Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
«Profundamente conmovedora, su estilo evocador y su capacidad para transmitir emociones hacen que sea una lectura memorable y enriquecedora». Cuatro historias de vida, confundidas por el sufrimiento, en búsqueda de perdón, amor y felicidad. Entrelazadas por un libro que escribe Blanca, una bella joven con una enfermedad terminal, que en su sufrimiento vive el verdadero amor.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 213
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Rubén E. Barraza
Contacto: [email protected]
Colaboradores:
Gabriel Carrillo
Tere Lasso
Luis Mario García
Benilde Treviño
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-631-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
A Dios
A mi esposa e hijos
A mis padres y hermanos
A mis familiares
A mis amigos y a todos los que me ayudaron
¡Muchas gracias!
Réquiem a un ángel
Había sido un día lluvioso. El agua en las hojas del árbol de la casa de campo brillaba como pequeñas estrellas de luz provenientes del sol. El cielo ya se había despejado y los rayos de luz corrían entre el pasto de la hermosa pradera que rodeaba la pequeña cabaña de troncos de madera que mi papá construyó para la familia. ¡En verdad que tiene una hermosa vista! Desde la ventana de la casa puedes ver todas las montañas. Es el lugar que Dios le dio a mi familia. Cuando era niña recuerdo que soñaba que los ángeles volaban alrededor de las montañas, me sentaba a un lado del único árbol en medio de la nada. Solo las montañas, las praderas, las nueces que de este caían y mi buen amigo Chedrik, el maravilloso compañero que mi mamá me regaló en la navidad del 87.
Junto al árbol estaba sentada Blanca, una hermosa niña de cinco años de edad, su bello rostro era iluminado por los cálidos y dorados rayos del sol, en sus manos tenía un tierno y desgastado oso de felpa.
Recuerdo que solo podía pensar en mi único amigo. Me sentía sola. No sé si mis ojos lo reflejaban. Yo solo quería llorar, pero no podía, no sé si era la soledad o el simple hecho de que era muy pequeña y ya entendía que mis padres sufrían más que yo. De lo que estoy segura es que me sentía como una osita solitaria.
En ese momento únicamente tenía a su lado a sus dos únicos amigos Chedrik y Jaime. Jaime era el nombre que le había dado al árbol. Siempre que Blanca llegaba a su lado sentía una fuerza que la llenaba de vida, era como si pudiera abrazar a Dios en este mundo y le dijera: «todo va a estar bien».
Siempre que abrazaba a Jaime me daba cuenta que todo iba a ser fácil, que nada es como creemos que es y que toda la felicidad depende de nosotros y nuestra relación con el mundo y con nuestros pensamientos. La verdad es que no recuerdo por qué dejamos de ir a la granja, si ahí era tan feliz, tan llena. En la casa de Monterrey no me dejaban jugar con nadie, solo Chedrik y yo. ¡Cómo extraño al viejo Jaime! Espero siga lloviendo. No sé por qué creyeron mis papás que era mejor para mi salud que ya no volviéramos a la granja, si la felicidad trae salud, pero bueno…
Blanca, con los ojos llenos de lágrimas, recuerda el día en que sus padres le trataron de explicar todo sobre su enfermedad.
¡Pero si solamente tenía cinco años! ¡Cómo es posible que me quitaran lo que en ese momento me hacía feliz! ¡Por qué escogieron ese lugar, el que a mí me traía los recuerdos más felices de mi vida! Pero bueno, creo que Dios te pone en una familia que sabe que te va a ayudar a formarte y a crecer como humano. Cuando vaya con Dios, bueno… si llego, le voy a preguntar muchas cosas.
Ese día fue el día en que paró de llover y en el que las lágrimas de mis padres se convirtieron en lluvia que no tocaba el suelo. Yo jugaba con Jaime en la granja y adentro de la casa estaban mis papás.
José, un señor de cuarenta y dos años, grande y robusto, discutía con Lilia, su mujer de cuarenta años. La pequeña Blanca, al escuchar la discusión, se acercó a la ventana. Por miedo a ver lo que sucedía tomó a Chedrik y lo asomó por la ventana. No soportaba oír a sus padres discutir así que corrió al lado de Jaime y lo abrazó con todas sus fuerzas.
No entendía bien. Al principio quise culparme, pensé que yo había hecho algo malo y por eso la enfermedad. Pero al abrazar a Jaime me di cuenta que ellos sufrían más que yo; por dentro, me llenaba de ganas de gritar: «¡Gracias!, ¡no moría!». Estaba ahí parada abrazando a Jaime. Ese sentimiento fue creciendo cada vez más. Por cada día que despertaba era un día más de vida. No sé si el doctor se equivocó o simplemente mi destino era vivir más de lo que decían los doctores. Cada doctor decía que me quedaba un mes de vida, cómo era posible si desde que el primer doctor me diagnosticó me habían dicho lo mismo. Pobres de mis padres, el único lugar de escape lo convirtieron en una granja olvidada y desolada por un simple mal recuerdo. Desde ese momento a mis cortos cinco años de edad aprendí que debía de ser un ejemplo de gratitud y gozo para los que me rodeaban. Si cada mañana la vida me daba la oportunidad de vivir un día más, ese día buscaría la manera de crear un buen recuerdo en los pensamientos de mis papás y de las personas que Dios pusiera en mi camino.
II
El gran reclusorio de Cd. Juárez. El color blanco y las franjas verdes cubren todas las paredes, en una torre de vigilancia está un policía observando a los reos en el patio de la institución. En el interior del reclusorio, en la celda número 57, se encuentra Germán, un señor de setenta y cuatro años, sentado en la orilla de su catre. En su mano un rosario de madera ya desgastado por el uso. ¿¡Cómo puede un hombre domar a sus pensamientos!? Germán se postra sobre sus rodillas y reza con toda su fuerza. Su cuerpo encorvado por la falta de perdón, su voz y su corazón suplican para que el sufrimiento en su interior ya termine. Sus pensamientos, sus palabras inundan la pequeña celda, mientras se repite una y otra vez:
—Señor, tú que eres tan bueno termina mi sufrimiento que no me deja ser libre.
Germán llora, se hinca, pide perdón. El sufrimiento de las culpas de su pasado no lo dejan experimentar el verdadero perdón, es como si algo dentro de él no lo dejara soltar ese recuerdo que lo mantiene en desgracia. Germán llora desconsolado, un policía lo ve por la orilla de la celda, lo observa sin saber cómo ayudarlo. Ve cómo sufre por dentro. Han sido tantos años, hasta que su llanto termina de nuevo gracias al agotamiento que produce el dolor incrustado en su corazón y que no lo deja ser libre.
Es mediodía, el sol ilumina las calles de Agua Prieta, ciudad fronteriza dividida por una gran barda de metal, la cual separa a Sonora de Arizona. Un automóvil de color blanco transita por la calle internacional recién pavimentada. Manejando va Gabriel, un joven de veintisiete años de edad, vestido de camisa a cuadros y pantalón de mezclilla; en el lugar del copiloto va Claudia, una bella joven de veintiséis años de edad, en sus brazos lleva a Sebastián, un hermoso bebé de apenas tres meses de nacido. Molesto y desesperado Gabriel le dice a Claudia que no sabe qué hacer, que no tiene dinero para el hospital. Los rostros de la joven pareja se llenan de angustia.
Mi cara no podía estar más demacrada; en verdad, no sabía qué hacer ni qué decirle, lo único que recuerdo es que le pedía a Dios en mi interior que me ayudara, que me diera fuerza. No podía ser cierto, volteaba a ver el rostro de mi bebé dormido tan tranquilo. ¡Cómo podía estar pasándole esto si era un niño sano! Todavía recuerdo cuando el ginecólogo nos dijo que era niño. Gabriel sonrió de oreja a oreja, no lo podíamos creer, un niño en nuestras vidas.
Ahora solo puedo recordar la voz de Gabriel gritándome molesto que yo tenía la culpa, que no lo había cuidado bien. ¡Pero cómo no lo voy a cuidar bien si es mi hijo! ¡Salió de mí! ¡¿Por qué me dice eso?! ¡Me duele! ¡Ya cállate; por favor, no me hagas sufrir! También es mi hijo.
—¿Qué vamos a hacer, de dónde vamos a sacar el dinero para pagar el hospital? —angustioso pregunta Gabriel.
—¿Cómo puedes pensar en el dinero ahora? —contesta Claudia con los ojos llenos de lágrimas. ¡Tu hijo se está muriendo!, lo más importante no es el dinero, es que haya un corazón disponible.
No sé por qué le dije eso si tenía razón; sin dinero, no podíamos pagar la operación. Pero él repite una y otra vez:
—¡Tú tienes la culpa!… ¡Te dije que lo cuidaras bien!
¡Tú tienes la culpa, te dije que lo cuidaras! ¡Cállate! ¡Cállate! No me digas eso porque me duele, también es mi hijo. Pero cómo puede echarme la culpa a mí si es de los dos; además, si él no trabajara todo el día…
Claudia molesta le dice:
—¡Si no trabajaras todo el día!
¡Cómo puede reclamarme si trabajo! ¡Si no hay comida me reclama! Entonces qué quiere que haga. No la entiendo ¡Dios por qué me diste esta mujer! ¡Ayúdame!
Molesto le grita Gabriel:
—¡Ahora resulta que, por darles de comer, yo tengo la culpa! ¡Ya te dije que si quieres yo me quedo en la casa y tú trabajas!
¿Cómo quiere que deje solo al niño? Todavía depende de mí.
Claudia simplemente ve los ojos llenos de desesperación de su esposo, voltea a ver a Sebastián el cual se mueve al sentir la discusión de sus padres. Claudia, al ver que su bebé se mueve, le pide a Gabriel que baje la voz. Gabriel se traga su enojo y su desesperación y sin decir una sola palabra conduce el automóvil con la mirada perdida, enfocado en su dolor más que en su responsabilidad al volante.
Rodeado de hermosas casas estilo setenteras, con grandes ventanales de metal, la mayoría con cochera para un auto, se encuentra el Hospital Central de la ciudad de Chihuahua. Su aspecto colonial resalta y llena la vista de folklor arquitectónico. Una de las casas, la de color verde es la de Uriel, un niño de apenas siete años de edad. Dentro de ella, sentados alrededor del comedor de madera estilo rústico, listos para comer están Angélica, la hermosa y bella hermana menor, y Uriel. Todos le dicen la pequeña yaquesita ya que fue la única que no nació en Chihuahua. En aquella época el papá de Uriel tuvo la oportunidad de viajar por trabajo a Obregón, Sonora, de vendedor de bicicletas. Así que decidió llevarse a toda la familia incluyendo a Carmen ya a punto de dar a luz.
¡Si apenas tenía cuatro años! ¿Cómo puedo recordar todo el tiempo que vivimos en Obregón? Siempre en calzones porque hacía mucho calor y mi mamá siempre dormida, no sé si era por el embarazo o porque no quería estar ahí; sí que extrañaba mucho a su familia.
Todavía me acuerdo cuando nació la yaquesita. Fue en el Hospital de las Madres de la Divina Misericordia. No sé por qué me dejaron parado frente a la puerta del área de partos, pero sí que me asusté. Mi mamá pujaba y pujaba; en verdad pensé que la estaban matando, pero esa noche sí que fue la más extraña de todas, mi hermana nació. Mi papá no tenía para pagar el parto y ese mismo día se sacó la lotería, ese suceso cambió lo extraño y confuso que había sido el día y lo convirtió en uno hermoso y lleno de gozo. Me había convertido en un hermano mayor, fue como si algo dentro de mí se hubiera encendido. Sin embargo, la felicidad duró poco ya que a la semana siguiente todo cambió. Todavía me acuerdo que estábamos desayunando y mi papá empezó a toser sangre. Sí que me asusté, creo que sentí más miedo que cuando vi a mi mamá pujar. No sé si se enfermó porque no se sentía digno del regalo que Dios le había dado, de la felicidad, de vivir un gran cambio en la vida. Ese suceso me dejó marcado, pasó mucho tiempo para que me diera cuenta que la felicidad puede durar más de un solo día. Después de todo esto tuvimos que regresar a Chihuahua a la casa de mis abuelos y desde entonces aquí nos quedamos. Lo bueno que siempre estuvimos al pendiente de él, viviendo a dos casas del hospital, era como si yo fuera el dueño.
Carmen, una señora de casi cuatro décadas sostiene el sartén en la mano mientras cocina unas ricas papas a la francesa. El aroma de pollo frito llena toda la cocina. Es imposible dejar de saborear la comida. El rostro de Carmen luce radiante cuando voltea a ver a sus dos hijos. Sonríe. Es como si volviera a ver el rostro radiante de su esposo, la esencia que dejó en este mundo antes de partir. Ella se acerca a la mesa, siempre con su delantal rosa a cuadros; pone al centro la comida y se sienta junto a Angélica. Uriel, hambriento, se apresura en tomar una pierna de pollo frito, pero Carmen le da una palmada en su mano. Toma la mano de los niños, cierra los ojos y bendice los alimentos.
Cuando su madre termina la oración, Uriel le pregunta:
—Mamá, ¿Dios existe?
—Sí, ¿por qué me lo preguntas? —Carmen, un poco asombrada, lo voltea a ver.
—Es que en la escuela oí a unos niños que decían que Dios no existe —responde.
—Sí existe, no les hagas caso —afirma con una sonrisa Carmen—. Ahora tú haces la bendición.
—Padre nuestro, bendice esta comida y las manos de mi mamá para que la siga haciendo y, Dios, si… si existes, por favor, aparécete.
Carmen, al oír lo que dice, lo voltea a ver y le llama la atención.
—¡Uriel! Mira, hijo, Dios llena de bendiciones a los que creen en Él sin haberlo visto, así que para qué quieres verlo.
Con esperanza en la mirada, Uriel le responde:
—Porque en la escuela dijeron que cuando venga Dios, va a ser el fin del mundo; y que así va a castigar a todos los malos y a los buenos los va a revivir, entonces así mi papá puede vivir de nuevo.
—Dios no castiga —simplemente responde Carmen.
—¡Entonces para qué me porto bien! —reniega el pequeño.
Carmen con la sonrisa en la cara por las ocurrencias de Uriel, le explica que aquellos que se portan bien Dios los tendrá más cerca de Él. Ella toma las ollas y empieza a servir la comida. Los niños empiezan a comer el pollo un poco frío por el retraso que provoca la plática que acaban de tener.
III
Gabriel, muy demacrado, se encuentra sentado frente a la mesa de su pequeño departamento. Claudia se acerca a él y le da un abrazo. Trata de ayudarlo, pero dentro de ella no encuentra las palabras para darle ánimo.
¿Qué le digo? Por dentro yo estoy sufriendo igual que él. ¡Dios, por favor, ayúdame! Es mi esposo, pero sí estamos muy jóvenes para enfrentar esto, por favor, ¿qué le digo?, me duele verlo así.
Gabriel, al sentir los brazos de Claudia, molesto sacude su cuerpo para que lo suelte. Claudia lo suelta y se aleja con sus ojos llenos de lágrimas a punto del llanto, pero dentro de ella algo la llena de fortaleza que le ayuda a desvanecer las tinieblas que el miedo ha creado.
¿Pero por qué me hace esto? ¿Por qué me echa la culpa? ¿Pero yo qué hice? Sé que estos son momentos difíciles, pero si así no debe de ser la vida, ¡Dios! ¿Por qué mi esposo me hace sentir tan mal? ¡Ayúdame! ¡No sé qué hacer! ¡Sácanos de aquí! ¡Yo no tengo la culpa! ¡Yo no tengo la culpa! Estas cosas pasan, pero veo su cara y se me va la fuerza. ¡Cómo puede estar así tan derrotado! ¡Por favor, ayúdalo! No me dejes perder la esperanza. Yo sé que Tú existes. ¡Ayúdame! Yo sé que todo va a salir bien, pero ¿qué le digo? ¡Ayúdame!; por favor, ayúdame, no dejes que me trate así. Claudia se acerca a su esposo.
—No te preocupes —le dice—. Vas a ver que Dios nos va a ayudar.
Gabriel, en un tono sarcástico y sonriendo en son de burla, le pregunta, molesto, si Dios le dejaría caer un cheque del cielo, tratando de convencerla de que los milagros no existen.
—¡No digas eso!, vas a ver que todo va a estar bien. Ya fui a la iglesia a orar y Dios va a responder. —A punto de llanto exclama Claudia.
—¿De qué sirve?¡Que mejor se ponga a trabajar! Sin dinero no hay salud. ¿Tú crees que yo me voy a quedar aquí sentado esperando a que suceda un milagro? —le contesta Gabriel molesto y enérgicamente.
Se levanta de la silla, toma su chamarra y sale del departamento. Claudia se queda sola, se recarga en el refrigerador y lentamente se desliza hasta el suelo. Se recuesta en el piso, llorando en silencio voltea a ver hacia el cielo, sus ojos llenos de lágrimas miran fijamente el foco de la cocina hasta que cae en un profundo sueño.
Los Ángeles, California, un gran camión urbano con aire acondicionado. En la parte trasera está sentado Rubén, un joven latino de diecinueve años de edad, vestido con el uniforme de Burger Queen, uno de los restaurantes más grandes de comida rápida de Estados Unidos.
Me gusta viajar en este bus, en verdad que es la ruta más larga, pero aquí veo de todo: chinos, americanos, mexicanos, afroamericanos, mexicoamericanos. No sé por qué se vienen a vivir a Estados Unidos si, estando aquí, todos hablan de regresar a su país y, cuando regresan, ya se quieren regresar para acá. ¡Qué difícil es vivir aquí! Yo no tuve opción y no escogí. Cuando nos vinimos de México era tan niño que no pude decidir, así que no extraño nada de México; ya ni recuerdo nada de él, solo lo que veo en la televisión.
Frente a Rubén, dos asientos más adelante en el camión, tres afroamericanas discuten con su tono de voz muy peculiar. Podría causar risa cómo mueven la cabeza y cómo agregan pasión a la plática. A simple vista, puedes calcular la edad de ellas. Una aparenta veintiséis, otra treinta y dos y la más grande y robusta como cincuenta. Rubén las observa y escucha muy atento lo que discuten.
La mayor de las mujeres enérgicamente le comentaba a la más chica:
—¿Cómo puedes decirme que un Dios es más fuerte? De donde yo vengo tenemos nueve dioses y cada uno cubre una de nuestras necesidades.
Su rostro lleno de emoción y orgullo no logra ocultar la nostalgia por su lugar de origen.
La más joven de ellas, emocionada por contar una experiencia, sonríe a las demás y ansiosa las interrumpe para contarles su anécdota.
—¡No! Solo hay un Dios y yo creo que es el más poderoso. El otro día no tuve tiempo de estudiar para un examen y, antes de presentarlo, le pedí ayuda y… ¡Qué creen!, lo pasé. —Sonríe orgullosamente.
La mujer de treinta y dos años que solo observaba y escuchaba lo que sus compañeras decían, al oír la anécdota de la más joven se llena de emoción y dice sus primeras palabras de la discusión.
—¡Aleluya! ¡Sí! ¡Sí!, ¡Solo un Dios!, Él es el único y hasta nos envió a su Hijo.
La mayor al escuchar las palabras de sus compañeras y al ver que no tiene oportunidad de ganar, ya que es una contra dos, abnegada contesta que para ella lo más importante es el respeto de las religiones.
Cómo pueden discutir sobre si existen más dioses en esta era, yo creo que les falta ver un poco más allá, creo que todas las religiones solo se quedan con una pequeña parte de lo grande que es Dios. Sin embargo, lo que dice la mayor tiene razón para muchos, casi siempre convertimos a Dios en uno monetario: cuando lo necesito, le pido. Sin embargo, ella tiene nueve que la cuidan. Qué difícil sería tener nueve. Es mejor tener uno, así es más poderoso que todo; pero bueno, cada país. Las dos jóvenes afroamericanas cristianas manifiestan que su Dios no solo las llena de bendiciones, sino que, además, las cuida y las protege. Entienden que existen profetas y santos, pero están aquí para ayudarnos a entender un poco de la grandeza de Dios y nos sirven de guía para saber actuar. La mayor de ellas solamente las escucha, su rostro y sus ojos reflejan que había cerrado sus oídos. Aunque respetaba las creencias, su mente no le permitía escuchar lo que las compañeras de camión le decían, probablemente por miedo a cambiar sus creencias o por tenerlas tan aferradas en su subconsciente.
Mientras la charla se convertía en un campo de batalla de palabras, de pensamientos, de hipótesis, ya era eso todo un enfrentamiento cultural. Rubén, desde su asiento, escucha con mucha atención la discusión. La gente sonreía al ver a las mujeres discutir. El camión cruzaba y cruzaba calles, las personas bajaban y subían en cada parada. Todo era tan ordenado. Había gente que al subir se interesaba en la tremenda charla de las mujeres; sin embargo, había otras que solo subían sumergidas en sus pensamientos y sufrimiento. Esas personas no se daban cuenta de nada, era como si funcionaran en automático desenfocadas de la vida. Sin embargo, algo dentro de Rubén no lo dejaba distraerse ni un momento de lo que las simpáticas afroamericanas discutían.
Dentro de una hermosa casa de color blanco de dos pisos, cerca de la calle Garza Sada, detrás de los cines en Monterrey, sentada frente a su computadora está Blanca. La pequeña niña ya es toda una hermosa mujer de veinte años de edad. La puerta de la recámara se abre, se asoma Lilia ya llena de arrugas y con una mirada cansada pero siempre forzándose a sonreír. En sus manos lleva una charola, en ella un plato con huevos estrellados, dos panes tostados y un jugo de zanahoria, apio, manzana y betabel, la receta de su abuela para levantar las defensas del cuerpo. Las manos de Blanca escribían como toda una experta. El sonido de los dedos al tocar cada letra del teclado era lo único que se oía en ese silencioso cuarto, siempre acompañada de la computadora, el oso Chedrik y sus pensamientos que habían estado todos estos años a su lado. Lilia se acerca y pone la charola a un lado de la computadora, ella observa cómo su hija escribe feliz. Blanca al verla sonríe, deja de teclear por un momento para leerle un poco de lo que escribió.
—El amor es no vencerse al enojo, el amor es paciencia, el amor es lo que debería tener como prioridad este mundo, el amor te lleva a la felicidad, el amor es la felicidad, el amor te lleva al encuentro del alma. Para mí el amor es el que me ha llevado dentro de este cuarto a viajar por todo el mundo —leyó inspirada Blanca.
Después volteó a ver a Lilia para preguntarle si le había gustado, no porque necesitara su aprobación, sino porque era una pequeña parte de su plan para devolverles un poco de felicidad a sus padres por todo lo que habían hecho por ella. Lilia, al oír esas palabras, que como cada pensamiento que escuchó de la voz de Blanca desde que aprendió a escribir la sumergieron en un océano de pensamientos llenos del ahora, de esperanza y de paz.
Ya no sabía si buscaba entrar a ese cuarto solo por el hecho de ver a Blanca o por el hecho de encontrar un poco de palabras que la ayudaran a vivir un día más. Blanca, esperando la respuesta, sonríe al ver a su madre tan pensativa. Al ver la sonrisa Lilia reacciona y le contesta:
—Sí, sí, me quedé pensando.
Lilia le da un beso en la frente, se despide y antes de salir del cuarto, Blanca le pide que la lleven a la granja. Lilia la voltea a ver como dando la respuesta que ya conoce mientras sale de la habitación cerrando la puerta. Al salir se recarga en la pared de la habitación de Blanca frente al largo pasillo. Sus ojos se llenan de lágrimas y se queda por un momento pensando lo que su hija le había leído.
¡Cómo es posible que ella sea la que esté muriendo y yo la que me sienta muerta por dentro! ¡Dios, esta niña es un milagro para nosotros, deja que el mundo la conozca, solamente un día! Espero que cuando me llames y me toque la hora de dar cuentas, te haya gustado cómo cuidé ese pequeño ángel que nos dejaste.
Junto al plato con la comida están unas pastillas de colores, unas amarillas, unas rojas y unas azules. Blanca voltea a ver a Chedrik y le sonríe.
