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¿Se podrá aprender de los errores? Con su estilo único, en las palabras sencillas del autor se pondrán en evidencias los distintos sucesos que llevan a reflexionar sobre los equívocos y aciertos de cada personaje. Este libro te llevará en un viaje emocionante a través de diferentes escenarios y situaciones Que todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas, pero que con el tiempo hemos olvidado. Son historias únicas, con personajes que interpretan papeles diferentes pero que podemos relacionar con nuestras propias experiencias. A medida que avanzas en el libro, cada relato te llevará a un punto de inflexión que te hará reflexionar sobre tus propias decisiones y te enseñará lecciones valiosas que podrás aplicar en tu vida cotidiana.
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Seitenzahl: 61
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Coaloa, Gustavo Andrés
Relatos creíbles / Gustavo Andrés Coaloa. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
100 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-363-4
1. Antología. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Coaloa, Gustavo Andrés
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Relatos creíbles
1
“Ponele”
Ustedes dirán “¡Qué título pedorro!”, pero, pensándolo bien, esa palabra tiene un significado que va más allá de su simple sentido literal: posee una intención que los adolescentes transmitieron a varios grupos de diferentes edades, tanto a alumnos del primario como adultos dentro y fuera del ámbito escolar. Al escucharlo por primera vez en boca de un niño, no lograba entender ese comentario que iba acompañado por un gesto muy particular en que subía la ceja, revoleaba los ojos y una sonrisa leve y picarona se dibujaba en su rostro. Fue durante una clase de Lengua que impartía en el aula cuando pregunté:
—¿Entendieron?
—¡Sí, profe! —dijeron los alumnos.
—¡Ponele! —se sintió al fondo.
Mientras ellos se reían de manera desmesurada, agregué:
—¿Qué querés poner?
Las carcajadas de todos los niños se adueñaron del ambiente. Yo seguía aún sin comprender, con esa sensación de no saber qué hacer, si enojarme, ponerme serio o pedir silencio, así que opté por sonreír a la par, siendo cómplice de ese comentario que era tan gracioso para ellos.
“Ponele” es uno de los tantos términos o dichos de muchos y es el más apropiado para describir, a continuación, innumerables sucesos que forman parte de la vida de quienes integran esta etapa tan peculiar que es socializar en un ámbito, un punto de encuentro para todos, dando lugar a cientos de expresiones que vale la penar tener presente y recordar.
2
Cotorras desplumadas
No había nada más placentero que llegar antes que los demás docentes al colegio. Como maestro, una de mis tantas satisfacciones era esta: ser el primero en asistir para dedicar diez minutos a la preparación de un desayuno. Mientras el agua se calentaba en la pava de la cocina, batíaenérgicamente el café con azúcar hasta lograr una consistencia cremosa y, luego de verter el agua caliente de manera delicada, tenía como resultado una espuma suave y deliciosa, lista para saborear.
Orgulloso de mi taza para disfrutar el inicio de la mañana, me sentaba en la silla de la Dirección que, a pesar de no tener mi nombre, todas sabían que era mi lugar. Al pasar los minutos, llegaban mis compañeras en pequeños grupos. Eran criaturas que deslumbraban con la dedicación de tiempo frente al espejo, sus peinados sobresalientes, sus caras maquilladas a la perfección y el lápiz labial que les daba un toque especial y llamativo. “Ponele”. La prolijidad de sus guardapolvos era un ejemplo a seguir, una obra de arte antes de iniciar la jornada.
Yo degustaba unos sorbos del exquisito café y, paulatinamente, los saludos se cruzaban entre ellas. Variados temas de conversación se entremezclaban en aquel pequeño lugar de encuentro para las seños; una sinfonía de voces, carcajadas que iban en aumento, y, a lo lejos, se podía escuchar cómo ingresaban los niños al colegio después de que se abriera el portón principal. ¡Cuánto entusiasmo! ¡Cuánta energía! Al mirar a mis compañeras, pensaba cómo harían para entenderse cuando hablaban al mismo tiempo, entre risas y comentarios. Ese poder las hacía únicas como una jaula de cotorras: no necesitaban el silencio para seguir el tema de una conversación y, a su vez, tenían la capacidad de escuchar los diálogos de otras. Yo no hacía esfuerzo alguno por intentar comprender, solo asentía con la cabeza dándoles la razón sobre “no sé qué” mientras terminaba el desayuno placentero. “Ponele”. Al escuchar la música en el patio, que nos indicaba que era el momento de la formación, los estudiantes se ubicaban en filas por grados y las docentes salían de Dirección como desfilando en una pasarela, luciéndose y presumiendo su belleza. Paradas frente a cada fila según el grado, mientras se izaba la bandera a lo alto del mástil, eran observadas por los padres y madres que presenciaban ese pequeño momento antes de que cada alumno ingresara al aula para comenzar la mañana.
Qué decir de lo que venía después: el esperado recreo, momento en que los niños eran libres durante diez o quince minutos. Sin embargo, estos no bastaban para exprimir tanta energía acumulada bajo presión en el aula y algunos corrían desesperados en ese juego de quién era más veloz y era primero para llegar a la cantina; otros saltaban la piola en un picante directo y demasiadas cabezas inquietas recorrían el patio en permanente interacción. La imagen de las seños tras ellos, con gritos y advertencias:
—¡Mateo, no corras!
—¡Julián, dale las galletitas!
—¡Basta, Pablo! ¡Te vas a Dirección!
—¿Por qué le pegás, Braian?
—¡Matías, no tires la basura al piso!
Podría nombrar cientos de llamados de atención en este mundo tan particular, un mundo en el que los chicos son chicos y su energía, totalmente renovable. Sí, señor, eran como pequeños cachorros en busca de su pelota, hiperquinéticos, ansiosos, con esa necesidad de hacer todo y nada a la vez. Si uno recorría el colegio en momentos de clase y se ponía a escuchar detenidamente el sonido que provenía de las distintas aulas, claramente se imponía el grito extremadamente agudo de las maestras pidiendo silencio. El alarido era acatado por unos minutos y luego volvía a aparecer en un marcado tiempo intermitente, donde los intervalos del silencio impuesto se desvanecían gradualmente hasta llegar nuevamente al grito inicial.
Lidiar tanto tiempo, tantas mañanas, días y años con este entorno no es fácil, para nada fácil, pero la recompensa es infinita. Escuchar el timbre que marcaba la finalización de la jornada y ver la velocidad con que los niños guardaban todo en sus mochilas para la formación era asombroso. Una vez más, enérgicos, estaban casi en fila esperando el saludo de la directora, que, a su vez, aguardaba que el silencio se apoderara de ellos. Así, la espera continuaba firme, paciente y, de a poco, hacían caso, esperando oír la ansiada despedida.
—¡Hasta mañana, chicos!
Voces y respuestas desordenadas se sentían en la multitud:
—¡Hasta mañana, señorita directora!
