Rescátame y te llevaré conmigo - Luna González - E-Book

Rescátame y te llevaré conmigo E-Book

Luna González

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Beschreibung

A Daniel le apasiona volar y Natalia necesita correr. Un hombre sereno y sensato y una mujer espontánea y creativa. Una profesión marcada por la disciplina y otra llena de imaginación. Un mundo de conflicto y otro de diversión. Daniel un experto en los encuentros con el género femenino y ella una especialista en huir de los hombres. Lo que ellos no saben es que cuando amanece un nuevo día, el cielo que hace feliz a Daniel y el mar con el color de los ojos de Natalia se pueden encontrar en el horizonte.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Primera edición en digital: Abril 2017

Título Original: Rescátame y te llevaré conmigo

©Luna González

©Editorial Romantic Ediciones, 2017

www.romantic-ediciones.com

Fotografía: Izquierdo Fotógrafo.

Diseño de portada: Borisgrafic. 

ISBN: 978-84-16927-30-2

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

Índex

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Agradecimientos

 

 

A Antonio

Vuela alto

PRÓLOGO

“You give me something” James Morrison

 

DANIEL

Año 2012. Herat, Afganistán.

El rebufo de los rotores había levantado una gran polvareda. Un grupo de casas de barro y algún curioso que nos observa con cautela, es lo único que veo desde la cabina. Mientras la enfermera de vuelo, un rescatador y dos soldados de protección están comprobando cuáles han sido los daños ocasionados por una explosión en una de las casas del poblado, nosotros no dejamos de inspeccionar a nuestro alrededor cualquier movimiento extraño.

—Daniel, ¿un chicle? —pregunta Andrés, mostrándome un paquete azul.

Sin dirigirle la mirada a mi compañero, extiendo la mano, cojo una gragea y la meto en la boca.

Me inclino ligeramente para comprobar la situación en la que se encuentra el resto de la tripulación en tierra. Apostado en lo que queda de puerta, veo a uno de los soldados sujetando su arma e intuyo que los demás estarán en el interior. Le observo mientras vigila a su alrededor y, al instante, acompañado de los demás, camina hacia el helicóptero.

—Ya vuelven —informo al copiloto, el cual empieza a comprobar que los sensores están en la posición correcta.

Aumento la potencia del motor, preparándolo para el despegue. Abro y cierro las dos manos para, sin perder un segundo, poner la izquierda en el mando colectivo y la derecha en el cíclico.

—Un herido y una baja —notifica el sargento, que acaba de subir al aparato.

—Avisad cuando estéis listos para el despegue —indico. Les escucho hablar mientras se van posicionando en la parte trasera y ayudan a sujetar al herido. Un golpe seco me anuncia que todos están a bordo y han cerrado la puerta.

—Preparados para el despegue —me avisan.

El ruido del rotor acompaña a la inmensa nube de polvo que se ha formado al empezar a elevarnos y, cuando la distancia del suelo lo permite, voy cediendo el morro con suavidad hacia adelante para emprender el vuelo de regreso a la base.

Llevamos varios minutos de trayecto, cuando la enfermera de vuelo se pone en contacto a través del intercomunicador:

—Capitán. —Escucho por el intercomunicador, tras varios minutos de vuelo. Levanto las cejas, sorprendido por su forma de dirigirse a mí. Nunca lo hace por mi rango, sino por mi nombre, y en este caso, además, está esperando confirmación para hablar. Algo no va bien.

—Dime.

—Está rasurado —me comunica y en su tono se adivina preocupación.

—No te entiendo, ¿qué pasa? —pregunto con el fin de comprender su inquietud.

—¡Que le he quitado la ropa y está totalmente rasurado!

No me altero e intento no alarmar al resto. La proximidad del pueblo a una de las vías utilizadas por los vehículos del ejército, junto con lo que me acaba de comunicar la enfermera, cambia del todo el resultado del rescate. Es muy posible que estemos trasladando a alguien a quien le ha estallado una bomba mientras la fabricaba. Una bomba, con toda probabilidad, destinada a atentar contra los nuestros. La ausencia de pelo, podría ser una señal de que tenía previsto adherir a su piel algún tipo de artefacto.

—Andrés, comunica la información a Camp Arena1.

Como esperaba, ante la posibilidad de que sea un terrorista, las instrucciones que llegan son las de inmovilizar al herido.

—Esposadle y no permitáis que se mueva —comunico a la tripulación de la manera más aséptica que puedo, pero en mi interior se mezclan sentimientos de rabia y confusión.

—No te preocupes, las heridas son bastante graves y he tenido que sedarle antes de la intubación.

Las colinas áridas de Afganistán se suceden sin apenas vida y la crudeza del terreno no deja nunca de impresionar. La ausencia de color y movimiento suscita extraños interrogantes: ¿Es este el aspecto de un lugar en el que las cosas están por llegar y crearse? O, por el contrario, ¿es el resultado de haber arrasado con todo lo existente en el pasado, acercándose lentamente al mundo de la nada? Y te cuestionas si el paisaje es el reflejo de su pueblo, o solo del engaño de unos pocos que no permiten que la libertad llegue a sus gentes. Pero luego recuerdas qué te ha llevado allí: la esperanza y el propósito de ayudar a hombres y mujeres del otro lado del mundo para que una paz deseada y ansiada reine en cualquier rincón.

—¡Francotirador a las dos! —exclaman desde la parte de atrás.

—¡Sujetaos! —ordeno, mientras realizo un viraje brusco a la izquierda, dejando la panza del aparato expuesta a los disparos—. ¿Alguien ve otro? —pregunto al tiempo que enderezo, tras el cambio de trayectoria.

—¿Respondo al fuego? —pregunta uno de ellos.

—Ya ha quedado atrás, déjalo. No nos puede alcanzar.

Andrés comprueba los parámetros mientras yo corrijo el curso para llegar a destino.

—¡Sobre la colina de la izquierda! —grita nervioso un chico que vuela con nosotros por primera vez.

—No veo nada —dice Andrés, que desde su posición tiene mejor visión de la zona—. ¡Joder, son un puto grupo de cabras!

—¡Lo siento! —responde el pobre novato.

Oigo su respiración alterada por el intercomunicador. En cuanto te plantas en el país tus sentidos se disparan para estar en estado de alerta en todo momento. Y te pones en guardia si no ves con claridad el trasero de un camello, imaginando que puede ser un posible atacante.

—Y ahora, a ser posible —implora Andrés, mientras no cesa de controlar cualquier movimiento en tierra—, ¿podríamos volver a la base sin ningún incidente más?

—Mañana me largo —le contesto—, así que ten por seguro que vas a llegar a tierra de una pieza.

—Capitán Pagán —interviene la enfermera de vuelo y, por su entonación, adivino que está sonriendo—. ¿Tiene previsto volver en breve?

Ese tono de voz y la mirada que intuyo debe dirigir a la cabina, hace que lleguen a mi mente los momentos en que nos hemos perdido en los rincones más oscuros del hangar. Encuentros en los que, en más de una ocasión, ni nos entreteníamos en quitarnos por completo el uniforme, solo borrábamos de nuestra mente tensiones y preocupaciones, mientras nuestras pieles, libraban una guerra muy diferente a la que existía fuera de esas paredes. La verdad es que habíamos pasado muy buenos ratos juntos.

—Como vuelva, le darán la nacionalidad —se mofa Andrés—. ¿O piensas batir algún tipo de récord?

—Esa rivalidad te va a matar, compañero.

A pesar de las frases que cruzamos, todavía noto el nerviosismo en la respiración del chico nuevo.

—¿Crees que el teniente Morrison tiene intención de despedirse de mí? —digo intentando relajar el ambiente.

—¡Síííííí! —grita ella—. ¡Cómo voy a echar de menos esto!

Andrés sonríe y manipula el canal que estamos utilizando para nuestros intercomunicadores.

Empieza a sonar You give me something, de James Morrison, y pienso en lo que Afganistán me ha dado. Mentalmente me despido de un país que, tras visitarlo ocho veces, despierta en mí ilusión por un nuevo futuro y recelo de un presente muy oscuro, a partes iguales.

Una llanura desértica se presenta frente a nosotros y, tras descartar la posibilidad de peligro, viro con suavidad el aparato hacia la izquierda para luego recuperar la posición y hacer lo mismo por la parte derecha.

Andrés, la enfermera de vuelo, el sargento y yo, cantamos como en otras ocasiones, sintiendo la belleza de una canción, en un lugar donde, a pesar de que hemos comprobado las atrocidades de las que es capaz el hombre, también hemos crecido como personas, tomado plena conciencia de la importancia de nuestra profesión y multiplicando por mil nuestra consideración hacia conceptos como la amistad y el compañerismo.

CAPÍTULO UNO

“Hold my hand” Jess Glynne

NATALIA

Año 2015. Palma de Mallorca.

—Dos gin tonics de Seegrams, uno de Bombay y una cerveza.

Me muevo rápida tras la barra, cojo tres copas grandes, las lleno de hielo y las dejo frente a la chica que me las ha pedido. Jess Glyne canta y yo me desplazo hacia la derecha y, mientras sigo el ritmo con la cabeza, agarro una botella de ginebra en cada mano. Tengo que frenarme en seco para no chocar con Hugo, que pasa por mi lado con tres vasos de tubo en una mano y una botella de JB en la otra. Cuando me agacho para sacar los botellines de tónica de dentro de la cámara, oigo la voz de Lucas que me grita:

—¡Natalia, cuidado! Que te pongo una banderilla.

Miro sobre mi hombro y le veo casi pegado a mi trasero mientras lleva una caja de cervezas.

—Ya te gustaría a ti.

Seguimos de un lado a otro, atendiendo a todo el que llega a nuestra barra. Como cada viernes, Dralion está a reventar y la gente se apiña para pedir su bebida.

—¡Perdona, guapa! —me llama un tipo mientras acabo de servir la comanda anterior.

—Un momento, ahora le atiendo. —Espero que haya notado que no estoy para chorradas de machitos ridículos. Si no, ya lo hará cuando su copa caiga por accidente sobre sus pantalones.

—Ya me encargo yo, Natalia —me indica Lucas, rescatándome del baboso de turno mientras se acerca a él para servirle.

Devuelvo el cambio a los últimos clientes y me dirijo al lado opuesto, donde ha llegado un grupo de chicas, cuando oigo un grito inconfundible:

—¡Malditos sean sus ojos!

—¡Lo siento, llega usted tarde! —respondo a la vez que me doy la vuelta, para ver a una de las pocas personas que sabe que esta frase de la película El jovencito Frankenstein siempre me hace reír. Con la cantidad de veces que la hemos visto y seguimos riendo con cada escena como si fuera la primera vez—. ¡Rubia! —grito a la vez que corro para tirarme en sus brazos.

Mara y yo nos conocimos cuando éramos niñas y nuestros hermanos jugaban al fútbol en el mismo equipo. Domingo a domingo, partido tras partido, nuestras familias vivían a merced del calendario liguero y ahí, junto a nuestra otra amiga Lina, nos convertimos en inseparables.

—¿Cuándo has llegado? —le pregunto con voz demasiado alta. Entre el sonido de la música y el alboroto del grupo de niñatas que acaba de llegar no hay quien mantenga una conversación.

—Hace solo unas horas. He cenado con la familia y he venido hacia aquí.

—¡Jefa! Se te acumula el trabajo —me avisa Hugo—. ¡Hola, Mara! París te sienta de miedo —suelta con gesto provocativo—. ¿Cuándo vamos a quedar tú y yo?

—Cuando me moleste la ropa te aviso, pero por el momento creo que seguiré vestida.

—Continúo con lo mío —digo, señalando a la gente que espera en la barra y que no parece estar muy de acuerdo en que mi amiga y yo sigamos poniéndonos al día.

—¿Por qué no me pones una cerveza mientras me doy una vuelta a ver a quién me encuentro?

Llevamos un par de horas sin parar, pero en este momento nadie necesita ser atendido así que yo estoy bailando con Hugo al ritmo de Uptown Funk, de Bruno Mars. Adoro a mis dos compis de barra. Mi oasis ruidoso, estresante y bullicioso lo comparto con dos ángeles-diablos que le robaron al cielo un gran corazón y al infierno unos cuerpos diseñados para la lujuria. A pesar de ello, mi relación con ellos es casi fraternal, lo que dice mucho de mi inexistente interacción con el sexo opuesto en temas de lujuria. Nunca, y cuando digo nunca es nunca, los he mirado con intenciones que fueran más allá de la camaradería que ahora nos une. Hugo y Lucas son más jóvenes que yo, como el resto de camareros de la sala, y ellos, a diferencia de mí, concentran todos sus esfuerzos en el acercamiento hacia el sexo opuesto. Al cabo de poco tiempo, ya nos entendíamos a la perfección. Yo les ayudaba en sus propósitos, echándoles algún cable cuando necesitaban cubrir su objetivo, y mientras ellos se habían convertido en mis fieles protectores impidiendo que nadie invadiera mi espacio más de lo deseado.

Lucas se une al baile y empezamos a descontrolarnos. Con canciones como esta, nos dejamos llevar y, aprovechando que a los tres nos apasiona bailar, damos un poco de espectáculo y animamos a los que están más cercanos a la barra. El ritmo de la música crece, nuestros movimientos son más intensos y la gente se une, llevándonos a una fiesta en la que todos acabamos saltando enloquecidos.

Recupero el aliento poco a poco, mientras el resto de la clientela sigue con la juerga ya por su cuenta y yo aprovecho para acercarme a mi amiga que ya ha acabado con su ruta de reconocimiento.

—¿Has visto algo interesante? —le pregunto mientras recojo mi pelo en una cola alta, con el fin de dejar mi nuca despejada. Este baile bien ha valido como media clase de step.

—Los mismos buitres, cotorras, víboras y zorros de siempre —responde con hastío y la mirada fija en la pista—. Chica, trabajas en Natura Park.

Intento reprenderla, pero mis carcajadas hacen inteligibles mis palabras. Cuando consigo recuperar el habla, me acerco un poco más poniendo mi mano sobre el antebrazo de ella.

—Hay gente muy maja, Mara —le digo, intentando liberarla de esa cara de asco con la que me mira.

—Claaaro —suelta con clara ironía—, por eso tú estás rodeada de hombres encantadores a tu alrededor. —Hace una pequeña pausa y con un gesto casi imperceptible señala la pista—. Ya me gustaría verte a este otro lado de la frontera.

Mara es fotógrafa profesional y decidió irse a París a probar suerte antes de claudicar y dedicar su talento a retratar comuniones y bodas. Por fortuna, el destino ha sido justo y ha conseguido trabajar para una agencia que se dedica a reportajes de moda.

—¿Qué le regalamos a Lina por su cumpleaños? —pregunta, mientras se bebe su tercera cerveza.

—No te preocupes, yo ya me he ocupado de ello, pero… —dudo un segundo de cómo continuar—. Yo no sé si mañana…

—Mañana es el cumpleaños de Lina y vas a ir.

Soplo y desvío mis ojos hacia el otro lado de la barra buscando algún cliente que me rescate de la que me va a caer encima.

—Me da igual todas las chorradas que me sueltes para escaquearte. —Se acerca más a mí para ser todo lo contundente que ella sabe hacerlo—. Vas a ir y punto.

—Sabes que los fines de semana, cuando no estoy aquí, me gusta dormir, descansar y perrear todo lo que puedo.

—A otro perro con ese hueso. No me lo trago —protesta y bebe de su cerveza.

—No conozco a toda esa gente —digo casi en un susurro, y el “casi” es porque en un bar de copas no se puede susurrar.

—¡Por el amor de Dios, Taly! —grita con las manos levantadas—. ¡Qué cansina puedes llegar a ser!

Taly es como me llama mi pandilla, es decir, Mara, Lina y nuestros hermanos. Nadie, absolutamente nadie, me llama así, a excepción de ellos. Entre otras cosas, porque yo no se lo permitiría. Es algo nuestro, que para mí tiene un significado muy especial.

—Cualquiera diría que vamos a una audiencia en el Palacio Real —sigue diciéndome mientras mueve la cabeza mostrando su desacuerdo—. Somos nosotros y los amigos de Javi.

—Amigos de Javi. —Mi fuerza de voluntad a la hora de atreverme a asistir a la fiesta ha vuelto a caer un par de enteros—. Este es otro tema. Mara, ¡son pilotos del ejército! —exclamo dejando claro mi desagrado.

—¿Y? —suelta dándole la mínima importancia a mi comentario.

—Pues que seguro que estará lleno del espécimen machito prepotente, altivo y soberbio. —Suelto un bufido y desvío la mirada—. Es justamente el perfil de hombre con el que no deseo encontrarme.

—¡Que son hombres, no orcos de Mordor! —exclama dejando claro que ya está cansada del tema. Con la mano hace un gesto para que me acerque más y preste atención a sus palabras—. Además, ¿desde cuándo no podemos quitarnos de encima a cualquier impresentable? —No estoy muy convencida pero aun así afirmo con la cabeza—. Al primero que se pase, aquí la rubia, empezará a repartir tortas como panes y entonces aprenderán lo que es volar de verdad. —Intenta hacerme reír para que se vayan aplacando todas mis reticencias—. Taly, mañana iremos a la comida, seremos simpáticas y nos comportaremos correctamente. —De repente me coge el brazo, y me mira a los ojos de manera firme, pero transmitiendo también una gran dosis de comprensión en su mirada—. ¿Sabes por qué? Porque eso hará feliz a Lina.

Le doy la razón, consciente de que ya no hay nada que hacer y le dedico una sonrisa, que expresa lo mucho que la quiero. Ella es única para espabilarme cuando yo me obceco en tonterías, cosa que en los últimos tiempos pasa más de lo deseado.

Empezamos a comentar el regalo que tengo preparado, cuando un chico se acerca a Mara por su espalda.

—Perdona, ¿nos conocemos de algo? —le dice acercándose demasiado a mi amiga.

Angelito, le va a caer la del pulpo.

—No lo creo, no soy de aquí —contesta Mara, sin dirigirle la mirada.

—¡Ah! Entonces, ¿estás aquí por trabajo o placer? —sigue preguntando curioso y acercándose al acecho como un gato en celo.

A estas alturas ya tengo claro que, en breve momentos, seré testigo de una ejecución en directo. La paciencia de Mara con los moscones de barra es inexistente. Y el topicazo de la preguntita se las trae.

—Por trabajo —contesta Mara—. Estoy aquí por trabajo.

¿Trabajo?, pienso. ¿Qué puede estar pasando por esa cabecita para que le conteste que está en la isla por temas laborales?

Mara endereza la espalda y, luciendo su mejor sonrisa, se gira para quedar frente a frente con su nuevo admirador.

—Soy uróloga.

¡Esa es mi chica! ¡Empieza el espectáculo!

—¿Uróloga? —dice el pobre casi gritando a la vez que, por un instinto de protección masculino, cruza las piernas para poner a buen recaudo su entrepierna—. Qué interesante… —continúa balbuceante, mientras intenta recuperarse de la impresión.

—Sí, mucho. Estoy en un proyecto que promete ser de gran interés en el futuro. —Dando un respingo, Mara se lleva las manos a la cara para continuar hablando con los ojos muy abiertos—. A lo mejor te interesaría formar parte del estudio. Necesitamos voluntarios.

—¿Voluntarios?

En estos momentos está claro que él ya no tiene capacidad para elaborar una frase más larga. Su gesto le delata y se nota que su cabecita en lo único que está trabajando es en cómo desaparecer.

—Sí, es muy sencillo. Los datos que estamos recabando son muy básicos. Grado de rigidez del miembro, ángulo del mismo durante la erección y tiempo de recuperación entre diferentes eyaculaciones. Por cierto... —Coge su teléfono y teclea con rapidez—. ¿Qué edad tienes? Creo que podría incluirte en un grupo —Realiza una pausa que aumenta la tensión facial del pobre chico—. Para este mismo lunes. —Mara no levanta la vista de la pantalla de su móvil y pone gesto angustiado—. Lo único es… —Se lleva el dedo índice a la boca y le pregunta—: ¿Has tenido relaciones en las últimas 48 horas? Necesitamos que todos los presentes estén en igualdad de condiciones.

En muchas ocasiones ser amiga de Mara implica contener los espasmos cuando la risa es casi inaguantable. Y aquí estoy yo, con expresión inescrutable, a la espera de saber si aquel pobre chico había tenido relaciones en los dos últimos días.

—El lunes estoy de viaje, no va a poder ser —le responde mientras empieza a separarse de la barra con intención de alejarse de nosotras—. Lo siento, pero tengo que dejaros, me esperan mis amigos. Ha sido un placer.

Y huye. ¡Por supuesto que huye! A los hombres les puedes hablar de cualquier cosa, pero es oír urólogo (en este caso uróloga) y cierran las piernas mientras corren en dirección contraria.

—¡Recuerda que a partir de los cuarenta es conveniente que os realicen un tacto rectal para evaluar vuestra próstata! —grita Mara a todo pulmón mientras perdemos de vista al que, por un momento, había sido nuestro primer voluntario para un estudio que, si no se ha hecho ya, creo que alguien debería plantearse muy seriamente llevarlo a cabo.

***

Después de dormir menos horas de las que me apetecen y con la inquietud que me genera conocer gente nueva, aquí estoy, aparcando mi coche cerca de la entrada del Club Militar donde vamos a celebrar el cumpleaños de Lina.

Javier y mi amiga se conocieron hace poco más de un año y entre ellos se produjo el flechazo del que solo oímos hablar en los libros románticos. Chico conoce chica, chica mira a chico, le sonríe y… amor en toda regla. Tampoco era muy extraño en su caso. Los planetas se habían alineado para que una de las mejores mujeres que he conocido se encontrara con un extraordinario espécimen de varón en vías de extinción, es decir, uno que cuenta con mi aprobación. Y es que, tras algunos acontecimientos ocurridos en mi pasado, estoy más a favor de la lucha en defensa de las ballenas, que de salvar a la mayoría del género masculino. Pues bien, Javier, salvado.

Él se había encargado de prácticamente toda la preparación del cumpleaños de Lina, incluso de intentar convencerme para que asistiera a la comida. Entre su insistencia y el ultimátum de Mara, no me ha quedado más opción que asistir. A modo de mantra, me repito lo mucho que quiero a Lina, a ver si de esta manera empieza a cambiar mi actitud de rechazo a cualquier concentración de gente desconocida, sin barra de por medio.

Lo siento, pero ahora mismo no estoy en mi etapa vital más sociable y pensar que voy a estar rodeada de desconocidos me genera una ansiedad que, sumada a mi falta de sueño, se traduce en un humor de perros.

Tras cerrar mi coche, empiezo a caminar hacia la entrada del club. Me abro un poco la cazadora y, cuando me dispongo a entrar, una voz se dirige a mí con más autoridad de la que mi ánimo es capaz de tolerar en este momento.

—¡Señorita!

Me giro y me encuentro con un hombre de unos sesenta años, con más barriga que pelo y vestido de uniforme, que me hace señas para que me acerque a la garita en la que se encuentra.

Levanto las cejas y abro los ojos, sorprendida. Miro a mi alrededor, antes de meter la pata y atribuirme un llamamiento que no corresponde, y al no ver a nadie por allí, me señalo el pecho con un dedo en actitud inocente

—Sí —contesta a mi silenciosa pregunta mientras examina de abajo a arriba mis deportivas lilas y mis vaqueros desgastados para, al final, alzar su escrutadora mirada hacia mi cazadora de piel, sin que parezca que ninguna de las prendas haya logrado su aprobación.— ¿Tiene usted invitación?

—¿Perdone? No le entiendo —le digo ladeando la cabeza, dando a entender mi absoluto desconocimiento de lo que me está preguntando.

—Lo siento, pero sin autorización no me está permitido dejarla pasar. Tiene que entender que este es un recinto militar y no puede entrar cualquiera.

¿Cualquiera? ¿Ha dicho cualquiera? En mi cabeza empiezo a repetirme cuánto quiero a Lina y todo lo que ha hecho por mí para sentirme en deuda con ella y, de esta manera, obligada a seguir frente a aquel hombre.

—Verá —digo, mientras intento adivinar cuál será la mejor fórmula para que este encuentro acabe cuanto antes—, quizás no le he mencionado que estoy invitada a una comida que se celebra aquí y me están esperando.

—¿Y tiene invitación? —insiste en su discurso.

Aprieto los labios, conteniendo las ganas de ponerme a chillar que no tengo la dichosa invitación.

—Si me permite hacer una llamada, creo que solucionaremos este malentendido —le digo mientras cojo mi móvil y marco a toda velocidad—. Mara, soy yo. Estoy en la puerta y no me dejan entrar. Dile a Javi que si en dos minutos exactamente no hay alguien aquí, me voy. —Cuelgo y levanto la mirada de inmediato para dirigirla al guardián del castillo, el cual continúa con su escrutinio—. En dos minutos, para bien o para mal, nuestra conversación habrá acabado. —Así, con el deseo de que nadie haga acto de presencia, le doy la espalda, levanto la barbilla con gesto desafiante y fijo mi mirada en la carretera.

En el mismo momento en el que se cumplen los dos minutos que yo había dado de margen antes de mi ansiada huida, alguien se dirige a mí y su voz me sobresalta, ya que estoy segura de que no se trata de la misma persona que ha llevado a niveles insospechados mi mal humor.

—Hola, ¿eres la amiga de Lina?

—Sí, y por lo visto un peligro para la seguridad nacional al que no dejan entrar.

La contestación sale de mi boca antes de mirar siquiera a quién me dirijo. Un resoplido que proviene de la cabina donde se encuentra mi amigo “no puede pasar cualquiera” me obliga a alzar la vista justo a tiempo para toparme con su mirada reprobatoria.

—Está con nosotros —indica otra vez la voz a mi espalda.

¿Pero esto qué es? ¿La mafia? “Está con nosotros”. Aquello me suena a “es uno de los nuestros”, “personal autorizado”, “miembro del equipo” y mi falta de control se lanza a la aventura.

—Estar, lo que se dice estar, estoy en la calle, ya que aún no me han dejado pasar de la puerta.

De repente, el hombre que hasta el momento estaba detrás de mí, se inclina hacia la ventanilla de la garita y continúa hablando con el responsable de la puerta sin hacer caso de mi comentario.

—¿Quiere que firme yo en el registro? —pregunta el recién llegado, a la vez que veo cómo el hombre de la garita le facilita un bolígrafo para que firme una hoja.

—¿No me van a cachear? —intervengo intentando provocar alguna reacción con mis palabras.

¿Os había dicho ya que mi falta de control campa a sus anchas y mis ya de por sí escasas reservas de autocontrol se habían agotado, verdad?

—Quizá lleve un bazuca metido en los calcetines —continúo, visto el poco éxito de mis pullas contra ellos.

Una vez cumplimentado el registro, noto cómo la mano del desconocido se coloca en mi espalda dando a entender que me mueva y que ha llegado el momento de acabar con esta situación. Pero, sobre todo, imagino que lo que desea es que deje de hablar.

Él camina a mi izquierda y, al igual que yo, lleva las manos metidas en los bolsillos de su cazadora. Aún no le he mirado a la cara, ya que para hacerlo tendría que levantar la vista bastantes centímetros. Además sigo enfadada, así que mantengo una actitud muy digna.

—Me ha puesto histérica —digo para romper el hielo—. Primero no me dejaba entrar y luego solo me miraba.

—A lo mejor, como se pasa tantas horas ahí dentro, estaba aburrido y te miraba sin mala intención.

Aquel tono pausado hace que mi firme convicción sobre la injusticia a la que había sido sometida se esfume y pierda todo sentido.

—¡Aaaah! —grito, siendo consciente de la falta de razón en toda mi actuación—. Es que tengo sueño y soy muy borde cuando no duermo —le explico entre pucheros, mientras un sentimiento de culpa me invade—. Ya le dije a Mara que no era buena idea que viniera sin dormir, porque seguro que acababa mordiendo a alguien —suelto levantando las manos—. Pues aquí lo tiene. La he liado antes de entrar.

Al segundo siguiente noto cómo él se detiene y le veo por primera vez. Mi metro sesenta me obliga a levantar la vista para observarle. Pelo castaño algo revuelto, rostro anguloso con un hoyuelo no demasiado marcado en la barbilla y una nariz ligeramente desviada, víctima de algún percance, estoy segura. Lleva unas gafas de aviador, cómo no, con cristales de espejo que, ¡vaya por Dios!, son idénticas a las que llevo yo. Pero, sin lugar a duda, lo que concentra mi atención y me impide proseguir con mi torpe tentativa de justificar mi comportamiento, es su sonrisa. Es pícara e infantil al mismo tiempo, lo que en mi idioma tiene una traducción muy simple: “peligro, peligro, peligro”.

—Por cierto, soy un desastre, ni te he preguntado quién eres —digo en un momento de lucidez, mientras dejo caer mis hombros, intentado demostrarle que tengo claro lo inapropiado que ha sido mi comportamiento.

Abatida y cansada, me quedo mirando mis zapatillas.

—Daniel — responde divertido.

—Yo, Natalia. —Hago una pausa y levanto la mirada del suelo intentando ser lo más agradable posible—. Gracias por hacer que no me encerraran en una prisión militar o a donde llevéis vosotros a los que se rebelan y son desagradables.

Él acentúa su sonrisa y con voz más profunda de lo que yo esperaba, susurra:

—Yo no daría todavía las gracias. De aquí, lo difícil es salir.

Me planta dos besos y reanuda la marcha. Yo me quedo paralizada como si fuera el hombre de hojalata del Mago de Oz, esperando que alguien venga a rociarme con aceite. Tendría que haber recordado que estoy en un recinto militar y seguro que esos dos besos, unidos a su tono de voz, es un arma química en proceso experimental. Pues si quieren mi opinión, funciona. Tanto es así que hasta que unos niños no golpean mi pierna con una pelota por accidente, yo no reacciono.

Una vez me recupero del estado de idiotez en el que me encuentro, acelero el paso para alcanzarle y vuelvo a colocarme al lado de Daniel, que parece no tener intención de entablar mucha conversación y además desaparece en cuanto llegamos al destino.

Accedemos por una rampa al lugar donde está prevista la comida. No atino a enmarcar este patio en ningún estilo arquitectónico definido. Yo creo que el que ideó este espacio, lo único que tenía claro es que se lo quería pasar muy bien. A un lado, un par de parrillas destinadas a barbacoas, dan señales de haber cumplido con su misión infinidad de veces. Es justo ahí donde descubro a Alex, el hermano de Lina, que se está peleando con la leña para que prenda por igual y pueda lucirse con una de sus especialidades, las macro paellas. A pesar de las fechas, le veo acalorado moviéndose de un lado a otro en mangas de camisa y muy concentrado en la faena, que siempre suele realizar con alguna copa en la mano. La ubicación del fuego le es favorable, ya que junto a las barbacoas hay una especie de bar provisto de cámaras frigoríficas y varios tiradores de cerveza. ¡Gracias a Dios y a las Fuerzas de Seguridad por tan adecuado presente! Un par de cañitas ayudarán a mis habilidades sociales.

El jaleo de charlas y risas del resto de invitados me obliga a cambiar de ángulo mi mirada para dirigirla a un gran porche cubierto, con largas mesas de madera y sus correspondientes bancos. Todas las paredes son blancas y en esta zona en concreto están decoradas con escudos que no había visto en mi vida. No creo recordar un sitio así en ninguna de las escenas de Top Gun, aunque pensándolo bien, qué sabrán ellos de una buena fiesta.

La mayoría de los asistentes, se encuentran bajo esa especie de cobertizo, dando cuenta del aperitivo que se encuentra sobre coloridos manteles de papel. Me acerco con cierto recelo, buscando a mis amigas entre la gente. Lina es la primera que advierte mi presencia y, antes de darme cuenta, ya ha cruzado corriendo la distancia que nos separa y la tengo colgada de mi cuello gritando como una loca.

—¡Has venido! ¡Has venido!

¡Ay, mi niña, que me la como! Nadie abraza como nuestra Lina. Nuestro osito particular. Mara y yo somos un poco tacañas en lo que a muestras de afecto se refiere, pero ella no. No es de esas tías empalagosas que se pasan el día diciendo que te quieren. ¡Gracias a Dios! Porque nosotras somos más del lado oscuro y no la hubiéramos soportado. Ella lo que hace es querer incondicionalmente de forma espontánea, sincera y natural.

—Gracias por venir. —Escucho decir a Javi, justo detrás de mí.

Me giro y le doy un abrazo acercándome a su oído.

—No te fíes de ella. Con esa cara de ángel hace de nosotros lo que quiere.

—No lo dudes, yo ya estoy perdido —me contesta con una sonrisa en los labios y veo en su mirada el agradecimiento por estar allí.

¡Menuda pareja! Estoy convencida que engendrarán Premios Nobel de la Paz.

—¡Pero si Taly ha venido encantada! —dice mi rubia, apareciendo por mi espalda—. Apenas le mencioné lo de la comida, ya estaba eligiendo modelito. Por cierto, ¿se puede saber qué llevas puesto? —La versión más ácida de Mara nos deleita con su presencia.

—¿Se puede saber qué le pasa a mi ropa? —le contesto, mirándome.

—Es broma, petarda —contesta dándome un beso en la mejilla—. Estás estupenda. Viéndote, incluso he pensado en empezar a hacer footing. —Nos miramos las dos con cara de sorpresa y al momento, estallamos en risas. Mara no correría ni que la persiguieran un grupo de zombies.

¿Os he mencionado que, desde que salgo a correr, se me ha puesto un trasero en el que se pueden partir nueces? Es una pena que en el momento que mejor cuerpo tengo, menos lo aproveche. Ya me entendéis…

—¡Mira quién está aquííííí! —Oigo la voz cantarina de Álex, el hermano de Mara, con la pequeña Valentina en sus brazos.

—¡Princesaaaaa! —grito al tiempo que se la arrebato a su padre.

Álex fue el primero de la pandilla que se casó. Bueno, el primero y, hasta la fecha, el único de los seis. ¡Nuestras pobres madres no veían el momento de que esa proporción aumentase!

Dos años después de su boda con Sandra, la pequeña Valentina había llegado para volvernos locos a todos.

—¿Estás contenta de ver a tía Natalia? —Río, mientras sostengo a nuestra pequeña ladrona de corazones que no deja de hacer ruiditos y me golpea con sus pequeñas manitas, llena de emoción.

La pequeñaja se mira en los espejos de mis gafas de sol y los destellos la ponen frenética. Abre los ojos y mueve la cabeza mientras babea descontrolada. La tengo que sujetar fuerte para que no se me caiga y para que Mara capte sus gestos con la cámara de fotos.

Una vez Valentina se calma, se la devuelvo a sus padres y voy en busca de una cervecita al barreño donde las tienen en fresco. Desde que he llegado todavía no he saludado a nadie nuevo y creo que ya es hora de socializar y ser simpática, aunque me vaya la vida en ello. Pero cuando me giro, veo a Mara sentada en una silla con los pies apoyados en un banco, sola y mirando fijamente al frente. Aún podré retrasar el trance de tener que darle palique a algún desconocido y dedicarme a hablar con mi amiga.

—Cuéntame, Cruela de Vil —le digo justo cuando me acerco a ella.

—¿Perdona? —me contesta casi con dejadez, con una ligera sonrisa y muy atenta a lo que estaba observando.

—Conozco tu cara y sé cuándo estás disfrutando con el sufrimiento de alguien.

—Siéntate —me ordena, ofreciéndome un bol de ganchitos y golpeando el asiento.

—¿Qué estás mirando? —Busco con la mirada qué es lo que llama tanto su atención.

La conozco desde que teníamos cuatro años y, una vez más, no me he equivocado. A unos metros de donde estamos sentadas, Daniel, el tipo que me rescató en la puerta, charla con una chica con el pelo rubio recogido en una coleta alta. Por su vestimenta, más acorde con un gran slam que para un brunch, diría que viene de jugar al tenis, aunque no hay ni rastro de cansancio en su perfecto aspecto. Balancea la bolsa de deporte sin cesar y me está poniendo de los nervios. ¿Es que no se da cuenta de que su intento de coquetear con él, solo la hace parecer tonta?

—Basada en el best seller “Voy de pija, pero en mí vive un zorrón”, llega a las pantallas “Por mis perlas cultivadas que al buenorro me lo agencio” —ironiza Mara que no ha dejado de comer ganchitos del bol.

La recién denominada por Mara “pija-zorrón” se acerca melosa, aprovechando cualquier oportunidad para rozarle y sobarle.

—Y de los productores de “Dejad que las chicas se acerquen a mí”, se estrena “En buena hora me la tiré”—remato, siguiendo el espectáculo encantada.

Y es que Daniel, a pesar de no ser en ningún momento desagradable, parece tenso e incómodo. Ella da dos pasitos hacia el guaperas y él retrocede otro. La rubia se acerca por la izquierda y él cambia su peso sobre el lado contrario. A la que la chica se inclina hacia él para hablarle, Daniel se mueve ligeramente para esquivarla.

—¿Eso es un cha cha chá, verdad? —pregunto.

—Pues como ella siga sin bajar el ritmo, acabará siendo zumba. —Mara baja sus gafas de sol, me guiña un ojo y continúa—: Porque a esta se la zumba.

Las dos nos estamos partiendo de risa cuando aparece Lina, coge una silla y se sienta junto a nosotras.

—¿Contra quién confabuláis? —pregunta.

—Siento comunicarte, queridísima Lina, que hoy nosotras no somos las causantes del sufrimiento de nadie —respondo, señalándole con la barbilla a la pareja de moda—. ¿Nos podrías dar más información del portento y la actriz revelación?

—Él es Daniel, compañero de estudios de Javier y se podría decir que su mejor amigo. Le han destinado aquí y ahora será su compañero de piso.

—¿Me estás diciendo que cabe la posibilidad de que tú pernoctes con esos dos hombres bajo el mismo techo? —pregunta Mara.

—Pernoctar, sí.

—Y si te dejan, lo otro también —aseguro.

—Sois increíbles —nos recrimina y continúa con lo que nos contaba—: Por lo que me ha comentado Javi, Daniel es un fuera de serie en lo suyo.

—¿Y lo suyo qué es? —pregunto con picardía.

—Está claro, Taly —afirma Mara—, empotrar hasta tirar el muro de Berlín.

—El muro de Berlín ya lo tiraron —replica Lina.

—Pregúntale dónde estaba en esas fechas.

—¡Mara! Por favor —salta Lina, haciéndose la escandalizada, mientras yo me carcajeo con ganas—. ¡Qué burra eres! —Pero, tras una ligera pausa, continúo—: Aunque no os voy a negar que tiene pinta de estar bien dotado, porque con ese cuerpo…

No había acabado de hablar, cuando Mara y yo, como una perfecta pareja de natación sincronizada, inclinamos nuestras cabezas al unísono para tener mejor ángulo de la entrepierna del susodicho.

—¡Queréis parar, que os va a ver! —nos riñe Lina.

—Querida amiga —dice con contundencia Mara—, ahí por lo menos hay broca del diez.

—Y, siguiendo con lo que nos decías, ¿quién es ella?

—Se llama Isabel y es la hija de un alto mando. Por lo visto, ya le tenía echado el ojo desde hace tiempo y ahora que ha sido destinado a la isla, está en pleno acoso y derribo para conseguir sus atenciones.

Seguimos calladas unos minutos observando a la pareja y el flirteo más absurdo del planeta: ella se apoya en su brazo, ríe y levanta una pierna con gesto cursi… Por favor, ¡si parece un flamenco!

—Me da pena Daniel —dice Lina—. Le voy a echar un cable. Mara, ¿me dejas la cámara?

—¿La cámara? —exclama sorprendida.

—Sí, no seas rancia y pásamela.

Una vez con la Canon Reflex 2000 en sus manos, Lina se gira y se dirige a Daniel elevando la voz:

—Daniel, por favor, ¿podrías venir?

—Sí, por supuesto. —Y, tras disculparse con su acompañante, empieza a caminar hacia nosotras.

—Rectifico, broca del 15 —susurra Mara.

Las tres nos levantamos mientras se acerca. Tiene un caminar pausado, chulesco y muy armonioso para su altura. Él lo sabe. ¡Vamos si lo sabe! Y, por segunda vez esta mañana, veo esa sonrisa “peligro”, que debe desintegrar bragas a pares.

—Hola. —Saluda con un movimiento de cabeza.

—¿Conoces ya a mis amigas? —pregunta Lina a la vez que nos señala—. Ellas son Natalia y Mara.

—Hola —dice Mara acercándose a darle dos besos.

—Encantado —contesta él, para luego poner sus ojos sobre mí—. A Natalia ya he tenido el placer de conocerla antes.

—¿Ah, sí? —pregunta extrañada Lina.

—Sí. —Tras una pausa en la que aprovecha para cruzar los brazos sobre su pecho, continúa—: He sido testigo de su habilidad a la hora de entablar lazos de fraternidad con el ejército. Los cascos azules podrían aprender mucho de ella en lo que a acercamientos de posturas se refiere. —¡Será gilipollas!, grito en mi cabeza. ¡Eso es lo que le gustaría a él! ¡Acercamientos y posturas!—. La verdad es que el cuerpo diplomático tendría mucha suerte de contar con ella entre sus filas —sigue, socarrón.

¡Ya te diré yo qué cuerpo tiene la suerte de contar conmigo! ¡Imbécil!

Mis amigas nos contemplan sorprendidas, sobre a todo a mí, ya que no les he comentado nada de mi entrada triunfal y, mucho menos, que él ha sido el que ha conseguido que entrara. Lo peor de todo es que mi furia eclipsa toda creatividad y no soy capaz de contestarle como a mí me gustaría. Me muerdo el labio inferior para contener la retahíla de insultos que me apetece dedicarle al amigo y Lina, consciente de ello, sale a mi rescate desviando la conversación hacia otro tema.

—¿Podrías hacernos una foto a las tres? —dice, pasándole la cámara de Mara.

—Por supuesto. —Se acerca a la mesa que hay junto a nosotras para depositar allí sus gafas de sol.

Cuando se gira, me fijo en sus ojos por primera vez. Son marrones, ligeramente rasgados y dulces, muy dulces. Encajan totalmente con el hoyuelo de su barbilla, su mandíbula marcada y la sonrisa “peligro”. ¡Cómo podía ser tan bello y atractivo el rostro de un auténtico… imbécil!

—¡Chicas! Quitaos las gafas, que se nos vea bien la cara —nos indica Lina—. Que, desde que nos hacemos fotos con el móvil, siempre salimos haciendo el tonto.

Mara y yo nos quitamos las gafas y también las dejamos sobre la mesa para, luego, ponernos cada una a un lado de Lina. Daniel se coloca frente a nosotras y con… sí, esa sonrisa pícara otra vez, canturrea:

—Chicas. —Y se detiene guiñándonos un ojo—. Mirad al pajarito.

—Tú dales ideas —susurra Lina entre dientes.

—Eso, eso, a la broca —continúa Mara.

Y las tres empezamos a reír como tantas y tantas veces hemos hecho durante años. No sé cuántas fotos nos hace mientras reímos, pero estoy segura que en esas instantáneas se capta lo que somos: tres amigas cómplices, traviesas y felices de estar juntas, como solo pueden serlo las que se quieren con toda el alma. Las brujas de Eastwick, como nos apodaron nuestros hermanos.

Daniel nos devuelve la cámara cuando Isabel, su ya acosadora personal, se acerca a nosotras.

—¡Hola, Lina! —saluda, dándole a mi amiga los besos más sosos de la historia—. Me han dicho que es tu cumpleaños. ¡Felicidades!

¡Guau! Era peor de lo que imaginaba. Tamara Falcó es una estrella de Pressing Catch a su lado. Cada vez que dice una frase, ladea la cabeza hacia un lado y eleva los hombros para darle más énfasis. Me fijo, una vez más, en su atuendo. Zapatillas, calcetines, minifalda, camiseta, coletero y bolsa de deporte… ¡rosa! Todo, a excepción de unos enormes pendientes de perlas, es rosa. Juro que en las próximas elecciones votaré al partido que en su programa electoral proponga un límite de prendas de ese color por persona. Y mientras imagino futuros pactos electorales entre el “partido a favor de la legalización de la marihuana” y el de “no al rosa”, una idea viene a mi retorcida cabeza.

—¡Hola! —Giro de cabeza y elevación de hombros—. Me llamo Natalia. —Nuevo giro de cabeza y nueva elevación de hombros—. ¿Imagino que te quedas a comer con nosotros? —Giro de cabeza definitivo y elevación de hombros definitiva.

Como esperaba y deseaba, la mirada furibunda de Daniel se clava en mí, borrando de su cara la sonrisa “peligro” y abriendo como platos sus bonitos ojos marrones.

—No querría molestar —responde ella esbozando una ridícula sonrisa.

—¡No! ¡Por favor, mujer! ¡Solo faltaría! —Qué mona y educadita soy cuando quiero—. Además, siendo amiga de Daniel, seguro que él está encantado de que te quedes.

«¡Chúpate esa, guapete!» grita mi interior más macarra.

—Pues, si os parece bien, voy a dejar la bolsa en el coche y vuelvo —dice la versión pija de la pantera rosa, radiante de felicidad.

Me acerco a la mesa, cojo mis gafas de sol, me las pongo lentamente, agarro mi cerveza, le doy un sorbo y, tras pasarme la lengua sobre el labio superior, empiezo a caminar pasando por delante de Daniel.

—Al final, va a ser verdad que soy buena acercando posturas.

CAPÍTULO DOS

DANIEL

¡Menudo bicho la pequeñaja que he recogido en la puerta!

Javier me había pedido que fuera a por una amiga de Lina a la entrada del club y, sinceramente, no es el tipo de mujer que pensaba encontrarme. Aunque la verdad es que no me había parado a pensar mucho en ello, tratándose de una amiga de Lina nunca hubiera esperado tener que lidiar con un miura en miniatura.

En lo que a mujeres se refiere soy bastante pragmático y, a pesar de que —como todo el mundo— mis gustos están claros, lo único que no me interesa es complicarme la vida. Hasta la fecha, mi carrera profesional ha sido la que ha regido mis movimientos. Tengo clarísimo a dónde quiero llegar, he trazado mi ruta y no pienso desviarme de ella, así que en mi plan de vuelo no hay lugar para según qué distracciones como, por ejemplo, una relación de esas que otros denominan “serias”.

Aunque, siendo sincero, he de reconocer que nunca he puesto a prueba la fortaleza de mis convicciones ya que, hasta hoy, siempre he elegido yo con quién compartir mi cama y nadie me ha interesado lo suficiente como para plantearme siquiera un ligero desvío de rumbo.

Adoro a las mujeres que entienden el sexo como yo, lleno de pasión, entrega y vacío de sentimientos, compromiso y complicaciones. No me malinterpretéis, las mujeres me vuelven loco y entre mis máximas están las de ser atento, considerado y complaciente. Entre mis sábanas, de momento, no ha habido una sola queja, pero que no esperen flores ni canciones románticas.

Mi madre mantiene la típica teoría de que es porque no se ha cruzado en mi camino la mujer de mi vida. Pero hace años también aseguraba que ella nunca tendría móvil, y la semana pasada me tuvo media hora al teléfono explicándole cómo podía actualizar los emoticonos del WhatsApp.

Aunque, en lo a que mis preferencias en materia femenina se refiere, no tengo ningún perfil claramente definido, lo que sí tengo claro es lo que no soporto bajo ningún concepto: tener que discutir con una mujer.

He peleado como una mala bestia para llegar a tener las puntuaciones más altas, ser el mejor de mi promoción y ascender a un rango al que muchos de mis compañeros tardarán en llegar. Pero por un polvo... lo siento, pero no. No soporto a las tías con las que tienes que justificar cada mínimo detalle o debatir cualquier punto de vista. Y hoy me he topado con un magnífico ejemplar de esa especie.

Aún estoy asimilando la encerrona del bichillo, cuando alguien golpea mi espalda.

—¿Cómo va colega? —me saluda Carlos, otro compañero de la base. ¡Por fin refuerzos!

—Bien —contesto.

—¿Qué tal por aquí? ¿Algo interesante? —pregunta sonriente y levantando las cejas.

—Necesito que me hagas un favor —le pido y recibo a cambio una mirada extrañada, pero no tarda ni un segundo en interesarse por mis intenciones y, con un gesto de la mano, me anima a continuar—. Resulta que Isabel, la hija de Sáez, se queda a comer con nosotros…

—¡No jodas!

—No, y con ella menos —digo, ya que él conoce perfectamente la situación—. Por lo que más quieras, quítamela de encima.

La carcajada suena en todo el patio, mientras yo me paso las manos por el pelo con gesto derrotado.

—¡Ay! Daniel, Daniel… —dice pasándome el brazo por encima del hombro—. ¡Qué dura es la vida del rompecorazones!

—¡Vete a la mierda, Carlos! —protesto y me aparto el brazo de encima para coger las gafas que había dejado sobre la mesa.

—No sabía que fuera amiga de Lina —continúa.

—Y no lo es. —Suelto un bufido dejando claro lo que me incomoda la situación, pero continúo hablando viendo que a él en cambio le divierte muchísimo—. Es una historia muy larga. Ya te contaré. Pero, por favor, no dejes que se siente a mi lado.

—¿Y Lina no tiene suficientes amigas como para que no tengamos que aguantar a Isabel?

—Sí, Carlos, ya lo creo que las tiene. —Ahora soy yo el que le pone el brazo sobre el hombro mientras comenzamos a andar hacia el comedor—. Y además te van a encantar. La castaña creo que es tu tipo. Toda una joya. Yo de ti intentaba acercarme.

—Hombre, gracias por la ayuda.

—Te aseguro que no hace falta que me lo agradezcas.

Cuando entramos en el comedor ya están todos sentados, a excepción de Isabel, Carlos y yo, y, al ver los tres sitios libres a un lado de la mesa, sitúo a Carlos en medio como escudo humano y me siento rápidamente para que no haya cambios de última hora en la ubicación.

Una vez acomodado, levanto la vista y veo que justo delante tengo a las amigas de Lina, que me dedican una sonrisita triunfante y luego dirigen su mirada hacia Isabel, que acaba de aparecer y se sienta junto a Carlos. Está claro que han ganado esta batalla, no puedo negar la evidencia. Conseguir que mi hostigadora personal esté a dos sillas de mí, desde luego que puede considerarse una más que notable victoria. Pero la guerra… la guerra no ha hecho más que empezar.

Cuando llevamos un rato sentados, el bebé que habían traído los amigos de Lina se pone a llorar y Natalia se levanta con agilidad.

—¡Me lo pido! —grita, apresurándose a coger a la pequeña en brazos.

—¿Cuántos años tieeeneeee? —pregunta Isabel con su característico tono de voz cargante.

—Uno. Va para dos —contesta Álex, el padre de la criatura, con esa sonrisa babeante, típica de los padres primerizos.

—¿Lo ves, Taly? —chilla Mara dirigiéndose a Natalia—. Mi hermano se ha vuelto definitivamente idiota.

—¿Se puede saber qué he dicho ahora? —interviene el pobre chico con cara de sorpresa.

—Vamos a ver, Álex —empieza a aclarar Natalia—. Se supone que si tiene uno, va para dos, no irá para quince.

—¡Y después dice mi madre que cuando se le cayó de la cuna fue un milagro que no le pasara nada! —protesta Mara.

Natalia continúa de pie con la niña en brazos meciéndola mientras esta se duerme.

—A papá —susurra al bebé con voz dulce— solo le tienes que hacer caso cuando te hable de música, Star Wars y… —Hace una breve pausa para continuar hablando, bajo la atenta mirada de la pequeña—, y nada más. Para el resto, le preguntas a tu santa madre y a tus tías.

Lina y Sandra, la mujer de Álex, siguen la conversación divertida esperando la réplica del chico.

—Vosotras no estáis contentas si no me dais caña, ¿verdad? —Él mira fijamente a Natalia y Mara, recostado en su silla con expresión ofendida.

—¡No! —contestan las dos al unísono.

—Álex, no te pongas así —interviene Lina—, mi hermano y Sergio no están, por lo que no tienen otra diana a la que puedan lanzar sus dardos envenenados.

Se forma un gran revuelo con las risas de todos, pero ello no evita que oiga a Natalia.

—No te preocupes, algo encontraríamos —suelta ladeando la cabeza casi de manera imperceptible y tengo la sensación de que su mirada, oculta bajo sus gafas de sol, se dirige a mí. ¿Es esto un reto? ¿He visto salir volando un guante que me invita al duelo?

—Por cierto, Natalia —dice Sandra, intentando cambiar de tema, a pesar de que se nota que no le preocupan esas pequeñas discusiones—, el otro día fuimos al hospital porque teníamos hora con el pediatra de Valentina y nos encontramos con tu cuñado. Es un bombón de hombre.

—Es un amor —afirma Natalia mientras se acerca al cochecito para dejar a la niña, que ya se ha dormido—. Mis padres están felices, por fin alguien aguanta a alguno de sus hijos. Es una pena que no hayan podido venir. Cuando vuelvan del viaje organizaré una cena en casa y venís todos.

Mientras seguimos comiendo, me sorprendo mirando a Natalia en un par de ocasiones. Si he de ser sincero, mi curiosidad se había despertado antes de que me metiera el gol con la hija de Sáez. Pero, entre su entrada triunfal y la llegada de Isabel, no me había detenido a mirarla. Su melena es larga y ondulada de un castaño oscuro. No es muy alta, pero lo tiene todo en su sitio y, además, muy bien puesto, por lo que he podido atisbar. Cierto es que su manera de vestir informal no me deja ver con exactitud lo que hay debajo, pero estoy seguro de que, tras años de práctica, mi ojo clínico no me falla. Aunque, cuando me ha dejado noqueado ha sido al mirarla a través del objetivo de la cámara. Se ha quitado las gafas, unas Ray Ban idénticas a las mías, y, de repente, ha sido como si me sumergiese en ese Mediterráneo que acostumbro a ver desde el aire. El color de sus ojos recuerda al del mar llegando a la orilla de las costas del sur de la isla, donde la arena es muy blanca. Son de un turquesa limpio y transparente, nunca había visto algo así. Y ahora no puedo evitar el intentar volver a verlos, para adivinar si tienen la calidez de las cristalinas aguas de las playas o la frialdad del hielo. Espero que vuelva a quitarse las gafas y me sorprendo a mí mismo mirándola de vez en cuando.

—Natalia —vuelve a llamar su atención Sandra—, creo que un día de estos me apuntaré a correr contigo.

—¿Te gusta salir corriendo? —pregunto irónico. Me agrada provocarla y creo que he encontrado una buena contrincante con la que poder ejercitar mi lado más guerrero en el combate dialéctico.

Su gesto cambia y pasa a ser más desafiante.

—Me gusta correr —me responde en tono seco al tiempo que se quita las gafas y me mira desafiante—. Aunque no me negarás que a todos en algunas ocasiones nos gustaría salir huyendo de alguien, ¿verdad Daniel? La pena es que no siempre nos dejan y tenemos que quedarnos aguantando el chaparrón. Una lástima.

Ni orillas cálidas, ni cielos soleados. Sus ojos son puro hielo, frío y cortante, y los dirige directamente a mí. Ninguno de los dos desvía la mirada, ni hace amago de retirarla, como lanzando al otro un desafío que casi puede percibirse flotando en el ambiente. No sé cuánto tiempo más se habría prolongado nuestro “duelo visual” si nadie hubiese intervenido, cosa que Isabel se encarga de hacer.

—Tienes unos ojos precioooooosos —dice dirigiéndose a Natalia y haciendo que los dos nos giremos hacia ella—. ¿Te lo habían dicho alguna vez?

—No, nunca —suspira Natalia, dejando entrever que miente. Y no solo eso, se nota que le aburre el tema de manera soberana.

Sus amigas sonríen, cómplices de sus pocas ganas de continuar por ese camino. La verdad es que Natalia me resulta muy sorprendente. Lo normal en una mujer con esos ojos sería que les sacara el mayor partido posible mostrándolos con coquetería, pero ella, al contrario, parece que se empeñe en ocultarlos. De repente, vuelve a coger las gafas con intención de ponérselas de nuevo, pero Mara es más rápida y se las arranca de las manos para dejarlas lejos de su alcance. No me cabe duda de que con ese gesto lo que pretende es esconderse, camuflarse tras las lentes de espejo para no mostrar la belleza de sus ojos y, sobre todo, lo que expresan en ese momento. Natalia la mira con gesto serio y, tras unos momentos que a mí me parecen eternos, sigue comiendo con la vista ahora concentrada en su plato.

—Para mí, los ojos son una parte importante a tener en cuenta —dice Isabel, que con ese comentario sin venir a cuento, se ha ganado la atención de todos los que estamos a su alrededor. Tengo que evitar resoplar con hastío al escuchar esa risita infantil con la que acompaña todo lo que dice. ¡Es insoportable!—. Pero, nada como unas buenas manos fuertes, grandes y cuidadas.

—Creo que no he mirado unas manos en mi toda vida —comenta Carlos divertido.

—¡Ay! ¡Cómo sois los hooooombres! —replica Isabel—. Seguro que tú te fijas en otras cosas…

—Pues sí, en los culos y en las tetas.

—¡Qué ordinaaaaario, Carlos! —le riñe, mostrando su disconformidad.

—Seguro que tú también miras otras partes, no te hagas la tonta.

Natalia, que guarda silencio desde hace rato, niega con la cabeza mientras Mara, que no pierde detalle del debate entre Isabel y Carlos, ríe abiertamente.

—La boca —se defiende Isabel—. Unos labios grandes y bien definidos son muy bonitos.

—Piernas kilométricas, subidas en altos tacones —sigue argumentando Carlos—. ¡Eso sí que me gusta!

Las chicas, que están sentadas frente a mí, se revuelven en sus asientos y, de vez en cuando, cruzan las típicas miradas de complicidad femenina con alzamiento ocasional de cejas. La verdad es que esta improvisada clase de gustos anatómicos tampoco me parece de lo más entretenido. Natalia continúa negando con los codos apoyados sobre la mesa ante la sonrisa de su amiga a la que parece divertirle mucho la situación. Si cree que así va a hacer desaparecer la escena…

—Y tú, morena de ojos bonitos, ¿qué opinas? —pregunta Carlos ante mi sorpresa—. ¿No estás de acuerdo con lo que decimos?

Natalia levanta la cara despacio, muy despacio, y le mira casi sin pestañear. Luego, sin contestarle, se gira para dirigir sus palabras a Mara.

—¿Se refiere a mí?

—Espero que sí —le responde Mara que levanta las manos al tiempo que retiene la sonrisa—, porque con el dineral que me cuesta este rubio platino, si es a mí, le parto la cara. Además, no nos engañemos, mis ojos han visto grandes cosas pero no son tan bonitos como los tuyos.

Tras la respuesta, Natalia gira la cabeza hacia Carlos. Algo en sus fríos ojos me dice que ahí está la víbora que se esconde bajo ese aspecto casual y reservado. Estoy convencido de que pronto tendré una muestra inequívoca del temperamento de esta mujer.

—No, no estoy de acuerdo. Al menos, no en términos absolutos.

—Entonces, ¿tú en qué te fijas? —le interroga Carlos, que se reclina sobre el respaldo de la silla y espera su contestación. Creo que se ha equivocado de mujer a la que debe entretener y corre serio peligro, pero, por curioso que parezca, yo también estoy interesado en saber cuál es la respuesta de Natalia, y por el silencio que se ha creado, creo que todos la esperan.