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Definiendo el éxito | Rubén Manuel Sañudo Gastélum
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About the Publisher
––––––––
Generalizar suele ser banalizar. Podría empezar diciendo que los relatos, y más los microrrelatos, suelen ser, o incluso poniéndome preceptista (¡y Dios me libre!), de tal o cual manera, como si el ajustarse al hábito o responder a una supuesta norma fuesen de suyo un mérito. Diré, pues, en su lugar, que buena parte de los relatos y, en especial, los microrrelatos de esta colección tienen una cualidad epigramática. De hecho, nada más comenzar a leerla (y debo aclarar que, contra mi costumbre, lo hice al azar y por el medio, caso práctico»), se me vino inevitablemente a la cabeza el metaepigrama de Juan de Iriarte en el que el poeta define el género:
––––––––
A la abeja semejante, para que cause placer, el epigrama ha de ser
pequeño, dulce y punzante.
––––––––
Se situaba así don Juan en la estela de Escalígero, quien, en el tercero de sus "Poetices libriseptem", había caracterizado el epigrama por estar dotado de breuitas etargutia, esto es, de brevedad y agudeza. Pues bien, ambas cualidades (y con más de salado que de dulce, pese a Iriarte) caracterizan buena parte de estos relatos, que prefieren este registro al de la intriga enigmática a lo Monterroso, cuando el dinosaurio seguía allí. Es verdad que cierta dosis de intriga también comparece en estos relatos, pero es algo que se incorpora a los menos breves, no por mero recurso técnico, desde luego, sino porque es condición indispensable de una prosa que se quiere narrativa y no lírica, pues es en ella exigencia básica del attentum parare o, dicho en plata, de la pretensión de mantener cautivo al lector, en rapto más que consentido, huelga decirlo.
El resultado de la epigramática brevedad aguda y tirando a salada es, claro, cierta dosis de ironía, aunque a veces, como en el relato mencionado, sea ironía trágica. Esa ironía, a su vez, puede ser solo burlesca, vale decir, cómica de por sí o sin más (sin entrar en disquisiciones freudianas al respecto), pero también puede ser satírica, esto es, dirigir el dardo contra determinados usos y costumbres o ciertos tipos y actitudes, a menudo con una crítica social. Sírvame de testigo (y, con esta, prometo que abandono las citas ajenas) otro epigrama del mismo Iriarte:
––––––––
El señor don Juan de Robres, con caridad sin igual,
hizo este santo hospital..., y también hizo a los pobres.
––––––––
En algunos relatos, la ironía también deriva no pocas ve- ces en sátira. En unos casos es abierta; en otros, velada, pero no menos perceptible y, quizá por ello, más trágica; en ocasiones, literalmente. Puede ser contemporánea, pero también situarse en las minas de un Potosí dieciochesco o en la necrópolis extramuros de la Lícabrum íbera. Burlesca o satírica, la ironía va adoptando, conforme el relato crece, formas adaptadas a su desarrollo narrativo. Se valen con maestría del arte de la caricatura, ¡ay, ese don Cornelio que hace verdad el adagio "Nomen omen"!, que se enreda en la trama para devenir entremés o sainete y alcanzar a veces la nota un tanto disparatada del astracán o el desgarrado expresionismo del esperpento.
En esa andadura, la carnación del esqueleto argumental la aporta la palabra narradora. Si estuviese escribiendo hace veinte o treinta años (es decir, nada, como pide el tango, al menos para quien, como quien esto teclea, peina canas), apelaría ahora sin rodeos a la voluntad de estilo, esa panacea de la literatura sedicentemente vanguardista.
El caso es que, puestos a hablar del estilo, si no se recurre a un análisis técnico de base retórica con herramientas cuantitativas, solo pueden hacerse apreciaciones impresionistas.
Corro, pues, el riesgo de incurrir en alguna metáfora inane, como aquella, tan de moda en esos años, del estilo musculado de la que se reía, con toda razón, Víctor Moreno en "De brumas y veras". El caso es que a mí el adjetivo que me viene a las mientes de manera espontánea para caracterizar la prosa es suculenta, no exactamente en el sentido habitual de ‘jugosa’ o ‘sustanciosa’, sino en el que se habla de la suculencia de las plantas crasas, es decir, la cualidad a un tiempo carnosa y jugosa. Carnosa por lo consistente, jugosa por lo sazonado de las palabras y los giros. Nada más lejos, para gozo del lector (o, cuando menos, de aquellos lectores entre los que me cuento) del barthesiano grado cero de la escritura.
Cerremos el círculo volviendo al título. No resulta este una excepción a la tendencia no enigmática señalada al principio de estas líneas. ¿Porqué? A mí, como quizá les pase a otros lectores, me hace de inmediato pensar.
En nuestro caso, el anuncio podría referirse a los propios relatos, con ese toque a menudo ingenioso y sorprendente que, como decía arriba, los caracteriza. La metáfora, por tanto, del propio transcurso del libro, en el que uno se iría topando con los relatos cuyo giro final lo sorprendería como el ágil ciervo de la fábula gráfica de Acteón. Cierto que, cuando uno se enfrenta al primer y anepigráfico relato, piensa haber dado con la clave, pero al cabo de leerlo (lo que se hace en un abrir y cerrar de ojos) se desengaña. Acteón no parece cuadrar mucho aquí, así que el lector tendrá que seguir adelante, a ver si en algún recodo del camino, da con él en, o cuando menos al lado de. No le diré si lo va a encontrar. Solo le advertiré de que la ruta merece la pena.
* * *
Aceptada la amable invitación a prologar estas páginas, movido por la simpatía hacia los autores y no menos hacia sus obras, incurrí en una de esas contradicciones que son propias de la condición humana, porque, personalmente, nunca he sido muy amigo de prefacios, esa especie de barbacana que dificulta el acceso a lo que a uno le interesa, que es la obra a la que anteceden, motivo real de que se acerque al libro el lector, para quien las reflexiones, más o (con cierta frecuencia) menos inspiradas, del prologuista suelen darle, salvo honrosas excepciones, absolutamente igual. Por otro lado, las introducciones académicas (género en el que tengo más hábito) acostumbran a tener el defecto (difícilmente salvable, todo sea dicho) de destripar o, como se dice ahora, de hacer el spoiler de la obra a la que introducen, razón por la cual suele ser preferible acometerlas tras habérsela leído. Por ello y con pleno acierto (a mi ver), la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española sitúa el estudio a continuación del texto, en lugar de precediéndolo, como es costumbre.
El escasamente lacónico párrafo que antecede no tiene otra función que convertir la necesidad en virtud y, sin tener que apelar al ya un tanto manido y, dicho sea de paso, no necesariamente acertado dicho graciano, servir de excusa para cerrar pronto (aunque espero que no demasiado mal) estas líneas introductorias y, dejándonos de preámbulos, dar de una vez paso a lo que el lector está buscando y verdaderamente importa: los relatos breves o no tanto, burlescos o serios, moderada o descaradamente suculentos.
Alberto Montaner, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza.
ACTEÓN, NIETO DE APOLO, pasaba los días cazando por los bosques y los humedales de la región de Beocia, sin más compañía que una jauría de perros, sus fieles molosos, a los que quería como se quiere a un hermano. Cuenta la leyenda que una fría mañana de invierno descubrió por casualidad a Artemisa, diosa de la castidad y las fieras salvajes, bañándose desnuda junto a una gruta. «Intenta si puedes contar lo que has visto», lo maldijo la diosa, salpicándole agua. Su voz tintineaba como una violeta cargada de escarcha. El joven se estremeció; quiso postrarse y rogar por su vida, pero solo acertó a lanzar un berrido... Con horror descubrió que Artemisa lo había convertido en ciervo. Sus perros, que lo seguían de cerca, no lo reconocieron. Ladrando excitados le mordían el lomo, las patas, el cuello. Se lanzaron sobre él y lo descuartizaron.
––––––––
HUYÓ, SI BIEN SU ASILO no sabía,
de sí mismo veloz más que Atalanta,
y así aquel ciervo humano discurría
no dando ley a su ligera planta.
Su gente a compasión mover quería,
y el órgano sutil de la garganta
la voz no articuló, y bramó de suerte
que, llamando el favor, vino la muerte.
CUANDO SAMYE SUPO DE la asesoría que Gyatso impartía a Shakya Lhamo La, se quedó mudo durante horas. No hilaba pensamiento ni palabra, encandilado por los celos.
Caminó balanceándose hasta el salón de artes marciales. La práctica había comenzado. Apenas inhaló profundo y sus manos afiladas rompieron el aire, la rabia lo tocó como hada madrina y le dio por odiar su carácter de monje pasivo siempre agradecido por los golpes de la vida convirtiéndolos en Enseñanzas Budistas. Deseó fervientemente haberse quedado en la ciudad de Lhasa, capital de Tíbet, donde creció creyendo que sería un lama y monje lego, pero los chinos invadieron el país en plena mitad del siglo veinte, voltearon al revés sus apacibles existencias, y tuvo la gran suerte de huir.
Crispó sus manos. Unas venas azulosas brotaron sobre su piel bruñida. Había fortalecido cada músculo de sus brazos en el escondido valle de Kyrong y ahora quebraba ladrillos y pilas de madera en un solo golpe. Con codicia pensó en utilizar toda esa fuerza para destrozar a cualquier chino que se atravesase en su camino, de la misma manera que ellos hicieron con los estudiantes del monacato, sus compañeros, sus hermanos de vida y doctrina. Vio tantos encarcelados, fusilados, todos señalados de subversivos y reaccionarios. En aquellos días él se sentó a llorar porque había sido educado para ser manso.
¿Cómo era posible que una nación pisara a otra y su gobierno la entregara calladamente a su extinción?
Los rumores de la cruenta guerra que se libraba ahora entre India y China –por una franja fronteriza que pertenecía a Tíbet, pero que los chinos también se adjudicaron con la invasión– terminaron de sumirlo en una total decepción del mundo.
Al viejo castillo del Nido de pájaro en el valle escondido de Kyrong llegaban medias familias que contaban los horrores vividos al ser invadidas sus aldeas, llorando todavía a sus muertos. Se oía decir que un gran número de refugiados que otrora fueron caballeros ricos, con un servicio de hasta cincuenta personas a su cargo, ahora mendigaban en otros países un lugar donde vivir y trabajar.
Samye iba de la furia –por lo que sucedía en su país– al coraje de imaginar a Gyatso con Shakya, la Sublime. Era tan difícil dejar de pensar en eso. Su mal aumentó ante la evocación del posible reinado de ella en el país vecino de Bután, donde era pariente directa del rey. Qué quimérico fue imaginarla como una leal esposa. Si llegara a ser elegida reina estaría más lejos que nunca de su alcance.
Y ahora estaba lo de la asesoría: Gyatso instruyéndola sobre los deberes de una reina budista, pendiente hasta de su respiración.
