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La delgada línea que separaba los negocios del placer no tardó en desaparecer... Cuando sorprendieron a la diseñadora Eva St George, a la que los medios consideraban salvaje y desvergonzada, con el magnate Dante Vitale, la noticia no tardó en aparecer en la prensa. Con una incipiente reputación que salvaguardar, ¿cómo podía negarse Eva a la estrategia que Dante le propuso para salir del paso? Desgraciadamente, la solución no era separarse, sino seguir juntos... El único interés del despiadado italiano eran los negocios. Si podían convencer a la gente de que estaban verdaderamente enamorados, ambos podrían aún conseguir lo que deseaban…
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Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Victoria Parker
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Reputación dañada, n.º 2313 - junio 2014
Título original: A Reputation to Uphold
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4321-9
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Te ruego que no me hagas esto, Finn. Hoy no. Eva St George trataba de escuchar la conversación de su teléfono móvil a pesar del ruido que había en la fiesta. Lo apretaba con fuerza contra un oído mientras se tapaba el otro con un dedo. Esperaba que los ruidos que se escuchaban fueran debidos a la mala cobertura y a que su hermano estuviera aún aislado por la nieve en Suiza.
–Maldita sea...
Se apartó de la pared y se abrió paso entre los grupos de invitados, mujeres ataviadas con los últimos modelos de alta costura y hombres vestidos con elegantes esmóquines. No dejaba de mirar las puertas que la sacarían del salón de baile más prestigioso de todo Londres.
–Finn, dame un minuto...
De los altos techos, colgaban grandes banderolas de color sosa, adornadas con corazones de cristal, el emblema de Unidos contra el Cáncer de Mama, la organización benéfica que Eva y Finn apoyaban. Una noche al año, juntos, organizaban un acto para recaudar fondos en honor a su madre. En aquellos momentos, el hecho de que no estuvieran los dos era como una aguja que se clavaba en el corazón de Eva. Abrió la pesada puerta y salió al enorme vestíbulo.
–Está bien. Ahora puedes hablar. ¿Dónde estás?
–Mira, hermanita. Lo siento mucho. Todos los aeropuertos están cerrados. Incluso he intentado contratar un vuelo privado para estar allí, pero ni siquiera al piloto le dan permiso para despegar. Puedes hacerlo, Eva.
–Pero, Finn, nos esperan a los dos. ¿Cómo voy a poder...? –susurró en voz muy baja.
Sabía muy bien que podía hacerlo sola, pero no quería ni pensarlo. Hablar delante de cientos de personas que, sin duda, esperaban que la diva cayera en picado, no era la mejor perspectiva del mundo para ella. No solo eso. En cierto modo, le parecía como si estuvieran defraudando a su madre y, desde su muerte, Eva ya la había defraudado lo suficiente. Sin embargo, lo último que quería era que Finn se preocupara o que se sintiera culpable.
–No te preocupes, ¿de acuerdo? Puedo ocuparme de esto.
–Claro que puedes. Estamos hablando de la mujer que se acaba de ganar la admiración de Prudence West, la que muy pronto será la duquesa de Wiltshire. Por cierto, mi más sincera enhorabuena.
–Gracias, Finn. Prudence West es encantadora. Le entusiasmaron mis diseños.
–Por supuesto que sí. Cualquiera con un gramo de buen gusto podría reconocer una estrella emergente. Abadía de Westminster, ¿no? Mi hermanita junto a la realeza. Me siento tan orgulloso de ti...
Eva sonrió y pensó, no por primera vez, lo mucho que echaba de menos a su hermano. Finn era la única persona cuerda de la familia. Bueno, tan cuerda como lo podía estar un piloto de carreras.
–Veo muy bien lo que estás intentando hacer y te adoro por ello. Te ruego que me des una abadía llena de duquesas y veré cómo encuentro el medio de deslumbrarlas a todas, haciendo que mis diseños hagan realidad todos sus sueños. Sin embargo, en lo que se refiere a esto... –dijo con un suspiro–. Papá está aquí también, haciendo de abogado del diablo con sus exesposas mientras estas se lanzan dagas las unas a las otras. Está haciendo el ridículo. ¿Por qué no puede mostrar más respeto, especialmente esta noche?
–Levanta la cabeza y no le hagas ni caso.
–Eso está bien en teoría, pero no en la práctica. Me he esforzado tanto en esto, Finn... Si algo sale mal esta noche, mi rostro aparecerá en las portadas de todos los periódicos sensacionalistas del país.
–Nada va a salir mal. Escucha... Estaba muy preocupado por ti. Sé lo mucho que el día de hoy significa para ti. Por eso, te he enviado...
–¿Qué es lo que me has enviado?
–Él no te molestará, pero estará a tu lado si lo necesitas.
¿Necesitar? Eva no necesitaba a nadie. ¿Para verse defraudada continuamente? No, gracias.
Un momento... Su hermano se había referido a un hombre. La intranquilidad se apoderó de ella y le aceleró los latidos del corazón.
–¿Él? ¿De quién estás hablando? No te oigo muy bien.
–Yo... Le he pedido a Vitale... que ocupe mi lugar.
–¿A Dante? Ni hablar. Dile que no venga.
–¿Decirle que no vaya? A pesar de su mala reputación, no es tan fiero como lo pintan, Eva.
–Claro que lo es –replicó ella–. Es... es... es un bruto colérico y arrogante.
–Eh, es un buen tipo. Yo le confiaría mi vida. No me defraudará... Dante no tendría el éxito que tiene por todo el mundo si ronroneara como un gatito. No lo conoces, Eva.
Eva estaba segura de que lo conocía lo suficiente, pero no tenía intención alguna de decírselo a Finn. Su hermano le preguntaría por qué y, entonces, ella tendría un buen problema.
Le costaba trabajo respirar. Los senos amenazaban con escapársele de los pliegues de raso color cereza. Se apretó la mano contra el vientre para tratar de tranquilizarse. Sin embargo, los dedos le temblaban tanto que tan solo consiguió ponerse más nerviosa.
–Pensaba que estaba en Singapur creando otro de sus maravillosos grandes almacenes, por si no tuviera ya bastantes...
A Finn se le daba muy bien mantenerla informada sobre los movimientos de Dante Vitale sin que ella tuviera que preguntar. A Eva le gustaba saber cuándo estaba Vitale en Londres para poder salir corriendo en la dirección opuesta.
–Ha vuelto para... –dijo. La línea telefónica empezó a irse intermitentemente. La voz iba y venía–. Yo me quedé sin pala...
–Finn, ¿sigues ahí?
La comunicación se cortó y resonó en su cabeza como un golpe mortal. Cerró los ojos. Solo Finn era capaz de echar más leña al fuego sin darse cuenta.
«Respira, Eva, respira...».
Como sabía que no le quedaba elección alguna, se irguió sobre los altísimos tacones y respiró profundamente. Por supuesto, se enfrentaría a las altas esferas de la sociedad londinense y realizaría su discurso anual. ¿Que no tenía a Finn a su lado? No le importaba. Era una mujer hecha y derecha que se estaba forjando su propio camino hacia el éxito. Acababa de firmar uno de los mayores contratos de la década y se negaba a permitir que su padre ebrio, las exesposas de este o el todopoderoso Dante Vitale fueran testigos de cómo se desmoronaba.
Le había costado años superar el infierno en el que se había visto sumida después de la muerte de su madre. Por suerte, el paso del tiempo le había ayudado a limpiar su pasado. Ya no se encontraba con horribles portadas todas las mañanas en las que los periódicos sensacionalistas de todo el país arruinaban su reputación. Y no pensaba regresar a aquella situación a menos que fuera para mostrar sus creaciones y demostrarle al mundo que era mucho más que la hija de una famosa diseñadora y de una estrella del pop de los años 80.
Levantó la barbilla, cuadró los hombros y volvió a entrar en la sala de baile. Hizo caso omiso al intento de su padre por llamar su atención y se dirigió a la barra del bar.
–Agua mineral con gas, por favor –le dijo al camarero con una dulce sonrisa.
Podía hacerlo. Sin lugar a dudas.
Entonces, lo notó. Un aroma masculino cálido y delicioso que la abrazó y devolvió la vida a todos sus sentidos. Una vertiginosa necesidad, olvidada ya hacía mucho tiempo, se apoderó de ella al captar el rico acento italiano que se dirigió directamente a su cerebro en alta definición.
–Esta noche estás siendo una buena chica, ¿no, Eva?
La piel se le puso de gallina y un tórrido embrujo se apoderó de su estómago. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantenerse erguida y respirar el suficiente oxígeno como para no desmayarse.
–Es todo por una buena causa, Dante –dijo orgullosa de la firmeza de su voz.
Entonces, movió con suavidad los pies para darse la vuelta lánguidamente. En ese momento, se dio cuenta de que ni siquiera la fuerza de Hércules podría haberla preparado.
Se enfrentó con unos ojos del color del ámbar tostado que destacaban sobre un rostro que tan solo podía haber sido descrito como de una pura belleza italiana. Piel dorada y suave y un cabello castaño claro muy abundante que le caía sobre la frente y sobre las orejas.
Eva comenzó a juguetear con el bolso para no trazar la curva de aquella boca tan hermosa y tan cínica, una boca que se había pasado gran parte de su adolescencia deseando besar.
La belleza de Dante tenía algo casi inmortal. Eva observó atentamente los anchos hombros, ceñidos por el mejor traje negro que el dinero pudiera comprar. El esmoquin tan solo servía para darle a su sofisticación una faceta cruel y salvaje.
Eva se lamió los labios porque, de repente, se le habían quedado muy secos.
–Vaya, qué sorpresa más agradable.
–Lo dudo –replicó él mirándola fijamente al rostro.
Dante Vitale era capaz de ver demasiado, y la idea de que pudiera saber lo que ella sentía en aquellos momentos, cómo le latía el corazón y cómo le hervía la sangre, la desestabilizaba completamente. Eva se había olvidado de él. Hacía ya años que él no formaba parte de su vida.
En realidad, era natural que su magnetismo siguiera afectándola de aquella manera. Probablemente, todas las mujeres de la sala lo estarían mirando. Sin embargo, Dante jamás volvería a ejercer poder alguno sobre Eva. En el pasado, su inocente y vulnerable corazón se había visto engañado, pero, en aquellos momentos, sabía perfectamente la diferencia que había entre la lujuria y el amor. Y no quería ninguna de las dos cosas. Ni de Dante ni de ningún otro hombre. Tomó el vaso de agua y agradeció el frescor que el cristal le transmitía.
–Mira, no estoy segura de lo que te contó Finn, pero no necesito que me lleven de la mano para hablar delante de unos pocos amigos. Ya tengo mis años. Por lo tanto, te sugiero que te marches a tu casa con tu última amante.
Dante Vitale era conocido por su mente privilegiada, su habilidad para los negocios y su feroz talento en el dormitorio con aventuras de una sola noche. Con la excepción de su esposa, Natalia. Si Eva no se equivocaba, su matrimonio había durado dos meses.
Lo peor de todo era que ella había estado tan prendada de él que habría aceptado una sola noche. Sin embargo, el gusto de Dante se inclinaba más por los ojos oscuros y misteriosos, por las morenas elegantes de esbeltos cuerpos. Italianas de pura cepa. No era de extrañar que nunca se hubiera fijado siquiera en Eva hasta que ella, literalmente, se había interpuesto en su camino. Y ni siquiera entonces...
El rostro comenzó a arderle al recordar aquella mortal humillación.
–Si me perdonas, tengo que atender a mis invitados –dijo.
No había conseguido ni dar siquiera dos pasos cuando una mano de acero le agarró la cintura y la acercó de nuevo a la barra del bar.
Eva se estremeció de la cabeza a los pies cuando él la conminó a que no se moviera con una mirada. Entonces, Dante pidió un whisky de malta sin apartar la mano de la cintura. Aquel ligero contacto bastó para trasladar todo el calor que se le había acumulado a Eva en el rostro a un lugar mucho más íntimo.
–¿No te parece que tu vestido es demasiado sugerente, Eva? Estamos aquí para recaudar fondos para una causa benéfica, no en un club nocturno –dijo él. A continuación, se tomó su copa de un solo trago y volvió a dejar el vaso sobre la barra.
–Mi vestido no tiene nada de malo y tú lo sabes. ¿Qué haces aquí, Dante? Comprendo lo que Finn estaba tratando de hacer. Él no tiene ni idea de lo que ocurrió, pero tú... Deberías haberte negado, sobre todo porque no puedes soportar mirarme durante más de cinco segundos.
Como para negar aquella acusación, Dante se dignó a mirarla, aunque con frío distanciamiento.
–Estoy aquí porque se lo debo a Finn. Nada más. Tal y como tú has señalado con gran exactitud, tengo cosas mucho más placenteras que hacer que cuidarte. Sin embargo, si piensas por un instante que tengo la intención de romper mi palabra, estás muy equivocada.
Eva cerró los ojos por un momento.
–Las personas cambian.
–No. Las personas no cambian nunca, en especial cuando siguen teniendo el poder de detener el tráfico.
Solo Dante era capaz de convertir un cumplido en un insulto. La miró de arriba abajo e, instantes después, siguió hablando.
–Menudo jaleo armaste en Piccadilly Circus. ¿Te gustó que te mirara todo el mundo?
–Ese cartel luminoso era una campaña para...
Dante agitó la mano para quitarle valor a sus palabras. Eva suspiró. ¿De qué servía discutir con un hombre que lo veía todo en blanco y negro? Por lo tanto, se ciñó a los hechos y rezó para que él se marchara.
–Vete a casa, Dante. No necesito guardián alguno.
–Pues yo creo que sí –replicó él. Entonces, miró el vaso de agua que ella tenía entre las manos–. Al menos no estás borracha.
Eva contuvo la respiración. ¿Cómo podía haberse creído alguna vez enamorada de aquel hombre?
–Vives anclado en el pasado. No me conoces. Hoy en día no hago más que trabajar.
–No me digas –dijo él con desprecio–. ¿Y qué trabajo es ese, Eva? –le espetó mirándole descaradamente el escote–. ¿Aparecer en las páginas de los periódicos matinales? Ahora que estoy de vuelta en Londres, ¿qué me voy a encontrar por las mañanas cuando me despierte?
Eva apretó los dientes y asió con fuerza su bolso y sintió la tentación de borrarle aquella expresión pagada de sí mismo del rostro. Sabía que no tenía sentido alguno seguir tratando de defenderse. Dante ya había tomado su decisión.
Levantó la barbilla, completamente decidida a mantenerse en su sitio. Aquella vez, no se arrepentiría.
–¿Es ese el apoyo que le prometiste a Finn? ¿Venir aquí e insultarme cuando, evidentemente, no tienes ni idea de lo que he estado haciendo durante los últimos años? ¿Arruinar la confianza que tengo en mí misma antes de tener que dar mi discurso? Muy bien. Me aseguraré de decirle el fantástico trabajo que has hecho. Ahora, aparta tus manos de mí y márchate de aquí. Después de todo, eso es lo que haces normalmente.
Dante apretó la mano sobre la cintura de Eva y sintió cómo los músculos se le tensaban. Aquellas pequeñas contracciones le aceleraron el pulso y tensó la mandíbula. No le llevó más de un segundo convencerse de que estaba malinterpretando el dolor que veía en los ojos de Eva. Entonces, apartó la mano y la dejó marchar.
Captó el seductor aroma que se desprendía de su piel cuando ella se dio la vuelta para marcharse. Una fierecilla vestida de rosa oscuro entre un mar rosado más claro. Su puesto como fundadora de aquella organización benéfica había marcado la elección del color de su vestido.
Dante apartó la mirada de aquel trasero tan tentador y pidió otra copa de whisky de malta.
¡Maledizione! Había metido la pata hasta el fondo. Y Eva tenía toda la razón. Le debería haber dicho a Finn que buscara a otra persona.
La gente solía decir que la belleza de Eva no tenía defecto alguno. Sin embargo, no era así. Los defectos de Eva se escondían debajo de aquellas oscuras y espesas pestañas y acechaban en las sombras de sus hipnóticos ojos verdes.
Dar por sentado que había enterrado sus recuerdos había sido su primer error porque aún podía sentir la cálida humedad de su blanca piel bajo los labios, un tono puro que indicaba una inocencia encantadora que era su más peligroso atractivo. La única verdad eran sus curvas, que deberían ser ilegales.
Un erótico calor le inundó las venas.
Eva St George. Una pin up de fantasía para cualquier hombre.
Se llevó el vaso a los labios y dejó que el ámbar líquido le lubricara la garganta e inflamara un poco más la ira que sentía en la boca del estómago. No debería haber vuelto a tocarla. Sin embargo, si había algo que Dante odiara, era que una mujer le diera la espalda. Era él quien se marchaba. Él tenía el control. Siempre.
No le ayudaba en absoluto que la única vez que lo había perdido hubiera sido con Eva. No importaba que insistiera en que él meramente la había estado consolando la noche del funeral del entierro de su madre. No podía olvidar que había perdido la cordura y que había estado a punto de poseerla sobre el suelo de la caseta de la piscina.
Y aquella misma noche... Ella debía de estar sufriendo mucho. Ese era el dolor que se le reflejaba en los ojos. Por eso Finn le había pedido que fuera con ella. Finn sabía que, a pesar de lo alocada que ella pudiera ser, Eva había adorado a su madre y no le resultaba agradable ver cómo ella luchaba contra su dolor. Insistía en que aquello se debía a la lealtad que sentía por su hermano. Su amigo.
Pensar en su amigo le devolvió a la sala de baile. Al presente. Tenía que olvidarse del pasado, cumplir la promesa que le había hecho a Finn y marcharse de allí. Podría ser amable al menos durante veinte minutos.
Pagó sus bebidas y se volvió para mirar a los invitados. Tardó menos de cinco segundos en encontrarla gracias al vestido que cubría su delicioso cuerpo.
En aquellos momentos, Eva tenía una copa de champán entre sus largos dedos y curvaba sus hermosos labios para atraer a otro hombre. Ella le había dicho que no la conocía, que la gente cambiaba...
Aquello no era algo que él quisiera escuchar. Durante los primeros quince años de su vida, había rezado para que su madre cambiara. Por eso, hacía años que había dejado de escuchar lo que Finn le contaba sobre su preciosa hermanita. Resultaba evidente que Finn la quería mucho y Dante apreciaba demasiado a su amigo como para hacerle ver lo que ella era realmente.
Sacudió la cabeza y echó a andar en dirección hacia ella. Cuando llegó a su lado, Eva estaba sentada en solitario frente a una de las enormes mesas redondas. Se sentó a su lado y agarró la copa de champán que ella tenía entre las manos y se la entregó a un camarero que pasaba a su lado.
–Ya estamos otra vez...
La rubia cabeza se giró para mirarlo, haciendo así que los largos y sedosos mechones le acariciaran suavemente los hombros.
–¿Es que no eres capaz de captar una indirecta? Estoy bien. Vete a casa.
–No.
Los ojos de Eva brillaron con las primeras chispas de ira, pero ella se contuvo. Sin duda, no tenía deseo alguno de montar una escena.
–Además, ¿qué estás haciendo aquí? Pensaba que Singapur captaba toda tu atención.
–Imposible. Nada es capaz de captar toda mi atención.
–¡Qué tonta soy! ¿Cómo se me ha podido olvidar? Supongo que pensaba que con los negocios era diferente.
–Singapur supuso un gran éxito. Dos grandes almacenes en doce meses y uno de los centros comerciales más lujosos del mundo.
–Pareces desilusionado. ¿Acaso todo eso no fue suficiente?
–Jamás es suficiente.
En aquellos momentos, él tenía los ojos puestos en el premio más grande de todos. La joya de la corona Vitale serían los grandes almacenes de Knightsbridge que llevaba persiguiendo casi una década. Solo necesitaba convencer al vendedor de que él era la mejor elección. El problema era que Yakatani, un testarudo hombre de negocios japonés, quería un padre de familia, y Dante había perdido aquel barco en particular hacía cuatro años, ondeando la bandera de la peor de las traiciones.
–¿Y ahora qué? ¿Por qué has venido a Londres?
–¿Y por qué no?
–Sé que hay un motivo. Lo veo en tu rostro.
Eva siempre había visto demasiado.
Dante se aclaró la garganta y miró a su alrededor. Por suerte, al ver que él no respondía, Eva dejó la conversación. Él puso su atención en el enorme jarrón que ocupaba el centro de la mesa para tratar de ignorar la sensualidad que emanaba de ella. El jarrón contenía rosas de color blanco y rosa, cada una de ellas envuelta delicadamente en gasa de color marfil y adornadas con hilos de perlas. Casi sin darse cuenta, comenzó a imaginarse aquellas perlas deslizándose por el cuerpo de Eva, acariciándole las largas piernas y torturándole entre ellas, donde ella estaba caliente y húmeda...
No entendía por qué seguía sintiendo aquella fatal atracción. Durante un instante, se preguntó si habría emitido algún sonido. No tardó en encontrar su respuesta.
–Dante, ¿te encuentras bien?
Dante no se permitió reaccionar. Se movió lentamente en el asiento y levantó una ceja.
–Sí, por supuesto.
–Pues no me has respondido.
–Estaba considerando tu pregunta. ¿Por qué Londres? Todo se resume en una sola palabra. Hamptons.
–¿Cómo? –replicó ella muy sorprendida e interesada–. Hamptons son los grandes almacenes más hermosos del mundo entero –añadió.
Dante se permitió una ligera sonrisa y decidió que la razón del entusiasmo de Eva era la misma que la de cualquier mujer: las compras. Era el paraíso para una mujer. Para alguien como Eva, se imaginaba que la experiencia se podía comparar a un orgasmo.
Sin poder evitarlo, su imaginación se inflamó y le ofreció una erótica imagen de Eva explotando bajo sus dedos... bajo su boca, curvando su glorioso cuerpo como un arco.
Dante hizo un gesto de dolor. Maledizione. Necesitaba sexo para conseguir disolver la tensión de las últimas semanas. Se trataba tan solo de eso. No tenía nada que ver con ella.
–Señoras y caballeros, les ruego que den una calurosa bienvenida a nuestra cofundadora, Eva St George.
Un ruidoso aplauso retumbó en la sala. Dante vio cómo Eva palidecía.
–Eva, ¿qué te pasa?
–Nada. Estoy bien –replicó ella con tal tranquilidad que Dante pensó que se lo había imaginado todo.
–Claro que sí –afirmó él. Entonces, le indicó el podio, donde ya la estaba esperando la presentadora del evento–. Muéstrales quién es Eva St George, la princesa de la prensa.
Ella lo miró al rostro por primera vez desde que él llegó. En sus ojos se reflejaba una tempestad que apenas podía ocultar la ira que sentía. ¿Seguía enfadada con él? Dante estuvo a punto de preguntarle qué era lo que esperaba de él, pero todos los invitados la estaban aguardando.
–Lo harás bien –dijo él–. ¿Por qué te lo piensas tanto? Ve.
–No es eso –replicó ella mientras se rascaba nerviosamente el labio inferior–. Dante, escúchame. Solo te pido una cosa. ¿Lo harás?
–Tú dirás.
–¿Te importaría marcharte? Ahora mismo. Por favor.
Eva bajó del escenario esperando que las rodillas no se le doblaran. Jamás hubiera creído que fuera posible llorar y reír al mismo tiempo, pero acababa de comprobarlo. Lo único que había tenido que hacer era subirse a aquel escenario ante cientos de personas y sincerarse.
Y lo había hecho.
