Relatos carnavalescos - Diego Iván Luna Benavides - E-Book

Relatos carnavalescos E-Book

Diego Iván Luna Benavides

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"No es posible ser sabio, estoico ni coherente las veinticuatro horas del día; es necesario saborear el placer de vivir sin la seriedad profunda de los compromisos laborales, las prácticas religiosas políticas y cívicas de la cotidianidad ¿Por qué no ser demasiado humanos para el disfrute de la vida, mirando a los ojos de mi interlocutor cuando hace memoria del pasado, o cuando saboreamos el presente El autor de Relatos Carnavalescos lleva al lector al pasado, le dice lo que se contaba en épocas de las espelmas, las velas de cebo o las lámparas de petróleo; cuando entre la cena y la hora de acostarse, la interacción sensual de la palabra noche tras noche unía a la familia alrededor de una tulpa o de un fogón de leña. Los narradores -Diego Iván- hacen uso de la narrativa en su género ficticio, el cuento, para sacar al lector de la prisa del no vivir, al sosiego de la introspección, de la pausa y cerciorarse de su identidad que parece desvanecerse en el tumulto, el afán y la niebla. Su aporte al género narrativo está contextualizado en el pasado de su tierra natal. Y a través de nueve relatos cohesionados por temática, estilo y geografía proporciona al lector una oportunidad de gozo literario." Luis Gerardo Galeano

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Seitenzahl: 132

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Luna Benavides, Diego Iván

Relatos carnavalescos / Diego Iván Luna Benavides. -- Santiago de Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2013.

84 p. ; 24 cm. -- (Colección Artes y Humanidades)

1. Cuentos colombianos 2. Relatos colombianos. 3. Festivales - Cuentos I. Tít. II. Serie.

Co863.6 cd 21 ed.

A1393809

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

 

 

Universidad del Valle

Programa Editorial

Título:

Relatos carnavalescos

Autor:

Diego Iván Luna Benavides

ISBN:

978-958-765-066-2

ISBN-PDF:

000-000-000-000-0

DOI:

10.25100/peu.000

Colección:

Artes y Humanidades - Literatura

Primera Edición Impresa     septiembre 2013

Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela Barrios

Vicerrector de Investigaciones: Héctor Cadavid Ramírez

Director del Programa Editorial: Omar J. Díaz Saldaña

© Universidad del Valle

© Diego Iván Luna Benavides

Diseño de carátula, diagramación y corrección de estilo: G&G Editores, Cali.

Ilustraciones de carátula y de páginas interiores: Enrique Conrado Luna

Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

 

 

 

No es posible ser sabio, estoico ni coherente las veinticuatro horas del día; es necesario saborear el placer de vivir sin la seriedad profunda de los compromisos laborales, las prácticas religiosas políticas y cívicas de la cotidianidad. ¿Por qué no ser demasiado humanos para el disfrute de la vida, mirando a los ojos de mi interlocutor cuando hace memoria del pasado, o cuando saboreamos el presente? El autor de Relatos Carnavalescos lleva al lector al pasado, le dice lo que se contaba en épocas de las espelmas, las velas de cebo o las lámparas de petróleo; cuando entre la cena y la hora de acostarse, la interacción sensual de la palabra noche tras noche unía a la familia alrededor de una tulpa o de un fogón de leña. Los narradores —Diego Iván— hacen uso de la narrativa en su género ficticio, el cuento, para sacar al lector de la prisa del no vivir, al sosiego de la introspección, de la pausa y cerciorarse de su identidad que parece desvanecerse en el tumulto, el afán y la niebla. Su aporte al género narrativo está contextualizado en el pasado de su tierra natal. Y a través de nueve relatos cohesionados por temática, estilo y geografía proporciona al lector una oportunidad de gozo literario.

Luis Gerardo Galeano

 

 

 

DIEGO IVÁN LUNA BENAVIDES

Nacido en el municipio de Sandoná, departamento de Nariño. Realizó sus estudios de primaria y bachillerato en el Instituto Santo Tomás de Aquino de esta localidad y posteriormente se desplazó a la ciudad de Cali, departamento del Valle, donde obtuvo los títulos de: Licenciado en Música (1997) y Licenciado en Literatura (2007), en la Universidad del Valle. Actualmente labora como docente de la Facultad de Educación de la Universidad Mariana de Pasto, en la cual realizó estudios de especialización en Educación y Pedagogía. Se desempeñó como músico supernumerario de la Orquesta Sinfónica del Valle, en calidad de tubista, durante los años 2001 y 2002. Publicó (Dic. 2009) Una mirada al Carnaval Andino de Negros y Blancos de San Juan de Pasto, obra de carácter periodístico-cultural, bajo el aval del Programa Editorial de la Universidad del Valle.

 

 

 

A mis hermanas

Gloria, Anita y Blanca Rosa.

INTRODUCCIÓN

Los actos de expresión oral constituyen un soporte cultural potenciador de la memoria histórica de los diferentes pueblos latinoamericanos. Se evidencia, a partir de ellos, todo un constructo social revelado en sus diferentes manifestaciones populares. Convirtiéndose, estas manifestaciones populares, en un paradigma de vida de las generaciones venideras. Ellas representan la memoria colectiva de nuestra América Latina.

Es el caso de las expresiones verbales con las que cada región, por pequeña que sea, se identifica: las coplas, los refranes, los relatos cortos, los chismes y las explicaciones empíricas sobre fenómenos incomprensibles que maduran en el tiempo, en un proceso de decantación y enriquecimiento por parte de los usuarios, hasta alcanzar la categoría de mitos o leyendas, y aportar con su presencia identidad al hombre y al lugar que les dio origen.

El contar historias y el gozo de escucharlas ha sido y será uno de los pocos actos que logran aplacar la rudeza de la existencia, por encontrarse aquí, grafiada sobre tablas de cristal, la esencia de nuestra condición humana: cruda, desnuda, y dispuesta a inquietar con su reflejo a quienes se aventuran a observarla. Algunas perdurarán en el tiempo, incluso, hasta cuando las vastas generaciones de sus creadores hayan desaparecido por completo. Y aunque otras parecen desaparecer, estarán inmersas en algún lugar de la memoria de sus habitantes para florecer en el momento apropiado, y, al igual que las primeras, convertirse en la guía cultural que da cuenta del proceso de adaptación y conciliación de cada pueblo a los diferentes cambios que la sociedad propone.

“En nuestras culturas ancestrales, la oralidad constituye el elemento primordial tanto de comunicación como de identidad cultural. En los pueblos primitivos, a través de la oralidad se impartía conocimiento, tradición y por ende identidad a un constructo social, particularizando sus creencias religiosas, costumbres, actos festivos y rituales de sanación, fertilidad de siembra y cosecha, de agradecimiento y contacto directo con la naturaleza. Es así como el papel que desempeñan los cantos, cuentos y todo tipo de narraciones orales, es fundamentalmente el de mantener viva una tradición cultural, en su afán de búsqueda de identidad a partir del cultivo de acciones éticas y estéticas, como pilares fundamentales de la existencia humana” 1.

Con esta serie de cuentos de índole costumbrista, creados y contextualizados dentro de la dinámica carnavalesca de un municipio del suroccidente de Colombia, se pretende darle vida a una serie de relatos que hacen parte de la idiosincrasia de esta población. Su contenido es una amalgama de anécdotas, chismes y pequeños relatos acontecidos a sus pobladores y enriquecidos por éstos a lo largo de varias décadas de uso, para confiarlos ahora en manos de ese extraño gorgojo llamado modernidad. En ellos se destaca una serie de sucesos religiosos, políticos, cívicos y deportivos, que al mezclarse con las leyendas, aún en boga, de las culturas aborígenes asentadas en este territorio, generan un fenómeno sincrético en donde la magia, la fantasía y la realidad comparten un mismo estadio cebado de melancolía.

La dinámica del carnaval, como forma de expresión popular, es un elemento que logra cohesionar las diferentes temáticas abordadas en cada relato, y su importancia como agente transgresor hace que, pese a la crudeza de algunos de ellos, la risa, la burla y el humor actúen como agente catártico en sus personajes y en el lector.

La existencia humana, por dura que sea, tendrá siempre un soporte incondicional dentro de sus expresiones populares. Recurrirá a su presencia en los momentos en que los conflictos psicológicos o sociales amenacen su permanencia. Sí, nuestra cultura latinoamericana está cargada de saber popular inmerso en su tradición oral, un saber que rebasa las barreras de la nostalgia y la desesperanza para ofrecernos un camino alternativo solapado de gracia e ironía.

Las historias no callan, ellas siempre aparecerán como espíritus del bien a entregarnos su más humilde obsequio: la risa.

Diego Iván Luna B.

LA ÚLTIMA NEBLINA

Aquí no quedan historias para contar —supuso el forastero—, porque desde la época en que su abuelo relataba las suyas habían pasado cincuenta años, y de aquel pueblo que racionaba agua y energía los trescientos sesenta y cinco días del año poco era lo que quedaba. La cancha de fútbol que fundara el francés Fernando Jaulin había sido cambiada de lugar dos veces. Las lámparas de querosene que alumbraron las calles de cascote se encontraban reemplazadas por lámparas eléctricas de mercurio, que dejaban caer sus opacos rayos de luz amarillenta sobre la ahora adoquinada plaza. Del parque principal no quedaba sino un decolorado planchón de cemento enchapado con remiendos de baldosas de diferentes grabados y épocas. Las casas coloniales contiguas a la alcaldía mostraban grandes rasgos de deterioro, o en el peor de los casos se encontraban demolidas parcialmente, y sus espacios ocupados con toscas construcciones cuasi modernas que le daban un aspecto grotesco a sus fachadas. Más a su derecha la imponente iglesia, de cuya construcción se vanagloriaba su abuelo y de la cual nunca terminó de contar sus historias, seguía ahí, erguida, perenne, a pesar de haber sufrido los fuertes azotes de temblores provenientes del volcán Galeras o de maremotos del océano Pacífico. Solo que ahora, en los agujeros en círculos ubicados en sus dos torres, se apreciaban dos relojes cuadrados con números arábigos que para nada salen con el bien aproximado estilo gótico de su construcción, ni mucho menos con los escasos brochazos de pintura blanca que destacan sus encumbrados ornamentos, legado de alguna campaña preelectoral a la alcaldía.

Parecía que sus planes por encontrar un buen material para sus escritos se hubieran desvanecido desde el mismo momento en que buscó con sus ojos la famosa cascada, que en otro tiempo sirviera de lavandería a las mujeres del lugar, y miró que de ella no salía más que un perezoso hilillo de agua. La imagen que traía del pueblo era muy diferente a lo que en realidad encontraba.

Desubicado, deambuló largo rato por los contornos del parque hasta llegar frente a las puertas de la iglesia. Allí, un remolino de viento, como de los que su abuelo le contó alguna vez que se forman exactamente en ese lugar, lo empujó hacia el centro del abandonado parque.

Anochecía, el parque se encontraba desolado. De la montaña donde hubo una gran cascada descendía, hostigante, una espesa neblina que amenazaba con invadir el poblado. Tuvo que agudizar su mirada al toparse con una silueta que se presentía en una de las bancas. La silueta realizó un leve movimiento y dejó ver una mano pidiéndole que se acercara. Una vez cerca distinguió claramente la imagen de una anciana. India, de mediana estatura, con una nariz que parecía había sido una de esas piezas esculpidas con toda la paciencia que requiere una obra de arte. Solo que, aquello que en otro tiempo debió ser la atracción principal de su belleza, estaba convertida ahora en una enorme y corrugada pipa tabaquera que, junto a sus orejas grandes y despiertas, y con un cómico movimiento que asemejaban al de un radar, daban un semblante caricaturesco a su enjuto rostro.

—Llevo mucho tiempo esperándolo —le dijo la anciana, con una voz clara y un tono autoritario.

—No comprendo —reveló el forastero.

—No tengo tiempo para explicarle nada porque esta es la última neblina a la que espero, cuando ella haya descendido al poblado me tengo que marchar, así que es mejor que usted se siente y escuche.

Sin acabar de comprender, el forastero optó por sentarse. La abuela bajó al piso una jigra de fique que tenía sobre la banca para hacerle espacio, clavó sus tímidos ojos en los de él y señaló:

—Mira ese monumento que pusieron ahí —se refería a la estatua del libertador Bolívar, plantada sobre un pedestal de hormigón en el centro del parque—. Eso es la ofensa más grave cometida a un lugar sagrado como este.

Y continuó la vieja:

—Tantos gobernantes como ha tenido esta tierra, cuantos agravios ha recibido. Allá por tiempos pasados, y precisamente en este sitio, se encontraba la madriguera sagrada de los caciques Hatunllatas. De este mágico lugar se proveía la mayor parte de la comida para ellos: Raíces, tubérculos, roedores de diferentes especies y una casta de conejos gigantes, cuya carne estaba destinada al cacique, a los ancianos y al taita de la tribu. Con un solo conejo se alimentaban hasta veinte personas. Lo que aquí se producía tenía el poder del lugar. Una piedra plana, grabada en su superficie con un círculo magnético, cubría su entrada, y en su longitud se desplazaba mediante túneles por debajo de la tierra hacia diferentes puntos de este lugar.

»La aldea estaba llena de ancianos que otrora fueron caciques, los cuales cedieron su trono solo para formar un nuevo dirigente, pues cada uno de ellos tenía la posibilidad de vivir hasta doscientos años por efecto de la comida mágica a la que le era permitido. Los Hatunllatas fueron bravos guerreros que organizaron un ejército, junto con tribus vecinas, para enfrentar la invasión del imperio Inca. La derrota en la batalla de Yaguarcocha la sobrellevaron con gallardía, porque al momento de pagar tributo al imperio incaico, mandaron canastos llenos de chinches, piojos y niguas, aduciendo que era lo único que se daba en estas tierras.

»Las tribus Hatunllatas tuvieron que trasladarse de estas tierras con la aparición del hombre blanco. Los Taitas, ayudados por su desarrollada magia, reubicaron a los ancianos en un lugar lejano en la montaña, invisible al codicioso ojo del conquistador, y desocuparon la aldea, al tiempo que se guardó el secreto de la existencia de la madriguera. Años después, en las constantes travesías que los blancos hicieron por este territorio, como paso obligado hacia Quito y el Cuzco, y cuando armaban sus campamentos para pernoctar en este lugar, los guerreros, quienes se ocultaban en los contornos de la desolada aldea, se deslizaban en las noches y arrojaban buenas cantidades de niguas y chinches a sus malocas. Una misma cuadrilla de conquistadores nunca se quedó aquí dos noches seguidas. En venganza, las piedras planas que custodiaban la entrada a la madriguera fueron despedazadas con porras de acero, y sus pedazos utilizados como sentaderos. En época más reciente sirvieron como cimiento de esa iglesia ubicada ahí, construida con los bloques de piedra que retiraron de nuestro templo ubicado a orillas del río sagrado, del que solo sobrevivió la piedra Chura, su mirador.

»Con el pasar de los años se construyeron casas para blancos y mestizos que poblaron nuevamente este territorio. La entrada a la madriguera quedó en el centro de la plaza que se formó. Hasta hace algunas décadas este pueblo estaba lleno de túneles, mas cuando el pueblo creció se vio en la necesidad de alcantarillado. Al cavar la tierra para extender tubería aparecieron muchos de ellos que fueron taponados, ya que ignoraban de dónde provenían.

La anciana se detuvo en la narración para mascar unas hojas de tabaco, sacó de su jigra de fique una chalina de lana para cubrir su espalda y continuó: