Rescate al corazón - María Jordao - E-Book

Rescate al corazón E-Book

María Jordao

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Beschreibung

Nadie se mete con un Langton, mucho menos con Danielle que, además de una belleza excepcional, tiene un carácter indómito y férreo que no para de meterla en líos. Las sociedades neoyorquinas del siglo XIX se mantienen muy pendiente de sus enredos y no para de cotillear a sus espaldas. Aun así, cuenta con algunos aliados como Diana, su mejor amiga y cómplice desde la infancia. Acostumbrada a que nadie se le resista, Danielle logra convencer a su padre para permanecer una semana más en la ciudad y asistir al exclusivo baile de Lady Lampwick con la promesa de que, junto con Diana, realizarán la travesía anual hacienda de veraneo de la familia, en Tucson, acompañadas. Sin embargo, el deseo de Danielle por probar su independencia a toda costa la lleva a romper su promesa y terminar secuestrada por una panda de rufianes deslumbrados por sus apellidos y la fortuna de su padre. Es entonces cuando Dave Holt, un excelente rastreador, tendrá la misión de rescatarla. Vencerá a sus captores y quedará impresionado por sus bellos ojos y su terrible carácter, frente al que no sucumbirá, aunque sus corazones tienen planes distintos para este par de necios que no dejarán de enfrentarse, pero tampoco podrán negar la pasión entre ellos que no hace más que crecer.  Todos necesitamos quien nos rescate, a veces hasta de nosotros mismos.

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Seitenzahl: 450

Veröffentlichungsjahr: 2020

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© María Jordao

© Kamadeva Editorial, 2018

ISBN papel: 978-84-949519-0-9

ISBN epub: 978-84-949519-1-6

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ÍNDICE

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Epílogo

1

Nueva York, 1887.

—¡No te quedarás! ¿Me has oído? Richard Langton estaba en el salón de su enorme casa de Nueva York reunido con su esposa y su hija menor. Discutían porque Danielle deseaba quedarse en la ciudad unos días más mientras él y su esposa emprendían su viaje hacia Tucson. Como cada año, irían a pasar el verano a su rancho del oeste. Su hija solía mostrarse contenta y obediente cuando iban, pero, esta vez, no sabía qué le pasaba que se negaba a ir con ellos. Algo estaba tramando.

—Pero, ¿por qué no? —protestó Danny—. Solo será una semana, lo juro.

—¿Qué interés tienes en quedarte? —le preguntó Richard, más serio que nunca.

—No quiero ir a Tucson. Es muy aburrido.

Richard levantó ambas cejas y miró a Amanda, siempre callada y sumisa.

—¿Has oído eso? Resulta que después de dieciocho años, tu hija se aburre en el rancho.

Amanda miró a su esposo y a su hija, que le imploraba su colaboración con la mirada. Entonces le dijo: —Si ella quiere quedarse, que se quede. —Danny se levantó del sillón de terciopelo color granate de un salto. —Creo que ya es hora de que decida por sí misma. Además, no dijo que no iría, sino que iría más tarde.

Richard Langton, un hombre acostumbrado a salirse con la suya, quedó sobrecogido por la respuesta de su esposa, de su querida y amada esposa. Se pasó una mano por el pelo y miró a ambas mujeres sin comprender por qué su hija quería quedarse en la ciudad ni por qué su esposa estaba defendiéndola.

—No pienso tolerar que vayas sola al oeste, es peligroso —dijo Richard al fin.

—¡Pero no iré sola! He pensado que Diana puede acompañarme. —añadió Danny, con un tono desesperado.

—¡¿Diana?! No voy a permitir que Diana se exponga a los riesgos que se pueden correr por aquellos lugares. Dos señoritas como vosotras no deberían viajar solas. Si quieres que vaya contigo, iréis las dos con nosotros. Danny quería echarse a llorar. Al igual que su padre, era muy testaruda.

—Papá, por favor —dijo acercándose a él y mirándolo con consternación. —Solo será una semana. Solo una.

—¿Una semana? El viaje ya dura una semana. Serían dos, no es lo mismo.

—Por favor… Richard no podía soportar la mirada de su hija; la niña de sus ojos; la pequeña Danny; la alegría de su vida. Estaba a punto de convencerlo. Quizá no era tan malo dejarla quedarse. Era normal que se aburriera en Tucson, no había las mismas distracciones que en Nueva York. No había tiendas lujosas, ni salones de té donde pasar la tarde con las amigas. Tampoco había bailes. Suspiró y miró a Amanda. —Está bien, pero si en dos semanas no estás allí, atente a las consecuencias —dijo mientras la señalaba con un dedo acusador. —Viajaréis con escolta. Contrataré a alguien de confianza para que os acompañe. Vuestras doncellas también irán, en caso de que vaya, por supuesto. Si cumples todo esto, podríamos llegar a un acuerdo para apaciguar esa rebeldía tuya, ¿de acuerdo? Danielle tardó en reaccionar ante las palabras de su padre, pero cuando se dio cuenta de lo que significaban, empezó a dar saltos de alegría y gritos. Abrazó a su padre y a su madre, dándole las gracias a ambos, diciéndoles que no se arrepentirían, y juró que en dos semanas estaría allí con ellos.

Richard pasó un brazo por el hombro de su mujer mientras veían cómo Danny salía del salón danzando alegremente.

—¿Crees que hice bien? —Siempre consigue lo que quiere. Además, tú no puedes negarle nada.

—Lo sé —suspiró. —Siempre ha sabido cómo convencerme de hacer lo que ella quiere.

—Eso es que sabe jugar sus cartas muy bien. además, tiene muy buen maestro. Danielle Langton estaba en su habitación sin poder creer que ya se encontraba sola en casa. Con el servicio, pero sin sus padres. Se habían ido esa misma mañana y no paraban de decirle que se portara bien, que estuviera en casa a una hora decente y que no armara ninguna «travesura». Cuando tenía cinco años sería una travesura, a sus dieciocho años recién cumplidos, ya era más bien una imprudencia. Siempre se estaba metiendo en líos, por curiosa, aunque la mayoría de ellos sin querer. Era una joven inquieta, rebelde y algo mandona pero su nobleza superaba con creces su carácter revolucionario. Su ingenio la ayudaba a salir airosa de las situaciones más comprometidas. La gente en Nueva York no la tenía en una muy buena estima, pero eso a ella le daba igual. No le importaba que la señalaran por la calle y susurraran a sus espaldas Quienes la conocían de verdad la querían y esa era la gente que le interesaba a ella. Sus padres, su hermano, Robert, y su querida amiga, Diana Hobbs, la adoraban. El resto podía hablar de ella lo que quisiera, no le afectaba en lo más mínimo. Era más fuerte que los demás y su corazón no permitía que los comentarios maliciosos hicieran mella en él.

Se miró al espejo y vio a una muchacha joven, llena de vida, con una energía que no era capaz de controlar. ¿Qué podía hacer? ¿Quedarse en casa haciendo «cosas de mujeres»? ¿Bordar, hacer cojines y aprender a tocar el piano? Esas actividades no disminuían su adrenalina. Prefería salir a pasear, ir a jugar a las cartas o salir con sus escasas amigas a tomar el té. ¿Escasas amigas? Sí, no contaba más que con tres, aunque Lydia y Samantha eran reacias a su trato por aquello que la gente decía. Preferían salir solo con Diana, pero, si querían estar con Diana, tenían que estar con ella. Se jactaba de poder chantajearlas de ese modo y Diana nunca dijo nada al respecto. Bueno, Diana nunca decía nada de nada. Sabía que lo que hacía Danny estaba mal, pero nunca la juzgaba. Muchas veces la regañaba por las diabluras que hacía pues también ella tenía que pagar los platos rotos y eso no le gustaba. Diana siempre había estado con ella, casi desde que nacieron. Habían ido juntas al colegio y luego a la escuela para señoritas de la señora Fairfax. Allí, Danny tenía que contenerse excesivamente para no hacer de las suyas y, aun así, muchas fueron las veces en que sus padres tuvieron que hablar con la señora Fairfax sobre su conducta intolerable. No les hacía caso y aunque la terrible Fairfax estaba detrás de ella, siempre conseguía burlar su atención y hacerla caer en alguna de sus trampas.

Danny continuaba mirándose al espejo, sumida en sus pensamientos, cuando llamaron a la puerta de su dormitorio. Era Molly, su ama de llaves. —Señorita, el señor Whitman está aquí. —anunció la anciana.

El señor Whitman era el hombre que su padre había contratado para que las escoltara hasta Tucson. ¿Qué quería? Suspiró y bajó al salón.

Entró en la sala y se encontró con un hombre de unos cuarenta años, de mediana estatura, moreno y con el bigote bien recortado. Sus ojos, de un azul intenso, la miraban con cierto respeto detrás de las gafas. Su padre le había contado que al señor Whitman le gustaba mucho leer, como a ella, y que se decantaba más por la literatura histórica. Concretamente, por el arte egipcio. Leía todo lo que tuviera que ver con aquella civilización ya desparecida tantos años atrás. Eso la desconcertó bastante; no conocía a nadie que se interesara por otra cultura que no fuera la propia. En realidad, no conocía a nadie que le gustara tanto leer como a ella.

—Buenos días, señor Whitman —dijo Danny educadamente y señaló al sillón que estaba frente al hogar. —Tome asiento, ¿gusta tomar algo? —Buenos días, señorita Lang-Langton. Gracias por su amabilidad y no, no quie- quiero nada de tomar. Gracias.

«Perfecto, el hombre es tartamudo», pensó mientras se sentó frente a él.

—Bien, ¿qué le trae por aquí? Tengo entendido que mi padre habló con usted para arreglar todo lo del viaje. Whitman se acomodó las gafas, redondas y pequeñas, sobre la nariz y la miró.

—Sí, su pa-padre habló conmigo hace dos dí-días. Pero me di-me dijo que viniera aquí para habla con ust-usted y concretar el día exacto.

¿Así que era solo eso? Tantas molestias cuando podría haber hecho llegar una carta para preguntarle. Ese hombre era de lo más extraño.

—Bueno, prometí a mi padre que iría en una semana. —Danny hizo una pausa para dar forma a la idea que se le acababa de ocurrir—. Pero si tengo que estar allí en una semana, tendría que irme hoy. Entonces no sería una semana para mí sola, ¿verdad, señor Whitman? El hombre tembló ante aquellas palabras. Él también había oído los rumores sobre Danielle Langton y sabía que estaba tramando algo.

—Pe… Pero su padre dijo que tenía que estar allí den-dentro de una semana.

—No. —lo interrumpió Danny. —He acordado con él que estaría aquí una semana y que después iría a Tucson.

El señor Whitman se ajustó de nuevo las gafas. Estaba claro de que aquella señorita intentaba confundirlo.

—Cumplo órdenes, seño-señorita. Tengo que escoltarla hasta el ran-rancho de su padre y su día de llegada es el miércoles, exactamente den-dentro de una semana.

Ese hombre era más listo de lo que pensaba así que tenía que pensar en otro plan. Convencerlo de otra manera posible. Carraspeó.

—Bien, dentro de una semana exacta saldremos dirección Tucson.

—Pero su pa-padre podría preocuparse si no llega el día exacto. Además, se pon-pondrá furioso con-conmigo, señorita.

—Si yo tengo razón, no le pasará nada, pero si usted la tiene, asumiré todos los riesgos. ¿Quiere hacer un trato conmigo, señor Whitman? Danny extendió la mano hacia él para que se la estrechara y cerrara el trato, pero él dudaba sobre qué hacer. Si le hacía caso al señor Langton estaría más tranquilo, aunque Danielle tuviera razón y hubiera acordado con su padre partir el miércoles. Si Danielle no tenía razón y llegaban con retraso, no quería ni saber lo que ocurriría. El señor Whitman trabajaba con Richard desde hacía muchos años. Era abogado, igual que Langton y ambos eran buenos amigos. Le hacía favores y se los devolvía, pero este, este era el mayor favor que le podía hacer. Escoltar a su preciosa e indómita hija hasta el viejo y salvaje oeste. Se lo pagaría con creces. Sí, señor.

Una vez que el señor Whitman se fue, Danny Sonrió satisfecha al ver que, una vez más, había logrado lo que quería.

Subió a su habitación, recogió su bolso y bajó al vestíbulo. Molly la esperaba para preguntarle si vendría a comer. Danielle contestó que sí y se fue hacia el coche que estaba esperándola fuera con Damián, el cochero. Se dirigió hacia casa de su amiga Diana para contarle todo sobre el viaje. Estaba ansiosa por ver la cara que pondría al decirle que pasarían todo el verano juntas. Sabía que el padre de Diana, el señor Patrick Hobbs, era muy estricto y que costaría convencerlo, pero lo conseguiría. Llegó a casa de su amiga y Damián abrió la portezuela del coche. Salió del interior y subió los peldaños que daban a la puerta y picó. Henry, el mayordomo estirado y serio de la casa Hobbs, abrió la puerta y notó cómo se le erizaba el cuello al ver aquella señorita frente a él. Estaba claro que no le caía en gracia… o que le tenía miedo. De todas maneras, hizo una breve reverencia.

—Señorita Langton.

—Hola, Henry. ¿Está Diana en casa? —preguntó Danny con tono jovial. Entró sin ser invitada y tendió su sombrero y su bolso al mayordomo mientras miraba las escaleras que daban al piso de arriba, donde estaba el cuarto de su amiga.

—Sí, señorita. Se encuentra en su habitación —dijo Henry mientras le recogía las cosas.

—Gracias, subiré yo misma, no hace falta que me anuncie. Lo miró con una gran sonrisa y subió la escalinata casi corriendo.

«Como si siempre se anunciara», dijo Henry para sí mismo y se retiró a la cocina. Danielle entró en el cuarto de Diana. Ésta estaba en el tocador mirando cómo Sally, su doncella, le recogía el pelo.

—Diana, tengo buenas noticias —dijo y se sentó sobre la cama.

—¿Qué noticias son esas? Diana actuó de forma natural, estaba acostumbrada a que su amiga entrara en su habitación sin llamar y armara tanto jolgorio. Danny le contó todo relacionado sobre el viaje y que ella también iría.

—Ya sabes cómo es mi padre, no creo que pueda ir —dijo Diana y miró a Sally de soslayo. Sabía que podía contar con ella y que todo lo que se dijera en esa habitación quedaba entre ellas tres.

—Por tu padre no te preocupes. Le dije al mío que irías y lo arregló todo para que nos escoltaran, con la condición de que llevemos a nuestras doncellas con nosotras, más el escolta que contrató mi padre, por supuesto.

Sally paró en seco y miró a Danny.

—¿Yo también iré? —preguntó, asombrada. Danny Sonrió ampliamente.

—He pensado que igual te viene bien un verano de descanso.

—¿¡Qué!?— exclamó Diana girándose hacia Danny. —¿Piensas que voy a pasar un verano entero sin mi doncella? —Yo la tengo, pero no la utilizo. Mi pelo no se puede peinar y vestirme puedo yo sola. ¿Para qué la quiero? —¿Para qué la tienes? — interrogó Diana.

—Para que mis padres estén más tranquilos— Danny Sonrió otra vez.

—No pienso dejar a Sally aquí, Danny.

—Entonces eso es señal de que vendrás. Para asegurarme de que vendrás, tu doncella vendrá. Partimos el martes.

Danny tenía muy seguro aquello y su plan no podía fallar. Pensaba viajar sola con Diana, sin nadie para vigilarla. Estaba harta de que nadie confiara en ella, sola podía arreglárselas.

Ya había engañado al señor Whitman. Una vez en camino, nadie podría decirle ni hacerle nada. Si conseguía el permiso del señor Hobbs y que Sally no las acompañase, todo saldría tal y como ella quería. No era que Sally le molestara, pero quería demostrar a su padre de que sola podía viajar sin problemas. Sin necesidad de tener alguien al lado para protegerla todo el tiempo. No necesitaba niñeras.

Diana miró a Danny a través del espejo y frunció el ceño. Sally siguió con lo que estaba haciendo. Danny las observaba.

Su amiga tenía el pelo negro como el azabache y unos ojos azules como dos estanques de agua en pleno invierno. Pechos llenos, cintura estrecha y piernas bien formadas. Era una mujer bellísima. Tan recatada tan sumisa, tan bondadosa. A Danny le recordó a su madre. Diana poseía la belleza que muchas envidiaban y, aunque su amiga se esforzaba por ocultarse tras esa imagen y pasar desapercibida, sabía que guardaba mucho poder en su interior. Era una mujer magnífica y la que más de un hombre estaría dispuesto a desposar. De hecho, ya había recibido dos proposiciones de matrimonio, pero su padre las rechazó diciendo que su hija valía mucho más. Era cierto. Diana era la clase de persona que acataba todas las normas que había en este mundo y que por nada trataría de saltárselas. Desafiar a su padre entraba en ellas. Patrick Hobbs era un hombre rudo, malhumorado que tenía a su hija en un pedestal ante los demás, pero a la vez la hacía sentirse muy pequeña, casi diminuta. Diana le tenía miedo y no se atrevía a desobedecerle.

Danny vio su propio reflejo en el espejo y se comparó con ella. Ella era de cabello castaño claro, casi rubio, con bucles rebeldes que no se sujetaban con ninguna horquilla. Por eso casi siempre lo llevaba suelto, otro defecto más que añadir a su lista. Una mujer siempre debería llevar el pelo recogido, no como una salvaje. Sus ojos, de forma almendrada, eran de color ámbar, como de oro fundido. Tenía los pechos pequeños y la cintura más estrecha que su amiga. Los brazos y las piernas delgados. Era como si su cuerpo no se hubiera formado del todo. Como si su infancia aún estuviera presente en su anatomía. Sacudió la cabeza y se esforzó por pensar en otra cosa.

Danny se levantó y fue hacia el tocador. Sally ya había terminado. Diana se levantó y se puso un vestido color azul pálido como sus ojos. Sally la ayudó a abotonarse la parte de atrás y luego la ayudó a calzarse. Estaba claro que Diana no podía prescindir de Sally, pero Danny no podía prescindir de Diana. ¿Accedería a llevar a Sally solo para que Diana se sintiera más segura? Eso iría en contra de su plan. En cualquier caso, se podría contratar a una en Tucson o podría hacer de Diana una mujer independiente como ella. Sonrió para sí misma. Salió del cuarto, detrás de Diana. Se dirigieron hacia el salón de té. Samantha y Lydia estaban esperándolas en una mesa. Habían pedido té y pastas para todas. Se sentaron con ellas, aunque Danny lo hizo a regañadientes.

—Buenos días, chicas —dijo Lydia con una sonrisa.

—Buenos días — contestaron Danny y Diana al unísono.

Lydia, una personita pequeña, rechoncha, pero con una cara que quitaba el aliento a cualquier hombre. Con sus ojos verdes claros y su pelo rojizo, miraba a Danny con atención. Samantha, en cambio, era alta, larguirucha y sin gracia. Su pelo era negro y sus ojos de un tono gris ceniza. No tenía ningún encanto a los ojos de Danny, ni de cualquier persona con sentido común.

—Tengo buenas noticias —dijo Lydia. —He oído que lady Lampwick va a dar un baile de disfraces para presentar a su hijo al resto de la ciudad.

—¿A su hijo? —preguntó Diana, desconcertada. Samantha miró a Diana. —Al parecer, su hijo vivió en un colegio internado durante toda su vida y luego se metió al ejército. Ahora que las cosas se han calmado un poco, ha vuelto a casa y su madre quiere presumirlo delante de toda la sociedad neoyorkina.

Danny rio interiormente. Tanto la muchacha pelirroja como la sosa de su amiga la miraban de reojo cuando hablaban con Diana. Era como si Danny no existiera, como si no estuviera allí. No hacían, ninguna de las dos, esfuerzo alguno por disimular su antipatía hacia ella. Pese a todo, se divertiría aquella mañana.

—¿Y por qué de disfraces? —preguntó Diana antes de tomar un sorbo de té. Lydia le contestó: —Quiere crear intriga durante la velada para que, al final, el hombre se quite la máscara. Así, lady L. se asegurará de que todo el mundo se quede hasta el final de la fiesta.

«Chica lista» se dijo Danny. No había dicho una palabra en aquellos diez minutos que llevaban allí. Sonrió y preguntó: —¿Saben cuándo será el baile? Lydia y Samantha la miraron levantando la barbilla. Diana siguió tomando su té tranquilamente, rezando porque Danny no hiciera nada inadecuado.

—Se dice que será el sábado —respondió Samantha. —Pero, ¿tú no te vas a tu rancho del oeste? El tono de Samantha no le gustó nada a Danny. Se había referido a su rancho como algo deshonesto. ¿Acaso tener una propiedad en el campo era algo que te rebajaba de nivel social? Danny no estaba dispuesta a consentir eso.

—No, mi padre me dejó quedarme unos días más. Partiré el martes.

Ambas mujeres levantaron más la barbilla y la miraron con más desdén que de costumbre.

—Vaya, veo que sigues haciendo lo que te viene en gana, ¿verdad? Sin duda un día de éstos causarás un disgusto a tu padre y la culpa será de él, por supuesto, por dejarte la cuerda tan floja.

—Dinos, Danny, ¿cómo es la vida en el oeste? Allí tendrás más espacio para correr y todas esas «cosas» que haces. —preguntó Samantha con desprecio.

Danny carraspeó. No quería montar un espectáculo, pero si seguían humillándola de ese modo, se vería obligada a hacerlo. Con perdón de los presentes y sobre todo de Diana.

—El rancho de mis padres es muy amplio y abarca muchas tierras donde puedo salir a pasear y descubrir lugares nuevos. También el pueblo es bastante entretenido. Tucson no es como Nueva York, pero es muy agradable.

—Está claro que tu vida en el campo es más divertida que aquí, entonces no veo razón para que vayas al baile de lady L. Seguramente te parecerá aburridísimo sin el aire fresco, sin caballos… —Sé que yo no os caigo bien y viceversa, pero intento guardar las formas por Diana. Si tener un rancho me desciende de rango, bien, bajo un escalón en vuestra estúpida pirámide de clases sociales, pero no pienso consentir que os dirijáis a mí de ese modo, como si yo no fuera digna de ir a un baile o de que no pudiera pertenecer a la clase alta. Soy una mujer honesta, directa y con ideas propias. Hago lo que me dejan hacer y soy feliz así —se había levantado de su silla y había alzado la voz. Todo el salón estaba mirándola—. Si lo que sentís es envidia de mi forma de vida, pues me alegro. Me alegro de que no tengáis la libertad de la que yo gozo y que toda vuestra vida vais a servir a alguien porque no tenéis el valor de decir no.

Cogió su bolso y salió del salón dejando a Lydia y a Samantha más rojas que las cerezas. Diana se disculpó y salió tras ella. Montaron en el coche de Danny y se sentaron una frente a otra. Danny estaba roja de la ira. Diana también lo estaba por lo que había presenciado. Sabía que algún día explotaría de aquella manera. La verdad que no le parecía muy normal la forma en que la trataban. No era menos que nadie por tener una propiedad en el Oeste. ¿Acaso era la única? No a todos los del Este les gustara ir al salvaje Oeste, pero veía como una cosa normal que Richard Langton tuviera una casa allí. Lo que pasaba era que a Samantha y a Lydia les daba envidia, como bien dijo su amiga, la vida que llevaba Danny. La libertad que, en su justa medida, le daba su padre. Sonrió para sí misma y felicitó a Danny por lo que había dicho, se lo merecían.

No dijeron nada en todo el trayecto. Dejaron a Diana en su casa y Danny se dirigió hacia la suya. Entró en el vestíbulo y tiró el bolso al suelo en vez de dárselo a Molly. Subió las escaleras corriendo y se encerró en su cuarto. No quería salir en todo el día.

¿Por qué tuvieron que estropearle el día? Danny casi nunca se enfadaba y nadie podía oscurecer su felicidad con palabras envenenadas como las de Sam y Lydia. Esas mujeres eran unas brujas. ¿Cómo se atrevían a decirle esa clase de cosas? Se sentó en el alféizar de la ventana y miró el jardín que había detrás de la casa. ¿Sería verdad que daba esa impresión y por eso casi todo el mundo la rechazaba? ¿Acaso era menos que nadie por ir al Oeste? ¿Pero qué tontería era esa? Era la hija de Richard Langton, el hombre más respetado de todo Nueva York. El mejor abogado de la ciudad y el mejor padre que nadie podía tener. Si reverenciaban a su padre y nadie lo censuraba por su propiedad fuera de la ciudad, ¿por qué a ella la trataban así? ¿Sería por su carácter tan rebelde? No tenía la culpa de haber nacido con esa naturaleza. No quería ser una Lydia o una Samantha, amargada y sin tener más vida que criticar la de los demás.

Se había sentido muy a gusto cuando les dijo a esas dos arpías lo que se merecían, pero también se arrepintió un poco por haber hecho tremendo espectáculo en el salón. Había echado más carnaza al mar de las pirañas. Al día siguiente, toda la ciudad no hablaría de otra cosa sino de la mala conducta de Danielle Langton en el salón de té, al humillar públicamente a sus dos amigas. ¿Sería que ya no estaría invitada al baile de lady L? Si lo sucedido llegara a oídos de Lampwick, estaría perdida. Sería la única de todo Nueva York que no estuviera invitada a ese acontecimiento. ¿Pero qué podía haber hecho? ¿Acaso le habían dado otra salida? Iría al baile, con o sin invitación. Se podría colar en la fiesta ya que era de disfraces y nadie la reconocería. Aunque tampoco le importaba mucho conocer a ese hijo suyo que tan misterioso le habían pintado. No podía engañarse a sí misma, la curiosidad era su mayor defecto. Iría.

2

Danny bajó a desayunar al día siguiente como si nada hubiera pasado el día anterior. Entró en el comedor, Eric le sirvió la comida y le dio el periódico. Se le veía un poco reticente cuando lo dejó encima de la mesa y por eso lo primero que hizo Danielle fue abrirlo y echarle una ojeada. Ahí estaba. La noticia decía que Danielle Langton había humillado a Samantha Fox y Lydia Villard en el salón de té. Decía que «una generosa multitud de testigos vieron cómo la señorita Langton las insultaba de la peor forma posible. Una vez más, se demostraba el carácter arisco y rebelde de la joven que hizo de su blanco a sus dos más fieles amigas». ¿Amigas? ¡Dios santo! No podía creer que su nombre saliera en el periódico, no era una noticia tan importante como para que se hiciera pública.

Entonces recordó que el padre de Lydia era el dueño del periódico. ¿Qué podía hacer sino? La mejor venganza para ellas era poner en ridículo a Danny y que, además de toda la ciudad, lady L. también se enterase y que no le enviara su invitación. ¡Arpías! Cerró el periódico y comprendió porqué Eric no quería dárselo. Lo miró fijamente.

—¡Se lo merecían! —dijo , simplemente, y comenzó a desayunar, rezando que su padre no se enterara jamás. Menos mal que el New York Post no llegaba al Oeste. Si pensaban que iban a destruirla de ese modo, se equivocaban. Con o sin invitación, ella iba a asistir al baile.

Acabó de desayunar y se dirigió al vestíbulo. Molly le tendió el bolso y lo cogió con furia. Estaba harta de esa ciudad, de ser la comidilla de todos y de ser la mala. Subió al coche y le indicó la dirección de la casa de Diana. Entró como otras tantas veces y fue al comedor donde estaba desayunando. Patrick se levantó para saludarla y se fue de inmediato, estaba claro que había leído la noticia. Diana se levantó e indicó la silla que estaba a su lado para que se sentara.

¿Has leído la noticia? —preguntó Danny aunque sabía que era una pregunta tonta. Diana bajó la mirada.

—Danny, puede que haya algo que podamos hacer. Yo estaba presente y puedo decir que ellas te atacaron primero, ridiculizándote.

Danny tomó la mano de su amiga entre las suyas y negó con la cabeza.

—No puedo hacerte eso. Tú eres demasiado buena como para hablar mal de la gente. Además, son tus amigas, no puedes hacerles esto.

—Pero tú eres mi mejor amiga y ellas te ofendieron, Danny. Ayer me di cuenta de cuán equivocada estaba respecto a ellas. Sabía que les caías mal, pero nunca pensé que llegarían a esos extremos.

—Te lo agradezco, pero qué más da agregar un alboroto más a mi lista de escándalos. Todo el mundo sabe cómo soy así que no se sorprenderán. Pero la verdad, es que esta vez llegaron demasiado lejos.

Diana apretó su mano para darle ánimos, sabía que, en el fondo, su amiga estaba triste.

—No puedes dejar que lo que te hicieron te afecte. No pueden verte derrotada. Tú no eres así.

Danny levantó la cabeza y la miró fijamente.

—No me dejaré vencer tan fácilmente. Siempre me ha importado muy poco lo que la gente piense de mí, bien lo sabes. ¿Qué más da si me critican un poco más? —hizo una pausa—. Lo malo es que ya no voy a ser invitada de lady Lampwick.

Diana la miró y también se entristeció un poco.

—No te preocupes, a mí no me apetece nada ir. Si tú no vas, yo tampoco.

—Pero tu padre te obligará a ir.

—No me importa, estoy dispuesta a enfrentarlo.

Danny abrazó a su amiga. Era la mejor que tenía, la única.

—Gracias, pero no quiero que por mi culpa te pierdas ese acontecimiento. Diana hizo una pausa y Sonrió.

—¿Sabes qué necesitamos? Ir de compras. Danny Sonrió también. Le fascinaba la idea.

—Tienes razón. Iremos a visitar a la señora McCain y encargaremos unos vestidos para el viaje.

El rostro de Diana se iluminó.

—¿Qué pasa? —preguntó Danny.

—He hablado con mi padre y me ha dicho que hacer ese viaje me vendrá bien. Sobre todo a ti, para que las cosas se calmen un poco aquí. Ha leído el periódico y no se ha sorprendido por lo ocurrido. Le expliqué cómo fueron las cosas en verdad y creo que hasta se alegró de que las pusieras en su sitio. A mi padre nunca le cayeron bien.

Ambas mujeres empezaron a reírse. Ninguna podía imaginar que el serio y severo Patrick Hobbs defendiera una conducta tan reprochable en una señorita, pero también sabían que admiraba a Danielle por su coraje. Ojalá Diana fuera un poco como ella. Por eso había dado su consentimiento de que fuera con ella de viaje, tenía la esperanza de que cuando volviera, fuera un poco más como Danny.

—Estupendo. Después de todo, el incidente de ayer nos trajo algo bueno.

Las dos jóvenes subieron al coche de Danny y fueron rumbo a la tienda de modas de la señora McCain. Las recibió una señora baja, regordeta y con unas gafas de un aumento como el culo de una botella. Era agradable y su tienda siempre olía violetas. Encargaron vestidos de todas las clases y colores. Danny sabía que en el Oeste hacía mucho calor por el día y que era insoportable. Le aconsejó a Diana que comprara vestidos de tela fina y manga corta. Aunque las noches eran refrescantes, con un chal podrían pasar. Finas faldas de algodón y camisas de hilo.

Cuando salieron de la tienda de modas, fueron a una zapatería. Compraron sandalias y zapatos para cada vestido comprado anteriormente. Después fueron a la sombrerería y compraron varios. Sombrillas y bolsos para cada ocasión.

Abandonaron la última tienda y caminaron en dirección hacia el coche que las esperaba para ir a casa seguidas de Damián cargado de bolsas y paquetes, cuando se encontraron a lady Lampwick en persona. Se pararon en seco y la saludaron cortésmente. La señora que las observaba tenía un aire severo y alzaba la barbilla, demostrando lo insignificantes que eran para ella. Alta, con el pelo canoso recogido bajo un sombrero de plumas de avestruz. Nariz recta, labios finos y unos ojos enormes color negro. Miró las bolsas que llevaba el cochero.

—Veo que han comprado ya el disfraz para mi baile —dijo lady L. en tono seco. Danny y Diana se miraron.

—Disculpe, pero creíamos que no estábamos invitadas, pues no nos llegó invitación alguna —dijo Danny.

La dama fijó su mirada en Danny y la evaluó de pies a cabeza.

—¿Es usted Danielle Langton? —Sí.

—He leído el periódico esta mañana y he visto su nombre en él. Una noticia no muy agradable —dijo lady L—. La verdad es que no me extraña, dada su propensión a las travesuras.

—Puedo explicarlo…— comenzó a decir Danny, pero Lampwick la interrumpió.

—Lo sorprendente es que una noticia tan insignificante salga en el New York Post. No sé en qué está pensado ese señor Villard al publicar una noticia tan vulgar como el comportamiento de una joven al defenderse de las acusaciones de su hija. Sinceramente, yo hubiera hecho lo mismo que usted. No se puede denigrar a nadie por tener unas tierras en el Oeste, solamente porque le tienen envidia.

Danny quedó anonadada. ¿Esa señora estaba de su parte? Increíble.

—No sé qué decirle, señora. —comenzó nuevamente Danny, pero fue interrumpida una vez más.

—Yo estaba presente en el salón cuando ocurrió la discusión. Oí todo lo que le habían dicho esas jovencitas, vi cómo usted se defendía y les decía sin el menor pudor todo lo que pensaba de ellas. Sin duda, es usted una joven con agallas. Los rumores son fundados y eso me alegra, no me gusta que se critique a nadie sin motivo.

Danny no podía articular palabra.

—Tengo que seguir con mis compras para el sábado. Esta tarde tendrán la invitación en su casa. Buenos días, señoritas. Dicho esto, lady Lampwick se fue con tres lacayos detrás de ella. Diana salió de su estupor y sacudió a una Danny inmóvil.

—¿Hemos oído bien? —dijo Diana, sonriendo—. Lady L. nos ha invitado personalmente a su fiesta. Lo que hizo Lydia no sirvió de nada, por suerte esa mujer escuchó todo lo que pasó ayer y vio la injusticia.

Danny miró a su amiga y de repente comprendió todo lo que había dicho. Sonrió, abrazó a Diana y corrieron hacia el coche. Tendrían que hacer mucho antes del sábado, solo faltaban dos días. Esa mujer no era ni la mitad de lo que había oído decir; ella misma dijo que la gente criticaba sin motivo y con ella habían hecho lo mismo. Lydia tendría que aguantarse y si toda la ciudad la creía, lady Lampwick la había defendido e invitado a su fiesta sin importarle lo que decía el dichoso periódico. ¿Qué mejor compensación que presentarse en el baile y ver la cara desencajada de Lydia Villard? Esa misma tarde, tal como había prometido lady L., llegó la esperada invitación a casa de los Langton. Danny abrió la carta y la guardó en el cajón de su mesita dentro de un libro de poesía que solía leer. Sobre las seis de la tarde fue a recoger a Diana a su casa, de nuevo, para ir a la tienda de la señora McCain a decirle que tuviera preparados dos vestidos para el sábado y los enviaran a su casa. Después se compraron los antifaces. El de Diana era color granate con incrustaciones de rubíes y plumas de pato y el de Danny era color dorado con plumas de faisán. La ventaja que tenía era que el color de antifaz también le ocultaba en parte sus ojos, del mismo color. Volvieron cada una a sus respectivas casas felices de saber que, al final, todo iba saliendo bien. Danny despertó el sábado por la mañana con un presentimiento en el cuerpo. Se levantó, se lavó la cara con el agua de la jofaina y se puso un vestido de mañana color albaricoque que acentuaba más sus ojos. Se recogió el pelo como pudo y bajó a desayunar. Eric la recibió, como siempre, en el comedor con los platos preparados y el periódico encima de la mesa.

—Quiero que mañana me ayuden a hacer el equipaje y que Damián tenga preparado el coche para el martes a primera hora llevarme a la estación —le dijo sin mirarlo siquiera.

—Como usted mande, señorita. —respondió Eric.

—Hoy por la tarde necesitaré a Molly para que me ayude a bañarme y a peinarme para el baile. Puede decirle a Damián que hoy, de noche, no necesitaré de sus servicios. Voy a ir con Diana y su padre.

—Sí, señorita. Se lo diré ahora mismo. Entonces salió del comedor. Danny dejó de mordisquear un trozo de pan para centrarse en sus pensamientos. Había tenido un sueño muy extraño. Estaba en el baile y alguien la observaba desde un rincón de la casa. No podía ver quién era porque su antifaz no le dejaba ver la cara, pero era un hombre. Estaba desesperada por conocer la identidad del hombre misterioso y cuando se había acercado hasta donde estaba para quitarle la máscara, despertó. Tuvo un sentimiento de extrañeza durante todo el día. Pensó en decírselo a Molly mientras la bañaba, pero optó por callárselo. No le diría a nadie que un estúpido sueño la había inquietado de esa manera.

Acabó de bañarse y se sentó frente al hogar, secándose el pelo, mientas Molly le preparaba el vestido, color anaranjado con piedras de ámbar por el escote y el doblez de la falda. El antifaz yacía junto a él en la cama, así como las medias y la enagua. Los zapatos estaban al pie, también color naranja pálido.

Molly la peinó con un recogido a lo alto de la cabeza dejando unos bucles rebeldes caer sobre su nuca y frente. La ayudó a vestirse, calzarse y, por último, a ponerse la máscara. Se la colocó sobre la cabeza cubriendo media cara. Habría rehusado de los servicios de Molly, pero estaba tan ilusionada que la dejó que la ayudarla. Estaba nerviosa y la presencia del ama de llaves la tranquilizaba un poco.

Bajó las escaleras. Eric estaba junto a la puerta abierta sujetando su bolso dorado para dárselo. Se despidió de sus dos sirvientes y se metió corriendo al coche de los Hobbs, rumbo a la mansión de lady Lampwick.

Llegaron en quince minutos. El cochero los dejó a la puerta y se fue a buscar un lugar para estacionar el coche. Entraron en el salón atestado de personas disfrazadas con los trajes más espectaculares. La sala de baile era enorme. Tenía forma ovalada y una gran parte de ésta tenía unas puertas de cristal que daban al jardín personal de lady L., donde sus invitados podían salir a pasear y tomar el aire. Las lámparas colgaban de los altos techos iluminando el espacio. Unas escaleras al fondo de la estancia ascendían a la planta alta donde se encontraban las habitaciones y los excusados. Al otro lado había una tarima donde estaba la orquesta tocando y, al lado, unas mesas con canapés, vinos y refrescos para los presentes. Patrick las dejó solas nada más entrar para ir a servirse una copa. Danny miró a su amiga y vio lo hermosa que estaba con su vestido color vino y su antifaz a juego. Luego miró en derredor buscando a la lady L. pero sin éxito.

—Vamos, demos una vuelta por el salón —dijo Diana.

Dieron como tres vueltas y solo consiguieron descifrar a unos pocos de los invitados. Al parecer, la anfitriona estaba bien disfrazada. Cuando se disponían a dar otra vuelta más, Lydia y Samantha estuvieron en su punto de mira.

—Mira Diana, esas dos brujas están aquí.

—No armarás otro escándalo, ¿verdad? —No, pero puedo divertirme un poco.

Danny se acercó a ellas y con Diana a su lado para que oyeran la conversación que iban a mantener, no solo las dos mujeres, sino todas las personas alrededor.

—He leído el artículo del New York Post donde se acusaba a Danielle Langton de degradar públicamente a Samantha Fox y a Lydia Villard. Esa chica no sabe lo que hace, es una impresentable. ¿Cómo puede decir cosas semejantes a esas dos mujeres? Todo el mundo sabe que son unas señoritas que merecen todo el respeto del mundo. Cuando una llega a una edad, deben de tratarla con sumo cuidado y medir sus palabras. Sinceramente —dijo poniendo una mano en el pecho—, sus padres tendrían que haberla educado y enseñado de que a las personas mayores no se les debe de faltar el respeto. ¿No te parece? Lydia ahogó un grito y Samantha se tapó la boca con la mano, indignada.

—Pero si solo tienen tres años más que Danielle —dijo Diana.

—Bueno, pero cuando una señorita pasa de los veinte años y sigue siendo soltera, ya se le considera una señora.

Samantha estaba consternada y Lydia no daba crédito a sus oídos.

—Diana, su mejor amiga estaba presente y dice que fueron ellas las que empezaron a molestar a Danielle con sus comentarios venenosos— continúo Diana con el juego.

—He oído que Danielle está aquí, en la fiesta. Espero que esta vez no se estropee el acontecimiento por las malas lenguas.

Se alejó no sin antes cerciorarse de que las había ofendido lo suficiente como para sentirse un poco mejor y de que la gente que había oído la conversación las miraban con recelo. A ellas se les notaba el rubor detrás del antifaz. Al darse la vuelta Danielle se encontró con unos ojos azules acusadores.

—No me mires así. Se lo merecían.

—Lo sé, pero… ¿señoras? ¡Las has llamado viejas! —Era lo menos que se merecían ese par. Ahora disfrutemos de la fiesta.

Dos horas más tarde, Danny y Diana estaban al lado del padre de ésta. Habían bailado sin parar, encantadas con todos esos hombres que llamaban su atención. No podían pedir más. Estaban en un baile de una persona importante, rodeada de jóvenes que disfrutaban de su compañía y las dos arpías se habían ido. La conversación se había extendido por todo el salón y Sam y Lydia estaban tan abochornadas que optaron por ausentarse. El plan había salido, una vez más, como quería Danny.

En ese momento, vieron como un hombre se acercaba a ellos. Se presentó como Martin Lampwick, el hijo de la anfitriona, y enseguida invitó a Diana a bailar. Era alto y fornido. El pelo que salía de la máscara era negro y sus ojos, grises oscuros. Vestía traje negro y camisa blanca. Danielle apostó a que sería un hombre muy apuesto. Cuando acabó la pieza, Martin llevó a Diana a su lugar y en vez de invitar a Danielle, dio media vuelta y sacó a otra señorita al centro de la sala. Danny estaba abochornada. Le tocaba a ella. ¡No era justo! Se sintió decepcionada y enfadada con él. Necesitaba aire fresco para aliviar la furia que sentía por dentro. Salió por las puertas de cristal y empezó a andar por el jardín sin rumbo fijo. Se paró en seco cuando sintió que alguien la observaba. Era la misma sensación que en su sueño. Se dio la vuelta y no vio a nadie. Decidió sentase en un banco apenas iluminado y fijó su mirada en la casa donde se oía la música y las voces de los invitados en el interior. Algunas parejas paseaban bajo la luz de la luna por el jardín, pero no les prestó atención.

De repente, sintió una presencia detrás de ella. Se asustó un poco más. Tuvo miedo de darse la vuelta y ver al hombre enmascarado de su sueño.

—Señorita Langton, se ha ido sin pedirle que me concediera un baile —dijo una voz a su oído. Se levantó y lo enfrentó. Era él. El mismo hombre que había visto en su sueño. Danielle frunció el ceño. ¿Había soñado con Martin Lampwick? —Perdón señor, pero pensé que no quería bailar conmigo. Después de dejar a la señorita Hobbs y bailar con otra, pensé que ya no hacía falta en el salón. Salí a refrescarme.

Él levantó una pierna y apoyó el pie en el banco. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho, ancho y, seguramente, musculoso.

—Había prometido un baile a esa señorita después de bailar con su amiga. No era mi intención ofenderla, Danielle.

Danny se ruborizó por primera vez en muchos años y a sus labios rosados acudió una sonrisa tímida. Bajó la mirada y luego lo miró directamente a los ojos.

—Quizá pueda remediarlo ahora.

Martin la miró largo rato. Estaba seguro de que tenía una cara preciosa o por lo menos eso le había parecido cuando, en un descuido, Danny levantó el antifaz para colocarse un rizo de la frente. Lo hizo a escondidas, pero él la había visto. Tenía los ojos de un dorado fundido. Una boca carnosa y deseable. Esa joven lo había hechizado, pero también había leído la noticia en el periódico y pensaba que esa mujer era peligrosa. Oyó cómo mantenía una conversación con su amiga Diana haciéndose pasar por otras personas y ofender a sus verdugos sociales. No podía tratar así las personas, por más sed de venganza que tuviera. Tenía que recibir una lección y la primera fue hacerle el desplante de no sacarla a bailar inmediatamente después de su amiga. Ahora se mostraba sumisa, cálida y ¿tímida? Su carácter le advertía de que no era de fiar, pero eso no la hacía menos encantadora. Sonrió y se le adelantó un paso. Tendió una mano hacia ella y dijo: —¿Me concede este baile? Danny Sonrió y le aceptó la mano. No estaba preparada para las sensaciones que experimentó al contacto con su mano. Lo miró a los ojos, casi perceptibles y quedó fascinada durante un instante. Ese hombre desbordaba magnetismo y la atraía más que cualquier otra cosa. Sacudió la cabeza y tiró de él para ir a la pista, pero él no se movió.

—Bailaremos aquí —dijo él y la cogió por la cintura sin que a ella le diera tiempo de reaccionar.

Notó su mano en su cintura mientras que la otra apretaba su mano un poco más. Comenzó una pieza de música y empezaron a bailar. Se miraban a los ojos sin poder, sin querer quitar la vista. Martin la apretó un poco más hacia él y sintio que ese cuerpo, que en un principio le había parecido diminuto y sin formas, se adaptaba de maravilla al suyo. Nunca había tenido ese efecto con nadie en un primer contacto. Siguieron mirándose y bailando hasta que acabó la música.

Danny se separó de él al ver que habían pasado más de cinco minutos desde que finalizara la orquesta.

—Gracias por el baile, señor Lampwick. Tengo que retirarme —dijo ella.

¿Ha quedado satisfecho su deseo? —preguntó él con una sonrisa. Danny se dio la vuelta y lo miró fijamente.

—¿Cómo ha dicho? ¿Cree que estaba ansiosa por bailar con usted? Nunca pensé que fuera tan presuntuoso. Si no hubiera bailado con usted, no me habría quitado el sueño.

—Veo que lo que dicen de usted es cierto. Tiene un carácter bastante arisco.

—No es mi carácter el problema, sino lo líos en los que me meto, pero no tengo por qué darle explicaciones, ¿verdad? Buenas noches.

Danielle se dio la vuelta para marcharse, pero él la detuvo otra vez.

—Lo que me imaginaba, ahora está molesta porque he herido su orgullo. Usted ha descubierto que a la gente no le gusta que se le digan las verdades, pero yo estoy descubriendo que a usted tampoco le gusta. ¿Cómo se siente al estar al otro lado? —Si piensa que me ofende con sus palabras, está equivocado, no me enfado con facilidad. Lo que pasó en el salón de té fue porque he aguantado mucho tiempo escuchando toda clase de insultos hacia mí y no lo iba a permitir más.

Martin se acercó un poco más.

—No voy a discutir sobre sus actos, señorita Langton. Solo he venido porque le debía un baile y ya he cumplido. Su vida social no me interesa en absoluto.

—Por supuesto que no le importa, así que deje de meterse donde lo le importa, señor Lampwick. Con todo el respeto, es usted un impertinente.

Martin la sostuvo por el brazo cuando ella se iba y dijo: —Y usted es una niña malcriada que hace lo que le viene en gana sin importarle los sentimientos de los demás mientras logre su objetivo.

Danny se soltó de su mano.

—Espero que no vuelva a verlo nunca más, señor. Su presencia me incomoda y me irrita profundamente. Usted también es experto en herir los sentimientos de los demás. Acaba de hacerlo conmigo.

—Acaba de encontrar la horma de su zapato —dijo él sonriendo y haciendo una reverencia.

Cuando Danielle iba a contestarle, Diana salió a su encuentro y le dijo: —Rápido, Danny, el señor Lampwick va a quitarse el antifaz.

Danny se quedó petrificada. Se dio la vuelta y no vio a nadie a su lado. No era posible que hubiera ido adentro tan rápido y anunciado su descubrimiento. Si Lampwick estaba en el salón a punto de descubrirse, ¿quién era el que estaba con ella en el jardín?

3

Danielle Langton y Diana Hobbs partieron el martes a primera hora de la mañana hacia Tucson, Arizona. El viaje sería largo y caluroso. En Albuquerque pararían para coger la diligencia que las llevaría a Tucson. Allí, John, el cochero del padre, iría a recogerlas. Al final, Danny se había salido con la suya. Viajaban solas. El señor Whitman se enteraría el miércoles de que ya había partido y se lo comunicaría a su padre, pero ella ya estaría allí para explicárselo todo y asunto zanjado. Richard Langton vería que podía confiar en su hija sin ningún problema.

Diana durmió casi todo el trayecto, mientras que Danny no dejaba de pensar en el hombre misterioso que se había presentado ante ella como Martin Lampwick. ¿Qué razón podría tener para hacerse pasar por otra persona? Su ausencia de identificación y su desaparición inesperada tenían a Danny desconcertada y aunque le había dicho que a ella no le quitaba el sueño, el misterio que rodeaba a aquel hombre le había provocado dos noches de insomnio. Era insoportable. ¿Cómo había podido decirle todas esas cosas? ¿Con qué derecho se atrevía a juzgarla de esa manera si acababa de conocerla? Era verdad que había visto el artículo y oído rumores sobre ella, pero eso no le daba el derecho a agredirla verbalmente ni de tomarse la confianza de evaluar su carácter. ¿Acaso él no era un presuntuoso y presumido? Pensó que ella estaba ansiosa por bailar con él y que se había sentido tan desilusionada que hasta se había retirado de la fiesta.

Cuando entró otra vez en el salón para cerciorarse de que el señor Lampwick no era el que estaba con ella afuera, no pudo verle bien a causa de la muchedumbre que se colocaba alrededor de él. De todas maneras, sabía que no era la misma persona. Diana había descrito a Martin totalmente diferente físicamente al que había conocido ella. Esto desconcertó a Diana también, no recordaba a Martin de la misma manera en que se había presentado ni era el mismo hombre con el que había bailado. Tampoco era importante, al ir todos enmascarados más de uno aprovecharía esa oportunidad para acercarse a alguien y fingir ser otra persona. Él había escogido al hijo de la anfitriona. Se encogió de hombros, al fin y al cabo, no pudo conocer al verdadero Martin Lampwick.

Cruzaron la ciudad de Cincinnati cuando era media tarde del segundo día. En el tren les habían dado de comer y esta vez fue a Danny a quien le tocó dormir un poco durante el trayecto. Diana prefirio leer un libro para entretenerse.

Eran las doce de la noche del quinto día cuando pararon en Memphis y cambiaron de tren. Les dejaron una hora para que pudieran descansar un poco y estiraran las piernas. El maquinista también necesitaba descansar un rato para seguir. Al cabo de una hora estaban de nuevo en el tren y ambas jóvenes se durmieron hasta que llegaron a Oklahoma. Eran las once de la mañana. Allí, les dejaron otra hora para que visitaran la ciudad y poder comer algo. Diana prefirio quedarse en el tren y descansar un poco más. Danny bajó y fue a dar una vuelta por la ciudad. No era muy grande, pero era acogedora. El calor se hacía más presente a medida que se acercaban a los desiertos del Oeste, esas tierras áridas y vacías de todo. Suspiró y siguió paseando por las calles donde había tiendas de modas, de comida, y bares. Compró un poco más de comida para ella y Diana por si pasaba algún imprevisto. Pasado el tiempo de descanso, volvió a la estación y subió al tren. Diana se había despertado y estaba leyendo. Danny optó por hacer lo mismo que ella, abrió su libro de poesía y comenzó a leer en silencio.

A las ocho de la tarde llegaron a Albuquerque. Ahí era donde tendrían que coger una diligencia, pero les informaron de que no había una hasta el día siguiente a las siete de la mañana. Fueron a la pensión de la ciudad y se hospedaron allí para descansar. Cenaron lo que había comprado Danny en la ciudad anterior y, después de pedir un baño, vestirse y arreglarse un poco, bajaron a tomar un té al bar del hospedaje. Las personas que allí estaban eran casi todos hombres y las pocas mujeres eran las que cogerían la diligencia con ellas al día siguiente hacia Tucson. Tomaron el té tranquilamente, hablando de todo un poco y rieron de cosas que recordaban. Se levantaron para irse a dormir y cuando subían las escaleras, una sensación conocida ya por Danny recorrio todo su cuerpo. Miró hacia atrás y fijó su mirada en todos los rincones del bar observando todas las personas allí presentes. Estaba buscando, ¿qué?, ¿quién? Cada vez que ese estremecimiento cruzaba su cuerpo, el hombre misterioso de ojos grises aparecía, pero era imposible. Ese hombre se encontraba en Nueva York. Sacudió la cabeza y subió hasta el cuarto. Se metió en la cama y esa noche tampoco pudo dormir.