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A la la cardióloga Annabel Stuart le gustaba realmente su trabajo, pero cuando su ex marido Luke Geddes fue elegido como director médico del hospital, su vida se vio alterada. Y a Luke le sorprendió que la chica vibrante y sexy que recordaba pareciera una anciana en su forma de vestir. También le preocupó mucho saber que lo que él recordaba como una ruptura por ambas partes no fuera así para Annie. Aun así, el problema que los separó aún existía...
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Seitenzahl: 167
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Poppytech Services Pty., Ltd.
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Riesgo para un corazón, n.º 1209 - octubre 2015
Título original: Heart at Risk
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7328-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
A la luz pálida que se colaba por la ventana, Annabel parecía frágil y tímida. Su cabello era como un halo cobrizo sobre la cabeza, pero las ojeras hacían que sus ojos grises parecieran más grandes y asustados.
Como no le gustaba nada esa apariencia patética, se frotó las mejillas para intentar darles algo de color, pero no mejoró mucho. Luego se miró de nuevo al espejo, apoyó la cara en una mano y se sujetó el codo con la otra. Si no podía parecer robusta y llena de confianza, por lo menos podía tratar de parecer intelectual.
–Hola, Luke. ¡Hola! ¡Hola!
Hizo una mueca. Parecía una gallina con la garganta irritada. Lo intentó de nuevo, esta vez más seriamente.
–Hola, profesor. Bienvenido a St Peter. ¿Yo? ¡Oh, estoy bien! Sí, bien. Sí, solo seis años. ¡Te lo puedes creer? Parece que ha pasado una eternidad.
El sonido de la puerta exterior de la sala de descanso la hizo volverse y, cuando se abrió la puerta interior, ella se estaba secando las manos con una toalla, con una falsa sonrisa en el rostro.
–Ah, hola, doctora Stuart –dijo Hannah, su ayudante–. Llega tarde a la recepción. ¿Ha habido algún problema?
–No que yo sepa –dijo Annabel abriendo la puerta–. Ahora voy a recibir al profesor Geddes. No se habrá marchado aún, ¿verdad?
Mientras decía eso, se percató de la forma en que se iluminaba el rostro de su joven colega.
–Oh, no, sigue aquí. Mmm…
Annabel la miró por un momento.
–Entonces será mejor que vaya a verlo.
La recepción de bienvenida se iba a dar en la sala de seminarios y Annabel pudo oír desde lejos el murmullo de las conversaciones. Respiró profundamente y abrió la puerta, una vez dentro tomó un vaso de plástico de naranjada y miró a su alrededor. Sonrió tensamente al ver que un médico mayor que ella se acercaba.
–¡Annabel! –exclamó Harry–. ¿Dónde te habías metido? Debes ser el único médico del hospital que no se ha apresurado a ser presentado a su nuevo jefe.
Annabel se sintió tentada por enésima vez de salir corriendo de allí, fue a murmurar una excusa cuando Harry le puso la mano en la espalda y la empujó hacia adelante.
Había dado por hecho que el tiempo le proporcionaría alguna clase de inmunidad hacia él, pero sus esperanzas de que los años le hubieran proporcionado una barriga o lo hubieran hecho víctima de la calvicie se evaporaron. El cabello de él, aunque más corto, seguía igual de espeso y oscuro. El traje perfectamente cortado que llevaba lo hacía más alto y fuerte que antes, incluso.
La frenética actividad que había tenido lugar durante la última media hora debía haberle indicado el efecto que Luke seguía teniendo sobre las mujeres.
Una buena apariencia, un cuerpo atlético, combinados con inteligencia y poder. Pero su atractivo se veía aumentado por su indiferencia al mismo y a la fascinación que provocaba. Su prioridad en la vida era su trabajo y las mujeres que se habían atrevido a enfrentarse a eso se habían visto invariablemente apartadas a un lado y con el corazón roto.
Y Annabel sabía lo que se sentía al perseguir a Luke. Recordar lo insistentemente que lo había hecho ella aún la hacía ruborizarse.
–Eres el único miembro femenino del personal que no ha insistido en que se lo presente –le dijo Harry al oído–. Incluso el personal eclesiástico no lo ha podido evitar.
Annabel lo miró. Pobre Henry, pensó. ¿Se creía que las mujeres lo que admiraban de Luke era su currículum académico?
Con todo el tiempo que se había pasado practicando alguna forma de saludo natural, podía ser que no hiciera la tonta, pero cuando su mirada se encontró con los enigmáticos ojos verdes de Luke, el impacto fue total.
Por un momento se quedó pasmada, pero por suerte, Harry pareció no darse cuenta.
–Annabel Stuart, este es Luke Geddes –dijo–. Naturalmente, estamos encantados de tenerlo entre nosotros. Luke, recordarás que te había mencionado ya a Annabel. Puede que sea joven, pero es una de nuestras mejores cardiólogas. Por supuesto, dado que vuestro trabajo es similar, los dos trabajaréis muy cerca de ahora en adelante. Estoy seguro de que Annabel está ansiosa por enseñarte el hospital, Luke. Te ayudará encantada a instalarte.
Annabel pensó que preferiría comer gusanos, pero logro contenerse y le dijo:
–Hola, profesor Geddes. Bienvenido a St Peter.
Como había decidido que era mejor que sus colegas no supieran nada de su anterior relación con Luke, utilizó su título para dirigirse a él. Harry se había alejado ya, por lo que eso resultaba inútil, pero su cerebro no estaba funcionando demasiado bien. Extendió la mano y se la ofreció. Lo último que quería era tener un contacto físico con Luke, pero estaban rodeados de gente y no quería llamar la atención.
–Annie –dijo él aceptando su mano.
Esa mano era firme y fuerte, pero sin excederse en el apretón. Sin embargo la de ella estaba húmeda por los nervios.
–Ha pasado mucho tiempo –añadió él con su habitual acento americano–. Estás muy diferente. Apenas te he reconocido. ¿Cómo estás?
Ella miró a Harry nerviosamente, dándose cuenta de que Luke no pretendía como ella mantener su anterior relación en privado.
–Bien –respondió secamente.
Sabía que sí había cambiado. Llevaba el cabello más corto y vestía más formalmente que cuando era joven y llevaba la ropa provocativa que le gustaba por entonces.
–La verdad es que muy bien –añadió–. Creo que mejor que nunca.
Él la miró con los párpados entornados.
–¿De verdad?
–De verdad. Parece que eso te sorprende, Luke. ¿Estás decepcionado? ¿Esperabas encontrarme vestida de negro y llorando aún por ti?
–¿Llorando aún por mí? Es curioso que digas eso, Annie. ¿Es que lloraste alguna vez?
–¿Annie? –dijo Harry apareciendo de repente de nuevo–. ¿Es que ya conocías a Annabel, Luke? Lo siento, no lo sabía…
Luke se encontró con la cara de pánico de Annabel y sonrió.
–Nos conocemos de hace tiempo –dijo.
–No me lo mencionaste, Annabel. Estoy seguro de que no…
–Hace años que no nos vemos –lo interrumpió Annabel–. Luke y yo estudiamos en el mismo hospital de Londres–. Por supuesto, él iba unos pocos años por delante de mí.
–Más que unos pocos. Annabel y yo nos conocimos cuando yo ya estaba dando clases y me tocó dárselas a ella, Harry. En ese momento ella estaba terminando sus estudios.
–Pero tú no me habías dicho nada, Annabel. Incluso cuando supiste que yo iba a ir a Boston a entrevistar a Luke, no me dijiste que erais amigos.
¿Amigos? Annabel sonrió lo más naturalmente que pudo.
–Éramos conocidos, Harry. Ahora no nos conocemos. Han pasado seis años desde la última vez que nos vimos. No pensé que fuera necesario que yo te dijera nada.
Ella sabía que Harry le iba a pasar las riendas de la clínica a Luke para tomarse una jubilación parcial, pero que le gustaba pensar que estaba al tanto de todo lo que pasaba por allí.
–La verdad es que eso fue hace ya mucho tiempo –añadió ella–. Me sorprendió cuando me enteré de que volvías a Londres, Luke. Pensaba que ibas a seguir toda tu vida trabajando en los Estados Unidos.
–Llevo un años pensando volver a Londres –dijo él mirando a Harry–. He estado fuera demasiado tiempo. Entonces supe que este puesto estaba libre y Harry me hizo una buena oferta.
–Especialmente tentadora cuando significaba trabajar en uno de los mejores hospitales del país –dijo Harry–. Puede que el hospital no sea muy grande, pero estamos muy bien equipados. Estamos encantados de que hayas venido a trabajar con nosotros, Luke. Sé que no hemos sido los únicos en hacerte una oferta y nos alegramos de que nos hayas elegido a nosotros. Es un honor cederle mi puesto a un médico de tu reputación. Y ahora, Annabel, creo que Luke ya ha conocido a todo el mundo. Tú has sido la última en llegar así que, ¿por qué no le enseñas el hospital? Yo ya lo he hecho de pasada, pero dado que sois amigos, tú le podrás dar un punto de vista más personal de todo.
Annabel se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Le dio un trago a su zumo, pero le supo mal.
–Creo que mañana será un mejor momento –dijo al tiempo que dejaba el vaso en una mesa cercana.
Luke la interrumpió.
–Ahora me viene bien –dijo él dejando su vaso de cerveza al lado del de ella–. A no ser que tú tengas prisa por volver a casa. ¿Tal vez con tu marido? ¿Tienes hijos?
Annabel lo miró a los ojos, preguntándose si le hacía esa pregunta solo por ser educado o porque realmente sintiera curiosidad por su vida presente.
Pero, por supuesto, eso era ridículo. ¿Por qué le iba a importar a él?
–No estoy casada y nadie me está esperando en casa. Naturalmente, si ahora te viene bien, te enseñaré el hospital encantada. Harry, no tardaremos. ¿Seguirás aquí o…?
–Creo que me marcharé enseguida. Ya no soy joven y necesito dormir. Te veré por la mañana, Annabel. Y a ti también, Luke. Buenas noches.
Annabel condujo a Luke por el corredor desde la parte de administración hasta la zona médica en sí.
–Por supuesto –le dijo– los dos sabemos que no es necesario que te enseñe el hospital. Después de todo, tú ya estuviste trabajando aquí durante un año y no ha cambiado mucho desde entonces.
–¿Cuánto tiempo llevas tú aquí?
–Llevo ya año y medio. Vine al final de mi especialización y conseguí el trabajo cuando uno de los médicos se jubiló. Esto tiene la más alta tecnología, y encontrarás que es un trabajo muy amigable y relajado. Estoy segura de que disfrutarás estando aquí.
Mientras durara, pensó ella. Para la mayoría de los médicos, ser el futuro director del hospital de St Peter sería la culminación de sus carreras, pero para Luke solo sería un escalón en su ascenso. Él era muy ambicioso y había hospitales más grandes y unidades de cardiología más famosas. No pensaba que él se fuera a quedar por mucho tiempo.
Continuó enseñándole el hospital, alabando tanto las instalaciones como el personal que trabajaba en ellas.
–No me tienes que vender el hospital, Annabel. Ten en cuenta que accedí a aceptar el trabajo hace ya tres meses –le dijo él.
Annabel se ruborizó.
–Solo estaba tratando de hacer lo que me ha pedido Harry…
–Pero no es necesario pasarse.
–Ya te he dicho que solo estaba tratando de hacer lo que me han pedido.
–¿Por qué estás tan enfadada?
–No lo estoy –dijo ella suspirando–. O, por lo menos, no como tú piensas. Pero pienso que lo menos que podrías haber hecho era asegurarte de que la primera vez que nos volviéramos a ver fuera más en privado. Esto ha sido muy difícil para mí, Luke. Estaba muy nerviosa y lo último que quería era verte en una habitación llena de gente y hacer ver que no pasaba nada. Estoy segura de que estás muy ocupado en estos momentos, pero, aun así, te habría agradecido un poco más de consideración.
–Yo no sabía nada de esa recepción. Lo supe por primera vez cuando Harry me lo dijo esta tarde. Llevo en el país solo desde el viernes por la mañana…
–¡Y hoy es lunes por la noche! Y has estado entrando y saliendo del hospital docenas de veces. Te ha visto casi todo el mundo. Y estaba aquí el viernes y me he pasado en casa todo el fin de semana. Estuve esperando allí deliberadamente a que me llamaras.
–Y tú podrías haber averiguado dónde estaba yo.
–No soy yo la que ha llegado de repente después de seis años –le recordó ella, irritada.
–Ya te he explicado lo de la recepción. Annie, déjalo ya. Esto no es necesario y no quiero discutir contigo. Esto también es incómodo para mí.
–Lo dudo.
Él suspiró.
–Siento que lo de esta noche haya sido difícil para ti, pero lo estás poniendo más difícil todavía jugando a que me conoces bien y tratando de provocar una discusión.
–De paso, ahora prefiero que me llamen Annabel –dijo ella.
Lo cierto era que no le gustaba nada que Luke la llamara Annie porque despertaba en ella demasiados recuerdos.
–Mira, ni siquiera sabía que te habías especializado en cardiología hasta que Harry me mencionó inesperadamente tu nombre hace tres meses. Tan pronto como descubrí que estabas trabajando aquí, te escribí inmediatamente. Dado que tú no te molestaste siquiera en contestarme con una postal, no creo que te dabas molestar porque yo haya aparecido. Tú tuviste tu oportunidad de decirme que no querías que viniera aquí.
–Oh, sí, y eso me habría hecho enormemente popular –respondió ella.
En la muy formal carta que él le había escrito parecía como si realmente pensara que, si ella consideraba que no podían trabajar juntos, él la respetaría y no aceptaría el puesto.
–No tenía otra opción –protestó Annabel–. Me escribiste después de que firmaras el contrato.
–Los contratos se pueden romper. Naturalmente, yo habría tenido que explicar que tú pensabas que sería imposible…
–Y así harías de mí un chivo expiatorio. Con eso harías que mi vida aquí fuera insoportable. Tenerte aquí es un éxito para el hospital, Luke. Llevan años hablando de ello. El gran Luke Geddes, director de Cardiología Clínica y profesor en la Universidad de Harvard. Puedes pensar que eres americano, pero estudiaste aquí, así que sigues siendo considerado un chico de aquí que es un ejemplo a seguir y un modelo para todos nosotros. La mayoría del personal está sorprendido porque no te hayan dado el Nobel de medicina del año pasado. Tu nombre no deja de mencionarse por todas partes. Y si hubiera que elegir entre perderte a ti o a mí, no habría nadie lo suficientemente estúpido como para defenderme a mí.
–Tú eres una buena cardióloga…
–No me halagues.
–Lo digo en serio. Lo has estado haciendo muy bien y aún eres joven. Tienes muchos años por delante. Por lo que he oído desde que llegué, tienes una reputación excelente.
–Soy una médico competente –lo interrumpió ella–. Nada más. Pero como no todos podemos ser unos genios, he aprendido a vivir con mis limitaciones. Y ahora, ¿podemos seguir con la visita, por favor?
Él la miró fijamente, pero no dijo nada.
Continuaron caminando hasta que, poco después, él le dijo:
–Esto no tiene por qué ser así, Annie… Annabel.
–Y no lo será. Lo siento. Esta noche todo ha sido horrible. No debería haberte dicho todo esto. Quise… controlarme, pero me temo que voy a tener que dejar pasar un poco más de tiempo para acostumbrarme a tenerte por aquí. Pero tranquilo, haré lo que pueda para que nuestra pasada relación no afecte a nuestro trabajo.
La cara que puso Luke indicó que aquello lo había sorprendido.
–¿Dónde vives ahora? –le preguntó.
–¿Qué?
–Que te voy a llevar a casa.
–No, gracias. Yo tengo mi propio coche y, además, no tenemos nada de qué hablar.
–Pues vamos a un bar, a un café. O, si no, al hotel donde me estoy quedando hasta que encuentre un sitio donde vivir.
–¡No! –exclamó ella ruborizándose–. No. He pensado mucho en esto desde que supe que ibas a venir, y estoy convencida de que es una mala idea intentar resucitar viejos recuerdos. El pasado es pasado. Creo que deberíamos empezar de nuevo y basándonos en una relación exclusivamente profesional. Por lo que yo sé, aquí nadie sabe lo nuestro, así que podemos hacer como si no nos conociéramos de antes.
–¿Nadie lo sabe? –dijo él sorprendido–. Ya me he dado cuenta de que Harry no tenía ni idea, ¿pero quieres decir que no se lo has contado a nadie?
–Nunca me pareció relevante mencionarlo. Seguramente aún haya gente en el anterior hospital que lo recuerda, pero por lo que yo sé, nadie está enterado por aquí.
–¿Y esperas que yo guarde el secreto ahora?
–No es un secreto. Pero no creo que un matrimonio fallido de hace años sea asunto de nadie más que de nosotros. Ya sabes cómo es este sitio. La gente es amigable, pero hablan mucho. Esto puede causar unos cotilleos muy poco agradables.
–¿Y qué? Eres tonta, Annabel. Estás haciendo una montaña de un grano de arena. Las parejas se divorcian habitualmente. Sobre todo las de médicos. Nadie nos va a juzgar a ninguno de los dos. Hacer como si nada hubiera sucedido solo lo va a hacer más importante de lo que fue.
–Y, por supuesto, tú no lo consideras nada importante en tu vida –dijo ella secamente–. Solo fue una inconveniencia.
–Yo no he dicho eso.
Hacía seis años, él se habría enfadado y habrían tenido una pelea, pero en ese momento el tono de voz de él permaneció completamente razonable.
–No pongas palabras que no he dicho en mis labios. Antes no me gustaba y no me gusta ahora.
Annabel recordó la forma en que solían pelearse. Y como se reconciliaban luego. Hasta la última vez, por supuesto, cuando no hubo reconciliación. Él ni siquiera estaba en el país cuando se divorciaron. La carta que él le había escrito para comunicarle que aceptaba ese trabajo fue lo primero que supo de él en seis años.
No era que no hubiera sabido nada de él, ya que se había hecho bastante famoso y, como ella trabajaba en su mismo campo, no podía menos que estar al tanto de sus actividades.
–Entonces tal vez entiendas lo que siento cuando digo que no me gusta que la gente murmure de mí. No me gusta que la gente hable de mis asuntos personales –dijo ella–. Por favor, por una vez trata de ver las cosas desde mi punto de vista. Si alguien te lo pregunta directamente, bien. Sé que tú no mentirías y no te voy a pedir que lo hagas. Lo único que te pido es que no lo cuentes sin que te lo pregunten.
–Muy bien. Si es eso lo que te hace feliz en estos días, de acuerdo. Lo que sea con tal de tener una vida tranquila. ¿Podemos seguir ahora con la visita, por favor?
Ella le dio la espalda y siguieron caminando mientras continuaba con sus explicaciones.
Cada planta del hospital, que estaba construido en forma de cruz, tenía cuatro salas o departamentos que daban al centro de la cruz, que contenía las salas de espera y ascensores.
Annabel seguía contándole lo que había en cada sala mientras trataba de no pensar en él, que la seguía dócilmente.
–Bueno, creo que ya está todo –dijo ella por fin–. Aparte de un par de edificios que hay fuera, en los que están la biblioteca, las aulas y demás. Aunque solemos utilizar las aulas de seminarios para los pequeños grupos de estudiantes. La cafetería de personal está abajo, junto a rehabilitación, pero hay una para el público en la zona de recepción donde dan mejor comida que en la otra.
Luke no había dicho nada en todo el tiempo y su expresión no era muy animada, pero allí estaba, para quedarse todo el tiempo que quisiera en el hospital y ella se volvería loca si siguiera preguntándose en qué estaría pensando él.
