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El final es sinónimo de muerte y la muerte no es más que una ficción, la resurrección es la respuesta anhelada; aquí encontrarás qué pasa antes, durante y después de resurgir. ¿Qué pasaría si el desarrollo de tu vida de principio a fin ha sido determinado por ti mismo y no lo recordaras? En este mundo donde la resurrección es la siguiente fase de la muerte. Y donde el único escritor del desenlace de una vida por vivir es precisamente la persona que está apunto de vivirla, se presentarán las pruebas que todo ser humano sobre la faz de la tierra llega a combatir a lo largo de su estancia terrenal, tales como: la nacionalidad, la religión, la relación con los padres, la muerte de los seres queridos, el miedo, las adicciones, la envidia, el amor o su ausencia y la clase social. Esta novela narra la historia de un hombre a punto de nacer, que para determinar su vida deberá definir las decisiones que tomará durante cada una de sus pruebas a lo largo del simulacro de su siguiente vida. A este hombre solo la unión, el amor y la confianza en sí mismo le salvarán para no terminar en el caos y la miseria.
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Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Ramiro de Dios Solorio Cortés
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1386-673-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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A Dios le pedí tiempo de aislamiento para poder escribir; quién diría que lo otorgaría multiplicado por 7 795 000 000
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Hhhmmhhh, puto resorte de mierda, maldito seas; hhmmhhh, maldita pobreza, 5 años sin poder comprar un puto colchón decente; hhmmhhh, ¡qué extraño!, no lo siento, mucho tiempo con este condenado resorte; ¡qué cómodo!, espero ya haberme acostumbrado…
7 a. m.
Abre los ojos, el fresco de la mañana llega, el sol apenas se asoma.
—¡Qué frío hace!, ¿por qué hace tanto frío?
Al despertar, lo primero que ve es el techo, un techo con una especie de estampado en tonos azules.
—No recuerdo ese ventilador.
Después de unos instantes observando el ventilador girar, ha decidido levantar el tronco de su cuerpo de la cama.
—¡Qué raro!, ¿por qué estoy en el lado derecho?
Al voltear, ve a una mujer dormida, desconocida, trata de hacer un esfuerzo por recordarla; no lo logra, en medio de la confusión abandona la cama, observa el cuarto y, sobre todo, a la mujer dormida. Sigue preguntándose quién es ella y dónde está, continuado de la pregunta que habría de paralizarlo: «¿Quién soy yo?». Más de diez minutos han pasado desde que ha despertado y las incógnitas siguen sofocándolo, al punto que no ha sabido reaccionar; instintivamente mueve a la mujer en busca de respuestas o, por lo menos, de acompañamiento; la mujer duerme, ni se inmuta, la mueve una vez más; nada, con cierta brusquedad la mueve de un lado a otro de la cama; su éxito es nulo, la mujer se ve viva, apenas respirando, pero viva. «¿Estará drogada o algo por el estilo?», se pregunta. Entre su respiración honda y brava, a comparación de la tenue y armónica respiración de la mujer, se da cuenta de que es muy bella.
—Desearía que despertara para ver sus ojos.
Rostro blanco pálido con un toque muy sutil de pecas, apenas menos blancas que su cara, cejas negras muy tupidas pero con forma impecable.
—Seguro que se depila las cejas muy seguido.
Una cabellera larga y negra, muy negra; a decir verdad, es de esos negros que se sienten profundos, densos, que te llaman; labios delgados, rosados, no tanto, acaramelados. Una cara hermosa, sin duda.
—Desearía ver sus ojos, unos ojos castaños serían perfectos para la delicadez de su cara.
Dejando el embobamiento, decide dirigirse a la puerta del cuarto, para salir en busca de respuestas. La puerta estaba con seguro, no era el momento de salir. Había dos ventanas en el cuarto, se asoma; sin duda, se veían como ventanas, pero no había nada del otro lado, solo vidrio y la percepción de profundidad, como si hubiese más allá, pero sin haberlo. Lo único que ve es una densidad grisácea; no obstante, el cuarto estaba iluminado tal y como si estuviese amaneciendo del otro lado.
—¡Qué extraño!
En el cuarto también había un baño, la puerta ya estaba abierta, por eso no fue directamente a intentar con ella. El baño como cualquier otro; una taza, la ducha, un tocador, un espejo.
—¿Espejo? ¿Ese soy yo? ¡Qué viejo me veo!
Se toca el rostro, las entradas sin pelo de su cráneo, ve sus canas, eran pocas, pero al final eran canas, una nariz un poco respingada, ojos color verde, un verde muy vivo, dentadura bien formada, nada catastrófico, alguna que otra arruga asomándose al costado de sus ojos, ojeras notables.
—Quien quiera que sea, trabajo demasiado, necesito un descanso.
El hombre pasa tanto tiempo viéndose al espejo que, si no supiésemos que se estaba conociendo, le tacharíamos de narcisista. Comienza a buscar en los cajones del tocador; pasta de dientes, perfume, cremas, productos, más productos, nada fuera de lo común. Sale del baño y rebusca en lo que había dentro del cuarto. Un ropero, un buró, una televisión, la alfombra y la cama; una habitación común y corriente. En el ropero encuentra ropa que bien podría ser suya y de la mujer que permanecía dormida. La televisión no enciende. En los cajones del buró, ropa íntima, más productos seguramente propiedad de la mujer, un poco de dinero, alhajas y un arma.
—¿Quién tendría una pistola y para qué? —se cuestionó el hombre dándole poca importancia.
Prosigue a inspeccionar lo que estaba a la vista, fuera de cajones, lo simplemente sobrepuesto en el buró; un anillo.
—Parece de matrimonio.
Una foto, en ella se ven cinco personas y un perro, su imagen y la de la mujer se ven claras, los otros tres están borrosos; una niña, la otra silueta perteneciente a la de un joven y, por último, lo que podría ser un bebé o simplemente un bulto irreconocible en brazos de la mujer. Cara y cuerpo difuminados, todos abrazados, sin imagen clara del resto.
—El perro se ve bien, está lindo, es un Ruski Esmalon, lo sé.
El resto de objetos postrados en el mueble no ayudaron a resolver el misterio, eran solo más objetos normales propios de la vida cotidiana de alguien normal. Se detiene a ver el anillo una vez más, se da cuenta de que por dentro tenía la inscripción «M&R», decide darle uso; justo antes de poner el anillo en su dedo, se percata de que ya tenía la forma perfecta para él; una pequeña hendidura, causa del constante uso, se marcaba en su dedo; se lo prueba, a la mano le resulta familiar la sensación, no había duda, el anillo era suyo. Inmediatamente fue a revisar a la mujer, en una mano nada, en la otra ¡un anillo! Los diseños se parecían, es más, eran pareja, mismo tallado, mismo patrón en los detalles, decide quitárselo de la mano, «M&R», decía lo mismo.
—Es irremediable, estoy casado.
Pone el anillo ajeno de vuelta en su lugar, se da la vuelta y se sienta en la orilla de la cama a espaldas de su mujer. Se agobia, la pesadez de la incertidumbre le azota, las constantes comenzaron, ¿quién era?, ¿qué hacía ahí?, ¿por qué le casaron sin su consentimiento? El día empezaba y las confusiones iban a la par; los misterios del ser le inhibirían la paz. Suspira, trata de darse fuerzas para estar a la altura; ignoraba los preparativos, tal vez debió suspirar más. La mujer lo abraza por la espalda.
—Buenos días, mi amor —le dijo al oído.
8 a. m.
Salta inmediatamente de la cama; al voltear, la mujer comienza a gritar mientras le pregunta quién era.
—No lo sé, ¿quién eres tú? —respondió el hombre.
La mujer deja caer un grito por la confusión, mira hacia abajo, su cabeza le duele, todo le da vueltas, la sensación de querer llorar solo se vio superada por la incógnita y la desesperación de la duda que no permite que saliera más que una lágrima; una sola lágrima basta para que busque respuestas. Voltea a ver al hombre y le pregunta dónde están.
—No lo sé, desperté hace una hora al igual que tú, sin respuestas, de momento sé lo mismo que sabes tú —dijo el hombre.
El hombre sabía que no era momento de confesarle su aparente amor. La mujer vuelve a mirar hacia abajo, se adentra a la perplejidad. Mientras la mujer pasaba por el mismo proceso de análisis del lugar en donde estaba, el hombre nota la tonalidad de sus ojos; eran grises, grises verdosos, se decepciona. «Hubiese sido perfecto si fueran castaños, castaños serían hermosos», pensó.
—¿Quién soy? —se pregunta la mujer a sí misma en voz alta.
—No lo sé, ni siquiera sé quién soy yo —respondió el hombre ignorando que la pregunta no iba dirigida a él.
En absoluto silencio, la mujer se para de la cama y hace el mismo ritual que el hombre previamente, lo realiza a la inversa: va al buró, ve la foto, las demás cosas inútiles para el momento, pero tan útiles para la vida diaria, ignora la pistola, como si ya hubiese convivido con armas antes, ve sus ropas, se asoma por la ventana, ve la densidad gris, se dirige al baño, el espejo le llama, ahí se detiene, se observa. El hombre se sienta en la cama, la aprecia a través de la puerta abierta. «Es bellísima», pensó. Pasan los minutos y la mujer sigue inspeccionándose frente al espejo.
—¿No recuerdas nada? —preguntó el hombre.
—No, ni siquiera me recuerdo ser así, me refiero a físicamente, soy muy delgada, ¡qué hermosa soy! —respondió la mujer admirándose.
La mujer se sonríe frente al espejo, al salir del baño el hombre la intercede.
—¿Por qué me abrazaste y me dijiste mi amor si no recuerdas nada?
—No lo sé —respondió la mujer—. Lo sentí natural, seguía somnolienta cuando te vi sentado a mi lado y simplemente lo hice, me pareció normal, me pareció estar acostumbrada a eso —concluyó.
—Entonces, ¿me recuerdas? —insistió el hombre.
—No, juraría que jamás te he visto en mi vida, ¿tú me recuerdas?
—No —sentenció el hombre.
La habitación se mantiene callada. Los segundos se arrebataban, el reflejo de la realidad sale a brote, como a todos nos pasa, las horas del día transcurrirían con más velocidad que su duración verdadera; somos testigos de eso, de la verdad, la vida se va sin siquiera darnos cuenta que mucho de lo que vivimos es el silencio.
—Eres mi esposa.
—¿Qué?
—Mira tu dedo, ¿ves ese anillo?, yo tengo la pareja de ese, por dentro dice «M&R», supongo que somos tú y yo, solo quisiera saber quién es M y quién es R, sería un avance.
La mujer se quita el anillo, lo inspecciona, con cierta naturalidad se lo vuelve a poner y lo ignora; otro silencio.
—Si estamos casados, ¿por qué no nos conocemos? —preguntó la mujer siendo fiel a sus instintos de descubrimiento.
—No lo sé, creo que la mayor incógnita es por qué no nos conocemos a nosotros mismos.
—Tienes razón.
La mujer sopesa, el hombre la inspecciona, le sonríe, como proponiendo a través de mimetismos buscar juntos la solución.
—¿Quiénes son los de la foto? —interrogó la mujer.
—No lo sé —respondió el hombre.
La repetición constante de no saber podrá ser tediosa, desesperante para algunos, las limitantes de nuestra memoria nos hacen olvidar que así llegamos todos, sin saber; la pareja pronto sabrá.
—¿Tienes algún recuerdo antes de haber despertado? —cuestionó el hombre.
—No, estoy casi segura de que estaba soñando, pero no recuerdo absolutamente nada del sueño, ¿y tú?
—Estoy igual.
La mujer se acerca a la puerta para abrirla y salir, el hombre la interrumpe.
—Ya lo intenté, está cerrada.
La mujer, sin hacer caso, igual intenta abrirla; la puerta se abre.
9 a. m.
El hombre se ve fijamente con la mujer, la mujer extiende la mirada como diciendo que ella lo puede todo, el hombre le regresa una de asombro e ilusión de que detrás de la puerta pudiesen encontrar respuestas. Un temor inmediatamente invade su cuerpo, al punto tal de erizarle la piel; lo desconocido es conocido por darle miedo al ser humano. Se acerca a la puerta y a la mujer, juntos salen del cuarto. Fuera de la habitación, un pasillo largo que conduce a unas escaleras; en el pasillo se ven cuatro puertas, dos de cada lado; en las paredes más fotos, algunas de ellas con las siluetas borrosas ya antes vistas, una foto en particular sobresale, una foto de la boda, en la foto sus rostros se miran felices, se miran jóvenes, se observan; más difícil aún que ver sus rostros por primera vez fue el ver cómo esos mismos rostros se han ido opacando con el pasar del tiempo. Juntos intentan abrir las puertas, tres puertas estaban cerradas, una era un baño, en este, nada peculiar, si acaso el hombre nota que hay dos cepillos de dientes, uno normal y otro con diseño de caricatura; «No conozco esa caricatura, se ve aburrida», pensó el hombre; ignorándolo, vuelve con la mujer, se vuelven a mirar fijamente. Hasta este punto su rictus se ha basado en silencio, miradas e intriga; juntos bajan por las escaleras; antes de llegar a la planta baja, se escuchan unos ladridos.
—¡Es el perro, el de la foto! —dijo el hombre.
El adorable Ruski Esmalon se emociona al verlos, mueve su cola de un lado a otro en señal de alegría, el hombre lo abraza, juega con él, a la mujer parece más bien no importarle. Mientras la mujer sigue su camino por la casa, el hombre percibe que el perro tiene una placa.
—Ted, su nombre es Ted.
El hombre le da una última palmada al perro para acompañar a su esposa, quien ya se encontraba en la cocina.
—¿Algo nuevo? —preguntó.
La mujer pierde su vista en un dibujo anclado al refrigerador a través de un imán; en el dibujo, una familia, un sol brillante, el perro, pasto, un arcoíris, algo bellísimo para cualquier madre, pero para la mujer no significaba nada más que confusión; en el refrigerador también hay un calendario, marcaba el 2 de junio de 1984, más mezcolanza.
—Bueno, algo es algo, sabemos qué día es —dijo el hombre de forma irónica.
La mujer lo voltea a ver con cara de incredulidad falsa, el hombre le sonríe una vez más, la mujer lo ignora. En la cocina nada útil, de hecho, fuera del dibujo y el calendario, no hay nada, no se encontraban utensilios para cocinar, el refrigerador por dentro estaba vacío, la cocina tiene espaciadas alacenas repletas de aire; el desayuno no sería opción. Se pasaron a la sala de estar; un televisor que tampoco prendía, dos sofás que se contraponían, una mesita al medio con buena altura para subir los pies; de nuevo, nada útil, en el comedor que se encontraba a un lado, una mesa rectangular para seis, un frutero con frutas de cera, lo más cercano a comida que habrían de hallar, nada más que valga la pena mencionar. En toda la casa hay ventanas, todas tienen el mismo efecto grisáceo que las ventanas del cuarto, el sol ya se siente con más fuerza, la percepción dentro de la casa de que el sol ya estaba bien alto en el cielo era obvia, el frío disminuye considerablemente, el hombre encuentra cierta paz; pasan dos respiraciones hondas cuando la mujer propone salir de la casa.
—Seguro que está cerrada la puerta. —Garantizó el hombre de forma natural.
