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En el año 2000, un restaurantero mexicano recientemente divorciado hojea una revista del corazón y se siente muy atraído por una modelo. Decide ir a Madrid para intentar conocerla, pero se le contraponen varios asuntos: una sociedad diferente, una mexicana famosa en dicha ciudad y un socio no dispuesto a dejarse engañar.
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Seitenzahl: 218
Veröffentlichungsjahr: 2024
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∴Heurística Informática, Procesos y Comunicación Objetiva∴
Revista del corazón Primera edición: 16 de mayo de 2024 ISBN: 978-607-8773-77-0 © Manuel Olivar © Gilda Consuelo Salinas Quiñones (Trópico de Escorpio) Empresa 34 B-203, Col. San Juan CDMX, 03730 www.gildasalinasescritora.com Trópico de Escorpio
No se permite la reproducción total o parcial de este libro ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
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Distribución: Trópico de Escorpio www.tropicodeescorpio.com Trópico de Escorpio
Diseño editorial: Karina Flores
HECHO EN MÉXICO
∴
(RETAZOS DE ESCRITURA ALGO VIEJA Y CASI NUEVA)
—I—
AMISTOSA REUNIÓN EN CASA PUERTAS
∴
PRESENTACIÓN EN PARÍS DE LA COLECCIÓN PRIMAVERA-VERANO DE HANS ARCHER
(SERÁ LA PRIMERA COLECCIÓN DEL NUEVO SIGLO)
∴
BAILE DE LA BENEFICENCIA EN MONTACO
—II—
—Hoy no vamos a hablar de negocios.
—¿No? Pues está raro, algo me dice que estás por volver a ser el de antes.
—¿Cómo el de antes? ¿Cuál de antes?
—El que eras cuando estabas en los trámites de tu divorcio, no sé si te acuerdes, pero no hablabas nada sobre negocios. Bueno, ni de ningún otro tema que tuviera que ver contigo.
—Y ¿a qué viene la sacada a cuento?
—Nada más me acordé de cómo era esto antes.
—¿Cuál esto?
—El negocio, ¿qué otra cosa?
—Bueno, de lo que me acuerdo es que yo andaba desperdigado. Distraído en demasiados asuntos que no acababan de embonar.
—¿Asuntos o mujeres?
—¿Mujeres? ¿Tú me veías andando con demasiadas mujeres? Yo de ese tiempo solo me acuerdo de una, desgraciadamente.
—Sí, lo supongo, de Marina, ¿no es eso?
—Mejor no me la recuerdes.
—Pero también estaban todas las demás.
—¿Eran muchas?
—Pues tú me dirás.
—En dado caso, eso era algo que me bajaba del cielo.
—Igual y sí, porque nunca has demostrado grandes dotes de conquistador.
—¿Ves? Te digo que no tengo la menor idea de cómo le hacía.
—¿De veras no sabes?
—Pues no.
—Por tu físico, no te hagas el tonto. ¿Cuántas veces te he dicho lo guapo que eres, y que además eras desde chiquito?
—Eso me lo has dicho nada más por decir.
—Pues sí que te haces el tonto.
—A lo mejor es haciéndome el tonto por lo que me caen las mujeres del cielo.
—No te digo que no, y, también por hacerte el tonto es que te olvidaste de mí.
—¿De ti? ¿A qué te refieres?
—Bueno, no de mí, del negocio.
—Lo dices como si creyeras que tú y el negocio fueran lo mismo.
—A veces pienso que eso es, en todo en lo que ha acabado lo nuestro.
—¿Te vas a poner ahora como un niño chípil?
—No, solo estoy recordando que me dejaste enteramente el paquete.
—¿Qué es lo que quieres, que te pida perdón?, o que me suelte ahora llorando por mis pecados.
—¿No entiendes lo que quiero decir cuando te digo que me dejaste todo el paquete? No se le puede dar tantas vueltas.
—Está bien, acepto que en eso tienes razón.
—Claro que la tengo, pero solo me lo dices para librarte de entender lo que hay en el fondo. Después de los tantos años que llevo de conocerte.
—Veintinueve.
—¿Ves? Tienes el dato exacto del día que nos conocimos en la primaria, pero no intentas saber de lo que te estoy hablando.
—No te creas. Sí me doy cuenta. Lo único es que, a pesar de todo, sigo siendo el mismo de antes. O no, en lo único que he cambiado es que ahora noto que hay algo que funciona mal en mí, y es eso que llaman asuntos del corazón.
—Grandísima proeza el que lo aceptes.
—Estoy mal en lo que llaman en esa novela de Flaubert «la educación sentimental».
—¿Cuál novela?
—¿No sabes? A lo mejor tú lo que tienes mal es tu educación intelectual.
—¿Ya empezamos?
—Olvídalo. Lo que yo quería decir es que, por ejemplo, no tuve una familia que me enseñara qué hacer y qué decir en los momentos importantes de la vida. O más bien, en los momentos importantes de la muerte, porque ni siquiera he sabido cómo comportarme en los funerales.
—Bueno, tampoco es que se requiera mucha ciencia. Solo hay que decir palabras huecas, como Lo siento mucho o Mi más sentido pésame. Y eso no creo que implique una gran educación sentimental.
—No son las palabras que repites sino el sentirte con seguridad en una situación así. Eso a mí me falta. Cuando llego a dar un pésame nada más se me ocurre hablar del clima, como siempre que no se sabe qué decir.
—Pues eso no es muy distinto a repetir fórmulas que sirven para todo menos para reflejar un sentimiento auténtico.
—No me entiendes, déjame darte un ejemplo distinto. El otro día que estaba hojeando una revista española, de pronto vi una modelo que me impactó. Todavía no sé por qué, algo me llegó desde alguna de sus fotografías, haz de cuenta que detrás de ese papel entintado hubiera un ente que se comunicara conmigo. Tanto, que yo me viera obligado a decirle algo. Aprovechando la circunstancia de que yo estaba de este lado, y en el otro nada más había unas cuantas fotos. Entonces tuve tiempo para meditar en lo que debía de responderle a la modelo, pero solo se me ocurrieron estupideces. Señorita, yo la vi en México en una foto de revista. ¿Cuántos le habrán dicho algo parecido?
—A lo mejor ninguno, porque todos creen que alguien ya se lo dijo.
—Bueno, el caso es que opté por quedarme callado como si hubiera llegado a un velorio y no se me ocurriera algo que mencionar sobre el clima. Soy tan malo para decir Lo siento mucho, como para preguntar si afuera está haciendo frío.
—Tal vez eso sí sea para preocuparse. Si ni siquiera puedes ligar con una foto… pero entonces sí me quedo pensando cómo le has hecho para conseguir esa cantidad bestial de mujeres.
—¿Bestial? ¿Insinúas que tengo algo de bestia?
—Olvídate del adjetivo.
—Pero sí debe ser algo de eso, porque si te acuerdas en la secundaria decían que «rollo mata carita». Como quien dice, lo físico es vencido siempre por lo metafísico.
—Pues mira, eso que me echas sí que es un rollo.
—No sé, a lo mejor, ya puestos en la práctica, no es que sea tan bestia.
—III—
Yo era un tipo. Bueno, soy. Inclinado en demasía al pensamiento. Supongo que por eso me dejó Marina. Aunque de todas maneras no podía. Bueno, puedo, más que seguir siendo de ese modo.
Aunque he tratado, han sido inútiles mis esfuerzos por volverme un sentimental. O un hombre de acción. O, al final de cuentas, un ser de carne y hueso. Porque, como quien dice, a veces creo ser solamente la imaginación del que en verdad soy.
Tal vez para escribir. Así como ahora lo estoy haciendo. Esa peculiaridad pudiera constituir un real problema porque yo no podría contar así nomás una aventura. Si acaso la explicaría. Y eso, tratando de prescindir de cualquier sentimiento que se presentara en el curso del relato.
Sé que no es precisamente lo que el público esperaría de un escritor. Pero, de todas formas, he decidido no traicionarme: desde ahora renuncio a la pretensión de hacer una narración normal. Y en vez de ello, explicaré lo que me ha pasado. Por ejemplo, mi matrimonio. Bueno, mi ex matrimonio. Ese del que no hace mucho terminé de tramitar el divorcio.
Empiezo por los antecedentes, aunque esto huela un poco a cumplir los cánones narrativos.
Mi esposa. Bueno, ex. era una mujer que en el principio valoraba mi forma de ser tan pensante. Pero según he llegado a entender, a muchas mujeres las termina traicionando el sentimiento. Incluso he llegado a comprobar que, después de casadas, todavía más.
A lo mejor por eso discutíamos la mayor parte del tiempo. Ahora veo que desde posturas muy diferentes. Yo, por ejemplo, pensando siempre que lo hacíamos con la finalidad de llegar a un acuerdo razonable. Pero con los años, a pesar de haber llegado muchas veces a una conclusión que parecía lógica, entendí que las consecuencias para ella no eran las que se desprendían de cuanto debiera concluirse.
O sí. Solo una vez, después de una plática serena, pudimos obtener la certeza de que, sin importar el número de discusiones, de todas maneras, cada uno seguiría siendo el que cada uno era. Lo cual no resultaba mucho. Ni creo que siga resultando.
Alguien se preguntará qué pasaba con aquello que no consistía en discutir. Por ejemplo, con el sexo. Y es que la gente siempre piensa en lo mismo. No traeré a colación ninguna estadística, pero apuesto que no éramos diferentes de otras parejas consideradas normales. Aunque ahora imagino la estadística de los que pensamos que somos normales.
Y luego nos divorciamos por asuntos de lesa normalidad.
De acuerdo. No pretendo evadir el tema, y el tema es sexo. Nada del otro mundo, pero nada que pudiera tildarse de decepcionante. Y aquí el asunto vuelve a tocar el tema de los sentimientos: porque uno se siente bien después del coito, pero eso dura hasta que la mujer exige un poco más.
¿Para qué darle tanta importancia a los sentimientos? Si solo tienen sentido en un momento dado. Por ejemplo: un mal humor verdaderamente destructivo, se pierde instantáneamente con el elemental acto cotidiano llamado comer.
Está claro que no podemos dejar de sentir. Pero nada más es válido en el momento en que se está sintiendo. Y ahora pienso que esto que escribo deja de ser válido porque una vez escrito, pasa a ser algo que está en el pasado. La vida no es sino un transcurrir de estados de ánimo, muchos de ellos sustituidos antes siquiera de poder escribirlos.
Entonces, ¿para qué intentar atraparlos? Como a lo mejor quería mi esposa. Bueno, ex. O tratar de revivir emociones antiguas cuando en este momento en realidad no están presentes. Porque igual que un animal del bosque perdido en la ciudad, ella regresaba constantemente al mismo callejón sin salida. Discutía el tema hasta agotar sus argumentos. Y después de notar que por esa ruta no conseguiría nada, empezaba a llorar. Llorar y llorar, como dice la canción. Tal vez hasta la fecha siga llorando.
Y es así como ahora me pregunto ¿de qué servía tanto llanto?
Cualquiera lo sabe.
Lo que sí es que ante los ojos de la gente ese rasgo quedaba escondido. Es decir, pasábamos por una pareja normal. Bueno, me entra ahora la duda de cuántas personas habrán observado realmente nuestro melodrama interior. Porque todos actuamos cuando nos presentamos en sociedad, pero en el fondo nadie sabe si es el actor que siempre pretendió ser.
Una vez lloró en público. Frente a una pareja muy cercana a nosotros. Traíamos alcohol en la sangre y en la fiesta solo quedábamos nosotros cuatro. No recuerdo por qué, pero la esposa de mi amigo, en medio de su inconsciencia, comenzó a quitarse la ropa. Cuando estuvo desnuda, se acostó en la alfombra y pidió a su hombre que la acompañara. Al negarse su marido, me lo pidió a mí.
Un momento. Noto de repente que estoy narrando y en un principio había prometido nada más explicar. Entonces explico. No sin antes anotar lo que acaba de pasar por mi mente: que he acumulado experiencias bastante variadas.
Entonces, yo creo que aquella pareja cercana parecía, como nosotros, una pareja normal, pero ante el ascenso del estado etílico, esa vez empezó a borronearse la falsa apariencia.
Hasta ese día, ella se había mostrado como una mujer digamos que muy tradicional. No sé si hasta mojigata. Él también se había mostrado como el magnífico esposo que daba siempre la razón a su esposa. Pero esa noche, ambos se dejaron de cuentos.
Aunque también es verdad que nosotros seguramente mostramos algo que tampoco habíamos mostrado: es decir, nuestra clara inclinación para estar en desacuerdo. Y mi mujer, además. Bueno, mi ex, su forma caudalosa de llorar.
A lo mejor, con esos pocos elementos, se puede uno imaginar por qué terminó nuestra amiga desnuda en el piso. De todos modos, paso a explicarlo. La plática nos había llevado a una de esas situaciones en las que confesamos a los demás lo que vemos del otro. Por ejemplo, a la aún vestida la tildamos de tímida. Y a su marido, de condescendiente en exceso. Para nosotros los adjetivos que nos adjudicaron fueron tal vez más educados. El mío fue de muy precavido. Aunque tal vez me quisieron decir otra cosa. Y el de mi mujer el de fuerte.
No recuerdo si ese fue el único elemento que la lanzó a demostrar que ella no tenía nada de fuerte, y para tal efecto, no necesitó nada más que soltar su torrente de lágrimas.
Supongo que eso terminó siendo una verdadera revelación para nuestros amigos. Tal vez por causa del alcohol, porque visto a la distancia no era para tanto. El caso es que, de ahí pasó la tildada de tímida a intentar mostrarnos el tamaño de nuestro equívoco.
Luego todo quedó redondeado, porque su marido pasó a demostrar que no era ningún condescendiente. Y yo no tuve más remedio que hacer palpable mi falta de precaución.
De ahí creo que se pueden sacar algunas conclusiones.
Por supuesto fue la última vez que nos vimos. Por lo tanto, mi corolario sería que no se puede saber la realidad que encierran los otros.
De cualquier modo, donde empezó a aparecer lo más pernicioso en nuestro matrimonio, fue cuando intentamos embarazarnos. Tal vez donde siguió apareciendo. Visitamos varios médicos.
Cuando las opiniones coincidían ella se internaba en un hospital. La noche anterior a la operación nos inundaba el silencio. Como el de los pasajeros de un avión con problemas para aterrizar. A la mañana siguiente la sedaban, y automáticamente empezaba el repaso del estado de su familia. Su hermano se había alejado o su padre debería de retirarse del trabajo o a su sobrina podrían darle una educación más liberal.
Luego la dejaba de ver unas horas. Al final la regresaban al cuarto y venía de color verde, pronunciando frases inconexas. Tres veces nos pasó lo mismo. Pero las tres infructuosas.
Lo cual, desde luego, implicó mucho más llanto.
Un día debimos decidir que no seríamos padres. ¿Qué seríamos, entonces? Se suponía que no-padres. A mí me pareció que la respuesta era sencilla, pero ella no fue de la misma opinión.
Yo lo que hacía era tratar de convencerla. Y una vez creí que por fin había vencido mi lógica. Aunque en realidad nunca he entendido lo que en verdad pasó por su extraño cerebro.
Debió ser algo como lo siguiente: si no podía tener hijos propios, era deseable conseguir uno nacido en vientre ajeno. No que fuera de la noche a la mañana, pero acabó obteniéndolo. Uno de veintitantos años.
A pesar de que considero contar con algunos de los atributos de un detective, nunca me ha dado por ejercer tal profesión. Si yo vine a darme cuenta de lo que sucedía fue por casualidad: en una fiesta los vi besándose con pasión.
Tal vez ese sea un dato pobre. Bueno, fue. Porque en realidad, ¿qué sabemos de lo que significan los actos ajenos? No podemos saber algo muy cierto de lo que sucede en corazones metidos en cuerpos que ni siquiera son nuestros. ¿Se podría concluir que, por un beso, una pareja se encuentra ya enamorada? Porque nunca podremos basarnos en lo que dice la dilatación de una pupila, o la aceleración de un pulso, o el pelo lustroso, o eso que dicen de que el cutis se pone como un terciopelo.
En dado caso lo que yo tendría que preguntarme es por qué tardé tanto en notar lo que era más que evidente. Creo que bastante más de un largo año. Aunque ahora me resulta claro que en realidad no quería darme cuenta. Se necesitó que ella llegara a decirme textualmente que estaba harta de mi insensibilidad. Y que, si no podíamos tener un hijo juntos, lo que estábamos haciendo era una pérdida de tiempo.
Además de que, si algún día yo tenía la facultad de entender lo que estaba pasando, ella iba a estar en algún lugar muy lejano con aquel muchachito. Aún me resuenan sus palabras.
—IV—
—Me sorprendes. Nunca te había visto así. Tenías muchas peculiaridades, pero no la de hacer este tipo de locuras. Bueno, ni siquiera la de proponértelas.
—¡Cómo que no! ¿No fue una locura cuando pusimos el primer restaurante? ¿No recuerdas a los personajes de Pinocho que tuvimos como socios?
—¿De Pinocho?
—A la zorra y el león que se llevan a Pinocho a la Isla del Placer, y que luego lo van convirtiendo en un burro.
—¿Nuestros primeros socios?
—¿No fue una locura cuando entramos con ellos?
—Ahora que lo dices, sí, tienes razón. Realmente se parecían a esos personajes, pero eran un zorro y un gato. Creo. Aunque, de todas maneras, esa locura no tiene nada que ver con esta de ahora. ¿Qué piensas hacer para conocer a una modelo que sale en las revistas de moda? Además, en Madrid. Simplemente no sé qué tenga que ver ella contigo.
—Es más sencillo de lo que crees. Todo se reduce a una simple decisión. Decidí que debo hacer algo que me motive.
—Vamos a ver. ¿Tú crees que las motivaciones primero se piensan y luego se persiguen? ¿Crees que yo puedo decidir que mi próxima motivación sea la pesca en alta mar?, ¿para subirme a una de esas embarcaciones que solo sirven para marearse?
—Okey, te doy la razón, no es tan sencillo. No se trata nada más de pensarlo. Entiendo que lo primero que se necesita es sentir el impulso. Pero tú mismo me preguntaste cómo le hecho para conseguir tantas mujeres desde que estoy divorciado. Es fácil. Por ninguna he sentido un impulso. Y si me pongo a verlo con detenimiento: con las únicas que me ha ido mal, ha sido porque justamente empezaban a interesarme.
—Y, ¿no podías haber escogido otro tipo de motivación? ¿Algo que estuviera más a tu alcance? No sé, por lo mucho una artista de la televisión nacional.
—Lo único que noté en los últimos tiempos que podía llamarse motivación, eran los retratos de Marilyn.
—¿Marilyn? ¿Así se llama?
—Sí, ¿no la conoces? Una muy rubia, muy delgada y con labios perfectos.
—No me suena.
—Es muy famosa. Sale en todas las revistas del corazón.
—Pues lo único que te puedo decir es que no parece ser la mejor manera para reeducarte sentimentalmente.
—Sí, cómo no. Lo que necesito es romper el esquema de estar confundiendo sentimientos con pensamientos. Y la sensación que me despertó la fotografía de la revista, es lo único que yo puedo asociar con un sentimiento impensado.
—Pues creo que no estás distinguiendo muy bien entre los sentimientos no pensados y los que son solo ficción.
—¿Como puede ser un sentimiento ficticio?
—No. Me refiero a la diferencia del sentir por una persona real o por una ficticia.
—Pero ella existe realmente.
—Existe, pero no en tu contexto.
—¿Qué importa eso? Lo real es que tuve el sentimiento y la persona por quien lo tuve también existe.
—A ver, ¿cómo definirías el sentimiento que tuviste?
—No lo podría poner en palabras.
—Si no lo puedes poner en palabras es que a lo mejor ni siquiera lo sentiste.
—¿Solo si puedes nombrar un sentimiento, es que llega a existir?
—En general, no. Pero sí en tu caso.
—Eso es ridículo. Imagínate que yo nombrara todos mis sentimientos. Alegre. Me ha puesto contento la tontería que acabas de decir. Preocupado. Porque a lo mejor te estás volviendo algo loco. Triste. Porque a lo mejor estoy perdiendo a un amigo. ¿Te parece lógico? No puedes nombrar tus sentimientos todo el tiempo.
—Y menos si lo que nombras no es lo que estás sintiendo.
—Además, según entiendo, los sentimientos son infinitos. No se podrían encontrar tantas palabras para nombrarlos.
—No creo que sean tantos, se reducen en el fondo a placer y dolor.
—A lo mejor sí, pero si a todo lo llamas con esas dos palabras, no creo que avances demasiado.
—A mí se me hace que más bien lo que tú haces es tratar de borrar lo que sientes. No es que no sientas, sino que lo olvidas en un minuto.
—¿Y por qué no he olvidado lo que estoy sintiendo por Marilyn?
—No sientes nada por Marilyn, ni siquiera la conoces…
—Pero pienso conocerla.
—Pues entonces a mí se me hace que tu sentimiento no es más que una esperanza. Ahí tienes el nombre.
—Sí, ya pensé cómo sería nuestro encuentro.
—¿Cómo sería?
—Le diría: Lamento interrumpirla. Acabo de llegar de México y al verla sentada a unos pasos de mí, no he podido resistir su belleza ni la tentación de conocerla.
—Con una introducción así, no creo siquiera que se dignara a contestarte.
—Claro que sí. Me diría: Oh, de México. Ese país maravilloso, porque ella vivió su infancia aquí. Un país tan lleno de magia. Aunque también lleno de pobres, hay que decirlo. Y de unos pocos muy ricos.
—Ya veo cómo la estás imaginando. Con conciencia social, ¿no es eso?
—Espérate. Luego yo añadiría algunas frases que ya tengo elaboradas y que no viene al caso repetir. Pero al final ella contestaría: Los mexicanos sois muy lisonjeros. Para serle franco yo no soy así, he tenido que estudiar varios días esta forma de presentarme con usted.
—Decir eso sería un suicidio.
—Espera: Pero eso no significa que no sean verdad cada una de las palabras pronunciadas. Al ver su retrato en una revista supe que usted era la mujer designada para mí. Incluso después de haber experimentado la realidad de lo que vienen a ser las mujeres.
—Otro autogol.
—Pero fíjate cómo respondería: Entiendo. Y entonces, ¿por qué con tan mala experiencia quisieras repetirla conmigo?
—Le dirías, porque en ti he visto algo diferente. ¿No es cierto?
—¿Cómo sabes? Aunque su respuesta me gusta: Eso es lo mismo que debió pensar Elizabeth Taylor en su octavo matrimonio. Y luego preguntaría: ¿Qué crees tú que tengo yo para casar bien contigo?, porque la mayor parte de los hombres tienen ideas muy lejanas de quién soy yo.
—Eso está bien. ¿Qué piensas contestarle?
—Ahí sí me pierdo.
—No sabes contestar ni a tus propias preguntas.
—¿Tú crees que sea parte de mi incapacidad sentimental? Ni siquiera sé manejarme en mi propia imaginación. Bueno, a lo mejor algo he adelantado. Por lo menos ahora soy capaz de preguntármelo.
—Sí. Es un principio. Hay que reconocerlo.
—V—
PRIMER INTENTO
Fuimos tú y yo. Hoy ya no somos. Me abandonaste. Me quedé solo. La soledad. Una palabra. Más vale aislado. Que abracadabra.
Abrí la puerta. Regresa el aire. Aún falta tiempo. Para arreglarme. Pero no olvido. Te soy sincero. Fuimos empate. Hoy, uno a cero.
—VI—
No es que no haya sentido exactamente nada cuando me di cuenta de lo que pasaba con mi esposa. Bueno, ex. Ni que ahora no sienta nada mientras lo estoy recordando. Aunque ignoro qué palabra ponerle. ¿Rencor?
Pienso en ella y cuanto me viene es apenas un esbozo de persona. Pero hubo un tiempo en que era un ser en verdad existente. Además, existía a un lado de mí. ¿Cómo fue que un día desapareció de ese lado?
Los últimos meses con ella son ahora, en mi mente, un mar de confusión. Es de suponer que un día de ese período, me quedó claro que mis sospechas eran fundadas. Ella tenía alguien más. Y yo no tenía previsto absolutamente nada para enfrentar ese caso.
Me imagino que algún día elaboré mi estrategia defensiva. No sé exactamente cuál. Aunque ante el paso de los años, noto que fue una estrategia efectiva. Y lo considero así porque en esos últimos meses, hablábamos y ella mantenía una postura como si estuviera a punto de echarse a correr. ¿Se podría llamar miedo?
Ciertamente no es que yo estuviera en situación de adivinar lo que pensaba. En nuestras pláticas, nunca mencionábamos lo que venía sucediendo. Yo no sé si ella supiera lo mismo que yo. Ni cuánto llegó a saber que yo ignorara.
El caso es que la historia evolucionó rápidamente hacia el proceso del divorcio. Siempre sin hablar de ello ni una palabra. ¿De qué hablaríamos todo ese tiempo? Lo que sí es que nunca volvió a llorar delante de mí. O al menos eso creo recordar.
Tal vez antes de lo que venía esperando, nos encontramos una tarde delante de un juez. Y poco después nos dieron el acta de divorcio. Esa vez ella me confesó que todo ese tiempo había temido un desquite de mi parte. ¿Como cuál? Matarla no se me ocurrió hasta ese momento. Y cualquier otra ocurrencia ya no resultaba muy útil.
Nos dijimos adiós afuera del juzgado y no he vuelto a saber nada de ella. Hasta hoy que lo escribo, parecía haberse borrado de mi pensamiento. Y tampoco creo que la esté resucitando con estas palabras. Bueno, no digo más: no quiero tentar a la suerte.
Lo que sí recuerdo con nitidez fueron los primeros días de mi vivir solo. La soledad no es algo a lo que uno pueda fácilmente aclimatarse. Tal vez se deba a las formas que suele tomar la costumbre, porque cuando uno ocupa una casa en compañía, se habitúa a una cierta densidad poblacional.
Al principio la soledad consistió en algo así como ser siempre el primero que llega a la fiesta. Y los invitados retardan en exceso su llegada. Pero luego una costumbre se cambia por otra. Por ejemplo, se piensa en que la fiesta ya acabó y la pista de baile ya es toda nuestra.
De cualquier forma, también llegué a la conclusión de que tarde o temprano necesitaría alguien con quien bailar. Y esa compañía no saldría de la nada.
Así que cambié mi concepción de la fiesta a una donde, al menos, hubiera alguien que fungiera como pareja del tango. Se dice que se necesitan dos para bailarlo, y sí. Aunque al principio no es que apareciera ni siquiera una pésima bailarina. Volteaba hacia el horizonte y no veía con quién se pudiera echar al menos unos pasitos.
